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	<title>Logroño en sus baresSan Agustín &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Epílogo</title>
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		<pubDate>Sat, 16 May 2020 17:03:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Recorrí la otra tarde <strong>el centro de Logroño</strong> recién recuperadas sus calles para la primera fase de la nueva normalidad que se anuncia. <strong>Era el día 12 de mayo</strong>, lucía un sol apacible y en las contadas terrazas se reunían los vecinos para solazarse un rato, luego de tantos y tantos días con sus respectivas noches de confinamiento más o menos absoluto. No me gustó lo que vi. Incluso en aquellos locales que cuidaban con mayor esmero de observar los requisitos de distancia física entre sus clientes que ayuden a espantar para siempre el coronavirus no faltaba en ningún caso esa mesa donde se arracimaban los parroquianos ignorando todo requisito de higiene, con la mirada complaciente de cada dueño de cada bar. Me llamó la atención que nadie les llamara la atención.</p>
<p>La pena fue creciendo a medida que paseaba en dirección a <strong>la calle Laurel y aledaños</strong> puesto que comprobaba para mi espanto que en realidad esos bares abiertos, donde se incumplía la normativa de manera flagrante, eran una escasa minoría. La mayor parte de los locales de confianza permanecían cerrados. Horror máximo cuando alcancé la calle Gallarza, en medio de un vacío cósmico. Sideral. Allá al fondo, en la calle <strong>Bretón</strong>, se veía abierta la solitaria terraza de un bar. En el acceso a la calle Laurel, desolación infinita. No había señales de vida, salvadas sean dos muchachas que concluida la limpieza de su bar (vaya usted a saber con qué intención) se fumaban un cigarrillo en una mesa. Otra excepción aguardaba al final de la caminata, cuando regresé sobre mis pasos y tropecé en <strong>Albornoz</strong>, dirección <strong>San Agustín,</strong> con dos pobres diablos que compartían un bote de Mahou en el alféizar del bar Las Quejas. Me miraron, les miré. Nos compadecimos los unos de los otros.</p>
<p>Prosiguió el paseo por la calle San Agustín, detenida en el tiempo. Alguna terraza en la plaza, otras más en <strong>Portales</strong>, un poco de animación en <strong>Martínez</strong> <strong>Zaporta</strong>. Los escasos parroquianos que se acomodaban en los raros veladores que sí habían abierto me recordaban a los pacientes de un balneario. Personajes de La Montaña Mágica, héroes de Thomas Mann, sólo les faltaba una manta en las rodillas para terminar de dar el tipo. La alegría propia de este gran pasatiempo nacional continuaba ausente. Camino de la calle <strong>San Juan</strong> observé al fondo la terraza del Asterisco también desplegada en Portales como era norma antes de la cuarentena. Una luz mortecina iluminaba en <strong>Marqués de Vallejo</strong> el bar La Quimera, recuperado para la causa en la versión menor: llévase usted la comida a casa. En San Juan, otro tanto.  Apenas un bar que esperaba a ese parroquiano que no terminaba de llegar para hacerse con el bocadillo y zampárselo en el salón, arreglos en el Tastavín, que se prepara una nueva encarnación, y al fondo el esqueleto del <strong>Sagasta</strong> asomando por la <strong>Glorieta</strong>. Una metáfora insuperable del doliente estado que presenta el corazón de Logroño.</p>
<p>Volví a salir unos días después. Nada había mejorado. Tampoco mi ánimo. Y concluí que este blog, que llevaba <strong>desde el año 2012</strong>, tenía las horas contadas. La idea de <strong>Logroño en sus bares,</strong> el itinerario sentimental a partir de una serie de experiencias que pudieran ser compartidas por el improbable (pero siempre generoso) lector, había quedado cancelada igual que se había suspendido la administración del material del que se nutría. Los bares. Sin ellos, o sin nuestros queridos bares en la fisonomía y la identidad en que los reconocemos como tales, carecía de sentido mantener abierto este espacio. Al menos, en su actual configuración. Entendí mientras volvía a casa que merecía la pena revisar su espíritu y también sus contenidos. Fijar una nueva frontera. Escribir su epílogo.</p>
<p>Fui madurando esa intención a lo largo de toda la semana, que concluye en estas líneas de despedida. Un mensaje de gratitud hacia quienes al otro lado de la pantalla han acompañado esta travesía y un sincero reconocimiento para todos quienes alguna vez me han ayudado a que este propósito de retratar una ciudad a través de sus bares y de sus camareros haya sido un itinerario tan gozoso, una caminata que nunca concluye: siempre hay algo más que decir al respecto de nuestras barras más queridas, ese espacio para la socialización donde yo prefiero siempre destacar su atributo más valioso. Que sirven para <strong>celebrar la vida.</strong> Lo cual me parece una manera estupenda de concluir estos párrafos. Con la palabra gracias y con una promesa. Me voy, pero volveremos.</p>
<p>P. D. Como si fuera <strong>Paul Auster</strong>, me dio estos días por cavilar en las extrañas coincidencias que rigen nuestras vidas, la callada música del azar. Porque mientras decidía poner fin a esta aventura, cristalizó un proyecto que permitirá a Logroño en sus bares sobrevivir gracias a la nueva vida que le concede la editorial <strong>Pepitas de Calabaza</strong>. En formato libro, próximamente, sólo en las mejores librerías. Así que la frase final estaba cantada: nos vemos en los bares y en las librerías.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Muchos, muchos, muchos bares</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Jan 2020 16:29:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>El periódico El País publicaba el 2 de enero una información que resultó ser la más leída por su audiencia ese día: la noticia de que <strong>el Ayuntamiento de Málaga impediría la apertura de nuevos bares en zonas de la ciudad</strong> que considera saturadas. El cuerpo de la información detallaba cuáles son las calles donde la convivencia entre el negocio hostelero y la tranquilidad vecinal se estaba venciendo por el primer lado, de manera que el municipio que preside <strong>Francisco de la Torre</strong> (casado por cierto con una logroñesa) cortó por lo sano. No habrá más bares en, por ejemplo, las céntricas calle Sánchez Pastor (doce locales en apenas 80 metros), Calderería (16 en 113 metros) o Ángel (seis bares en 43 metros). La moratoria afecta durante los próximos cinco años a un total de 103 calles del centro de Málaga, pero no parece a simple vista una medida caprichosa: surge como resultado de un minucioso análisis del nivel de decibelios en las zonas circundantes a todos esos bares, que desveló lo que cabe presuponer. Un exagerado ruido, ese molesto inquilino que suele llegar acompañado de otros peligrosos incordios: suciedad, inseguridad e incivismo.</p>
<p>Como de Málaga y sus bares tengo una opinión muy superficial aunque entusiasta (el <strong>Pimpi</strong> y poco más: la visión del turista), ignoro si el veto a nuevas aperturas, que llega acompañado de otras medidas tendentes a limitar las actividades en las calles afectadas por la moratoria (incluyendo las que organiza el propio Ayuntamiento) y a recortar de paso los horarios de cierre, tiene sentido, es exagerado o incluso se queda corto. Pero me llamó la atención porque deduje que se trata de un modelo de convivencia más bien meridional, ajeno a <strong>Logroño</strong> y otras poblaciones septentrionales: en <strong>Andalucía</strong> es propio hacer la vida en la calle, aprovechando las ventajas de sus amistosas temperaturas, y tal vez el ruido inherente a la ingesta de tragos y bocados sea superior al caso logroñés. Donde, sin embargo, va ganando peso esa misma costumbre: a despecho de que la temperatura exterior aconseje el trasiego <strong>dentro del bar de guardia</strong>, es cada vez más habitual la consumición llamada &#8216;outdoor&#8217;, en vez de la &#8216;indoor&#8217;. Sobre todo, cuando la protagoniza el gremio de fumadores.</p>
<p>De ahí, de esas cavilaciones, surgió una duda, camuflada en una serie de preguntas que me hice ese día y ahora pongo por escrito: qué posibilidades tendrá de prosperar una medida semejante en Logroño. Porque me llama la atención que en pleno corazón de la calle <strong>Laurel</strong> se albergue un mínimo de dos edificios destinados a uso residencial, cuyos inquilinos me aseguran que en nada notan que peligre el sosiego de sus hogares (bien que provisionales) por la presencia de las cuadrillas que colonizan esos metros de suelo público compartido. Puesto que Laurel y alrededores (incluyendo <strong>San Agustín</strong>, que dispone también de sus propios pisos turísticos) se han convertido en un escenario para el ocio casi en exclusiva del fin de semana, y puesto que además la ingesta de la clientela suele registrarse en el interior (en invierno, especialmente), esa idea malagueña tendría nulo sentido entre nosotros, me parece. Soy por lo demás partidario de no vetar la apertura de bar alguno: si cada portal de la calle Laurel, por seguir con el ejemplo canónico, cuenta con su propio bar y sus responsables se ganan la vida de ese modo, cumplen la reglamentación vigente y cuidan la convivencia con sus escasos vecinos, no entiendo a qué viene prohibir nuevas aperturas. Una prohibición que suele despertar ese tufillo que aborrezco, la típica conspiración gremial para que el conjunto del sector no se vea lesionado por el espíritu emprendedor de quienes decidan instalar sus negocios.</p>
<p>Mis dudas, sin embargo, resisten más allá de las calles propicias para las rondas castizas. ¿Opinarán lo mismo que yo los vecinos de <strong>Gil de Gárate</strong> o de <strong>Saturnino Ulargui</strong>? ¿Y los de <strong>Bretón</strong>? Porque conozco a algún audaz vecino de esta misma calle harto, comprensiblemente harto, del ruido permanente provocado no sólo por la clientela, sino por el estrepitoso arrastre de sillas y mesas (esas que ahora permanecen ancladas por la noche al árbol más cercano y antes de guardaba, silenciosamente por favor, en un local vecino). Y también conozco a algún empresario del sector, cuyo bar se ubica en esa misma calle, igual de harto porque la ordenanza municipal resulta a su juicio excesivamente celosa y garantista e impide que su negocio prospere, a diferencia de lo que sucede según me apunta en ciudades limítrofes, más permisivas, hacia donde parece emigrar ese tipo de turista de entre semana, congresual casi siempre, que encuentra más libertad para las copas nocturnas que la hallada en Logroño.</p>
<p>Y concluyo que, como siempre, en el centro justo debería radicar la virtud que permita un equilibrio entre la deseable convivencia. Como miembro de la parroquia habituada a ir de bares, seguro que en algo he contribuido a las molestias que semejante práctica provocan. Y pido disculpas retrospectivas. Pero como vecino que aspira al merecido descanso que en teoría aguarda cuando llegas a casa, me pongo en el lugar de quienes en nada simpatizan con las molestias propias de tener un bar (o unos cuantos bares) debajo de casa, o al lado, o monopolizando toda la calle. Y me solidarizo con ellos aunque la conclusión a que llego tras tantas cavilaciones es la de siempre, lo antedicho. Que por algún lado debe anidar el punto medio. Y que desde luego en el caso de Logroño ese no es el caso de la calle <strong>Portales</strong>.</p>
<p>P. D. La prensa también informaba en esos mismos días de la medida acordada por el alcalde de la localidad francesa de <strong>Rennes</strong> (bellísima, por cierto): vetar las estufas callejeras que los bares instalan en sus terrazas para allegar otra cuota de negocio en los duros meses de infierno, que en Centroeuropa suelen durar más que en España. Vi las primeras hace mil años en <strong>Bruselas</strong>, instaladas en los veladores que rodean su icónica Grand Place, y me llamaron la atención. Entre nosotros crecieron como setas (así les llama el ingenio popular, o también suegras: porque calientan la cabeza pero no los pies, como nuestras queridas mamás políticas) a consecuencia de la<strong> bendita ley antitabaco,</strong> que era algo así como el apocalipsis para la hostelería española que luego encontró sin embargo la manera de reinventarse con estas terrazas de invierno. Alega el alcalde de Rennes lo idiota de esta idea: nadie en su hogar se sale a la terraza con una estufa cuando el frío arrecia fuera. Y agrega que tiene bastante de pernicioso su consumo para quienes deben velar por el medio ambiente. Le doy la razón a Monsieur Hervé, aunque no tengo el gusto. Y le hago llegar otra justificación para prohibirlas o al menos para vetar la presencia de fumadores: no tiene sentido, a mi humilde juicio, tener que aguantar los malos humos del vecino en ese cobertizo cuando unos metros más allá, en el interior del bar, están prohibidos. ¿Terrazas exteriores? Voto a favor: sin humo y sin estufas.</p>
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		<title>Le llamaban Tardevieja</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Jan 2020 16:29:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hay quien aduce sesudos motivos para odiar la <strong>Navidad</strong>, entre ellos eso de la felicidad obligatoria, y no se le quitará la razón en las líneas que siguen. Hay quien por el contrario se siente a gusto en estas fechas, pero como la alegría en España siempre será sospechosa se cuida mucho de salir de ese armario y proclamar su júbilo. Entre quienes profesamos alguna devoción a estas festividades que están a punto de clausurarse, a caballo de dos años, nos encontramos quienes alegamos como coartada excusas de orden más bien prosaico: confieso que a mí me gusta la Navidad porque veo por Logroño a buenas gentes a quienes echo de menos (tal vez sin saberlo, ni ellos ni yo) el resto del año. Y porque dedico más tiempo a cuidar a mis seres queridos, a quienes sin días de descanso por medio resulta más difícil atender como merecen. Esas dos razones son suficientes para mí: me conformo con poco. Ventajas de haber nacido en los años 60, cuando sólo se podía elegir entre poco y nada.</p>
<p>Esa evidencia de que los bares de guardia se ven estos días colonizados por quienes viven fuera de nosotros se materializa en dos momentos cumbre de las navidades: el vermú de <strong>Nochebuena</strong> y el vermú de <strong>Nochevieja</strong>. Los dos aperitivos más largos del año, hasta el punto de que el genio del idioma, que tampoco descansa en Navidad, ha dado en bautizar esas horas con el mejorable nombre de <em>Tardebuena</em> y <em>Tardevieja</em>. La antigua empalmada, para quienes peinen alguna cana o hayan perdido todo el pelo de la cabeza. Antaño, la empalmada consistía en enhebrar las copas noctívagas con el desayuno mañanero; hogaño, esa costumbre se traslada al momento indefinido en que las copas vespertina se enlazan con el aperitivo o tentempié, los vinos y cañas que se trasiegan acompañados de los bocados de giro y hacen las veces de almuerzo en esas dos fechas tan señaladas.</p>
<p>Hay otras costumbres que también son propias de ambos días, pero que me temo que empiezan a batirse en retirada. Como otros compañeros de generación a quienes solía saludar en semejantes trances, yo solía apurar de bar en bar por la zona peatonal de las antiguas <strong>Cien Tiendas</strong> (ahora mismo da miedo echar la cuenta de las que resisten), también llamado <em>Tontódromo</em> en mi mocedad tan (ay) lejana. En algunos locales era complicado siquiera acceder a su interior, puesto que esos instantes eran los más adecuados para la ingesta previa a las cenas de tan celebradas noches. Una breve multitud se apiñaba por Juan XXIII, Doctores Castroviejo y alrededores para reencontrarse con los amigos que viven lejos o con quienes viviendo cerca no termina uno de compartir cháchara y tragos. Con el tiempo, esa costumbre se ha ido desplazando de horario: triunfa entre nosotros la <em>Tardebuena</em> y su hermana la <em>Tardevieja</em> y como testigo de esta tesis llamo al estrado a mi testigo favorito. Servidor.</p>
<p>La <em>Tardebuena</em> del 2019 sorprendió a los logroñeses con temperaturas primaverales, que convocaron a las masas en el entorno de la ciudad histórica y los bares conspicuos. Incluso las terrazas presentaban el aspecto más propio de cuando se acerca la canícula. Y qué decir de<strong> Laurel, San Agustin, San Juan&#8230;</strong> Llenazo desbordante, con esas caras conocidas arriba citadas que vuelven a casa por Navidad, como en el anuncio del turrón. Un desparrame que coqueteaba con el éxtasis y preludiaba la Tardevieja que se avecinaba una semana después, cuando se obró el mismo milagro&#8230; aunque no tan multitudinario. Esas temperaturas propias de cuando aún hacía frío en Navidad intimidaban lo suyo, aunque no lo bastante para evitar escenas análogas: daba gusto deambular por los bares de rigor, saludar a los conocidos (aunque fuera de reojo) y concederse el placer de ir picoteando de barra en barra las suculentas golosinas con que se despedía el <strong>2019</strong>.</p>
<p>Pero llega <strong>enero</strong> y su temible cuesta. Según tengo entendido, el peor mes (<strong>febrero</strong> no le va a la zaga) para el negocio hostelero, puesto que baja en picado la afluencia de clientela, exhaustos nuestros cuerpos y nuestras billeteras tras las descargas navideñas. Pero en la retina quedará marcada esa imagen maravillosa para quienes disfrutamos de este maravilloso entretenimiento que significa ir de bares. Esos raros momentos de confraternización intergeneracional vividos en Nochebuena y Nochevieja a la hora del aperitivo, a costa de vaciar los bares logroñeses en las horas previas a las respectivas cenas de ambos días. Mudan los hábitos, se adaptan a los nuevos tiempos y nos dejan en cada año entrante pensativos y melancólicos. Al menos, en mi caso. Cavilando, cavilando, concluyo que en realidad el año entrante tal vez sea ese misterioso espacio que se abre entre <em>Tardevieja</em> del 2019 y <em>Tardebuena</em> del 2020: cuando dará tanto gusto recorrer Logroño en sus bares.</p>
<p>P. D. Puesto que el improbable lector de este blog, según los estudios de audiencia que poseo, ha cumplido ya algunos añitos me malicio que en estos días invernales se regalará <strong>uno de esos sabrosos caldos</strong> que salen a nuestro encuentro en las barras conspicuas. Como también es mi caso, me permito aconsejar los que he catado en las rondas navideñas y merecen mi aplauso: el mejor, el de <strong>El Soldado de Tudelilla</strong>, otra buena razón para dejarse caer por la jurisdicción del hada Azucena; medalla de plata para el que sirven en <strong>Wine Fandango,</strong> con esmerado servicio por cierto. Y tercera posición para el del <strong>Charly</strong>, que añade a su suculento sabor su condición de miembro de la sagrada tríada riojana, puesto que se puede despacha con un a copa de vino joven y el indispensable morro. Se va a casa uno comido.</p>
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		<title>Abierto por San Bernabé (o casi)</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Jun 2019 15:53:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#160; Según me lo había contado un compañero de esta casa, aquel itinerario que estaba a punto de recorrer tenía toda la pinta de formar parte de uno de los anillos del infierno tal y como los contó Dante. Se trataba, me avisó, de una aglomeración de bares situados uno al lado de otro, subdivididos en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/La-brasa.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1333" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/La-brasa-768x1024.jpg" alt="La Brasa" width="768" height="1024" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/La-brasa.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/La-brasa-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Según me lo había contado un compañero de esta casa, aquel itinerario que estaba a punto de recorrer tenía toda la pinta de formar parte de uno de los anillos del infierno tal y como los contó <strong>Dante</strong>. Se trataba, me avisó, de una aglomeración de bares situados uno al lado de otro, subdivididos en función de distintas tipologías, y dotados de un escenario común donde se alineaban las mesas y sillas para que la clientela eligiera acomodo. Al fondo, otra promesa temible. Por partida doble. Un <strong>gimnasio</strong> (horror) y una zona de <strong>camas elásticas</strong> o algo así (vade retro), bien provistas todas ellas de megafonía <em>ad hoc</em> (chunda, chunda) y el atronador estrépito forjado por la grey infantil, a cuyos integrantes sus respectivos papás y las respectivas mamás permitían que camparan a su libre albedrío. Se comprenderá por lo tanto que entrase en tan intimidante recinto como <strong>Claridge Sterling</strong> en la mazmorra de <strong>Hannibal Lecter.</strong></p>
<p>Luego resultó que no era para tanto. Que ese nuevo espacio habilitado donde antaño anidaban los cines de <strong>Parque Rioja</strong> presentaba un aseado aspecto, al menos a la hora del mediodía en que lo visité. No estaban aún abiertos todos los bares que anunciaba la cartelería, reinaba cierto orden y también cierto silencio. Alguno de los bares que configuran ese conjunto de ofertas hosteleras tenía buena pinta, así que taché de mi hipotética libreta este recorrido que me regalé a mí mismo cuando observé que se acercaba <strong>San Bernab</strong>é y que con las fiestas del patrón se aproximaba también un haz de nuevos locales diseminados por la ciudad entera, no sólo por esta periferia. Me intrigaba que, como antes era costumbre por San Mateo, también las fiestas bernabeas se sumen a la tradición hostelera y colonicen el universo de bares con flamantes referencias&#8230;.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/a-fuego.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1334" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/a-fuego-768x1024.jpg" alt="A Fuego" width="768" height="1024" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/a-fuego.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/a-fuego-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></a></p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/la-esquina-de-Laurel.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1335" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/la-esquina-de-Laurel-768x1024.jpg" alt="La Esquina de Laurel" width="768" height="1024" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/la-esquina-de-Laurel.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/la-esquina-de-Laurel-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></a></p>
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<p>&#8230; Que no lo son tanto. Porque en realidad los bares que he ido recopilando en esta entrada llevan un tiempo en funcionamiento. Cierto que alguno de ellos no tanto. Es el caso de <strong>La Brasa</strong>, nuevo en la calle Laurel, de cuyos fogones se ocupa un prestigio cocinero (<strong>Miguel Martínez-Losa</strong>), que viene a rellenar un hueco nunca suficientemente explorado en este territorio tan castizo: en efecto, las brasas. Es decir, los bocados pasados por la parrilla, que no reciben en Logroño la atención que deberían merecer. Curiosamente, su apertura coincide con la de otro establecimiento que también milita en ese los frente:<strong> A Fuego</strong>, que lleva algún mes defendiendo una propuesta parecida en <strong>San Agustín</strong>. No son la única novedad reciente: entre Laurel y Bretón abrió hace poco sus puertas (las reabrió, mejor dicho, con otra encarnación) <strong>La Esquina del Laurel.</strong> Y a la vuelta, el curioso se tropezará con otro ramillete de novedades, presididas por un denominador común: la hamburguesa.</p>
<p>Porque, en efecto, la calle Bretón parece haberse convertido en un parque temático en honor de semejante bocado (que me tiene por cierto entre sus adictos, como alguna vez he confesado por aqui). Ahí, junto a Los Bracos, se emplaza <strong>The Good Burger</strong> y enfrente del hotel se aloja también otra flamante apertura, <strong>La Pepita</strong>. Otra franquicia del mismo ramo, Burgerheim, nacida muy cerquita (en Víctor Pradera) anuncia nuevos planes de expansión, como los anunció hace tiempo el <strong>Barrio Bar</strong> de Menéndez Pelayo, dispuesto a nuevas experiencias también en Bretón bajo el nombre de <strong>Clandestino</strong> donde antes se alojó el <strong>Maltés</strong> de Nuri, aunque sus puertas selladas, sin signo de actividad, invitan a pensar que la apertura se demora.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1336" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta-1024x662.jpg" alt="Argenta" width="1024" height="662" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta-1024x662.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta-300x194.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta-768x496.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
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<p>Concluyo mi paseo bernabeo. En la calle <strong>Múgica</strong> nació hace unas semanas otro negocio, la cafetería <strong>Argenta</strong>. Seguro que en esta lista de urgencia me olvido de alguna otra novedad, así que pido perdón de antemano a los posibles damnificados e improbables lectores. Me ayudan todas ellas a concluir que sí, que es posible que esto de abrir las puertas de los negocios en vísperas de fiestas no es exclusivo de San Mateo y me gustaría pensar que, por lo tanto, las fiestas del patrón (hermanas pequeñas en el calendario festivo de la ciudad) invitan también a visitar nuestras parroquias favoritas y regalarnos algún trago, algún bocado. Sería señal de que San Bernabé triunfa entre nosotros, de lo cual me alegro: siento devoción por esta fiesta porque tiene algo muy íntimo, muy especial para un logroñés. Su formato bolsillo, en contraste con los excesos mateos, la hace especialmente idónea para quien huya de los barullos propios de las fiestas de septiembre. Y tal vez sea también una excusa estupenda para seguir explorando ese rincón multitares abierto donde Alcampo, que anuncia nuevas aperturas (un restaurante de pasta italiana, por ejemplo) mientras me llegan noticias de su exitoso impacto entre la clientela. De lo cual también me alegro aunque tanta y tantas novedades no mitiguen otro impacto, de índole pesarosa: a finales de mes cerró, como se pronosticaba aquí mismo, el <strong>Alfonso</strong> de la calle <strong>Villegas</strong>. Que ha sido la más triste novedad bernabea aunque tiene su lado jubiloso: <strong>Elena y Alfonso</strong> podrán pasear a partir de ahora sin prisa. Vivir la vida más despacio. Sin agobios. Disfrutar por ejemplo de los bares de San Bernabé desde el lado bueno de la barra.</p>
<p>P. D. Laurel y San Juan ha coincidido en sendas campañas de promoción entre la clientela para estas fechas. En el primer caso, mediante la buena idea de premiar con un vinito a quienes se pidan una tapa en la fiesta del patrón, siempre que aparezcan con el preceptivo jarrito que se reparte ese día en El Revellín. Sería todavía mejor idea si en vez de vinito se recuperase la sana costumbre de servir <strong>zurracapote</strong>, brebaje autóctono casi en trance de desaparición Pero algo es algo: reivindicar las tradiciones propias es especialmente conveniente en estas fechas. Una elegante manera de decirles a los queridos indígenas que se largaron a <strong>Salou</strong> lo que se están perdiendo.</p>
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		<title>Bares de Logroño y cambio climático</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Mar 2019 18:08:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>Conversación al sol del mediodía en <strong>una terraza del centro de Logroño</strong>. Se acerca gentil el dueño del bar, saluda y pega la hebra: no, no puede quejarse. Tiene el bar y su terraza desbordantes de público. Gran noticia, para variar. Alega el caballero que el calorcito de este invierno primaveral recién difunto, y la propia primavera en sí, animan al potencial parroquiano a dejarse caer por su establecimiento y sentarse al aire libre. “Menudo invierno hemos hecho”, se confiesa. Aunque a continuación se apiada de las próximas generaciones, víctimas del desastre que llaman cambio climático. Una calamidad que se ha instalado entre nosotros y depara males sin fin, pero también un beneficio a corto plazo para algunos sectores como el hostelero. Que lo agradece sobre todo en Logroño, cuando le pilla este sol del invierno en pleno debate a cuenta de la ordenanza que debería velar por congraciar al empresariado con sus clientes y con quienes transitamos por las calles que también son nuestras y caminamos en zigzag por unas cuantas de ellas para evitar sillas y mesas, desplegadas demasiadas veces en plan invasivo. El llorado Paquito Fernández Ochoa (perdón por el ejemplo camp) se sometía a un eslalon parecido cuando aún esquiaba.</p>
<p>Abandono la terraza y prosigo el paseo. Me detengo para mi propia y frecuente admiración ante las terrazas desplegadas por <strong>la plaza de San Agustín</strong>, donde asegura nuestro querido Ayuntamiento que cualquier siglo de éstos empezarán las obras de reforma del edificio de <strong>Correos</strong> y por lo tanto, en previsión de que los gremios que acometan la rehabilitación deban entrar y salir de tan castizo espacio, se anuncia una ordenación más contenida de las mentadas terrazas. Digo que me maravillo porque el cerramiento de que hacen gala estos veladores cubiertos por un entoldado que parece haber sido instalado por quien esto firma siempre me ha parecido mejorable y me invita a quitarme el sombrero ante la clientela que, a despecho del feísmo imperante a su alrededor, con ese aberrante andamiaje que rodea el edificio vecino, se abandona al placer de la tertulia regada por el trago de rigor y se aísla de tal manera que no ve lo que otros vemos: que ese rincón de Logroño, tan coqueto, merecería un trato mejor.</p>
<p>Prosigo el paseo y mis cavilaciones. Me someto a la feliz terapia que procuran las buenas gentes del <strong>Asterisco</strong> en su nuevo emplazamiento de <strong>Portales</strong>. Un bar ejemplar porque maneja a la perfección unas cuantas suertes de su oficio: el servicio del café, que aquí se ejecuta como en los buenos tiempos. El amigo <strong>Óscar</strong>, mientras hace magia en la cafetera, se extiende en explicar sus planes para los próximos meses y apunta hacia la terraza, para suministrar una información que deja a sus interlocutores noqueados: resulta que el buen hombre pretende instalar sus veladores, por supuesto, aprovechando que se trata de una calle capital para Logroño (servidor allí nació, sin ir más lejos que su portal número 20), propicia para el tránsito de indígenas y forasteros. Pero atención, que aquí viene la sorpresa: aunque puede ocupar un espacio bastante amplio, se inclina por dotarse de una superficie más breve. “Quiero que los clientes estén a gusto, que haya sitio entre ellos, no meterlos apretujados casi uno encima de otro”, advierte Óscar.</p>
<p>Milagro, milagro. Porque no es tan corriente una política semejante en materia de veladores por Logroño, donde tiende a imperar la ley de la selva. La ciudadanía suele culpar del abominable aspecto que presentan calles y plazas enteras al de siempre: al <strong>Ayuntamiento</strong>. Pero yo, que también le atribuyo su responsabilidad al concejal de guardia, pienso que de muchos de nuestros pecados sólo nosotros somos culpables. Ese empresario demasiado avaricioso, que a diferencia de lo que anuncian en el Asterisco, acaba colonizando el espacio al que tiene derecho y ocupa también, disimulando, el que pertenece al ciudadano. Ese tipo de cliente poco exigente, yo mismo tantas veces: que te sientas allí donde te plazca, sobre la marcha, sin pensarlo mucho. Allá penas si estás cómodo o incómodo o si piensas, como yo mismo tantas veces, que es una lástima que la terraza elegida no se despliegue con un mayor rigor y sentido del urbanismo, con asientos más confortables. Porque uno concluye que el Ayuntamiento no puede colocar un inspector detrás de cada uno de sus administradores, para asegurarse de que no escupan en la calle, no vacíen el cenicero del coche en el aparcamiento ni tiren las cáscaras de pipas a la acera. O que las terrazas cumplan la normativa. Prefiero pensar en el buen juicio de los dueños de los bares, que tantas veces me traiciona. Como me traiciono yo a mí mismo y también me acabo absolviendo: el veneno de los bares, y de las terrazas, desafía mi buen juicio o lo que quede de él.</p>
<p>Dicho lo cual, finalizo mi caminata pensando que <strong>la ordenanza de terrazas</strong> representa una oportunidad perdida. Asegura el edil del ramo que se trata de un documento fruto de arduos trabajos y negociaciones y seguro que es cierto. Pero sospecho que de antemano estamos todos condenados a que la ordenanza no satisfaga a nadie porque está elaborada (ay) en tiempo de vísperas electorales (y cuál no lo es), de manera que se elude pisar algún callo a los suspicaces de siempre. El ciudadano se ha convertido antes que nada en consumidor y se necesita engrasar el engranaje de su confianza cada día, lo cual tiene su triste lógica y un par de conclusiones: que seguiremos viendo las terrazas poblando zonas de Logroño que deberían haber merecido un tratamiento más distinguido y que vivimos una época harto curiosa, la del efecto mariposa: se desintegran los glaciares allá en los polos, se mueren de sed las ovejas australianas, el invierno se parece a la primavera y hasta el cambio climático sale al rescate de los bares de Logroño. Bendito sea Mariano Medina.</p>
<p>P. D. Un paseo por las terrazas de Logroño debería incluir siempre una referencia a una de ellas ya desaparecida:<strong> la terraza de La Rosaleda</strong>, que tanto hizo por nuestra educación sentimental en mi más tierna infancia (primera glaciación). Ver hoy el horrendo adefesio que sustituyó al querido caserón, donde se proveía de periódicos y revistas media ciudad (la otra, en Paracuellos; también en El Gordito) completamente vacío mientras a su alrededor bulle la competencia privada (esta terraza es competencia municipal) me deja asombrado. Que no haya un valiente que puje por ese espacio y revitalice nada menos que El Espolón me lleva a concluir si no serán las exigencias municipales o algún endiablado pliego de condiciones los culpables de que la clientela pueble sus veladores hoy difuntos, mientras la grey infantil juguetea por las ranitas. También como en mi más tierna infancia.</p>
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		<title>Cambio de guardia en El Soldado</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Dec 2018 08:13:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>El feligrés veterano recordará a <strong>Azucena</strong>, logroñesa de la calle San Juan, defendiendo con profesional diligencia y un plus de afabilidad la barra del <strong>Soldado de Tudelilla</strong>, enrolada a las órdenes del mariscal Manolo, quien pasó en octubre a la reserva. La castiza taberna, icono ciudadano, clausuró entonces sus puertas dejando huérfanos a sus seguidores, así los indígenas como los forasteros que recalaban en sus mesas o apuraban un porrón no bien ponían el pie en <strong>Logroño</strong>. Desprovistos de sus bocadillos de sardina con guindilla, carentes de sus ensaladas celebérrimas, los devotos de la última barra logroñesa de esta castiza estirpe deambulaban como pollos sin cabeza entre el dédalo de gastrobares que no pueden competir en sabor local con este tipo de establecimientos, que hoy se baten en retirada. Entre todos esos parroquianos, Azucena ejercerá a partir de ahora como hada madrina. Garantizando lo mismo que el viejo Soldado: un servicio eficaz y solvente. Su carta de toda la vida. El bar de siempre, pero renovado, asegurado su singular encanto.</p>
<p>Así que el venerable bar de <strong>San Agustín</strong> cambia de guardia: aspira, según su nueva tripulante, a ser el mismo que veneran sus incondicionales, pero todavía incluso mejor. Azucena ultima estos días el renovado aspecto que su local ofrecerá a partir del próximo viernes. Dentro de una semana, reabrirá sin grandes cambios en su oferta pero con una imagen renovada que su guardiana custodia como un tesoro. Un cofre que se resiste a abrir. Entre olor a pintura y martillazos, recibe Azucena a Diario LA RIOJA en su interior, orgullosa de la remodelación emprendida y aún en ejecución, puesto que asegura haber alcanzado su propósito central: mantener la esencia del Soldado, su estampa clásica, pero poniendo al día todo su catálogo de gollerías.</p>
<p>El nuevo Soldado mantiene por lo tanto la carta antedicha (las ensaladas, por supuesto, y el resto de bocados, incluyendo como novedad los pimientos de cristal para quien acompañe la sardinilla en aceite y prefiera evitarse picores y sofocos), pero ha renovado el corazón del bar: mobiliario y resto de la decoración, que se someten a los últimos retoques de cara a la reapertura. Azucena, reacia a desvelar la cantidad de secretos que aguardan en el corazón del bar, saluda a los curiosos que se asoman cuando se entreabre la puerta, mientras repasa el catálogo de novedades (maderamen, piedra vista, vigas que ven la luz) y asegura, un punto emocionada y feliz, que seguirá fiel a los proveedores históricos de la casa. A su vino para <strong>chiquitear</strong> (Medrano Irazu, en comandita con otras referencias) y al venerable latón que recorre la barra, que dispone de nueva pila para refrescar tomates y botellas. Símbolos de El Soldado de Tudelilla: del viejo y del nuevo.</p>
<p>P. D. El Soldado de Tudelilla encaja en el linaje de ciertos bares logroñeses que son algo más que eso. Icono ciudadano, nació en su sede original de la calle San Agustín allá en 1947, aunque en su tramo inicial: más o menos, donde luego se ubicaría el restaurante La Unión, junto a la desaparecida licorería de Ursicino Espinosa. Pocos años después, emigró a la calle Laurel, donde alcanzó su fama actual: una bodeguilla de bancos corridos y mesas de mármol, donde se acomodaba la parroquia que se traía la fiambrera de casa y sólo requería que le despacharan vino. Tres décadas después, se mudó de nuevo a San Agustín, al emplazamiento donde <strong>Manolo</strong>, que defendió con su esposa <strong>Jacinta</strong> esa barra durante todo ese tiempo se jubiló hace un par de meses. Ahora le toca a Azucena, veterana a pesar de su juventud de unas cuantas barras cercanas como el Pali y alistada en El Soldado desde el 2006, pilotar su enésima reencarnación</p>
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		<title>Bares de San Agustín</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Sep 2018 15:33:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; Mis primeros recuerdos de la calle San Agustín no tienen que ver con sus bares. Me viene mucho antes a la memoria la gigantesca tienda de ropa San Bernabé, en la esquina con Gallarza, donde mi madre me compró el siglo pasado un extraño abrigo verde de aire militar, siendo yo todavía un cadete. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1157" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin-1024x683.jpg" alt="Vista de la calle San Agustín. Foto de Justo Rodríguez" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mis primeros recuerdos de <strong>la calle San Agustín</strong> no tienen que ver con sus bares. Me viene mucho antes a la memoria la gigantesca tienda de ropa San Bernabé, en la esquina con <strong>Gallarza</strong>, donde mi madre me compró el siglo pasado un extraño abrigo verde de aire militar, siendo yo todavía un cadete. “Es el que visten los soldados del Ejército austriaco”, me explicó el vendedor ante mi arrebatada atención. “Los acaban de traer. Este es el primero que se lleva alguien”. Aquella prenda, que con el paso del tiempo me copiaron otros miembros de mi generación una vez adoptada como <strong>uniforme del pijo logroñés</strong>, convirtió a esa tienda, San Bernabé, en una referencia de mi atolondrada juventud con una altísima intensidad: cada vez que paso por su clausurada puerta, donde anuncian que un día de éstos se inaugurará un bar luego de distintas y fallidas reencarnaciones, vuelvo a tener pelusilla en el bigote y calzo pantalón corto. Y me resguardo del frío por supuesto como mi abrigo austriaco. El icónico loden de color verde.</p>
<p>En la misma calle, poco más allá de San Bernabé, se alojaba otro edén de mi primera infancia: la <strong>panadería Tudanca</strong>, que resiste ahora en <strong>Hermanos Moroy</strong>. Sus hermosas puertas de madera escondían un tesoro en forma de mullida miga y crujiente corteza que sigo también sin olvidar. Ocurría que la calle, antes que el espinazo de una ronda alternativa a los bares de <strong>la vecina Laurel</strong> en que se ha convertido, era en realidad como tantas otras del corazón de Logroño una arteria comercial. Donde cabía de todo: por ejemplo, otra panadería, <strong>Paraíso</strong>, que también sobrevive (y sin mudarse de sitio). Y un negocio tan fascinante como fascinante era el nombre de su propietario: <strong>Ursicino Espinosa,</strong> que parecía haber sido bautizado como un personaje de Galdós pero que se dedicaba a menesteres tan de la época como la compraventa de <strong>pacharanes</strong> (endrinas para el vulgo) para su fabricación casera y artesanal. Era una asombrosa tienda de bebidas, con una rebotica tan profunda (imagino que daba a Laurel) que el mago Espinosa tardaba a veces una eternidad en regresar al mostrador con cada encargo, como si volviera de una excursión por el centro de la Tierra. Hoy, en ese magro espacio también se anuncia la apertura de un bar.</p>
<p>Porque la calle entera ya es una sucesión de barras, que han desalojado toda posibilidad de emprender cualquier otro negocio con una contundencia severísima. Sólo resiste el Paraíso, con su jugosa oferta de panes y bollos. El resto de locales, salvedad hecha del <strong>Museo de La Rioja</strong> (que, por cierto, podría abrir su propio bar con terraza en el hermoso jardín lleno de gatos: yo me apunto), milita en el gremio hostelero. Lo cual no era antaño la norma, en aquel tiempo que relataba unos párrafos arriba. Andando los años, sólo conservo el recuerdo de un bar que conquistara mi interés: el difunto <strong>Florida</strong>. Con sus inolvidables ajos en vinagre, gloria de la cocina logroñesa. Y su incalificable dueño, al que recuerdo con alta estima. Algo más arriba se aposentó mediados los 80 El Soldado de Tudelilla, luego de su mudanza desde la Laurel (donde me sedujo de chaval con sus platillos de olivas con anchoas) y casi que pare usted de contar. <strong>El Carabanchel, Las Cubanas, el Zubillaga…</strong> Poco más en materia de bares: los recién citados eran más bien restaurantes.</p>
<p>Nada que ver por lo tanto con su actual fisonomía. La calle integra de facto en eso que el feligrés llama Laurel, la calle castiza que sí se dedicaba con mayor vocación desde antiguo al negocio de los bares. Y porque un sencillo paseo por <strong>Albornoz</strong> o la <strong>Travesía</strong> sirve para prolongar las rondas de una calle a otra, a su respectiva perpendicular, integrando de esa manera un circuito que incluye a la vecina Gallarza. A todo eso dédalo de calles le llamamos la Laurel, aunque San Agustín está dotada de su propia personalidad. Sus bares son más o menos recientes y en consecuencia más acomodados a los nuevos gustos de la clientela, lo cual se observa en su decidida tendencia hacia ese tipo de barras bien provistas de bocados en formato tapa. Una religión que por Laurel tardó algo más en implantarse.</p>
<p>Porque, aunque no lo parezca, la transformación de San Agustín en casi otra Laurel cristalizó según mi recuento hará tan solo una década. En apenas diez años, la calle cambió. De entonces más o menos surge ese movimiento que inauguró <strong>La Anjana</strong> y siguieron poco después otras referencias. Incluso el Carabanchel, que en aquella lejana mocedad que comentaba era antes casa de comidas que bar, dispone hoy de su propia barra. Con la que cuenta asimismo la vecina tienda de quesos que abrió el gran Abadía: dos bares que no lo eran en origen pero que acabaron siéndolo. Dos muescas más en este rosario que nos llevaría hasta la jurisdicción del veterano <strong>Soldado de Tudelilla</strong> luego de atravesar las siguientes entradas, que hará bien en anotar el improbable lector, entrando por Gallarza: a la izquierda, el <strong>Bonsai</strong> (que, por cierto, acaba de cerrar: espero que sea momentánemente), <strong>El Rincón de Alberto, De Perdidos al Río (con su coqueta terraza enfrente), La Canilla, La Abuela Encarna, La Méngula, Ebisu, Las Cubanas, La Casita</strong> (esquina a la Travesía de Laurel), <strong>El Soldado, Ríos, La Mejillonera, Divina Croqueta y El Colmado de los Artistas</strong>. Y volviendo sobre nuestros pasos, vista a la derecha: además de la mencionada <strong>quesería</strong> <strong>de Abadía</strong>, <strong>La Barrica, El Mexicano</strong> (con Florida de subtítulo: precioso guiño), <strong>La Chatilla, Tal Cual,</strong> la mencionada Anjana, <strong>Los Rotos, La Taberna de Correo, La Taberna de Baco y La Gota de Vino.</strong></p>
<p>A ellas se anuncia la inminente compañía de otros dos bares ya mencionados (donde San Bernabé y donde Ursicino) y otro más lindando con los dominios de Manolo, ahora que se avecina su jubilación: en la difunta <strong>tienda de comestibles de Ascacíbar</strong>, situada en ese último tramo, el más próximo a Once de Junio. Que es donde de hecho reside el gran mérito (uno de ellos) de El Soldado de Tudelilla, que deberemos reconocerle ahora que entona el adiós: haber acostumbrado a los potenciales clientes de la calle Laurel a ingresar en sus dominios entrando por ese angosto pasadizo, el tramo superior de San Agustín, y no por Gallarza como era costumbre. Corría 1987 y San Agustín, la querida calle que albergó a tantos emblemas de mi adolescencia, empezaba a convertirse en otra cosa. No sería ya el territorio para explorar con mi abriguito austriaco el delicioso pan sobado de Tudanca ni la manera furtiva de penetrar por la puerta de atrás en <strong>la supertienda llamada Ideal</strong>. Sería la prolongación natural de la calle Laurel aunque, ojo, con una identidad singular y reconocible. De tal manera que San Agustín es hoy para quien esto escribe una y varias calles a la vez: la que fue, la que es y la que será.</p>
<p>Alguna ventaja tenía que tener eso de cumplir años.</p>
<p>P. D. Toda investigación alrededor de los bares de la calle San Agustín que se precie deberá incluir por supuesto los alojados en <strong>la plaza del mismo nombre.</strong> Esas exitosas terrazas donde tan raro resulta a menudo encontrar sitio, así en verano como en invierno. Yo admiro profundamente a sus parroquianos, puesto que han decidido ignorar las enojosas vistas al espantoso aspecto que presenta el edificio de Correos, protegido por un haz de vallas que convierten el tránsito por sus cercanías en un paseo por el horror, un monumento al incivismo y a la fealdad. Qué suerte la de quienes se acomodan en los veladores del <strong>Fax</strong> y le dan la espalda a tanta incuria. Yo, de momento, prefiero esperar: esperar a ver si se levanta por fin el ansiado hotel y se dota de la terraza con vistas al ombligo de Logroño que me han prometido. Lo creeré cuando lo vea.</p>
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		<title>Novedades mateas</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Sep 2018 15:48:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#160; Desde el siglo pasado, el maestro Eduardo Gómez mantiene la costumbre de fijarse en qué bares logroñeses deciden abrir sus puertas en las vísperas mateas, sospechando con buen criterio que los promotores de tales proyectos entienden que esos días festivos harán sonreír a sus máquinas registradoras con mayor alegría que durante el largo otoño [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1146" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana-1024x729.jpg" alt="Nuevo bar Morgana, recién abierto en la calle Sagasta" width="1024" height="729" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana-1024x729.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana-300x214.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana-768x547.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana.jpg 1500w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Desde el siglo pasado, <strong>el maestro Eduardo Gómez</strong> mantiene la costumbre de fijarse en qué <strong>bares logroñeses</strong> deciden abrir sus puertas en las <strong>vísperas</strong> <strong>mateas</strong>, sospechando con buen criterio que los promotores de tales proyectos entienden que esos días festivos harán sonreír a sus máquinas registradoras con mayor alegría que durante el largo otoño y el interminable invierno. Pero hoy ni siquiera las vísperas son lo que eran. Quiere decirse que los bares que abren por <strong>San Mateo</strong> en realidad planifican su inauguración con mayor antelación, en la esperanza de que la avalancha de público pille bien engrasada su maquinaria y la clientela salga por lo tanto conforme (incluso satisfecha) de la visita y propague la buena nueva con un suplemento adicional de entusiasmo. De modo que el improbable lector deberá anotar que desde agosto cuenta <strong>Logroño</strong> con alguna (escasa) novedad en materia de bares destinados a relucir en perfecto estado de revista en cuanto sus potenciales clientes escuchen los sones del cohete mateo. Que está a punto de hurgar el cielo.</p>
<p>Así que retomo aquel viejo hilo que un día abrió Gómez y repaso en estas líneas las novedades que cristalizan en el corazón del Logroño de toda la vida y las que afloran también en las calles más alejadas del centro. En este apresurado (e informal: disculpas a quienes omita) recuento debo empezar anotando una reaparición muy querida: el <strong>Zikos</strong> de<strong> Ingeniero Lacierva</strong>, negocio experto en reencarnaciones, protagoniza una nueva resurrección que, de momento, no adopta la forma de pollo asado que tantos éxitos deparó al histórico local. Pero está abierto, que es lo que cuenta. Listo para las fiestas.</p>
<p>Más novedades, cerca de la Gran Vía: la emergente <strong>Gil de Gárate</strong> protagoniza su propia dosis de movimientos, con el reciente traslado del <strong>Beitia</strong> desde la esquina con Somosierra a un emplazamiento más espacioso, cerca de <strong>Pérez Galdós</strong>, que permitirá a sus ideológos lucirse con la oferta de tapas que le han dado justa fama, ahora se supone que aún más apabullante y adictiva. Cerquita se anuncia la apertura inminente de <strong>un par de restaurantes,</strong> sendas aventuras más gastronómicas que hosteleras, pero que merecen también nuestros parabienes y apuntan hacia la consolidación de esa calle como una alternativa fetén a los itinerarios clásicos. Lo dicho: Gil de Gárate no para.</p>
<p>No lejos de allí, cruzando ya la Gran Vía, topamos en <strong>avenida de Portugal</strong> con otra novedad. En esa calle alzó con éxito su propuesta todoterreno el bar <strong>Asterisco</strong>, que anda de mudanza. Se traslada a <strong>Portales</strong>, donde antes acampó <strong>La Gitana Loca</strong>, con esa misma oferta de bar hábil durante casi 24 horas, del desayuno a la copa, pasando por el cafelito matinal, el aperitivo y cuantos tragos y bocados quepan en un día&#8230; Una aventura que tardará en cristalizar hasta octubre: durante fiestas recibe a sus incondicionales en su ubicación habitual.</p>
<p>Ese mismo centro logroñés adonde se muda el Asterisco acumula las principales novedades, empezando por la principal: la reaparición de La Granja, rebautizada ahora como Morgana. Y un carrusel de aperturas con epicentro en la misma calle, <strong>San Agustín,</strong> la cual merecerá un día de estos su propia entrada. En concreto, tres novedades que aún no lo son pero aspiran a serlo: en la esquina con <strong>Gallarza</strong>, donde antaño se alzó el comercio de ropa San Bernabé, y más arriba (donde tenía su tienda Ursicino Espinosa y donde los comestibles de Ascacíbar, junto a El Soldado) se anuncian otros <strong>dos nuevos bares</strong>, que corroboran el dinamismo de esta calle tan querida para todo logroñés.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1147" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club-1024x683.jpg" alt="Bar The Club, en la calle Bretón. Foto de Justo Rodríguez" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club.jpg 1500w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y más novedades&#8230; que no lo son tanto. Porque, como advertía al principio, a veces no conviene esperar a San Mateo para abrir un bar. Porque sus promotores se pierden el verano logroñés, con sus terrazas como las que colonizan la calle <strong>Bretón</strong>, que es donde el amigo Álvaro prueba de nuevo suerte (y la tendrá, porque la merece) con otro local de brillante atractivo. Se llama <strong>El Club</strong>, ocupa el antiguo emplazamiento del desaparecido Berlín y ha obrado el milagro de consolidarse, al poco tiempo de su apertura, como el típico sitio donde hay que ir. Para ver y ser visto. Y para nutrirse de su espléndida oferta cervecera.</p>
<p>De momento, fin de la historia. Con seguridad nacerán otros bares de aquí al <strong>San Mateo del 2019</strong>. Y algunos mantendrán la costumbre de inaugurarse en vísperas de fiestas, para dotar de una actividad superior a la concentrada en el programa mateo que perpetra el Ayuntamiento cada año. Aunque ni lo uno (la iniciativa privada) ni lo otro (la pública) eclipsan la evidencia auténtica de cada semana festiva: que el bullicio está en la calle. Y que los protagonistas de semejante frenesí, desparrame y descontrol somos usted, improbable lector, y quien esto escribe. Vulgo, los logroñeses. A quienes dedico estas líneas y animo a brindar por el patrón como lo hicieron nuestros antepasados: con <strong>zurracapote</strong>.</p>
<p>P. D. No sólo de bienvenidas se configura el menú mateo en materia de bares. También (ay) son numerosos los adioses. Muy sentidos en un caso que me toca especialmente: el amigo Manolo cuelga el mandil y deja a los feligreses de <strong>El Soldado de Tudelilla</strong> medio huérfanos, a la espera de que resucite (pongamos una vela a San Agustín en su hornacina cercana). Y otra despedida también muy sentida: la de Nuria, que cierra el <strong>Maltés</strong> de Bretón a finales de mes. Ambas desapariciones ya han sido aquí glosadas. Al contrario de otra, la de <strong>El Pórtico</strong> de la calle Mayor, bar que no me ha tenido entre sus fieles: cosas de la edad. Que no me impiden derramar otra imaginaria lágrima por su difunto destino, que ya acecha. El mismo que espera a ciertos bares también muy clásicos, de cuyo incierto futuro daremos cuenta uno de estos días. Seguiremos informando.</p>
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		<title>Logroñeses para el mundo</title>
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		<pubDate>Fri, 11 May 2018 10:24:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/05/canal-viajar.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1070" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/05/canal-viajar-300x225.jpg" alt="Entrevistado por Canal Viajar, en Delicia Croqueta" width="300" height="225" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/05/canal-viajar-300x225.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/05/canal-viajar-768x576.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/05/canal-viajar-1024x768.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/05/canal-viajar.jpg 1600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La imagen que ilustra estas líneas se tomó hace unos días, en el establecimiento que <strong>las hermanas Loro</strong> acaban de abrir en la calle <strong>San Agustín</strong>. Se observa a quien esto escribe (perdón por el ataque de importancia, que diría <strong>Valdano</strong>) mientras atiende al equipo enviado por <a href="http://www.canalviajar.com/"><strong>Canal Viajar</strong></a> para que recorriera con ellos <strong>los bares del centro de Logroño</strong> un sábado cualquiera, explicando sus virtudes a la audiencia que pasado el próximo verano podrá ver en sus pantallas el resultado de tantos desvelos. Respondía de esta manera a una invitación de la productora del programa llamado <strong>Ciudades de Noche</strong>, que se exhibe en <strong>Movistar Plus</strong>: sus ideólogos querían dedicar una entrada a Logroño y pensaron que esa parte de las rondas nocturnas de tragos y bocados podían tenerme como cicerone. Otros lugareños sirvieron para semejante propósito en franjas igualmente noctívagas: entre todos procuramos que, sobre todo quienes no conocen nuestra ciudad, sintieran que se están perdiendo algo. Espero haber contribuido con mi cuota alícuota.</p>
<p>Fue una invitación en cierto sentido envenenada. Tenía que elegir a cuatro bares. Sólo cuatro. En ellos debía condensar la experiencia que un indígena ha ido haciendo suya cuando se responde a sí mismo a esa pregunta: qué significa ir de bares por Logroño. De modo que a la hora de decantarme por unos o por otros, luego de darle alguna vuelta al caletre, concluí que que, más que en su condición de bares, debía pensar en esos cuatro elegidos como referencias. Como hitos para <strong>un viaje por la noche logroñesa</strong> a lo largo de su historia. Bares cuyo espíritu pudieran compartir también sus propias competidores locales: todos ellos forman parte de la misma gloriosa baraja de locales logroñeses. Integran una paleta común. Decidí que, aunque escogiera a los que finalmente elegí, quienes no aparecieran en el programa pudieran sentirse representados.</p>
<p>Bajo esa pretensión ideé un viaje por Logroño que seguía los preceptos de tantos y tantos veteranos de mil barras, a quienes debo la información de que, en realidad, la costumbre de las rondas nocturnas se inició no tanto en <strong>Laurel</strong> y alrededores como imaginamos sus nietos, sino en la calle <strong>Mayor</strong> y aledaños. De modo que me pareció que guardaba cierta justicia poética atacar el programa empezando por ahí. Por la calle Mayor. Me decanté por <strong>El Guardaviñas</strong> como símbolo de que<strong> las antiguas tabernas</strong> donde se destetaron como clientes los miembros de la generación de nuestros abuelos admiten una versión contemporánea que puede contribuir a dotar de un perfil renovado a la calle. Además, El Guardaviñas, como otros bares hermanos, fusiona con acierto en su carta de bocados (recetas clásicas adaptadas a los nuevos tiempos) y en la de tragos (referencias tradicionales de <strong>Rioja</strong> junto con las propuestas de los vinateros rocanroleros) esa doble alma: amor por las raíces, revisitadas a la luz de la modernidad.</p>
<p>Siguiente etapa: de la Mayor, a la Laurel. A cuyas puertas expliqué al improbable público las particularidades de nuestra calle más célebre, cuyas puertas franquea la <strong>Taberna del Tío Blas</strong>. Otro ejemplo de renovación que no por casualidad se aloja en<strong> una antigua farmacia,</strong> lo cual me dio pie para relatar a la audiencia un aspecto clave de la experiencia como parroquianos de nuestros bares predilectos: que son también farmacias. Administran con buen tino sus productos para aliviar nuestros maltratados espíritus y ayudar a sanarnos. A curarnos de males desconocidos, según las normas que el sentido común prescribe: porque estos bares/farmacia sirven, sobre todo, para celebrar la vida. Para festejarla. Para exaltar los valores de la camaradería y la amistad: de Logroño, para el mundo.</p>
<p>La visita por Laurel tuvo que incluir la advertencia que cualquier feligrés autóctono ya conoce: que en realidad la calle es una y trina. Al río madre se le añaden esos dos afluentes que tributan por su derecha, <strong>Albornoz y Travesía</strong>, las cuales desembocan a su vez en una cuarta calle que coloquialmente forma parte del mismo viaje: San Agustín. Que dispone de su propia personalidad, por supuesto, aunque incluida en el imaginario colectivo dentro del mismo concepto: el concepto Laurel. Con su leyenda sobre libertinas damas que adornaban con esas hojitas sus balcones para demostrar su predisposición al combate amoroso y resto de mitos locales: <em>si non e vero</em>&#8230; Etcétera. Así que se entenderá que nuestra ruta incluyera una reflexión semejante en torno a lo viejo y lo nuevo. Los bares de toda la vida y los recién llegados.</p>
<p>Y entre estos últimos, neófitos de ultimísima hora, <strong>Divina Croqueta</strong>. El mencionado local que las hermanas Loro han plantado entre nosotros luego de su trayecto desde <strong>Sorzano</strong>, a mayor gloria de la apabullante lista de croquetas que, en efecto, se despacha en este bar situado en el tramo final de San Agustín. Que además homenajea a los negocios de esa misma zona con una ensalada de tomate tan propia de otros bares vecinos que tiene truco: porque se oculta tras un <strong>trampantojo</strong> cuyos ingredientes no desvelaré y porque, aunque rinde tributo al amigo <strong>Manolo de El Soldado</strong>, en realidad el interesado no se da por aludido. No tenía ni idea, aunque agradece el detalle.</p>
<p>Lo sé de primera mano porque así nos lo confesó en la siguiente parada de nuestra ruta: de lo novísimo, a lo tradicional. El Soldado, bar del linaje propio de las <strong>bodeguillas</strong> tan caras antaño a Logroño, representaba en este itinerario para quienes menos conocen nuestros hábitos en materia de bares la entronización de aquellos establecimientos donde los clientes acudían con sus fiambreras para que les despacharan el vino, adornado a veces con algunas viandas características de estos locales. Lo proclama Manolo siempre que puede y lo proclamó igualmente ante la cámara de Canal Viajar, que se había enamorado de su verbo fácil y dicharachero. También se dejó conquistar por su endiablada habilidad para cortar el tomate de <strong>la ensalada famosa</strong>, cuyos secretos se resiste a desvelar: Manolo, ya se sabe, es un caballero.</p>
<p>De modo que concluida la gira por Logroño de noche, antes que nuestros invitados siguieran con su paseo por las zonas de copas indígenas en manos de otros anfitriones que tuvieron la amabilidad de relevarme, me retiré a la medianoche luego de pasearles por el <strong>Moderno</strong>, un café que les excitaba la curiosidad porque es más que un café: es un icono. También ha sido escenario de alguna película, como Calle Mayor, cuyo rodaje intrigaba igualmente a los amigos de Canal Viajar. Allá acabamos la singladura: en la <strong>Calle Mayor</strong> del cine, que en realidad es <strong>Portales</strong>. Una metáfora. El viaje moría donde se inició. De la auténtica Mayor a su encarnación cinematográfica. Con una reflexión en voz alta que me permití compartir con quienes alguna vez se asomen a su televisor y vean cómo es Logroño a la luz de la luna: la alianza que sellan en ese punto las trayectorias de nuestro inmortal <strong>Rafael</strong> <strong>Azcona</strong> con la de <strong>Juan Antonio Bardem</strong>, director de la legendaria cinta. Para ellos hace años que se hizo de noche. Al menos, a nosotros nos sigue iluminando el recuerdo que dejaron en nuestra memoria a la altura de un bar. A la altura de <strong>Los Leones</strong>: aquel bar de bares. El bar de cuando en Logroño no se ponía el sol.</p>
<p>P. D. Como preámbulo a la visita guiada por Logroño (de noche) en sus bares, tuve el privilegio de dirigir un periplo similar un día antes a un grupo formado igualmente por periodistas. En este caso, <strong>chinos</strong>. A quienes conduje hacia un itinerario más contenido: como querían saber qué se cuece en las cocinas de un típico bar logroñés, puse al equipo de informadores asiáticos en la jurisdicción de la <strong>Taberna de Baco</strong>, donde les atendieron con la hospitalidad conocida. Pedro y sus chicas explicaron las entrañas de su oficio, prepararon sus suculentos platos para asombro y delicia de los recién llegados y regaron las viandas con buen vino de Rioja, el favorito de aquel país de entre todas las denominaciones españolas. El proyecto se denomina &#8216;<strong>Un paseo por las Españas</strong>&#8216;, lo cual no sé muy bien qué quiere decir: yo me limité a guiarles por Logroño. Que al cierre de esta edición, sigue siendo uno.</p>
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		<title>Diez pinchos de Logroño&#8230; para un amigo de Granada</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Jan 2018 16:33:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>Semanas atrás, a propósito de una entrada que publiqué sobre el concurso que busca por La Rioja la mejor tapa servida en alguno de nuestros venerables bares, el amigo <strong>Javi F. Barrera</strong> me retó a un duelo incruento a través del éter. El caballero, periodista como quien esto firma, despliega en el diario hermano Ideal de <strong>Granada</strong> una interesante propuesta informativa llamada <a href="http://granadablogs.com/cableados/">Cableados </a>que en algo emparenta con este blog: también procura callejear en cuanto puede. Así que, fruto de su intuición, el autor de Cableados me planteaba un desafío: que publicara una nueva pieza donde proporcionara al improbable lector, e hipotético turista granadino, una serie de pistas para deambular por los bares de Logroño atacando sus pinchos más beneméritos.</p>
<p>Luego de darle alguna vuelta al asunto y compartir confidencias con el colega Barrera, acordamos cuanto sigue: que, en efecto, publicaría en este blog un artículo como el que ahora perpetro. Algo así como<strong> mis diez pinchos favoritos de Logroño</strong>. Mejor dicho, aquellos diez más celebres. Los indispensables, más o menos. No porque a mí me lo parezcan, sino porque observo a su alrededor un acabado consenso. Esos diez pinchos que, nos gusten más o nos gusten menos, son los que concitan cierta unanimidad, nunca absoluta. Afortunadamente. A esta pieza responderá el amigo Barrera con otra semejante, aunque ya me advierte de lo siguiente: que eliminará de ella las diez tapas que, como es saludable norma en la patria de Boabdil, ofrecen de regalo los bares granadinos. No: las que proponga la próxima semana serán aquellas que, como éstas que aquí se incluyen, serían las que un logroñés de visita por los alrededores de la Alhambra debería catar inexcusablemente si quiere forjarse una idea cabal de las habilidades culinarias de los bares granadinos.</p>
<p>Así que manos a la obra. Tras consultarlo con la almohada, y con algunas opiniones expertas, lanzo en esta apresurada relación diez pistas, que no solo se destinan a saciar la curiosidad del potencial público, sino a estimular el apetitito de quienes lo lean un día de éstos por Granada. Si además luego se animan dejarse caer por Logroño y comprobar por sí mismos lo atinado (o no) de mis recomendaciones, doblemente agradecido: por haberme leído y por hacerme caso. De modo que <strong>oído cocina</strong>, en riguroso orden alfabético, con todos ustedes. Dos puntos:</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/jubera.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-993" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/jubera-219x300.jpg" alt="Bravas del Jubera" width="219" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/jubera-219x300.jpg 219w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/jubera-768x1051.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/jubera-749x1024.jpg 749w" sizes="(max-width: 219px) 100vw, 219px" /></a></p>
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<p>1. <em><strong>Bravas</strong></em>. Las del <strong>Jubera</strong>. Las hay por doquier repartidas en formato cazuelilla por todo el mapa logroñés, pero como ya advirtieron los lectores de este blog (y ellos no pueden equivocarse): las mejores patatas bravas se sirven en esta acreditada casa de la calle Laurel, antes bautizada como La Mejillonera (yo la sigo llamando así). Despachadas como le gustan a un servidor: con simpatía. Con mucha simpatía. Crujientes por fuera, mullidas por dentro, justas de picante y tarifadas a precios de antes del euro. Gloria bendita: santo y seña de Logroño. (Jubera, calle Laurel 18)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/torres.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-994" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/torres-300x200.jpg" alt="Bocata de calamares del Torres" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/torres-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/torres.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>2. <em><strong>Calamares</strong></em>. En raciones o en bocadillo, los amigos calamares alegran la ingesta de vino con tanta tenacidad como adaptación al ecosistema culinario-hostelero. Quiere decirse que entre pan y pan alcanza su mejor encarnación en el <strong>Torres</strong> de la calle San Juan, porque sus ideólogos tienen la buena idea de servirlo con una ejemplar salsa alioli sobre la que evito todo comentario: hay que probarlos. Estupendo el punto de fritura, mercancía de primera clase y modélico el servicio: hay otros calamares, pero no son los del Torres. (Bar Torres, calle San Juan 31)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soriano.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-995" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soriano-300x187.jpg" alt="Bar Soriano" width="300" height="187" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soriano-300x187.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soriano.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>3. <em><strong>Champi</strong></em>. Sí, también hay otros champis que no factura el <strong>Soriano</strong> de la Laurel (de su travesía, más exactamente) pero estos bocados han alcanzado justa fama por vaya usted a saber qué razón. Lo encantador del bar, por ejemplo, minúsculo espacio que atesora un atractivo insondable no sólo para el indígena, sino también para el forastero, allá penas si no sabe comerse el pincho como debería ser norma. De un bocado, qué importa si lo sirven abrasando y qué más da si la suculenta salsilla se derrama por la pechera. Con gamba o sin ella, el Soriano es mucho Soriano. (Bar Soriano, Travesía de Laurel 2)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soldado.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-996" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soldado-300x200.jpg" alt="Ensalada de El Soldado de Tudelilla" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soldado-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soldado.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>4. <em><strong>Ensalada de tomate</strong></em>. ¿Una ensalada es una tapa? Respuesta: sí. Sí&#8230; si la sirve el gran Manolo desde <strong>El Soldado de Tudelilla</strong>. No debemos llevarle la contraria porque amenazaría con contarnos un chiste. Y no, Manolo. No. Preferimos que saques del fregadero esos misteriosos tomates que siempre están maduros, los partas a la velocidad del rayo y les añadas a sus compañeras de viaje (gloriosa cebolla, jugosas aceitunas) antes de propinar el golpe genial. El toque maestro: sal, aceite y vinagre. Con el ingrediente fundamental: amor. Mucho amor. (El Soldado de Tudelilla, calle San Agustín 33)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/la-hez.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-997" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/la-hez-300x183.jpg" alt="Miguel, en la barra de La Hez" width="300" height="183" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/la-hez-300x183.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/la-hez.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>5. <em><strong>Gilda</strong></em>. Igual que el señor Fleming inventó la penicilina medio por descuido, nuestro inventor particular (Miguel le llaman) apareció un día por su bar de la Laurel (<strong>Sierra La Hez</strong>: con perdón) garrafón en ristre. Se le había echado a perder el vino que guardaba en casa pero una cata de urgencia confirmó el milagro: ese vinagre era un manjar de dioses, sólo apto para estómagos indómitos. Con ese néctar riega sus banderillas, concediendo un mimo especial a la amiga gilda, pincho tradicional que siempre admite reinvenciones. Finolis abstenerse. (Bar Sierra La Hez, Travesía de Laurel 1)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/alfonso.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-998" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/alfonso-300x200.jpg" alt="Alfonso y Elena, en su Mesón" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/alfonso-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/alfonso.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>6. <em><strong>Morros</strong></em>. Qué morros tienes, <strong>Alfonso</strong>: desde tu mesón de la calle Villegas despachas esta golosina marginada por lo culinariamente correcto, que depara grandes niveles de colesterol pero también inolvidables alegrías a quien los cata. Porque qué tienen tus morros, amigo Alfonso, que los hace iniguables. Será esa materia prima sin tacha, procedente de animales de toda garantía. o ese especiado mágico que afina su sabor. Aunque más me malicio que sea culpable de semejante placer la mano experta que en la cocina le procura un cariño sin igual. (Mesón Alfonso, calle Villegas 31)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/perchas.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-999" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/perchas-300x200.jpg" alt="Orejita del Perchas" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/perchas-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/perchas.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>7. <em><strong>Orejitas</strong></em>. El amigo granadino que viaje hasta Logroño deberá ser todo oídos: así está garantizado que sacie su curiosidad atacando la ración de orejas que propone el <strong>Perchas</strong>. Claro que el bar antiguo proponía una decoración vintage, con su banderín del Atlético de Madrid, que añadía un encanto bizarro a la ingesta de semejante bocado pero en su actual formato esa orejita rebozada asegura lo mismo que aseguraba su hermana mayor: un delicado aterrizaje en la panza, luego de mordisquear las sutiles membranas y confirmar lo tantas veces sabido. Que hay otras orejas, pero están en éstas. (Bar Perchas, Travesía de Laurel 3)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/tigres.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1000" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/tigres-300x200.jpg" alt="Un tigre del Cinco Pesos" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/tigres-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/tigres.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>8. <em><strong>Tigre</strong></em>. Dícese del selvático animal de piel pintarrajeada que tanto aporta al recetario clásico español. Porque en formato mejillón, adopta en efecto las características de esa fiera, una ingeniosa denominación que se despacha desde el<strong> Cinco Pesos</strong> según una receta personal e intrasferible. Como la fórmula de la Coca Cola. El discreto empanado, un leve embozo que multiplica las propiedades de esa jugosa carne mejillonera, administrada en esta casa con la sabiduría que proporciona saber el punto exacto de picante. Una textura memorable, que se recomienda degustar de dos en dos. (Bar Cinco Pesos, República Argentina 27)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/meson-lorenzo.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1001" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/meson-lorenzo-300x196.jpg" alt="Brindando en el Lorenzo" width="300" height="196" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/meson-lorenzo-300x196.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/meson-lorenzo.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>9. <em><strong>Tío Agus</strong></em>. Hablando de fórmulas secretas: en qué jugosa salsa se envuelve el bocatita denominado Tío Agus, que despachan por cientos, por miles, desde el <strong>Lorenzo</strong>. Se ignora, desde luego: sus custodios, alquimistas de este delicioso manjar que tiene cautivada a su clientela. Algo sí sabemos. Que se factura según la receta de la abuela Damiana, matriarca de la familia de reconocida pericia en los fogones, y que el condimento sirve para realzar las virtudes intrínsecas de la estupenda materia prima del bocata: lomo (“de parte trasera”, como matizan sus ideólogos). Que aproveche. (Mesón Lorenzo, Travesía de Laurel 4)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/sebas.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1002" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/sebas-300x184.jpg" alt="Juan, en la puerta del Sebas" width="300" height="184" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/sebas-300x184.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/sebas.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>10. <em><strong>Tortilla de patata</strong></em>. La del <strong>Sebas</strong>. Por supuesto, las hay de todos los gustos repartidas por el mapa del Logroño hostelero, pero la del Sebas añade atractivos adicionales. No es el menor de ellos observar cómo la mercancía viaja hacia el nivel de la calle desde el piso superior que aloja la cocina, a través de ese discreto montacargas que pertenece al imaginario propio de todo logroñés. Pero es que cuando la parroquia ataca el pincho comprueba que aquí todo está en su sitio: la perfecta carta de vinos acompaña la cata de un jugoso bocado, sutilmente deconstruido desde el siglo anterior al nacimiento de Ferrán Adrià. La tortilla que se deshace en la boca. (Bar Sebas, calle Albornoz 3)</p>
<p>P. D. El suculento duelo que aquí protagonizaremos está destinado a acabar en empate, porque de momento es un pugilato virtual. Salvo que alguien (los perpetradores de este experimento, por ejemplo) se animen a una cata en ambas ciudades protagonistas del experimento y puntúen la veintena de recomendaciones. Para lo cual, en todo caso, habrá que esperar: la próxima semana nos responderá Javi Barrera desde Granada. A ver qué nos ofrece, que promete ser jugoso. Aunque tal vez no tanto como la idea que le ronda la cabeza: desempatar un siglo de éstos en la otra ciudad que tan bien conoce, <strong>Donosti</strong>. Me pongo en sus manos.</p>
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