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	<title>Logroño en sus baresTrébol &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>¿Cuál es la mejor terraza de Logroño?</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Jul 2017 10:20:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Ser fiel a tu ciudad exige lealtad a tu pasado. Una frase cuyos factores también pueden leerse al revés, lo cual en el caso de la devoción al universo de los bares reclama un compromiso adicional no sólo con los que resisten, sino también con los difuntos. De modo que cuando uno revisa, mientras peina sus canas (metáfora), su propia biografía debe aceptar que el verano le sabe a muchas cosas. A siestas memorables (ah, ese reguero de salivilla incluido), galvana canicular (ah, el gozo de no hacer nada) y desenfreno juvenil y noctívago (ah, esas resacas dominicales). También me sabe a pipas: los girasoles del tren de Anita, tantas veces citados en este blog, que nutrían las interminables tardes de la adolescencia apoltronados en la terraza del primer <strong>Tívoli</strong>.</p>
<p>Porque, en efecto, las terrazas eran para el verano. A diferencia del tiempo presente: las cosas de la ley contra el tabaco poblaron de veladores acristalados España entera, allá penas si afuera hiela o nieva. Antaño, la clientela se aposentaba en sus terrazas de confianza cuando asomaban los primeros indicios de buen tiempo y abandonaba semejante costumbre allá por <strong>San Mateo.</strong> Cada cual probaría las que fueran de su preferencia: en mi caso, deberé reconocer mi deuda de gratitud con la primera que recuerdo, la del <strong>Ibiza</strong>, con sus insuperables vistas al <strong>Espolón</strong> y a la vida en sí misma, que entonces estaba toda por delante, aunque frecuenté también como alguna otra generación logroñesa la terraza por excelencia, hoy infelizmente desaparecida: la formada por todas aquellas mesitas metálicas de <strong>La Rosaleda</strong> vecina.</p>
<p>Derramo una imaginaria lágrima a la espera de que reabra el querido quiosco de mi infancia y continúo mi paseo de terraza en terraza, moviola mediante. Porque uno se fue haciendo mayor, qué remedio, y acabó como se ha mencionado: atrincherado en el Tívoli, terraza de donde nos acabó expulsando lo de siempre. La moda. Porque se impuso el <strong>Moderno</strong> como tendencia terraceril ochentera y allá acampamos, a la vera de la familia <strong>Moracia</strong>. Largas, larguísimas tardes de estío, cuando el tiempo parecía de goma y se estiraba hasta la frontera de ingresar en la calle Laurel y sus hermanas.</p>
<p>Por aquel tiempo, me confieso también adicto a la primera terraza de la modernidad: la alojada en El Espolón bajo los dominios del cedro y del bar subterráneo llamado <strong>Trébol</strong>, que por entonces (años 80) ya adoptaba la encarnación célebre. Había nacido el <strong>Continental</strong> y, en efecto, para que te dieran en Logroño el carné de moderno tenías que sentarte allí un buen rato. Habíamos inventado el postureo pero no lo sabíamos. Ignorantes de semejante hazaña, nos limitamos a apurar la cerveza y experimentar nuevas conquistas. Sonaba la hora del <strong>Bretón</strong>.</p>
<p>Allá emigramos. A la sombra de <strong>Colo</strong>, en sus dos versiones, vimos crecer las patas de gallo y otras calamidades contemporáneas. Por supuesto, catamos otras terrazas en el universo logroñés, pero si uno pretende sincerarse ante el improbable lector deberá aceptar que ha citado aquellas donde ha puesto sus complacencias con mayor asiduidad y cariño. Quiere decirse que semejante relato de sus propios pasos lo podría firmar quien así lo desee, detallando sus preferencias. Las terrazas del centro y las de la periferia. Las terrazas de siempre y las recién llegadas. Las propicias para el horario vespertino y las más adecuadas por las horas nocturnas. Las terrazas que nos atraen por un indescifrable motivo y aquellas que capturan nuestra atención por lo esmerado de su servicio, la simpatía de sus camareros o porque nos da la real gana.</p>
<p>Fin del preámbulo. Lo antedicho sirve simplemente como excusa para acudir a la almendra central de estas líneas, que se despiden hasta la vuelta de vacaciones lanzando al éter esta pregunta: cuál es la terraza favorita de quienes se diseminan por <strong>Logroño y sus bares.</strong> Quien se anime, ya sabe: esta es su casa. Puede opinar también en las redes sociales donde circula este blog, en la seguridad de superado el veraneo tendrá cumplida respuesta: recopilaremos entonces las respuesta que vayan llegando y premiaremos al ganador. Aunque en realidad todas la terrazas lo son: ganan todas porque todas cuentan con el favor de su parroquia. Que es el mérito principal al que supongo que aspiran. Y el intangible de que dentro de unos años alguien recuerde que una vez fue felizmente dichoso entregado al placer de no hacer nada: limitarse a ver pasar la vida sentado en su velador favorito.</p>
<p>P.D. Como tantas veces, las mejores cosas de la vida no ocurren sin embargo en la realidad: pertenecen al reino de los sueños. Pura fantasía. De modo que no debería extrañar a nadie si cuando nos preguntan a unos cuantos logroñeses de nuestra quinta sobre cuál es nuestra terraza predilecta, contestemos sin dudar señalando a esa cuya imagen decora estas líneas. Aquel glorioso invento de <strong>Rocandio</strong> y sus buenas gentes de <strong>Cámara Oscura</strong>, la milagrosa reencarnación de unos cuantos ilustres en los veladores del Ibiza.<strong> La playa imaginaria del Logroño imaginario.</strong></p>
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		<title>Continental, bar de cuatro hojas</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Feb 2013 11:37:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>Hoy traigo aquí un bar resucitado. Es una entrada antigua, datada en abril del 2007, cuando publiqué un artículo en <strong>Diario LA RIOJA</strong> dedicado a uno de los bares de Logroño que más frecuenté en mi lejana mocedad, el célebre <strong>Continental</strong>, acaso una de las barras más hermosas de la ciudad, curvada e interminable. Es un bar que llevo pegado al corazón; se situaba en el vientre de la <strong>Concha del Espolón</strong> y en su primera encarnación se llamó <strong>Trébol</strong>. Tal vez  alguien más comparta esta evocación. Ahí va.</p>
<p>“Los bolos son ese entretenimiento con que te distraías de crío a la orilla de la playa, el juego que llevaba bajo el sobaco Pedro Picapiedra camino del duelo semanal que mantenía con su colega (¿podía llamarse Rocabruno?) en la tele que emitía en blanco y negro desde Flinstone. Los mismos bolos que regresan a Logroño en formato yanqui ya fueron el argumento central de la historia escrita décadas atrás en esas boleras donde apenas penetraba la luz del sol, cuya clientela atemorizaba a la chavalería atraída por el lado oscuro de la ciudad. Su catedral se llamó Trébol y se cobijó en el corazón logroñés: en las mismísimas entrañas de El Espolón.</p>
<p>El Trébol forma parte de la larga lista de bares adictos a la resurrección que en la ciudad han sido. Con distintos formatos, desde su versión inicial como bolera, sobrevivió hasta la década de los 90 del  anterior siglo en busca de su identidad final: un espléndido bar de copas llamado Continental, evocador nombre con que sus dueños ya habían bautizado otro negocio, una hermosa librería en la <strong>calle de El Cristo</strong>, también desaparecida. En <strong>la Conti</strong>, (así, en femenino) la bolera desapareció.</p>
<p>Aquel espacio se transformó en ocasional sala de conciertos, un aliciente que añadía atractivo al local, penúltima etapa en la búsqueda de identidad de toda una generación que antes deambuló por <strong>Tívoli</strong>, <strong>Merlín</strong> y <strong>Tifus</strong>, aquel tridente trágico. (Final de trayecto en el <strong>Cacodilato</strong>). En lugar de los bolos, en el Continental se instaló una de las primeras mesas de billar americano conocida por Logroño, que ejerció como reclamo de aquella infinidad de tipos acodados en su barra al paso de paloma, viendo a las tías juguetear con el taco, manoseando el palo en decúbito prono mientras intentaban una carambola a menudo fallida. Hoy, los amables funcionarios de la<strong> Oficina de Turismo</strong> se sonríen si les preguntas qué queda de la Conti en el subsuelo de El Espolón. Nada recuerda allí aquel bar donde los clientes saltaban de vez en cuando tras la barra para ejercer de pinchadiscos o camareros, una familiaridad que tal vez fue la causa de su acelerado cierre, apenas aplazado por el éxito veraniego de su terraza a la sombra de los extintos cedros.</p>
<p>Acaso murió de éxito, sin superar la maldición heredada del Trébol, angosto garito con dos escaleras de acceso luego periclitadas, que permitían a sus asiduos bajar a las catacumbas como los protagonistas de aquel libro de Julio Verne: también ellos viajaron al centro, pero no de la Tierra, sino de Logroño, según proclamaba el viejo lema de la Conti. Y como los héroes del novelista de Nantes, regresaron con la inocencia perdida y algunos tragos de más. Con las patas de gallo que han florecido y la nostalgia que no cesa por los bares, los mejores bares, que nunca más volverán”.</p>
<p>P.D.<br />
Prueba de la adición de la Conti por las resurrecciones, un bar con el mismo nombre abrió sus puertas no hace tanto en <strong>Calvo Sotelo</strong>. Ignoro si bautizándolo así su dueño invocaba la magia que acreditaba el original, pero desde luego merece la mejor de las suertes: hay que ser muy valiente para defender hoy un negocio en ese tramo tan maltratado de la zona peatonal.</p>
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