{"id":1089,"date":"2018-06-15T10:24:49","date_gmt":"2018-06-15T10:24:49","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=1089"},"modified":"2018-06-15T10:24:49","modified_gmt":"2018-06-15T10:24:49","slug":"viva-la-gallega","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2018\/06\/15\/viva-la-gallega\/","title":{"rendered":"Viva La Gallega"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/gallega.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-medium wp-image-1090\" src=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/gallega-300x179.jpg\" alt=\"La Universidad y La Casita, en la Traves\u00eda de Laurel. Foto de Justo Rodr\u00edguez\" width=\"300\" height=\"179\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/gallega-300x179.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/gallega.jpg 600w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Hace alguna tarde me ocurri\u00f3 en un suceso memorable. Sentado en la mesa de una taberna gallega, ped\u00ed <strong>una jarra de Ribeiro,<\/strong> que la camarera alleg\u00f3 a mi mesa acompa\u00f1ada de unas peque\u00f1as tazas de cer\u00e1mica, donde deposit\u00f3 ese n\u00e9ctar. Sufr\u00ed una regresi\u00f3n de inmediato. Volv\u00ed a verme de chaval, acodado en la barra de cierto bar de la <strong>calle Laurel<\/strong> (su <strong>Traves\u00eda<\/strong>, m\u00e1s exactamente), atacando una p\u00f3cima similar en una vasija semejante. El bar se llamaba <strong>La Universidad<\/strong>. Y puesto que lo atend\u00eda una camarera gallega, ten\u00eda sentido atreverse con el Ribeiro de la casa, que entonces (antes de la globalizaci\u00f3n hostelera) todav\u00eda conservaba un punto ex\u00f3tico. Aquellas jarritas marrones se alojaron en mi hipot\u00e1lamo para los restos, por lo que observo. Y llevarse tantos a\u00f1os despu\u00e9s aquel bebedizo a los labios ten\u00eda algo de atreverse con el elixir de la juventud. Siento notificar que sin ning\u00fan \u00e9xito, improbable lector.<\/p>\n<p>D\u00edas despu\u00e9s, asist\u00ed a otro prodigio de este mismo linaje galaico-riojano, lo cual me convenci\u00f3 de que le deb\u00eda unas cuantas l\u00edneas a la a\u00f1orada dama. Cruc\u00e9 ante la puerta de uno de los bares que defiende su prole en esa esquina de nuestro itinerario favorito y observ\u00e9 su renovada fisonom\u00eda, dotada de un excelente gusto. La herencia de aquella extraordinaria mujer cuyo nombre (ay, lo siento) he olvidado se desdobla al menos para mi memoria en un par de barras medio vecinas en la calle Laurel, aunque yo siempre la recordar\u00e9 al frente del bar llamado La Universidad: la primera universidad con que cont\u00f3 <strong>Logro\u00f1o<\/strong>. Un tributo tal vez al remoto campus compostelano.<\/p>\n<p>La gallega (as\u00ed la llamamos: as\u00ed la seguir\u00e9 llamando) ofrec\u00eda no s\u00f3lo vino de Ribeiro y algunas golosinas que nuestros bolsillos adolescentes no se pod\u00edan permitir. Ofrec\u00eda sobre todo simpat\u00eda, el factor esencial que buscamos en nuestros camareros predilectos. Que ella regalaba en generosas dosis. Tambi\u00e9n nos despachaba con id\u00e9ntica prodigalidad algo que tambi\u00e9n busc\u00e1bamos, aunque sin saberlo. Comprensi\u00f3n. Escuchaba las cuitas de sus clientes m\u00e1s j\u00f3venes como si de verdad le interesaran. En aquellas confidencias que ella atend\u00eda gentil se sustanciaba la eterna angustia que procura la juventud, de la cual s\u00f3lo te enteras cuando has pasado a la siguiente etapa de tu vida. Algo de lo que ella tambi\u00e9n entend\u00eda: con mucha mano izquierda, la eterna sonrisa tan contagiosa como inolvidable, guiaba tus pasos hacia una suerte de espacio placebo. Que eso era su bar. Una universidad de cuanto la vida nos iba a ir ense\u00f1ando.<\/p>\n<p>As\u00ed la recuerdo hoy. Diligente, elegante, discreta. Una mujer muy atractiva, con su roja cabellera incendiada, flameando a lo largo de la breve barra. Una camarera mod\u00e9lica. Todav\u00eda por entonces <strong>(finales de los 70, primeros 80<\/strong>) era raro encontrarse por el coraz\u00f3n de Logro\u00f1o con un bar atendido por una mujer. Aquella extravagancia para la \u00e9poca se disolv\u00eda pronto en la atm\u00f3sfera de normalidad con que ella presid\u00eda su quehacer. Una estupenda profesional, de esas que ya no quedan apenas. Que sabe cu\u00e1ndo necesita su parroquiano alguna palabra o cu\u00e1ndo prefiere la discreci\u00f3n; en esos momentos, se manten\u00eda agazapada en un rinc\u00f3n, secando los vasitos de cer\u00e1mica. Hasta que volv\u00eda a sonre\u00edr iluminando el bar entero, lo cual sol\u00eda ocurrir cuando entraba una cuadrilla de <strong>alevines de chiquiteros<\/strong>. Le atra\u00eda la clientela m\u00e1s joven, un cari\u00f1o rec\u00edproco: La Universidad fue uno de los primeros bares donde quienes nos empezamos por entonces a afeitar no nos sent\u00edamos incomodados ni intimidados por la feligres\u00eda senior. Donde fuimos universitarios sin saberlo. Y sin saberlo adem\u00e1s nos dio clases una estupenda catedr\u00e1tica en los conocimientos que m\u00e1s necesit\u00e1bamos: los de la vida. Que luego seguimos aprendiendo en el bar abierto un poco m\u00e1s all\u00e1, <strong>La Casita<\/strong>.<\/p>\n<p>Aquella leyenda de la calle Laurel falleci\u00f3 prematuramente. Recuerdo poco de aquellos a\u00f1os, pero no olvido que un d\u00eda me estamp\u00f3 dos besos (uno en cada carrillo) en homenaje a un reportaje que acababa de publicar, protagonizado por una de sus hijas, entonces una precoz amazona que destacaba en el mundo de la h\u00edpica. Cosa que yo ignoraba mientras entrevistaba a la chiquilla. Brindamos con las tacitas de Ribeiro y me alej\u00e9 de su bar, que dej\u00e9 de frecuentar: tambi\u00e9n en nuestra conducta como parroquianos nos dejamos llevar por las modas. Las \u00faltimas veces que la entrev\u00ed desde la puerta ya no me recordaba tanto a la mujer que conoc\u00ed. Le costaba sonre\u00edr. Se\u00f1al de que ven\u00edan tiempos fatales, aunque en cierto sentido le acompa\u00f1\u00f3 la suerte que a muy pocos seres humanos distingue: tiene la fortuna de no ser olvidada. No creo equivocarme si concluyo estas l\u00edneas, mientras paseo de nuevo por este tramo de calle, que ese sentimiento que mantengo en fidelidad hacia ella por los buenos ratos compartidos ser\u00e1 una emoci\u00f3n com\u00fan para una generaci\u00f3n de logro\u00f1eses. Que no la olvidan. Para quienes <strong>nuestra querida gallega siempre estar\u00e1 viva.<\/strong><\/p>\n<p>P.D. Gracias a la <a href=\"http:\/\/www.callelaurel.org\/establecimientos\/casita\">web <\/a>de la calle Laurel me corrijo a m\u00ed mismo: s\u00ed, s\u00ed recuerdo c\u00f3mo se llamaba aquella camarera gallega. Se llamaba <strong>Mar\u00eda Luisa.<\/strong> En la web se anota que fund\u00f3 en <strong>1987<\/strong> La Casita con su marido, Jos\u00e9 Andr\u00e9s, y que su hija Esther se ocupa hoy de seguir los pasos familiares reci\u00e9n renovada la fisonom\u00eda del bar con una imagen muy de mi gusto, como ya he mencionado arriba. Tambi\u00e9n registra la misma web que <a href=\"http:\/\/www.callelaurel.org\/establecimientos\/pulperia-universidad\">La Universidad,<\/a> el bar fundacional bautizado con el paso del tiempo como pulper\u00eda, naci\u00f3 all\u00e1 en <strong>1978<\/strong>. Y que, en efecto, conserva sus tacitas de Ribeiro. Esa punzada madrile\u00f1a en mi coraz\u00f3n tan logro\u00f1\u00e9s que dispar\u00f3 estas l\u00edneas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Hace alguna tarde me ocurri\u00f3 en un suceso memorable. 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