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	<title>Logroño en sus baresSan Juan &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Le llamaban Tardevieja</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Jan 2020 16:29:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hay quien aduce sesudos motivos para odiar la <strong>Navidad</strong>, entre ellos eso de la felicidad obligatoria, y no se le quitará la razón en las líneas que siguen. Hay quien por el contrario se siente a gusto en estas fechas, pero como la alegría en España siempre será sospechosa se cuida mucho de salir de ese armario y proclamar su júbilo. Entre quienes profesamos alguna devoción a estas festividades que están a punto de clausurarse, a caballo de dos años, nos encontramos quienes alegamos como coartada excusas de orden más bien prosaico: confieso que a mí me gusta la Navidad porque veo por Logroño a buenas gentes a quienes echo de menos (tal vez sin saberlo, ni ellos ni yo) el resto del año. Y porque dedico más tiempo a cuidar a mis seres queridos, a quienes sin días de descanso por medio resulta más difícil atender como merecen. Esas dos razones son suficientes para mí: me conformo con poco. Ventajas de haber nacido en los años 60, cuando sólo se podía elegir entre poco y nada.</p>
<p>Esa evidencia de que los bares de guardia se ven estos días colonizados por quienes viven fuera de nosotros se materializa en dos momentos cumbre de las navidades: el vermú de <strong>Nochebuena</strong> y el vermú de <strong>Nochevieja</strong>. Los dos aperitivos más largos del año, hasta el punto de que el genio del idioma, que tampoco descansa en Navidad, ha dado en bautizar esas horas con el mejorable nombre de <em>Tardebuena</em> y <em>Tardevieja</em>. La antigua empalmada, para quienes peinen alguna cana o hayan perdido todo el pelo de la cabeza. Antaño, la empalmada consistía en enhebrar las copas noctívagas con el desayuno mañanero; hogaño, esa costumbre se traslada al momento indefinido en que las copas vespertina se enlazan con el aperitivo o tentempié, los vinos y cañas que se trasiegan acompañados de los bocados de giro y hacen las veces de almuerzo en esas dos fechas tan señaladas.</p>
<p>Hay otras costumbres que también son propias de ambos días, pero que me temo que empiezan a batirse en retirada. Como otros compañeros de generación a quienes solía saludar en semejantes trances, yo solía apurar de bar en bar por la zona peatonal de las antiguas <strong>Cien Tiendas</strong> (ahora mismo da miedo echar la cuenta de las que resisten), también llamado <em>Tontódromo</em> en mi mocedad tan (ay) lejana. En algunos locales era complicado siquiera acceder a su interior, puesto que esos instantes eran los más adecuados para la ingesta previa a las cenas de tan celebradas noches. Una breve multitud se apiñaba por Juan XXIII, Doctores Castroviejo y alrededores para reencontrarse con los amigos que viven lejos o con quienes viviendo cerca no termina uno de compartir cháchara y tragos. Con el tiempo, esa costumbre se ha ido desplazando de horario: triunfa entre nosotros la <em>Tardebuena</em> y su hermana la <em>Tardevieja</em> y como testigo de esta tesis llamo al estrado a mi testigo favorito. Servidor.</p>
<p>La <em>Tardebuena</em> del 2019 sorprendió a los logroñeses con temperaturas primaverales, que convocaron a las masas en el entorno de la ciudad histórica y los bares conspicuos. Incluso las terrazas presentaban el aspecto más propio de cuando se acerca la canícula. Y qué decir de<strong> Laurel, San Agustin, San Juan&#8230;</strong> Llenazo desbordante, con esas caras conocidas arriba citadas que vuelven a casa por Navidad, como en el anuncio del turrón. Un desparrame que coqueteaba con el éxtasis y preludiaba la Tardevieja que se avecinaba una semana después, cuando se obró el mismo milagro&#8230; aunque no tan multitudinario. Esas temperaturas propias de cuando aún hacía frío en Navidad intimidaban lo suyo, aunque no lo bastante para evitar escenas análogas: daba gusto deambular por los bares de rigor, saludar a los conocidos (aunque fuera de reojo) y concederse el placer de ir picoteando de barra en barra las suculentas golosinas con que se despedía el <strong>2019</strong>.</p>
<p>Pero llega <strong>enero</strong> y su temible cuesta. Según tengo entendido, el peor mes (<strong>febrero</strong> no le va a la zaga) para el negocio hostelero, puesto que baja en picado la afluencia de clientela, exhaustos nuestros cuerpos y nuestras billeteras tras las descargas navideñas. Pero en la retina quedará marcada esa imagen maravillosa para quienes disfrutamos de este maravilloso entretenimiento que significa ir de bares. Esos raros momentos de confraternización intergeneracional vividos en Nochebuena y Nochevieja a la hora del aperitivo, a costa de vaciar los bares logroñeses en las horas previas a las respectivas cenas de ambos días. Mudan los hábitos, se adaptan a los nuevos tiempos y nos dejan en cada año entrante pensativos y melancólicos. Al menos, en mi caso. Cavilando, cavilando, concluyo que en realidad el año entrante tal vez sea ese misterioso espacio que se abre entre <em>Tardevieja</em> del 2019 y <em>Tardebuena</em> del 2020: cuando dará tanto gusto recorrer Logroño en sus bares.</p>
<p>P. D. Puesto que el improbable lector de este blog, según los estudios de audiencia que poseo, ha cumplido ya algunos añitos me malicio que en estos días invernales se regalará <strong>uno de esos sabrosos caldos</strong> que salen a nuestro encuentro en las barras conspicuas. Como también es mi caso, me permito aconsejar los que he catado en las rondas navideñas y merecen mi aplauso: el mejor, el de <strong>El Soldado de Tudelilla</strong>, otra buena razón para dejarse caer por la jurisdicción del hada Azucena; medalla de plata para el que sirven en <strong>Wine Fandango,</strong> con esmerado servicio por cierto. Y tercera posición para el del <strong>Charly</strong>, que añade a su suculento sabor su condición de miembro de la sagrada tríada riojana, puesto que se puede despacha con un a copa de vino joven y el indispensable morro. Se va a casa uno comido.</p>
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		<title>Bar Achuri, patriarca de Laurel</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Sep 2019 09:02:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Tertulia tontorrona típica de verano, mi favorita. Prende entre quienes participamos en ella una duda: qué bar de la calle Laurel es el más antiguo. Titubeos, incertidumbre, división de opiniones… Acude en nuestro auxilio <strong>el maestro Eduardo Gómez</strong>, a quien consultamos por teléfono para que arroje alguna luz. Lo cual hace gustoso, previa advertencia: en realidad, <strong>la calle Laurel</strong> tal y como ahora la conocemos es un invento reciente en términos históricos. En su mocedad, recuerda nuestro perito en bares, él la recorría de arriba a abajo, incluyendo los dos afluentes (<strong>Albornoz, la Travesía</strong>) porque vivía justo al lado y porque era una calle donde había bares, en efecto, pero también tiendas de toda índole, que exigían una visita para cualquier recado: Laurel era una calle comercial, una más del viejo Logroño. Como lo era<strong> su gemela la San Juan,</strong> donde su vertiente mesocrática tardó más en desaparecer. Y todavía resiste, más o menos.</p>
<p>Así que Eduardo hace memoria y concluye que con alguna seguridad el bar más veterano de la calle Laurel será… el <strong>Achuri</strong>. O el <strong>Blanco y Negro</strong> tal vez… Pero no: el Achuri, el Achuri, dictamina. El patriarca de la calle Laurel, el bar que lleva más tiempo en las manos de la misma familia que lo fundó. Con cuya puerta se tropezaba cuando era un chiquillo y ahí sigue, a disposición de los interesados en mantenerse fieles a la Laurel de toda la vida, antes de que se viera invadida por los bares de tipologías más recientes. No es el caso del legendario Achuri, donde también perpetramos nuestras propias incursiones de chavales como hiciera Gómez unos cuantos años antes, y donde nos recibía su patrón, elegante como un galán de cine de los años 50. Una especie de José Suárez parapetado tras una barra donde hizo célebres ciertas golosinas.</p>
<p>Las setas, por ejemplo. <strong>Juanjo</strong>, que así se llamaba el comandante en jefe del Achuri, era aficionado a la micología y se notaba en la presencia de unos cuantos misteriosos hongos durante la temporada de recolección. Misteriosos porque su nomenclatura (había una setas llamadas pardillas, por ejemplo) representaban un enigma para quienes sólo distinguíamos un champiñón de una seta de chopo y ahí se acababa nuestra destreza. Misteriosos también por su apariencia, que se apartaba de lo trillado en esta rama de la gastronomía: una de aquellas setas, por ejemplo, tenía aspecto de lengua de vaca y resulta que así se llamaba por cierto, para felicidad de los incondicionales del Achuri, que encontraban en su barra esos manjares raros de ver entonces por Logroño, despachados desde los fogones con mano maestra por la jefa de la casa, <strong>Alicia</strong>.</p>
<p>A quien por cierto se recordará como la hechicera de otro guiso singular que la memoria logroñesa asociará siempre con su bar: la asadurilla. La asadurilla del Achuri, que servía perfecta de punto y de sabor. Un plato de otra época, hoy también muy extraño de encontrar. Allí era el rey, como se recuerda desde alguno de los paneles distribuidos por sus paredes donde reina ahora el heredero de la saga, Juan Carlos, quien confirma que sí. Que el Achuri se puede considerar como el patriarca de la calle, como atestiguan sus 80 años de vida, repartidos entre<strong> las tres ramas del árbol genealógico</strong> (su abuelo, su padre Juanjo, fallecido hace un año, y ahora él mismo) y dotados de esa rareza mencionada que hace más singular su supervivencia: siempre ha estado en las manos de la misma familia. Ningún otro bar de la Laurel, incluyendo los que podrían competir en veteranía, pueden proclamar otro tanto.</p>
<p>Y añada el improbable lector otro atributo singular. Tampoco se ha alterado su fisonomía con el paso del tiempo. El Achuri permanece tal cual (más o menos, con las lógicas adaptaciones) que como lo conocimos en nuestras juveniles andanzas por la calle Laurel. Lo cual reconforta. Porque, para quien tenga la costumbre de ir de rondas, representa un puerto donde atracar seguro. Servicio eficaz y profesional, ricas creaciones de la cocina riojana tentando desde la barra, una carta de vinos que ha ido mejorando mientras transcurrían los años y, sobre todo, la foto. La foto del otro gran Achuri, el futbolista. Que nos saludaba de chavales desde uno de los muros del bar y hoy también reclama nuestra atención. <strong>Astro del Real Oviedo</strong>, entre otros equipos, donde se convirtió en mito como subraya su sobrino: “Cuando viene gente de Oviedo por aquí, sobre todo si son mayores, se quedan alucinados viendo la foto, porque se acuerdan mucho de él”.</p>
<p>Como cualquiera. Sus viejos clientes tampoco la olvidan. Esa foto en blanco y negro encierra bastante más que un homenaje póstumo a la estrella de fútbol que fue aquel Achuri. Es también un tributo a nuestros buenos tiempos. Los tiempos de La Simpatía, el Buenos Aires y otros cuantos bares que se mantenían leales con su pasado y evitaban transformarse en lo que no eran. Esa fidelidad a sus raíces explica probablemente el éxito del Achuri: 80 años de vida siendo más o menos el mismo bar. <strong>El mismo bar de todos los veranos</strong>, coartada para una de esas estupendas tertulias tontorronas que no llegan a ninguna parte. Salvo para concluir que, en efecto, pasan los años. Claro que pasan. Pero no evitan que cuando volvamos a entrar cualquier tarde en la Laurel, el Achuri esté ahí.</p>
<p>P. D. El amigo <strong>Mere</strong> aporta su propia cuota histórica a la pregunta que encabezaba estas líneas: cuál es el bar más antiguo de la Laurel. Puede que el Taza, apunta. Puede, claro. Pero resulta que el Taza desapareció. En su lugar anida desde hace algunos años otro bar, en efecto, pero no es el Taza. El mérito del Achuri reside en lo antedicho: en ser el más longevo de la calle manteniendo la encarnación original. Aunque se malician los logroñeses más veteranos, y el propio Juan Carlos desde la barra del Achuri, que el más antiguo debe ser el Blanco y Negro. Desde donde responden que en efecto les distingue ese honor, aunque haya cambiado de rumbo unas cuantas veces. Lo cual le hace merecedor de unas líneas para cualquiera de las semanas venideras.</p>
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		<title>El lado bueno del Iturza</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Jul 2019 15:54:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Yo empecé a frecuentar el <strong>Iturza</strong> en los <strong>primeros 80</strong>. Fue cuando Laurel ya nos aburría y buscamos por lo tanto nuevas rutas. <strong>La calle Mayor</strong> se ofrecía como un destino idóneo para explorar todos aquellos bares que se escapaban de lo trillado. Por su cercanía y porque, compartiendo una fisonomía análoga, disponía de su propia personalidad. Una identidad parecida pero distinta. Así que salíamos del Moderno por la puerta de atrás e indagábamos qué nos ofrecía la Mayor en materia de barras. La del Iturza, por ejemplo. Cuyo responsable despachaba la tapa más intrigante que jamás he conocido: un huevo duro. A palo seco, espolvoreada de sal. Todavía algún bar recalcitrante del <strong>viejo Logroño</strong> mantiene ese hábito, el bocado más austero que pueda imaginar su clientela. Que en el Iturza añadía una broma muy propia de aquel tiempo: el señor <strong>Villaluenga</strong>, jaleado a veces por sus parroquianos, rompía la cáscara con su frente y servía luego el huevo en un platillo. La broma alcanzaba momentos delirantes cuando alguno de sus clientes más guasón le allegaba sin que se diera cuenta un huevo, sí, pero fresco. Cuya yema, una vez roto, caía por frente y alcanzaba sus carrillos entre risotadas unánimes. Incluyendo al propio damnificado, que aceptaba ese trance con elogiable sentido del humor.</p>
<p>Había otros bares en aquella ronda pero por alguna razón misteriosa, un intangible, el Iturza nos atraía con un nivel de magnetismo superior. Como algún otro, el <strong>Cuatro Calles</strong> por ejemplo, que disponía de mesitas para el tentempié de los sábados por la noche: ah, sus ricas cazuelitas&#8230;. O el cercano <strong>Bretón</strong> (no confundir con el café de la calle homónima), cuyo dueño solía vestir con chaleco y corbata. La ronda era más breve que la que proponía Laurel, pero dotada de su particular encanto, porque la clientela de todos esos bares se nutría del ala senior de los logroñeses adictos al chiquiteo, a quienes alguna gracia les hizo compartir durante aquel tiempo su pasatiempo favorito con las nuevas generaciones (con perdón). Y también a nosotros nos divertía, la verdad, confraternizar con quienes nos precedieron en las rondas eternas por el Logroño de siempre. Sobre todo, si transcurrían en el Iturza, donde por algún misterioso motivo la diversión estaba garantizaba. Tenía un ambiente especial, ese aire como electrificado.</p>
<p>Un ambiente que su descendencia supo mantener. Hablo de ese intangible antedicho. Aunque con los años regresamos sobre nuestros pasos y mantuvimos la fidelidad a <strong>Laurel</strong> mientras explorábamos nuevas rutas hacia la <strong>San Juan</strong> (costumbre que aún se mantiene), procurábamos dar una vuelta de vez en cuando por la Mayor. La frecuencia de este hábito se fue distanciando, entre otras razones porque la propia calle protagonizó una transformación harto conocida: abrieron nuevos bares que colonizaron la oferta hostelera pero en versión nocturna, una invitación al desparrame que me pilló ya mayor (o cansado) para atenderlos como merecían. Los antiguos bares, los del chiquiteo, murieron. Con una salvedad: el Iturza. Que resistió como pudo, bajo nueva dirección. Pero resistió. Con sobresaliente garbo. Esperó nuevos tiempos, observó cómo caían a su alrededor muchos de los bares nacidos al amor de las copas de madrugada, sobrevivió a todas las crisis&#8230; Con sus propios contratiempos, por supuesto, inherentes a un sector empresarial convulso como pocos. Que depende además de un factor incontrolable: los gustos. Los gustos de su potencial clientela.</p>
<p>Porque el gusto humano es inclasificable. Así como puede más o menos trazarse con alguna seguridad el itinerario de éxito o fracaso que acompañará a algunos bares en cuanto los inauguran, lo habitual es que ocurra lo contrario: que su suerte esté siempre por escribirse. Y que sea una trayectoria oscilante, con sus picos y sus valles. De repente, un bar se pone de moda por la misma razón por la que luego deja de estarlo. Con sus responsables preguntándose, en época de vacas flacas, qué hizo para merecerlo. Hay otros, sin embargo, como el Iturza donde las tendencias vienen y mar como las olas de la mar océana, porque su atributo principal se esconde en su intransferible identidad. Esa personalidad tan cañí que explica su éxito más reciente. Jóvenes promociones detectaron en el Iturza la antítesis del bar uniformizado que nos ha legado la globalización y lo entronizaron como su reino particular, a mayor gloria de los botellines (sobre todo, cuando se podían consumir en su puerta), de las rabas y de las <strong>gambas a la gabardina</strong>. Y del gran estilo que distingue a su ideológo, don Jesús.</p>
<p>A quien visité en esta época de renacimiento del Iturza y hasta le dediqué alguna entrada en exclusiva, como esa página de periódico destinada a glosar sus proezas que nuestro hombre tuvo el detalle de colocar en esa pared desde donde saludaba a los parroquianos. <strong>Como un dazibao logroñés.</strong> Recuerdo entrevistar a Jesús mientras se preparaba una infusión de estimulante aroma, lamentándose de cómo las ordenanzas municipales conspiraban contra su manera de entender el negocio que heredó de su tío. Avanzaba la conversación y la barra se iba decorando con figuritas de papel que el amigo Jesús elaboraba con primor e ingenio, un auténtico manitas. Un artista. Un artista también para Logroño en sus bares. Ahora, por enésima vez, anuncia que cierra. Como parece que en esta ocasión va en serio, yo ya lo empiezo a añorar. Y derramo una lágrima por el fin de los buenos tiempos, la tapa de huevo duro y el Logroño de toda la vida.</p>
<p>P. D. Como si fueran convocados al amor de<strong> &#8216;Mira siempre el lado bueno de las cosas&#8217;,</strong> el himno más oportuno para cada funeral, los incondicionales del Iturza se congregaron este jueves en la calle Mayor para despedir como merece al culpable de tantos buenos ratos. Jesús Villaluenga, que el lunes dejó de abrir la persiana que llevaba funcionando bajo su dirección desde 1989. Treinta años después, el Iturza deja un vacío entre las calles del Logroño de siempre semejante al que anida en el corazón de sus fans. Que fueron quienes se movilizaron para obligarle a esta despedida por la puerta grande. Y que tal vez entonaron como homenaje para sus adentros la inmortal tonada de los <strong>Monty Phyton</strong>: “Bien pensado, la vida es una mierdecilla/es una carcajada/y la muerte, una broma”.</p>
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		<title>Viana en sus bares</title>
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		<pubDate>Fri, 17 May 2019 14:51:29 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/05/Viana.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1321" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/05/Viana-1024x768.jpg" alt="Pincho del bar Bordón, de Viana." width="1024" height="768" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/05/Viana-1024x768.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/05/Viana-300x225.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/05/Viana-768x576.jpg 768w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Siempre me ha gustado Viana. Cuando viajaba en el asiento de atrás del 600 familiar rumbo a <strong>Pamplona</strong>, ya desde muy crío me llamaba la atención su augusta silueta. Ese aire medieval. La muralla, el caserío sobre la cima. Parecía un pueblo de cuento. De noche, a la vuelta de aquellos viajes, Viana se iluminaba. Y las luces le concedían un aire todavía más intrigante. Novelesco. Al que contribuía la llanura que le rodea, viñedo y cereal, las montañas al fondo, como si fuera a aparecer en cualquier momento un improbable Robin Hood foral que tuviera el aspecto de <strong>Félix Cariñanos</strong> con alpargatas.</p>
<p>También mi primera excursión como escolar con el <strong>colegio San José</strong> fue a Viana. A sus lagunas, que por ahí deben estar aún según informa la señalización que festonea la vieja carretera <strong>N-111,</strong> tan querida, hoy reconvertida en autovía. Pero su trazado antiguo pervive, desde luego más inseguro y proclive a la ingesta de pastillas contra el mareo. Aquella ruta tenía algo hechizante, con su atractiva toponimia.<strong> Torres del Río, Sansol, el desvío hacia Bargota.</strong> Y Viana, por supuesto. Que me cautivó luego de adolescente por la magia de sus fiestas, que aseguraban unas noches de desparrame muy acreditado. Aquel remoto verano de la mocedad incluía como cita obligada ese breve desplazamiento. Ya no me acuerdo de cuándo estaba marcada esa fecha en rojo en el calendario festivo de todo logroñés. Hacia finales de agosto, me parece. Sí recuerdo que las cuestas y requetecuestas de la carretera, que en el viaje de ida sólo exigían una dosis de biodramina, se atragantaban hacia la vuelta. Y no daré más pistas.</p>
<p>Viana me sigue gustando. Con alguna frecuencia me dejo caer para el aperitivo del fin de semana y confirmo que pocos pueblos de su tamaño en calidad y cantidad de su oferta hostelera pueden competir con los bares de este pueblo fronterizo que este 2019 anda de aniversario: cumple 800 años como tal. Es una belleza. Aunque como resulta inevitable en tantos rincones de España las construcciones recientes hayan conspirado para afear el conjunto, en cuanto aparcas al pie de la muralla y penetras hacia la plaza empiezas a respirar lo que antes no era tan extraño. Un pueblo que se conserva más o menos igual que como lo conocieron los abuelos de los críos que hoy corretean junto a la apabullante, majestuosa iglesia. Donde por supuesto recibe al visitante Félix Cariñanos, con la barra de pan sobado (de picos) y el <strong>Diario de Navarra</strong> bajo el sobaco, de tertulia con el vecindario. Me parece que hoy lleva además un bolso.</p>
<p>Luego volveremos con Cariñanos. Antes, primera parada. El bar <strong>San Juan,</strong> con sus hermosas vistas hacia la plaza, su corro de guapísimas comadres (alguna octogenaria) atacando la caña de cerveza y el pincho y, sobre todo, sus gambas rebozadas. Al otro lado de la plaza, luce todavía reluciente una reciente reapertura, el <strong>Bordón</strong>. Donde una tablilla informa al cliente, que se arracima en elevado número a la hora del vermú, de una prometedora carta de pinchos. Tarifada por cierto a precios muy contenidos: esa preciosidad que ilustra estas líneas, la suculenta foto donde descuella una generosa ración de atún con pitarras, exige una escuálida derrama: 1,90 euros. Gloriosa. Y casi sirve como primer plato.</p>
<p>Hay más bares. Cada cual puede elegir los suyos. Si alguien, un improbable lector, está interesado en mi propia opinión, le garantizo que la mayoría de los que suelo visitar están uniformados por una serie de virtudes: trato cortés y correcto, esmerado en muchos casos, con un sentido muy acusado de la profesionalidad, oferta de vinos correcta (y más que correcta en comparación con otros lugares de análogo tamaño y condición: y tampoco daré más pistas) y una muy estimable oferta de pinchos. Que se despachan como digo arriba a precios sensatos y animan por lo tanto a la ingesta. Al aperitivo trufado de tertulias que no logran estropear ni la dichosa música de fondo ni las pantallas gigantes de televisión que nadie atiende, esos dos monstruos contemporáneos que azotan el mundo de los bares patrios. También en Viana.</p>
<p>Yo tiendo a concluir la ruta en el<strong> hotel Palacio Pujadas</strong>, hermoso caserón con una barra muy atractiva, provista de sabrosas gollerías, aunque mi interés por este local tiene que ver con otro par de factores. Que siempre me han gustado los bares de hotel, y alguna vez he citado esta tipología en este espacio con una entrada dedicada a ellos en exclusiva, y sus vistas. Y, sobre todo, porque se alza al final de la calle dedicada a un ilustre vecino, el escritor Navarro Villoslada, muy rica en palacios y casas blasonadas, sin casi parangón por Logroño y alrededores (<strong>Laguardia</strong>, acaso; tal vez <strong>Briones</strong> o <strong>Elciego</strong>), un paseo que culmina asomándose a las hermosas vistas que distinguen a las esplendorosas ruinas de la<strong> iglesia de San Pedro.</strong> Observar Logroño allá a los lejos, precedido por esa sinuosa carretera tan pródiga en toboganes, me reconforta. Me veo de niño asombrándome por la estampa de la imperial Viana en el horizonte, antecedida por la empinada cuesta donde mi madre aseguraba haber subido en bici de chavala, la anécdota familiar mil veces repetida en la ruta hacia Pamplona. Y me veo después, de más jovencito, acudiendo por esa misma N-111 al reclamo de las fiestas de verano que más me gustaban (empatadas con <strong>Cenicero</strong>, ojo). Y me veo ahora, de regreso sobre mis pasos, camino del coche que me devolverá a casa atacando una jugosa croqueta en la <strong>sidrería Armendariz</strong>, desbordante de parroquianos como el resto de bares visitados. Más de un pueblo riojano (y no daré nombres) se conformaría cualquier sábado de estos con disponer de la mitad de ambiente.</p>
<p>Así que hasta la próxima. Viana, como se ha mencionado antes, celebra sus 800 años. Merece una visita. Me consta que son muchos los logroñeses que conocen y disfrutan de sus encantos, desde largo tiempo por cierto. Desde que por ejemplo el <strong>Borgia</strong>, modélica casa de comidas, se convirtió en excursión obligada para los amigos de la buena mesa. Y todavía hoy son legión quienes se dejan caer por sus calles tan coquetas y que hilan la hebra con sus vecinos, que para todo logroñés son casi como de casa, como de la familia. Como Félix Cariñanos, a quien diviso allá plantado en mitad de la calle. Luce una melena más recortada que como lo recordaba. Saluda con esa media sonrisa tan suya como de pícaro medieval mientras no abandona la cháchara con otro vecino. Por allí cruza también otra cuadrilla, donde reconozco a un antiguo condiscípulo de bachillerato, que saluda como si te viera todos los días. Y concluyo entonces que tal vez ahí reside el encanto tan mayúsculo que se te apodera cuando te arrimas por Viana a echar el vermú llegando desde Logroño. Que sientes que estás como en casa.</p>
<p>P. D. Una de estas excursiones recientes a Viana incluyó un recorrido turístico por sus innegables bellezas. El <strong>Ayuntamiento</strong> las organiza a partir de la fenomenal iglesia, incluyendo el asombroso relato sobre los aventuras de la familia Borgia al pie de la famosa tumba. Es un ameno paseo, muy recomendable. Que transita desde el propio edificio consistorial hacia los palacios aledaños, cuyas fachadas esconden una monumentalidad desconocida para quienes sólo los conozcan desde fuera. La visita se detiene también en otros misteriosos calados, en apariencia invisibles. Otro encanto que debe sumarse a los arriba recopilados y que justifican el paseo por Viana. Por Viana y sus bares, claro.</p>
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		<title>Lobete en sus bares</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Oct 2018 15:09:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p><em>Como en ocasiones precedentes, este blog abre sus puertas en cursiva para que quienes están dotados de mayor conocimiento de causa sobre alguna vertiente del querido universo común (Logroño, sus bares) se explayen a gusto sobre semejante particular. Es el caso de estas líneas que allega con la sabiduría habitual el compañero <strong>Martín Schmit,</strong> ante quien me quito el imaginario sombrero en su condición de cicerone del barrio que a ambos nos acoge, <strong>Lobete</strong>. Que él frecuenta más que hoy, como podrá observar a continuación el improbable lector. Atentos.</em></p>
<p>Me pide el amigo Jorge, dueño de esta maravillosa bitácora, que hable sobre los bares de mi vecindario: un <strong>Lobete</strong> que es mucho más que la zona del mercado de los pimientos y los antiguos pubs de las décadas del 80 y 90, en la que el único sobreviviente es el<strong> Lyon Tavern</strong> del compañero Santiago Robres.</p>
<p>Comencé a alternar por mi barrio cuando nació mi hija, que ahora tiene 9 años. Zonas como <strong>Laurel</strong> o <strong>San Juan</strong> se alejaron cuando andábamos con la Maclaren (las madres y padres sabrán que no se trata de la escudería de Fórmula 1) a cuestas de aquí para allá. Conocimos entonces los bares de nuestra zona, que fueron pioneros en Logroño en eso de acompañar el vino, corto o caña con una tapa. <strong>El Rincón de las Tapas</strong>, regenteado por Delia y Jesús, fue unos de los primeros en ofrecer este servicio, muy elogiado sobre todo por los alumnos de la Escuela de Idiomas.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Vigón.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1181" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Vigón-1024x692.jpg" alt="Los dueños del Café Vigón, con su tortilla premiada. Foto de Justo Rodríguez" width="1024" height="692" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Vigón-1024x692.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Vigón-300x203.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Vigón-768x519.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Vigón.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
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<p>Unos metros más hacia el centro, el <strong>Café Vigón</strong> de los valientes chilenos Marisol y César, que unos años antes instalaron un establecimiento de hostelería en la mismísima Kabul en plena guerra entre americanos y afganos, también acompañan sus bebidas con unos pinchos variados (huevos duros rellenos, tostadas con txaca, bocatitas variados o tortilla, entre otros tantos). Pero cuando más animado está el Café Vigón son los viernes por la noche, aprovechando el pincho pote del barrio. Famosos son ya los huevos fritos con patatas que reparten entre los feligreses mientras los hijos de la pareja chilena no tienen tregua. En un viernes de verano, el Café Vigón puede expedir <strong>casi 280 huevos fritos,</strong> además de su riquísima tortilla de patatas, ganadora hace un par de temporadas del concurso que organiza Diario LA RIOJA.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Ensenada.jpg"><img loading="lazy" class="size-large wp-image-1182" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Ensenada-1024x616.jpg" alt="Bar Ensenada en Marques de la Ensenada 23 Logrono Los propietarios del bar con la tortilla de patata que ha resultado ganadora del concurso del Degusta 25 junio 2015 Sonia Tercero" width="1024" height="616" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Ensenada-1024x616.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Ensenada-300x180.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Ensenada-768x462.jpg 768w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Otro establecimiento de la zona que también obtuvo un galardón por su excelencia en tortillas fue el <strong>Ensenada</strong>, en la esquina de Marqués de la Ensenada con la plaza <strong>Luis Braille,</strong> cuya barra invita al pecado (gastronómico). Ya desde esta temporada linda su terraza en verano con el remozado <strong>Cafetín</strong>, otro de los templos gastronómicos de la zona. La siempre sonriente Lidia está detrás de la barra para ofrecer alguno de sus deliciosos pinchos, que de nada envidian a los del Casco Antiguo logroñés.</p>
<p>Y es con el pincho pote cuando los bares de Lobete muestran su mejor faceta. Allí están también el <strong>Maryviña</strong> (también en la plaza Luis Braille y con cocina muy riojana), el <strong>Corner</strong> (también reformado hace un par de años) o el <strong>Neira</strong> (de esos bares de toda la vida), en la esquina de Milicias con Albia de Castro, aunque ya me pilla un poco lejos de mi órbita. Me rijo casi siempre a la agenda de mi hija y su vida es en el barrio&#8230;</p>
<p>Volviendo a la avenida Jorge Vigón, en la que la oferta no decae, <strong>Las Torres</strong> también es un lujo para el paladar con su generosa barra y donde la tortilla también tiene sus buenos adeptos. Es el establecimiento elegido por muchísimos vecinos para jugar la partida. A unos metros de allí, el <strong>Michel</strong> (Marqués de la Ensenada casi esquina con Jorge Vigón) también acompañan la consumición con un pincho elaborado. Unos metros hacia las vías del tren, ahora soterradas, el <strong>Bohemia</strong> ha reemplazado al Puerto Príncipe que regenteaban los hermanos Sonia y Gerardo. El Bohemia ha cambiado su cara en la esquina de Marqués de la Ensenada y Villamediana, y mantiene una buena oferta de tapas y pinchos, sobre todo el día del pincho pote.</p>
<p>Una moda a la que también se han unido los nuevos propietarios asiáticos del<strong> Sol Nórdico</strong>, en la misma lonja donde hace años estuvo el Isopo, que celebran el día del pincho pote los jueves, con calamares como su estrella además de una nutrida oferta de comida oriental.</p>
<p>Hay más bares en la zona, muchos más, aunque éstos son por donde servidor suele moverse. Movía es en realidad el tiempo verbal que debo usar, ya que desde hace unas semanas estoy sumido en la siempre difícil tarea de adelgazar y los productos de Lobete no invitan precisamente a ello. Pero volveré. De eso estoy seguro.</p>
<p>P. D. Alguna vez he comentado con la estrella invitada de hoy mi escasa tendencia a frecuentar los bares que cita, alegando una razón que me parece que no le convence: que me pillan demasiado cerca de casa. Que para trasegar al lado de mi domicilio ya tengo mi propio hogar. Y que para dotar de un atractivo adicional a las rondas de tragos y bocados prefiero que me caigan un poco más lejos. Igual que esos viajeros que reniegan de los destinos cercanos y buscan el exotismo en lugares remotos, pensando que para visitar el pueblo de al lado siempre habrá tiempo. Es una tendencia un poco absurda, lo confieso. Que prometo reparar. Cuando <strong>Martín Schmitt</strong> se olvide de la dieta, tal y como confiesa en el último párrafo, yo procuraré enmendar mi error.</p>
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		<title>El Soldado se hace eterno (en televisión)</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Oct 2018 15:57:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Manolo.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1170" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Manolo-1024x683.jpg" alt="Manolo, el día en que recibió su homenaje en El Soldado. Foto de Juan Marín" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Manolo-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Manolo-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Manolo-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/Manolo.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
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<p>En una de mis películas favoritas,<strong> &#8216;Eva al desnudo&#8217;,</strong> una jovencita <strong>Marilyn Monroe</strong> encarna a una aspirante a actriz a quien guía por los entresijos del artisteo su particular Pigmalion, en la piel del maravilloso actor <strong>George Sanders.</strong> Quien pronuncia la frase célebre cuando su pupila se queja de que no termina de pillarle el truco a la televisión, entonces todavía un arte naciente, puesto que no terminaba de hacer una prueba cuando ya estaba interpretando otra, queja a la cual Sanders replica lo siguiente: &#8220;Pero, querida, eso es la televisión: pruebas&#8221;. Pruebas. En efecto: para el profano que sólo ve el resultado de tanto desvelo cuando enciende su pantalla, diríase que todo fluye sin esfuerzo. Ignora que detrás de esa magia hay cantidades mayúsculas de ingenio y energía. Y de repeticiones: infinitas repeticiones hasta dar con la toma buena. Sin saber nunca si habrá suerte o no al final de esta carrera de fondo. Porque puede suceder que mil pruebas después, el azar haga de las suyas y, por ejemplo, las tomas en que Manolo derramaba aceite en porrón mientras preparaba para la tele una ensalada en <strong>El Soldado de Tudelilla</strong> queden desactualizadas porque decidió jubilarse unos meses después de que le rodaran en semejante trance.</p>
<p>Que es justo lo que acaba de suceder. El dios de los bares también juega a los dados: las buenas gentes de <strong>Minoría Absoluta</strong>, la productora del <strong>Canal Viajar</strong> a quienes tuve el placer y el honor de conducir allá en abril por Logroño para el programa que emite este domingo, se quedaron fascinados cuando ingresaron en los dominios ya extintos de Manolo y le pidieron pruebas y más pruebas. La toma buena no tardó en llegar, en cuanto nuestro hombre controló los nervios, se relajó y fue él: fue Manolo, el genuino Manolo. Que ya no defiende desde hace unos pocos días su barra benemérita: para la posteridad quedará no obstante cautivando a la cámara ejerciendo de sí mismo. Un espectáculo que merecía la pena verse. Sobre todo, ahora con sus puertas cerradas: ahí queda eso, podría ser el eslogan que justificara que la productora no cortara finalmente esa escena donde el hechicero de El Soldado aparece derrochando aceite, vinagre, sal y encanto. Mucho encanto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/soldado.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1171" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/soldado-1024x702.jpg" alt="A las puertas de El Soldado. Foto de Justo Rodríguez" width="1024" height="702" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/soldado-1024x702.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/soldado-300x206.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/soldado-768x527.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/soldado.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando llegamos a su bar aquella noche de primavera, con la consigna de ofrecer al improbable espectador una muestra de lo que se pierde si nunca se deja caer por Logroño a esa hora en que empieza a anochecer y forasteros e indígenas se entregan a las rondas por los bares conspicuos, veníamos de recoger el testimonio de sus vecinas, <strong>las hermanas Loro</strong>. Que por entonces acababan de abrir su propio local, <strong>Divina Croqueta,</strong> a mayor gloria desde luego de semejante bocado pero acompañando su ingesta con una acertada carta de vinos y un plato donde homenajean al propio Manolo: su ensalada legendaria convertida en un trampantojo. &#8220;¿Habrá pillado el interesado esto del homenaje?&#8221;, pregunté a las buenas hadas de Sorzano. &#8220;Creemos que aún no&#8221;, se rieron. Y proseguimos ruta.</p>
<p>Aquel itinerario que tracé para las gentes de Canal Viajar debía condensar a mi humilde juicio la experiencia de todos quienes alguna vez transitan por Logroño de noche y picotean aquí y allá. De modo que eliminé ciertos bares donde tengo puestas todas mis complacencias, para que el resultado fuera lo más panorámico posible: deambulamos por Laurel hasta llegar a <strong>La Taberna del Tío Blas</strong>, nos dimos una vuelta por el Moderno y acabamos el viaje en <strong>El Guardaviñas.</strong> Porque quería explicar a las cámaras que allí, en la calle Mayor, empezó todo. La costumbre del chiquiteo se instauró no tanto en <strong>Laurel</strong> y <strong>San Juan</strong> como ahora es ley, sino en<strong> las calles del viejo Logroño</strong>, entre La Redonda y el Ebro. Y que las gentes de El Guardaviñas hayan recuperado esa idea de la neotaberna, despachando jugosos bocados y estupendos vinos, tenía algo de regreso a las fuentes primigenias que me parecía pertinente recordar al universo mundo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/placa.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1172" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/placa-1024x683.jpg" alt="placa" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/placa-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/placa-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/placa-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/placa.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mientras escribo estas líneas, desconozco si he hecho mucho o poco el ridículo: no he visto aún el resultado de mi salto a la fama internacional. Cruzo los dedos. Y confío en la benevolencia del potencial público para disculpar mis errores en materia televisiva. Porque además el rodaje me pilló en unos días bastante bajos en lo personal por cuestiones que no vienen al caso y tal vez mis ojeras ya pronunciadas y otros desperfectos de serie destaquen más de la cuenta: nada que no pueda despejar una buena edición televisiva (y cruzo de nuevo los dedos). Doy fe de que me entregué a fondo: me creí el personaje, una suerte de <strong>cicerone por el Logroño en sus bares</strong> que quería compartir con hipotéticos interesados, en la esperanza de que sirva para atraer a viajeros ahítos de conocer en persona a Manolo y al resto de la cofradía. Aunque siento defraudarles: el viejo Soldado se retiró a sus cuarteles de invierno. Pero queda su magia. Una oportunidad magnífica de fetejarla a través de las imágenes donde se le ve como le conocimos: disfrutando y haciendo disfrutar a su parroquia, después de pruebas y más pruebas. Que eso son los bares y la vida, no sólo la tele. Pruebas. Pruebas y errores.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/divina-croqueta.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-1174" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/divina-croqueta.jpg" alt="Rodando en Divina Croqueta" width="764" height="768" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/divina-croqueta.jpg 764w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/divina-croqueta-150x150.jpg 150w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/divina-croqueta-298x300.jpg 298w" sizes="(max-width: 764px) 100vw, 764px" /></a></p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/guardaviñas.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1175" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/guardaviñas-1024x768.jpeg" alt="Y rodando en El Guardaviñas" width="1024" height="768" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/guardaviñas.jpeg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/guardaviñas-300x225.jpeg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/10/guardaviñas-768x576.jpeg 768w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. Estas líneas son las que nunca pensé que iba a escribir. Como otros incondicionales de El Soldado, yo también pensé que esa tasca tan querida era eterna. Nos equivocamos, claro está. Desde que canceló su puerta, procuro evitarla. No quiero verlo: algo mío se ha perdido allí dentro. Y aunque confío en su milagrosa resurrección algún día de éstos, me conformaré mientras tanto con recordarle como era en activo, a través de la pantalla de televisión, luego de ese fantástico viaje por Logroño de noche donde me acompañaron como sherpas <strong>Cristina Urgel, José Luis Pancorbo</strong> y otras benevolentes almas, tan logroñesas como noctívagas. A quienes podrán ustedes ver en acción este domingo, en dos pases: a las 17.30 horas y a las 23.25. Sean ustedes igual de benevolentes. Sobre todo, con Manolo.</p>
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		<title>Diez pinchos de Logroño&#8230; para un amigo de Granada</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Jan 2018 16:33:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>Semanas atrás, a propósito de una entrada que publiqué sobre el concurso que busca por La Rioja la mejor tapa servida en alguno de nuestros venerables bares, el amigo <strong>Javi F. Barrera</strong> me retó a un duelo incruento a través del éter. El caballero, periodista como quien esto firma, despliega en el diario hermano Ideal de <strong>Granada</strong> una interesante propuesta informativa llamada <a href="http://granadablogs.com/cableados/">Cableados </a>que en algo emparenta con este blog: también procura callejear en cuanto puede. Así que, fruto de su intuición, el autor de Cableados me planteaba un desafío: que publicara una nueva pieza donde proporcionara al improbable lector, e hipotético turista granadino, una serie de pistas para deambular por los bares de Logroño atacando sus pinchos más beneméritos.</p>
<p>Luego de darle alguna vuelta al asunto y compartir confidencias con el colega Barrera, acordamos cuanto sigue: que, en efecto, publicaría en este blog un artículo como el que ahora perpetro. Algo así como<strong> mis diez pinchos favoritos de Logroño</strong>. Mejor dicho, aquellos diez más celebres. Los indispensables, más o menos. No porque a mí me lo parezcan, sino porque observo a su alrededor un acabado consenso. Esos diez pinchos que, nos gusten más o nos gusten menos, son los que concitan cierta unanimidad, nunca absoluta. Afortunadamente. A esta pieza responderá el amigo Barrera con otra semejante, aunque ya me advierte de lo siguiente: que eliminará de ella las diez tapas que, como es saludable norma en la patria de Boabdil, ofrecen de regalo los bares granadinos. No: las que proponga la próxima semana serán aquellas que, como éstas que aquí se incluyen, serían las que un logroñés de visita por los alrededores de la Alhambra debería catar inexcusablemente si quiere forjarse una idea cabal de las habilidades culinarias de los bares granadinos.</p>
<p>Así que manos a la obra. Tras consultarlo con la almohada, y con algunas opiniones expertas, lanzo en esta apresurada relación diez pistas, que no solo se destinan a saciar la curiosidad del potencial público, sino a estimular el apetitito de quienes lo lean un día de éstos por Granada. Si además luego se animan dejarse caer por Logroño y comprobar por sí mismos lo atinado (o no) de mis recomendaciones, doblemente agradecido: por haberme leído y por hacerme caso. De modo que <strong>oído cocina</strong>, en riguroso orden alfabético, con todos ustedes. Dos puntos:</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/jubera.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-993" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/jubera-219x300.jpg" alt="Bravas del Jubera" width="219" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/jubera-219x300.jpg 219w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/jubera-768x1051.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/jubera-749x1024.jpg 749w" sizes="(max-width: 219px) 100vw, 219px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>1. <em><strong>Bravas</strong></em>. Las del <strong>Jubera</strong>. Las hay por doquier repartidas en formato cazuelilla por todo el mapa logroñés, pero como ya advirtieron los lectores de este blog (y ellos no pueden equivocarse): las mejores patatas bravas se sirven en esta acreditada casa de la calle Laurel, antes bautizada como La Mejillonera (yo la sigo llamando así). Despachadas como le gustan a un servidor: con simpatía. Con mucha simpatía. Crujientes por fuera, mullidas por dentro, justas de picante y tarifadas a precios de antes del euro. Gloria bendita: santo y seña de Logroño. (Jubera, calle Laurel 18)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/torres.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-994" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/torres-300x200.jpg" alt="Bocata de calamares del Torres" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/torres-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/torres.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>2. <em><strong>Calamares</strong></em>. En raciones o en bocadillo, los amigos calamares alegran la ingesta de vino con tanta tenacidad como adaptación al ecosistema culinario-hostelero. Quiere decirse que entre pan y pan alcanza su mejor encarnación en el <strong>Torres</strong> de la calle San Juan, porque sus ideólogos tienen la buena idea de servirlo con una ejemplar salsa alioli sobre la que evito todo comentario: hay que probarlos. Estupendo el punto de fritura, mercancía de primera clase y modélico el servicio: hay otros calamares, pero no son los del Torres. (Bar Torres, calle San Juan 31)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soriano.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-995" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soriano-300x187.jpg" alt="Bar Soriano" width="300" height="187" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soriano-300x187.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soriano.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>3. <em><strong>Champi</strong></em>. Sí, también hay otros champis que no factura el <strong>Soriano</strong> de la Laurel (de su travesía, más exactamente) pero estos bocados han alcanzado justa fama por vaya usted a saber qué razón. Lo encantador del bar, por ejemplo, minúsculo espacio que atesora un atractivo insondable no sólo para el indígena, sino también para el forastero, allá penas si no sabe comerse el pincho como debería ser norma. De un bocado, qué importa si lo sirven abrasando y qué más da si la suculenta salsilla se derrama por la pechera. Con gamba o sin ella, el Soriano es mucho Soriano. (Bar Soriano, Travesía de Laurel 2)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soldado.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-996" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soldado-300x200.jpg" alt="Ensalada de El Soldado de Tudelilla" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soldado-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/soldado.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>4. <em><strong>Ensalada de tomate</strong></em>. ¿Una ensalada es una tapa? Respuesta: sí. Sí&#8230; si la sirve el gran Manolo desde <strong>El Soldado de Tudelilla</strong>. No debemos llevarle la contraria porque amenazaría con contarnos un chiste. Y no, Manolo. No. Preferimos que saques del fregadero esos misteriosos tomates que siempre están maduros, los partas a la velocidad del rayo y les añadas a sus compañeras de viaje (gloriosa cebolla, jugosas aceitunas) antes de propinar el golpe genial. El toque maestro: sal, aceite y vinagre. Con el ingrediente fundamental: amor. Mucho amor. (El Soldado de Tudelilla, calle San Agustín 33)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/la-hez.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-997" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/la-hez-300x183.jpg" alt="Miguel, en la barra de La Hez" width="300" height="183" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/la-hez-300x183.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/la-hez.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>5. <em><strong>Gilda</strong></em>. Igual que el señor Fleming inventó la penicilina medio por descuido, nuestro inventor particular (Miguel le llaman) apareció un día por su bar de la Laurel (<strong>Sierra La Hez</strong>: con perdón) garrafón en ristre. Se le había echado a perder el vino que guardaba en casa pero una cata de urgencia confirmó el milagro: ese vinagre era un manjar de dioses, sólo apto para estómagos indómitos. Con ese néctar riega sus banderillas, concediendo un mimo especial a la amiga gilda, pincho tradicional que siempre admite reinvenciones. Finolis abstenerse. (Bar Sierra La Hez, Travesía de Laurel 1)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/alfonso.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-998" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/alfonso-300x200.jpg" alt="Alfonso y Elena, en su Mesón" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/alfonso-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/alfonso.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>6. <em><strong>Morros</strong></em>. Qué morros tienes, <strong>Alfonso</strong>: desde tu mesón de la calle Villegas despachas esta golosina marginada por lo culinariamente correcto, que depara grandes niveles de colesterol pero también inolvidables alegrías a quien los cata. Porque qué tienen tus morros, amigo Alfonso, que los hace iniguables. Será esa materia prima sin tacha, procedente de animales de toda garantía. o ese especiado mágico que afina su sabor. Aunque más me malicio que sea culpable de semejante placer la mano experta que en la cocina le procura un cariño sin igual. (Mesón Alfonso, calle Villegas 31)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/perchas.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-999" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/perchas-300x200.jpg" alt="Orejita del Perchas" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/perchas-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/perchas.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>7. <em><strong>Orejitas</strong></em>. El amigo granadino que viaje hasta Logroño deberá ser todo oídos: así está garantizado que sacie su curiosidad atacando la ración de orejas que propone el <strong>Perchas</strong>. Claro que el bar antiguo proponía una decoración vintage, con su banderín del Atlético de Madrid, que añadía un encanto bizarro a la ingesta de semejante bocado pero en su actual formato esa orejita rebozada asegura lo mismo que aseguraba su hermana mayor: un delicado aterrizaje en la panza, luego de mordisquear las sutiles membranas y confirmar lo tantas veces sabido. Que hay otras orejas, pero están en éstas. (Bar Perchas, Travesía de Laurel 3)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/tigres.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1000" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/tigres-300x200.jpg" alt="Un tigre del Cinco Pesos" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/tigres-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/tigres.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>8. <em><strong>Tigre</strong></em>. Dícese del selvático animal de piel pintarrajeada que tanto aporta al recetario clásico español. Porque en formato mejillón, adopta en efecto las características de esa fiera, una ingeniosa denominación que se despacha desde el<strong> Cinco Pesos</strong> según una receta personal e intrasferible. Como la fórmula de la Coca Cola. El discreto empanado, un leve embozo que multiplica las propiedades de esa jugosa carne mejillonera, administrada en esta casa con la sabiduría que proporciona saber el punto exacto de picante. Una textura memorable, que se recomienda degustar de dos en dos. (Bar Cinco Pesos, República Argentina 27)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/meson-lorenzo.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1001" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/meson-lorenzo-300x196.jpg" alt="Brindando en el Lorenzo" width="300" height="196" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/meson-lorenzo-300x196.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/meson-lorenzo.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>9. <em><strong>Tío Agus</strong></em>. Hablando de fórmulas secretas: en qué jugosa salsa se envuelve el bocatita denominado Tío Agus, que despachan por cientos, por miles, desde el <strong>Lorenzo</strong>. Se ignora, desde luego: sus custodios, alquimistas de este delicioso manjar que tiene cautivada a su clientela. Algo sí sabemos. Que se factura según la receta de la abuela Damiana, matriarca de la familia de reconocida pericia en los fogones, y que el condimento sirve para realzar las virtudes intrínsecas de la estupenda materia prima del bocata: lomo (“de parte trasera”, como matizan sus ideólogos). Que aproveche. (Mesón Lorenzo, Travesía de Laurel 4)</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/sebas.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1002" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/sebas-300x184.jpg" alt="Juan, en la puerta del Sebas" width="300" height="184" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/sebas-300x184.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/01/sebas.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>10. <em><strong>Tortilla de patata</strong></em>. La del <strong>Sebas</strong>. Por supuesto, las hay de todos los gustos repartidas por el mapa del Logroño hostelero, pero la del Sebas añade atractivos adicionales. No es el menor de ellos observar cómo la mercancía viaja hacia el nivel de la calle desde el piso superior que aloja la cocina, a través de ese discreto montacargas que pertenece al imaginario propio de todo logroñés. Pero es que cuando la parroquia ataca el pincho comprueba que aquí todo está en su sitio: la perfecta carta de vinos acompaña la cata de un jugoso bocado, sutilmente deconstruido desde el siglo anterior al nacimiento de Ferrán Adrià. La tortilla que se deshace en la boca. (Bar Sebas, calle Albornoz 3)</p>
<p>P. D. El suculento duelo que aquí protagonizaremos está destinado a acabar en empate, porque de momento es un pugilato virtual. Salvo que alguien (los perpetradores de este experimento, por ejemplo) se animen a una cata en ambas ciudades protagonistas del experimento y puntúen la veintena de recomendaciones. Para lo cual, en todo caso, habrá que esperar: la próxima semana nos responderá Javi Barrera desde Granada. A ver qué nos ofrece, que promete ser jugoso. Aunque tal vez no tanto como la idea que le ronda la cabeza: desempatar un siglo de éstos en la otra ciudad que tan bien conoce, <strong>Donosti</strong>. Me pongo en sus manos.</p>
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		<title>Los domingos no son lo que eran</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Dec 2017 10:43:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/3as4Euc8_400x400.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-951" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/3as4Euc8_400x400-300x300.jpg" alt="Cartel con domingos cerrado" width="300" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/3as4Euc8_400x400-300x300.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/3as4Euc8_400x400-150x150.jpg 150w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/3as4Euc8_400x400.jpg 400w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
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<p>Hace algunos años, tropecé almorzando un domingo en una <strong>venerable casa de comidas</strong> de los alrededores de Logroño con el propietario de un conocido <strong>restaurante</strong> <strong>capitalino</strong>. Cuando le hice ver mi extrañeza por ese hábito de librar en festivos recién adquirido en su gremio, que de suyo solía abrir sus puertas 365 días al año (uno más si era bisiesto), desde muy temprana hora hasta rozar la medianoche, me contestó que mientras su banco se lo permitiera, pretendía disfrutar del asueto dominical como un cristiano más. Y que en realidad esa era la tendencia del resto del sector: que eran, y son, contados los restaurantes de Logroño que abren en domingo. Una moda que alcanza de un tiempo a esta parte a nuestros queridos bares.</p>
<p>Los hay, en efecto, que dedican ese día al descanso semanal, lo cual tiene su lógica aunque atenta contra un principio antiguo, según el cual el último día de la semana representaba antaño la jornada más feliz para la máquina registradora. Amiguitos, aquellos buenos días ya acabaron. Échadle la culpa al chachacha, a la segunda residencia, a la moda del senderismo o a todo pasatiempo que aleje a los lugareños de su sede natural para dedicar los domingos a otro tipo de aventuras. Los bares que cada mañana, de lunes a sábado como cantaban Carmen, Jesús e Iñaki, albergan a la clientela de confianza bajan la persiana el domingo. Ocurre en el centro y sucede en la periferia. Incluso en las zonas más queridas para el chiquiteador indómito. Esos <strong>bares de Laurel, San Agustín o San Juan</strong> que echan el candado ese día y contribuyen a ofrecer una imagen mejorable de la bandera de Logroño que todos ellos representan. El paseo se hace entonces más solitario, con menos competencia en las barras de guardia, lo cual suele garantizar a sus clientes una ruta más calmada, detenida y también más dichosa: no hay mal que por bien&#8230; Etcétera.</p>
<p>El mesonero <strong>Alfonso</strong> lo confirmaba una tarde desde su atalaya de la calle <strong>Villegas</strong>: “Los domingos no son lo que eran”. Una máxima corroborada por <strong>Dani</strong> desde el <strong>García</strong> de la San Juan y por quienes defienden otras barras castizas: los indígenas huyen (huimos) de la ciudad y el esfuerzo en recursos materiales y humanos que supone abrir las puertas del local no se corresponde con el negocio que se ve incapaz de asegurar la menguada parroquia que todavía se resiste a abandonar Logroño. Triunfa entonces entre el empresariado la tentación de concederse un respiro al frente de un negocio bastante esclavo. Es la pescadilla que se muerde la cola, o la pesadilla que se muerde la cola que diría mi subteniente Trujillo, personaje memorable: los bares no abren porque no detectan potencial clientela y la potencial clientela se pira por ahí porque los bares no abren. Vaya a usted a saber si fue antes el huevo o la gallina.</p>
<p>Lo cual encierra un peligro del que ignoro si son muy conscientes quienes se entregan a semejante práctica. Si los bares abandonan a sus feligreses, éstos suelen acudir allí donde saben que serán bien recibidos, domingos incluidos. Y es posible que les guste la novedad, que luego repitan y les sean en consecuencia infieles incluso durante la semana laborable: todo un peligro. Porque observo que hay bares que no se conforman con cerrar los domingos: además cierran los sábados por la tarde, cuando (siempre en teoría) llegaba el momento cumbre para la mayoría de ellos no hace tanto tiempo. También es cierto que forman legión los locales que sí abren en festivo para <strong>el vermú matinal</strong>: como cada vez encuentran menos competencia porque otros colegas del gremio cierran ese día, sus barras presentan un aspecto estupendo para su cuenta corriente en determinados momentos a partir del mediodía. Detecto que muchos de ellos, cuando el parroquiano se marcha a casa a almorzar, cierran la verja y hasta el lunes: pasear por ciertas calles un domingo de otoño invernal por la tarde recuerda en algo aquel pasaje famoso de la peli de <strong>Aménabar</strong>, &#8216;Abre los ojos&#8217;, con el protagonista recorriendo <strong>un Madrid fantasmal por vacío</strong>.</p>
<p>Fantasmal y vacío también Logroño en según qué calles en según qué tardes de domingo. Algún bar que sobrevive a la marea del cierre dominical presenta un aspecto desolador, nada atractivo. Mal iluminado, una exigua parroquia formada a veces por un solitario cliente con pinta de necesitar mucho cariño, el camarero absorto con la tele, sin que nada conspire a su alrededor en fomento del hábito de ingresar en ese recinto habitualmente propicio para celebrar la vida&#8230; Una pena. Una pena entendible. Los camareros también tienen su corazón, que pueden alimentar con mayor dedicación y energía si se conceden un respiro de este tipo. A costa de que entre nosotros prolifere lo que llama la medicina moderna &#8216;síndrome del domingo por la tarde&#8217;, con efectos conocidos ya analizados por la literatura científica: introspección, melancolía, frustración&#8230; Aunque hasta hace poco era peor: podías poner la tele un domingo por la tarde y que apareciese algún ejemplar de<strong> la familia Campos acampado en Tele 5. </strong></p>
<p>Una excusa inigualable para acudir al bar más cercano. Si es que estaba abierto.</p>
<p>P.D. Los domingos no son lo que eran tampoco para un sector de la hostelería que jugaba ese día al fijo en la quiniela: siempre cantaba bingo. Me refiero a la gremio de las <strong>churrerías</strong>. No tanto las de Logroño, del subsector portátil, que alegran la mañana desde las plazas y parques que las alojan: pongamos que hablo de las churrerías de Madrid. Como la que regenta ejemplarmente (modélicos sus churros y porras) la familia <strong>Cuenca</strong> en la chamberilera <strong>calle Ponzano</strong>, que encontré clausurada en una reciente excursión dominical: al sábado siguiente, sus ideológos se apresuraron a justificar el cierre, con el argumento de que su clientela fetén ya no son los parroquianos que se apretujaban antaño en sus escasos metros cuadrados para llevarse un manjar inigualable. Su negocio estriba ahora en los bares adyacentes, que pugnan por tan rica mercancía para garantizar un desayuno más español que la bata de cola. Y como los bares madrileños de esa jurisdicción (y de otros tantos barrios del centro) han tomado la costumbre de cerrar en domingo, el amigo churrero hace otro tanto. Y se encoge de hombros: “Algún día habrá que descansar, ¿no?”.</p>
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		<title>Los bares (nuevos) son para el verano</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Jul 2017 15:37:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>Ocurría antaño que <strong>las aperturas de bares en Logroño</strong> florecían allá por <strong>San Mateo.</strong> Como se ha contado aquí, no hace falta haber ganado el premio Nobel ni ocupar el Palacio de la Moncloa para poseer una inteligencia natural que permite concluir que los empresarios logroñeses se meten en ese jardín allá cuando pronostican mayor movimiento en la máquina registradora, un aliviador empujón muy agradecido cuando se empieza en todo negocio. Esto es, por fiestas mateas. Así que la lista de garitos que abrieron sus puertas en los días previos al cohete, que algún hortera llamará chupinazo, representa una fecunda tendencia logroñesa. Valga citar tres establecimientos emblemáticos, proteicos iconos de la historia local, para avalar semejante sentencia: nada menos que fue esa la época elegida, cada cual en su respectivo año, para inaugurar el café La Granja, la cafetería Milán y el pub Robinson. Que no son tres bares cualesquiera: son tres monumentos.</p>
<p>Con el paso del tiempo, ocurre que las fiestas no son lo que eran. O bien que cualquier momento del año es bueno para lanzarse a la piscina. Así se evidencia en el florecimiento de inauguraciones que han preludiado este verano pródigo en nuevos bares: porque, como ya avisamos aquí al improbable lector, renació el <strong>Baden</strong> bajo una nueva dirección, lo cual llenará de felicidad a quienes pensaban que Logroño quedaba medio amputado si perdía un local tan célebre.<br />
Avanzamos. Seguimos nuestra caminata por la calle San Juan y observamos un curioso fenómeno: el <strong>Torres</strong> ha mutado. Mejor dicho, se ha desdoblado. Su segunda encarnación, sin renunciar por supuesto a mantener la actividad en la casa madre, se prolonga ahora hasta la calle Laurel, donde ofrece desde hace alguna semana su misma oferta. Estupendos bocados, prestigiosos vinos. Y un servicio eficaz, muy profesional, que rellena el hueco que ocupaba Casa Pali.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/07/Nuevo-baden.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-879" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/07/Nuevo-baden-220x300.jpg" alt=" " width="220" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/07/Nuevo-baden-220x300.jpg 220w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/07/Nuevo-baden.jpg 600w" sizes="(max-width: 220px) 100vw, 220px" /></a></p>
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<p>Este peculiar movimiento hostelero guarda alguna semejanza con otra pirueta protagonizada en el centro de Logroño. El <strong>Ritz</strong>, veterano y popular establecimiento, cerró durante unas cuantas semanas para someterse a una particular cirugía: reabrió luego de su cambio de manos, que vuelven a ser las originales, mientras que parte de quienes defendían hasta ahora esa barra se trasladan a avenida de España para situar bajo su tutela el <strong>Príncipe de Cameros.</strong></p>
<p>Vamos concluyendo nuestra caminata. Regresamos al corazón de Logroño, donde <strong>El Rincón de Albert</strong>o también emigró hace nada unos pocos metros y abrió su nueva y esplendorosa sede en la misma calle San Agustín. Además, se anuncian otras aperturas en Herrerías y Portales, calle esta última donde ya iba haciendo falta algún que otro bar y alguna heladería (es sarcasmo). Y la pista de más y más estrenos se desperdiga por todo Logroño. Los nuevos bares, habrá que insistir, parece que son para el verano. Lo cual no evitará que cuando San Mateo asome por el horizonte germinen otros proyectos hoy en barbecho. Y que dentro de unos meses, quien esto escribe enchufe de nuevo el ordenador, afile el teclado y procure el interés del improbable lector mientras, inspirado por el ejemplo del colega Eduardo Gómez, ataque el enésimo listado de aperturas que se vislumbran en el horizonte: como decíamos ayer&#8230;</p>
<p>P.D. <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2016/09/30/nuevos-en-esta-plaza/">Como decíamos ayer&#8230;</a> Tiene sentido la cita célebre porque el maestro Gómez guarda la saludable costumbre de recitar para esta casa los bares abiertos en las vísperas mateas. Que hace un año fueron abundantes: bastará recordar tres de ellos (<strong>Espacio Gastro 911, Donde Fede y Bar Vento</strong>) para acreditar que, en efecto, por Logroño somos fieles a esa tradición. Y que la tendencia contraria no tiene tantos adeptos: se abren bares en cada estación del año, pero ver alguno que cierra suele ser raro. Raro, raro, raro</p>
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		<title>Nuestro hombre en la barra: Demetrio, patrón del decano</title>
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		<pubDate>Sat, 27 May 2017 09:51:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Gurugú]]></post_tag>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Anote el improbable lector: mezcle una botella de clarete con una dosis (generosa) de sidra. Añada un abundante chorro de pilé 43 y remate la pócima con el toque genial: un golpe de zarzaparrilla. A continuación arroje el bebedizo resultante por un embudo bien pertrechado de hielo picado a una jarra, para tomarlo como manda el canon logroñés: bien frío. Casi helado. Enhorabuena: se está iniciando usted en la ingesta del célebre cóctel llamado americano, santo y seña del venerable <strong>Gurugú</strong>. Autor de la receta, <strong>Demetrio Velasco</strong>, quien sigue defendiendo la barra benemérita cuarenta años después de su estreno, depositario de esa fórmula mágica cuyos ingredientes exactos elude proporcionar y cuya patente custodia.</p>
<p>Sobra decir que el hielo lo pone Fontecha.</p>
<p>Será el primer apellido memorable del <strong>Logroño de toda la vida</strong> que irá surgiendo durante la charla, este bochornoso mediodía primaveral que regala Logroño. De la cocina del <strong>decano de los bares de la capital y resto de La Rioja</strong>, van apareciendo las golosinas conocidas. Cazuelas de callos y raciones de oreja, néctares que Demetrio despacha con profesionalidad académica: sin perder ripio de la tertulia, va impartiendo su magisterio mientras sirve este platillo, allega aquella copa de Rioja y exprime mientras tanto la memoria según le requiere el periodista.</p>
<p>Cuenta, Demetrio. Cuenta.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-847" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-1.jpg" alt=" " width="300" height="175" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-1-300x175.jpg 300w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>«Desde que cerraron el <strong>Suizo de Santo Domingo</strong> y luego el de <strong>Haro</strong>, ya somos los más veteranos», se enorgullece. «Sí, es un privilegio», acepta. Y pone la moviola a funcionar para recitar de carrerilla los hitos fundacionales del bar donde se destetó en el oficio, antes incluso de afeitarse: recién cumplidos los 14 añitos, bajó de Ventosa a ayudar en el negocio que entonces defendía su tío, llamado también Demetrio, quien había tomado bajo su dirección el bar donde antes ejerció de camarero, a las órdenes de <strong>Isaac Fernández</strong>. Un riojano de Hormilla que había rendido armas con el Ejército en el desastre de Annual y se trajo de aquella guerra el recuerdo del mítico monte melillense: ese Gurugú que le sirvió en 1909 para bautizar su negocio. Calle Los Yerros, esquina avenida de Navarra.<br />
A Isaac le acompañaba al frente del negocio un catalán apellidado Bisbal, quien tomó el camino de vuelta a casa recién superada la Guerra Civil. El cambio en la dirección del local se completó mediados los años 40, cuando desembarcó la familia de nuestro Demetrio, que echa la mirada atrás con algún arrebato de nostalgia. «Es que Logroño era entonces otro, más pequeño. Cabía en un pañuelo», resalta, como justificando esa memoria prodigiosa que se recrea en los alrededores de su bar. Porque esos son sus dominios: Demetrio vive enfrente, «en la casa de Hogar Ciclos», explica. Y aclara para los iniciados: «Donde el difunto Bienve».</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-2.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-848" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-2.jpg" alt="blog-2" width="300" height="189" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-2.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-2-300x189.jpg 300w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;<br />
Sí, van apareciendo nombres y más nombres. Por ejemplo, el de Ortega, empresario del cine cercano, especializado en «cine, baile y bodas», según el eslogan que nuestro hombre no olvida. O el de la familia Vivanco, cuyo negocio inicial se alojó puerta con puerta al Gurugú. Y entonces Demetrio se ríe, porque se recuerda a sí mismo aprendiendo a andar en bici por esta misma calle del Logroño castizo, auxiliado por Pedro Vivanco.</p>
<p>Aquel Gurugú de suelo de brea y barra de piedra, donde colgaban los paños de cocina que hacían las veces de servilleta. Aquel Gurugú que no olvidan los logroñeses más veteranos, con su insólito botellero colgando insospechadamente del techo: allí habían depositado sus dueños un ingenioso entramado de cepas, donde las botellas se ensartaban a disposición de los camareros. Ojo, no cualquier botella: porque Demetrio aprovecha para reivindicar <strong>los tragos de entonces,</strong> no aptos para finolis, como la mencionada zarzaparrilla y las añoradas botellas de tres cuartos de coñá. De coñá Soberano.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-3.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-849" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-3.jpg" alt="blog-3" width="300" height="178" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-3.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-3-300x178.jpg 300w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así que, en efecto, debe aceptarse que este Gurugú no es el mismo. Tampoco lo es su clientela, antaño devota del café, copa y puro, incondicional del porrón y por supuesto fanática del trago apodado americano. Ese parroquiano que se encendía con la última polémica taurina (y ahora Demetrio proclama su fe en Julio Robles) y veía partir hacia La Manzanera al séquito que protagonizaba cada tarde de feria, igual que observaba partir los autobuses que tuvieron en esa esquina su improvisada estación antes de que naciera la oficial. Clientela fiel a las gollerías que despacha <strong>Begoña</strong>, hermana de Demetrio y esposa de <strong>Santiago</strong>, su socio, con quien lleva en el Gurugú desde 1986, cuando se jubiló su tío. Ojo. Se ha pronunciado el verbo fatídico (jubilarse) y Demetrio se dispara. Revela que le queda poco más de un año para cortarse la coleta. ¿Qué vendrá luego? ¿Le sobrevivirá su bar, lo tomará bajo su tutela su descendencia? Se encoge de hombros. Tose. Pide el estoque: «A mí ya me gustaría». Y añade, los ojos pelín enrojecidos: «Cuando me retire, veré esa puerta cerrada y sentiré que algo me tira».</p>
<p>Porque así quedaría custodiado para la eternidad el inolvidable legado que guardan estas paredes, memoria viva de Logroño. De aquel Logroño del tiempo en que los tratantes ajustaban en sus mesas de formica, entre bocado y bocado, algún negocio de ganado o de cereal. Del Logroño de las interminables partidas de naipes o las familias que atacaban la cocina del Gurugú, cuya compañía tanto agradece el patrón del decano de los bares riojanos. «Cuando viene la gente de siempre, yo gozo, la verdad», confiesa Demetrio. «Y bares como éste», prosigue, «ya no quedan muchos. Antes estaban el <strong>Royalty</strong>, el <strong>Somera</strong> y la bodeguita <strong>El Abuelo</strong>, pero ahora&#8230;». Puntos suspensivos que su memoria va rellenando, rápida de reflejos: «Entonces, los mejores bares estaban en la <strong>Mayor</strong>, no en la <strong>Laurel</strong> ni en la <strong>San Juan,</strong> porque esto de ahora, que parece de toda la vida, es sin embargo reciente». Reciente. Más o menos.<br />
Va concluyendo la conferencia magistral. El catedrático Demetrio cita al legendario guarda de la Glorieta, don Nicanor, riojano de Sotés. Y menciona de pasada a Pepe Blanco, cuya familia residía en la vecina calle Hospital Viejo y fue cliente habitual de su Gurugú, el bar que sigue abriendo a las siete de la mañana y sólo cierra los domingos. Y ese mismo Pepe Blanco le sirve A Demetrio para cerrar el grifo de los recuerdos:«Aquí cantaba Pepe lo de ‘Tararí que te vi’».</p>
<p>Tararí que te vi, Demetrio.</p>
<p>P.D. No sólo del Gurugú vive Demetrio y familia. También a veces, qué cosas, les da por salir a tomar la fresca y visitar otros bares. Entonces, deja que sus pasos le guíen hasta el <strong>Notre Dame</strong> de Duquesa de la Victoria: cruza la Glorieta y se pone en manos de Candi y compañía. También le gusta el <strong>Virginia</strong> de avenida de la Paz y el <strong>Delicias</strong>, destino de sus vermús dominicales.</p>
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