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	<title>Logroño en sus baresTravesía &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Blanco y Negro, clásico entre los clásicos</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Oct 2019 15:42:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Una mañana dominical de mi (ay) lejana mocedad ingresé a una inhóspita hora en <strong>Laurel</strong> por la encantadora cuestecilla que une la calle con <strong>Bretón de los Herreros</strong>. El solitario paisaje invitaba a darse la vuelta y husmear por otros territorios (el Tontódromo, por ejemplo) pero de repente a mi espalda un ruidito confirmó la presencia humana en uno de sus bares icónicos: el <strong>Blanco y Negro</strong>. Miré hacia su interior y no vi a nadie, aunque una luz encendida al fondo atestiguaba que, en efecto, alguna esperanza de vida anidaba más allá de la barra. Di una voz y otra me contestó: unos segundos después, de entre las tinieblas emergía la figura de su todopoderoso guardián, un caballero llamado <strong>Julián</strong>. Así se presentó luego de confirmar que aunque no lo pareciera el bar estaba cerrado. Pero que en atención a mi presencia y la de mis acompañantes nos atendería si no dábamos mucho la lata. Es decir, si nos limitábamos a un sucinto refrigerio. Como resulta que nos encogimos de hombros porque no sabíamos muy bien si queríamos o no queríamos seguir en aquel bar semiopaco (las indecisiones propias de aquella remota juventud), el propio Julián despejó las incertidumbres. Allegó <strong>unos porroncitos y unos platillos con anchoas</strong>. Jugosos los unos, suculentas las otras.</p>
<p>Así transcurrió aquella mañana en el Blanco y Negro que sigo sin olvidar pese a que han llovido desde entonces unos cuantos porroncillos, utensilios ahora en retroceso a mayor gloria de la corrección burocrática que los margina. Esa mañana, nuestro hombre siguió acercándonos a fenomenal ritmo unos cuantos platillos de anchoas, sin solucionar en ningún momento la duda central: si nos estaba invitando porque se había compadecido de aquellos mozalbetes seguramente sin un duro (acertaba) o si por el contrario había decidido abrir el bar sobre la marcha y ya éramos para él unos clientes más. La duda se fue engordando a medida que iban cayendo los porrones y las anchoas, porque Julián los ofrecía sin haberlos pedido, presumiendo de las sabrosas viandas que preparaba en la cocinilla. Cuando ya nos íbamos a marchar, tímidamente le preguntamos eso de qué se debe. Entonces fue Julián quién pareció dudar: “Que qué os cobro, que qué os cobro&#8230; Pero qué os puedo cobrar. Si he pasado una mañana estupenda con vosotros”. Pronto acertó sin embargo con la solución al enigma: nos pidió una cantidad de dinero que estaba muy por encima de nuestras posibilidades y exigía <strong>una derrama coral</strong> por el método de retorcer los bolsillos en busca de alguna peseta olvidada que nos permitiera abonar la minuta. Cosa que hicimos, no sin esfuerzo. No recuerdo si nos fuimos más molestos que asombrados de su desparpajo. Tal vez las dos cosas.</p>
<p>De aquella anécdota ocurrida en el pleistoceno guardé durante algún tiempo un sabor amargo. Que duró poco. Luego caí unas cuantas veces más en la jurisdicción del amigo Julián, porque me parecía en realidad un auténtico mago de la calle Laurel. Que proveía por cierto a su clientela de aquellas riquísimas anchoas, de un sabor como no he vuelto a catar. Y porque le cogí algún afecto y porque además el Blanco y Negro poseía un encanto singular. No sólo porque Julián te reconocía desde que pisabas sus baldosas y te acercaba el porrón sin haberlo pedido siquiera (luego te lo seguía cobrando, por supuesto, como aquella primera vez), sino porque el espacio donde ejercía de comandante en jefe estaba dotado de un atractivo difícil de identificar pero genuino. Con el paso del tiempo, me acostumbré a dejarme caer por el Blanco y Negro por otras dos razones: sus bocatitas de (por supuesto) anchoas (con pimiento verde) y las fotos que decoraban el friso que recorría la barra, obra del gran (y llorado) <strong>Emilio García</strong>, quien brindó sus servicios en el desaparecido El Correo y prestó a los dueños del bar algunas de las mejores imágenes que nadie tomó nunca de<strong> los años gloriosos del Logroñés.</strong></p>
<p>Si vuelvo ahora sobre aquellos pasos iniciales en los dominios de Julián y sus herederos es porque mientras me entretenía con una entrada reciente a propósito del <strong>Achuri</strong>, caí en la cuenta (gracias al propio Juan Carlos) de que el Blanco y Negro es con seguridad el bar más antiguo de la calle. Según el patrón del Achuri, porque en su momento sería incluso posada, etapa que hunde sus raíces siglos atrás. De aquel negocio inicial poco se sabe. Más fresca se conserva en la memoria popular la larga y fecunda estancia de Julián, quien pasó más tarde el testigo a quienes ahora dirigen el local, allá en los años 80, con <strong>María Ángeles Mendoza</strong> al frente, depositaria de un maravilloso legado que defiende con la reconocida solvencia que distingue históricamente al bar y que se remonta a unas cuantas décadas anteriores. Incluso hay algún veterano feligrés que recuerda al Blanco y Negro como tal, hace casi un siglo, clásico entre los clásicos de la calle Laurel. Con una precisión, como apuntan desde el propio bar: que en realidad se ubica en la calle Bretón, a cuyo inmueble número 48 pertenece el local que lo acoge.</p>
<p>Lo cual confirma que, en efecto, se trata del negocio es el más antiguo de la calle y evoca inevitablemente esos años en que la oferta de anchoas en su barra era abrumadora, los años de aquella epifanía con porrón incluido. Luego, los hábitos del público fueron cambiando. El domingo era por aquella época el día estelar de la semana, nada que ver por lo tanto con los actuales tiempos y costumbres. De modo que las bandejas de anchoas fueron desapareciendo en beneficio de otro bocado singular, jugosísimo. El llamado &#8216;<strong>matrimonio</strong>&#8216;, ese delicado bocadillo que funde el sabor del pimiento con el aroma de la anchoa (ella, otra vez) y que se sirve por cientos “y hasta por miles”, como subrayan por el Blanco y Negro. Desde donde también miran hacia atrás para recordar que la Travesía como tal nació hará cosa de un siglo, según la documentación que puede consultarse en el archivo municipal, gracias al derribo de un edificio que permitió el actual acceso a la calle Laurel desde Bretón por ese castizo pasadizo. Pero también el Blanco y Negro otea el futuro, un brillante porvenir que resume en esta frase: “Trabajamos para que la gente siga pensando en nosotros cuando viene a la Laurel”.</p>
<p>P. D. El Blanco y Negro, como se acaba de precisar, se aloja no tanto en la propia calle Laurel como en el edificio de Bretón de los Herreros que hace esquina con la Travesía. Es una de tantas singularidades que distinguen a la calle, que en realidad (como alguna vez se ha citado) es una y trina: la Laurel en sí y sus dos afluentes, <strong>Albornoz</strong> y la citada Travesía. Incluso, siendo generosos, podemos incorporar a este itinerario así llamado (la Laurel) la calle San Agustín, dotada sin embargo de su propia fisonomía y personalidad.</p>
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		<title>Bar Achuri, patriarca de Laurel</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Sep 2019 09:02:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Tertulia tontorrona típica de verano, mi favorita. Prende entre quienes participamos en ella una duda: qué bar de la calle Laurel es el más antiguo. Titubeos, incertidumbre, división de opiniones… Acude en nuestro auxilio <strong>el maestro Eduardo Gómez</strong>, a quien consultamos por teléfono para que arroje alguna luz. Lo cual hace gustoso, previa advertencia: en realidad, <strong>la calle Laurel</strong> tal y como ahora la conocemos es un invento reciente en términos históricos. En su mocedad, recuerda nuestro perito en bares, él la recorría de arriba a abajo, incluyendo los dos afluentes (<strong>Albornoz, la Travesía</strong>) porque vivía justo al lado y porque era una calle donde había bares, en efecto, pero también tiendas de toda índole, que exigían una visita para cualquier recado: Laurel era una calle comercial, una más del viejo Logroño. Como lo era<strong> su gemela la San Juan,</strong> donde su vertiente mesocrática tardó más en desaparecer. Y todavía resiste, más o menos.</p>
<p>Así que Eduardo hace memoria y concluye que con alguna seguridad el bar más veterano de la calle Laurel será… el <strong>Achuri</strong>. O el <strong>Blanco y Negro</strong> tal vez… Pero no: el Achuri, el Achuri, dictamina. El patriarca de la calle Laurel, el bar que lleva más tiempo en las manos de la misma familia que lo fundó. Con cuya puerta se tropezaba cuando era un chiquillo y ahí sigue, a disposición de los interesados en mantenerse fieles a la Laurel de toda la vida, antes de que se viera invadida por los bares de tipologías más recientes. No es el caso del legendario Achuri, donde también perpetramos nuestras propias incursiones de chavales como hiciera Gómez unos cuantos años antes, y donde nos recibía su patrón, elegante como un galán de cine de los años 50. Una especie de José Suárez parapetado tras una barra donde hizo célebres ciertas golosinas.</p>
<p>Las setas, por ejemplo. <strong>Juanjo</strong>, que así se llamaba el comandante en jefe del Achuri, era aficionado a la micología y se notaba en la presencia de unos cuantos misteriosos hongos durante la temporada de recolección. Misteriosos porque su nomenclatura (había una setas llamadas pardillas, por ejemplo) representaban un enigma para quienes sólo distinguíamos un champiñón de una seta de chopo y ahí se acababa nuestra destreza. Misteriosos también por su apariencia, que se apartaba de lo trillado en esta rama de la gastronomía: una de aquellas setas, por ejemplo, tenía aspecto de lengua de vaca y resulta que así se llamaba por cierto, para felicidad de los incondicionales del Achuri, que encontraban en su barra esos manjares raros de ver entonces por Logroño, despachados desde los fogones con mano maestra por la jefa de la casa, <strong>Alicia</strong>.</p>
<p>A quien por cierto se recordará como la hechicera de otro guiso singular que la memoria logroñesa asociará siempre con su bar: la asadurilla. La asadurilla del Achuri, que servía perfecta de punto y de sabor. Un plato de otra época, hoy también muy extraño de encontrar. Allí era el rey, como se recuerda desde alguno de los paneles distribuidos por sus paredes donde reina ahora el heredero de la saga, Juan Carlos, quien confirma que sí. Que el Achuri se puede considerar como el patriarca de la calle, como atestiguan sus 80 años de vida, repartidos entre<strong> las tres ramas del árbol genealógico</strong> (su abuelo, su padre Juanjo, fallecido hace un año, y ahora él mismo) y dotados de esa rareza mencionada que hace más singular su supervivencia: siempre ha estado en las manos de la misma familia. Ningún otro bar de la Laurel, incluyendo los que podrían competir en veteranía, pueden proclamar otro tanto.</p>
<p>Y añada el improbable lector otro atributo singular. Tampoco se ha alterado su fisonomía con el paso del tiempo. El Achuri permanece tal cual (más o menos, con las lógicas adaptaciones) que como lo conocimos en nuestras juveniles andanzas por la calle Laurel. Lo cual reconforta. Porque, para quien tenga la costumbre de ir de rondas, representa un puerto donde atracar seguro. Servicio eficaz y profesional, ricas creaciones de la cocina riojana tentando desde la barra, una carta de vinos que ha ido mejorando mientras transcurrían los años y, sobre todo, la foto. La foto del otro gran Achuri, el futbolista. Que nos saludaba de chavales desde uno de los muros del bar y hoy también reclama nuestra atención. <strong>Astro del Real Oviedo</strong>, entre otros equipos, donde se convirtió en mito como subraya su sobrino: “Cuando viene gente de Oviedo por aquí, sobre todo si son mayores, se quedan alucinados viendo la foto, porque se acuerdan mucho de él”.</p>
<p>Como cualquiera. Sus viejos clientes tampoco la olvidan. Esa foto en blanco y negro encierra bastante más que un homenaje póstumo a la estrella de fútbol que fue aquel Achuri. Es también un tributo a nuestros buenos tiempos. Los tiempos de La Simpatía, el Buenos Aires y otros cuantos bares que se mantenían leales con su pasado y evitaban transformarse en lo que no eran. Esa fidelidad a sus raíces explica probablemente el éxito del Achuri: 80 años de vida siendo más o menos el mismo bar. <strong>El mismo bar de todos los veranos</strong>, coartada para una de esas estupendas tertulias tontorronas que no llegan a ninguna parte. Salvo para concluir que, en efecto, pasan los años. Claro que pasan. Pero no evitan que cuando volvamos a entrar cualquier tarde en la Laurel, el Achuri esté ahí.</p>
<p>P. D. El amigo <strong>Mere</strong> aporta su propia cuota histórica a la pregunta que encabezaba estas líneas: cuál es el bar más antiguo de la Laurel. Puede que el Taza, apunta. Puede, claro. Pero resulta que el Taza desapareció. En su lugar anida desde hace algunos años otro bar, en efecto, pero no es el Taza. El mérito del Achuri reside en lo antedicho: en ser el más longevo de la calle manteniendo la encarnación original. Aunque se malician los logroñeses más veteranos, y el propio Juan Carlos desde la barra del Achuri, que el más antiguo debe ser el Blanco y Negro. Desde donde responden que en efecto les distingue ese honor, aunque haya cambiado de rumbo unas cuantas veces. Lo cual le hace merecedor de unas líneas para cualquiera de las semanas venideras.</p>
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		<title>Bares de San Agustín</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Sep 2018 15:33:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Mis primeros recuerdos de <strong>la calle San Agustín</strong> no tienen que ver con sus bares. Me viene mucho antes a la memoria la gigantesca tienda de ropa San Bernabé, en la esquina con <strong>Gallarza</strong>, donde mi madre me compró el siglo pasado un extraño abrigo verde de aire militar, siendo yo todavía un cadete. “Es el que visten los soldados del Ejército austriaco”, me explicó el vendedor ante mi arrebatada atención. “Los acaban de traer. Este es el primero que se lleva alguien”. Aquella prenda, que con el paso del tiempo me copiaron otros miembros de mi generación una vez adoptada como <strong>uniforme del pijo logroñés</strong>, convirtió a esa tienda, San Bernabé, en una referencia de mi atolondrada juventud con una altísima intensidad: cada vez que paso por su clausurada puerta, donde anuncian que un día de éstos se inaugurará un bar luego de distintas y fallidas reencarnaciones, vuelvo a tener pelusilla en el bigote y calzo pantalón corto. Y me resguardo del frío por supuesto como mi abrigo austriaco. El icónico loden de color verde.</p>
<p>En la misma calle, poco más allá de San Bernabé, se alojaba otro edén de mi primera infancia: la <strong>panadería Tudanca</strong>, que resiste ahora en <strong>Hermanos Moroy</strong>. Sus hermosas puertas de madera escondían un tesoro en forma de mullida miga y crujiente corteza que sigo también sin olvidar. Ocurría que la calle, antes que el espinazo de una ronda alternativa a los bares de <strong>la vecina Laurel</strong> en que se ha convertido, era en realidad como tantas otras del corazón de Logroño una arteria comercial. Donde cabía de todo: por ejemplo, otra panadería, <strong>Paraíso</strong>, que también sobrevive (y sin mudarse de sitio). Y un negocio tan fascinante como fascinante era el nombre de su propietario: <strong>Ursicino Espinosa,</strong> que parecía haber sido bautizado como un personaje de Galdós pero que se dedicaba a menesteres tan de la época como la compraventa de <strong>pacharanes</strong> (endrinas para el vulgo) para su fabricación casera y artesanal. Era una asombrosa tienda de bebidas, con una rebotica tan profunda (imagino que daba a Laurel) que el mago Espinosa tardaba a veces una eternidad en regresar al mostrador con cada encargo, como si volviera de una excursión por el centro de la Tierra. Hoy, en ese magro espacio también se anuncia la apertura de un bar.</p>
<p>Porque la calle entera ya es una sucesión de barras, que han desalojado toda posibilidad de emprender cualquier otro negocio con una contundencia severísima. Sólo resiste el Paraíso, con su jugosa oferta de panes y bollos. El resto de locales, salvedad hecha del <strong>Museo de La Rioja</strong> (que, por cierto, podría abrir su propio bar con terraza en el hermoso jardín lleno de gatos: yo me apunto), milita en el gremio hostelero. Lo cual no era antaño la norma, en aquel tiempo que relataba unos párrafos arriba. Andando los años, sólo conservo el recuerdo de un bar que conquistara mi interés: el difunto <strong>Florida</strong>. Con sus inolvidables ajos en vinagre, gloria de la cocina logroñesa. Y su incalificable dueño, al que recuerdo con alta estima. Algo más arriba se aposentó mediados los 80 El Soldado de Tudelilla, luego de su mudanza desde la Laurel (donde me sedujo de chaval con sus platillos de olivas con anchoas) y casi que pare usted de contar. <strong>El Carabanchel, Las Cubanas, el Zubillaga…</strong> Poco más en materia de bares: los recién citados eran más bien restaurantes.</p>
<p>Nada que ver por lo tanto con su actual fisonomía. La calle integra de facto en eso que el feligrés llama Laurel, la calle castiza que sí se dedicaba con mayor vocación desde antiguo al negocio de los bares. Y porque un sencillo paseo por <strong>Albornoz</strong> o la <strong>Travesía</strong> sirve para prolongar las rondas de una calle a otra, a su respectiva perpendicular, integrando de esa manera un circuito que incluye a la vecina Gallarza. A todo eso dédalo de calles le llamamos la Laurel, aunque San Agustín está dotada de su propia personalidad. Sus bares son más o menos recientes y en consecuencia más acomodados a los nuevos gustos de la clientela, lo cual se observa en su decidida tendencia hacia ese tipo de barras bien provistas de bocados en formato tapa. Una religión que por Laurel tardó algo más en implantarse.</p>
<p>Porque, aunque no lo parezca, la transformación de San Agustín en casi otra Laurel cristalizó según mi recuento hará tan solo una década. En apenas diez años, la calle cambió. De entonces más o menos surge ese movimiento que inauguró <strong>La Anjana</strong> y siguieron poco después otras referencias. Incluso el Carabanchel, que en aquella lejana mocedad que comentaba era antes casa de comidas que bar, dispone hoy de su propia barra. Con la que cuenta asimismo la vecina tienda de quesos que abrió el gran Abadía: dos bares que no lo eran en origen pero que acabaron siéndolo. Dos muescas más en este rosario que nos llevaría hasta la jurisdicción del veterano <strong>Soldado de Tudelilla</strong> luego de atravesar las siguientes entradas, que hará bien en anotar el improbable lector, entrando por Gallarza: a la izquierda, el <strong>Bonsai</strong> (que, por cierto, acaba de cerrar: espero que sea momentánemente), <strong>El Rincón de Alberto, De Perdidos al Río (con su coqueta terraza enfrente), La Canilla, La Abuela Encarna, La Méngula, Ebisu, Las Cubanas, La Casita</strong> (esquina a la Travesía de Laurel), <strong>El Soldado, Ríos, La Mejillonera, Divina Croqueta y El Colmado de los Artistas</strong>. Y volviendo sobre nuestros pasos, vista a la derecha: además de la mencionada <strong>quesería</strong> <strong>de Abadía</strong>, <strong>La Barrica, El Mexicano</strong> (con Florida de subtítulo: precioso guiño), <strong>La Chatilla, Tal Cual,</strong> la mencionada Anjana, <strong>Los Rotos, La Taberna de Correo, La Taberna de Baco y La Gota de Vino.</strong></p>
<p>A ellas se anuncia la inminente compañía de otros dos bares ya mencionados (donde San Bernabé y donde Ursicino) y otro más lindando con los dominios de Manolo, ahora que se avecina su jubilación: en la difunta <strong>tienda de comestibles de Ascacíbar</strong>, situada en ese último tramo, el más próximo a Once de Junio. Que es donde de hecho reside el gran mérito (uno de ellos) de El Soldado de Tudelilla, que deberemos reconocerle ahora que entona el adiós: haber acostumbrado a los potenciales clientes de la calle Laurel a ingresar en sus dominios entrando por ese angosto pasadizo, el tramo superior de San Agustín, y no por Gallarza como era costumbre. Corría 1987 y San Agustín, la querida calle que albergó a tantos emblemas de mi adolescencia, empezaba a convertirse en otra cosa. No sería ya el territorio para explorar con mi abriguito austriaco el delicioso pan sobado de Tudanca ni la manera furtiva de penetrar por la puerta de atrás en <strong>la supertienda llamada Ideal</strong>. Sería la prolongación natural de la calle Laurel aunque, ojo, con una identidad singular y reconocible. De tal manera que San Agustín es hoy para quien esto escribe una y varias calles a la vez: la que fue, la que es y la que será.</p>
<p>Alguna ventaja tenía que tener eso de cumplir años.</p>
<p>P. D. Toda investigación alrededor de los bares de la calle San Agustín que se precie deberá incluir por supuesto los alojados en <strong>la plaza del mismo nombre.</strong> Esas exitosas terrazas donde tan raro resulta a menudo encontrar sitio, así en verano como en invierno. Yo admiro profundamente a sus parroquianos, puesto que han decidido ignorar las enojosas vistas al espantoso aspecto que presenta el edificio de Correos, protegido por un haz de vallas que convierten el tránsito por sus cercanías en un paseo por el horror, un monumento al incivismo y a la fealdad. Qué suerte la de quienes se acomodan en los veladores del <strong>Fax</strong> y le dan la espalda a tanta incuria. Yo, de momento, prefiero esperar: esperar a ver si se levanta por fin el ansiado hotel y se dota de la terraza con vistas al ombligo de Logroño que me han prometido. Lo creeré cuando lo vea.</p>
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		<title>Viva La Gallega</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jun 2018 10:24:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hace alguna tarde me ocurrió en un suceso memorable. Sentado en la mesa de una taberna gallega, pedí <strong>una jarra de Ribeiro,</strong> que la camarera allegó a mi mesa acompañada de unas pequeñas tazas de cerámica, donde depositó ese néctar. Sufrí una regresión de inmediato. Volví a verme de chaval, acodado en la barra de cierto bar de la <strong>calle Laurel</strong> (su <strong>Travesía</strong>, más exactamente), atacando una pócima similar en una vasija semejante. El bar se llamaba <strong>La Universidad</strong>. Y puesto que lo atendía una camarera gallega, tenía sentido atreverse con el Ribeiro de la casa, que entonces (antes de la globalización hostelera) todavía conservaba un punto exótico. Aquellas jarritas marrones se alojaron en mi hipotálamo para los restos, por lo que observo. Y llevarse tantos años después aquel bebedizo a los labios tenía algo de atreverse con el elixir de la juventud. Siento notificar que sin ningún éxito, improbable lector.</p>
<p>Días después, asistí a otro prodigio de este mismo linaje galaico-riojano, lo cual me convenció de que le debía unas cuantas líneas a la añorada dama. Crucé ante la puerta de uno de los bares que defiende su prole en esa esquina de nuestro itinerario favorito y observé su renovada fisonomía, dotada de un excelente gusto. La herencia de aquella extraordinaria mujer cuyo nombre (ay, lo siento) he olvidado se desdobla al menos para mi memoria en un par de barras medio vecinas en la calle Laurel, aunque yo siempre la recordaré al frente del bar llamado La Universidad: la primera universidad con que contó <strong>Logroño</strong>. Un tributo tal vez al remoto campus compostelano.</p>
<p>La gallega (así la llamamos: así la seguiré llamando) ofrecía no sólo vino de Ribeiro y algunas golosinas que nuestros bolsillos adolescentes no se podían permitir. Ofrecía sobre todo simpatía, el factor esencial que buscamos en nuestros camareros predilectos. Que ella regalaba en generosas dosis. También nos despachaba con idéntica prodigalidad algo que también buscábamos, aunque sin saberlo. Comprensión. Escuchaba las cuitas de sus clientes más jóvenes como si de verdad le interesaran. En aquellas confidencias que ella atendía gentil se sustanciaba la eterna angustia que procura la juventud, de la cual sólo te enteras cuando has pasado a la siguiente etapa de tu vida. Algo de lo que ella también entendía: con mucha mano izquierda, la eterna sonrisa tan contagiosa como inolvidable, guiaba tus pasos hacia una suerte de espacio placebo. Que eso era su bar. Una universidad de cuanto la vida nos iba a ir enseñando.</p>
<p>Así la recuerdo hoy. Diligente, elegante, discreta. Una mujer muy atractiva, con su roja cabellera incendiada, flameando a lo largo de la breve barra. Una camarera modélica. Todavía por entonces <strong>(finales de los 70, primeros 80</strong>) era raro encontrarse por el corazón de Logroño con un bar atendido por una mujer. Aquella extravagancia para la época se disolvía pronto en la atmósfera de normalidad con que ella presidía su quehacer. Una estupenda profesional, de esas que ya no quedan apenas. Que sabe cuándo necesita su parroquiano alguna palabra o cuándo prefiere la discreción; en esos momentos, se mantenía agazapada en un rincón, secando los vasitos de cerámica. Hasta que volvía a sonreír iluminando el bar entero, lo cual solía ocurrir cuando entraba una cuadrilla de <strong>alevines de chiquiteros</strong>. Le atraía la clientela más joven, un cariño recíproco: La Universidad fue uno de los primeros bares donde quienes nos empezamos por entonces a afeitar no nos sentíamos incomodados ni intimidados por la feligresía senior. Donde fuimos universitarios sin saberlo. Y sin saberlo además nos dio clases una estupenda catedrática en los conocimientos que más necesitábamos: los de la vida. Que luego seguimos aprendiendo en el bar abierto un poco más allá, <strong>La Casita</strong>.</p>
<p>Aquella leyenda de la calle Laurel falleció prematuramente. Recuerdo poco de aquellos años, pero no olvido que un día me estampó dos besos (uno en cada carrillo) en homenaje a un reportaje que acababa de publicar, protagonizado por una de sus hijas, entonces una precoz amazona que destacaba en el mundo de la hípica. Cosa que yo ignoraba mientras entrevistaba a la chiquilla. Brindamos con las tacitas de Ribeiro y me alejé de su bar, que dejé de frecuentar: también en nuestra conducta como parroquianos nos dejamos llevar por las modas. Las últimas veces que la entreví desde la puerta ya no me recordaba tanto a la mujer que conocí. Le costaba sonreír. Señal de que venían tiempos fatales, aunque en cierto sentido le acompañó la suerte que a muy pocos seres humanos distingue: tiene la fortuna de no ser olvidada. No creo equivocarme si concluyo estas líneas, mientras paseo de nuevo por este tramo de calle, que ese sentimiento que mantengo en fidelidad hacia ella por los buenos ratos compartidos será una emoción común para una generación de logroñeses. Que no la olvidan. Para quienes <strong>nuestra querida gallega siempre estará viva.</strong></p>
<p>P.D. Gracias a la <a href="http://www.callelaurel.org/establecimientos/casita">web </a>de la calle Laurel me corrijo a mí mismo: sí, sí recuerdo cómo se llamaba aquella camarera gallega. Se llamaba <strong>María Luisa.</strong> En la web se anota que fundó en <strong>1987</strong> La Casita con su marido, José Andrés, y que su hija Esther se ocupa hoy de seguir los pasos familiares recién renovada la fisonomía del bar con una imagen muy de mi gusto, como ya he mencionado arriba. También registra la misma web que <a href="http://www.callelaurel.org/establecimientos/pulperia-universidad">La Universidad,</a> el bar fundacional bautizado con el paso del tiempo como pulpería, nació allá en <strong>1978</strong>. Y que, en efecto, conserva sus tacitas de Ribeiro. Esa punzada madrileña en mi corazón tan logroñés que disparó estas líneas.</p>
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		<title>Los sorianos del Soriano</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Sep 2016 10:27:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/09/soriano.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-720" title="Larga vida al Soriano, plancha mediante Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/09/soriano.jpg" alt="Larga vida al Soriano, plancha mediante Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/09/soriano.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/09/soriano-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A media mañana, <strong>Laurel</strong> está vacía. ¿Vacía? No. En un recodo de la <strong>Travesía</strong>, el <strong>Soriano</strong> resiste abierto. No está solo. Le acompañan La Tavina y La Taberna del Tío Blas, que saludan al paseante cuando ingresa en la calle y le acompañan también el Sebas y El Soldado de Tudelilla. Nada más. El resto de bares permanece con la cancela clausurada, aprovisionándose en su mayoría para albergar a los incondicionales del vermú. Tráfico de furgonetas y carretillas, la banda sonora típica de cuando entrechocan las botellas, chácharas improvisadas a la puerta del bar&#8230; Y en el Soriano, gloria bendita. Sus defensores aprovechan que todavía no aparece la clientela para regalarse un almuerzo como manda el cánon logroñés: picadillo y vino de la casa.</p>
<p>Y entre trago y bocado, la moviola se pone a funcionar. Los sorianos del Soriano (los hermanos <strong>Pepe, Santiago y Ángel</strong>, con <strong>Marisol</strong> en la cocina) miran hacia atrás sin nostalgia, afinan la plancha de donde saldrán las conocidas golosinas en forma de <strong>champis</strong> y, millones de tapas después, siguen sin sacar pecho: «Lo que hiciste ayer no sirve de nada», avisa Ángel. Y Pepe asiente desde el fondo del bar, mirando hacia el porvenir.</p>
<p>Ah, el futuro. El futuro se presenta prometedor, porque las nuevas generaciones de la saga ya van tomando su responsabilidades al frente de la castiza casa, nacida en 1972: los patriarcas, el matrimonio formado por <strong>Toribio</strong> y Úrsula, abandonaron el hogar familiar en Ventosa de San Pedro, rincón soriano próximo a San Pedro Manrique y con el espíritu audaz de los pioneros tomaron bajo su tutela este breve espacio. Apenas 40 <strong>metros</strong> cuadrados donde se arraciman desde entonces sus vástagos, leales al mandato bíblico de crecer y multiplicarse. Algunas cosas, sin embargo, se mantienen más o menos incólumes, como su pincho estrella. Esa ingeniosa banderilla donde se mezcla el campo (en modo de champiñón) con el mar (adoptando la forma de gamba), agitada por la suculenta salsa marca de la casa, cuyo secreto custodian como si fuera la versión logroñesa de la fórmula de la Coca Cola.</p>
<p>&#8211; Por los ingredientes de la <strong>salsa</strong> no os pregunto.</p>
<p>&#8211; No, porque no te lo vamos a decir.</p>
<p>Carcajada breve. El relato prosigue. Se remonta a esa década de los 70, recién fundado el bar y ya con sus champis como bandera, cuando a los dos o tres años la familia empezó a comprobar que su fórmula funcionaba. Que la parroquia distinguía con su presencia los afanes del Soriano por dotar de algo más de vida ese tramo de la calle Laurel que ni siquiera es la calle Laurel en sí: un espacio que se repartían entonces con el <strong>Blanco y Negro, La Rueda y el Perchas</strong>. Ningún otro bar acompañaba al Soriano y resto de hermanos de la Travesía en su indesmayable peripecia, que acabó triunfando. Hoy, ese rincón de Logroño ofrece el mismo bullicioso aspecto de la calle central y sirve además como pasadizo para completar el recorrido e incluir a la también muy animada San Agustín.</p>
<p>No siempre fue así: en el Soriano recuerdan que en sus orígenes servían alguna otra <strong>banderilla</strong> más, pero pronto la evolución natural del bar se inclinó por la monotapa, como es norma en otros bares de la calle. No es el único cambio. En general, ha desaparecido el rito del <strong>chiquiteo</strong> entre semana a cargo de esas cuadrillas multitudinarias de logroñeses conspicuos («Había rondas de hasta veinte vinos»), la feligresía se deriva de modo natural hacia el fin de semana, gana protagonismo el turista nacional y extranjero&#8230; Todos llegan atraídos por la fama del Soriano, beneficiario de las ventajas del mundo digital: «Cuando llega, el cliente ya sabe a qué viene». Aunque su corazón dedica un ancho espacio a la parroquia clásica: «El cliente de <strong>Logroño</strong> es fabuloso».</p>
<p>Lo corroboran mientras recuerdan cuando abrían en <strong>San Mateo</strong> y antes de poner la plancha a funcionar «el día del <strong>cohete</strong> ya teníamos a un montón de chavales esperando a la entrada». Una costumbre superada: el Soriano lleva casi una década cerrando en fiestas, aunque sus responsables se quedan por Logroño, tal vez porque les gusta ver los demás bares desde la barrera. Que se reparta el sudor. Porque en el Soriano desde luego se suda. Se suda la camiseta («La plancha se pone a 250 grados», avisan) y se continuará sudando, como confirma el benjamín de la familia, mientras atiende las palabras de sus mayores: «El éxito nunca viene solo, pero no se te puede subir a la cabeza».</p>
<p>– O sea: hay Soriano para rato.</p>
<p>– Sí, lo hay. Para mucho rato.</p>
<p>Larga vida al Soriano.</p>
<p>P. D. Este artículo se publicó el sábado pasado, en el suplemento <strong>Degusta</strong> que cada semana entrega <strong>Diario LA RIOJA</strong>. Con periodicidad mensual, acoge en sus páginas esta sección, &#8216;Nuestro hombre en la barra&#8217;, enfocada como homenaje a las buenas gentes que con tanta paciencia nos aguantan desde tiempo inmemorial. A todos les pregunto lo mismo cuando acabo de entrevistarles: a qué bares suelen ir cuando dejan el suyo propio y se convierten en clientes. Y esto me responden desde el Soriano, a través del amigo Santiago: que le gusta el San Mateo de avenida de la Paz y el cercano Claret, también ubicado en ese rincón de Logroño. &#8220;Y por la calle Laurel, el Blanco y Negro, el Sebas, el Jubera&#8230;&#8221;, añade. Como se ve, los bares de siempre.</p>
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		<title>Damas de la calle San Juan</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Apr 2016 11:20:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/Jaque.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-657" title="Alhóndiga y La Travesía, con las damas a sus puertas. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/Jaque.jpg" alt="Alhóndiga y La Travesía, con las damas a sus puertas. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="243" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/Jaque.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/Jaque-300x122.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una sección que se llame <strong>Nuestro hombre en la barra</strong> como la que alberga estas líneas no sólo homenajea a nuestros camareros de confianza mientras le guiña un ojo a Graham Green y su inmortal novela ‘Nuestro hombre en La Habana’ con un tontorrón juego de palabras, sino que acoge en su seno a todo lo contrario: a nuestra mujer en la barra. Mejor dicho: nuestras mujeres. Con todos ustedes, improbables lectores, <strong>Jaque</strong> y <strong>Chus</strong>, Chus y Jaque, <strong>damas de la San Juan</strong>, ejerciendo un oficio antaño casi relegado al uso exclusivo de varones que en manos femeninas alcanza otro grado de excelencia. Con un toque fetén y distinto. El nacido en la gracia y viveza con que nuestras heroínas defienden su <strong>bar La Travesía</strong> desde hace 23 años. Un local vecino del recién nacido, el aledaño <strong>Alhóndiga</strong>, que luce su primer año de vida con una barra donde triunfa el <strong>bacalao</strong> en cualquiera de sus encarnaciones, entre otras golosinas.</p>
<p>A Jaque y Chus las conocerá la clientela fiel de tan castizo rincón logroñés, esa<strong> Travesía de la San Juan</strong> que el imaginario popular sitúa como prolongación de la calle central de esta inmemorial ruta del <strong>chiquiteo</strong>, por su feliz desempeño al frente del bar donde se han hecho célebres gracias al manjar delicioso, la espléndida <strong>tortilla</strong> que tanto recuerda a la original. Mismo bar, distinto nombre: se llamaba <strong>Ignacio</strong>, lo atendía caballeroso el señor <strong>Extremiana</strong> y su mujer se ocupaba de la sartén, el aceite, la patata&#8230; También hacía lo mismo que quienes les sucedieron: echarle huevos.</p>
<p>En todos sus sentidos. Porque se exigía cierta valentía en los albores de los 90 para tomar bajo su tutela un bar en una calle, la San Juan, que no es desde luego la vigorosa arteria de hoy. «Entonces estaba casi muerta», rememora Jaque, portavoz oficial del dúo de camareras. Un dúo devenido en trío, porque en la aventura del Alhóndiga les siguió <strong>Lucía</strong>, quien se inició en este oficio con ellas en La Travesía, el más conocido periplo de una singladura que para Jaque y Chus empezó antes, mucho antes: en <strong>La Zona.</strong></p>
<p>Allí, en el <strong>Gabinete</strong> de la <strong>calle Fundición</strong>, ya derrochaban clase y simpatía poniendo copas a los trasnochadores oficiales de <strong>Logroño</strong>. Se habían conocido un poco antes, cuando coincidieron de camareras en el difunto Trazos de Jorge Vigón; hicieron buenas migas y se animaron a ser sus propias jefas, al frente de ese local que animó la noche logroñesa. La animó tanto que casi pudo con ellas, de modo que cuando vieron que el depósito de energía empezaba a menguar se decantaron por dar un volantazo a su trayectoria hostelera: pasaron de la noche al día, nunca mejor dicho. Le echaron el ojo a este bar del Logroño antiguo, tomaron lecciones de los dueños que lo traspasaban hasta dar con el punto al jugoso bocado llamado tortilla y lo dicho: le echaron huevos.</p>
<p>El resto es historia. Una historia logroñesa que se sigue escribiendo. Jaque y Chus aguantaron como jabatas hasta que lograron, en compañía de más gente audaz como ellas, poner de moda este itinerario por la San Juan convenientemente renovado y ganaron fama con esa tortilla cuyo secreto es sencillo: no lo hay. «Es tradicional, clásica», explican. Su maestría en la cocina y la barra contagió luego al resto de la prole de camareras que han surcado el escaso espacio de que dispone La Travesía, de donde nacen sin parar tortillas y más tortillas. No sólo las despachadas en formato pincho, o las que se consumen enteras tanto en la barra interior como en la exterior: también es habitual que trabajen de encargo y así ocurrió el día memorable en que recibieron un encargo que no olvidan, doscientas tortillas para una celebración.</p>
<p>No flaquearon. Salieron las doscientas tortillas en su punto, como en perfecto estado de revista mantienen tanto La Travesía como su hermano pequeño, ese barcito llamado Alhóndiga por el que hoy se desviven y que contribuye a configurar el rico entramado de bares que conceden su fisonomía singular a la San Juan. Una calle que, como la <strong>Laurel</strong>, es una y trina. Una calle donde cada día se forja un vínculo especial entre camareros y clientes, «que son más que clientes, son amigos», reflexiona Jaque. Y sale afuera del Alhóndiga a ver pasar la vida, mientras hila <strong>tertulia</strong> con un grupito de parroquianos, saluda a otros que pasan y mira hacia lo lejos. Que es como mirar hacia atrás y tropezarse con ella misma cuando, junto a Chus, imaginaron que tras la noche (tras las copas del Gabinete), vendría la luz del día que ahora derrama sus dones sobre sus dos negocios en la San Juan. Resumen: «Que les vaya muy bien a todos los bares, sobre todo a nuestros vecinos, porque eso nos favorece a todos». Y petición final: «Ojalá el día tuviera 48 horas».</p>
<p>P.D. Jaque, natural de <strong>Torrecilla</strong>, y Chus, oriunda de <strong>Matute</strong>, hicieron tal vez un pacto con el diablo para que el tiempo no pase por ellas: así se desprende de las fotos que conserva el archivo de <strong>Diario LA RIOJA</strong>, donde se las puede ver más o menos como ahora. Con más experiencia, desde luego, de modo que Jaque no le pide gran cosa al futuro: &#8220;Lo único que echo de menos es que era más joven&#8221;, se ríe. Y no pierde la sonrisa cuando se le pregunta por sus bares favoritos, esos adonde acude cuando no está defendiendo el suyo: &#8220;Mis favoritos son los de la calle San Juan, me gusta entrar en prácticamente todos&#8221;. Y entre ellos, dos debilidades: sus desayunos en el <strong>Umm</strong> y sus excursiones al <strong>Tastavín</strong>, que no perdona &#8220;porque me encantan sus pinchos y, sobre todo, porque somos muy amigas de Pedro y Anca&#8221;.</p>
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		<title>Laurel se empina (Bares dedicados IV)</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Dec 2012 09:07:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[El amigo Justo Rodríguez me envía esta foto del Soriano por si acaso le reservo alguna entrada a nuestra calle más popular, la Laurel. Lo cual me recuerda un artículo que allá en el 2006 publiqué en Diario LA RIOJA y ahora  recupero, con dedicatoria para el caballero. Se titulaba ‘Laurel se empina’. Me temo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-32" title="Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg" alt="Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez" width="600" height="450" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano-300x225.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>El amigo <strong>Justo Rodríguez</strong> me envía esta foto del <strong>Soriano</strong> por si acaso le reservo alguna entrada a nuestra calle más popular, la <strong>Laurel</strong>. Lo cual me recuerda un artículo que allá en el 2006 publiqué en <strong>Diario LA RIOJA</strong> y ahora  recupero, con dedicatoria para el caballero. Se titulaba ‘Laurel se empina’. Me temo que, aunque ha perdido vigencia en estos seis años (algún bar ha desaparecido, por ejemplo), ahora todavía se empina más. Ahí va.</p>
<p>Mi bar favorito de la calle Laurel es el <strong>Donosti</strong>. Le tengo un cariño que ha superado incluso las reformas contra él perpetradas, que acabaron por deteriorar su alma, de suyo tan castiza. En el Donosti vi el 12-1 de España a Malta, así que cada vez que oigo el gallo de José Ángel de la Casa cantando el gol de Señor lo asocio con su empinada barra, con su atmósfera muy familiar: el padre, <strong>Juanito</strong>, ejercía de capataz y su mujer dominaba la cocina, mientras los críos hacían los deberes en las mesas del fondo. El Donosti era un sorprendente bar cuesta arriba, que servía como metáfora de la calle donde se aloja: Laurel, la misma que sólo ciertos horteras o algún despistado osa denominar <strong>‘La senda’</strong>, apelativo que los indígenas detestamos.<br />
Ahora regreso al Donosti de nuevo reconfortado, porque una de las chicas del desaparecido Iruña ha tomado el relevo de los anteriores dueños, lo cual interpreto como un presagio, la intuición de que sigue valiendo la pena trepar por esta cuesta y destripar su secreto. Porque Laurel no es una calle, es una religión, la Iglesia laica de <strong>Logroño</strong>, con su colegio episcopal, su feligresía, sus sacristanes y hasta sus beatas. Con su propio misterio trinitario: Laurel es una y trina, porque en realidad hay otras dos calles (la <strong>Travesía</strong>, <strong>Albornoz</strong>) tributarias, una más si contamos el tramo inicial de <strong>San Agustín</strong>, allí donde tantas rondas desembocan.</p>
<p>Últimamente, noto la calle aún más cuesta arriba. He comprobado que eso de empinar (el codo) es contagioso, porque también se empinan las cajas registradoras, cuyos propietarios se valen de la debilidad que sus parroquianos sentimos por sus bares. Los fieles ni nos inmutamos ante la minuta ni ante el prodigioso efecto multiplicador que le sucede al vino cuando llega a esta calle: su valor se dispara en la misma proporción en que mengua la cantidad depositada en la copa.<br />
A mí me da lo mismo. Amo la calle Laurel y escalaré por ella aunque todavía se empine más. Disfruto viendo las manos de prestidigitador de <strong>Manolo</strong>, que parte tomates a velocidad endiablada mientras cuenta algún chiste en <strong>El Soldado</strong>. Adoro la bella voz de jotero con que <strong>Javi</strong> pide un cojonudo en<strong> La Simpatía</strong> y me hipnotiza el montacargas por donde la buena gente del <strong>Sebas</strong> arría su exquisita tortilla de patata. El <strong>Blanco y Negro</strong>, el <strong>Taza</strong>, el recuperado Donosti&#8230; Todos forman parte de mi corazón tan logroñés y a todos he vuelto tras algún exilio temporal en <strong>San Juan</strong> y la <strong>Mayor</strong>, cuando esta última calle aún no había sido tomada por las hordas adolescentes, cuando aún la reconocía como la de toda la vida. Así que seguiré sonriendo con las ocurrencias de Manolo, saboreando los calamares que preparan donde Javi y maravillándome con las referencias de Rioja que han ido coleccionando los herederos de Sebas. Soy un cliente fácil que sólo desea precisamente eso: que nos lo pongan algo más fácil.</p>
<p>P.D. El Soriano no se aloja estrictamente en la Laurel, pero ya advierto arriba que la calle es una especie de tres en una. El imaginario popular también denomina como Laurel a la calle Albornoz y a la Travesía, en cuyo número dos radica en realidad esta barra tan célebre, dedicada al monocultivo del pincho único que le da fama: ese <strong>champiñón</strong> cuyo misterio (dicen) está en la <strong>salsa</strong>, una fórmula tan secreta como la de la Coca Cola. Ese champi que yo sigo intentando tomar sin pringarme: en vano, lo confieso.</p>
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