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	<title>Logroño en sus baresSan Antón &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>¿El día del cliente?</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Oct 2016 07:45:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>“Algo hay que hacer”: puede el improbable lector consultar a cuantos dueños de <strong>bares</strong> <strong>logroñeses</strong> quiera que acabará recogiendo múltiples alternativas a la pregunta de cómo reanimar su actividad en días laborables, así como una frase mil veces repetida. Algo hay que hacer. Porque el sector languidece entre semana. Es una evidencia palpable, que no afecta sólo a Logroño. Los hábitos de consumo han cambiado tan radicalmente que el antiguo peregrinaje diario de bar en bar se ha convertido en una costumbre que sólo mantienen los chiquiteros conspicuos, que merecerán algún día un detalle de su Ayuntamiento o de la Sociedad Española de Hepatología. El resto de la población se resiste a libar más allá del fin de semana: lo prueba cualquier visita por las lánguidas calles del centro de lunes a miércoles. Numerosos bares incluso cierran.</p>
<p>Surge por lo tanto la pregunta. ¿Cierran los bares porque no hay clientela? ¿O sucede al revés? Al parecer, se trata de una preocupación común al resto del sector en España, hasta el punto de que la <strong>Federación Española de Hostelería</strong> anuncia que pretende implantar alguna medida que mitigue la caída del negocio en esos días grises, sobre todo en invierno. Por ejemplo, la creación de un <strong>día dedicado al cliente</strong>, que clonaría la idea lanzada tiempo atrás por otro sector con problemas, el del cine. Así como hay un día del espectador en que bajan los precios para el visionado de películas e ingesta de palomitas, los bares patrios se dotarían de una jornada propia dedicada a honrar a la parroquia con algún atractivo adicional.</p>
<p>¿Cuál? Promociones, descuentos&#8230; La iniciativa parece aún muy incipiente, aunque sus promotores anuncian que les gustaría ponerla en marcha ya mismo: el próximo 11 de octubre. Que no sólo es martes: también es un martes víspera de fiesta. Lo cual sería un poco engañoso: habría que esperar unas cuantas semanas, hasta dar con un martes convencional, para ver si cuaja la idea, que cuenta por lo demás con el respaldo, entre escéptico y entusiasta, de algunos hosteleros logroñeses consultados. Que coinciden en la frase arriba citada (eso de que algo hay que hacer), pero discrepan sobre la fórmula. <strong>Cándido</strong> <strong>Fernández</strong>, que defiende el <strong>Torres</strong> de la calle San Juan y el <strong>Notre</strong> <strong>Dame</strong> de Duquesa de la Victoria, lanza de entrada una advertencia que pueden hacer suya la mayoría de sus colegas: “En nuestro bar todos los días es el día del cliente”. “Procuramos dar siempre el mejor servicio posible”, añade. Luego, cavila y cavila: “Desde luego, lo que yo no haría es algo tipo pincho/pote, porque es una fórmula que nunca me ha gustado”. Y agrega: “Más que bajar los precios, porque en muchos casos los márgenes ya están muy ajustados, lo que haría es subir la calidad”.</p>
<p>En términos parecidos se pronuncia <strong>Tere</strong>, que lidia a diario con el <strong>Donosti</strong> de la calle Laurel y <strong>La Taberna de Baco</strong> con sus socias, Ana y Marián. Aunque con algún matiz, tampoco es muy partidaria del llamado &#8216;<strong>pinchato</strong>&#8216; que por ese rincón de Logroño se organiza los jueves (“La verdad es que no tiene mucho éxito, hay que reconocerlo”, advierte); por el contrario, apuesta por una promoción que los martes condujera a más público hasta sus locales. “Por ejemplo, regalar el pincho. Que fuera una versión más contenida que el pincho habitual, pero que fuera el mismo que ofrece cada bar el resto de días”, sugiere. “Por supuesto, nada de servir un trozo de salchichón”, prosigue. “Porque algo hay que hacer: entre semana, la calle está muerta”, afirma. Y concluye: “Lo que se haga me parecerá bien para reanimar los martes, pero tiene que ser algo impactante, no cualquier cosa”.</p>
<p><strong>Paco</strong> <strong>Bergés</strong>, al frente de la asociación que agrupa al sector en toda La Rioja, reflexiona desde el <strong>Ópera</strong> de la calle San Antón. Recuerda que se trata de un comentario surgido dentro de las reuniones que mantiene con sus homólogos de otras regiones de España pero avisa: “Hay que tener en cuenta que cada ciudad tiene su manera de ser en materia de bares”. En todo caso, no parece demasiado entusiasmado con la idea; a su juicio, serviría en el caso de Logroño para hacer la competencia a todos esos barrios que ya promueven sus propias ofertas (casi siempre los jueves). Más partidario se muestra de una variante, muy similar a la que preconiza el sector del cine: un día del cliente al año. “Me parece que el resto de las semanas no serviría de nada”, opina.</p>
<p>Porque su parecer es eso: una opinión. Más autorizada que otras, pero una opinión. Así que habría que ampliar el catálogo de dictámenes a propósito de esta cuestión, abarcando al conjunto de bares por supuesto y también a su clientela&#8230; que tal vez tendría una opinión muy distinta. Que es, en realidad, lo que pretenden estas líneas lanzadas al improbable lector. Eso del día del cliente, <strong>¿a usted qué le parece?</strong></p>
<p>P.D. La propuesta de la Federación de Hostelería encaja dentro de una reflexión más amplia, destinada a reflejar el estado actual del sector en <strong>España</strong>. Concluyen sus dirigentes que ahora hace menos frío. Es decir, que la máquina registradora, sin dar saltos de alegría, parece más animada que antaño. Una conclusión que Paco Bergés matiza: “Habría que preguntar de qué tipo de bares hablamos, de qué barrios y de qué gremios”. Dicho lo cual, admite que al menos hay algún motivo para la alegría del empresariado hostelero: “En Logroño sí que se nota más actividad en el centro”. Y añade, más escéptico: “Pero los bares de copas&#8230; Cómo están de mal los bares de copas”.</p>
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		<title>La resurrección de San Agustín</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Feb 2013 18:47:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/calle1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-96" title="Vista antigua de la calle San Agustín. Foto de Enrique del Río para Diario LA RIOJA" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/calle1.jpg" alt="Vista antigua de la calle San Agustín. Foto de Enrique del Río para Diario LA RIOJA" width="600" height="278" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/calle1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/calle1-300x139.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Otra recuperación: aquí os dejo un artículo que publique el 21 de diciembre del 2008 y que me permite pasear de nuevo por una calle que siento muy próxima, San Agustín. Hay que tener por lo tanto en cuenta esa fecha de publicación para entender algún anacronismo: la calle estaba entonces en plena resurrección y hoy sigue por ese camino, el santo le asista. Ahí va el artículo, que se titulaba &#8216;Santo, santo&#8217; porque también se ocupaba de otro miembro de nuestro nomenclátor: la calle dedicada a San Antón.</p>
<p>&#8220;Cuando pienso en la <strong>calle San Agustín</strong>, lo primero que me asalta a la memoria es la panaderí<strong>a Tudanca</strong>, sus sabrosos palitos de pan, sus barras tan bien horneadas (preferiblemente  sobadas). Sí, ya sé que la calle goza hoy de gran prestigio en el sector de la hostelería (merecido) y que ofrece cada poco tiempo motivos para la diversión con el estrafalario teatrillo montado a costa del <strong>Museo</strong> y de <strong>Correos</strong>. Pero lo siento: cuando ingreso por <strong>Gallarza</strong> y dejo atrás la esquina donde para mí siempre estará <strong>San Bernabé</strong>, insigne negocio del ramo textil, sólo sé que me sigue oliendo a pan, incluso ahora que el horno de los Tudanca se mudó de calle. También sigo viendo (otro prodigio) las cajitas donde <strong>Ursicino Espinosa</strong> ofrecía los pacharanes para quienes destilaban el licor en casa y hasta escucho cantar de viva voz la antigua carta de<strong> Las Cubanas</strong>, curioso restaurante donde no servían café pero prometían otras golosinas: «Tenemos unas natillas que casi son pecado».</p>
<p>El viaje por la memoria se detiene a la altura del Museo, o lo que quede de él: ese edificio de fachada oscura cuya desvencijada tarima soportó tantas pisadas pero no ha podido con los últimos embates sufridos, mezcla de desidia burocrática y oportunismo político (con su pizquita de desinterés público). Su destartalada historia reciente convierte esta plaza en una suerte de agujero negro de la ciudad, un sumidero que también atrapa al vecino edificio de Correos, víctima de parecidos males. Hacia esa altura, la calle San Agustín parece amputada, como si la plaza se hubiera convertido en un muñón por donde no circulase la sangre ciudadana y el peatón incluso evitara cruzar por estas baldosas. Pero es un espejismo: en cuanto el paseante salva la ampliación del Museo (que se comió por cierto aquel hermoso jardín romántico donde se almacenaban las piedras heráldicas y triunfaban los gatos), brota de nuevo el espíritu jovial de esta calle que puede servir de modelo a quienes de verdad crean que otro <strong>Casco Antiguo</strong> es posible. Tiene el santo de cara, al revés que <strong>San Antón</strong>, otra de tantas entradas en el nomenclátor logroñés bendecidas por algún patrón: en su caso, el protector de los animales.</p>
<p>Los comerciantes dirigen estos días al santo sus plegarias en busca de reparación: se sienten huérfanos de la ayuda municipal, que procura en otros rincones luz navideña para amenizar las compras. Viendo sin embargo la horterada en forma de bombillas que a uno le asalta en cada esquina no acierto a comprender que tan céntrica arteria quiera verse afeada por esas alegorías tan rancias. De antiguo ignoro qué relación puede existir entre el superávit de iluminación y la invitación a la compra compulsiva, pero haberla, hayla: cómo explicar de lo contrario este derroche de watios que se dispara por Occidente entero en vísperas de Nochebuena. Con más o menos luz, para mí San Antón seguirá siendo lo que ha sido desde que la frecuentaba cuando aquí se levantaban el cine <strong>Sahor</strong> y la tienda de <strong>Santos Zapata</strong>: la calle central de mis compras navideñas.</p>
<p>Yo resisto. Ignoraré en la posible la tentación de disfrutar de la calefacción en los malls de la periferia y mantendré la costumbre de visitar a los tenderos de confianza, aunque sea a costa de seguir contemplando ese espanto de la vecina Gran Vía, tan horrenda desde su reforma, víctima de tantos atropellos urbanísticos habidos y por haber: ojo al mamotreto que ya se anuncia y que llaman ludoteca&#8221;.</p>
<p>P. D. Como decía al principio, San Agustín es un acabado ejemplo de cómo recuperar como espacio público una calle que hace no tanto apenas frecuentaban los más castizos y/o el alumnado del extinto <strong>COU Valvanera</strong>. Las aperturas se suceden, los bares de siempre aceptan la cirugía (salvo <strong>El Soldado de Tudelilla</strong>, que nunca debería permitir que entrara allí el bisturí) y, en conjunto, ofrece una imagen renovada de la ciudad&#8230; que mejoraría bastante si en la presente glaciación acaban las obras del Museo y alguna vez pasa algo con Correos. De momento, ya han retirado los andamios. Algo es algo: eso que ganamos los paseantes.</p>
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