{"id":1094,"date":"2018-06-23T09:52:06","date_gmt":"2018-06-23T09:52:06","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=1094"},"modified":"2018-06-23T09:52:06","modified_gmt":"2018-06-23T09:52:06","slug":"visite-nuestro-var","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2018\/06\/23\/visite-nuestro-var\/","title":{"rendered":"Visite nuestro VAR"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/tele.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-medium wp-image-1095\" src=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/tele-300x224.jpg\" alt=\"Aficionados logro\u00f1eses de la selecci\u00f3n viendo por la tele de un bar el Mundial de Sud\u00e1frica. Foto de Juan Mar\u00edn\" width=\"300\" height=\"224\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/tele-300x224.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2018\/06\/tele.jpg 600w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><em><strong>Uno<\/strong><\/em>. Bar <strong>Chacal<\/strong>, calle Ferm\u00edn Irigaray. Un discreto pasadizo entre avenida de La Paz (entonces dedicada al general innombrable) y Duquesa de la Victoria. 1979, final de la <strong>Recopa<\/strong>, torneo menor ya desaparecido. Me cuelo en el local acompa\u00f1ado de un compinche, fan\u00e1tico del Real Madrid. Que accede a seguir mis pasos con la esperanza de que nos dejen ver el partido por televisi\u00f3n, izada sobre la puerta. Fingimos m\u00e1s edad de la que tenemos (yo, casi un p\u00e1rvulo: 16 tacos), nos apoltronamos entre las parejitas que se meten mano en el piso superior y asistimos a una proeza jam\u00e1s vista por mis ojos: el <strong>Barcelona<\/strong> llev\u00e1ndose un t\u00edtulo europeo ante el Fortuna de Dusseldorf, un equipazo de leyenda que todo el mundo ha olvidado, comandado por los hermanos Allofs seg\u00fan recuerdo. El Bar\u00e7a, dirigido por Quim Rif\u00e9 (me encantaba ese nombre), se lleva la p\u00farpura en un partidazo del Lobo Carrasco, aquel mago que necesitaba un par de balones para \u00e9l solito. Euforia m\u00e1xima: un cl\u00edmax tan may\u00fasculo que nos vamos sin pagar. El due\u00f1o nos grita algo desde la esquina. Echamos a correr hacia avenida de Col\u00f3n: qu\u00e9 felicidad. <strong>Mi primer simpa<\/strong>.<\/p>\n<p><em><strong>Dos<\/strong><\/em>. Una noche de diciembre de 1983, una breve multitud transita por la calle <strong>Laurel<\/strong>. De vez en cuando, los chiquiteadores incondicionales de las infinitas rondas ingresan en alg\u00fan local que dispone de televisi\u00f3n, que todav\u00eda por entonces ten\u00eda algo de extravagante rareza. Mientras trasiegan aquellos trallazos de trillita llamados vinos de la casa, vigilan de refil\u00f3n el <strong>Espa\u00f1a-Malta.<\/strong> La proeza es imposible. Ganar por m\u00e1s de once goles es un prodigio que ni siquiera se cumple en el torneo de verano de <strong>Cantabria<\/strong>, referencia futbolera local de la \u00e9poca. Son los primeros 80 pero la Movida ni siquiera exist\u00eda (o no nos hab\u00edamos enterado de ella por casa, lo cual viene a ser lo mismo). Quiere decirse que la juventud contempor\u00e1nea todav\u00eda no gastaba la trenca de Adolfo Dom\u00ednguez, tan c\u00e9lebre: se llevaba m\u00e1s una especie de chambergo intitulado coreano, que nos proteg\u00eda de la intemperie entre bar y bar. El <strong>Donosti<\/strong>, por ejemplo, defendido entonces por Juanito y familia. Donde acabamos imantados ante la tele: los goles, oh maravilla, iban cayendo como las hojas en oto\u00f1o. Lo imposible parec\u00eda posible, que dir\u00eda Rajoy, a quien ya estamos echando de menos. Y lleg\u00f3, claro que lleg\u00f3. Lleg\u00f3 el gol de Se\u00f1or, el gol de Jos\u00e9 Angel de la Casa y el m\u00edo, en la porter\u00eda custodiada por el patr\u00f3n del Donosti. Porque con la euforia del <strong>12-1<\/strong>, media barra se fue sin pagar. A\u00fan siento remordimientos<\/p>\n<p><em><strong>Tres<\/strong><\/em>. Ese gol coreado por un gallo antol\u00f3gico que permanece en la memoria de una generaci\u00f3n abri\u00f3 la puerta a la Eurocopa&#8217;84 que segu\u00ed desde el bar m\u00e1s futbolero de Logro\u00f1o. El <strong>Negresco<\/strong>, alabado sea El Orejas. Sus pizarras, como las del <strong>Carabanchel<\/strong> cercano, marcaban los goles en cada divisi\u00f3n nacional con la misma puntualidad y eficacia que internet, ese invento cuyo creador tal vez se inspirase lejanamente en aquel carrusel de tiza. El local de <strong>Mart\u00ednez<\/strong> <strong>Zaporta<\/strong> garantizaba adem\u00e1s una frescura inigualable. Ideal para los partidos de la \u00faltimas tardes de primavera, cuando el calor empieza a apretar y se agradece que los \u00e1nimos se enfr\u00eden: lo propio de cuando jugaba la selecci\u00f3n de entonces, siempre tan tiritona. La guiaba el m\u00edtico <strong>Miguel Mu\u00f1oz<\/strong>, a quien atribu\u00edan aposentar sus posaderas sobre una flor que le acompa\u00f1\u00f3 hasta la final del torneo, que tuve la desgracia de visionar (entonces se empleaba mucho ese verbo) en la soledad del hogar familiar. No fue el caso de la fase de grupos: el Negresco fue mi hogar provisional hasta que una tarde, mientras conclu\u00eda no s\u00e9 qu\u00e9 partido, dej\u00e9 por unos segundos la silla, me acerqu\u00e9 a la barra a pedir algo y cuando regres\u00e9 a mi asiento, lo encontr\u00e9 ocupado por un tipo de aspecto patibulario, pionero en el arte del tatuaje, a falta de un par de afeitados y pinta de llevar encima mucha mili. Ah, bendita inconsciencia juvenil. Decid\u00ed plantarle la cara y rogarle educadamente que se levantara, mientras la selecci\u00f3n sesteaba por la tele. Un silencio glacial inund\u00f3 el bar. El caballero me mir\u00f3 como si estuviera ante un extraterrestre, se puso de pie hinchando el plexo tor\u00e1cico y acercando mucho, mucho, mucho (pero que mucho) sus ojos a los m\u00edos me respondi\u00f3 que no le daba la gana. Ten\u00eda intenci\u00f3n de plantarle la cara (s\u00ed, de nuevo la bendita inconsciencia juvenil) cuando el amigo <strong>Luis Santos<\/strong> se me acerc\u00f3. Me tom\u00f3 por el brazo y me condujo a la salida. Protest\u00e9. Le dije que no hab\u00eda pagado la consumici\u00f3n pero no me hizo caso. &#8220;Anda, vete para casa, hijo&#8221;. Y me fui sin pagar. Yo empezaba a ver una pauta en todo eso.<\/p>\n<p><em><strong>Cuatro<\/strong><\/em>. Mundial de M\u00e9xico de 1986, gran acontecimiento: llegan a Espa\u00f1a las pantallas gigantes. El <strong>Kaiser<\/strong>, legendario local al que dediqu\u00e9 ya alguna entrada hace tiempo, luce la primera que dispuso un bar de Logro\u00f1o. La noticia corre como la p\u00f3lvora entre los veintea\u00f1eros locales, que ni siquiera sab\u00edan de la existencia de esa calle (Labradores) y mucho menos de una barra con semejante nombre. Tambi\u00e9n lo desconoc\u00edamos todo sobre su plato estrella, la hamburguesa, que nos sonaba demasiado yanqui cuando a\u00fan comet\u00edamos la tonter\u00eda de adorar al Che, enfermedad de la que alg\u00fan compa\u00f1ero de quinta sigue sin curarse. La selecci\u00f3n nacional va avanzando hasta la orilla final donde sol\u00eda morir, pero ese triste ep\u00edlogo todav\u00eda lo ignor\u00e1bamos mientras asist\u00edamos a esas haza\u00f1as en tama\u00f1o <em>king size<\/em> que procuraba aquel megapantall\u00f3n donde vimos los cuatro goles de Butrague\u00f1o en Quer\u00e9taro y la pifia de Eloy ante B\u00e9lgica, el penalti fallado que nos devolvi\u00f3 a la realidad. Y que tambi\u00e9n nos devolvi\u00f3 a casa. Y que a m\u00ed me devolvi\u00f3 a la vida cotidiana: la humilde pantallita en blanco y negro del <strong>T\u00edvoli<\/strong>, donde vi la mano de Dios de Maradona y el golazo que precedi\u00f3 al de Messi ante el Getafe anotado esta vez para superar a los belgas y llegar a la final, que seguir desde la terraza de Bret\u00f3n de los Herreros, tan querida. De donde era por cierto muy frecuente irse sin pagar: no fue mi caso. Me hac\u00eda mayor y renegaba de la tradici\u00f3n. Aunque siempre me pregunt\u00e9 qui\u00e9n se ocup\u00f3 de pagar las cervezas el d\u00eda que desalojamos el Kaiser tras doblar la rodilla ante<strong> el guardameta Pfaff y resto de diablos rojos<\/strong>. Creo que ese no fui yo.<\/p>\n<p><em><strong>Y cinco<\/strong><\/em>. En 1981, hab\u00eda asistido a un prodigio. El <strong>Amazonas<\/strong>, bar de Jorge Vig\u00f3n que contaba al fondo con una salita donde se jugaba a las cartas y de vez en cuando se ve\u00eda la tele, fue el lugar elegido para deleitarme con la primera final de Copa de Europa que vi disputar al Real Madrid. S\u00ed, el de <strong>Florentino<\/strong>, cuyo reino ya se sabe que no es de este mundo sino gal\u00e1ctico. El mundo propio de los seres superiores. S\u00ed, fue fant\u00e1stico: era el \u00fanico de toda la concurrencia que quer\u00eda que ganara el <strong>Liverpool<\/strong>, lo cual me hac\u00eda ya entonces sentirme un mal espa\u00f1ol. Gozo doble, por lo tanto: ah, la irreverencia adolescente, cu\u00e1nto la a\u00f1oro. El partido fue un tost\u00f3n. Tan aburrido que s\u00f3lo recuerdo de aquella noche el cl\u00edmax. Enfilaba la recta final cuando un tuercebotas llamado <strong>Alan Kennedy<\/strong>, lateral izquierdo de mis adorados <em>Reds<\/em>, at\u00f3 la pelota a la puntera, camin\u00f3 con ella hacia la porter\u00eda y chut\u00f3 con tal punter\u00eda que obr\u00f3 el maravilloso milagro de silenciar a la cuadrilla de beodos adoradores del club merengue que me acompa\u00f1aban. Yo hab\u00eda quedado para ver el partido en otro bar que no recuerdo, pero me confund\u00ed de sitio. Para cuando observ\u00e9 que ning\u00fan amigo me acompa\u00f1aba, estaba ya demasiado absorto viendo a toda aquella parroquia exultante porque se ve\u00eda segura de la victoria madridista y pens\u00e9 la maldad siguiente: no quiero perderme qu\u00e9 sucede si la Copa viaja a Liverpool. Que fue lo que ocurri\u00f3, para mi \u00edntima satisfacci\u00f3n: tuve que contener la alegr\u00eda con tal intensidad que alcanc\u00e9 la calle y es posible, s\u00f3lo posible, que me fuera del bar sin pagar. En justa venganza, el dios del f\u00fatbol me conden\u00f3 34 a\u00f1os despu\u00e9s a a aceptar la derrota en ese mismo torneo del amado club de <strong>Anfield<\/strong>, con la famosa llave de judo incluida.<\/p>\n<p>De donde deduzco que s\u00ed: que me fui sin pagar del Amazonas.<\/p>\n<p>P. D. Vienen a cuento estos recuerdos ahora que observo la tradici\u00f3n tan extendida de dirigirse al bar favorito para observar las maniobras de <strong>Iniesta y compa\u00f1\u00eda<\/strong>. El f\u00fatbol encuentra en las pantallas de las barras de guardia, o en las terrazas de ciertos locales, su aliado predilecto, aunque desde luego ha degenerado hoy en un tipo de juego que yo a ratos detesto. Todo choque ahora es falta, si el choque es muy abrupto merece siempre tarjeta (una obsesi\u00f3n compartida entre locutores, futbolistas y \u00e1rbitros, claro) y si ocurre en el \u00e1rea, penalti fijo, sobre todo con tanto jugador ducho en el arte de la simulaci\u00f3n. As\u00ed que cada partido es una invitaci\u00f3n a que surjan por el campo unos cuantos francotiradores, que disparan misteriosos misiles con tal acierto que los jugadores se desploman&#8230; a la misma velocidad del rayo con que luego se levantan una vez conseguidos sus objetivos. C\u00f3mo ser\u00e1 que ha nacido una estrella reciente a quien apodan <strong>Penaldo<\/strong>, aut\u00e9ntico as de estas payasadas, con perd\u00f3n para los payasos. A m\u00ed me aburren tanto como ese invento reciente, el llamado <strong>VAR<\/strong>. Que s\u00f3lo se salva porque esa denominaci\u00f3n me permite el tontorr\u00f3n juego de palabras con que titulo estas l\u00edneas mientras trato de recordar lo antedicho: si pagu\u00e9 o no pagu\u00e9 todas esas cuentas. O si me fui sin pagar.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Uno. Bar Chacal, calle Ferm\u00edn Irigaray. 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