{"id":589,"date":"2015-12-24T10:50:07","date_gmt":"2015-12-24T10:50:07","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=589"},"modified":"2015-12-24T10:50:07","modified_gmt":"2015-12-24T10:50:07","slug":"su-dickens-nuestro-dickens","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2015\/12\/24\/su-dickens-nuestro-dickens\/","title":{"rendered":"Su Dickens, nuestro Dickens"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/dickens-1.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-590\" title=\"Equipo de softbol del bar de Dickens\" src=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/dickens-1.jpg\" alt=\"Equipo de softbol del bar de Dickens\" width=\"858\" height=\"472\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/dickens-1.jpg 858w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/dickens-1-300x165.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/dickens-1-768x422.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 858px) 100vw, 858px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Cualquier aficionado a la <strong>literatura<\/strong> habr\u00e1 conocido a lo largo de su experiencia lectora ese tipo de autores y de libros que cambian el curso de nuestra vida, porque la enriquecen. Porque la abrillantan, porque nos conducen hacia lugares que desconoc\u00edamos, algunos situados dentro de nosotros mismos. No son tantos, la verdad. Para llegar a ellos, muchas veces nos apoyamos en otros escritores y otros libros, lecturas menores que tambi\u00e9n logran conjugar ese verbo tan querido, el verbo entretener. Son escalas en nuestra trayectoria como lectores, como si supi\u00e9ramos que para alcanzar ciertas cumbres necesitamos tambi\u00e9n este tipo de etapas intermedias, que en ocasiones resultan igualmente estimulantes. Son libros que se adhieren a nosotros con la calidez de una sonrisa, un beso o una caricia. Libros que nos desarman porque tocan una fibra interior emocional cuya existencia tal vez ignor\u00e1bamos. Libros que nos hermanan con quienes los escribieron porque comprobamos que su mundo es nuestro mundo.<\/p>\n<p>Viene a cuento esta digresi\u00f3n, poco pertinente en un universo tem\u00e1tico dedicado a los <strong>bares<\/strong>, porque acabo de concluir un libro que me ha dejado conmocionado. Habla, en efecto, de bares. Y habla de ellos un poco como hemos hecho en este <strong>blog<\/strong>, como una excusa para hablar de nosotros mismos y de nuestros alrededores. La gente que los habita, los camareros memorables y, sobre todo, ese h\u00e1bitat tan conspicuo que se genera en torno a una barra. Ese mundo de camarader\u00eda donde, si somos sinceros, hemos cimentado nuestra visi\u00f3n de la vida, porque hemos sido libres y felices. Libres sin grandes servidumbres. Felices sin grandes amarguras.<\/p>\n<p>El libro, que a\u00fan no s\u00e9 si es una novela, un gran reportaje, una autobiograf\u00eda precoz o un diario, se titula<strong> &#8216;El bar de las buenas esperanzas&#8217;<\/strong>. Un nombre <strong>dickensiano<\/strong>, traducci\u00f3n bastante libre del original (<strong>&#8216;The tender bar&#8217;<\/strong>, en ingl\u00e9s: tampoco est\u00e1 nada mal como t\u00edtulo), que rinde tributo al r\u00f3tulo que campeaba en el bar donde se desarrolla la acci\u00f3n, el bar que acaba convertido en el personaje central del libro. Un bar llamado en efecto <strong>Dickens<\/strong>, que con el tiempo adopta otras nomenclaturas en funci\u00f3n de los cambios de humor de su propietario, el gran Steve. Luego se llamar\u00eda <strong>Publicans<\/strong> y ahora ejerce como tal con el nombre de <strong>Edison<\/strong>, siempre sin salir de la misma calle (Plandome Road) de <strong>Manhasset<\/strong>, pueblecito vecino a Nueva York, donde por cierto Scott Fitzgerald hac\u00eda deambular a sus personajes en<strong> &#8216;El gran Gastby&#8217;<\/strong>.<\/p>\n<p>Lo cual es una atinada met\u00e1fora de las correr\u00edas del protagonista:<strong> J. R. Moehringer<\/strong>, un tipo nacido en los 60, \u00a0busca su propio sue\u00f1o americano y s\u00f3lo encuentra en su itinerario la barra de un bar donde trabaja (o algo as\u00ed) su memorable t\u00edo Charlie, en compa\u00f1\u00eda de una banda no menos inolvidable. Los personajes principales, los secundarios, las tramas y subtramas, la escritura graciosa y sencilla no menos dickensiana, un formidable y sutil sentido del humor&#8230; Todos esos ingredientes son lo de menos. Lo fundamental es atender la voz del autor, que resuena en ocasiones como si fuera la nuestra. Porque encuentra en su bar lo que cualquiera ha ansiado alguna vez: un lugar ideal. Un para\u00edso poco burbujeante. Un ed\u00e9n s\u00f3lido, donde la vida se detiene para que la veamos pasar ante nuestros admirados ojos y sepamos su aut\u00e9ntica sustancia.<\/p>\n<p>Si tuviera que resumir el libro, dir\u00eda que habla del misterio de vivir, la perplejidad de vivir. Lo cual ya s\u00e9 que no es decir mucho. Pero no se me ocurre nada mejor. En realidad, el protagonista navega hacia s\u00ed mismo empujado por las circunstancias (un padre ausente, una familia disfuncional, la precariedad como norma: la pesadilla americana) y va superando etapas asombr\u00e1ndose a cada paso, porque nada de lo que acaba haciendo formaba parte de su potencial futuro. El libro habla de <strong>b\u00e9isbol<\/strong>, del campus de <strong>Yale<\/strong> donde se grad\u00faa para estupefacci\u00f3n propia y ajena. Habla de inestables lazos familiares, del poderoso v\u00ednculo materno. Habla del primer beso y el primer polvo, habla de la clase de relaciones forjadas cuando se vive en una cierta intemperie sentimental, donde todo parece alucinante y alucinado. J. R. Moehringer comparte su admiraci\u00f3n por la vida que acaba siendo suya con el improbable lector y eso es lo mismo que yo hago aqu\u00ed: animar a mis propios improbables lectores a que acudan a la librer\u00eda m\u00e1s cercana y se compren el libro. Que es tambi\u00e9n una declaraci\u00f3n de amor hacia los bares y la literatura, dos mundos tan queridos, dos mundos tan cercanos.<\/p>\n<p>En sus p\u00e1ginas hallar\u00e1 quien se anime joyas como algunas de las frases que he ido anotando: &#8220;Cada libro es un milagro. Cada libro representa un momento en el que alguien se sent\u00f3 en silencio (y ese silencio forma parte del milagro, no te enga\u00f1es) e intent\u00f3 contarnos a los dem\u00e1s una historia&#8221;. &#8220;La cerveza es maravillosa. Nutritiva. Medicinal. Es una bebida, s\u00ed, pero tambi\u00e9n un alimento&#8221;. &#8220;En esta vida solo hay tres cosas seguras: la muerte, los impuestos y los camareros&#8221;. &#8220;Me iba al Dickens en bicicleta, sin dejar de observar a qui\u00e9n entraba y sal\u00eda, sobre todo a los hombres. Ricos y pobres, arreglados y decr\u00e9pitos, en el Dickens entraba toda clase de hombres, y todos entraban por la puerta con paso cansado, como si cargaran con un peso invisible. Caminaban como caminaba yo cuando llevaba la mochila llena de libros de texto. Pero cuando sal\u00edan, lo hac\u00edan flotando&#8221;. Y la frase inaugural del libro, que sirve como cebo a potenciales lectores en el paratexto de la solapa: <strong>&#8220;\u00cdbamos para todo lo que necesit\u00e1bamos. Cuando ten\u00edamos sed, claro, y cuando ten\u00edamos hambre, y cuando est\u00e1bamos muertos de cansancio. \u00cdbamos cuando est\u00e1bamos contentos, a celebrar, y cuando est\u00e1bamos tristes, a quedarnos callados. \u00cdbamos a buscar amor, o sexo, o l\u00edos, o a alguien que estuviera desaparecido, porque tarde o temprano todo el mundo pasaba por all\u00ed. \u00cdbamos, sobre todo, cuando quer\u00edamos que nos encontraran&#8221;.<\/strong><\/p>\n<p>En fin. Que el bar se hizo carne, carne literaria. Me gustar\u00eda pensar que alguien leer\u00e1 un d\u00eda &#8216;El bar de las buenas esperanzas&#8217; y que disfrutar\u00e1 tanto como lo hecho yo. Lo recomiendo a todo aquel que alguna vez haya sentido algo indescrifable cuando se dejaba llevar por la atm\u00f3sfera tan particular de su garitos predilectos, sin saber muy bien la raz\u00f3n: aqu\u00ed la encuentra. Y lo recomiendo a <strong>futuros<\/strong> <strong>periodistas<\/strong>, esos a quienes ahora amamantamos como si tuvieran doce a\u00f1os en lugar de 20 cuando aparecen por la redacci\u00f3n y los sobreprotegemos como es norma: el autor acab\u00f3 trabajando de reportero en el <strong>New York Times<\/strong> y la descripci\u00f3n que hace de sus d\u00edas de meritorio, un novato que s\u00f3lo se encargaba de las fotocopias y de llevar el caf\u00e9 a los veteranos, me parece la mejor escuela de periodismo de la que yo ten\u00eda noticia.<\/p>\n<p>Y lo recomiendo sobre todo a los due\u00f1os de bares, a los que me tuvieron de antiguo como cliente y a los que espero seguir frecuentando. Les pido que hagan realidad la frase definitoria que hallar\u00e1n en la p\u00e1gina 372:<strong> &#8220;A veces el bar me parec\u00eda el mejor sitio del mundo, y otras cre\u00eda que era el mundo entero&#8221;<\/strong>.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><a href=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/dickens-2.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-591\" title=\"Interior del bar Dickens, luego llamado Publicans Imagen extra\u00edda de youtube\" src=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/dickens-2.jpg\" alt=\"Interior del bar Dickens, luego llamado Publicans Imagen extra\u00edda de youtube\" width=\"848\" height=\"442\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/dickens-2.jpg 848w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/dickens-2-300x156.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/dickens-2-768x400.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 848px) 100vw, 848px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>P.D. &#8216;El bar de las grandes esperanzas&#8217; est\u00e1 editado por una peque\u00f1a editorial, <strong>Duomo Nefelibata<\/strong>, y vertida del ingl\u00e9s por <strong>Juanjo Estrella<\/strong>. Su lectura me ha recordado algunas noches pasadas en nuestro propio bar <strong>Dickens<\/strong>, un coqueto garito deudor de la est\u00e9tica del <strong>pub<\/strong> ingl\u00e9s, alojado hace un par de glaciaciones en la esquina de <strong>Juan XXIII con Jorge Vig\u00f3n<\/strong>. Lo recuerdo m\u00e1s que peque\u00f1o, m\u00ednimo. Por lo tanto siempre lleno, con un sospechoso humillo flotando hacia el techo y col\u00e1ndose por la puerta al exterior, como si fuera un reclamo. Era un bar atractivo, al que sigo a\u00f1orando. Aunque yo era m\u00e1s asiduo del vecino (y algo m\u00e1s amplio) Wellington, de parecida tipolog\u00eda, el Dickens fue un bar muy adictivo en <strong>el Logro\u00f1o de los 80<\/strong> para unas cuantas cuadrillas de mi generaci\u00f3n. Tan adictivo, que si cierro los ojos creo ver todav\u00eda a unos cuantos de ellos sentados, unos encima de otros, en el min\u00fasculo silloncete de la entrada. Era su propio Dickens: ignoraban que en este otro Dickens, al lado de Manhattan, sus sue\u00f1os tambi\u00e9n se estaban haciendo realidad. Y que tambi\u00e9n se estaban estrellando contra la realidad.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Cualquier aficionado a la literatura habr\u00e1 conocido a lo largo de su experiencia lectora ese tipo de autores y de libros que cambian el curso de nuestra vida, porque la enriquecen. Porque la abrillantan, porque nos conducen hacia lugares que desconoc\u00edamos, algunos situados dentro de nosotros mismos. No son tantos, la verdad. 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