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	<title>Logroño en sus baresVivero &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Tizona, la tortilla que sabe a pasión</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Jun 2019 15:57:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>La tortilla del Tizona</strong> sabe a lo que saben todas las golosinas que ocupan su suculenta barra. Sabe a ilusión, a entusiasmo y pasión. Es un bocado excelente, fino y delicado, pero también sabroso. Pero llega adornado no sólo por un punto de ligero picante, sino por esa clase de complicidad forjada entre quienes defienden con sentido de la profesionalidad una barra y la clientela fiel, con quienes <strong>Carlos y Ana</strong> ejecutaron en su momento su particular desfile culinario de Hamelín: desde la cercana avenida de Colón, donde recogieron el testimonio también modélico de <strong>Jesús y Ana</strong> cuando éstos se jubilaron, se mudaron hasta <strong>Ciriaco Garrido</strong>. Tomaron bajo su tutela un bar que no terminaba de cuajar luego de varias encarnaciones, lo rebautizaron como el Tizona y se emplearon en hacer lo que mejor saben: desplegar un derroche de profesionalidad y sabiduría gastronómica, que han forjado una alianza de éxito en esta zona peatonal del centro de Logroño.</p>
<p>Y que además ven saludada su apuesta no sólo por el reconocimiento de su parroquia, sino también por los éxitos que jalonan su trayectoria. Sus triunfos en unos cuantos certámenes distinguen una trayectoria inquieta, como se puede apreciar traspasando su puerta o viajando por el éter. Sacar adelante un negocio hostelero exige esfuerzo, quién puede dudarlo. Pero cuando sus promotores se aplican con ingenio, compromiso y originalidad se sitúan en el carril correcto para culminar sus propósitos a entera satisfacción. Es el caso del Tizona. Y si además de sus cocinas siguen saliendo esas golosinas tan suculentas, se entenderá el estupendo aspecto de clientela que presenta su barra y las mesitas para los almuerzos y las cenas informales, <strong>terraza incluida.</strong></p>
<p>A este panorama tan fetén le acaba de nacer un aliado poderoso: el Tizona viene de ganar el concurso de tortillas que organiza <strong>Degusta La Rioja</strong> con elevadísimo impacto. Y con elevadísimas consecuencias: los fogones tienen ahora que multiplicarse para satisfacer el aumento de la demanda que el premio acarrea. Lo ganaron por cierto en la modalidad clásica; el premio reservado para las tortillas que añaden otros ingredientes viajó hasta <strong>Nájera</strong>, en la primera edición del concurso abierta a los bares de toda la región. El <strong>Virginia</strong>, ejemplar establecimiento ya destacado aquí unas cuantas veces y las que haga falta, se hizo con ese galardón. Habrá que volver por sus lares a catarla, aunque se supone que ya habrá notado la feliz repercusión que también experimentan en el Tizona. Valga un ejemplo: como explican Ana y Carlos, de una media de 7 tortillas a la semana, han pasado nada menos que a sumar 100 más. Ha leído bien el improbable lector: 100 más. <strong>Hasta un promedio semanal de 117</strong>. Lo cual explica un cartel que estos días se exhibe en su barra, donde alertan de que los pedidos deben hacerse con 24 horas de antelación y se anuncian ciertas normas para el funcionamiento fetén del resto de comandas. Las servidumbres del éxito, ya se sabe.</p>
<p>No se trata por otro lado de ninguna novedad, sino de un fenómeno semejante al experimentado por los ganadores en años precedentes. Seguro que es también el caso antedicho del Virginia najerino. Mientras llega el día de probar su tortilla ganadora, aquí va el resumen de mi experiencia con la del Tizona. Sobresaliente. A mi humilde juicio, llega a la mesa en su punto justo de textura: ni mazacote, ni convertida en papilla como es moda en otros bares. Dan ganas de pedirse otro pincho pero la operación bikini no lo permite. Prometo volver para indagar en su secreto, que en realidad no existe: el misterio, como sus propios hacedores confesaban hace unos días en las páginas de<strong> Diario LA RIOJA</strong>, consiste en que se emplean productos de primera calidad, una mano diestra en las sartenes y los otros intangibles antedichos. Es decir, una generosa dosis de ilusión, otro chorro similar de amor por el oficio, un punto de entusiasmo genuino y una pasión infinita. El resultado se puede adivinar. Desde luego, también se puede catar: una tortilla excelente. Y también se puede felicitar a sus responsables, mientras intentan superar el (dichoso) lío en que se han metido. Y dedicarles por ejemplo el mismo elogio con que abandoné el otro día su jurisdicción, con un sabor de boca inmejorable: (casi) mejor que la tortilla de <strong>La Concordia.</strong></p>
<p>P. D. Mencionar el Tizona es regresar en la memoria hacia los gratos años de los vermús dominicales y masivos en la zona de Jorge Vigón, vecina a la de avenida de Colón donde se alojaba el establecimiento original. Aquella ronda ha aparecido unas cuantas veces por este mismo espacio: pido disculpas por canso al improbable lector por repetir el querido itinerario: del <strong>Vivero</strong> era norma saltar a los tres bares cercanos, en la avenida aledaña. El Tizona, por supuesto. También el <strong>Texas</strong>, ya llegando hacia la calle <strong>Villamediana</strong>. Y cerca de <strong>Jorge Vigón</strong>, el único que aún se mantiene abierto aunque con otra denominación: el <strong>Apolo</strong>. También tuvo una larga y fecunda etapa el Tizona en sus años finales, bajo la dirección mencionada de Jesús y Ana, una garantía para el picoteo de fin de semana por la alta calidad de las cazuelas que despachaban sus fogones. Hoy, su puerta permanece cerrada. Pidiendo a gritos la resurrección que merece por tan buenos ratos pasados acodados a su barra o sentados en aquellas mesitas bajas donde se regalaba a la clientela una dosis gratis de gimnasia.</p>
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		<title>Llanto por el vermú desaparecido</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Dec 2012 08:53:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-30" title="martini" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini.jpg" alt="" width="1200" height="812" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini.jpg 1200w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini-300x203.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini-768x520.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini-1024x693.jpg 1024w" sizes="(max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /></a></p>
<p>Allá por el 2006 publiqué en <strong>Diario LA RIOJA</strong> un artículo titulado ‘Vuelve el <a href="http://www.larioja.com/prensa/20061022/rioja_logrono/vuelve-tontodromo_20061022.html" target="_blank">Tontódromo</a>’  donde elucubraba sobre la reaparición de hordas adolescentes en el <strong>paseo de las Cien Tiendas</strong>. Ignoro si la recuperación de tal enclave como paso de paloma para los púberes logroñeses ha fraguado finalmente: lo que tengo seguro es que su recuperación como cabeza de puente para el <strong>vermú dominical</strong> sigue sin cuajar. Entre otras cosas, porque el vermú en general ha dimitido. Falleció años ha en Logroño, vaya usted a saber por qué. En aquel artículo me maliciaba si habría perecido a manos de Valdezcaray: la costumbre de visitar la estación de esquí riojana y sus gemelas pirenaicas despobló de potencial clientela aquellos bares del<strong> entorno de Jorge Vigón y Juan XIII</strong>, así como al resto del sector hostelero. También admito que los nuevos usos noctámbulos que imponen regresar a casa de amanecida quita encanto a eso de despertarse al mediodía y encaminarse hacia la barra favorita, de modo que <strong>Logroño</strong> parece un desierto a la hora del aperitivo cada domingo. Excuso comentar entre semana. Una pena.</p>
<p>Sobre todo, si se compara con las ciudades vecinas, donde tan civilizada costumbre se mantiene. Uno alarga la hora de volver a casa a por el almuerzo, picotea allí o allá, va saltando de tertulia en tertulia y pasa revista al censo logroñés. Así sucede, según he comprobado, en las vecinas <strong>Bilbao</strong> (ciudad de gran tamaño) o <strong>Soria</strong> (menos poblada). Pero en nuestras calles… Parece un imposible, porque los domingos ni siquiera están abiertos muchos bares. Cerrados gran parte de ellos, el paseo matutino acaba en la Estación Nostalgia. Nostalgia por aquel tiempo en que uno ni siquiera podía entrar en <strong>Cibeles</strong>: lo impedía una multitud acodada en la barra y otra de similar tamaño parapetada afuera en torno a la puerta. El vecino <strong>Torcuato</strong> presentaba el mismo llenazo de no hay billetes, de modo que la masa acudía  al <strong>Napoli</strong>… y más de lo mismo. El <strong>Porto Novo</strong>, parecido. El <strong>Amalis</strong>, otro tanto.</p>
<p>La ruta proseguía hacia la mentada Jorge Vigón con parada en <strong>Dickens</strong> (local enanísimo en la esquina con Juan XXIII que más tarde devino en bar de copas) y <strong>Wellington</strong>, como si estuviéramos en Londres. Era igualmente vano intentar tomarse un vino en <strong>Majari</strong>, por lo angosto del espacio y por el gentío que lo asaltaba. Más sencillo era ocupar un hueco en la larguísima barra del <strong>Drugstore</strong>, mi preferido de entre todos los citados, que contaba con la ventaja de pinchar música bastante decente… si Simple Minds te gustaba tan obsesivamente como a su dueño. La muchedumbre se diseminaba a la altura del <strong>Amazonas</strong> (con su coqueto reservado para ver la tele y jugar la partida) y, sobre todo, por Vivero, una barra muy chic así llamada por las piezas de marisco que ofrecía… pero que casi nadie se podía permitir.</p>
<p>El viaje acabó alcanzando a la aledaña <strong>avenida de Colón</strong> (<strong>Apolo, Tizona, Texas</strong>) hasta conquistar incluso la <strong>calle Villamediana</strong>, donde se emplazó la primera sede del <strong>Bodegón Andaluz</strong>: la ronda acababa por lo tanto con sabor a amontillado y aroma de aceitunas negras. Que intente alguien este próximo domingo una excursión semejante: acabará como yo, derramando una imaginaria lágrima por aquel rito desaparecido.</p>
<p>P.D. Me temo que desaparecida la costumbre del aperitivo, las ventas de vermú habrán declinado en consecuencia. Nada que ver con la época en que triunfaba el <strong>Martini</strong> y resto de productos de sello italiano (<strong>Campari, Cinzano</strong>: aquellas bebidas tenían nombre de ciclistas), con algún momento de auge francés: sí, también llegamos a sucumbir al <strong>Pastis</strong> y derivados. Ignorábamos entonces que La Rioja contaba con su propia contribución al célebre trago que siempre imaginamos originario de la soleada península: sí, el vermú también puede ser autóctono. Basta un recorrido por nuestros bares para confirmarlo: allí brotan los apellidos del cenicerense <strong>Pascali</strong> o del jarrero <strong>Lacuesta</strong>, en cuyo honor brindo esta entrada.</p>
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