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	<title>Logroño en sus baresSagasta &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Regresa La Esquina</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Nov 2019 11:33:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>En el bar<strong> La Esquina</strong> alguien me hizo una de las dos únicas fotografías que conservo de mi deambular por los garitos de confianza en las rondas aquellas de la adolescencia que parecía eterna. Entonces, en los años analógicos, era una rareza ver a alguien cámara en ristre mientras trasegaba unos vinos, así que ignoro qué milagro ocurrió para que esa escena, en compañía de un par de jovencitas, quedara  inmortalizada. Es un misterio que me sigue intrigando cada vez que tropiezo con esa foto en su álbum. ¿Quién fue el autor del retrato? También lo ignoro. Un cúmulo de intrigas que concede a esa imagen la condición de icono sentimental.</p>
<p>Tenía sentido aquella foto porque en aquella época era habitual conducir nuestros pasos hacia ese bar de la <strong>calle San Juan</strong>, frontera con la <strong>Glorieta</strong>. Bien porque era la primera parada para repostar si ingresabas desde el Muro, bien porque sería como posta final para el arranque (o arrancadilla, que dicen por <strong>La Rioja Baja</strong>, hoy Oriental). Y siempre porque garantizaba un bocado fetén, tarifado a precios sensatos, en ración muy generosa. Sus célebres bocadillos de tortilla de patata, facturados en sus fogones con una sobredosis de sabor que los convertía en un auténtico festín envuelto en pan hueco. Y, como digo, en tamaño king size: engullías  aquel bocata y te quedaba el estómago almohadillado para unas cuantas glaciaciones. Aunque estaba tan sabroso, según lo recuerdo, que más de un tarde exigió de nosotros doble turno: un bocada a la entrada, otro a la salida.</p>
<p>La Esquina disponía además de un encanto adicional. El jefe de todo aquello, un veterano profesional que dirigía el bar como Von Karajan la Filarmónica de Berlín, apuntando a la excelencia. Entonces no era tan extraña la figura de un solo camarero ante el peligro de una clientela de exagerado número: el hombre, como otros de su estirpe, se las apañaba estupendamente para entregar cada comanda, hacer unas cuantas cosas al mismo tiempo, despachar los servicios, recoger los vasos y platos, expedir la factura y que pase el siguiente. Observar sus movimientos, una especie de Nureyev logroñés con mandil, era toda una experiencia: alguna vez, cuando el bar estaba atestado, me daba el placer de contemplar aquel espectaculo desde el doble ventanal (el que daba a <strong>San Juan</strong>, el orientado a la <strong>calle del Carmen</strong>).</p>
<p>Además, para completar su condición de imán, La Esquina proporcionaba un servicio utilísimo: sellaba quinielas. Lotería también, supongo, pero yo er muy de quinielas y me detenía en La Esquina para probar suerte, expectativa que siempre traicionaba porque en esos menesteres me dejaba guiar por mi doble pasión futbolera: la del <strong>Barcelona</strong>, que entonces no ganaba nada de nada y hacía añicos por lo tanto cada boleto, y el <strong>Logroñés</strong>, que tampoco se puede decir que fuera una máquina de triturar rivales. Pero como tenía puestos en ambos mis preferencias, la quiniela que me sellaban en La Esquina con puntualidad semanal acababa con la misma frecuencia hecha una pelota que encestaba  en una de las papeleras del bar. Y que pase el siguiente.</p>
<p>Con el tiempo, La Esquina languideció. Me entero ahora de que nuestro hombre en la barra (<strong>Jesús &#8216;Chuchi&#8217; Martínez</strong>) tuvo la mala idea de fallecer, el bar deterioró su desempeño (fruto del fallecimiento de su esposa, <strong>Angelines</strong>) y empecé a cruzar ante su puerta sin traspasarla. Me había quitado también de las quinielas y de los bocadillos, así que se entenderá que los paseos por la querida San Juan evitaran ingresar en ese bar que tanto frecuenté  en la anterior glaciación. Me daba incluso penilla observar su decadencia, porque La Esquina, aunque de linaje humilde, era un bar bien castizo, con un punto muy atractivo. Empezando por su nombre. Un bar que merecía un presente y un porvenir más esplendorosos.</p>
<p>Más o menos, un presente y un porvenir como los que ahora le distinguen. He vuelto a entrar en La Esquina movido por la curiosidad de su <strong>reciente</strong> <strong>reconversión</strong>. El bar es otro pero su tortilla no: sigue estando riquísima. Misterios logroñeses. O no tanto. Los nuevos tripulantes de esta nave, vinculados por cercanía geográfica a la familia original, así que el secreto de ese preciado bocado lo llevarán en los genes. O sólo sucede que, como sus antepasados, les caracteriza la misma vocación por hacer bien las cosas y ofrecer un servicio profesional. Su barra ofrece otras gollerías, su carta de vino no está nada mal y tiran por cierto muy bien la caña. Sólo le falta para completar su antigua y querida estampa <strong>que reabra el Sagasta</strong>, regresen los estudiantes y vuelvan a cruzar la Glorieta durante el recreo para proveerse de aquel manjar. Los bocadillos de tortilla que encumbraron a La Esquina, hoy felizmente resucitada.</p>
<p>P. D. En uno de mis últimos paseos por la San Juan, cuando iba hacia La Esquina, tropecé con un auténtico milagro. Casi una epifanía: la presidenta <strong>Concha</strong> <strong>Andreu</strong>, con más de medio Gobierno a su alrededor, de vinos por esa calle tan logroñesa. El dios de los bares bendiga a los todavía flamantes ocupantes del Palacete, cuya presencia por cierto sirve para desmentirme a mí mismo cuando hace unas cuantas entradas en este mismo espacio, que sin duda el improbable lector ya habrá olvidado, me lamentaba por la escasa frecuencia con que los administrados tropezábamos  con nuestros representantes tomando unos vinos. Y me sirve además para poner por escrito mis disculpas a otro integrante de la clase política regional: el exconsejero y diputado del PP <strong>Alfonso Domínguez</strong>, a quien olvidé citar entre el grupo de nuestros representantes que sí ejercen ese rito tan riojano (tan español, tan humano) de dejarse caer por nuestros bares de guardia.</p>
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		<title>Nuestro hombre en la barra: Mere, camarero de camareros</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jun 2017 07:52:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/06/mere.jpg"><img loading="lazy" class="size-medium wp-image-866" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/06/mere-300x140.jpg" alt="LOGRONO. La Taberna del Mere. Duquesa de la Victoria. Hermenegildo Garcia Nájera, el Mere. 20 junio 2017. Justo Rodriguez" width="300" height="140" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/06/mere-300x140.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/06/mere-768x358.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/06/mere-1024x477.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/06/mere.jpg 1680w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hermenegildo García, <strong>Mere</strong> para el mundo. Hijo de Manolo y de Consuelo, nieto de Julia, «la de La Chatilla», sobrino de Amada, hermano de Manolo, Moisés y Enrique. Leyenda viva de Logroño, taurino indesmayable, fanático del frontón, eterno fumador de habanos («Me he llegado a fumar hasta nueve al día, apunta: Montecristo del tres, 898 o Fonseca del uno»), amigo de la buena mesa, inagotable conversador y mejorable contador de chistes. A quien el improbable lector recordará de cuando con apenas ocho añitos defendía ya la barra del negocio familiar en <strong>La Chatilla</strong> de Mercaderes. O de cuando, tres años después, estrenó con el resto de su progenie (su tío Lorenzo, asociado con el futbolista Zubillaga) el bar <strong>Bambi</strong> de la Laurel, fundado como marisquería y cafetería. Sí, ese es Mere: aquel crío que no olvidarán los logroñeses más veteranos, encargado de rellenar las botellas con vino de garrafón y otros menesteres menores en esa academia de camareros que fue la hostelería de su tiempo.</p>
<p>Sigamos su rastro, que Mere recita con su privilegiado memorión desde la barra (tapicería de cuero, filigrana de marquetería) que le hizo célebre en la ciudad donde nació hace 73 años. Logroñés castizo (mitad de Sagasta, mitad de la Mayor), se retiró hace tres años de esta taberna benemérita cuyo eslogan puede ser la frase que pronuncia silabeando mucho, como suele: «Si no has estado en mi bar, es que no has alternado mucho». Sentencia que uno acepta como la pulla que merece, mientras salva su deuda con la <strong>Taberna de Mere</strong> anotando el torrente de información que bombea a caudales. Un alud de datos, fechas y anécdotas imposible de resumir.</p>
<p>–Mere, necesitaría para ti un suplemento entero.<br />
–Pues pídelo, chico.</p>
<p>Risotada. Y continúa avanzando su biografía, que le lleva hasta la San Juan, en cuya travesía abre con trece añitos (ha leído usted bien: trece, sólo trece) el bar que le dio nombre. Ese <strong>Mere de la Travesía</strong> y sus inolvidables tortillas que facturaba su madre, bautizado con su nombre por ocurrencia de su abuelo Moisés, «que me quería mucho». De donde Mere saltaría a Torredembarra, junto con su colega Agustín Cañas para desempeñarse en e<strong>l hotel Costa Fina,</strong> nueva casilla de ese imaginario parchís hostelero que le devolvería luego a <strong>Logroño</strong>, empleado en la sala <strong>Ducal</strong> de Antonio Cendra bajo la dirección de otro mito de entonces, su encargado Óscar, a quien cubre de elogios: «Un campeón».</p>
<p>Pero tomemos un poco de aire. Mere llena unos vasos con <strong>clarete de San Asensio</strong> («De mi amigo Florentino, otro campeón»), sirve embutidos de Alejandro («También un campeón»: campeón es su palabra fetiche) y dispara sus recuerdos en dirección a su siguiente destino, la legendaria casa <strong>El Cocinero</strong> de Calvo Sotelo. Esa universidad donde se diplomó, bajo el magisterio de José María Sánchez, toda una saga de conocidos camareros entre quienes Mere destaca a Lorenzo Cañas. «Pon que es el mejor, un grande. Grande como profesional pero aún más grande como persona». Nueva cuenta en su rosario profesional: ahora vemos a Mere al frente del bar alojado en <strong>Villa Iregua</strong>, otra mítica barra que defendió con Agustín Cañas. Aquel chalecito de la carretera de Soria, propiedad de una familia bilbaína, los Toledo, engendró a una modélica generación de camareros a quienes Mere recuerda con un punto de emoción;la misma que regala cuando repasa la inacabable retahíla de clientes que se acodarían después en su propio local, puesto que con ellos ejecutaría un movimiento semejante al del flautista de Hamelín: los apellidos del Logroño de siempre (Adarraga, Quemada, Arzubialde y compañía) le acompañarían en su nueva odisea hacia Duquesa de la Victoria. Con los ojos cerrados, como si fuera un líder religioso. Un gurú. Año 1976. Bienvenidos a La Taberna de Mere.</p>
<p>Que había nacido como pub, al estilo de la moda entonces pujante, bajo la denominación de <strong>Peter&amp;John</strong>, nombre que abandonó por <strong>La Barca de Robinson</strong>, en honor al célebre local del final de la Gran Vía. Y llegados a este punto, nuestro hombre se acelera. Como un vendaval enumera los favores debidos a tantos amigos convertidos en clientes (¿O es al revés?), con quienes mantiene infinita deuda de gratitud. Alfredo Barquín y Julio Revuelta estrenan una lista muy prolija. Una especie de <strong>miniGotha logroñés de la época</strong>, que encabezan Cholo Eizaga, Francis Martínez Corbalán y Manel Reboiro. Y prosigue con «don Gabino», el llorado ejecutivo bancario que contó en sus últimos años con su butaca particular en este local: un asiento tapizado en azul que Mere hizo fabricar para que uno de sus parroquianos favoritos estuviera como en casa.</p>
<p>O mejor que en casa, puesto que ése es el secreto de nuestros bares predilectos. Que garanticen una atmósfera genuina, esa clase de ambiente que Mere aseguraba durante el largo tiempo en que estuvo al frente de este bar que hoy, ya clausurado, guarda una apariencia de museo. Donde el visitante tropieza todavía con un espíritu familiar, una presencia fantasmal pero cercana y grata. Tal vez porque si hablaran sus paredes, donde cuelgan las fotos de sus incondicionales, veríamos a la Niña Pastori charlar con Victoria Abril o Lolita Flores, a Arturo Fernández de cháchara con Curro Romero y una tertulia multitudinaria donde participarían El Viti, Arzak, Arguiñano, José Mari Manzanares, Titín, Francis Paniego, Niño de la Capea, Joaquín Cortés, Emilio Gutiérrez Caba («Hicimos la mili juntos»), Concha Velasco, Lucio, Palomo Linares y Pepe Blanco. Todos ellos, desde luego, unos campeones.</p>
<p>Como se deduce, Mere es un forofo del mundo del toro, lo cual le condenaba en la añeja <strong>feria de San Mateo</strong> a llevar los bolsillos desbordantes de encargos que repartía según la siguiente norma: «Al contado». Más carcajadas. Aunque alguna nube cruza su semblante. Mere se emociona si recuerda a su familia, empezando por su esposa. Y acuosa la retina, revisa el listado completo de clientes y amigos. O amigos y clientes: «Tú entrabas aquí y en una esquina veías a Miguel Ángel Baños y en la otra, a Pedro González Ripa». Más campeones: la cuadrilla de Luisja Rodríguez Moroy, la de Jaime García Calzada o la de Ignacio y resto de compañeros de Comercial Cantábrica&#8230; Los Chopera, el añorado Javier Echarri (¿Eso que asoma por sus ojos es una lagrimilla?), Eduardo Gómez («Otro fenómeno, ponlo, ponlo»), Manolo Montaña, Abundio Baños y resto de su prole, Pepe «el de Tebriz», Balta «el de Garel», Rosel, Cadiñanos, Dionisio Ruiz, su estanquero Julio, los Bezares, los Adarraga, Javier Pascual&#8230;</p>
<p>–¿Te dejas a alguien, Mere?<br />
–No sé&#8230; Pon a Emilio Carreras. Un campeón.</p>
<p>Anotado queda. El bochorno de junio azota <strong>la Glorieta</strong>. Como las puertas de la Taberna, también la libreta se cierra. Sus páginas contienen algo más que el relato de una vida: encierran una suerte de atlas histórico de Logroño. La ciudad que fue, un estilo de vida desaparecido. Cuando el coñá era el rey de las barras y las damas preferían tragos como Calisay o Cointreau. Cuando media docena de anises llevaban marca de origen riojano. Cuando Mere, de terno siempre impecable, agitaba en su coctelera<strong> un Manhattan, un Gin Fizz o un Americano</strong> y, animado por una copa de chinchón, acababa ciertas noches de farra bailando jotas con los clientes que abarrotaban el bar. Llenos casi diarios: la auténtica medida de su éxito. «Yo creo que venían por mí. Porque contaba chistes a punta pala».</p>
<p>Risotada final. Confesión.</p>
<p>– ¿Echas de menos el bar?<br />
– A veces. Y lo volvería a abrir. Pero sólo con la gente que quiero.</p>
<p>Hermenegildo García, Mere para el mundo. Camarero de camareros. Un fenómeno. Un grande. Un campeón.</p>
<p>P. D. Cuando se le pregunta a Mere, como es norma en esta sección, sobre sus bares favoritos (salvando el suyo) de Logroño, contesta con una variante propia de su personalidad: derivando la respuesta a otro sector vecino, el de la restauración. Así que en vez de bares, enumera sus restaurantes favoritos, una relación que inaugura El Cachetero, que era como su segundo hogar en su anterior encarnación, y que incluye al Egüés, Buenos Aires, Taberna de Herrerías y La Cocina de Ramón. Que aproveche. Y un par de bares ya difuntos: el añorado El Duque (&#8220;Pon que su dueño Sufi era mi amigo&#8221;) y el Robinson también desaparecido.</p>
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		<title>Nuestro hombre en la barra: una saga de camareros logroñeses</title>
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		<pubDate>Sun, 26 Jun 2016 17:14:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/emiliano.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-680" title="Emiliano padre y Emiliano hijo, en La Tarasca. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/emiliano.jpg" alt="Emiliano padre y Emiliano hijo, en La Tarasca. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="357" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/emiliano.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/emiliano-300x179.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En el paisaje de los <strong>bares logroñeses</strong> menudea un paisanaje distinguido por militar en una estirpe común: un<strong> linaje familiar</strong>. De modo que resulta habitual, así antaño como hogaño, que miembros de la misma saga defiendan barra tras barra, tanto el negocio donde se destetaron acompañando a padres (incluso abuelos), como el propio local donde la última generación de camareros se aposenta para hacer lo que su familia hizo toda la vida: ejercer el noble oficio de camarero. Se suele reconocer a estos eméritos profesionales por un sello peculiar: que lucen como divisa honrar a sus antepasados desempeñándose con un suplemento adicional de esmero.</p>
<p>Una cierta elegancia. Es el caso de <strong>Emiliano Sáenz</strong>, hijo de otro<strong> Emiliano Sáenz</strong>: al primero lo reconocerán los clientes del bar<strong> La Tarasca</strong>, en <strong>Siete Infantes</strong>. Que no es sólo bar. Funciona como casa de comidas, dispensa copas cuando anochece y encarna el ideal de todo hostelero: prolongar la jornada cuanto haga falta porque tiene respuesta para cada tramo horario. «Como pasaba en el <strong>Tívoli</strong>», aclara Emiliano hijo, que defiende La Tarasca con su socio <strong>Iñaki</strong> y con el visto bueno del patriarca, quien asiente: «Sí, el Tívoli empezaba a las seis menos cuarto».</p>
<p>Nada menos. Seis menos cuarto, ojo. Con la aurora, cada día el camarero llamado<strong> Pablo Barrón</strong> abría la puerta, enchufaba la prodigiosa cafetera de cuatro grupos (reliquia que, cuando cerró el popular bar, quedó en manos amigas, igual que el mítico retrato del <strong>Panaderito de Oyón</strong>) y empezaba a atender a una parroquia multitudinaria desde tan temprana hora, alimentada por la cercana plaza de Abastos: todos los gremios pasaban por sus mesas para reconfortantes desayunos, copiosos almuerzos, naipes al amor del solysombra, cervezas en la terraza perfumadas por las pipas paridas en la locomotora de <strong>Anita</strong>.</p>
<p>Emiliano había tomado la dirección del Tívoli en 1969. Cerró en el año 2000: entre ambas fechas, median cantidades abrumadoras de <strong>carajillos</strong> («Ahora ya no se sabe ni preparar», se lamenta), <strong>cafécopaypuro</strong>, vasos de rico tinto («Siempre, de <strong>Baños de Ebro</strong>», subraya) y pócimas ya extinguidas: entonces, la oferta de tragos gozaba de una variedad que los dos Emilianos añoran, incluyendo bebedizos desconocidos para quien esto firma, como el fenecido <strong>ponche Nelson</strong>. A lo largo de la charla, Emiliano padre exhibirá una memoria prodigiosa. Escalofriante. Recuerda por su nombre a cada camarero que tuvo contratado (<strong>Maisi, Fermín Quintanilla</strong>&#8230;), incluyendo la media docena de profesionales que fichaba por <strong>San Mateo</strong>, oriundos de Soria y Zaragoza. No olvida nada: tampoco la idea pionera, revolucionaria para la época, de añadir una tapa al chiquiteo, que en su caso adoptó la forma de banderilla de cebolla con bonito. Un bonito en conserva que adquiría en formato XXL, bautizado <strong>pandereta</strong> en la deliciosa jerga hostelera. Y la joya de la corona, que sus clientes más veteranos recordarán: sus célebres navajas de <strong>Cambados</strong>, piezas indispensables para el aperitivo. Una golosina que llevaba a peregrinar hasta sus puertas a las más acreditadas cuadrillas logroñesas&#8230; cuyos apellidos también Emiliano va recitando.</p>
<p>Pero no daremos nombres. Porque cualquier logroñés se habrá acodado alguna vez en el prodigioso bar de la esquina de <strong>Bretón</strong> con <strong>Gallarza</strong>, donde era tan habitual quedar para iniciar la ronda como recurrir a él para el último trago del día. Lo subraya Emiliano hijo, cuya personal historia hostelera se inició en ese mismo espacio, surcado de veladores, ayudando a la vuelta de la mili (años 80) en el negocio familiar.</p>
<p>Era otro Tívoli porque era otro <strong>Logroño</strong>. Su padre y su madre, <strong>Ana Mari</strong>, factor decisivo del éxito del local custodiando la cocina, habían desembarcado en este bar luego de otros desempeños: el original, en el local de las <strong>piscinas</strong> <strong>de Cantabria</strong>, adonde llegaron desde su <strong>valle de Ocón</strong> natal para convertirse en abastecedores de una sociedad que entonces conservaba el aire familiar que fue perdiendo durante los diez años en que Emiliano se ocupó de derrochar profesionalidad, aliviando a pelotaris y futbolistas domingueros con sus porrones, organizando verbenas y llamando por su nombre a todo el mundo, desde el presidente y secretario de entonces (Pedro Urbiola y Jesús Uribe), hasta al ideólogo de aquel universo, el padre Gato, pasando por cada socio grande y pequeño. Era unEmiliano casi juvenil, recién casado: tenía 25 años y ya desplegaba su talento discreto y eficaz, que luego le ganaría justa fama en el Tívoli.</p>
<p>De Cantabria, Emiliano y familia viajaron al <strong>Sagasta</strong>: entonces, único instituto de Logroño. Atendían en los recreos las dos barras del edificio sirviendo bocadillos para aquel tumulto de alumnos y despachaban también las comidas a los estudiantes de fuera. Más de doscientos servicios diarios de lunes a viernes que ponían a prueba su energía y que aún les procuran alegrías: son centenares los antiguos alumnos que les recuerdan con cariño y no hace tanto apareció por La Tarasca uno de ellos, natural de Murillo, con tres botellas de vino para regalar a Emiliano. Merecido. Durante un par de años, la familia llegó a atender tres negocios a la vez, entre Cantabria, Sagasta y el Tívoli. Un milagro cuyo secreto revela el patriarca: «Teníamos que ir a todos los sitios corriendo, corriendo».</p>
<p>Hoy, jubilado y a punto de cumplir los 82 años, Emiliano repasa con su hijo la trayectoria que inició de camarero en Cantabria, desgranan confidencias, participan de unas cuantas ideas comunes. A saber, que un bar debe honrar dos atributos: limpieza y atención al cliente. Y que los tiempos, en efecto, van cambiando. A mejor, apunta el padre, porque los adelantos ayudan a perfeccionar el cuidado a la parroquia: el trabajo, coinciden, «hoy es más fácil». Aunque también detectan nubarrones: pérdida de respeto en el trato entre camarero y cliente, menor celo en los detalles mayores y menores del servicio, una exigencia sin embargo cada día creciente&#8230; Un complejo mundo que Emiliano hijo observa parapetado tras su máxima: «En La Tarasca estamos Iñaki y yo para seguir dándolo todo». Una idea que entronca con otra que su padre regala al periodista: «Si tienes algo bueno, no le eches nada malo».</p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/tivoli.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-681" title="Emiliano Sáenz, tirando la caña en el Tívoli" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/tivoli.jpg" alt="Emiliano Sáenz, tirando la caña en el Tívoli" width="600" height="416" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/tivoli.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/tivoli-300x208.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
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<p>P.D. Emiliano padre confiesa que quedó tan exhausto de su actividad profesional que hoy le cuesta ir al bar&#8230; incluso de cliente. Se decanta para sus escapadas por el <strong>Marbella</strong> de Juan XXIII, muy cerquita de casa, y por las tertulias del<strong> Círculo La Amistad</strong>, benéfica institución que le tiene entre sus socios. Poco más. Lejanos los días en que aprovechaba algún descanso del Tívoli para darse su vuelta por los vecinos mostradores que sus colegas de entonces defendían en el Logroño castizo. La Simpatía, Soriano, Perchas, Donosti, La Florida, El Soldado&#8230; Leyendas logroñesas, a las que Emiliano hijo añade sus propias referencias: el Asterisco, García, Tastavin&#8230; El pasado y el presente reunidos en una misma saga de camareros logroñeses.</p>
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		<title>Portales, nuevos en esta calle</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Jun 2016 08:13:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/Portales.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-676" title="Principal de Portales, vista desde San Agustín. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/Portales.jpg" alt="Principal de Portales, vista desde San Agustín. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/Portales.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/Portales-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
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<p>Una entrada reciente a propósito del bar llamado <strong>Calenda</strong>, antaño <strong>Doblón</strong>, condujo mis pasos hacia la calle donde se asienta, <strong>Portales</strong>, que fue la mía durante mis primeros veinte años de vida. Y recordé que hasta la apertura del mentado local, y de su vecino <strong>Merlín</strong> al que prometo regresar un día de éstos a través de persona interpuesta, la calle apenas contaba con bar alguno. El sector hostelero le era ajeno, salvedad sea la añorada <strong>churrería de Samaniego</strong> y algún otro hito que ahora no recuerdo. Nada que ver, por lo tanto, con su fisonomía actual. La calle ha mudado su piel casi por completo. Han desaparecido algunos de los comercios más queridos (<strong>¡Dulín y La Mariposa de Oro</strong> resisten!) y en su lugar, ya se sabe: aparecen bares. Bares y nada más que bares. Que será el destino de otros negocios próximos a agonizar, por razones que la razón no entiende.</p>
<p>No me extenderé más en esta manía de ampliar el sector hostelero que nos ha dado ahora por <strong>Logroño</strong>. Prefiero centrarme en aquello que tiene de positivo. Por ejemplo, una apertura reciente: se llama Principal, ocupa un ancho espacio en la manzana lindante entre<strong> San Agustín </strong>y<strong> Gallarza</strong> donde se alzó aquel macrocomercio tan querido llamado <strong>Emiliano Alonso</strong> y se suma en consecuencia a la colonización de ese tramo para la hostelería. Ahora mismo, salvo la muy castiza relojería de <strong>Cárdenas</strong>, todos (todos: ojo) los negocios que se emplazan en la mano de los impares pertenecen al mismo ramo. Son bares y una pastelería, de esas contemporáneas: quiere decirse que a la magdalena le llaman muffin y al pastel, cake.  Por cierto: un negocio encantador.</p>
<p>El resto, media docena de locales, forman una curiosa fraternidad que luego se extiende por sus dos costados. Hacia <strong>Murrieta</strong>, al veterano y loado <strong>Eldorado</strong> le han nacido unos cuantos hermanos pequeños con el paso de los años y en la esquina con <strong>Once de Junio</strong> se espera un próximo alumbramiento. Y hacia los <strong>Chapiteles</strong>, ocurre otro tanto. Bares como el mentado Calenda, heladerías y restaurantes, aunque alguno de ellos se transformará pronto en&#8230; Bingo. Otro bar. Lo cual, entre otras novedades para quienes conocimos la calle dominada por una gozosa variedad de tiendas (librerías, por ejemplo: ya sólo queda <strong>Cerezo</strong>) representa un cambio cultural de extraordinario relieve, una de cuyas manifestaciones más ingratas se encarna en <strong>el imperio de la terraza</strong>.</p>
<p>Que es otra peculiaridad logroñesa. A mí me encanta, como a cualquiera, pasar un rato al aire libre en compañía de sus tragos favoritos y dejando que fluya la tertulia, pero me parece que como ocurre en otros ámbitos, aquí reina la ley&#8230; de la selva. Hace unas semanas, crucé la calle de arriba a abajo. Lloviznaba y había bajado el termómetro: un desapacible atardecer desaconsejaba sentarse en los veladores, cosa que en efecto sucedía. Las terrazas no tenían ningún cliente (repito: ninguno) pero allí estaban todas desplegadas, invadiendo el espacio compartido.</p>
<p>Lo cual contribuye como dejaba antes escrito a que la calle se haya convertido en una especie de parque temático para el ocio hostelero. Dejo para otros juicios más expertos que el mío si tal deriva tiene sentido. A mí me parecerá siempre fetén que todo empresario con espíritu emprendedor crea llegada la hora de convertir cualquier local en el bar que soñaba y procuraré arrimarme a su barra aunque sólo sea por el cariño que profeso a Portales y para compartir estas cavilaciones con el improbable lector, a quien recomiendo que se deje caer por el recién abierto <strong>Principal</strong>, terraza por cierto incluida: bocados suculentos, servicio esmerado y camareros en perfecto estado de revista. A todos ellos les deseo mucha suerte.</p>
<p>La que también merece Portales.</p>
<p>P.D. En los alrededores de la calle siguen naciendo nuevos bares cuya visita me parece aconsejable. Sobre los restos de la añorada casa Echaven, al final de Sagasta, lleva un tiempo de flamante apertura <strong>Moderna Tradición</strong>. Bienvenido sea. Todavía más curioso me parece recorrer el enlosado suelo hidráulico de la venerable  farmacia García Baquero reconvertida ahora en bar, en un recodo de la plaza del Mercado. Se llama<strong> La Despensa del Marqués</strong>, ofrece tapas estupendas con vistas a La Redonda y además de respetar el antiguo piso su reforma ha descubierto una curiosa columna de piedra y madera para custodiar el abovedado interior. El día en que deje de sonar <strong>Bisbal</strong> por la megafonía será un bar casi perfecto.</p>
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		<title>Nos vemos en los bares (Bares dedicados VII)</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jan 2013 09:14:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/30703190encodingjpgsize300fallbackdefaultImage1.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-51" title="Portada del disco 'Nos vemos en los bares', de Celtas Cortos" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/30703190encodingjpgsize300fallbackdefaultImage1.jpeg" alt="Portada del disco 'Nos vemos en los bares', de Celtas Cortos" width="300" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/30703190encodingjpgsize300fallbackdefaultImage1.jpeg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/30703190encodingjpgsize300fallbackdefaultImage1-150x150.jpeg 150w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>A petición de una gentil corresponsal, dedico esta entrada a la reivindicación no tanto de un bar o de una ruta de bares como de una <strong>tendencia hostelero-sentimental</strong> a la que, de verdad, yo he sido bastante ajeno. Ella se refería a ese rito iniciático en las cosas de Cupido que tenía como escenario el entorno de ciertos garitos, improvisados pasos de paloma para la exhibición hormonal y el coqueteo juvenil a la hora del recreo escolar. Según su experiencia, lo de menos era el bocado que sirviera de tentempié a media mañana: lo esencial de aquellas excursiones entre clase y clase era acertar con un punto de encuentro a mitad de camino entre los colegios de chicos y de chicas, división entonces habitual. Un lugar intermedio donde observar la correcta evolución de cada objeto de deseo generacional o comprobar si las nuevas hornadas se desarrollaban según lo previsto. Un sitio para ver y ser visto, donde hacer buena esa frase hecha según la cual todos en Logroño nos vemos en los bares. Como dirían (y cantarían) los <strong>Celtas Cortos</strong>. Que sin embargo eran de <strong>Valladolid</strong>. Y bastante pesados, por cierto.</p>
<p>Me cuentan que un enclave estratégico para este intercambio bastante inocente de miradas y chismorreos fue el <strong>Porto Novo de Ciriaco Garrido</strong>, que unía al atractivo de su oferta gastronómica (la sempiterna tortilla de patata, que ahí sigue, encarnada ahora como Porto Vecchio) lo ajustado de sus precios y, sobre todo, una situación inmejorable para el tráfico de emociones juveniles entre los alumnos de <strong>Maristas</strong> y las estudiantes de <strong>Agustinas</strong>. No excluyo que también acudieran las más intrépidas de entre las jovencitas de<strong> la Enseñanza</strong>, aunque les quedara a desmano, ni que asistieran también (como es obvio) las chicas de <strong>Adoratrices</strong>, a quienes les caía más bien al lado. Como se puede deducir, demasiado trabajo para el alumnado masculino del <strong>colegio San José</strong>, del que fui miembro durante una lejana época, cuando perpetrar tales actividades resultaba imposible: más que nada, porque los bolsillos no estaban para grandes fiestas. O llegabas a clase con el almuerzo solucionado desde casa o te lo procurabas a costa de codazos en la mínima barrita que daba a <strong>Calvo Sotelo</strong>, donde el bocata se despachaba barato, barato. Muy barato. Tanto, que una pequeña marea humana se echaba literalmente encima del religioso encargado del bar y liquidaba las existencias en apenas cinco minutos, una prisa entendible porque había que destinar el tiempo restante del asueto a lo realmente importante: el fútbol.</p>
<p>Las chicas estaban por entonces tan alejadas de nuestro horizonte más cercano como los chicos para ellas; desde luego, nadie imaginaba que pudiera coincidir con el respectivo objeto de deseo en bar alguno, porque esa práctica, la de ir a los bares, estaba vetada para nuestra quinta salvo que fuéramos acompañados de padres o tutores. Como en el cine. Lo máximo que se nos concedía era frecuentarlas en alguna sala de juegos, donde solo ingresaban las más audaces con la excusa de poner música en alguna maquinita. Pienso en el <strong>Nico</strong>, tan vinculado también a Maristas, o en el vecino <strong>Toky</strong>. Los bares como nexo de encuentro mixto eran cosa del fin de semana, en la ya citada ruta por <strong>Cibeles</strong>, <strong>Vivero</strong> y demás templos del vermú dominical, que según me entero ahora sirvieron también para ese jueguecillo seductor del bocata del recreo aliñado con miraditas. Una vez que colegios e institutos se poblaron de chicas y chicos a la vez, hubo que consignar otros enclaves decisivos en la educación sentimental de los púberes logroñeses. Así, las hordas del <strong>Sagasta</strong> tomaron al asalto el <strong>Chup Chup de avenida de Navarra</strong> (con algún desertor que optaba por <strong>La Esquina de la calle San Juan</strong>); en el <strong>D´Elhuyar</strong> se decantaron por el <strong>Neira</strong>; y, en fin, desde el ya extinto <strong>COU Valvanera</strong> se invadió el <strong>Sebas de Laurel</strong>, que a la hora del recreo no ofrecía resistencia. Es posible que en aquellas barras, entre bocado y bocado, se fraguara algún noviazgo. Y seguro que para alguna parejita el primer beso tendrá siempre sabor a tortilla de patata.</p>
<p>P.D La tendencia de trasladar los centros escolares al extrarradio puede provocar dos efectos en materia de bares: uno, que el sector hostelero decida plantar sus locales allá donde vea niños y niñas en edad de consumir. Dos, el más probable: que vuelvan el táper, el bocata envuelto en papel de aluminio, el taco de galletas y demás golosinas propias del avituallamiento a la hora del recreo. El <strong>nuevo Maristas</strong> carece de garitos a su alrededor, de modo que resulta temerario pensar en excursiones a <strong>Cascajos</strong> o al <strong>bar del San Pedro</strong> en busca del bocata perdido; otro tanto ocurre en <strong>Marianistas</strong>, excepto que algún valiente se anime a salvar la rotonda e ingresar en <strong>el barrio de La Estrella</strong> a la hora del almuerzo; más suerte tienen por Alcaste: al menos el vecino ambigú del <strong>Adarraga</strong> sirve como escenario para el esparcimiento infantil al salir de clase.</p>
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