{"id":1398,"date":"2019-10-18T15:42:10","date_gmt":"2019-10-18T15:42:10","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=1398"},"modified":"2019-10-18T15:42:10","modified_gmt":"2019-10-18T15:42:10","slug":"blanco-y-negro-clasico-entre-los-clasicos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2019\/10\/18\/blanco-y-negro-clasico-entre-los-clasicos\/","title":{"rendered":"Blanco y Negro, cl\u00e1sico entre los cl\u00e1sicos"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/10\/blanco-y-negro-buena.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-large wp-image-1399\" src=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/10\/blanco-y-negro-buena-1024x683.jpg\" alt=\"\" width=\"1024\" height=\"683\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/10\/blanco-y-negro-buena-1024x683.jpg 1024w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/10\/blanco-y-negro-buena-300x200.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/10\/blanco-y-negro-buena-768x512.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2019\/10\/blanco-y-negro-buena.jpg 1600w\" sizes=\"(max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Una ma\u00f1ana dominical de mi (ay) lejana mocedad ingres\u00e9 a una inh\u00f3spita hora en <strong>Laurel<\/strong> por la encantadora cuestecilla que une la calle con <strong>Bret\u00f3n de los Herreros<\/strong>. El solitario paisaje invitaba a darse la vuelta y husmear por otros territorios (el Tont\u00f3dromo, por ejemplo) pero de repente a mi espalda un ruidito confirm\u00f3 la presencia humana en uno de sus bares ic\u00f3nicos: el <strong>Blanco y Negro<\/strong>. Mir\u00e9 hacia su interior y no vi a nadie, aunque una luz encendida al fondo atestiguaba que, en efecto, alguna esperanza de vida anidaba m\u00e1s all\u00e1 de la barra. Di una voz y otra me contest\u00f3: unos segundos despu\u00e9s, de entre las tinieblas emerg\u00eda la figura de su todopoderoso guardi\u00e1n, un caballero llamado <strong>Juli\u00e1n<\/strong>. As\u00ed se present\u00f3 luego de confirmar que aunque no lo pareciera el bar estaba cerrado. Pero que en atenci\u00f3n a mi presencia y la de mis acompa\u00f1antes nos atender\u00eda si no d\u00e1bamos mucho la lata. Es decir, si nos limit\u00e1bamos a un sucinto refrigerio. Como resulta que nos encogimos de hombros porque no sab\u00edamos muy bien si quer\u00edamos o no quer\u00edamos seguir en aquel bar semiopaco (las indecisiones propias de aquella remota juventud), el propio Juli\u00e1n despej\u00f3 las incertidumbres. Alleg\u00f3 <strong>unos porroncitos y unos platillos con anchoas<\/strong>. Jugosos los unos, suculentas las otras.<\/p>\n<p>As\u00ed transcurri\u00f3 aquella ma\u00f1ana en el Blanco y Negro que sigo sin olvidar pese a que han llovido desde entonces unos cuantos porroncillos, utensilios ahora en retroceso a mayor gloria de la correcci\u00f3n burocr\u00e1tica que los margina. Esa ma\u00f1ana, nuestro hombre sigui\u00f3 acerc\u00e1ndonos a fenomenal ritmo unos cuantos platillos de anchoas, sin solucionar en ning\u00fan momento la duda central: si nos estaba invitando porque se hab\u00eda compadecido de aquellos mozalbetes seguramente sin un duro (acertaba) o si por el contrario hab\u00eda decidido abrir el bar sobre la marcha y ya \u00e9ramos para \u00e9l unos clientes m\u00e1s. La duda se fue engordando a medida que iban cayendo los porrones y las anchoas, porque Juli\u00e1n los ofrec\u00eda sin haberlos pedido, presumiendo de las sabrosas viandas que preparaba en la cocinilla. Cuando ya nos \u00edbamos a marchar, t\u00edmidamente le preguntamos eso de qu\u00e9 se debe. Entonces fue Juli\u00e1n qui\u00e9n pareci\u00f3 dudar: \u201cQue qu\u00e9 os cobro, que qu\u00e9 os cobro&#8230; Pero qu\u00e9 os puedo cobrar. Si he pasado una ma\u00f1ana estupenda con vosotros\u201d. Pronto acert\u00f3 sin embargo con la soluci\u00f3n al enigma: nos pidi\u00f3 una cantidad de dinero que estaba muy por encima de nuestras posibilidades y exig\u00eda <strong>una derrama coral<\/strong> por el m\u00e9todo de retorcer los bolsillos en busca de alguna peseta olvidada que nos permitiera abonar la minuta. Cosa que hicimos, no sin esfuerzo. No recuerdo si nos fuimos m\u00e1s molestos que asombrados de su desparpajo. Tal vez las dos cosas.<\/p>\n<p>De aquella an\u00e9cdota ocurrida en el pleistoceno guard\u00e9 durante alg\u00fan tiempo un sabor amargo. Que dur\u00f3 poco. Luego ca\u00ed unas cuantas veces m\u00e1s en la jurisdicci\u00f3n del amigo Juli\u00e1n, porque me parec\u00eda en realidad un aut\u00e9ntico mago de la calle Laurel. Que prove\u00eda por cierto a su clientela de aquellas riqu\u00edsimas anchoas, de un sabor como no he vuelto a catar. Y porque le cog\u00ed alg\u00fan afecto y porque adem\u00e1s el Blanco y Negro pose\u00eda un encanto singular. No s\u00f3lo porque Juli\u00e1n te reconoc\u00eda desde que pisabas sus baldosas y te acercaba el porr\u00f3n sin haberlo pedido siquiera (luego te lo segu\u00eda cobrando, por supuesto, como aquella primera vez), sino porque el espacio donde ejerc\u00eda de comandante en jefe estaba dotado de un atractivo dif\u00edcil de identificar pero genuino. Con el paso del tiempo, me acostumbr\u00e9 a dejarme caer por el Blanco y Negro por otras dos razones: sus bocatitas de (por supuesto) anchoas (con pimiento verde) y las fotos que decoraban el friso que recorr\u00eda la barra, obra del gran (y llorado) <strong>Emilio Garc\u00eda<\/strong>, quien brind\u00f3 sus servicios en el desaparecido El Correo y prest\u00f3 a los due\u00f1os del bar algunas de las mejores im\u00e1genes que nadie tom\u00f3 nunca de<strong> los a\u00f1os gloriosos del Logro\u00f1\u00e9s.<\/strong><\/p>\n<p>Si vuelvo ahora sobre aquellos pasos iniciales en los dominios de Juli\u00e1n y sus herederos es porque mientras me entreten\u00eda con una entrada reciente a prop\u00f3sito del <strong>Achuri<\/strong>, ca\u00ed en la cuenta (gracias al propio Juan Carlos) de que el Blanco y Negro es con seguridad el bar m\u00e1s antiguo de la calle. Seg\u00fan el patr\u00f3n del Achuri, porque en su momento ser\u00eda incluso posada, etapa que hunde sus ra\u00edces siglos atr\u00e1s. De aquel negocio inicial poco se sabe. M\u00e1s fresca se conserva en la memoria popular la larga y fecunda estancia de Juli\u00e1n, quien pas\u00f3 m\u00e1s tarde el testigo a quienes ahora dirigen el local, all\u00e1 en los a\u00f1os 80, con <strong>Mar\u00eda \u00c1ngeles Mendoza<\/strong> al frente, depositaria de un maravilloso legado que defiende con la reconocida solvencia que distingue hist\u00f3ricamente al bar y que se remonta a unas cuantas d\u00e9cadas anteriores. Incluso hay alg\u00fan veterano feligr\u00e9s que recuerda al Blanco y Negro como tal, hace casi un siglo, cl\u00e1sico entre los cl\u00e1sicos de la calle Laurel. Con una precisi\u00f3n, como apuntan desde el propio bar: que en realidad se ubica en la calle Bret\u00f3n, a cuyo inmueble n\u00famero 48 pertenece el local que lo acoge.<\/p>\n<p>Lo cual confirma que, en efecto, se trata del negocio es el m\u00e1s antiguo de la calle y evoca inevitablemente esos a\u00f1os en que la oferta de anchoas en su barra era abrumadora, los a\u00f1os de aquella epifan\u00eda con porr\u00f3n incluido. Luego, los h\u00e1bitos del p\u00fablico fueron cambiando. El domingo era por aquella \u00e9poca el d\u00eda estelar de la semana, nada que ver por lo tanto con los actuales tiempos y costumbres. De modo que las bandejas de anchoas fueron desapareciendo en beneficio de otro bocado singular, jugos\u00edsimo. El llamado &#8216;<strong>matrimonio<\/strong>&#8216;, ese delicado bocadillo que funde el sabor del pimiento con el aroma de la anchoa (ella, otra vez) y que se sirve por cientos \u201cy hasta por miles\u201d, como subrayan por el Blanco y Negro. Desde donde tambi\u00e9n miran hacia atr\u00e1s para recordar que la Traves\u00eda como tal naci\u00f3 har\u00e1 cosa de un siglo, seg\u00fan la documentaci\u00f3n que puede consultarse en el archivo municipal, gracias al derribo de un edificio que permiti\u00f3 el actual acceso a la calle Laurel desde Bret\u00f3n por ese castizo pasadizo. Pero tambi\u00e9n el Blanco y Negro otea el futuro, un brillante porvenir que resume en esta frase: \u201cTrabajamos para que la gente siga pensando en nosotros cuando viene a la Laurel\u201d.<\/p>\n<p>P. D. El Blanco y Negro, como se acaba de precisar, se aloja no tanto en la propia calle Laurel como en el edificio de Bret\u00f3n de los Herreros que hace esquina con la Traves\u00eda. Es una de tantas singularidades que distinguen a la calle, que en realidad (como alguna vez se ha citado) es una y trina: la Laurel en s\u00ed y sus dos afluentes, <strong>Albornoz<\/strong> y la citada Traves\u00eda. Incluso, siendo generosos, podemos incorporar a este itinerario as\u00ed llamado (la Laurel) la calle San Agust\u00edn, dotada sin embargo de su propia fisonom\u00eda y personalidad.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Una ma\u00f1ana dominical de mi (ay) lejana mocedad ingres\u00e9 a una inh\u00f3spita hora en Laurel por la encantadora cuestecilla que une la calle con Bret\u00f3n de los Herreros. 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