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	<title>Logroño en sus baresTifus &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>El bar de Teo</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Jan 2017 08:13:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/teo.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-779" title="El fotógrafo Teo, en la exposición de López Osés. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/teo.jpg" alt="El fotógrafo Teo, en la exposición de López Osés. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/teo.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/teo-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Quien curiosee estos días por la exposición que cuelga de las <strong>salas</strong> <strong>del Ayuntamiento</strong>, desbordante de la magia de las imágenes en blanco y negro del <strong>Logroño antiguo</strong>, tropezará a la entrada con un singular rincón. En los muros de este coqueto apartado observará referencias a un viejo bar de Logroño, que todavía sobrevive en la <strong>calle Ingeniero Lacierva</strong>. El <strong>Siglo XX</strong>, que así se llama tal casa, merece de los organizadores (los prodigiosos personajes de la <strong>Casa de la Imagen</strong>) un capítulo preliminar antes de ingresar en la muestra donde se exhiben las instantáneas del benemérito fotógrafo <strong>López Osés</strong>. Porque ahí, en aquel bar que poco tenía que ver mediada la pasada centuria con su aspecto actual, impartía magisterio el propio López Osés en compañía de otros miembros de su estirpe: retratistas del Logroño inmemorial. Como Teo, el imprescindible protagonista de estas líneas. Porque aquel bar era <strong>el bar de Teo.</strong></p>
<p>Lo confirma el propio interesado con su característico vozarrón, cuya intensidad jamás decae. El octogenario fotógrafo, memoria viva y andante de Logroño, explica que en efecto allá por los años 60 se hizo un hueco con sus colegas de tertulia en el Siglo XX animados por una poderosa razón: que el bar tenía tele. Nada menos. Según sus cálculos, nada menos que <strong>la segunda tele</strong> instalada en Logroño: la primera se ubicó en la factoría de <strong>Estambrera</strong>, vaya usted a saber por qué. Para solazar (se supone) a sus trabajadores, de modo que se hurtaba el espectáculo al común del pueblo. Cuya alternativa consistía en peregrinar hasta el Siglo XX, aposentarse ante el vetusto aparato y aguardar: a ver si funcionaba la magia. Porque lo habitual, recuerda Teo, era que la pantalla vomitase aquel añorado universo fantasmal ininteligible, rico en niebla y otros fenómenos similares, hasta que al fin (milagro, milagro) brotaban algunas imágenes y la parroquia se asomaba a la modernidad.</p>
<p>Que en aquel bar tenía nombres vieneses. El programa que concitaba más entusiasmo entre Teo y compañeros de quinta era aquel show protagonizado por el entonces célebre <strong>Franz</strong> <strong>Johan</strong>, austriaco él al igual que sus colegas de escena, como la añorada <strong>Hertha</strong> <strong>Frankel</strong>, ventrílocua elegantísima que se expresaba a través de la perrita <strong>Marilín</strong>. Todo, como se ve, muy marciano: sobre todo observado más de cincuenta años después. Pero si el improbable lector, por el contrario, hubiera formado parte de la cofradía de aquellos pioneros del fotoperiodismo logroñés tal vez hubiera experimentado una emoción semejante y lunes tras lunes, el día consagrado a la tertulia, hubiera conducido sus pasos hasta el bar de Teo.</p>
<p>Y no era un bar cualquiera. Lo defendía el exitoso Pepe, quien había ganado justa fama gracias al singular espacio vecino que también llevaba su firma en la <strong>calle Oviedo</strong>, donde aún sobrevive: el <strong>Rincón de Pepe.</strong> Con su queso gigante y otras lindas costumbres tan camps, Pepe se hizo un hueco en aquel Logroño y expandió sus dominios a la vuelta de la esquina. En realidad, llevaba los bares en la sangre: heredero de la saga de Los Navarros, aquel legendario local del Logroño castizo, oficiaba como sumo sacerdote en su Siglo XX gracias al respaldo que le concedía su condición de dueño de la única tele dispuesta al público logroñés, así como merced a otras virtudes netamente hosteleras: su barra, por ejemplo. Que Teo recuerda bien provista de distintas golosinas y sus alabadas banderillas.</p>
<p>Se entenderá por lo tanto que allí se estableciera aquella tertulia hoy recuperada por las buenas gentes de <strong>Jesús Rocandio</strong>: la entrada a la exposición debe por lo tanto entenderse como un homenaje a aquel López Osés (excelente fotógrafo cuya obra merece luego una detenida visita), Teo y resto de contertulios. Como el famoso artista y profesor Vicente Gallego, o como el singular Agustín, cuya pista medio ha perdido Teo: “Era hijo de los que llevaban el <strong>bar Turismo</strong> de la calle Sagasta y volvió a Logroño después de haber vivido en Londres trabajando como guía”. Llevaba como se ve en la sangre eso del turismo (jeje), lo cual explica su carácter inquieto. O así le recuerda Teo, quien se detiene rememorando una excursión que por aquel tiempo le llevó a bordo de un venerable Seiscientos hasta Burgos, guiado por el propio Pepe y un colega del gremio hostelero (dueño del bar de la estación de autobuses) hasta <strong>Ribadelago</strong>, municipio burgalés donde en los años 70 brotó nada menos que <strong>petróleo</strong>.</p>
<p>Los tres amigos volvieron a Logroño sin haber cristalizado su sueño de convertirse en magnates del petrodolar; regresaron a las infinitas tertulias de cada lunes en el bar Siglo XX, donde les daban las tantas hablando de esto y de lo otro. De <strong>Picasso</strong>, por ejemplo, quien tenía en el <strong>pintor Gallego</strong> a un defensor incondicional. Hablando, en definitiva, “de todo un poco”, como subraya Teo. Quien añora esas noches interminables, pródigas en vino con gaseosa y otras pócimas de la época; aquel bar que reclamaba la visita puntual de “toda la gente bien de Logroño”; aquel Siglo XX en cuyo cuartito donde se guardaban las botellas el memorable Pepe convirtió un buen día su local en el primero de Logroño con televisión al servicio de sus parroquianos. Que le devolvieron el favor como debería ser norma: prometiéndose a sí mismos no olvidarle.</p>
<p>Así que proeza superada: uno puede pasear por la exposición de López Osés, sumergirse en el Logroño de esos años y detenerse a la salida en el recuerdo de aquel tiempo en que todavía se abrían por la ciudad bares de este linaje.<strong> Bares recios</strong>, de mobiliario castellano y decoración bizarra: bares, sí. No gastrobares.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/la-jala.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-778" title="Vista de la calle Santiago, obra de López Osés" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/la-jala.jpg" alt="Vista de la calle Santiago, obra de López Osés" width="600" height="607" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/la-jala.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/la-jala-297x300.jpg 297w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. En los muros del Ayuntamiento cuelgan <strong>hasta el día 29</strong> las fotos de López Osés, donde el visitante encontrará otras imágenes que celebran el universo logroñés de los bares. Por ejemplo, la ubicada sobre estas líneas: una foto de la <strong>calle Santiago</strong>, a cuya izquierda se observa un despacho de vinos atendido por la <strong>cooperativa Arca de Noé</strong> de San Asensio. El mismo espacio donde se instalaría años después el añorado <strong>Tifus</strong>. El mismo local que hoy ocupa<strong> La Jala</strong>.</p>
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		<title>Se llamaba Tifus</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Sep 2013 09:36:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>En unos cuantos comentarios a distintas entradas de este <strong>blog</strong> se recordaba (con ese cariño típico que supura la nostalgia) aquel emblemático bar llamado <strong>Tifus</strong> que sentó sus reales (qué querrá decir sentar sus reales) en la muy castiza <strong>calle Santiago.</strong> Ocupaba un angosto local llegando ya a la iglesia homónima y contaba con buena vecindad: al lado se aloja el estupendo inmueble sede de <strong>La Becada,</strong> el edificio donde nacieron los luego célebres <strong>hermanos D´Elhuyar,</strong> a quienes tanto debe el <strong>wolframio</strong>, y enfrente otra sociedad gastronómica, <strong>Barriocepo</strong>.</p>
<p>Pero ésa es otra historia. Aquí venimos a hablar de un bar que marcaba el territorio desde su mismo nombre: hay que ser muy audaz para pretender imantar a la clientela con un rótulo que apela a una enfermedad, pero en aquel tiempo (últimos años 80, primeros 90) la osadía era el material con que se construían las rotulaciones de nuestros garitos predilectos. El bar se benefició en su origen de la cierta fama local que habían alcanzado sus propietarios, los <strong>hermanos Echagoyen</strong>, sobre todo el menor de ellos, apodado <strong>Jota</strong>. Porque Jota era el entonces célebre solista del legendario combo <strong>Obras Públikas</strong>, grupo también bañado hoy por la nostalgia, que se ofrecía en aquel tiempo como la contribución riojana a la llamada <strong>Movida</strong>, otrora <strong>Nueva Ola</strong>. Hubo un momento en que Obras Públikas pareció a punto de dar el gran salto a las grandes ligas nacionales: quiere decirse que aparecieron en la tele y como sus canciones estaban muy bien, sus letras poseían un afilado encanto, apostaban por los ritmos que marcaban la época (ska, mucho ska) y la imagen de conjunto ofrecía una solidez de la que carecieron otros grupos que les precedieron… Bueno, el caso es que Obras Públikas fue ‘el’ grupo de entonces y en lógica consecuencia su cantante ejerció como una suerte de flautista de Hamelín que atraía hasta las inmediaciones de la iglesia de Santiago a una feligresía propia.</p>
<p>La fauna que eligió el Tifus como epicentro no era la típica clientela: eran ese tipo de parroquianos para quienes el bar servía como prolongación de su casa. No era un bar: era su bar. Su bandera, su emblema, su símbolo. Cuando semejante fenómeno ocurre, el bar se convierte en icono generacional y tiene algo de frontera, porque sus responsables ejercen de aduaneros: son quienes deciden si te aceptan como cliente, previo examen para comprobar que das el tipo requerido. Era importante por lo tanto ingresar con la pinta adecuada y ser adicto a los manjares que allí se despachaban, creo recordar que con el <strong>tirolés</strong> como bebedizo estrella. También puntuaba ser inmune al olorcillo que emanaba de los misteriosos cigarrillos que una gran parte del personal fumaba junto a la puerta, apoyándose contra la pared hasta crear un muro de humo que alguna noche alcanzó dimensiones bastante interesantes.</p>
<p>Como se deduce, el Tifus era un bar divertido. Muy divertido. Garantizaba ese tipo de diversión que exige encontrarse en plena forma para disfrutar de sus encantos, una predisposición juvenil que (lo siento) uno fue incapaz de ofrecer con regularidad. Su auge me pilló ya un poco caduco, pasado de forma. En esos casos, es mejor hacerse a un lado y dejar que los bares sean conquistados por una parroquia más propicia, verla disfrutar como cuando disfrutaba tú aquel lejano día en que tropezaste con el bar de tu vida.</p>
<p>Si traigo ahora aquí al difunto Tifus es porque compruebo con alegría que, luego de algún vaivén pasajero, el bar renace. Con otro nombre pero (me parece) con semejante espíritu. Un aire festivo inunda el viejo recinto denominado hoy <strong>La Jala,</strong> cuyos fans forman una combativa legión que lo ha convertido en su favorito y no aceptan otras alternativas (salvado sea el <strong>Iturza</strong>, con el que tantas cosas comparte), de modo que gracias a ese boca-oreja tan militante y tan típico de Logroño se erige ahora en lo que el Tifus fue: un bar icónico. Canónico. Con una particularidad que se agradece: precios comedidos. Un modelo de bar triunfante según me parece, cuyo ejemplo pueden muy bien imitar desde el sector, para que la oferta se diversifique. No todo van a ser garitos de diseño, con tapas de apellidos larguísimos y crianzas cobrados como reservas. Así que larga vida a La Jala: el Tifus estaría orgulloso.</p>
<p>P.D. El Tifus nunca fue un bar empotrado en su propio circuito de tragos según es moda en <strong>Logroño</strong>. Al Tifus había que ir, porque la calle apenas ocultaba otros encantos en forma de bares que la legendaria <strong>bodeguilla Montiel</strong>, local situado a mano derecha según se entraba por la <strong>calle Mayor</strong>. <strong>Montiel</strong> fue una de las últimas de esta tipología en arrojar la toalla, un modelo de bar ya en retirada que se ha glosado antes en este blog, que tuvo algo de lugar de encuentro entre generaciones: la Mayor empezaba a cotizarse entre las nuevas hordas juveniles y aquella bodeguilla ejerció como cabeza de puente para llegar al Tifus, con los abuelos haciéndose los amos de las sillas y los porrones pero aceptando compartir su pincho estrella, las raciones de hígado empanado que nunca me tuvieron entre sus adictos.</p>
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		<title>Continental, bar de cuatro hojas</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Feb 2013 11:37:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/conti.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-85" title="Foto del bar Continental publicada en Diario LA RIOJA en el 2007, obra de J.M. Zorzano" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/conti.jpg" alt="Foto del bar Continental publicada en Diario LA RIOJA en el 2007, obra de J.M. Zorzano" width="600" height="810" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/conti.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/conti-222x300.jpg 222w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Hoy traigo aquí un bar resucitado. Es una entrada antigua, datada en abril del 2007, cuando publiqué un artículo en <strong>Diario LA RIOJA</strong> dedicado a uno de los bares de Logroño que más frecuenté en mi lejana mocedad, el célebre <strong>Continental</strong>, acaso una de las barras más hermosas de la ciudad, curvada e interminable. Es un bar que llevo pegado al corazón; se situaba en el vientre de la <strong>Concha del Espolón</strong> y en su primera encarnación se llamó <strong>Trébol</strong>. Tal vez  alguien más comparta esta evocación. Ahí va.</p>
<p>“Los bolos son ese entretenimiento con que te distraías de crío a la orilla de la playa, el juego que llevaba bajo el sobaco Pedro Picapiedra camino del duelo semanal que mantenía con su colega (¿podía llamarse Rocabruno?) en la tele que emitía en blanco y negro desde Flinstone. Los mismos bolos que regresan a Logroño en formato yanqui ya fueron el argumento central de la historia escrita décadas atrás en esas boleras donde apenas penetraba la luz del sol, cuya clientela atemorizaba a la chavalería atraída por el lado oscuro de la ciudad. Su catedral se llamó Trébol y se cobijó en el corazón logroñés: en las mismísimas entrañas de El Espolón.</p>
<p>El Trébol forma parte de la larga lista de bares adictos a la resurrección que en la ciudad han sido. Con distintos formatos, desde su versión inicial como bolera, sobrevivió hasta la década de los 90 del  anterior siglo en busca de su identidad final: un espléndido bar de copas llamado Continental, evocador nombre con que sus dueños ya habían bautizado otro negocio, una hermosa librería en la <strong>calle de El Cristo</strong>, también desaparecida. En <strong>la Conti</strong>, (así, en femenino) la bolera desapareció.</p>
<p>Aquel espacio se transformó en ocasional sala de conciertos, un aliciente que añadía atractivo al local, penúltima etapa en la búsqueda de identidad de toda una generación que antes deambuló por <strong>Tívoli</strong>, <strong>Merlín</strong> y <strong>Tifus</strong>, aquel tridente trágico. (Final de trayecto en el <strong>Cacodilato</strong>). En lugar de los bolos, en el Continental se instaló una de las primeras mesas de billar americano conocida por Logroño, que ejerció como reclamo de aquella infinidad de tipos acodados en su barra al paso de paloma, viendo a las tías juguetear con el taco, manoseando el palo en decúbito prono mientras intentaban una carambola a menudo fallida. Hoy, los amables funcionarios de la<strong> Oficina de Turismo</strong> se sonríen si les preguntas qué queda de la Conti en el subsuelo de El Espolón. Nada recuerda allí aquel bar donde los clientes saltaban de vez en cuando tras la barra para ejercer de pinchadiscos o camareros, una familiaridad que tal vez fue la causa de su acelerado cierre, apenas aplazado por el éxito veraniego de su terraza a la sombra de los extintos cedros.</p>
<p>Acaso murió de éxito, sin superar la maldición heredada del Trébol, angosto garito con dos escaleras de acceso luego periclitadas, que permitían a sus asiduos bajar a las catacumbas como los protagonistas de aquel libro de Julio Verne: también ellos viajaron al centro, pero no de la Tierra, sino de Logroño, según proclamaba el viejo lema de la Conti. Y como los héroes del novelista de Nantes, regresaron con la inocencia perdida y algunos tragos de más. Con las patas de gallo que han florecido y la nostalgia que no cesa por los bares, los mejores bares, que nunca más volverán”.</p>
<p>P.D.<br />
Prueba de la adición de la Conti por las resurrecciones, un bar con el mismo nombre abrió sus puertas no hace tanto en <strong>Calvo Sotelo</strong>. Ignoro si bautizándolo así su dueño invocaba la magia que acreditaba el original, pero desde luego merece la mejor de las suertes: hay que ser muy valiente para defender hoy un negocio en ese tramo tan maltratado de la zona peatonal.</p>
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