{"id":1312,"date":"2019-05-03T16:23:41","date_gmt":"2019-05-03T16:23:41","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=1312"},"modified":"2019-05-03T16:23:41","modified_gmt":"2019-05-03T16:23:41","slug":"el-milagro-de-tomar-un-buen-cafe","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2019\/05\/03\/el-milagro-de-tomar-un-buen-cafe\/","title":{"rendered":"El milagro de tomar un buen caf\u00e9"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/05\/ElLibroDelAmanteDelCafe-316x496.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-1313\" src=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/05\/ElLibroDelAmanteDelCafe-316x496.jpg\" alt=\"Portada de El libro del amante del caf\u00e9\" width=\"316\" height=\"496\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/05\/ElLibroDelAmanteDelCafe-316x496.jpg 316w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/05\/ElLibroDelAmanteDelCafe-316x496-191x300.jpg 191w\" sizes=\"(max-width: 316px) 100vw, 316px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En mi humilde experiencia como camarero (o pinche de camarero: <strong>bar de las piscinas de Cantabria<\/strong>, a\u00f1os 70) recuerdo como una visita al infierno cuando ca\u00ed en la jurisdicci\u00f3n de<strong> la m\u00e1quina de caf\u00e9<\/strong>. Un aparato de apariencia temible, como el bicho de Alien (que a\u00fan no hab\u00eda nacido), de en teor\u00eda sencillo manejo que mi mala cabeza convirti\u00f3 en un crucigrama irresoluble. Siempre fallaba. O me sal\u00eda un aguachirris (me encanta esta palabra) o la m\u00e1quina no bombeaba bien el agua y el resultado era un pur\u00e9 torrefactado o qu\u00e9 s\u00e9 yo. Mis maestros no estaban adornados por la virtud de la paciencia: a los primeros reveses, comprobada mi total inutilidad, me enviaron a tutelar el chiringuito instalado all\u00e1 en la Mixta (como ya he comentado alguna vez, en aquella Sociedad Recreativa las piscinas ten\u00edan sexo) y nunca m\u00e1s volv\u00ed a acercarme al terror\u00edfico chisme: ahora, cada vez que, desde el otro lado de la barra, lo examino vuelvo a tener acn\u00e9, pelusa en el bigote y miedo a preparar un caf\u00e9 de resultados laxantes.<\/p>\n<p>Quiere decirse con esta introducci\u00f3n que desde entonces admiro a los camareros que sirven caf\u00e9. Cuando adem\u00e1s est\u00e1 bueno, dan ganas de arrodillarse. Pienso entonces en D\u00e1maso, mariscal de <strong>La Granja,<\/strong> que gobernaba el bar entero desde el puesto de mando mientras con una mano le daba al manubrio (me refiero al de la cafetera) y con la otra allegaba el plato con la tacita y la cucharilla de moka. Era el Messi de los caf\u00e9s y yo no lo sab\u00eda. Lo supe m\u00e1s tarde: cuando observ\u00e9 c\u00f3mo sus sucesores en ese oficio carec\u00edan de la misma habilidad y te proporcionaba las m\u00e1s de las veces (y te siguen sirviendo, de hecho) un bebedizo que deshonra la memoria de D\u00e1maso y dem\u00e1s pr\u00edncipes del oficio. Que parecen haberse inspirado en mis propias calamidades como aprendiz de camarero: tampoco ellos parecen muy duchos dominando la dichosa maquinita.<\/p>\n<p>Raz\u00f3n de m\u00e1s para ensalzar en estas l\u00edneas a quienes, por el contrario, ejercen como maestros en el arte de despachar un buen caf\u00e9. Que no son tantos, de acuerdo con mi pobre experiencia. Seg\u00fan un recuento de urgencia, lo facturaban de modo ejemplar en el <strong>Robusta<\/strong> de la calle M\u00fagica, por donde llevo tiempo sin dejarme caer. Y \u00d3scar hace tambi\u00e9n su propia magia en el <strong>Asterisco<\/strong>, as\u00ed en avenida de Portugal como ahora en Portales. Me gusta tambi\u00e9n c\u00f3mo lo sirven, con su maravillosa m\u00e1quina italiana, en Iturbe sobre todo si lo acompa\u00f1an de su deliciosa boller\u00eda (esas delicadas ensaimadas) y adem\u00e1s acabo de hacer un par de descubrimientos recientes que me apresuro a compartir.<\/p>\n<p>El primer se llama <strong>Ninette<\/strong>. Un coqueto local reci\u00e9n abierto en la calle de La Merced, que me traslad\u00f3 a mi primera infancia: era el espacio donde se alojaba la tintorer\u00eda La Oca, que me tuvo de cliente cuando calzaba pantal\u00f3n corto (tambi\u00e9n \u00e9ramos en mi casa muy de Mola, en la calle San Juan). Donde despachan mullidas tartas y preparan un estupendo cortado: el d\u00eda que acaben con la horrible m\u00fasica de fondo y ordenen el barullo que organizamos los clientes hablando a la riojana (voz en grito)&#8230; Ese d\u00eda ser\u00e1 el para\u00edso.<\/p>\n<p>Y dos. Un mediod\u00eda me acerqu\u00e9 a disfrutar del sol de primavera en la terraza del <strong>Tondeluna<\/strong>. Me atendi\u00f3 un gentil camarero, tocayo m\u00edo por cierto (lleva el nombre en una escarapela a la altura de la pechera), quien era portador de malas noticias: no le gustaba c\u00f3mo funcionaba esa ma\u00f1ana la cafetera y no promet\u00eda nada. Hasta que no la viera en condiciones, no se compromet\u00eda a servir un caf\u00e9. Casi me caigo al suelo del susto: lo habitual es que, funcione bien, mal o regular la dichosa maquinita, te despachen el cortado y si ha salido una p\u00f3cima imbebible, al camarero plim. Jorge volvi\u00f3 un par de veces por los veladores con vistas al Espol\u00f3n comunicando sus progresos, que no fueron tales: en su \u00faltima visita, nos particip\u00f3 de que no habr\u00eda caf\u00e9. Lo siento. Hasta la pr\u00f3xima&#8230;<\/p>\n<p>&#8230; que no tard\u00f3 en llegar. Al s\u00e1bado siguiente, de nuevo reluciente el cielo logro\u00f1\u00e9s, me acomod\u00e9 de nuevo en la silla de director de cine, ped\u00ed el cortado y el mismo servicial y mod\u00e9lico camarero me lo sirvi\u00f3. Estupendo. Glorioso. Sin exceso de espuma, contra la norma exagerada de un tiempo a esta parte. En su punto. Es decir, que no deber ser tan dif\u00edcil impartir un magisterio semejante. Le agradec\u00ed el esmerado servicio, en mi nombre y en el de todos los adictos a esta gloria empapada de cafe\u00edna. Pens\u00e9 en D\u00e1maso. Estar\u00eda orgulloso de mi tocayo. De las damas del Robusta, de las del Iturbe, de los chicos del Asterisco y de cuantos preservan su legado <strong>con sentido del oficio.<\/strong><\/p>\n<p>P. D. Hace alguna glaciaci\u00f3n cay\u00f3 en mis manos por un d\u00eda del libro ya muy lejano el estupendo volumen<strong> &#8216;El libro del amante del caf\u00e9&#8217;.<\/strong> Que recomiendo encendidamente para todos aquellos adictos a ambos placeres: la lectura y el caf\u00e9. En sus p\u00e1ginas, su autor, miembro por cierto de una acreditada saga de maestros cafeteros, repasa la historia de esta maravillosa p\u00f3cima, que contiene en efecto sustancias adictivas. Para m\u00ed, desde luego lo son. Son escasos, muy raros, los d\u00edas en que no me entrego a su ingesta. Y cada vez que saboreo una taza elaborada con mimo y profesionalidad, coincido con el viejo adagio del cl\u00e1sico: que no hay venenos, sino dosis.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; En mi humilde experiencia como camarero (o pinche de camarero: bar de las piscinas de Cantabria, a\u00f1os 70) recuerdo como una visita al infierno cuando ca\u00ed en la jurisdicci\u00f3n de la m\u00e1quina de caf\u00e9. 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