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	<title>Logroño en sus baresvermú &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Pongamos que hablo del vermú</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Jul 2018 08:47:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Nuestro protagonista de hoy ha acaparado la atención de este espacio en anteriores entregas. Disculpas por regresar sobre mis pasos, amiguitos: porque pongamos que hablo (de nuevo) del <strong>amigo vermú</strong>. Si saboreo de nuevo el estimulante néctar, debe justificarse porque he encontrado una variada gavilla de coartadas: la primera, una excursión reciente a cierto garito de <strong>Madrid</strong> donde acabo de poner todas mis complacencias (ver postdata quien consiga llegar hasta el final de estas líneas). La segunda, que aparecen en mi radar nuevas y prometedoras referencias con denominación de origen riojano: los queridos <strong>Tirolés, Amillo, San Bernabé o Martínez Lacuest</strong>a, por citar tres casos, ya no están solos. Observe por ejemplo el improbable lector el caso del bebedizo alfareño recién bautizado como <strong>Chapeau Wines</strong>, ingeniosa denominación que garantiza por cierto un trago de excelente calidad. Cada día más solicitado.</p>
<p>Pero la almendra central de este viaje alrededor de la querida pócima, a quien en mi mocedad solía llamar <strong>Martini</strong> antes de conocer estos otros sabrosos mundos, tiene que ver con un descubrimiento. Una epifanía. En la calle <strong>Saturnino Ulargui,</strong> ya visitada en otras entradas, planta sus reales el bar llamado <strong>Vermutiki</strong> que, en efecto, dedica un sobresaliente espacio a la aclamada bebida, tan de moda. Si caí en su jurisdicción, lo confieso, fue porque observé que la jefa de todo esto (<strong>Ángela Albuixech</strong>) acaba de ganar el concurso regional de coctelería: su imagen en la contraportada del suplemento Degusta del pasado sábado captó mi atención. Una dama sobresaliendo en un mundo de hombres merece mis respetos de saque. Si además acredita maestría en el difícil arte del combinado, con más motivo. Y si defiende un local consagrado al universo vermutero, ya estaba tardando en acodarme en su barra y disfrutar del aperitivo.</p>
<p>Lo que encontré satisfizo ampliamente mis expectativas. Ángela recibe en un bar en perfecto estado de revista, que ha conocido otras encarnaciones, fugaces muchas de ellas. De momento, convirtiendo ese espacio en un negocio dedicado (casi) exclusivamente al vermú, tiene ganada a su clientela, que se arracimaba degustando las<strong> 80 referencias</strong> que dedica al estupendo brebaje. Una elevada porción de la estantería se destina a las marcas locales: me pareció que estaban todas las que son, incluido por cierto la mencionada Chapeau Wines, en sus diferentes versiones. Cuya pujanza por cierto reconoció Ángela: “Ese vermú se vende ya solo”.</p>
<p>El resto de su oferta tiene carácter global: puede el incondicional del vermú recorrer <strong>España</strong> <strong>entera</strong> saltando de una autonomía a otra y sabrá que en cada una encontrará unas cuantas referencias vernáculas de elevada calidad. Que además coinciden en un elemento central, que dota su ingesta de un atractivo adicional: el cliente puede degustar su vermú favorito solo o formando parte de alguna sutil combinación. Es el caso del que tuve el inmenso placer de saborear: <strong>Fernando de Castilla</strong>. Alumbrado en una castiza casa jerezana, desprende un no sé qué (o un qué sé yo) que convierte su degustación en una delicia para los sentidos. Ángela me animó a disfrutar de esa delicia mezclada con un<strong> palo cortado</strong>, pero decliné: quise iniciarme en ese placer paladeando la bebida original, sin otros aditivos. Otro día será.</p>
<p>Porque prometo volver. Porque tengo pendiente esa especie de<strong> Vuelta Vermutera a España</strong> que insinuaba en el párrafo anterior. Y porque además Ángela me pareció encarnar a ese tipo de nuevos profesionales que honran el oficio con un entusiasmo superior al de generaciones precedentes. Se nota en los detalles (el mimo con que prepara el vaso, por ejemplo) y se nota en el discurso de fondo. Me dijo mientras entretenía la espera que ya está preparando su participación en la final del <strong>campeonato de España de coctelería</strong>, donde representará a <strong>La Rioja</strong>: aunque está convocado en noviembre, Ángela ya tiene alguna idea bullendo a su alrededor. “Hay que estudiar, porque para todo en la vida hay que estudiar”, subrayaba.</p>
<p>Le di la razón. En este mundo de feroz competencia en el sector hostelero, sus actores tienen que ofrecer algo distinto cada día en cada barra. Profesionalidad, sentido del oficio, atenciones a los clientes, gusto por los detalles, vocación innovadora&#8230; No sirven sólo los buenos productos: cada día les pedimos algo más a nuestros bares de confianza. Que acierten por ejemplo en una <strong>oferta diversa</strong>. Que se conviertan en una tentación. Lo que esta hermosa vermutería está consiguiendo: que entren ganas de dejarse caer por Vermutiki y dejar que la hechicera Ángela rellene un cáliz con alguna de esas coquetas botellas. Que haga magia: lo que siempre hemos reclamado en nuestros bares favoritos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/07/Sastreria-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1121" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/07/Sastreria-1-225x300.jpg" alt="Bar madrileño La Sastrería" width="225" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/07/Sastreria-1-225x300.jpg 225w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/07/Sastreria-1-768x1024.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/07/Sastreria-1.jpg 1200w" sizes="(max-width: 225px) 100vw, 225px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P. D. Lo prometido: los fans del vermú que un día de éstos visiten Madrid pueden muy bien satisfacer su devoción por tan proteica bebida visitado <strong>La Sastrería,</strong> en <strong>Bretón de los Herreros casi esquina a Ponzano</strong>: esa zona de bares tan estimulante que ya ha aparecido aquí alguna vez. Es una apertura reciente: se instala precisamente en el breve local ocupado anteriormente por, en efecto, una sastrería. Sus ideólogos han tenido la buena idea de respetar el encantador mobiliario vintage, han especializado su bar en la ingesta de vermús (grifos incluidos) y proponen también su particular Vuelta Vermutera a España, con La Rioja representada por el estupendo Martínez Lacuesta. Cuando llega cada nuevo cliente, le ofrecen en unos vasitos una degustación. Y si quieren acompañar la ingesta con algún bocado, proponen una sugerente batería de pinchos formato banderilla, tan jugosos como ingeniosos. Recomiendo la mesita del fondo. se pueden cortar unos cuantos trajes mientras se saborea alguna de su abrumadora paleta de referencias y entonando conmigo este salmo: aleluya, aleluya, el vermú ha resucitado.</p>
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		<title>Vermú, el retorno</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Apr 2017 11:04:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hace alguna década, cuentan los asiduos de las rondas por la <strong>calle</strong> <strong>Somosierra</strong> y alrededores (es decir, territorio <strong>Balsamaiso</strong>) que empezó a frecuentar los bares de rigor un simpático caballero llegado de allende los mares. Se trataba de uno de los primeros logroñeses procedentes de la lejana África, que se ganó el favor de sus vecinos no sólo por su extremada educación y bonhomía, que todavía derrocha, sino porque implantó entre ellos una costumbre que los más veteranos del barrio siguen sin olvidar: a la hora del <strong>vermú</strong>, se pedía sólo media dosis. Así podía prolongar sus andanzas durante el aperitivo sin miedo a que le atrapara el sopor que tantas veces nos invade si exageramos la ingesta de tan delicioso néctar. Un hábito que luego ha ido conquistando a los parroquianos conspicuos: yo también recuerdo alucinado los días en que era usual tomarse el vermú sin racionarlo. Y también me pregunto cómo aguantábamos en pie. Cómo resistimos hasta la llegada del querido &#8216;<strong>marianito</strong>&#8216; trasegando vasazos y más vasazos de generosa medida, ahítos de <strong>Martini</strong> y resto de la cofradía vermuteril. De modo que su encarnación en formato mini en la mentada zona de Somosierra se denominó siempre &#8216;<strong>Bienve</strong>&#8216;, en honor a su autor, de nombre <strong>Bienvenido</strong>. Ante quien me quito el sombrero.</p>
<p>Fin de la regresión. Que venía a cuento porque el improbable lector ya se habrá percatado de que el vermú, amigos, ha vuelto. Volvió hace años y aquí dimos cumplida noticia. Volvió sobre todo en su versión contenida, es decir, ese vaso corto donde la pócima magnífica se sirve ahora según marcan tendencia los <em><strong>influencers</strong></em> de semejante práctica, lo cual tiene sentido porque permite por lo tanto alargar el rito del aperitivo hasta donde sea menester. La hora de la cena, por ejemplo. Lo cual nos alegra desde luego a los incondicionales de la familia Martini y resto de referencias: quien esto escribe recuerda la botella presente siempre en el <strong>minibar</strong> <strong>familiar</strong>, acompañada de su inseparable amiga en aquellos tiempos fundacionales. Me refiero a la botella de sifón. Y no olvido el glorioso día en que conocí a su hermano pequeño, el vermú blanco, tarifado a sólo ochenta calas (primeros 80) en aquel añorado <strong>Amalís</strong> de <strong>Ciriaco Garrido</strong>, que luego ha conocido tantas declinaciones.</p>
<p>No, no olvido tampoco que por esa época me decantaba igualmente por el vermú para las correrías nocturnas, añadiendo a su versión blanca un toque de soda que me hacía creerme James Bond. Aquel trago agitado, no batido, garantizaba desde luego noches igual de agitadas y resacas muy acabadas. De modo que se entenderá la devoción profesada a tan rico bebedizo, que por supuesto también he catado en su <strong>versión cenicerense</strong>: el llamado <strong>Pascali</strong>, vermú autóctono nacido en las entrañas de la familia Pascual, estupendo por cierto si se toma como aconsejan sus ideólogos, es decir, frío. Casi helado. Y con el tiempo, desde luego, he ido saboreando otras manifestaciones de ese rico catálogo donde hoy proliferan marcas mil, oriundas algunas de exóticas procedencias, aunque inclinándome siempre que puedo por las más cercanas. Porque tengo puestas mis preferencias no sólo en el mencionado Pascali, sino en el jarrero <strong>Martínez</strong> <strong>Lacuesta</strong>: el reserva que elabora la benemérita <strong>bodega de Haro</strong> me parece una cumbre del vermú nacional. Tampoco le hago ascos al pequeño de la familia riojana, ese <strong>San Bernabé</strong> tan perfumado y tan rico. Rico, rico.</p>
<p>Vermús de grifo madrileños, vermús con denominación de origen, vermús en la abrumadora oferta de botellas y preparaciones que distingue por ejemplo al <strong>Barrio Bar</strong>, local que ha aparecido aquí alguna que otra vez y donde aconsejo probar su sabroso preparado, que en efecto se prepara con delicadeza y sentido del oficio. Vermús por tierra, mar y aire: desde Aragón y otros confines del solar patrio me allegan noticias abundantes sobre cómo por allí acampa asimismo esta moda&#8230; condenada como todas a lo que ya sabemos, a quedar cualquier siglo de éstos sepultada por la siguiente tendencia. Aunque mientras amanece ese día, podemos acompañar la espera abandonándonos al sugestivo mundo del vermú, el <strong>rito dominical</strong> por excelencia que ahora se extiende durante todo el fin de semana: ese universo que para muchos empieza ya el viernes, privilegiados miembros del mercado laboral que desconocen qué significa trabajar en sábado o prolongar los horarios hasta entrada la noche&#8230;</p>
<p>Fin de la segunda digresión. Regreso sobre mis pasos, al benéfico mundo vermutero que le tendrá ganado a cualquiera para la causa aunque sólo fuera para rendirse ante el ingenio popular, capaz de bautizar con la voz &#8216;marianito&#8217; ese modelo corto del Martini. Admirable destreza verbal, de dimensiones parecidas a las que acreditaron quienes alumbraron esta pócima bendita: sombrerazo ante quienes idearon la versión primigenia, mezclando hierbas y más hierbas, los frutos que salían a su paso porque se extrujaron el magín hasta dar con la fórmula que nos legaron a sus predecesores para que nos entreguemos al hábito de estirar el aperitivo hasta la hora de cenar. Si hay alguien por ahí interesado, que sepa que según una fuente de autoridad tan prestigiosa como el llamado <strong>Museo del <a title="http://www.museudelvermut.com/es/exposicion/vermut/" href="http://www.museudelvermut.com/es/exposicion/vermut/" target="_blank">Vermú</a> </strong>(restaurante así llamado y alojado en Reus, localidad tarraconense de ejemplar contribución al mundillo vermutero) el primer referente histórico se localizó en 1549, “cuando Constantino Cesare De Notevoli, en su obra Ammaestramenti dell’agricoltura, nos habla de una receta de vino con absenta que tenía fines terapéuticos y curativas”.</p>
<p>Así que con el vermú topamos, en efecto, hace casi 500 años. Palabra que por cierto yo siempre prefiero escribir sin la letra final, esa te tan traviesa que se atraganta frecuentemente. Y por supuesto que sin la w doble de la voz original, un invento al parecer alemán que contribuyó a popularizarse entre nosotros desde que se extendió la mentada costumbre del formato pequeño, el querido &#8216;marianito&#8217; que por <strong>Bilbao</strong> aseguran que se descubrió allí. Lo cual no me parece mal: es una plaza donde se rinde tributo desde antaño al cortés hábito del aperitivo y en consecuencia se tiene entronizado al amigo vermú. Que, como los bilbaínos, puede nacer donde le plazca.</p>
<p>P.D. Otras fuentes de autoridad atribuyen la autoría del vermú nada menos que a <strong>Hipócrates</strong>, el griego famoso por su juramento. Se trataría por lo tanto de una bebida medicinal, una hipótesis contra la que nada tengo. Y no estoy solo en semejante devoción: observando la otra mañana la pizarra donde despliega su oferta el mentado Barrio Bar corroboré que el vermú, en efecto, ha retornado y aventuré que se quedará largo tiempo entre nosotros. Aunque sólo sea porque admite tantas combinaciones como quepan en los ingeniosos caletres de nuestros camareros favoritos, capaces de extender la magia de semejante trago en distintos formatos y preparaciones: quien no haya disfrutado todavía del célebre <strong>Aperol Spritz</strong> o del bienamado <strong>Negroni</strong>, tan propio del aperitivo milanés, ya sabe: esa es su casa.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Preparados para el vermú</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Nov 2015 10:46:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/11/cuatro.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-570" title="Sirviendo vermú en el bar Cuatro de Logroño. Foto de Juan Marín" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/11/cuatro.jpg" alt="Sirviendo vermú en el bar Cuatro de Logroño. Foto de Juan Marín" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/11/cuatro.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/11/cuatro-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Confieso que he bebido. Confieso que he bebido <strong>vermú</strong>. <strong>Martini</strong> rojo, Martini Blanco. <strong>Tirolés</strong> solo y en compañía de moscatel, resaca inolvidable (tan inolvidable que se me ha olvidado). Confieso que he bebido vermú Martini solo o con sifón (vale también la soda, que mezclaba fetén con el Martini blanco). Vermú <strong>Martínez Lacuesta</strong>, cuya versión reserva me parece la cumbre para cualquier aficionado a este bebedizo que ha aparecido por este blog alguna vez y a cuya esencia regreso ahora en que se ha vuelto a poner de moda.</p>
<p>Tal vez, porque nunca se había ido. No, el amigo vermú nunca nos ha abandonado pero, como tantas otras pócimas, encierra algún misterio, según el cual habita entre nosotros, nos hace compañía y de repente se sumerge en las brumas del recuerdo, reaparece convertido en tendencia, regresa de nuevo al anonimato&#8230; de donde lo rescata ahora una nueva generación de parroquianos adictos a su capacidad de alargar<strong> la hora del aperitivo</strong> hasta ese momento tan especial en que parece imposible volver a casa. Se llama magia. La tertulia se alarga, los tragos se van empalmando (con perdón) y el almuerzo se convierte en otra cosa, algo más grato, algo inexistente.</p>
<p>Porque el vermú es especial. Tan especial que resulta raro tropezar con alguno de sus aficionados entregándose a perpetuar su devoción a otra hora que no sea la arriba citada, ese tramo impreciso que precede a la hora de comer. Al único que recuerdo tomando vermú de noche es a quien firma estas líneas. Pero esa es otra historia. La que nos ocupa tiene que ver con la reaparición de ese líquido rojizo (más frecuente que el hermano menor, el blanquito: como en Blancanieves) en forma de tendencia en ciertos <strong>bares de Logroño</strong>. En todos se sirve, por supuesto: pero la novedad reside (según creo) en que el vermú se exhibe como bandera. Mejor dicho, como banderín de enganche al potencial cliente: aquí adoramos a Don Martini y sus colegas parecen decirnos esos locales donde la oferta de vermú, en efecto, ocupa un ancho espacio en la barra y a gritos mudos corean su mercancía para delicia de quienes tienen puestas en el vermú sus preferencias.</p>
<p>Así sucede en el bar denominado <strong>Cuatro</strong>, todavía de reciente apertura (en la imagen, cortesía de Juan Marín). Emplazado en el <strong>Espolón</strong>, dispone de una abundante oferta donde prevalece el mentado Martínez Lacuesta, natural de <strong>Haro</strong>; así ocurre también en el <strong>Barrio Bar</strong>, que mereció aquí unas líneas meses atrás. En el local de <strong>Menéndez Pelayo</strong> predomina la marca bautizada en <strong>Cenicero</strong> como Tirolés, acunada en la bodega de <strong>Valentín Pascual</strong>. Ambos aparecen por cierto en otros bares de la ciudad, de donde se deduce que no sólo de Martini vive nuestro universo vermutero y que un poco de chauvinismo no le hace mal a nadie&#8230; sobre todo si la recompensa es un trago de tan estupendas bebidas. En el Barrio lo sirven bajo el nombre de preparado, mezcla cuyos ingredientes desconozco pero cuyo resultado me resulta admirable: el que prueba, según compruebo, repite.</p>
<p>De modo que gloria al vermú. Ojalá que esta sea la última resurrección. Quiere decirse que ojalá el vermú haya llegado aquí para quedarse, sobre todo si sirve esta moda actual para que se divulguen mejor las mencionadas marcas riojanas que compiten con hidalguía en el mercado que una vez vimos monpolizado o casi por los italianos. Y gloria al vermú porque pocos brebajes pueden presumir de haber alumbrado a un hermano menor que haya acabado por conquistar tanta fama y relevancia que el mayor: me refiero al <strong>marianito</strong>, ingeniosa palabreja que es al vermú lo que el corto a la caña. Quién nos iba a decir cuando empezamos a frecuentar al amigo marianito que llegaría tan lejos. Nada menos que a <strong>La Moncloa</strong>.</p>
<p>P.D. Entre las marcas citadas arriba no figura otra tan ocurrente como la llamada <strong>Maritrini</strong>. La primera vez que mis ojos tropezaron con tal rótulo dominando una botella casi idéntica en formato, logo y resto de diseño de marca fue allá en el 1983, en la cantina del cuartel: miraba el vermú una y otra vez y una y otra vez mis ojos se resistían a interiorizar la tal palabreja. Pensaba entonces que había bebido más Maritrini de la cuenta y de ahí el baile de letras; luego fui encontrándome con el amigo Maritrini en otras andanzas más cerca de casa y supe que no era el único testigo de semejante alucinación. Se me solía aparecer de madrugada, en compañía de otras amigas suyas igual de desconcertantes (la ginebra <strong>Lirios</strong>, el ron <strong>Bacarlí</strong>) y supe resistir a sus encantos parapetándome detrás del original: fundada en <strong>Turín</strong> en 1863, la casa madre de los Martini merece el reconocimiento que desde aquí le rindo&#8230; sin olvidarme de los queridos vermús riojanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El aperitivo no estaba muerto</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Mar 2013 10:58:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/pachuquito.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-104" title="Pachuquito o pelayito: la tapa gloriosa reaparecida." src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/pachuquito.jpg" alt="Pachuquito o pelayito: la tapa gloriosa reaparecida." width="600" height="455" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/pachuquito.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/pachuquito-300x228.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Mis disculpas. En una de mis primeras entradas me apresuré a certificar la defunción del <strong><a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2012/12/03/llanto-por-el-vermu-desaparecido/" target="_blank">aperitivo dominical</a></strong> y ahora compruebo que no: que me precipité. Lo que había desaparecido era en realidad su versión masiva, aquellos<strong> vermús multitudinarios</strong> cuyo recuerdo comprobé que compartía al menos un par de generaciones de <strong>logroñeses</strong>. Recientes exploraciones me permiten concluir que tan civilizada costumbre se mantiene hoy en algún rincón de nuestra ciudad. Por no hablar de la provincia: el vermú en cualquier municipio riojano conserva incluso su añejo aire religioso, que exige una feligresía ávida de su <strong>ingesta</strong>, como si fuera el mandamiento número once.</p>
<p>En <strong>Logroño </strong>se impone sin embargo ir por partes, como le gustaba al amigo Jack. El puro centro sigue siendo un desierto, excepción hecha del entorno de <strong>avenida de Portugal</strong>, muy frecuentado por reputados (con perdón) miembros de esta casa que nos aloja y dotado de mayor atractivo en cuanto reabra el <strong>Malasaña </strong>según manda la tradición de los camareros fotógrafos. Me consta porque exploré esa ruta personalmente que alrededor de <strong>República Argentina</strong> se forma un ambiente con bastante bullicio, porque incluye los legendarios <strong>tigres del Cinco Pesos</strong> y porque se nutre de las huestes diseminadas por <strong>Menéndez Pelayo, Huesca y Somosierra</strong>, incluido el bar del <strong>parque Gallarza</strong>. Precisamente en esta ruta dominical tropecé con una emocionante reaparición: la del ‘<strong>pachuquito</strong>’, tapa incluida dentro de la <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2012/11/05/que-lugares/" target="_blank">primera entrada de este <strong>blog</strong></a>. Un gentil corresponsal me había advertido de que en un establecimiento de Menéndez Pelayo, defendida su barra por un antiguo camarero del difunto<strong> Pachuca de Marqués de Vallejo</strong>, se despachaba todavía aquel glorioso pincho (huevo cocido rebozado con jamón y queso) y allí acudí a comprobarlo: en efecto, como atestigua la foto, ante mis ojos brotó el misterioso bocado, que me zampé con gran placer. Como si fuera la magdalena de Proust. Por cierto, el bar (y los bares vecinos) estaba lleno. Y por cierto: como el bar se llama <strong>Pelayo</strong>, su dueño tuvo la humorada de rebautizarlo ante mí como ‘<strong>pelayito</strong>’.</p>
<p>Por el contrario continúa vacío el otrora glorioso ‘<strong>tontódromo</strong>’ y continúa por razones que tienen que ver más con la sociología que con la hostelería: Logroño, ay, no es lo que era. Ha mudado su piel, vaya usted a saber si para mejorar. Me lo alertaba en este blog <strong>Paz Villar</strong>: el domingo nos pilla ahora alertagados, poco dispuestos a otra cosa que no sea pasear al perro, ir a por el pan y el periódico y volver a casa. Los más intrépidos honran esa institución tan riojana llamada segunda residencia y pare usted de contar porque ya me salen las cuentas: sólo se animan al aperitivo los más adictos de entre nosotros, solo los más comodones, aquellos que se apuntan a la ronda a cambio de que les caiga cerca de casa. De hecho, hay quien sale a tomar el vermú en chándal, hábito que aprovechamos a denunciar desde este púlpito: si se toma en chándal, eso ni es vermú ni es nada.</p>
<p>P.D. Gracias a un artículo en <strong>elpais </strong>de <strong>Mikel Iturriaga y Mónica Escudero</strong>, me acabo de enterar de unos cuantos secretos en torno al vermú. Una palabra de origen alemán (y yo que pensaba que venía de Italia, como el Martini) que distingue a una bebida con raíces en la Grecia clásica, introducida en España en el siglo XIX, cuya notoriedad social es todavía más reciente: tengo para mí que su repercusión se alcanza en la época el desarrollismo, vinculada a una emergente clase media que ya se podía permitir algún lujo (véase la familia Alcántara). Y con el vermú llegó la moda de incorporar una tapa para el aperitivo: así nacieron la <strong>bomba </strong>de la <strong>Cova Fumada</strong> barcelonesa, las <strong>bravas </strong>así bautizadas en <strong>Casa Pellizco de Madrid</strong> o mi favorita: la entrañable <strong>gilda</strong>, alumbrada en <strong>Casa Vallés de San Sebastián.<br />
</strong></p>
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		<title>Llanto por el vermú desaparecido</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Dec 2012 08:53:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-30" title="martini" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini.jpg" alt="" width="1200" height="812" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini.jpg 1200w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini-300x203.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini-768x520.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini-1024x693.jpg 1024w" sizes="(max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /></a></p>
<p>Allá por el 2006 publiqué en <strong>Diario LA RIOJA</strong> un artículo titulado ‘Vuelve el <a href="http://www.larioja.com/prensa/20061022/rioja_logrono/vuelve-tontodromo_20061022.html" target="_blank">Tontódromo</a>’  donde elucubraba sobre la reaparición de hordas adolescentes en el <strong>paseo de las Cien Tiendas</strong>. Ignoro si la recuperación de tal enclave como paso de paloma para los púberes logroñeses ha fraguado finalmente: lo que tengo seguro es que su recuperación como cabeza de puente para el <strong>vermú dominical</strong> sigue sin cuajar. Entre otras cosas, porque el vermú en general ha dimitido. Falleció años ha en Logroño, vaya usted a saber por qué. En aquel artículo me maliciaba si habría perecido a manos de Valdezcaray: la costumbre de visitar la estación de esquí riojana y sus gemelas pirenaicas despobló de potencial clientela aquellos bares del<strong> entorno de Jorge Vigón y Juan XIII</strong>, así como al resto del sector hostelero. También admito que los nuevos usos noctámbulos que imponen regresar a casa de amanecida quita encanto a eso de despertarse al mediodía y encaminarse hacia la barra favorita, de modo que <strong>Logroño</strong> parece un desierto a la hora del aperitivo cada domingo. Excuso comentar entre semana. Una pena.</p>
<p>Sobre todo, si se compara con las ciudades vecinas, donde tan civilizada costumbre se mantiene. Uno alarga la hora de volver a casa a por el almuerzo, picotea allí o allá, va saltando de tertulia en tertulia y pasa revista al censo logroñés. Así sucede, según he comprobado, en las vecinas <strong>Bilbao</strong> (ciudad de gran tamaño) o <strong>Soria</strong> (menos poblada). Pero en nuestras calles… Parece un imposible, porque los domingos ni siquiera están abiertos muchos bares. Cerrados gran parte de ellos, el paseo matutino acaba en la Estación Nostalgia. Nostalgia por aquel tiempo en que uno ni siquiera podía entrar en <strong>Cibeles</strong>: lo impedía una multitud acodada en la barra y otra de similar tamaño parapetada afuera en torno a la puerta. El vecino <strong>Torcuato</strong> presentaba el mismo llenazo de no hay billetes, de modo que la masa acudía  al <strong>Napoli</strong>… y más de lo mismo. El <strong>Porto Novo</strong>, parecido. El <strong>Amalis</strong>, otro tanto.</p>
<p>La ruta proseguía hacia la mentada Jorge Vigón con parada en <strong>Dickens</strong> (local enanísimo en la esquina con Juan XXIII que más tarde devino en bar de copas) y <strong>Wellington</strong>, como si estuviéramos en Londres. Era igualmente vano intentar tomarse un vino en <strong>Majari</strong>, por lo angosto del espacio y por el gentío que lo asaltaba. Más sencillo era ocupar un hueco en la larguísima barra del <strong>Drugstore</strong>, mi preferido de entre todos los citados, que contaba con la ventaja de pinchar música bastante decente… si Simple Minds te gustaba tan obsesivamente como a su dueño. La muchedumbre se diseminaba a la altura del <strong>Amazonas</strong> (con su coqueto reservado para ver la tele y jugar la partida) y, sobre todo, por Vivero, una barra muy chic así llamada por las piezas de marisco que ofrecía… pero que casi nadie se podía permitir.</p>
<p>El viaje acabó alcanzando a la aledaña <strong>avenida de Colón</strong> (<strong>Apolo, Tizona, Texas</strong>) hasta conquistar incluso la <strong>calle Villamediana</strong>, donde se emplazó la primera sede del <strong>Bodegón Andaluz</strong>: la ronda acababa por lo tanto con sabor a amontillado y aroma de aceitunas negras. Que intente alguien este próximo domingo una excursión semejante: acabará como yo, derramando una imaginaria lágrima por aquel rito desaparecido.</p>
<p>P.D. Me temo que desaparecida la costumbre del aperitivo, las ventas de vermú habrán declinado en consecuencia. Nada que ver con la época en que triunfaba el <strong>Martini</strong> y resto de productos de sello italiano (<strong>Campari, Cinzano</strong>: aquellas bebidas tenían nombre de ciclistas), con algún momento de auge francés: sí, también llegamos a sucumbir al <strong>Pastis</strong> y derivados. Ignorábamos entonces que La Rioja contaba con su propia contribución al célebre trago que siempre imaginamos originario de la soleada península: sí, el vermú también puede ser autóctono. Basta un recorrido por nuestros bares para confirmarlo: allí brotan los apellidos del cenicerense <strong>Pascali</strong> o del jarrero <strong>Lacuesta</strong>, en cuyo honor brindo esta entrada.</p>
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