{"id":1085,"date":"2018-06-08T18:45:51","date_gmt":"2018-06-08T18:45:51","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=1085"},"modified":"2018-06-08T18:45:51","modified_gmt":"2018-06-08T18:45:51","slug":"oporto-en-sus-bares","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2018\/06\/08\/oporto-en-sus-bares\/","title":{"rendered":"Oporto en sus bares"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/bares-de-oporto.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-medium wp-image-1087\" src=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/bares-de-oporto-300x289.jpg\" alt=\"bares-de-oporto\" width=\"300\" height=\"289\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/bares-de-oporto-300x289.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/bares-de-oporto.jpg 600w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Le llaman la ciudad gris. El comentario se le escapa a una gu\u00eda que conduce a mi lado a una reata de turistas entre la <strong>Torre de los Cl\u00e9rigos<\/strong> y las vecinas iglesias carmelitas. Gris tiene en nuestro imaginario como hispanohablantes una condici\u00f3n peyorativa, como sin\u00f3nimo de mediocre, triste o sombr\u00edo. Pero este gris de <strong>Oporto<\/strong> es un gris distinto. Un gris azulado que parad\u00f3jicamente abrillanta nuestros pasos mientras deambulamos entre su adoquinado. La luz gris en la incierta hora del amanecer se derrama sobre el <strong>Duero<\/strong>, que ejerce como espejo y la devuelve corregida y aumentada, proyectando sus haces sobre la ciudad toda, cuyas bodegas al otro lado del r\u00edo ejercen igualmente como faros. Faros de luz gris, atonal, que proyectan su propia iluminaci\u00f3n sobre las barras conspicuas. Por ejemplo, los <strong>bares de vino<\/strong> (de vino de Oporto, claro) y los<strong> caf\u00e9s al estilo centroeuropeo<\/strong>: aunque esquinada a esta orilla atl\u00e1ntica del continente, la capital del Duero pertenece al linaje de las grandes ciudades europeas que entronizaron el caf\u00e9 como la acabada muestra de civilizaci\u00f3n que representa. As\u00ed que Oporto presume de ellos: esa tr\u00edada de locales memorables por donde el visitante se dispone a curiosear reci\u00e9n deshecha la maleta.<\/p>\n<p>Primera etapa, el <strong>Majestic<\/strong>. Imposible ingresar: el viajero, que anduvo por aqu\u00ed hace una d\u00e9cada cuando Oporto todav\u00eda no figuraba entre los destinos favoritos del turista (cuando el turismo tampoco era a\u00fan lo que hoy es: el monstruo que viene a visitarnos), recuerda aposentarse en sus veladores a ver pasar la vida. Opci\u00f3n descartada ahora cada vez que desfila ante sus puertas, porque hay que hacer fila. Fila largu\u00edsima y perenne. Una legi\u00f3n de clientes aguarda paciente turno frente a la bella filigrana modernista de su fachada y mira por entre los ventanales hacia el interior, a ver si hay suerte y alg\u00fan parroquiano deja su silla libre. De modo que el paseo prosigue hacia el vecino <strong>A Brasileira,<\/strong> otro bell\u00edsimo ejemplo de que otros bares eran posibles. Su acogedora decoraci\u00f3n art d\u00e9co justifica la presencia constante de turistas (s\u00ed, otra vez) fotografiando su entrada, pero aqu\u00ed dentro hay espacio de sobra: ejemplar servicio, tarifado a precios comedidos como en el resto de la ciudad y una idea de confort muy perfeccionada, como era norma anta\u00f1o en tantos bares semejantes.<\/p>\n<p>Tercera posta, el <strong>Guaran\u00ed<\/strong>. Tambi\u00e9n exhibe un encantador ambiente, una atm\u00f3sfera silente y gentil donde es incluso posible escuchar el silencio o asombrarnos con el eco de nuestras propias voces. De nuevo, un servicio de mod\u00e9lica profesionalidad, que despacha un caf\u00e9 y un cruas\u00e1n por apenas un par de euros (repito, dos euros: en Oporto se rigen por precios anteriores a la moneda \u00fanica) y y te regala adem\u00e1s unas estupendas vistas a trav\u00e9s de las cristaleras hacia la avenida Os Aliados, eje central de esta ciudad que a medida que avanza la ma\u00f1ana va desmintiendo el gris original. Triunfa el sol del mediod\u00eda: llega la hora de conocer el resto de la oferta que en materia de bares ofrecen estas calles color marengo.<\/p>\n<p>Que son bares de vinos, claro. En mi pobre experiencia, s\u00f3lo recuerdo un par de ciudades europeas que puedan competir en esta tipolog\u00eda con Oporto. Se trata de <strong>Burdeos<\/strong>, en cuyas calles tropieza el visitante a menudo con locales semejantes despachando el n\u00e9ctar bordel\u00e9s, y <strong>Reims<\/strong>, donde ocurre otro tanto con el champ\u00e1n. Son bares recoletos, que no precisan por lo tanto de grandes alharacas para sorprender al visitante con esas ambros\u00edas alumbradas Duero arriba y acunadas luego en las bodegas de la vecina <strong>Gaia<\/strong>, al otro lado del r\u00edo. Apenas unos metros cuadrados son suficientes para que duerman unas cuantas referencias de tanta calidad como diversidad, servidas en copas como manda Baco a cargo de camareros con un elevado sentido del oficio. Bares min\u00fasculos en alg\u00fan caso, de encantadora est\u00e9tica, diseminados por el ombligo de la ciudad para gloria del turista universal. Que completan la oferta propia de las mencionadas bodegas, donde el extranjero puede muy bien forjarse una idea de la riqueza vin\u00edcola que atesora este rinc\u00f3n de Portugal y llevarse algo de trabajo a casa: de regreso al hogar podr\u00e1 avanzar en su placentera indagaci\u00f3n no s\u00f3lo alrededor de los vinos dulces que han dado fama a los nativos sino estos otros tintos y blancos que forman una gozosa baraja de posibilidades para atrapar el alma del pa\u00eds a trav\u00e9s de un itinerario inigualable. A trav\u00e9s de sus vinos, por supuesto.<\/p>\n<p>Aunque no s\u00f3lo. En mi peregrinaje por la ciudad, ca\u00ed en la jurisdicci\u00f3n de dos propuestas hosteleras, bien singulares. Ambas forman parte del collage de fotos que ilustran estas l\u00edneas. Por un lado, el mercado de Matosinhos, barrio oce\u00e1nico dotado de alta personalidad, donde el cliente puede aprovechar para hacer la compra mientras disfruta de un trago en uno de los bares de su per\u00edmetro interior. Nada que no hayan visto mis ojos en otras esquinas de Espa\u00f1a pero que no termina de fraguar por Logro\u00f1o. Y dos, algo tambi\u00e9n mil veces visto: una terraza al borde del mar, cuya imagen tambi\u00e9n aparece ah\u00ed arriba. Pero esta es una terraza con valor a\u00f1adido: se sit\u00faa tambi\u00e9n en <strong>Matosinhos<\/strong> al lado de las famosas piscinas debidas del ingenio de uno de sus m\u00e1s prestigiosos vecinos, el multipremiado arquitecto <strong>\u00c1lvaro Siza<\/strong>. Unas piletas que surgen del contacto con la mar oc\u00e9ana, ese espect\u00e1culo que no termina nunca de cansar a quien naci\u00f3 tierra adentro. Que se imagina a s\u00ed mismo con facilitad gozando del paisaje apoltronado en una de estas butacas. Disfrutando de un <strong>tawny<\/strong> o un <strong>ruby<\/strong>. O de un cortadito, que aqu\u00ed llaman <strong>pingo<\/strong>, hermosa voz.<\/p>\n<p>Otras razones para regresar siempre a Oporto. Como la sorpresa que encontr\u00e9 en otro de mis paseos, que me sirve para cerrar esta entrada. El local llamado <strong>Miss<\/strong> <strong>Pavlova<\/strong>, coqueto caf\u00e9 alojado fuera de la mirada de los curiosos: al fondo de una tienda de regalos, bazar o lo que sea, ubicada al lado de Aliados. En la r\u00faa Almansa, este discreto caf\u00e9 camulflado ofrece (seg\u00fan dicen los reclamos)<strong> la mejor tarta de Oporto<\/strong>, de crujiente merengue y relleno de crema. Para dar con semejante golosina, se tiene que atravesar el comercio que la alberga: una especie de juego de mu\u00f1ecas rusas hosteleras. Un bar de sutil delicadeza, el atributo que resume las grandes virtudes de Oporto en sus bares: el discreto encanto de la hosteler\u00eda.<\/p>\n<p>P.D. Si llega de Logro\u00f1o, cliente de cualquier bar de Oporto se maravillar\u00e1 cuando se vea dominado por un placer antiguo, que antes no era tan extra\u00f1o en nuestros bares. <strong>El silencio<\/strong>. Uno se sentaba en su local predilecto y milagro: a\u00fan pod\u00eda escuchar su propia voz. Tambi\u00e9n la del compa\u00f1ero de barra, haza\u00f1a que hoy exige acabar medio af\u00f3nico. Ocurr\u00eda tal milagro antes de que irrumpiera en el servicio hostelero una generaci\u00f3n de camareros que hab\u00edan visto denegada su inclusi\u00f3n en la secci\u00f3n de metales de la Filarm\u00f3nica de Berl\u00edn. En venganza, se desparramaron a continuaci\u00f3n por nuestros bares favoritos, donde cada d\u00eda perpetran su propia fanfarria: ese estruendo de vajillas que chocan entre s\u00ed, el formidable estr\u00e9pito de la cristaler\u00eda, el ruido aparatoso de la cuberter\u00eda&#8230; Y el momento cumbre: cuando se vac\u00eda el lavavajillas, ese cl\u00edmax que har\u00eda tan feliz a Von Karajan y obliga en consecuencia a la parroquia a entenderse entre gritos, incapaz de escucharse a s\u00ed misma entre el barullo que forman tambi\u00e9n el alt\u00edsimo volumen de la televisi\u00f3n que casi nadie ve y la banda sonora que nadie ha pedido, m\u00fasica de ascensor que estropea el momento \u00edntimo que uno aspira a encontrar cuando le despachan un trago. Un trago y una dosis de silencio. Justo lo que todav\u00eda se encuentra en los caf\u00e9s de Oporto, en sus bares de vinos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Le llaman la ciudad gris. 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