{"id":1259,"date":"2019-02-08T16:44:57","date_gmt":"2019-02-08T16:44:57","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=1259"},"modified":"2019-02-08T16:44:57","modified_gmt":"2019-02-08T16:44:57","slug":"patatas-asadas-memoria-logronesa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2019\/02\/08\/patatas-asadas-memoria-logronesa\/","title":{"rendered":"Patatas asadas, memoria logro\u00f1esa"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/02\/patatas-asadas.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-large wp-image-1260\" src=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/02\/patatas-asadas-1024x683.jpg\" alt=\"Patatas asadas, en Vinos Murillo. Foto de Justo Rodr\u00edguez\" width=\"1024\" height=\"683\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/02\/patatas-asadas-1024x683.jpg 1024w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/02\/patatas-asadas-300x200.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/02\/patatas-asadas-768x512.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/02\/patatas-asadas.jpg 1600w\" sizes=\"(max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Como recuerda una plaquita que alguna vez he visto callejeando por <strong>Logro\u00f1o<\/strong>, tambi\u00e9n por estas calles camin\u00f3 una vez <strong>el fundador del Opus Dei<\/strong>. Y fue precisamente en esta ciudad donde, seg\u00fan cuenta la leyenda, se despert\u00f3 su vocaci\u00f3n religiosa. Paseaba una ma\u00f1ana por un Logro\u00f1o nevado cuando observ\u00f3 las huellas de sus propios pasos trazando un itinerario m\u00e1gico, misterioso. Sus dos piececitos (nuestro hombre era todav\u00eda un imberbe) trazaban un leve y doble surco sobre la nieve, dejando el rastro de su paso por este valle de l\u00e1grimas. Y ah\u00ed quiso ver cuanto el destino le ten\u00eda preparado, seg\u00fan una intuici\u00f3n de orden filos\u00f3fico que tambi\u00e9n coloniz\u00f3 a\u00f1os adelante mis apuntes de <strong>COU<\/strong>: pensadores de la Antig\u00fcedad ya nos alertaban en aquellos manuales de la editorial Santillana de nuestra naturaleza trascendente, m\u00e1s all\u00e1 de la pobre carne mortal que habitamos, simplemente con reflexionar sobre c\u00f3mo solemos, en efecto, dejar huella por la vida.<\/p>\n<p>Hasta aqu\u00ed, la digresi\u00f3n, creando (espero) alg\u00fan suspense entre los improbables lectores. Ahora, a ver c\u00f3mo caso estas l\u00edneas de arriba con la historia que me propongo contar a continuaci\u00f3n. Que no tiene que ver ni con el Opus, ni con su fundador. S\u00ed con una manera filos\u00f3fica de entender la vida: <strong>la vida en los bares.<\/strong> Y con otras huellas sobre otra nevada: mi propia epifan\u00eda, que ocurri\u00f3 en otra calle logro\u00f1esa, cerca de la escena antes citada. Cuando ingres\u00e9 de mocete en la <strong>Laurel<\/strong> una noche de fr\u00edo invierno, con la nieve a la altura de la rodilla, pensando si abr\u00eda alg\u00fan bar abierto en medio de la ventisca (y lo hab\u00eda, lo hab\u00eda). Y tropec\u00e9 con las enigm\u00e1ticas huellas de un carrito, una especie de reguero de migas en forma de ruedas, que me dispuse a seguir, hasta alcanzarlo a la altura del <strong>Villa Rica<\/strong>. Aquel carrito conten\u00eda un tesoro: <strong>una raci\u00f3n de patatas asadas<\/strong>, que el hechicero que las custodiaba puso en mis ateridas manos por un m\u00f3dico precio. Me reconfort\u00f3 no s\u00f3lo el est\u00f3mago. Tambi\u00e9n el alma. Han pasado mil a\u00f1os y sigo sin olvidar aquel momento: cuando esta ciudad erija una placa con ni nombre, lo cual est\u00e1 al caer, sugiero a quienes perpetren tal majader\u00eda que la sit\u00faen all\u00ed donde este milagro ocurri\u00f3. Tampoco hace falta que me dediquen la calle entera.<\/p>\n<p>Guardo desde entonces una lealtad inmarcesible al universo de las patatas asadas, manjar ca\u00f1\u00ed que me tiene entre sus fieles. En mis visitas por la calle Laurel busqu\u00e9 a partir de aquel m\u00e1gico encuentro al guardi\u00e1n del bendito carro, pero muchas veces se hac\u00eda de rogar y no daba con su bocado tan castizo, ese mullido colch\u00f3n que preparaba nuestras entra\u00f1as para la ingesta de <strong>aquellos vinazos<\/strong> que nos han convertido en logro\u00f1eses de la clase fet\u00e9n, casi inmortales. Cuando coincid\u00eda con nuestro particular h\u00e9roe, le allegaba raudo los cuartos (magra calderilla: zamparse esas patatas no obligaba a endeudarse), mientras con la otra mano me ofrec\u00eda un pu\u00f1ado de sal y un condumio cuya esencia no recuerdo, pero que a\u00f1ad\u00eda un toque picante a su mercanc\u00eda. Tambi\u00e9n muy agradecido para <strong>combatir as\u00ed el fr\u00edo como el hambre<\/strong>.<\/p>\n<p>De modo que cuando he tenido la ocasi\u00f3n de visitar tierras extra\u00f1as, como esos pa\u00edses de habla inglesa que rinden tributo antiguo a la querida patata asada, he sentido que estaba como en casa: apoltronado en alg\u00fan pub de las islas brit\u00e1nicas o en la butaca de alg\u00fan garito norteamericano, he atacado la humilde patata asada (<em>baked potatoe)<\/em> cerrando los ojos, a ver si cuando los abr\u00eda Laurel todav\u00eda estaba all\u00ed. Y aunque no ocurri\u00f3 jam\u00e1s milagro alguno de esta naturaleza, al menos ese viaje imaginario de regreso a Logro\u00f1o me sirvi\u00f3 para reflexionar sobre c\u00f3mo era posible que la patata asada no figurase en las cartas de nuestros bares m\u00e1s conspicuos. Ah\u00ed tiene usted, amigo camarero, un bocado f\u00e1cil de elaborar y m\u00e1s sencillo de servir. Que har\u00eda las delicias de quienes no lo han conocido en aquel Logro\u00f1o nevado de mi adolescencia ni de quienes nos han sucedido en la noble disciplina de<strong> la trasiega vinatera<\/strong>, que tanto agradece topar con un est\u00f3mago predispuesto: todo est\u00e1 inventado, pero todo se puede reinventar.<\/p>\n<p>Lo corrobora un bar-de-Logro\u00f1o-de-toda-la-vida. <strong>Vinos Murillo<\/strong>, el local que mantiene vivo el esp\u00edritu de ese universo hasta hace nada tan habitual entre nosotros. El bar logro\u00f1\u00e9s por antonomasia, con su carta de vinos escueta pero jugosa, un sentido de la camarader\u00eda casi extinguido entre camareros y clientes y una devoci\u00f3n ejemplar hacia esa clase de bocados que alguna vez se han elogiado por aqu\u00ed: los <strong>vinagres<\/strong>. Pinchos que preparan con habilidad sus due\u00f1os mientras no dejan de hablar, seg\u00fan tengo observado: he aqu\u00ed dos profesionales que s\u00ed saben hacer dos cosas a la vez, una rareza tambi\u00e9n en trance de extinci\u00f3n entre nuestras barras m\u00e1s queridas. Y que adem\u00e1s ofrecen en invierno esa reparadora golosina: la patata asada. En sus dos versiones: <strong>con y sin picante.<\/strong> La mercanc\u00eda, de sublime sabor, se deposita en las manos de la feligres\u00eda con un toque que emocionar\u00e1 a todo periodista: <strong>forrada en papel prensa<\/strong>. Algo que no podr\u00e1 hacer nunca (creo) la prensa digital: envolver las viandas que nos zampamos. Y a gusto del consumidor, el toque de sal y el golpe de piment\u00f3n. Una reconfortante ingesta de celebrado \u00e9xito de p\u00fablico y cr\u00edtica: es extra\u00f1a la tarde, sobre todo los fines de semana, que el bar no presenta uno de esos llenos de no hay billetes.<\/p>\n<p>Lo cual da un poco igual, porque la parroquia (veterana en muchos casos de este lado de la barra) est\u00e1 acostumbrada a este tipo de bares, bulliciosos y festivos, desbordantes de clientela. Y se distribuye por s\u00ed misma, seg\u00fan su propia intuici\u00f3n, codazo va y viene pero sin \u00e1nimo de hacer da\u00f1o, por el breve espacio donde se oficia este rito singular: homenajear a la patata asada. <strong>Sencillo plato, de ra\u00edz aut\u00f3ctona<\/strong>, y tan incorporado a nuestras m\u00e1s ancestrales tradiciones como clientes que engullirlo significa tambi\u00e9n homenajearnos a nosotros mismos. A los parroquianos que fuimos, los que se resisten a dejar de serlo. Los que pod\u00edan enamorarse de la calle Laurel para toda su vida si la conocieron una noche de invierno, con la nieve llegando a la altura de las pantorrillas, encontrando a la altura del Villa Rica luz en los bares de siempre. <strong>El Donosti, el Sebas, el \u00c1ngel o La Simpat\u00eda.<\/strong> Que se negaban a cerrar sus puertas en medio de aquella Siberia sobrevenida. Los bares a cuya entrada un surco entre la nieve recordaba que por all\u00ed deambulaba el vendedor de patatas asadas, con su carrito. Dejando una huella incandescente en mi memoria, que siempre me sabr\u00e1 a piment\u00f3n. Picante.<\/p>\n<p>P. D. <strong>Rep\u00fablica Argentina<\/strong> emergi\u00f3 hace tiempo como una alternativa a los bares m\u00e1s pr\u00f3ximos a la ciudad antigua. V\u00eda principal para las rondas de los logro\u00f1eses m\u00e1s veteranos, vecinos en buen n\u00famero del barrio donde opera como columna vertebral, ejerce ahora mismo como fielato para ingresar en ese d\u00e9dalo de calles pr\u00f3ximas (<strong>Gil de G\u00e1rate, Somosierra, Men\u00e9ndez Pelayo y resto de hermanas<\/strong>) donde, en efecto, ha cristalizado otra itinerario fet\u00e9n y tambi\u00e9n muy castizo para eso tan logro\u00f1\u00e9s de ir de bares. Que pueden elegir entre el Murillo y el <strong>Gil<\/strong> para emprender ese viaje tan suculento. El resto es cosa suya.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Como recuerda una plaquita que alguna vez he visto callejeando por Logro\u00f1o, tambi\u00e9n por estas calles camin\u00f3 una vez el fundador del Opus Dei. Y fue precisamente en esta ciudad donde, seg\u00fan cuenta la leyenda, se despert\u00f3 su vocaci\u00f3n religiosa. 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