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	<title>Logroño en sus baresTívoli &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Llanto por el Chufo</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Feb 2020 18:12:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/02/Abel-Chufo.gif"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-1491" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/02/Abel-Chufo.gif" alt="" width="600" height="400" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Conocí a <strong>Abel</strong> en otra glaciación, cuando lucía melenita yeyé, pantalón de campaña y pelambrera en la pechera, como camarero en las piscinas de <strong>Cantabria</strong>. Ya entonces era el actual Abel. Un camarero, eficaz, discreto. Muy vivo, un profesional de los que ya no quedan: sabía lo que ibas a pedir antes que tú mismo. Un camarero anticipatorio, a quien luego observé en otras encarnaciones a lo largo de las diferentes barras logroñesas que fue defendiendo: <strong>El Pasaje,</strong> la cafetería que aún resiste entre Gran Vía y Avenida de Portugal, y <strong>Tívoli</strong>. Apenas lo recuerdo sin embargo en otro local donde compartió felicidad con su compañera en tantas andanzas, la ingeniosa <strong>Rosa</strong>. El bar de <strong>Puente Madre</strong>, alojado junto a la Fuente de los Zapateros: emblema del Logroño castizo y última parada de la pareja antes de aterrizar ahí donde lo recordará el improbable lector, en su destino postrero: el <strong>Mesón Chufo</strong>. Donde se desempeñaba durante 28 años con el mismo rigor, la misma clase, el mismo estilo. Un camarero fino, servicial, atento. Y una barra ejemplar, en la esquina entre Guardia Civil y Saturnino Ulargui que dice adiós. Lloremos con ellos.</p>
<p>Lloremos de pena pero también de felicidad. Porque la jubilación prometida, ese edén que tardaba en llegar, se materializa ante sus ojos y los nuestros y merece por lo tanto celebrarla como merece, lágrimas incluidas si es necesario. Pero son también lágrimas de pesar porque durante largo tiempo han hecho de su local una referencia ciudadana con tanto mimo, con tanto éxito, que verles partir hacia la condición de pensionistas, en efecto, da un poco de pena. Pena doble: porque <strong>Logroño</strong> pierde una de sus barras conspicuas, modélica, y porque no han tenido éxito Abel y Rosa en la búsqueda de sucesores. Meses y meses esperando que alguien se animara a tomar su relevo sin que haya fraguado la posibilidad de que el Chufo prosiguiera su actividad bajo otras manos.</p>
<p>Y no. No hubo suerte. Así que Abel y Rosa dejan vacante esa esquina igual que dejan vacío otro recuerdo, su legendaria aportación a la memoria gastronómica logroñesa. Fueron ellos los primeros en servir en la ciudad esa rareza llamada <strong>erizos de mar</strong>. O los<strong> cogollos de Tudela</strong> en ensalada, manjar desconocido hasta que ellos se animaron a servirlo. Sus<strong> alcachofas con foie y huevo</strong>, por ejemplo, servían como bandera del Mesón, igual que otra misteriosa condición que conocen sólo los más devotos: el Chufo, como sede oficiosa de los <strong>Jueves Flamencos</strong>, porque los primeros artistas que inauguraron esta veta de la programación del vecino Bretón empezaron a dejarse caer por allí y&#8230; El resto es leyenda. <strong>Leyenda logroñesa.</strong></p>
<p>Una leyenda agigantada por el confort que aseguraba la pareja de futuros jubilados. Ingresar en sus dominios aseguraba ese grial que el parroquiano suele reclamaba de sus bares favoritos: estar en ellos mejor que en casa. Es un intangible que pocos locales adquieren que, en el caso del Chufo, se sustanciaba en esa carta repleta de ricas golosinas, un servicio muy profesional y una atmósfera sosegada, que predisponía a la tertulia. Disponía incluso de ese otro intangible que tantos locales ansían y pocos atrapan: contar con una legión de clientes que eran más que eso. Fanáticos seguidores de su cocina, de esa manera de entender la hostelería que se bate ya en retirada.<strong> Familias que se suceden a través de varias generaciones</strong>, ese éxito que pocos bares llegan a alcanzar pero que era muy evidente en su caso: los niños que se iniciaron en el recetario de Rosa acuden ahora con su propia prole a darse un homenaje que se acaba de interrumpir repentinamente.</p>
<p>Su cierre depara <strong>una oleada de nostalgia</strong> y también algún desconcierto. Porque sucede justo cuando esa zona presenta un aspecto fetén, con una gavilla de bares muy atractivos desparramados en poco espacio, una ronda alternativa a la calle Laurel y alrededores que tiene muy buena pinta y el aspecto de ir creciendo en alicientes. En esta coyuntura puede alegarse que la despedida del Chufo causará sorpresa pero debe añadirse que cuando alguien, una pareja como Abel y Rosa, convierten su bar en algo más que un bar (una enseña, una manera de estar en el mundo) ese bar se va con ellos. Lo han adherido con tanta intensidad a sus propias personalidades que se explica que el Chufo no haya resucitado bajo otra dirección. Porque, entre otras cosas, ese Chufo no sería lo mismo. No sería nuestro Chufo. El mejor mesón de Logroño que hoy dice adiós.</p>
<p>P. D. Abel Carazo está dotado para la cháchara y el anecdotario. Se lanza con la moviola y se ve a sí mismo como queda retratado en el comienzo de estas líneas: cuando era un jovencito que atendía la barra de una discoteca de moda en <strong>Playa de Aro</strong> y tropezó con <strong>Julio Iglesias</strong>, nada menos. Cuenta también sus andanzas tronchantes por <strong>Tenerife</strong>, por su <strong>Soria</strong> natal, por los locales donde prestó servicios en Logroño recién llegado luego de una breve etapa en <strong>Burgos</strong>. Su paso por el Llacolén o por la cafetería de Los Bracos hasta desembocar en el Chufo a las órdenes de<strong> Julio Bayano</strong> y tomar después bajo su mando la dirección del local en compañía de Rosa. Ella, en los fogones; él, tras la barra. Una estampa logroñesa que ya no volverá.</p>
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		<title>Calles sin bares</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Jul 2019 11:35:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/Peso.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1361" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/Peso-1024x683.jpg" alt="Vista de la calle del Peso. Foto de Justo Rodríguez" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/Peso-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/Peso-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/Peso-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/Peso.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Recuerdo que de crío iba mucho con mis padres a la<strong> calle Ollerías</strong>. A sus bares, quiero decir. El inolvidable <strong>Paco</strong>, por ejemplo. La prole infantil se quedaba en la puerta o se diseminaba por el interior muy formalita (más o menos como ahora) porque entonces estaba prohibido dar la tabarra a los mayores mientras disfrutaban de un rato de asueto. Sí, más o menos como ahora. El paseo avanzaba hasta el final de la calle, una de las pocas sin salida de Logroño. Dábamos la vuelta hacia la calle San Juan y regresábamos a casa. Si había suerte, te servían un vaso de agua del grifo en alguno de esos locales: en efecto, igualito que ahora. Por el camino caía tal vez alguna otra visita al resto de bares que anidaba Ollerías, en una de cuyas casas una pareja de ancianos vendía huevos y te regalaba rosquillas. Mi memoria en blanco y negro tiene registrados esos detalles, como <strong>el criminal atentado de</strong> <strong>ETA</strong> que segó tres vidas y convirtió la calle en maldita. Al menos para mí. Imposible pasar por la esquina con <strong>Marqués de Vallejo</strong> y olvidar aquel espanto.</p>
<p>Desde el coche bomba (que estalló por cierto cuando las víctimas salían también de<strong> su propia ronda de vinos</strong>) a esta parte, Ollerías no es lo que fue. Hoy es una de las raras calles de Logroño sin bares, lo cual representa una anomalía que siempre me intriga. Hubo algún intento por volverla a integrar al sector de la hostelería. Todos fracasaron. Lo misterioso no es ahora mismo que la calle carezca de bares: es que ignora toda vida comercial. Un enigma, porque se sitúa <strong>a un par de pasos del Espolón</strong> y forma parte de un itinerario donde sí está presente la cofradía del buen beber y mejor yantar, pero es que los bares tienen cosas que la razón no entiende, como cantaba el bolero. Imposible no pasar por la esquina con Marqués de Vallejo y no reparar en esa laguna: como si, en efecto, la calle estuviera maldita.</p>
<p>Pero es que hay otra calle, no lejana, donde se observa esa misma y llamativa ausencia:<strong> la calle del Peso</strong>. En condiciones normales, puesto que es la prolongación de la <strong>Laurel</strong> y su salida natural hacia Sagasta, debería ser un emplazamiento privilegiado para albergar negocios de este tipo. Los ha tenido. La añorada <strong>chocolatería Moreno</strong>, habrá que citar. Y restaurantes, sobre todo. De ellos, mi favorito era<strong> Casa Gabino</strong>. Una fantástica casa de comidas, con sus fogones legendarios, de donde salían gollerías sin duelo cocinadas y guisadas sin grandes alardes pero con ese toque sutil y sabroso propio de este tipo de establecimientos, un poco como <strong>el antiguo Nobleza</strong>. Bancos corridos, donde podías compartir mesa con un desconocido capaz de pasarse el rato del almuerzo sin levantar la mirada del plato y despedirte a la francesa, sin abrir la boca más que para jalar. Y un ambiente muy castizo. Desaparecido. Desaparecido como los bares que ignoran estos metros situados curiosamente en el ombligo de Logroño, rodeados por lo tanto de bares. Bares y más bares. Que ejecutan al parecer una misteriosa orden de evitar instalarse en la calle del Peso. Bonito nombre, por cierto.</p>
<p>Ha habido algún intento reciente de revitalizar la calle, aprovechando una conexión también muy evidente y en teoría prometedora: que hace frontera con la <strong>plaza de Abastos.</strong> Dueña por supuesto de su propio catálogo de promesas de reinvención jamás ejecutadas: ahí sigue, languideciendo, a pesar de que quienes resisten mantienen la bandera de la calidad en sus productos y siguen siendo un imán para unos cuantos logroñeses (y forasteros), adictos a hacer la compra donde la hicieron sus abuelos y los padres de sus abuelos. Esa cercanía podría (en una ciudad ideal: la nuestra, ay, no lo es) favorecer que por la calle del Peso se distribuyeran unos cuantos bares aprovechando los bajos del edificio cuyo acceso se sitúa en la vecina Bretón de los Herreros. Que se remodeló entero no hace tanto y permitió entre otros milagros bienaventurados la resurrección del <strong>Tívoli</strong>. Aleluya, aleluya.</p>
<p>Pero los milagros se detuvieron ahí. No alcanzaron a la calle del Peso. ¿Por qué? Se ignora. Es posible que haya alguna explicación oculta pero también es igual de posible lo que sirve para Ollerías: que en materia de bares la lógica muchas veces se elimina. Que por la misma y misteriosa razón que una calle se pone de moda, a otras no les llega nunca su turno. En el caso del Peso, me ha llamado siempre la atención que tampoco triunfara entre los restaurantes que allí sobreviven una tendencia que se observa en otros puntos del mundo civilizado: las terrazas. <strong>Comer al aire libre. O cenar</strong>. Me parece un lujo en las noches de verano sentarse al raso y atacar las viandas en compañía de otros privilegiados. Hubo también algún intento. Fallidos todos. Misterios logroñeses.</p>
<p>Pero hay alguna esperanza. Avisa el <strong>Boletín Oficial de La Rioja</strong> y confirman voces que todo lo saben sobre un proyecto hostelero para dotar de un bar ese espacio que hoy es, sobre todo, una calle de paso. ¿Puede haber un placer mejor y más mundano que proveerse de viandas en la plaza vecina y pedirle al tabernero que dirija ese hipotético bar que nos las sirva como le plazca? Es una experiencia que funciona en otros puntos de España donde también coincide la cercanía de un mercado con los bares desparramados a su alrededor. Ignoro si será esa la intención de quien pone en marcha ese negocio pero le regalo la idea. De nada.</p>
<p>Porque pienso que si alguien se anima y pone en marcha algún otro negocio similar la calle volverá a ser lo que fue. Un recodo muy atractivo porque conecta varios hemisferios: la Laurel ya mentada, la plaza de Abastos recién mencionada, la atractiva escena igual de cercana que garantizan los bares del Espolón. Y quién sabe. Tal vez su influencia llegue hasta la no tan lejana Ollerías para que también allí se obrara un prodigio semejante que me ayudase a olvidar el horror que todavía me estremece cuando paseo por su jurisdicción. Por pedir, que no quede. <strong>En el pozo de los deseos arrojo una última petición</strong>: ojalá que una calle del Peso galvanizada como merece significara la reapertura de la chocolatería Moreno. Con su delicado escaparate, sus mesas de formica y sus legendarias golosinas. Ojalá las actuales generaciones dispusieran como sus papás y mamás de aquella academia donde tantos de nosotros aprendimos a mojar el churro.</p>
<p>P. D. Hablando de bares y plazas de abastos, propongo una excursión: en el mercado de <strong>la calagurritana plaza del Raso,</strong> que sufre como tantos otros de la tendencia a hacer la compra por otros medios, se anuncia la apertura de un gastrobar. Una posibilidad que alguna vez se ha acariciado para oxigenar la plaza de Abastos de Logroño pero que sigue sin fraguar. Hay quien opina que justamente ese mercado es el que menos lo necesita: tiene todos los bares que desee su clientela ahí enfrente, en la Laurel. Tal vez con reactivar como se anuncia la calle del Peso fuera suficiente.</p>
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		<title>Visite nuestro VAR</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Jun 2018 09:52:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/tele.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1095" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/tele-300x224.jpg" alt="Aficionados logroñeses de la selección viendo por la tele de un bar el Mundial de Sudáfrica. Foto de Juan Marín" width="300" height="224" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/tele-300x224.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/tele.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em><strong>Uno</strong></em>. Bar <strong>Chacal</strong>, calle Fermín Irigaray. Un discreto pasadizo entre avenida de La Paz (entonces dedicada al general innombrable) y Duquesa de la Victoria. 1979, final de la <strong>Recopa</strong>, torneo menor ya desaparecido. Me cuelo en el local acompañado de un compinche, fanático del Real Madrid. Que accede a seguir mis pasos con la esperanza de que nos dejen ver el partido por televisión, izada sobre la puerta. Fingimos más edad de la que tenemos (yo, casi un párvulo: 16 tacos), nos apoltronamos entre las parejitas que se meten mano en el piso superior y asistimos a una proeza jamás vista por mis ojos: el <strong>Barcelona</strong> llevándose un título europeo ante el Fortuna de Dusseldorf, un equipazo de leyenda que todo el mundo ha olvidado, comandado por los hermanos Allofs según recuerdo. El Barça, dirigido por Quim Rifé (me encantaba ese nombre), se lleva la púrpura en un partidazo del Lobo Carrasco, aquel mago que necesitaba un par de balones para él solito. Euforia máxima: un clímax tan mayúsculo que nos vamos sin pagar. El dueño nos grita algo desde la esquina. Echamos a correr hacia avenida de Colón: qué felicidad. <strong>Mi primer simpa</strong>.</p>
<p><em><strong>Dos</strong></em>. Una noche de diciembre de 1983, una breve multitud transita por la calle <strong>Laurel</strong>. De vez en cuando, los chiquiteadores incondicionales de las infinitas rondas ingresan en algún local que dispone de televisión, que todavía por entonces tenía algo de extravagante rareza. Mientras trasiegan aquellos trallazos de trillita llamados vinos de la casa, vigilan de refilón el <strong>España-Malta.</strong> La proeza es imposible. Ganar por más de once goles es un prodigio que ni siquiera se cumple en el torneo de verano de <strong>Cantabria</strong>, referencia futbolera local de la época. Son los primeros 80 pero la Movida ni siquiera existía (o no nos habíamos enterado de ella por casa, lo cual viene a ser lo mismo). Quiere decirse que la juventud contemporánea todavía no gastaba la trenca de Adolfo Domínguez, tan célebre: se llevaba más una especie de chambergo intitulado coreano, que nos protegía de la intemperie entre bar y bar. El <strong>Donosti</strong>, por ejemplo, defendido entonces por Juanito y familia. Donde acabamos imantados ante la tele: los goles, oh maravilla, iban cayendo como las hojas en otoño. Lo imposible parecía posible, que diría Rajoy, a quien ya estamos echando de menos. Y llegó, claro que llegó. Llegó el gol de Señor, el gol de José Angel de la Casa y el mío, en la portería custodiada por el patrón del Donosti. Porque con la euforia del <strong>12-1</strong>, media barra se fue sin pagar. Aún siento remordimientos</p>
<p><em><strong>Tres</strong></em>. Ese gol coreado por un gallo antológico que permanece en la memoria de una generación abrió la puerta a la Eurocopa&#8217;84 que seguí desde el bar más futbolero de Logroño. El <strong>Negresco</strong>, alabado sea El Orejas. Sus pizarras, como las del <strong>Carabanchel</strong> cercano, marcaban los goles en cada división nacional con la misma puntualidad y eficacia que internet, ese invento cuyo creador tal vez se inspirase lejanamente en aquel carrusel de tiza. El local de <strong>Martínez</strong> <strong>Zaporta</strong> garantizaba además una frescura inigualable. Ideal para los partidos de la últimas tardes de primavera, cuando el calor empieza a apretar y se agradece que los ánimos se enfríen: lo propio de cuando jugaba la selección de entonces, siempre tan tiritona. La guiaba el mítico <strong>Miguel Muñoz</strong>, a quien atribuían aposentar sus posaderas sobre una flor que le acompañó hasta la final del torneo, que tuve la desgracia de visionar (entonces se empleaba mucho ese verbo) en la soledad del hogar familiar. No fue el caso de la fase de grupos: el Negresco fue mi hogar provisional hasta que una tarde, mientras concluía no sé qué partido, dejé por unos segundos la silla, me acerqué a la barra a pedir algo y cuando regresé a mi asiento, lo encontré ocupado por un tipo de aspecto patibulario, pionero en el arte del tatuaje, a falta de un par de afeitados y pinta de llevar encima mucha mili. Ah, bendita inconsciencia juvenil. Decidí plantarle la cara y rogarle educadamente que se levantara, mientras la selección sesteaba por la tele. Un silencio glacial inundó el bar. El caballero me miró como si estuviera ante un extraterrestre, se puso de pie hinchando el plexo torácico y acercando mucho, mucho, mucho (pero que mucho) sus ojos a los míos me respondió que no le daba la gana. Tenía intención de plantarle la cara (sí, de nuevo la bendita inconsciencia juvenil) cuando el amigo <strong>Luis Santos</strong> se me acercó. Me tomó por el brazo y me condujo a la salida. Protesté. Le dije que no había pagado la consumición pero no me hizo caso. &#8220;Anda, vete para casa, hijo&#8221;. Y me fui sin pagar. Yo empezaba a ver una pauta en todo eso.</p>
<p><em><strong>Cuatro</strong></em>. Mundial de México de 1986, gran acontecimiento: llegan a España las pantallas gigantes. El <strong>Kaiser</strong>, legendario local al que dediqué ya alguna entrada hace tiempo, luce la primera que dispuso un bar de Logroño. La noticia corre como la pólvora entre los veinteañeros locales, que ni siquiera sabían de la existencia de esa calle (Labradores) y mucho menos de una barra con semejante nombre. También lo desconocíamos todo sobre su plato estrella, la hamburguesa, que nos sonaba demasiado yanqui cuando aún cometíamos la tontería de adorar al Che, enfermedad de la que algún compañero de quinta sigue sin curarse. La selección nacional va avanzando hasta la orilla final donde solía morir, pero ese triste epílogo todavía lo ignorábamos mientras asistíamos a esas hazañas en tamaño <em>king size</em> que procuraba aquel megapantallón donde vimos los cuatro goles de Butragueño en Querétaro y la pifia de Eloy ante Bélgica, el penalti fallado que nos devolvió a la realidad. Y que también nos devolvió a casa. Y que a mí me devolvió a la vida cotidiana: la humilde pantallita en blanco y negro del <strong>Tívoli</strong>, donde vi la mano de Dios de Maradona y el golazo que precedió al de Messi ante el Getafe anotado esta vez para superar a los belgas y llegar a la final, que seguir desde la terraza de Bretón de los Herreros, tan querida. De donde era por cierto muy frecuente irse sin pagar: no fue mi caso. Me hacía mayor y renegaba de la tradición. Aunque siempre me pregunté quién se ocupó de pagar las cervezas el día que desalojamos el Kaiser tras doblar la rodilla ante<strong> el guardameta Pfaff y resto de diablos rojos</strong>. Creo que ese no fui yo.</p>
<p><em><strong>Y cinco</strong></em>. En 1981, había asistido a un prodigio. El <strong>Amazonas</strong>, bar de Jorge Vigón que contaba al fondo con una salita donde se jugaba a las cartas y de vez en cuando se veía la tele, fue el lugar elegido para deleitarme con la primera final de Copa de Europa que vi disputar al Real Madrid. Sí, el de <strong>Florentino</strong>, cuyo reino ya se sabe que no es de este mundo sino galáctico. El mundo propio de los seres superiores. Sí, fue fantástico: era el único de toda la concurrencia que quería que ganara el <strong>Liverpool</strong>, lo cual me hacía ya entonces sentirme un mal español. Gozo doble, por lo tanto: ah, la irreverencia adolescente, cuánto la añoro. El partido fue un tostón. Tan aburrido que sólo recuerdo de aquella noche el clímax. Enfilaba la recta final cuando un tuercebotas llamado <strong>Alan Kennedy</strong>, lateral izquierdo de mis adorados <em>Reds</em>, ató la pelota a la puntera, caminó con ella hacia la portería y chutó con tal puntería que obró el maravilloso milagro de silenciar a la cuadrilla de beodos adoradores del club merengue que me acompañaban. Yo había quedado para ver el partido en otro bar que no recuerdo, pero me confundí de sitio. Para cuando observé que ningún amigo me acompañaba, estaba ya demasiado absorto viendo a toda aquella parroquia exultante porque se veía segura de la victoria madridista y pensé la maldad siguiente: no quiero perderme qué sucede si la Copa viaja a Liverpool. Que fue lo que ocurrió, para mi íntima satisfacción: tuve que contener la alegría con tal intensidad que alcancé la calle y es posible, sólo posible, que me fuera del bar sin pagar. En justa venganza, el dios del fútbol me condenó 34 años después a a aceptar la derrota en ese mismo torneo del amado club de <strong>Anfield</strong>, con la famosa llave de judo incluida.</p>
<p>De donde deduzco que sí: que me fui sin pagar del Amazonas.</p>
<p>P. D. Vienen a cuento estos recuerdos ahora que observo la tradición tan extendida de dirigirse al bar favorito para observar las maniobras de <strong>Iniesta y compañía</strong>. El fútbol encuentra en las pantallas de las barras de guardia, o en las terrazas de ciertos locales, su aliado predilecto, aunque desde luego ha degenerado hoy en un tipo de juego que yo a ratos detesto. Todo choque ahora es falta, si el choque es muy abrupto merece siempre tarjeta (una obsesión compartida entre locutores, futbolistas y árbitros, claro) y si ocurre en el área, penalti fijo, sobre todo con tanto jugador ducho en el arte de la simulación. Así que cada partido es una invitación a que surjan por el campo unos cuantos francotiradores, que disparan misteriosos misiles con tal acierto que los jugadores se desploman&#8230; a la misma velocidad del rayo con que luego se levantan una vez conseguidos sus objetivos. Cómo será que ha nacido una estrella reciente a quien apodan <strong>Penaldo</strong>, auténtico as de estas payasadas, con perdón para los payasos. A mí me aburren tanto como ese invento reciente, el llamado <strong>VAR</strong>. Que sólo se salva porque esa denominación me permite el tontorrón juego de palabras con que titulo estas líneas mientras trato de recordar lo antedicho: si pagué o no pagué todas esas cuentas. O si me fui sin pagar.</p>
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		<title>Una oportunidad para La Granja</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Dec 2017 12:45:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Con este título encabecé hace unos días un artículo publicado en <strong>Diario LA RIOJA</strong>, para compartir con el improbable lector mi esperanza de que un local tan querido se dote de una posibilidad de supervivencia ahora que acaba de ver clausuradas sus puertas. Para quienes no lo leyeron, lo lanzó por este conducto hacia el éter. Decía así.</p>
<p>En los últimos años, unos cuantos bares históricos del corazón logroñés han reabierto sus puertas luego de delicadas operaciones quirúrgicas. Ocurrió con el <strong>Tívoli</strong> de la esquina entre Bretón y Gallarza; fue también el caso de la antigua cafetería Las Cañas, alojada en los bajos de lo que fue Gran Hotel, hoy resucitada como <strong>Wine Fandango</strong>; y hace ahora un año el <strong>Ibiza</strong> del Espolón reapareció también con gran éxito. No ha sido lastimosamente el caso de<strong> La Granja</strong>, el legendario café de la calle Sagasta, que acaba de clausurar una etapa fallida después de su intento de reconvertirse en bar de copas, modalidad ‘low cost’. Bajo la denominación de <strong>‘Copas Rotas’</strong>, el veterano establecimiento (próximo a cumplir un siglo de actividad) volvió a la vida hace cuatro años, una experiencia recién truncada: sus clausurados ventanales con vistas al Logroño castizo aguardan hoy una mano amiga que le devuelva el pulso.</p>
<p>Así lo esperan los clientes conspicuos, que fueron declinando con el paso del tiempo, una vez que su transformación en bar de copas, apuntando hacia la parroquia propia de la noche, no alcanzó el acierto deseado. Y así lo esperan también los <strong>comerciantes de alrededor y vecinos del barrio</strong>, que se enteraron del cierre abruptamente. Por sorpresa, una mañana de hace un par de semanas lo vieron cerrado. Y cerrado sigue, sin ninguna señal visible en su exterior que permita confiar en la posibilidad de su reapertura.</p>
<p>Se trata de una opción que ha cobrado fuerza por su entorno: la resurrección de La Granja bajo un proyecto renovado que pilotaría un prestigioso grupo de la hostelería local. De momento, sólo una ilusión. Que choca contra la auténtica realidad: las puertas clausuradas y los sueños rotos de sus hasta ahora responsables. Que hace cuatro años, cuando ponían en marcha su negocio, recordaban su apuesta por un nuevo concepto de bar franquiciado, donde todo cuesta mayoritariamente un euro. Antes que en Logroño, la idea de este bar de bajo costo se había implantado en <strong>Madrid, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Baleares, Galicia y Navarra</strong>. Según sus promotores, el bar nacía con un espíritu condensado en una frase con pinta de eslogan: que la calidad no está reñida «para nada» con los precios. Su propuesta hostelera aspiraba a abarcar un anchuroso horario: desde el desayuno mañanero hasta la franja nocturna. «Un lugar para la primera copa», como explicaban los jóvenes empresarios que impulsaron el proyecto.</p>
<p>Unos propósitos que el paso del tiempo ha frustrado. Queda, no obstante, la esperanza de que algún emprendedor se anime y resucite el local bajo su añejo espíritu, resumido en estas palabras de <strong>Eduardo Gómez,</strong> colaborador de este periódico y perito en bares. «Por su céntrica situación y la amplitud de sus instalaciones se convirtió en el centro de reunión de logroñeses y de forasteros en San Mateo, especialmente del mundo del toro y de la pelota», rememoraba hace cuatro años, cuando el local volvió a nacer. Era su himno a la antigua Granja de las bandejas de ensaladilla rusa y las raciones de almejas que suministraba la vecina <strong>pescadería Suso</strong>. La Granja que busca una nueva oportunidad.</p>
<p>P.D. El artículo añadía un par de aportaciones; una, debida como las anteriores líneas al ingenio y erudición logroñesa del maestro Eduardo Gómez, de quien recuperaba una pieza donde glosaba la historia del histórico café de Sagasta. El segundo apoyo a la información central servía para lanzar otra imaginaria lágrima por otra defunción: la reciente desaparición de otro local singular del centro de Logroño, <strong>el Viena de Muro de la Mata</strong>. Y recordaba allí que, aunque carente del carácter emblemático que confiere a La Granja su longevidad, Viena representó en su momento un ambicioso proyecto hostelero que reunía en un mismo local al menos un par de almas: por un lado, como pastelería; por otro, como cafetería, adornada con una sugerente terraza con vistas al Espolón. Luego de algunos contratiempos, el establecimiento tiene sus puertas cerradas desde hace algún mes, con el cartel de la inmobiliaria como sello de su defunción. Abierto en noviembre del 2008, luego de una inversión que sus promotores cifraron en 3 millones de euros en sus 200 metros cuadrados que buscan una nueva (y mejor) vida.</p>
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		<title>¿Por qué nos gustan los bares? (Con premio para que el responda)</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Nov 2017 16:16:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Debo a <strong>Mr. Google</strong> la feliz noticia de que hace cinco años alumbramos aquí <strong>este blog</strong> que tantas satisfacciones me reporta. Al menos a mi corazón tan logroñés. Y hablo en primera persona del plural porque el gozo que me procura abrir con frecuencia más o menos semanal esta ventana al universo mundo se vincula directamente con la posibilidad de interactuar con quienes se encuentran al otro lado de la pantalla. He descubierto mi propio <strong>expediente X</strong>: sí, hay alguien ahí fuera. Lo cual representa la parte más dichosa de esta experiencia iniciada sin saber muy bien por qué, sin una razón genuina. Sin método. O sin otro método que la pura intuición: pensaba entonces, y sigo pensando todavía hoy con más motivo, que en los bares se encierra un capítulo particularmente interesante de eso que el maestro <strong>Vázquez Montalbán</strong> llamaba nuestra educación sentimental (tomando de prestado de <strong>Flaubert</strong>). Y que dedicar un rato a reflexionar por qué nos gustan (tanto) los bares podía representar una aventura compartida por quienes se hagan la misma pregunta.</p>
<p>Cinco años después, confieso que he visto cosas que nadie de vosotros creería. Bares llamados gastrobares, por ejemplo. Bares rotulados en inglés, por añadir otra dosis de magia. <strong>Bares de Logroño y del resto del mundo</strong>. Camareros de confianza, parroquianos conspicuos, clientela de aluvión y feligreses fieles hasta el tuétano a su bar predilecto, que ahí siguen: acodados en su barra de guardia. Hemos visto desaparecer y aparecer de nuevo las orejas del Perchas. Y otro tanto añado del <strong>Ibiza</strong> o del <strong>Tívoli</strong>. Algunos garitos murieron, tal vez para siempre, aunque siempre queda viva la esperanza de verlos alguna mañana resucitar&#8230; Cruzaron por esta pantalla los <strong>gintonic</strong> con pepino, nada menos, que parecen haber pasado a mejor vida: sólo pensar en ellos se me funden las meninges. Cruzaron también otros tragos y otros bocados, pero sobre todo cruzaron ante mis asombrados ojos las muestras de reconocimiento de tantos y tantos lectores que alguna vez me hicieron llegar sus parabienes, así virtual como presencialmente (adverbio que detesto, por cierto). También algún reproche, que admití (creo) con sentido de la deportividad. Y algún insulto, por supuesto: cosas de este tiempo tan proclive al cainismo.</p>
<p>Cuando digo que me siento emocionado y agradecido como <strong>Lina Morgan</strong> en <em><strong>Hostal Royal Manzanares</strong></em>, no rebajo un ápice (ni un adarme) la placentera sensación que me procura el impacto generado por estas líneas perpetradas a mayor gloria de nuestro pasatiempo favorito. Las cifras hablan por mí. Según los datos que me facilitan, el blog se acerca en estos años a los <strong>300.00 usuarios únicos</strong>. Otros tantos escalofríos. Aún me alucina más la estadística de páginas vistas: supera el medio millón. Si alguien siente la misma curiosidad que yo, le aporto otra clasificación: las entradas más vistas en este tiempo. En el 2013, una sobre las tapas gratis que sirven en algunos bares de Logroño; al año siguiente, encabezó esa tabla una reflexión en torno a los bares viejunos que todavía resisten entre nosotros; en el 2015, la pieza titulada &#8216;Nueva vida para el Ibiza&#8217; y en el 2016, &#8216;Y el cachopo habitó entre nosotros&#8217;. Este año, se sube a lo más alto de ese imaginario podio una entrada publicada hace ya unos meses: una encuesta sobre qué bar sirve las mejores bravas de Logroño. Se ve que al público lector le gusta tanto como a mí este tipo de consultas, porque la entrada número dos iba sobre los mejores morros y la tercera, otrosí de las hamburguesas.</p>
<p>Así que me remito a lo antedicho: gracias. Gracias infinitas. Alguna vez he pensado que esta andadura tendrá que acabar un día. Que puede morir solita porque llegará el instante trágico en que lo haya contado todo (o casi todo) de Logroño en sus bares, pero es un pensamiento fugaz que la realidad se encarga de desmentir. Porque ocurre lo antedicho (bis): que el universo de los sentimientos es infinito y perdón por ponerme cursi. Y eso es un bar. Un depositario de <strong>nuestras emociones más auténticas</strong>, el espacio donde nos reconocemos a nosotros mismos, a nuestro pasado común e inagotable. De modo que me parece que hay blog para rato. Además, sucede que cualquier andanza que uno perpetre por estas calles y plazas logroñesas (y alrededores) le lleva inevitablemente a ese universo tan querido, así que tiendo a condicionar mi mirada y dirigirla hacia el objeto de este blog: todos los caminos conducen a los bares. Y sucede también que con frecuencia tropiezo con voces amigas que me animan a perseverar. Me lanzan sugerencias, proponen pistas, me invitan a proseguir con estas cavilaciones que, como digo, se escriben en primera persona del plural. Así que sólo por la deuda de gratitud que reservo a tan leales corresponsales me siento animado a proseguir dando guerra al menos otros cinco años.</p>
<p>Será un paseo romántico: de la mano. Autor y lectores, a quienes invito a acompañarme en este itinerario emocional. Ya digo que hoy me he levantado especialmente cursi. Y para corroborar que cuanto prometo se cumple, allá va este desafío: quien me responda a la pregunta que intitula estas líneas (<strong>¿Por qué nos gustan los bares?</strong>), participará en un <a href="http://especial.larioja.com/concursos/logronobares/index.php">sorteo </a>cuyo premio corre a cargo de tres bares de absoluta garantía, muy caros a este blog, que también andan de cumpleaños. El <strong>Wine Fandango</strong>, que sopla ahora tres velitas, y el <strong>Ibiza</strong>, que celebra su primer aniversario de su exitosa reencarnación. Y el tercero, en representación de todos los demás bares logroñeses, el decano: el <strong>Gurugú</strong>. Los tres obsequiarán a los agraciados con algunas de las golosinas que les han procurado justa fama, así que les dirijo a todos ellos un agradecimiento adicional. Porque yo me limitaré a hacer eso tan habitual de Logroño y del resto de España. Algo tan propio de tantos bares: invitar a los parroquianos, siempre que la cuenta la pague otro.</p>
<p>También me encargaré de lo de siempre: de contarlo.</p>
<p>Pero esa es otra historia. Y lo dicho: para participar, puedes hacer clic en este enlace: http://especial.larioja.com/concursos/logronobares/index.php</p>
<p>P.D. No quisiera ponerme fúnebre, pero como he mencionado arriba estos cinco años han dado también para alguna despedida. Dos de ellas, más o menos recientes. Una ocurrió en mayo, aunque la he conocido hace apenas unos días. El veterano patrón del <strong>Hostal El Duque de Medinaceli</strong>, aquí alguna vez glosado como ejemplo de honorable desempeño al frente de esa tipología tan querida de bar de carretera, dejó de defender entonces la barra donde sigo parando para el tentempié <strong>camino de Madrid</strong>: una llorada pérdida. Aunque más llorada, porque me toca más de cerca, es el reciente fallecimiento de <strong>Pilar</strong> <strong>Santander</strong>, ejemplar leyenda del Logroño hostelero. La veo asomada al hueco de la cocina vigilando el correcto funcionamiento del <strong>bar de Cantabria</strong>, siempre gentil y siempre eficaz. Y siempre haciendo gala de una virtud que juzgo hoy en retroceso: la generosidad. Cuando pienso en alguien generoso, pero generoso de raíz, pienso en ella. Y derramo por Pili una imaginaria lágrima. Por su bondad infinita. Por una persona buena de verdad. Buena, como pedía <strong>Machado</strong>, en el buen sentido de la palabra.</p>
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		<title>Camareros, vida y milagros</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Nov 2017 10:51:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hace un tiempo, me animé a ir recopilando en formato entrevista las confesiones de algunos de los más acreditados <strong>camareros de Logroño</strong> con la idea de construir a partir de sus experiencias algo parecido a un mapa sentimental de nuestros bares favoritos. El relato de sus peripecias se fue publicando, a razón de un artículo por mes, en el suplemento <a href="http://www.degustalarioja.com/"><strong>Degusta</strong> </a>que <strong>Diario LA RIOJA</strong> entrega cada sábado a sus lectores. Acto seguido, se publicaban también en este rincón, con un anexo que no figuraba en la versión de papel: los locales favoritos de todos ellos. Es decir, los bares entre los bares, aquellos donde estos maestros en el arte de la hostelería tenían puestas sus complacencias. Los bares hacia donde dirigían sus pasos cuando saltaban al otro lado de la barra.</p>
<p>Con aquellas aportaciones publiqué en junio un <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2017/06/30/bares-entre-los-bares/">artículo </a>que me supo a poco. Me parecía que reunir en una sola publicación el resumen de sus opiniones, anécdotas y reflexiones merecía la pena, porque alguno se ha jubilado ya, otros están a punto de bajar la persiana y en general disponían de un rico punto de vista, más o menos coincidente, que reflejaba de manera cabal no sólo el devenir de su oficio: también servían como <strong>brújula sociológica</strong>. El Logroño que fue, el Logroño que es. La vida que han visto pasar desde sus respectivas atalayas.</p>
<p>Así que cavilando, cavilando. Dando algunas vueltas al magín (también llamado caletre o cacúmen), caí en la jurisdicción de las buenas gentes que acometen con un entusiasmo contagioso la tarea de editar la revista <em><strong>Belezos</strong></em>. Una producción del <strong>IER</strong> que se ocupa de estas cosas que llamamos cultura popular o tradiciones. Qué mejor escaparate para que luzcan sus mejores galas nuestros camareros de confianza, concluí mis meditaciones: con la generosidad habitual, Belezos abrió sus puertas a esta idea que me rondaba y me propuso lo antedicho. Resumir en unas páginas las andanzas de Mere, Alfonso y compañía.</p>
<p>De modo que durante el verano encontré algún tiempo para repasar sus luminosas ocurrencias. Y corroboré que la mayoría encerraban una profunda sabiduría en el noble pasatiempo de acompañar <strong>nuestros tragos y bocados</strong> con la maestría que esperamos encontrar cuando salimos de casa. Detecté también un lamento común por la desaparición de las <strong>antiguas rondas logroñesas</strong>, la extinción de hábitos que parecían eternos (lo de invitar a la parroquia, por ejemplo: una costumbre difunta) y la acomodación común de todos ellos a las nuevas normas que exige la clientela contemporánea.</p>
<p>El caso es que el artículo acudió a la imprenta junto a sus hermanos en el último número de Belezos y la buena nueva es que se encuentra ya a disposición de los potenciales interesados en<strong> las librerías más acreditadas de La Rioja.</strong> Y el caso (segundo caso) es que me permito a mí mismo unos minutos de publicidad: creo de corazón que hacerse con uno de estos ejemplares merece la pena. Uno se siente ya recompensado como destinatario (intermediario mejor dicho) de las brillantes respuestas que fueron disparando contra la libreta donde yo iba apuntando esa recopilación de su ingenio, pero tiendo a pensar que ese regalo que me hicieron debería ser un regalo compartido con la improbable comunidad de lectores que sientan alguna curiosidad por disponer reunido en unas pocas páginas del compendio de tanto talento disgregado.</p>
<p>Fin de la pausa publicitaria. Capítulo de agradecimientos. La lista es prolija, con una cierta aureola legendaria, porque la integran gigantes del sector. Ya he citado antes a un par de veteranos, <strong>Mere y Alfonso</strong>. Añado ahora a<strong> Colo, a Jaque y a Chus</strong>. A <strong>Dani</strong> y resto de la prole del <strong>García</strong>.<strong> A Chuchi del Junco, Miguel de La Hez, a Manolo de El Soldado y a Abel del Chufo</strong> (y demás familia). A las entrañables gentes del <strong>Soriano, Gurugú, Eldorado y Lorenzo</strong>. A <strong>Juanito</strong>, heredero del Sebas. A <strong>Mariano Moracia</strong> y a los dos <strong>Emilianos</strong>, del Tívoli a La Taranta. A la hechicera <strong>Nuria</strong> del Maltés. Fue un placer y un privilegio compartir con todos ellos confidencias y chistes. También algún trago. En todos veo encarnado al conjunto de su profesión, que esta baraja de camareros ejerce con donosura simpar y alto nivel de eficacia. Una forma de entender el oficio que debería ser guía para las nuevas generaciones: en el artículo, bautizo a sus protagonistas como académicos de la universidad de la vida. Cursiladas al margen, creo que en ese campus podrían matricularse unos cuantos jovencitos que usted y yo conocemos, cuyo desempeño al frente de ciertas acreditadas barras es mejorable: acabo de sufrir una experiencia estupefaciente en un local de postín, de la cual salí tan patidifuso que me fui pitando al Mere a contárselo. Para que sepa, cosa que por otro lado no ignoraba, en qué manos dejó el sector. Y para reconocer en él y al resto de camaradas reseñados en estas páginas de Belezos a los depositarios de las esencias de su profesión: catedráticos sin diploma, psicológos ocasionales, improvisados terapeutas, brujos de guardia y alquimistas si se tercia. Camareros, en fin.</p>
<p>O <strong>barman</strong>, como prefiere el propio Mere que le llamen.</p>
<p>P. D. Habrá observado el lector atento de las páginas de Diario LA RIOJA el singular olfato que distingue al fotógrafo <strong>Justo Rodríguez</strong>, autor de las imágenes que acompañan estas líneas, sin las cuales cada artículo hubiera perdido gran parte de su sentido. Se trata de un avezado profesional, de la estirpe de los grandes fotoperiodistas alojados en el solar logroñés: a veces me recuerda a <strong>Teo</strong>, otras a <strong>Alfredo Iglesias.</strong> Dicho sea como reconocimiento a su talento, que alcanza a mi juicio un nivel sublime en una tipología del mundo de la fotografía harto complicada: el retrato. Para mí, Justo lo borda. El primer plano (y hasta el primerísimo, del que soy muy fan), el medio plano y el cuerpo entero. Lo prueba que muchas veces los retratados son los primeros disconformes con la imagen que de ellos arranca: señal de que Justo ha acertado. Y que además de Justo, es necesario. Para muestra, varios botones: tantos como fotos acompañan la pieza que acaba de alumbrar Belezos.</p>
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		<title>¿Cuál es la mejor terraza de Logroño?</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Jul 2017 10:20:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Ser fiel a tu ciudad exige lealtad a tu pasado. Una frase cuyos factores también pueden leerse al revés, lo cual en el caso de la devoción al universo de los bares reclama un compromiso adicional no sólo con los que resisten, sino también con los difuntos. De modo que cuando uno revisa, mientras peina sus canas (metáfora), su propia biografía debe aceptar que el verano le sabe a muchas cosas. A siestas memorables (ah, ese reguero de salivilla incluido), galvana canicular (ah, el gozo de no hacer nada) y desenfreno juvenil y noctívago (ah, esas resacas dominicales). También me sabe a pipas: los girasoles del tren de Anita, tantas veces citados en este blog, que nutrían las interminables tardes de la adolescencia apoltronados en la terraza del primer <strong>Tívoli</strong>.</p>
<p>Porque, en efecto, las terrazas eran para el verano. A diferencia del tiempo presente: las cosas de la ley contra el tabaco poblaron de veladores acristalados España entera, allá penas si afuera hiela o nieva. Antaño, la clientela se aposentaba en sus terrazas de confianza cuando asomaban los primeros indicios de buen tiempo y abandonaba semejante costumbre allá por <strong>San Mateo.</strong> Cada cual probaría las que fueran de su preferencia: en mi caso, deberé reconocer mi deuda de gratitud con la primera que recuerdo, la del <strong>Ibiza</strong>, con sus insuperables vistas al <strong>Espolón</strong> y a la vida en sí misma, que entonces estaba toda por delante, aunque frecuenté también como alguna otra generación logroñesa la terraza por excelencia, hoy infelizmente desaparecida: la formada por todas aquellas mesitas metálicas de <strong>La Rosaleda</strong> vecina.</p>
<p>Derramo una imaginaria lágrima a la espera de que reabra el querido quiosco de mi infancia y continúo mi paseo de terraza en terraza, moviola mediante. Porque uno se fue haciendo mayor, qué remedio, y acabó como se ha mencionado: atrincherado en el Tívoli, terraza de donde nos acabó expulsando lo de siempre. La moda. Porque se impuso el <strong>Moderno</strong> como tendencia terraceril ochentera y allá acampamos, a la vera de la familia <strong>Moracia</strong>. Largas, larguísimas tardes de estío, cuando el tiempo parecía de goma y se estiraba hasta la frontera de ingresar en la calle Laurel y sus hermanas.</p>
<p>Por aquel tiempo, me confieso también adicto a la primera terraza de la modernidad: la alojada en El Espolón bajo los dominios del cedro y del bar subterráneo llamado <strong>Trébol</strong>, que por entonces (años 80) ya adoptaba la encarnación célebre. Había nacido el <strong>Continental</strong> y, en efecto, para que te dieran en Logroño el carné de moderno tenías que sentarte allí un buen rato. Habíamos inventado el postureo pero no lo sabíamos. Ignorantes de semejante hazaña, nos limitamos a apurar la cerveza y experimentar nuevas conquistas. Sonaba la hora del <strong>Bretón</strong>.</p>
<p>Allá emigramos. A la sombra de <strong>Colo</strong>, en sus dos versiones, vimos crecer las patas de gallo y otras calamidades contemporáneas. Por supuesto, catamos otras terrazas en el universo logroñés, pero si uno pretende sincerarse ante el improbable lector deberá aceptar que ha citado aquellas donde ha puesto sus complacencias con mayor asiduidad y cariño. Quiere decirse que semejante relato de sus propios pasos lo podría firmar quien así lo desee, detallando sus preferencias. Las terrazas del centro y las de la periferia. Las terrazas de siempre y las recién llegadas. Las propicias para el horario vespertino y las más adecuadas por las horas nocturnas. Las terrazas que nos atraen por un indescifrable motivo y aquellas que capturan nuestra atención por lo esmerado de su servicio, la simpatía de sus camareros o porque nos da la real gana.</p>
<p>Fin del preámbulo. Lo antedicho sirve simplemente como excusa para acudir a la almendra central de estas líneas, que se despiden hasta la vuelta de vacaciones lanzando al éter esta pregunta: cuál es la terraza favorita de quienes se diseminan por <strong>Logroño y sus bares.</strong> Quien se anime, ya sabe: esta es su casa. Puede opinar también en las redes sociales donde circula este blog, en la seguridad de superado el veraneo tendrá cumplida respuesta: recopilaremos entonces las respuesta que vayan llegando y premiaremos al ganador. Aunque en realidad todas la terrazas lo son: ganan todas porque todas cuentan con el favor de su parroquia. Que es el mérito principal al que supongo que aspiran. Y el intangible de que dentro de unos años alguien recuerde que una vez fue felizmente dichoso entregado al placer de no hacer nada: limitarse a ver pasar la vida sentado en su velador favorito.</p>
<p>P.D. Como tantas veces, las mejores cosas de la vida no ocurren sin embargo en la realidad: pertenecen al reino de los sueños. Pura fantasía. De modo que no debería extrañar a nadie si cuando nos preguntan a unos cuantos logroñeses de nuestra quinta sobre cuál es nuestra terraza predilecta, contestemos sin dudar señalando a esa cuya imagen decora estas líneas. Aquel glorioso invento de <strong>Rocandio</strong> y sus buenas gentes de <strong>Cámara Oscura</strong>, la milagrosa reencarnación de unos cuantos ilustres en los veladores del Ibiza.<strong> La playa imaginaria del Logroño imaginario.</strong></p>
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		<title>Nuestro hombre en la barra: Abel, mesonero oficial de Logroño</title>
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		<pubDate>Mon, 01 May 2017 08:03:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hace unos días fue viernes. Y como cada viernes siguiente a los <strong>Jueves Flamencos</strong> que llenan de cante y baile el <strong>Bretón</strong>, el <strong>Mesón Chufo</strong> se levanta con resaca. Una resaca benéfica: el singular recuerdo que deja entre sus paredes el paso de los artistas que la noche anterior pusieron el teatro en pie, puesto que desde hace tiempo quienes desfilan por sus tablas guardan la modélica costumbre de venir luego a cenar aquí. A rendirse ante la cocina prodigiosa que despacha <strong>Rosa</strong> desde los fogones y <strong>Abel</strong> sirve con ese tipo de profesionalidad de camarero antiguo tan añorada. Un mesonero como los de antes. El mesonero oficial de <strong>Logroño</strong>. O uno de ellos.</p>
<p>Y hoy ya es sábado. Alejado el eco de la familia flamenca, cuyas juergas legendarias acabaron vetadas por la<strong> ley antitabaco</strong> pero sobreviven en su versión más contenida, llega el momento cumbre del fin de semana para este castizo local que soplará en junio 25 velas en la imaginaria tarta que sus dueños levantan a mayor gloria de ese tipo de bares, los bares de siempre, del Logroño de siempre. Un bar que Abel Carazo pilota desde la barra como el capitán de navío explora el horizonte de su singladura: paciente, metódico, señorial. El tipo de aristocracia profesional que puebla los mejores bares, adiestrados sus protagonistas en la mejor universidad: la escuela de la vida.</p>
<p>Que en su caso es larga. El boli se queda sin tinta mientras Abel derrama los grandes hitos de su carrera, iniciada pronto: a los 14 años, en su Soria natal. Y va desgranando bares como el Alcázar donde se destetó, o el Pacho, primeras cuentas de un rosario laboral que le llevó luego a la lejana Costa Brava, jovencito empleado en una discoteca de <strong>Playa de Aro</strong> que recuerda llena de guiris. Donde conoció a<strong> Julio Iglesias</strong>, nada menos. Entonces, otro primerizo que se asomaba al mundo cantando ‘Manuela’ a francesas y alemanas. Y se ríe Abel mientras rememora la anécdota célebre, según la cual el futuro suegro de la Kournikova le pidió una noche que le presentara a unas chicas que apuraban sus consumiciones en un rincón de la disco. Pero Abel se negó y lo dicho: todavía se está riendo.</p>
<p>Nueva vuelta de manivela a su particular moviola: nos vamos de viaje hasta <strong>Tenerife</strong>, donde se perfeccionó en un cometido al que había llegado no por casualidad. Porque desde luego a Abel le gustaban los bares, asegura, mientras recoge los últimos vasos de las rondas del mediodía. Le gustaban tanto que regresó a Soria decidido a abrirse camino en ese gremio, donde pensaba entrar por la puerta grande: pensaba ser camarero en <strong>Madrid</strong>. Una idea que duró apenas unos minutos: se apeó del autobús en la capital, vio a los grises interrumpir una manifestación a golpe de porrazos y regresó sobre sus pasos.¿ Siguiente destino? «El primer autobús salía para <strong>Burgos</strong> y ese cogí». Nueva oleada de risas.</p>
<p>Pero, ay, Burgos no le convenció. Así que nuestro hombre se imitó a sí mismo: acudió a la estación y se volvió a subir al primer autobús sin elegir destino, dejando que la fortuna guiara sus pasos. La tuvo: tuvo fortuna. Ese autobús le depositó en Logroño, donde inició su prolongada carrera profesional. Apunte usted, señor periodista: Abel Carazo se inició en las barras logroñesas en el llorado Llacolén que regentaba<strong> Raúl Adán</strong>, acumuló puntos en el carné de camarero haciendo horas extras en barras igual de míticas, como <strong>El Pasaje</strong> o el <strong>Tívoli</strong>, y desembocó allá donde le conoció quien firma estas líneas, defendiendo el bar de las queridas <strong>piscinas de</strong> <strong>Cantabria</strong>. Donde multiplicó su suerte exponencialmente: allí conoció a su mujer, Rosa, y de allí salieron ya convertidos en pareja para explorar nuevos mundos.</p>
<p>Mundos no demasiado remotos. Porque su primer empleo como recién casados se alojaba en una esquina de ese mismo Logroño, el de toda la vida: en <strong>Puente Madre</strong> se acodaban los incondicionales de los baños en el Iregua al calor de los dos chiringuitos acostados junto a la <strong>Fuente de los Zapateros</strong>. Uno de ellos lo regentaba el famoso Cordero; el otro lo llevaron Abel y Rosa durante un verano calamitoso («No paró de llover», apunta ella) pero inolvidable. Echa la vista atrás Abel y se recuerda a sí mismo de jovencito, desplegando su ingenio por los veladores donde la parroquia se disputaba sus ensaladas, sus tortillas y sus porrones. Un ambiente como de familia Ulises que los logroñeses más veteranos no olvidan.</p>
<p>Lo cual queda atestiguado por la atención que le presta en plena cháchara una pareja de parroquianos que mientras pone la oreja va rellenando los vacíos de su relato si la memoria flaquea. De la orilla del Iregua saltó Abel a ejercer como camarero en <strong>Los Bracos</strong> y aquí su historia es un jardín de senderos que se bifurcan, como en aquel cuento de Borges: un ramal le mantenía anclado al hotel de la <strong>calle Bretón</strong>, mientras otro conducía sus pasos hacia el Mesón Chufo, una criatura recién nacida en este rincón de Logroño que se ofrecía entonces como ruta alternativa a las rondas tradicionales. Porque habían nacido de repente no sólo el Chufo, sino el <strong>Secre</strong>, que también alojó al lado su <strong>Cava</strong>. Y luego brotaron <strong>Las Tejas</strong> y otras referencias que más o menos resisten, cirugía mediante. Idéntica transformación a la operada en el Chufo, cuya carta de cazuelitas se ha ido ampliando a medida que crecían las exigencias de la clientela. Que ya no se conforma con lo de siempre, que reclama tradición a sus bocados (y ahí vemos sus memorables alcachofas con foie y huevo), pero también modernidad. «El otro día vino una cuadrilla de chavales y nos dijo que no esperaban encontrar una barra tan moderna», subraya Rosa, mientras presume de incluir hoy en su recetario gollerías tan insólitas por Logroño como los<strong> erizos de mar.</strong></p>
<p>Ahí reside tal vez la magia del Chufo, que sabe atraer a una legión de seguidores de su doble alma: un bar de siempre, pero reinventado. Fiel al espíritu de aquel local inaugurado por <strong>Julio Bayano</strong>, donde Abel ofició de camarero hasta que lo hizo suyo. El Chufo así bautizado en tributo a un pastor, <strong>navarro de Los Arcos</strong> como el propio Bayano, que dejó atrás aquellas fuentes de cogollos de Tudela que le labraron justa fama. El Chufo cuyos dueños siguen buscando inspiración entre los libros de cocina desparramados por el hogar familiar («Tenemos recetarios hasta por el baño») y mirando hacia el porvenir fiados a una esperanza común:#«Que la gente no deje de venir».</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/Abel.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-831" title="Abel Carazo, retratado de jovencito, según la estética de los 70" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/Abel.jpg" alt="Abel Carazo, retratado de jovencito, según la estética de los 70" width="600" height="412" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/Abel.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/Abel-300x206.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. Norma de esta sección: preguntar a sus protagonistas qué bares eligen para sus escarceos al otro lado de la barra propia. El periodista invita a seleccionar tres referencias pero luego cada entrevistado contesta como le place, lo cual está fetén. Abel y Rosa, no: se someten a los rigores de ese número mágico y aportan tres bares de su confianza. Tres. Sólo tres. A saber, Claret, Cuatro y El Refugio. Y una lágrima final: por esas cosas del azar, en los días mediados entre la publicación de este reportaje en Diario LA RIOJA y esta versión digital, ha fallecido el mencionado Raúl Adán, creador que fue del Llacolén. DEP.</p>
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		<title>Bares underground</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Mar 2017 08:31:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<dl id="attachment_815" class="wp-caption alignnone" style="width: 610px;">
<dt class="wp-caption-dt"><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2017/03/badulaque.jpg"><img loading="lazy" class="size-full wp-image-815" title="Bar Badulaque, en Logroño" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2017/03/badulaque.jpg" alt="Bar Badulaque, en Logroño" width="600" height="448" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/03/badulaque.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/03/badulaque-300x224.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></dt>
<dd class="wp-caption-dd"></dd>
</dl>
</div>
<p>&nbsp;</p>
<p>Respondo a una amable invitación lanzada días atrás por un fiel seguidor de este blog, el amigo José Luis Ouro, quien a propósito de una entrada dedicada a los bares alojados en las cimas de ciertos edificios del universo mundo echaba en falta algún artículo destinado precisamente a lo contrario: los <strong>bares underground</strong>. Esos abrevaderos subterráneos cuya mística los emparenta con un turbio universo de tragos clandestinos, propios del <strong>Chicago</strong> aquel de los años de la prohibición y garitos semejantes. En <strong>Logroño</strong>, cavilaba yo mientras sopesaba si aceptar la invitación de Ouro, algún local de tales características ha alumbrado nuestro desempeño como clientes: así que finalmente reconocí que, en efecto, merecía la pena pasar a limpio el listado de aquellos bares que albergó o alberga el subsuelo logroñés, porque encarnan una cierta mirada distinta sobre un sector demasiadas veces demasiado predecible.</p>
<p>Y si asumí el encargo fue porque, revisitando mi propio archivo de entradas, descubrí que alguna vez me había detenido en homenajear a una serie de bares difuntos que exigían descender a sus entrañas como en aquella novela de Julio Verne: ahí figura por ejemplo el legendario <strong>Continental</strong>, bar que siempre incluiré en mi lista de favoritos. Era emocionante bajar por las escalerillas que en su anterior encarnación conducían a la famosa bolera Trébol y apurar los tragos desde el centro del centro de Logroño, como rezaba su atinada propaganda. Clientes de un refugio posnuclear, alguna vez reaparecimos a la luz del Espolón mientras dejábamos atrás la noche. Sí, recuerdo el Continental y no olvido tampoco otros bares igualmente subterráneos aquí glosados, como el añorado <strong>Sajarahuit</strong> de avenida de Colón y su legendaria gramola donde tantas veces coreé aquel himno de la <strong>ELO</strong>. Y rescato de mi memoria también la encantadora bodeguita ya igualmente desaparecida que se ubicaba en las tripas de avenida de España&#8230;</p>
<p>Observo de paso que contra la tendencia de situar en las entrañas de nuestra ciudad este tipo de establecimientos conspira sobre todo la normativa vigente, muy celosa en la prevención de posibles incidentes cuya resolución se complica cuando debe evacuarse a la parroquia hacia el exterior y ese exterior se emplaza escaleras arriba. En un rápido recuento, ahora mismo me viene a la memoria un local de estas características de inauguración más o menos reciente: la discoteca que alberga el <strong>Casino</strong> de la calle Sagasta. ¿Algún improbable lector sabe de otros similares? Se agradecerá cualquier aportación, aunque ya digo que flamantes aperturas de bares logroñeses me invitan a concluir que estos casos son realmente extraños entre nosotros porque así lo prescribe la ordenanza municipal: es el caso del <strong>Ibiza</strong>, por ejemplo, cuyo subsuelo está vetado para acoger a la clientela, que deberá conformarse con la planta baja para tal propósito.</p>
<p>De modo que aquellos bares que usted y yo llevamos en la cabeza cuando pensamos en los situados bajo nuestros pies (<strong>Tívoli, Maltés, La Luna o el Chiqui</strong>, encarnado ahora como <strong>Badulaque</strong> luego de convulsas peripecias, como recuerda el propio Ouro) ofrecen esa fisonomía porque se abrieron tal vez cuando las limitaciones legales no lo eran tanto: cuando se aceptaba ese gesto tan común de descender al corazón de Logroño para un trago o para un bocado. Wine Fandango, por citar otro caso, también puede incluirse en esta lista underground, y disculpas por la cita en inglés. Lo cual era, habrá que reiterar, más usual antaño que hogaño: esos formalismos burocráticos han ido configurando ante nuestros ojos una ordenanza en materia de bares muy tiquismiquis, de modo que se amputa a las rondas por nuestros bares favoritos esa aureola de misterio que caracteriza el descenso hacia tantas barras subterráneas donde tan dichosos fuimos.</p>
<p>La defensa llama a declarar dos casos que algún improbable lector que ingresara como parroquiano allá en la primera glaciación puede compartir: la<strong> chocolatería Moreno</strong>, alguna vez citada aquí, ese festín que alborotaba nuestra primera infancia. Y el <strong>bar Colón</strong> de la avenida homónima, que regentaba maese Basilio: allá al fondo, luego de superar un desnivel, se dilucidaban unas cuantas partidas de naipes según la parafernalia propia de otra época. Uno apareció alguna vez por aquellas mesas, cátedra oficiosa del mus logroñés, como si peregrinara en efecto por el Chicago de los felices 20. Pero no había chicas bailando charlestón ni los secuaces de Al Capone: sólo unos paisanos con boina alrededor de los tapetes de felpa, que alargaban las tardes concentrados en la partida y sus tragos furtivos con esa seguridad que ofrece saber que en las entrañas de tu ciudad, en los territorios fronterizos con la clandestinidad, todo sabe mejor. O al menos distinto.</p>
<p>Y que abajo siempre hay sitio.</p>
<p>P.D. Se ha incluido unas líneas arriba al difunto Chiqui entre ese listado de bares underground, aunque ahora luce una nueva encarnación: se llama, como se observa en la imagen, <strong>Badulaque</strong>. Que viene a ser el mismo rótulo que brilla en el imaginario comercio que regenta el no menos imaginario indio <strong>Apu</strong> en la también imaginaria serie de televisión célebre en el universo mundo, <strong>Los Simpson.</strong> Pero el televisivo Badulaque no es un bar, ojo: ese negocio hostelero lo gestiona en la mentada serie otro personaje famoso, llamado <strong>Moe</strong>. Ocurre que Badulaque es una palabra que ha adquirido últimamente relevancia gracias a su impacto en la tele y como tal se denominan unos cuantos establecimientos de toda laya (tipo tienda para todo, mayoritariamente), aunque en realidad se trata de una voz que admite muy variadas acepciones, todas extrañas para definir a un bar: como anota la RAE, badulaque significa “afeite compuesto de varios ingredientes”. O bien “chanfaina, guisado de bofes o livianos”. Y también “persona necia, inconsistente”. De donde se deduce que cuando los traductores de Los Simpson otorgaron ese nombre al local de Apu pensaban probablemente en la primera acepción: un sitio donde se encuentra un poco de todo, en efecto. Aunque desconocían que también significa bar underground en su manifestación logroñesa.</p>
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		<title>Regreso al Villa Rica</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2016 12:00:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[tragaperra]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Villa Rica]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[&#160; Hace una semana, publiqué en este mismo espacio una entrada dedicada a glosar al venerable Villa Rica de la calle Laurel, disparando los recuerdos de su época más gloriosa para mí a partir de una imagen donde un grupo de colegas de generación disfrutaban del bar y de su célebre juego del volante. Aquel [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/12/villa-rica.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-760" title="La entrada del Villa Rica de la calle Laurel. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/12/villa-rica.jpg" alt="La entrada del Villa Rica de la calle Laurel. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/12/villa-rica.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/12/villa-rica-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
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<p>Hace una semana, publiqué en este mismo espacio una entrada dedicada a glosar al venerable <strong>Villa Rica de la calle Laurel</strong>, disparando los recuerdos de su época más gloriosa para mí a partir de una imagen donde un grupo de colegas de generación disfrutaban del bar y de su célebre juego del volante. Aquel dibujo, debido al ingenio de <strong>Néstor Santo Tomás</strong> a quien no me canso de agradecer su suculenta contribución, también disparó la nostalgia de unos cuantos lectores, a quienes igualmente agradezco sus felicitaciones y comentarios. Entre ellos, los de un antiguo colaborador de esta sección, el amigo <strong>Poty Foronda</strong>. Quien se vuelve a animar a compartir sus reflexiones, puestas por escrito con la clase que le distingue en sus correrías literarias. Así que, con mi gratitud eterna, publico a continuación el artículo que firma el señor Foronda. Espero que os guste tanto como a mí.</p>
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<p><strong><span style="font-size: large;">RODANDO EN EL VILLA RICA</span></strong></p>
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<p>Regresa de tomar un café con Jorge, me hace sentar frente a la máquina y me pide que escriba. Empieza confesándome que su aversión a las máquinas electrónicas le viene de la adolescencia. Es firme: era un maula. No tardó en darse cuenta. Un poco más en asumirlo, reconoce. Se conformó entonces con mirar, callar y dar tabaco. Mirar las bolas de los futbolines y los flippers del <strong>Toky</strong>. Callar ante cualquier pirula. Y, más que dar tabaco, sonríe, a darle unas caladas al cigarrillo que pasara por delante.</p>
<p>Cuando abandonó los recreativos y encontró refugio en los bares, las máquinas también cambiaron. Las máquinas mecánicas (petacos, futbolín, billar) dejaban su espacio a las primeras consolas de videojuegos (murmulla algo del Space Invaders y el pimpón del <strong>Tívoli</strong>) y a las tragaperras.</p>
<p>Sin embargo, sobrevivían algunas máquinas de habilidad analógica en locales impermeables a la modernidad. Uno de ellos era el Villa Rica: un bar con tres puertas en la mejor esquina de la Senda. Me pide que lo describa en tres brochazos: una barra llena de cazuelas de albóndigas, cazuelillas de callos y platos con banderillas dispuestas a convertirse en el almuerzo, la merienda o el bocado de hombres de paso (todo demasiado viejuno como para llamarlo pincho, rumia); unas mesas y unas sillas de formica al fondo, un retrete (en el que se acertaba mejor borracho, ironiza), <strong>clarete de San Asensio</strong> y unas máquinas sin bits. Estas máquinas eran la razón por la que me hace escribir.</p>
<p>Una de esas máquinas estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana que daba a <strong>Albornoz</strong>. Era un cajón con un volante con el que conducían, rodando de canto, una moneda (¿de pela, de duro?, no concreta) hasta llevarla a la meta por un circuito con curvas a izquierda y derecha. Cada una de las curvas tenía más caída en los extremos que la anterior. Él no superó jamás la segunda curva, reconoce. Como el premio no consistía en otra cosa que en recuperar la moneda, el dueño regalaba<strong> un mechero Bic</strong> a quien completaba el circuito. Pero antes había que avisarle en la última curva, pues no creía en milagros. Algunos tíos eran tan habilidosos que daban la última curva como Laudrup sus pases: mirando al árbitro. Y los había tan virgueros, me asegura, que llegados a esa última curva recorrían el circuito al revés, haciendo rodar hacia atrás y saltar hacia arriba la moneda. Él miraba, callaba y le daba unas caladas a lo que pasara.</p>
<p>La otra máquina, con la que uno se tropezaba nada más entrar, era una <strong>tragaperras</strong>, aunque no del estilo de las que llenaban de herraduras, campanas y vómitos metálicos los bares de la ciudad. Era como un flipper, tal vez algo más pequeña y con la pendiente de la base cambiada. Metían el duro por una ranura y la veías bajar por el canalillo, dirigible con una palanquita, y después rodar, con la expectativa de que hiciera diana contra alguno de los bolos que colgaban de unas lengüetas al fondo. Dependiendo del que acertaran caían dos, seis, diez o veinte duros. A diferencia de las máquinas de petacos, esta carecía de dispositivo de seguridad, por lo que en ocasiones la levantaban y la dejaban caer de golpe, con lo que lo bolos temblaban y soltaba unos duros. La máquina duró en el bar hasta que alguien hizo un agujerillo en el lateral, a la altura de los bolos, y con un alambre daba en el más cercano. Fue reemplazada por una <strong>tragaperras Ajofrín</strong>, una máquina fea y ruidosa, que, a pesar de ello, le alegró más de una noche en la que estaba, él me lo dice como en un blues, down and out.</p>
<p>La memoria es infiel, se defiende. Le gusta ordenar el caos de recuerdos que se amontonan cuando uno empieza a hurgar en ella, como queriendo llenar la nada infernal del olvido. La escritura busca hacer verosímil la memoria. Por eso me pide que coloque al final de la barra, junto al teléfono público, un tarro de cristal con el juego más analógico que conserva. Lo coloco allí donde me pide, aunque puede que estuviera en el <strong>Bretón</strong> (el de la Mayor) o en <strong>El Porvenir</strong> (en Herrerías). El juego consiste en colocar <strong>una moneda encima de un limón</strong> que flotaba en un tarro lleno de agua. Quien deja su moneda sobre el limón, se lleva todas las monedas. Suena sencillo. Asegura que el fondo estaba lleno de monedas.</p>
<p>Miró. Calló. Fumó. Nunca vio ganar a nadie. Y un día el bote, el limón y las monedas desaparecieron. Después él, la juventud, etc. Más tarde el matrimonio que lo regentaba (el hombre tenía el pelo como <strong>Moe Szyslak</strong>; la mujer, las pestañas como <strong>Marge</strong>). Aunque el Villa Rica sigue en la misma esquina (me hace comprobarlo en Google, él tampoco ha vuelto). Las máquinas son ya nosotros. No sé a quién cita cuando me dice que estamos hechos de la misma pasta que nuestros sueños. Le gustaba pensarlo entonces, mientras veía rodar las bolas en el Toky, mientras las monedas por las máquinas del Villa Rica, mientras se sentía como un canto rodado. Tantos años después, con los sueños intactos, se va por el pasillo diciendo que estamos hechos de la misma naturaleza de nuestros recuerdos. Y me deja tranquilo.</p>
<p><em><strong>José Ignacio Foronda, replicante.</strong></em></p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/12/volante-Villa-Rica.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-761" title="Dibujo del Villa Rica, obra de Néstor Santo Tomás" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/12/volante-Villa-Rica.jpg" alt="Dibujo del Villa Rica, obra de Néstor Santo Tomás" width="600" height="418" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/12/volante-Villa-Rica.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/12/volante-Villa-Rica-300x209.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
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<p>P. D. Menciona Foronda el replicante la incógnita desatada en torno a qué obtenía de premio el improbable as del volante que concluyera con éxito el circuito. Hay distintas versiones. Dos corresponsales del blog ofrecieron la suya: para quien se apoda nada menos que <strong>Bomberomauri</strong>, de premio el dueño regalaba un mechero. Y para el denominado<strong> ruizpra_4769</strong>, el premio consistía en “recuperar la misma peseta que el jugador había introducido”. “No salías más rico, pero sí más orgulloso”, añade. Más exactos parecen los recuerdos de <strong>Juan Luis Varona</strong>, el interlocutor que me puso sobre la pista del dibujo de Néstor, quien aparece por cierto inmortalizado en esa viñeta con el resto de la cuadrilla. Esto me cuenta, de nuevo con mi agradecimiento infinito por su amabilidad y buena memoria: “El premio fue variando con los años y con la pericia que iban adquiriendo los jugadores. Yo llegué a bajar la peseta (creo que era una peseta, pero quizás un duro, realmente de eso no estoy seguro) alguna vez, jajaja”. Y añade: “El que está jugando el el dibujo era el súper especialista de mi cuadrilla (uno de los hermanos de Néstor). La bajaba casi siempre. Lo complicado era parar la moneda justo en la última línea justo antes de caer, para poder enseñarle al del bar que la habías bajado. Tras eso, recuperabas la moneda y el del bar te hacía otro sorteo. Tiraba el dado con un cubilete que dejaba cubierto. Unas veces era con dado de póker y tenías que acertar el color. Otras, era un dado normal y tenías que acertar el número. Si acertabas, te regalaba un mechero”. Lo cual confirma lo que uno sospechaba: que en aquellos años, uno se conformaba con cualquier cosa. Sobre todo en la calle Laurel.</p>
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