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	<title>Logroño en sus baresTaza &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>El volante del Villa Rica</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Dec 2016 09:31:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Tomarse unos vinos por la <strong>calle Laure</strong>l exigía en mi mocedad el estricto cumplimiento de una serie de ritos que, luego de confirmarse, concedían a quienes superasen tales pruebas el carné de logroñés. Algunos ya se han citado aquí. Por ejemplo, aposentarse a comer pipas en la ventana del <strong>Tívoli</strong>, otro tanto en el alféizar del <strong>Taza</strong>. Engullir en invierno patatas asadas, que no calentaban tanto el estómago como las manos. Adivinar cuándo abría el Blanco y Negro, por supuesto. Someterse a la inclemencia del frío invernal en el wáter del <strong>Bambi</strong>, desde luego. Y hablando de wáteres, taza y media, con perdón: en el <strong>Villa Rica</strong> de la esquina con Albornoz aguardaba un examen doble. Hacer puntería en su inodoro de pedales (que tanto ayudó a reforzar nuestros abductores) e iniciar las prácticas del carné de conducir pilotando esa <strong>maquinita</strong> que se ofrecía a mano derecha según se entraba.</p>
<p>Esto último no era sencillo. Para empezar, porque solía estar ocupada. Los pasatiempos de aquella época eran tan escasos que cualquier nadería disparaba el entusiasmo y concitaba el interés de la potencial clientela. Además, había que aprovisionarse de calderilla, lo cual tampoco resultaba sencillo: porque, aunque suene paradójico, entonces todo el dinero que llevábamos era eso, calderilla, destinada a más altas ambiciones. Y porque el endiablado juguetito se las traía. Una especie de <strong>circuito de Fórmula Uno de juguete</strong>. Uno depositaba por la ranura su moneda y debía exprimir desde el primer segundo su capacidad de concentración: si no manteníamos desde el banderín de salida bien sujeto el volante, la moneda ignoraba las exigencias del circuito, sus curvas y sus contracurvas. A su libre albedrío, iba saltando y saltando hasta desaparecer, sin que pudiéramos dominarla a volantazos. <strong>Tilt</strong>.</p>
<p>Y si el jugador acertaba situando la moneda en el camino correcto, tampoco era el momento de cantar victoria: el recorrido que esperaba a continuación exigía una maestría que a muchos nos fue negada. Aún no había nacido <strong>Fernando</strong> <strong>Alonso</strong>, a quien me hubiera gustado ver domesticando aquella maldita moneda que se negaba a menudo a seguir su curso lógico y parecía disponer de vida propia. Aunque también ocurría alguna vez que ante nosotros se alzaba algún anónimo as del volante, cuyas filigranas en la maquinita nos dejaban mudos: el silencio se apoderaba del Villa Rica con una densidad de tal envergadura que bastaba ingresar por su puerta para saber que alguien estaba ejecutando con mayúsculo magisterio las maniobras reglamentarias que conducían a la monedita a su destino fetén.</p>
<p>¿Qué obtenía a cambio el exitoso jugador? Mis disculpas: se me ha olvidado. Debió suceder semejante proeza tan raras veces que no recuerdo nada. Nada de nada. Si el matrimonio que defendía aquella barra tan castiza le invitaba a un vino o si le permitía volver a intentarlo. Si recibía el aplauso sincero y emocionado del resto de la clientela (y salía por alguna de las dos puertas entre ovaciones) o si tal vez le convidaban a una bolsa de pipas. <strong>Logroño</strong> ya era así, según creo. Muy poco dado al elogio, aunque a todos nos constara que llevar la moneda dichosa por aquel carrusel de curvas y contracurvas, repechos endiablados y chicanes imposibles con mil trampas emboscadas para entorpecer el feliz itinerario representaba una hazaña magnífica. Es posible que incluso abucheáramos al mago del volante: nos ponía a los demás en evidencia.</p>
<p>Como se desprende, aquel juego tan tontorrón ocupó en nuestra iniciación a la calle Laurel una especie de hito tan formidable que se entenderá mi genuino entusiasmo cuando recibí por correo la imagen que ilustra esta entrada. Ahí verá el improbable lector, gracias a la pericia como dibujante de<strong> Néstor Santo Tomás,</strong> a dos jovencitos logroñeses extasiados al volante. Primeros años 80: cualquiera de esa generación puede reconocerse en la pareja de quintos, a quienes el resto de la cuadrilla no hace demasiado caso. Mejor dicho: los ignora por completo. Tal vez porque se disponían a completar con éxito la vuelta de reconocimiento y sólo se merecían eso: el desprecio que Logroño otorga a quien cosecha algún triunfo.</p>
<p>Todavía volví mil veces después de esa época al Villa Rica, seguí probando suerte con la máquina y vi crecer ante mis ojos a los hijos de aquel matrimonio que defendía el bar. Un día, sin embargo, encontré que todo había cambiado. Había cambiado la dirección del local y, horror máximo, había desaparecido el célebre pasatiempo, arrancado de la pared para morir (supongo) en el contenedor más cercano. Yo obré en consecuencia: nunca más regresé al Villa Rica. Alguna vez en que me vi tentado me he cerciorado de que la máquina sigue sin aparecer y me mantengo por lo tanto fiel a semejante boicot, tan marciano. Aunque tantos años esquivando esa barra donde pasé tantas y tantas tardes acodado viendo a tanto <strong>Fittipaldi</strong> <strong>de</strong> <strong>ocasión</strong> tiene ahora su recompensa: ese dibujo que me reconcilia con el Villa Rica que sobrevive en mi imaginación. El bar al que sí volvería.</p>
<p>Sobre todo, si recupera la maquinita.</p>
<p>P.D. Comenté con algún camarada de aquellos años estos recuerdos a propósito del dibujo que me envío don Néstor y comprobé que se trataba de añoranzas mutuas. Hasta el punto de que uno de ellos, el amigo <strong>Poty Foronda</strong>, me abrumó como suele: con el recordatorio detallado de este juego del Villa Rica&#8230; y de unos cuantos más. De los que yo no tenía ni tengo memoria. Fue tan preciso en sus propios recuerdos que le invité a que los comparta en este <strong>blog</strong> cualquier día de éstos. Compromiso que promete cumplir: así reviviremos de su mano los días en que una generación entera jugaba a poner una moneda encima de un limón sumergido en una fuente llena de agua. Para que luego nos digan que cualquier tiempo pasado fue mejor.</p>
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		<title>Laurel se empina (Bares dedicados IV)</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Dec 2012 09:07:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-32" title="Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg" alt="Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez" width="600" height="450" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano-300x225.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>El amigo <strong>Justo Rodríguez</strong> me envía esta foto del <strong>Soriano</strong> por si acaso le reservo alguna entrada a nuestra calle más popular, la <strong>Laurel</strong>. Lo cual me recuerda un artículo que allá en el 2006 publiqué en <strong>Diario LA RIOJA</strong> y ahora  recupero, con dedicatoria para el caballero. Se titulaba ‘Laurel se empina’. Me temo que, aunque ha perdido vigencia en estos seis años (algún bar ha desaparecido, por ejemplo), ahora todavía se empina más. Ahí va.</p>
<p>Mi bar favorito de la calle Laurel es el <strong>Donosti</strong>. Le tengo un cariño que ha superado incluso las reformas contra él perpetradas, que acabaron por deteriorar su alma, de suyo tan castiza. En el Donosti vi el 12-1 de España a Malta, así que cada vez que oigo el gallo de José Ángel de la Casa cantando el gol de Señor lo asocio con su empinada barra, con su atmósfera muy familiar: el padre, <strong>Juanito</strong>, ejercía de capataz y su mujer dominaba la cocina, mientras los críos hacían los deberes en las mesas del fondo. El Donosti era un sorprendente bar cuesta arriba, que servía como metáfora de la calle donde se aloja: Laurel, la misma que sólo ciertos horteras o algún despistado osa denominar <strong>‘La senda’</strong>, apelativo que los indígenas detestamos.<br />
Ahora regreso al Donosti de nuevo reconfortado, porque una de las chicas del desaparecido Iruña ha tomado el relevo de los anteriores dueños, lo cual interpreto como un presagio, la intuición de que sigue valiendo la pena trepar por esta cuesta y destripar su secreto. Porque Laurel no es una calle, es una religión, la Iglesia laica de <strong>Logroño</strong>, con su colegio episcopal, su feligresía, sus sacristanes y hasta sus beatas. Con su propio misterio trinitario: Laurel es una y trina, porque en realidad hay otras dos calles (la <strong>Travesía</strong>, <strong>Albornoz</strong>) tributarias, una más si contamos el tramo inicial de <strong>San Agustín</strong>, allí donde tantas rondas desembocan.</p>
<p>Últimamente, noto la calle aún más cuesta arriba. He comprobado que eso de empinar (el codo) es contagioso, porque también se empinan las cajas registradoras, cuyos propietarios se valen de la debilidad que sus parroquianos sentimos por sus bares. Los fieles ni nos inmutamos ante la minuta ni ante el prodigioso efecto multiplicador que le sucede al vino cuando llega a esta calle: su valor se dispara en la misma proporción en que mengua la cantidad depositada en la copa.<br />
A mí me da lo mismo. Amo la calle Laurel y escalaré por ella aunque todavía se empine más. Disfruto viendo las manos de prestidigitador de <strong>Manolo</strong>, que parte tomates a velocidad endiablada mientras cuenta algún chiste en <strong>El Soldado</strong>. Adoro la bella voz de jotero con que <strong>Javi</strong> pide un cojonudo en<strong> La Simpatía</strong> y me hipnotiza el montacargas por donde la buena gente del <strong>Sebas</strong> arría su exquisita tortilla de patata. El <strong>Blanco y Negro</strong>, el <strong>Taza</strong>, el recuperado Donosti&#8230; Todos forman parte de mi corazón tan logroñés y a todos he vuelto tras algún exilio temporal en <strong>San Juan</strong> y la <strong>Mayor</strong>, cuando esta última calle aún no había sido tomada por las hordas adolescentes, cuando aún la reconocía como la de toda la vida. Así que seguiré sonriendo con las ocurrencias de Manolo, saboreando los calamares que preparan donde Javi y maravillándome con las referencias de Rioja que han ido coleccionando los herederos de Sebas. Soy un cliente fácil que sólo desea precisamente eso: que nos lo pongan algo más fácil.</p>
<p>P.D. El Soriano no se aloja estrictamente en la Laurel, pero ya advierto arriba que la calle es una especie de tres en una. El imaginario popular también denomina como Laurel a la calle Albornoz y a la Travesía, en cuyo número dos radica en realidad esta barra tan célebre, dedicada al monocultivo del pincho único que le da fama: ese <strong>champiñón</strong> cuyo misterio (dicen) está en la <strong>salsa</strong>, una fórmula tan secreta como la de la Coca Cola. Ese champi que yo sigo intentando tomar sin pringarme: en vano, lo confieso.</p>
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