{"id":1508,"date":"2020-04-04T09:17:51","date_gmt":"2020-04-04T09:17:51","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=1508"},"modified":"2020-04-04T09:17:51","modified_gmt":"2020-04-04T09:17:51","slug":"dias-sin-bares-tercera-parte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2020\/04\/04\/dias-sin-bares-tercera-parte\/","title":{"rendered":"D\u00edas sin bares (tercera parte)"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49.jpeg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-large wp-image-1509\" src=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49-1024x682.jpeg\" alt=\"\" width=\"1024\" height=\"682\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49-1024x682.jpeg 1024w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49-300x200.jpeg 300w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49-768x512.jpeg 768w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49.jpeg 1600w\" sizes=\"(max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Como para cualquier integrante de mi generaci\u00f3n, el acontecimiento que rescataremos siempre de nuestra infancia ser\u00e1 (junto al \u00e9xito de <strong>Massiel en Eurovisi\u00f3n<\/strong>) el alunizaje de <strong>Armstrong, Collins y Aldrin<\/strong>, unas im\u00e1genes que todav\u00eda me admiran: entiendo perfectamente a quienes sostengan que es un cuento de la Nasa toda la conquista espacial porque, en efecto, esa maravilla tiene mucho de incre\u00edble. De los distintos hitos que caracterizaron aquella epoyeya, cada cual tendr\u00e1 sus predilecciones. En mi caso, hay un momento estelar: cuando la plataforma se descuelga del cohete y cuando vuelve a conectarse con \u00e9l, luego del paseo m\u00e1s famoso de la historia. Aunque debo confesar que otro momento muy intrigante de la conquista de la Luna me sorprendi\u00f3 entonces con tal intensidad que me viene cada d\u00eda a la memoria en estas hora de confinamiento: la llamada <strong>descompresi\u00f3n<\/strong>.<\/p>\n<p>D\u00edcese de esos d\u00edas que, luego de su regreso a Cabo Ca\u00f1averal (me encanta ese nombre), tuvieron que aguardar nuestros tres h\u00e9roes metidos en una especie de burbuja para despojarse de los efectos negativos derivados de su viaje hacia los confines del universo. A m\u00ed me hipnotizaban aquellas im\u00e1genes, tanto como esas otras durante las cuales se ve\u00eda al tr\u00edo de astronautas divirti\u00e9ndose en una especie de chiquipark de la \u00e9poca donde la pista de bolas de nuestros d\u00edas era entonces un espacio carente de gravedad, donde flotar hasta el infinito (y m\u00e1s all\u00e1). La descompresi\u00f3n posterior deb\u00eda entenderse como lo contrario al entrenamiento previo: otro adiestramiento para la vida que aguardaba a los tres tripulantes del <strong>Apolo<\/strong> una vez que hab\u00edan inscrito sus nombres en la posteridad. Descomprimirse significaba, seg\u00fan iba entendiendo yo a medida que se prolonga el cautiverio de esos tres caballeros, una manera de volver a la vida. Natural por lo tanto que el claustro donde entreten\u00edan la espera me recordara tanto al vientre materno. S\u00f3lo le faltaba su propio l\u00edquido amni\u00f3tico, aunque supongo que los qu\u00edmicos de la NASA algo ayudar\u00edan para mejorar la salud de sus chicos.<\/p>\n<p>Si recuerdo hoy aquella peripecia es porque no dejo de darle vueltas a esa idea de la descompresi\u00f3n. C\u00f3mo ser\u00e1 nuestra vida futura cuando este suplicio concluya. C\u00f3mo volveremos a ser nosotros mismos y, por ejemplo, c\u00f3mo ser\u00e1 nuestra conducta como clientes de nuestros bares de confianza. Preguntas que me hago. Respuestas que surgen espont\u00e1neamente: dudo mucho que nos comportemos igual que hasta la llegada del maldito virus. No creo que toleremos con la deportividad de anteayer la falta de higiene de algunas barras: donde ve\u00edamos pintoresquismo y color local, observaremos ma\u00f1ana escasa prolifalixis. Tambi\u00e9n sospecho que cuando tropecemos con un bar atestado de clientela, abandonaremos ese h\u00e1bito tan nuestro y dejaremos de probar suerte a ver si cabemos (&#8220;All\u00e1 al fondo veo un sitio&#8221;). Otro tanto ocurrir\u00e1, me malicio, cuando ingresemos <strong>en la calle Laurel hoy vac\u00eda<\/strong> (como se observa en la magn\u00edfica e inquietante imagen de Justo Rodr\u00edguez que preside estas l\u00edneas) y <strong>a la altura del \u00c1ngel y el Donosti<\/strong>, por citar los dos locales que ejercen de fieltro, no consigamos avanzar porque lo impide la muchedumbre de rigor.<\/p>\n<p>Son s\u00f3lo tres detalles, tal vez menores, pero elocuentes a mi humilde juicio de los d\u00edas que nos aguardan. Porque estoy seguro de que volveremos igual que estoy seguro de que la cuarentena nos habr\u00e1 transformado. Seremos otros, qui\u00e9n sabe si mejores. Pero otros. Otros clientes m\u00e1s exigentes en materia de consumo de nuestros bocados y tragos favoritos, lo cual elevar\u00e1 en consecuencia su propio nivel de exigencia al sector de la hosteler\u00eda en general. Obs\u00e9rvese un caso reciente y curioso, una de las primeras haza\u00f1as del virus: incluso<strong> los bares de San Sebasti\u00e1n se ven ahora obligados a tapar sus pinchos y guarecerlos tras unas vitrinas,<\/strong> como es norma en otros sitios (Logro\u00f1o, sin ir m\u00e1s lejos que al bar de la esquina). Seg\u00fan deduzco de las opiniones recogidas en esta casa misma casa por mis compa\u00f1eros de redacci\u00f3n, los due\u00f1os de los bares son los primeros en reconocer que deber\u00e1n transformar sus estrategias para captar de nuevo nuestra atenci\u00f3n. Al menos, en las primeras semanas luego del confinamiento. Durante las cuales, todos nos deberemos someter a nuestra propia t\u00e1ctica de descompresi\u00f3n. Por si alg\u00fan improbable lector est\u00e1 interesado, la m\u00eda consistir\u00e1 en regresar a mis bares favoritos s\u00f3lo cuando me garanticen que sus propietarios cumplen con las medidas higienistas que ahora colonizan nuestros d\u00edas. Y que deber\u00edan haber llegado para quedarse.<\/p>\n<p>P. D. La foto arriba mencionada, ese querido rinc\u00f3n <strong>donde la calle Laurel se funde con la Traves\u00eda, junto al callej\u00f3n que conecta con Bret\u00f3n<\/strong> a trav\u00e9s del muro del Blanco y Negro, me instal\u00f3 en un estado de melancol\u00eda nada m\u00e1s tropezar mis ojos con ella. Melancol\u00eda por partida doble. Porque a\u00f1oro como el que m\u00e1s los felices y despreocupados d\u00edas de ingesta en nuestros bares predilectos. Y porque me pregunto m\u00e1s que nunca sobre la pertinencia de una costumbre (el reparto de viandas a domicilio que protagoniza el ciclista de la foto) que me resulta extra\u00f1a y hasta perjudicial en \u00e9poca de mayor celo profil\u00e1ctico. Me ha parecido siempre que ten\u00eda algo de caprichoso pedir que nos sirvan a domicilio mercanc\u00edas que cualquiera puede prepararse en su fog\u00f3n o su horno, pecado en el que yo mismo alguna vez incurrido. Hoy me resulta directamente temerario. Para todos. Para el que lo encarga, el que lo sirve y para quienes nos podamos cruzar en su camino.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Como para cualquier integrante de mi generaci\u00f3n, el acontecimiento que rescataremos siempre de nuestra infancia ser\u00e1 (junto al \u00e9xito de Massiel en Eurovisi\u00f3n) el alunizaje de Armstrong, Collins y Aldrin, unas im\u00e1genes que todav\u00eda me admiran: entiendo perfectamente a quienes sostengan que es un cuento de la Nasa toda la conquista espacial porque, en [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":17,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[1],"tags":[373,1120],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1508"}],"collection":[{"href":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/wp-json\/wp\/v2\/users\/17"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1508"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1508\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1510,"href":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1508\/revisions\/1510"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1508"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1508"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1508"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}