{"id":1320,"date":"2019-05-17T14:51:29","date_gmt":"2019-05-17T14:51:29","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=1320"},"modified":"2019-05-17T14:51:29","modified_gmt":"2019-05-17T14:51:29","slug":"viana-en-sus-bares","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2019\/05\/17\/viana-en-sus-bares\/","title":{"rendered":"Viana en sus bares"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/05\/Viana.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-large wp-image-1321\" src=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/05\/Viana-1024x768.jpg\" alt=\"Pincho del bar Bord\u00f3n, de Viana.\" width=\"1024\" height=\"768\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/05\/Viana-1024x768.jpg 1024w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/05\/Viana-300x225.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/05\/Viana-768x576.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Siempre me ha gustado Viana. Cuando viajaba en el asiento de atr\u00e1s del 600 familiar rumbo a <strong>Pamplona<\/strong>, ya desde muy cr\u00edo me llamaba la atenci\u00f3n su augusta silueta. Ese aire medieval. La muralla, el caser\u00edo sobre la cima. Parec\u00eda un pueblo de cuento. De noche, a la vuelta de aquellos viajes, Viana se iluminaba. Y las luces le conced\u00edan un aire todav\u00eda m\u00e1s intrigante. Novelesco. Al que contribu\u00eda la llanura que le rodea, vi\u00f1edo y cereal, las monta\u00f1as al fondo, como si fuera a aparecer en cualquier momento un improbable Robin Hood foral que tuviera el aspecto de <strong>F\u00e9lix Cari\u00f1anos<\/strong> con alpargatas.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n mi primera excursi\u00f3n como escolar con el <strong>colegio San Jos\u00e9<\/strong> fue a Viana. A sus lagunas, que por ah\u00ed deben estar a\u00fan seg\u00fan informa la se\u00f1alizaci\u00f3n que festonea la vieja carretera <strong>N-111,<\/strong> tan querida, hoy reconvertida en autov\u00eda. Pero su trazado antiguo pervive, desde luego m\u00e1s inseguro y proclive a la ingesta de pastillas contra el mareo. Aquella ruta ten\u00eda algo hechizante, con su atractiva toponimia.<strong> Torres del R\u00edo, Sansol, el desv\u00edo hacia Bargota.<\/strong> Y Viana, por supuesto. Que me cautiv\u00f3 luego de adolescente por la magia de sus fiestas, que aseguraban unas noches de desparrame muy acreditado. Aquel remoto verano de la mocedad inclu\u00eda como cita obligada ese breve desplazamiento. Ya no me acuerdo de cu\u00e1ndo estaba marcada esa fecha en rojo en el calendario festivo de todo logro\u00f1\u00e9s. Hacia finales de agosto, me parece. S\u00ed recuerdo que las cuestas y requetecuestas de la carretera, que en el viaje de ida s\u00f3lo exig\u00edan una dosis de biodramina, se atragantaban hacia la vuelta. Y no dar\u00e9 m\u00e1s pistas.<\/p>\n<p>Viana me sigue gustando. Con alguna frecuencia me dejo caer para el aperitivo del fin de semana y confirmo que pocos pueblos de su tama\u00f1o en calidad y cantidad de su oferta hostelera pueden competir con los bares de este pueblo fronterizo que este 2019 anda de aniversario: cumple 800 a\u00f1os como tal. Es una belleza. Aunque como resulta inevitable en tantos rincones de Espa\u00f1a las construcciones recientes hayan conspirado para afear el conjunto, en cuanto aparcas al pie de la muralla y penetras hacia la plaza empiezas a respirar lo que antes no era tan extra\u00f1o. Un pueblo que se conserva m\u00e1s o menos igual que como lo conocieron los abuelos de los cr\u00edos que hoy corretean junto a la apabullante, majestuosa iglesia. Donde por supuesto recibe al visitante F\u00e9lix Cari\u00f1anos, con la barra de pan sobado (de picos) y el <strong>Diario de Navarra<\/strong> bajo el sobaco, de tertulia con el vecindario. Me parece que hoy lleva adem\u00e1s un bolso.<\/p>\n<p>Luego volveremos con Cari\u00f1anos. Antes, primera parada. El bar <strong>San Juan,<\/strong> con sus hermosas vistas hacia la plaza, su corro de guap\u00edsimas comadres (alguna octogenaria) atacando la ca\u00f1a de cerveza y el pincho y, sobre todo, sus gambas rebozadas. Al otro lado de la plaza, luce todav\u00eda reluciente una reciente reapertura, el <strong>Bord\u00f3n<\/strong>. Donde una tablilla informa al cliente, que se arracima en elevado n\u00famero a la hora del verm\u00fa, de una prometedora carta de pinchos. Tarifada por cierto a precios muy contenidos: esa preciosidad que ilustra estas l\u00edneas, la suculenta foto donde descuella una generosa raci\u00f3n de at\u00fan con pitarras, exige una escu\u00e1lida derrama: 1,90 euros. Gloriosa. Y casi sirve como primer plato.<\/p>\n<p>Hay m\u00e1s bares. Cada cual puede elegir los suyos. Si alguien, un improbable lector, est\u00e1 interesado en mi propia opini\u00f3n, le garantizo que la mayor\u00eda de los que suelo visitar est\u00e1n uniformados por una serie de virtudes: trato cort\u00e9s y correcto, esmerado en muchos casos, con un sentido muy acusado de la profesionalidad, oferta de vinos correcta (y m\u00e1s que correcta en comparaci\u00f3n con otros lugares de an\u00e1logo tama\u00f1o y condici\u00f3n: y tampoco dar\u00e9 m\u00e1s pistas) y una muy estimable oferta de pinchos. Que se despachan como digo arriba a precios sensatos y animan por lo tanto a la ingesta. Al aperitivo trufado de tertulias que no logran estropear ni la dichosa m\u00fasica de fondo ni las pantallas gigantes de televisi\u00f3n que nadie atiende, esos dos monstruos contempor\u00e1neos que azotan el mundo de los bares patrios. Tambi\u00e9n en Viana.<\/p>\n<p>Yo tiendo a concluir la ruta en el<strong> hotel Palacio Pujadas<\/strong>, hermoso caser\u00f3n con una barra muy atractiva, provista de sabrosas goller\u00edas, aunque mi inter\u00e9s por este local tiene que ver con otro par de factores. Que siempre me han gustado los bares de hotel, y alguna vez he citado esta tipolog\u00eda en este espacio con una entrada dedicada a ellos en exclusiva, y sus vistas. Y, sobre todo, porque se alza al final de la calle dedicada a un ilustre vecino, el escritor Navarro Villoslada, muy rica en palacios y casas blasonadas, sin casi parang\u00f3n por Logro\u00f1o y alrededores (<strong>Laguardia<\/strong>, acaso; tal vez <strong>Briones<\/strong> o <strong>Elciego<\/strong>), un paseo que culmina asom\u00e1ndose a las hermosas vistas que distinguen a las esplendorosas ruinas de la<strong> iglesia de San Pedro.<\/strong> Observar Logro\u00f1o all\u00e1 a los lejos, precedido por esa sinuosa carretera tan pr\u00f3diga en toboganes, me reconforta. Me veo de ni\u00f1o asombr\u00e1ndome por la estampa de la imperial Viana en el horizonte, antecedida por la empinada cuesta donde mi madre aseguraba haber subido en bici de chavala, la an\u00e9cdota familiar mil veces repetida en la ruta hacia Pamplona. Y me veo despu\u00e9s, de m\u00e1s jovencito, acudiendo por esa misma N-111 al reclamo de las fiestas de verano que m\u00e1s me gustaban (empatadas con <strong>Cenicero<\/strong>, ojo). Y me veo ahora, de regreso sobre mis pasos, camino del coche que me devolver\u00e1 a casa atacando una jugosa croqueta en la <strong>sidrer\u00eda Armendariz<\/strong>, desbordante de parroquianos como el resto de bares visitados. M\u00e1s de un pueblo riojano (y no dar\u00e9 nombres) se conformar\u00eda cualquier s\u00e1bado de estos con disponer de la mitad de ambiente.<\/p>\n<p>As\u00ed que hasta la pr\u00f3xima. Viana, como se ha mencionado antes, celebra sus 800 a\u00f1os. Merece una visita. Me consta que son muchos los logro\u00f1eses que conocen y disfrutan de sus encantos, desde largo tiempo por cierto. Desde que por ejemplo el <strong>Borgia<\/strong>, mod\u00e9lica casa de comidas, se convirti\u00f3 en excursi\u00f3n obligada para los amigos de la buena mesa. Y todav\u00eda hoy son legi\u00f3n quienes se dejan caer por sus calles tan coquetas y que hilan la hebra con sus vecinos, que para todo logro\u00f1\u00e9s son casi como de casa, como de la familia. Como F\u00e9lix Cari\u00f1anos, a quien diviso all\u00e1 plantado en mitad de la calle. Luce una melena m\u00e1s recortada que como lo recordaba. Saluda con esa media sonrisa tan suya como de p\u00edcaro medieval mientras no abandona la ch\u00e1chara con otro vecino. Por all\u00ed cruza tambi\u00e9n otra cuadrilla, donde reconozco a un antiguo condisc\u00edpulo de bachillerato, que saluda como si te viera todos los d\u00edas. Y concluyo entonces que tal vez ah\u00ed reside el encanto tan may\u00fasculo que se te apodera cuando te arrimas por Viana a echar el verm\u00fa llegando desde Logro\u00f1o. Que sientes que est\u00e1s como en casa.<\/p>\n<p>P. D. Una de estas excursiones recientes a Viana incluy\u00f3 un recorrido tur\u00edstico por sus innegables bellezas. El <strong>Ayuntamiento<\/strong> las organiza a partir de la fenomenal iglesia, incluyendo el asombroso relato sobre los aventuras de la familia Borgia al pie de la famosa tumba. Es un ameno paseo, muy recomendable. Que transita desde el propio edificio consistorial hacia los palacios aleda\u00f1os, cuyas fachadas esconden una monumentalidad desconocida para quienes s\u00f3lo los conozcan desde fuera. La visita se detiene tambi\u00e9n en otros misteriosos calados, en apariencia invisibles. Otro encanto que debe sumarse a los arriba recopilados y que justifican el paseo por Viana. Por Viana y sus bares, claro.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Siempre me ha gustado Viana. Cuando viajaba en el asiento de atr\u00e1s del 600 familiar rumbo a Pamplona, ya desde muy cr\u00edo me llamaba la atenci\u00f3n su augusta silueta. Ese aire medieval. La muralla, el caser\u00edo sobre la cima. Parec\u00eda un pueblo de cuento. 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