{"id":600,"date":"2016-01-16T11:35:09","date_gmt":"2016-01-16T11:35:09","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=600"},"modified":"2016-01-16T11:35:09","modified_gmt":"2016-01-16T11:35:09","slug":"bares-del-fin-del-mundo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2016\/01\/16\/bares-del-fin-del-mundo\/","title":{"rendered":"Bares del fin del mundo"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/carracena-barra.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-601\" title=\"Barra del bar de Caracena\" src=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/carracena-barra.jpg\" alt=\"Barra del bar de Caracena\" width=\"600\" height=\"448\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/carracena-barra.jpg 600w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/carracena-barra-300x224.jpg 300w\" sizes=\"(max-width: 600px) 100vw, 600px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La carretera lleva hacia ning\u00fan lugar. En medio de la nada, rodeados por un paisaje inh\u00f3spito de profunda y rara belleza, los amenazantes cortados desplegados alrededor como una promesa intimidante, dejamos el coche al pie de la hermosa ermita de San Pedro y pedimos la llave en el bar vecino. Atiende Antonio, el peque\u00f1o de los hijos de Santiago y Mar\u00eda de los \u00c1ngeles, quien avisa a su hermano mayor, licenciado en Historia que prepara su doctorado en la casa familiar. <strong>Logro\u00f1o en sus bares<\/strong> se ha ido de excursi\u00f3n: apenas dos horas de viaje le han llevado lejos. Muy lejos. Un fin del mundo cercano.<\/p>\n<p>El pueblo de <strong>Caracena<\/strong> forma parte del rosario de poblaciones diseminadas por <strong>Soria<\/strong>, un magno territorio cuyo interior posee ese atractivo hipn\u00f3tico que caracteriza a las grandes regiones des\u00e9rticas. Es un paisaje adictivo si te gustan los paisajes extremos: el fr\u00edo y el viento baten la vega del r\u00edo, bautizado con el mismo nombre del pueblito, habitado por apenas una decena de almas seg\u00fan informa el propio Sergio mientras los visitantes recorren el breve y bello templo, admirados ante su p\u00f3rtico, tan parecido al de la ermita de<strong> Canales de la Sierra<\/strong>. Luego, Sergio conduce al grupo hasta la otra iglesia de Caracena, a trav\u00e9s de una calle por donde hace siglos que se detuvo el tiempo. El viajero que llegara aqu\u00ed hace doscientos a\u00f1os tropezar\u00eda m\u00e1s o menos con la misma imagen. Pulcras viviendas, hermosos edificios (incluida la vieja c\u00e1rcel, de misterioso encanto) y un silencio infinito. Al final de la calle principal, la cuesta leve nos devuelve al calor del bar familiar, donde sigue aguardando el peque\u00f1o Antonio, quien nos informa de que acude al colegio pr\u00f3ximo de <strong>San Esteban de Gormaz<\/strong> mientras sirve el suculento refrigerio. Tenemos de aperitivo salmuera: palabras mayores.<\/p>\n<p>A quien escribe le emociona la capacidad del ser humano para desafiar los elementos y ponerse en pie cada ma\u00f1ana<strong>. El bar de Caracena<\/strong> admite muchos adjetivos (digno es el primero que se me ocurren) pero el que mejor le encaja es el de hom\u00e9rico: hay haza\u00f1as prodigiosas que me parecen menos asombrosas que el coraje que debe reunir d\u00eda tras d\u00eda una familia entera para abrir la puerta, tener la barra en perfecto estado de revista, poner en marcha los fogones (de donde se anuncian otras glorias benditas: carrilleras escabechadas, orejas en salsa, anchoas con tomate) y esperar.<\/p>\n<p>Porque la vida en Soria y en otros tantos parajes de <strong>la Espa\u00f1a rural<\/strong>\u00a0creo que consiste en eso: en esperar. En saber esperar. Nuestra visita, un fr\u00edo s\u00e1bado oto\u00f1al, les parecer\u00e1 a los habitantes de Caracena casi el mismo milagro que para nosotros encierra tropezar con un bar con tanta clase en nuestro itinerario. Un \u00fanico cliente despacha un plato de cordero guisado; entre bocado y bocado, nos regala un castellano transparente como el cielo de Caracena, un espa\u00f1ol de otro tiempo, lleno de elegancia, un punto mordaz. La due\u00f1a del bar acaba de aparecer desde la cocina con la raci\u00f3n prometida y recibe los parabienes con una humildad nada fingida, mientras se disculpa porque tiene que atender al panadero que aguarda afuera con su furgoneta. Es un d\u00eda de traj\u00edn en el pueblo: dos coches en apenas una hora. La charla se hace s\u00f3lida, va madurando. Fruto de la lentitud con que pasan aqu\u00ed las horas, el tiempo parsimonioso: la sabidur\u00eda de quien est\u00e1 habituado a esperar.<\/p>\n<p>Hubo un tiempo en que el concepto de humildad explicaba al conjunto de <strong>Espa\u00f1a<\/strong>. No hab\u00eda nada malo en ello. Se estiraba lo poco que hab\u00eda con sentido del decoro. No se transformaba ni enmascaraba la realidad para hacerla m\u00e1s digerible. Por entonces, la humildad ven\u00eda acompa\u00f1ada por otro elemento que se ha evaporado: la idea de conformarse. Conformarse con lo que hab\u00eda, con lo que hay. Manteles de hule, una pizarra donde la oferta del bar se pintaba a tiza y las viandas sab\u00edan a lo que se promet\u00eda. La tertulia con el camarero manten\u00eda un cierto nivel de distancia \u00a0y las horas, en efecto, transcurr\u00edan despacio. Cuando todos esos ingredientes se reun\u00edan; cuando tras la ventana amenazaba el fr\u00edo, crepitaba la hoguera y el calor de las brasas animaba la conversaci\u00f3n, reinaba la magia de las peque\u00f1as cosas.<\/p>\n<p>Hoy, para encontrarse con esos y otros placeres, debemos peregrinar al fin del mundo. Dejar atr\u00e1s la<strong> Siberia soriana<\/strong>, apreciar el encanto sigiloso de pueblos como <strong>La Rasa<\/strong>, <strong>Fresno de Caracena<\/strong> o <strong>Carrascosa de Abajo<\/strong>, donde el tiempo viaja desde luego muy lento. Encontrar como en un cuento infantil una luz encendida, una puerta abierta al final de la calle y tropezar con un heroico bar que dignifica el trabajo del resto de sus hermanos en esa meritoria cofrad\u00eda de sacar adelante un negocio que vive de los cuatro vecinos que le visitan con frecuencia, las cuadrillas de cazadores, los grupos de domingueros m\u00e1s o menos despistados que nos despedimos con la promesa de volver. La promesa que nos gustar\u00eda materializar antes de que todo este mundo que tambi\u00e9n fue el nuestro desaparezca.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><a href=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/comedor-bueno.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-602\" title=\"Comedor del bar de Caracena\" src=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/comedor-bueno.jpg\" alt=\"Comedor del bar de Caracena\" width=\"600\" height=\"448\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/comedor-bueno.jpg 600w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2015\/12\/comedor-bueno-300x224.jpg 300w\" sizes=\"(max-width: 600px) 100vw, 600px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>P.D. La excursi\u00f3n desde La Rioja hasta Caracena es harto recomendable. El paisaje asombroso, el pueblo alucinante, con sus dos iglesias a cual m\u00e1s coqueta, el bar recoleto&#8230; presidido por un p\u00f3ster de Tit\u00edn. Como si estuvi\u00e9ramos en casa. S\u00ed, el viaje merece la pena. Su castillo, el cercano <strong>Burgo de Osma<\/strong>, las otras localidades vecinas depositarias de su propio legado hist\u00f3rico y art\u00edstico. Y, sobre todo, la sensaci\u00f3n de regreso a una especie de Arcadia donde las cosas saben a lo que sab\u00edan anta\u00f1o. Incluida la deliciosa salmuera.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; La carretera lleva hacia ning\u00fan lugar. En medio de la nada, rodeados por un paisaje inh\u00f3spito de profunda y rara belleza, los amenazantes cortados desplegados alrededor como una promesa intimidante, dejamos el coche al pie de la hermosa ermita de San Pedro y pedimos la llave en el bar vecino. 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