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	<title>Logroño en sus baresVilla Iregua &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Nuestro hombre en la barra: Mere, camarero de camareros</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jun 2017 07:52:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hermenegildo García, <strong>Mere</strong> para el mundo. Hijo de Manolo y de Consuelo, nieto de Julia, «la de La Chatilla», sobrino de Amada, hermano de Manolo, Moisés y Enrique. Leyenda viva de Logroño, taurino indesmayable, fanático del frontón, eterno fumador de habanos («Me he llegado a fumar hasta nueve al día, apunta: Montecristo del tres, 898 o Fonseca del uno»), amigo de la buena mesa, inagotable conversador y mejorable contador de chistes. A quien el improbable lector recordará de cuando con apenas ocho añitos defendía ya la barra del negocio familiar en <strong>La Chatilla</strong> de Mercaderes. O de cuando, tres años después, estrenó con el resto de su progenie (su tío Lorenzo, asociado con el futbolista Zubillaga) el bar <strong>Bambi</strong> de la Laurel, fundado como marisquería y cafetería. Sí, ese es Mere: aquel crío que no olvidarán los logroñeses más veteranos, encargado de rellenar las botellas con vino de garrafón y otros menesteres menores en esa academia de camareros que fue la hostelería de su tiempo.</p>
<p>Sigamos su rastro, que Mere recita con su privilegiado memorión desde la barra (tapicería de cuero, filigrana de marquetería) que le hizo célebre en la ciudad donde nació hace 73 años. Logroñés castizo (mitad de Sagasta, mitad de la Mayor), se retiró hace tres años de esta taberna benemérita cuyo eslogan puede ser la frase que pronuncia silabeando mucho, como suele: «Si no has estado en mi bar, es que no has alternado mucho». Sentencia que uno acepta como la pulla que merece, mientras salva su deuda con la <strong>Taberna de Mere</strong> anotando el torrente de información que bombea a caudales. Un alud de datos, fechas y anécdotas imposible de resumir.</p>
<p>–Mere, necesitaría para ti un suplemento entero.<br />
–Pues pídelo, chico.</p>
<p>Risotada. Y continúa avanzando su biografía, que le lleva hasta la San Juan, en cuya travesía abre con trece añitos (ha leído usted bien: trece, sólo trece) el bar que le dio nombre. Ese <strong>Mere de la Travesía</strong> y sus inolvidables tortillas que facturaba su madre, bautizado con su nombre por ocurrencia de su abuelo Moisés, «que me quería mucho». De donde Mere saltaría a Torredembarra, junto con su colega Agustín Cañas para desempeñarse en e<strong>l hotel Costa Fina,</strong> nueva casilla de ese imaginario parchís hostelero que le devolvería luego a <strong>Logroño</strong>, empleado en la sala <strong>Ducal</strong> de Antonio Cendra bajo la dirección de otro mito de entonces, su encargado Óscar, a quien cubre de elogios: «Un campeón».</p>
<p>Pero tomemos un poco de aire. Mere llena unos vasos con <strong>clarete de San Asensio</strong> («De mi amigo Florentino, otro campeón»), sirve embutidos de Alejandro («También un campeón»: campeón es su palabra fetiche) y dispara sus recuerdos en dirección a su siguiente destino, la legendaria casa <strong>El Cocinero</strong> de Calvo Sotelo. Esa universidad donde se diplomó, bajo el magisterio de José María Sánchez, toda una saga de conocidos camareros entre quienes Mere destaca a Lorenzo Cañas. «Pon que es el mejor, un grande. Grande como profesional pero aún más grande como persona». Nueva cuenta en su rosario profesional: ahora vemos a Mere al frente del bar alojado en <strong>Villa Iregua</strong>, otra mítica barra que defendió con Agustín Cañas. Aquel chalecito de la carretera de Soria, propiedad de una familia bilbaína, los Toledo, engendró a una modélica generación de camareros a quienes Mere recuerda con un punto de emoción;la misma que regala cuando repasa la inacabable retahíla de clientes que se acodarían después en su propio local, puesto que con ellos ejecutaría un movimiento semejante al del flautista de Hamelín: los apellidos del Logroño de siempre (Adarraga, Quemada, Arzubialde y compañía) le acompañarían en su nueva odisea hacia Duquesa de la Victoria. Con los ojos cerrados, como si fuera un líder religioso. Un gurú. Año 1976. Bienvenidos a La Taberna de Mere.</p>
<p>Que había nacido como pub, al estilo de la moda entonces pujante, bajo la denominación de <strong>Peter&amp;John</strong>, nombre que abandonó por <strong>La Barca de Robinson</strong>, en honor al célebre local del final de la Gran Vía. Y llegados a este punto, nuestro hombre se acelera. Como un vendaval enumera los favores debidos a tantos amigos convertidos en clientes (¿O es al revés?), con quienes mantiene infinita deuda de gratitud. Alfredo Barquín y Julio Revuelta estrenan una lista muy prolija. Una especie de <strong>miniGotha logroñés de la época</strong>, que encabezan Cholo Eizaga, Francis Martínez Corbalán y Manel Reboiro. Y prosigue con «don Gabino», el llorado ejecutivo bancario que contó en sus últimos años con su butaca particular en este local: un asiento tapizado en azul que Mere hizo fabricar para que uno de sus parroquianos favoritos estuviera como en casa.</p>
<p>O mejor que en casa, puesto que ése es el secreto de nuestros bares predilectos. Que garanticen una atmósfera genuina, esa clase de ambiente que Mere aseguraba durante el largo tiempo en que estuvo al frente de este bar que hoy, ya clausurado, guarda una apariencia de museo. Donde el visitante tropieza todavía con un espíritu familiar, una presencia fantasmal pero cercana y grata. Tal vez porque si hablaran sus paredes, donde cuelgan las fotos de sus incondicionales, veríamos a la Niña Pastori charlar con Victoria Abril o Lolita Flores, a Arturo Fernández de cháchara con Curro Romero y una tertulia multitudinaria donde participarían El Viti, Arzak, Arguiñano, José Mari Manzanares, Titín, Francis Paniego, Niño de la Capea, Joaquín Cortés, Emilio Gutiérrez Caba («Hicimos la mili juntos»), Concha Velasco, Lucio, Palomo Linares y Pepe Blanco. Todos ellos, desde luego, unos campeones.</p>
<p>Como se deduce, Mere es un forofo del mundo del toro, lo cual le condenaba en la añeja <strong>feria de San Mateo</strong> a llevar los bolsillos desbordantes de encargos que repartía según la siguiente norma: «Al contado». Más carcajadas. Aunque alguna nube cruza su semblante. Mere se emociona si recuerda a su familia, empezando por su esposa. Y acuosa la retina, revisa el listado completo de clientes y amigos. O amigos y clientes: «Tú entrabas aquí y en una esquina veías a Miguel Ángel Baños y en la otra, a Pedro González Ripa». Más campeones: la cuadrilla de Luisja Rodríguez Moroy, la de Jaime García Calzada o la de Ignacio y resto de compañeros de Comercial Cantábrica&#8230; Los Chopera, el añorado Javier Echarri (¿Eso que asoma por sus ojos es una lagrimilla?), Eduardo Gómez («Otro fenómeno, ponlo, ponlo»), Manolo Montaña, Abundio Baños y resto de su prole, Pepe «el de Tebriz», Balta «el de Garel», Rosel, Cadiñanos, Dionisio Ruiz, su estanquero Julio, los Bezares, los Adarraga, Javier Pascual&#8230;</p>
<p>–¿Te dejas a alguien, Mere?<br />
–No sé&#8230; Pon a Emilio Carreras. Un campeón.</p>
<p>Anotado queda. El bochorno de junio azota <strong>la Glorieta</strong>. Como las puertas de la Taberna, también la libreta se cierra. Sus páginas contienen algo más que el relato de una vida: encierran una suerte de atlas histórico de Logroño. La ciudad que fue, un estilo de vida desaparecido. Cuando el coñá era el rey de las barras y las damas preferían tragos como Calisay o Cointreau. Cuando media docena de anises llevaban marca de origen riojano. Cuando Mere, de terno siempre impecable, agitaba en su coctelera<strong> un Manhattan, un Gin Fizz o un Americano</strong> y, animado por una copa de chinchón, acababa ciertas noches de farra bailando jotas con los clientes que abarrotaban el bar. Llenos casi diarios: la auténtica medida de su éxito. «Yo creo que venían por mí. Porque contaba chistes a punta pala».</p>
<p>Risotada final. Confesión.</p>
<p>– ¿Echas de menos el bar?<br />
– A veces. Y lo volvería a abrir. Pero sólo con la gente que quiero.</p>
<p>Hermenegildo García, Mere para el mundo. Camarero de camareros. Un fenómeno. Un grande. Un campeón.</p>
<p>P. D. Cuando se le pregunta a Mere, como es norma en esta sección, sobre sus bares favoritos (salvando el suyo) de Logroño, contesta con una variante propia de su personalidad: derivando la respuesta a otro sector vecino, el de la restauración. Así que en vez de bares, enumera sus restaurantes favoritos, una relación que inaugura El Cachetero, que era como su segundo hogar en su anterior encarnación, y que incluye al Egüés, Buenos Aires, Taberna de Herrerías y La Cocina de Ramón. Que aproveche. Y un par de bares ya difuntos: el añorado El Duque (&#8220;Pon que su dueño Sufi era mi amigo&#8221;) y el Robinson también desaparecido.</p>
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		<title>Logroño confidencial</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jan 2013 16:28:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[En busca del bar perfecto peregriné una vez por Logroño, tiempo ha, sin gran éxito. Por entonces ignoraba lo que luego he sabido: que ese Grial no existe. O más bien, que el bar perfecto es una suma de todos. De todos y cada uno de los bares de donde uno va rescatando algún detalle, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/3116178.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-60" title="Parcela de la carretera de Soria donde se alojaba Villa Iregua" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/3116178.jpg" alt="Parcela de la carretera de Soria donde se alojaba Villa Iregua" width="300" height="222" /></a><br />
En busca del bar perfecto peregriné una vez por <strong>Logroño</strong>, tiempo ha, sin gran éxito. Por entonces ignoraba lo que luego he sabido: que ese Grial no existe. O más bien, que el bar perfecto es una suma de todos. De todos y cada uno de los bares de donde uno va rescatando algún detalle, cierta atmósfera, un determinado ambiente… No tanto la garantía de un trago o un café bien preparado, o la intuición de un servicio ágil, eficaz y discreto. No tanto la esperanza de un interior construido con buen gusto ni la promesa de emboscarse en esa zona de sombra entre la barra y los veladores donde se ejecuta cada noche algún milagro. Lo que buscamos los adictos, me parece, en los garitos de confianza es algo inaprensible, inmaterial. Un espíritu. Un fantasma. A menudo, el recuerdo de una tarde feliz, una tertulia evocadora, una sonrisa amiga, un gesto cómplice, un destello de luz.</p>
<p>Yo sentí que había encontrado lo que buscaba una noche de sábado, cuando caí por casualidad en <strong>Villa Iregua</strong>. Aunque por entonces ya declinaba, el chalecito (hoy, un solar abandonado: qué pena) de la <strong>carretera de Soria</strong> albergaba aún los mejores banquetes de Logroño, con aquella cocina burguesa, estilo imperio, que empezó a quedarse un poco desfasada cuando de golpe nos volvimos todos tan modernos. Eso era Villa Iregua para mí: el escenario de las mejores galas capitalinas, el gran teatro de bodas para princesas logroñesas, el perfume de su célebre <strong>cóctel de champán</strong>, un trago hoy también superado por el tiempo. Ignoraba sin embargo que a un costado del edificio se cobijaba un bar, apenas una barra breve según la recuerdo, decorada con cierto buen gusto insólito por estos lares.</p>
<p>Allí me llevó el azar y allí me dejé conducir unas cuantas noches más. El ambiente era peculiar, por lo veterano de la clientela. Público eminentemente masculino, agolpado en improvisadas tertulias bien provistas del humo de los cigarrillos y los habanos, también adecuadamente regadas. En un espacio no demasiado amplio cabía sin embargo de todo,  medio Logroño, porque yo me las arreglé para procurarme un sitio con visión panorámica y, como el héroe de Dickens, dedicarme a mi pasatiempo favorito: convertirme por un rato en “humilde observador de la naturalaza humana”. En invierno, que fue cuando yo lo frecuenté, la función se iniciaba a esa hora confusa que los cronistas deportivos denominan tarde/noche. Los parroquianos más conspicuos se hacían fuertes alrededor de la barra y en una mesita aledaña alguna pareja entrada en años consumía un cigarrillo con la misma desgana con que atacaba la copa. En las chácharas vecinas parecía ventilarse algún negocio de postín, habida cuenta de que en él participaban esos caballeros que (benditos sean) a esa hora todavía vestían de traje. Al otro lado de la barra, un barman eficaz y taciturno iba a lo suyo, sin alardes, con esa eficacia de profesional antiguo que ya se ha glosado antes en este blog y que parece destinada a desaparecer de nuestros bares de confianza.</p>
<p>En fin, tal vez aquel bar no era para tanto y como tantos otros lo tengo idealizado. Tal vez sólo sucede que aquel tiempo en que clientela y camareros gastaban terno y corbata ya ha desaparecido. También han perdido su sentido bares como aquel, recoleto y noctívago, que atrapaba toda su esencia cuando se ponía el sol y ejercía de (posible) decorado como para una (imposible) peli de cine negro, con su breve aparcamiento de gravilla y esos tragos solitarios, que así lo parecían aunque se tomaran en grupo. De modo que hoy, cuando atravieso la carretera de Soria y veo anidar el polvo en la parcela que fue de Villa Iregua, pienso en su clientela fantasma, huérfana desde la demolición del chalecito. Huérfano Logroño también de un bar como aquel, tan idóneo para la confidencia.</p>
<p>P.D. Justo cuando la semana pasada empezaba a escribir estas líneas, tropecé con un artículo de <strong>Eduardo Gómez</strong> que despedía al gran Mere, camarero que fue de Villa Iregua. Os dejo el enlace de larioja.com, muy recomendable (http://www.larioja.com/v/20130108/rioja-logrono/adios-clasico-logrones-20130108.html)</p>
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