{"id":1511,"date":"2020-04-11T09:35:52","date_gmt":"2020-04-11T09:35:52","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=1511"},"modified":"2020-04-11T09:35:52","modified_gmt":"2020-04-11T09:35:52","slug":"dias-sin-bares-iv","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2020\/04\/11\/dias-sin-bares-iv\/","title":{"rendered":"D\u00edas sin bares (IV)"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/Kentish.jpeg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-large wp-image-1512\" src=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/Kentish-1024x683.jpeg\" alt=\"\" width=\"1024\" height=\"683\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/Kentish-1024x683.jpeg 1024w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/Kentish-300x200.jpeg 300w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/Kentish-768x512.jpeg 768w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2020\/04\/Kentish.jpeg 1200w\" sizes=\"(max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Escribo estas l\u00edneas cuando en realidad debiera estar muy lejos de Logro\u00f1o. En Fez, destino del viaje familiar previsto y cancelado a causa del famoso y maldito bicho. Es un contratiempo menor, com\u00fan al de tantos otros casos, que me deja sin indagar en ese curioso universo del mundo \u00e1rabe y sus no menos curiosos caf\u00e9s, tipolog\u00eda donde esperaba haberme iniciado el mismo d\u00eda de <strong>Viernes Santo<\/strong> en algunas direcciones de Rabat que me fueron facilitadas y que, como otros menesteres, deber\u00e1n esperar mientras se hace realidad la frase con que combatimos la espera: cuando todo esto pase&#8230; Cuando todo esto pase, habr\u00e1 que saldar esa deuda pendiente con <strong>Marruecos<\/strong>. Con Rabat, Fez, Mequinez y resto de malogrados destinos. Tambi\u00e9n con sus caf\u00e9s.<\/p>\n<p>Mientras aguardo ese d\u00eda (cuando todo esto pase), combato la melancol\u00eda por los d\u00edas que ya no vendr\u00e1n, los d\u00edas a los que dijimos adi\u00f3s, como tantos otros mortales: leyendo y viendo la televisi\u00f3n. Mundos de ficci\u00f3n donde tropiezo con la materia prima que alimenta estos p\u00e1rrafos. Los bares. Bares de mentirijillas como las aventuras de quienes los frecuentan, en quienes sin embargo podemos reconocernos como habitantes de esos mismos mundos. Es el caso de ese bar cuya imagen ilustra esta entrada: el protagonista secundario de una curiosa serie que emite HBO, titulada <strong>&#8216;State of the Union&#8217;<\/strong>, un chiste respecto a la sesi\u00f3n parlamentaria donde cada a\u00f1o se examina ante el Legislativo de Estados Unidos el inquilino de la \u00a0Casa Blanca. En ese juego de palabras se enmascara la sustancia de la serie: diez minutos por cap\u00edtulo, que pueden verse seg\u00fan esa dosis o de seguido, donde los otros protagonistas (los principales) examinan ante una pinta de cerveza (\u00e9l) y una copa de vino blanco (ella) el estado de su uni\u00f3n, en los minutos previos a visitar a una terapeuta que intenta reconducirla.<\/p>\n<p>El bar se ubica al norte de Londres, en el barrio de Kentish Town, un rinc\u00f3n ajeno a las rutas tur\u00edsticas pero de una identidad (clase media con pretensiones, medio pija, votante laborista: el viejo y desaparecido mundo de Tony Blair) muy cara al universo particular del creador de la serie: el escritor brit\u00e1nico <strong>Nick Hornby<\/strong>. Quien (me parece) no termina de acertar con su creaci\u00f3n. El tipo de humor seco, cortante, que puebla sus novelas y las hace tan adictivas no encaja bien en el formato televisivo. Los di\u00e1logos sufren de pedanter\u00eda (como tantos de sus propios personajes novelescos), pero sin alcanzar ese estatus tan cercano que los humaniza en sus libros y que en estos episodios no termina de aparecer. De modo que sus cuitas me resultan demasiado ajenas como para prestarles la atenci\u00f3n s\u00ed concedo, por el contrario, al estupendo bar donde se someten a la terapia previa. Luminoso, decorado con gusto, asomado a un ventanal en esquina desde donde poder observar la maravilla del mundo como reclamaba su compatriota Charles Dickens. Y de mentira: el bar ni siquiera est\u00e1 en Kentish. En realidad, se aloja al oeste de Londres, muy lejos de donde Hornby sit\u00faa las haza\u00f1as de sus h\u00e9roes: si el improbable lector est\u00e1 interesado, queda informado de que el pub se llama Thatched House y se ubica en el distrito de Hammersmith. Ah, la magia de la tele&#8230;<\/p>\n<p>Que tambi\u00e9n florece en otra serie igual de olvidable, aunque tal vez m\u00e1s entretenida. La emite Amazon y retrata en una serie de cap\u00edtulos sin (aparente) conexi\u00f3n entre ellos la vida amorosa de un grupo de habitantes de la proteica Manhattan. Se titula &#8216;<strong>Modern love&#8217;<\/strong> pero no debe enga\u00f1arse nadie: las peripecias sentimentales de su sus personajes son tan antiguas como las que perpetraron en el ed\u00e9n Eva y Ad\u00e1n. Una excusa muy pertinente, por lo que aqu\u00ed respecta, para recorrer unos cuantos bares, con una pinta estupenda. Caf\u00e9s, terrazas, restaurantes, <em>dinners<\/em> y el resto de locales deudores de sus respectivas tipolog\u00edas \u00a0a la cosmopolita paleta de Nueva York, ciudad que (en realidad) es la aut\u00e9ntica protagonista de la serie. Bares que cumplen con el objetivo sagrado que reclamaba para s\u00ed Jorge Luis Borges: el sue\u00f1o maravilloso de viajar por todo el mundo desde el sof\u00e1 de tu sal\u00f3n. En su caso, leyendo la <strong>Enciclopedia Brit\u00e1nica;<\/strong> en el que proponen estas l\u00edneas, a trav\u00e9s de la peque\u00f1a pantalla. Donde se ofrece un suced\u00e1neo de realidad. Mientras aguarda la prometida exploraci\u00f3n de Fez y los misteriosos bebedizos de sus caf\u00e9s, mientras esperamos la prometida reapertura de nuestros bares favoritos, siempre puedes darte una vuelta por Londres y Nueva York mediante ese atajo que encarna toda impostura: ser nosotros, pero a trav\u00e9s de las vidas de otros.<\/p>\n<p>Una estupenda met\u00e1fora de estos d\u00edas tan raros de confinamiento<\/p>\n<p>P.D. El visionado de las series arriba citadas coincide con la lectura del libro que me acompa\u00f1a estos d\u00edas de cuarentena: los recomendables &#8216;<strong>Diarios<\/strong>&#8216; de John Cheever, donde el admirable escritor norteamericano, maestro del relato corto, anota su azorada y convulsa vida, bien regada de tragos. Los tragos tan propios a su condici\u00f3n de miembro de la clase media de los a\u00f1os 60, alojada en los residenciales suburbios de las metr\u00f3polis norteamericana. Tragos en la soledad de su casa, en las citas dominicales en el club m\u00e1s cercano o en los garitos de guardia. Tragos que convierten al autor de &#8216;El nadador&#8217;, como \u00e9l mismo acepta, en un alcoh\u00f3lico. Tragos con predilecci\u00f3n por la ginebra, el whisky y el Dry Martini que consume a menudo en un emblem\u00e1tico local neoyorquino, el bar del hotel Biltmore. Escenario por cierto de las andanzas tambi\u00e9n dips\u00f3manas de otro h\u00e9roe de ficci\u00f3n, Don Draper, t\u00f3tem de la serie <strong>&#8216;Mad Men&#8217;<\/strong>. En quien pueden reconocerse los avatares de Cheever, cuyos diarios por otro lado contribuyen a que a\u00f1oremos todav\u00eda m\u00e1s nuestras propias incursiones en el mundo de los bares: porque adem\u00e1s de maravillarnos con su el\u00e9ctrica prosa y su descarnada flagelaci\u00f3n, leer a Cheever da sed. Mucha sed.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Escribo estas l\u00edneas cuando en realidad debiera estar muy lejos de Logro\u00f1o. En Fez, destino del viaje familiar previsto y cancelado a causa del famoso y maldito bicho. 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