{"id":733,"date":"2016-10-31T09:09:48","date_gmt":"2016-10-31T09:09:48","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=733"},"modified":"2016-10-31T09:09:48","modified_gmt":"2016-10-31T09:09:48","slug":"nuestro-hombre-en-la-barra-un-hombre-dos-bares","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2016\/10\/31\/nuestro-hombre-en-la-barra-un-hombre-dos-bares\/","title":{"rendered":"Nuestro hombre en la barra: un hombre, dos bares"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/10\/lorenzo.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-734\" title=\"Enrique Lorenzo, en el centro, junto a miembros de su equipo. Foto de Justo Rodr\u00edguez\" src=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/10\/lorenzo.jpg\" alt=\"Enrique Lorenzo, en el centro, junto a miembros de su equipo. 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Uno de tantos camareros peritos en el arte de la filosof\u00eda menor, el conocimiento cabal de la psique humana que le han regalado sus clientes: los que empez\u00f3 a tratar en el primitivo bar familiar de la calle <strong>Oller\u00edas<\/strong>, el m\u00edtico <strong>La Chistera<\/strong>, y los que militan en su propia parroquia de incondicionales, a quienes atiende por colleras. En el <strong>Lorenzo<\/strong> de la Traves\u00eda de la calle Laurel y en <strong>La Gota de Vino<\/strong>, la barra vecina alojada en la no menos castiza San Agust\u00edn.<\/p>\n<p>Dos bares fieles a un estilo similar. Siendo tan distintos, rinden tributo al <strong>bar-deLogro\u00f1o-de-toda-la-vida<\/strong>, esto es: que cuando la clientela ingresa en ellos ya sabe a lo qu\u00e9 va. Sabe tambi\u00e9n lo que va a encontrar y se despide luego satisfecha: la sorpresa ser\u00eda la ausencia de sorpresas. El amor por el trabajo bien hecho que Enrique hered\u00f3 de su padre, Lorenzo por partida doble: una leyenda del Logro\u00f1o hostelero que educ\u00f3 a su prole en los valores genuinos del oficio. As\u00ed que Enrique se destet\u00f3 en la escuela paterna ayudando a su madre Rebeca en la cocina del bar primitivo, limpiando champis, y luego se hizo mayor cuando ya en la veintena la familia adquiri\u00f3 ese local bautizado Lorenzo sin ninguna imaginaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Adi\u00f3s a Oller\u00edas, hola a la calle Laurel. All\u00ed han conocido a Enrique algunas generaciones de logro\u00f1eses, como confirma con ese esp\u00edritu burl\u00f3n con que va disparando sus ocurrencias: \u00abDe las cosas que m\u00e1s me gustan de este oficio es que he visto a padres y madres cuando a\u00fan eran novios, luego han venido al bar con sus hijos y ahora me traen tambi\u00e9n a los nietos\u00bb.<\/p>\n<p>Que encuentran en el Lorenzo, entre estas paredes decoradas con un collage de viejas fotos familiares (donde el bar es siempre el protagonista) lo que viene buscando: su pincho estrella, el c\u00e9lebre <strong>T\u00edo Agus<\/strong>. Tanta fama alcanz\u00f3 tal banderilla, recuerda Enrique, que un grupo de universitarios le dedic\u00f3 tiempo y esfuerzo a estudiar sus entra\u00f1as, aunque seguramente tuvieron que hincar la rodilla: el secreto del legendario pincho moruno no reside en su carne, sino en la jugosa salsa que ide\u00f3 hace alg\u00fan siglo la abuela Damiana. Un c\u00f3ctel de especies, una p\u00f3- cima que Enrique se resiste a desvelar mientras recuerda que la apuesta de la familia Lorenzo por homenajear a la cocina en miniatura que ofrece en sus locales viene de antiguo: la impuls\u00f3 desde luego la citada Damiana, pero su propio padre se ocup\u00f3 de preservar ese legado en los bares que fue defendiendo. Visionario, Lorenzo incorpor\u00f3 por ejemplo el pulpo a la vinagreta al recetario de tapas. Hizo lo propio con el chorizo al infiernillo. Y a\u00f1adi\u00f3 a su oferta los imprescindibles escabeches. Ah, las banderillas de nuestros padres. Como enfatiza su hijo, Lorenzo Lorenzo fue algo m\u00e1s que un camarero: honraba con su esp\u00edritu audaz a sus or\u00edgenes como ma\u00eetre, profesi\u00f3n que ejerci\u00f3 con la donosura que revelan esos retratos donde aparece de impoluto smoking blanco. El Cary Grant de los bares de Logro\u00f1o.<\/p>\n<p>As\u00ed, siguiendo la estela de su padre, Enrique Lorenzo acab\u00f3 dirigiendo desde parecidos prop\u00f3sitos el Lorenzo, su propio bar. Hace una treintena larga de a\u00f1os se puso al frente del local en compa\u00f1\u00eda de su hermano y abri\u00f3 luego La Gota de Vino, en paralelo a la experiencia de disponer de su propio restaurante: el <strong>Mes\u00f3n Lorenzo,<\/strong> esa casa de comidas aupada a un primer piso de San Agust\u00edn. Fue una actividad fugaz, cuyo desenlace permiti\u00f3 a Enrique y compa\u00f1\u00eda centrar sus esfuerzos en los dos bares que hoy sigue comandando, superando alg\u00fan desenga\u00f1o que ahora cuenta (de nuevo, como siempre) entre sonrisas: \u00abHab\u00eda gente que no quer\u00eda entrar en La Gota porque les parec\u00eda muy moderno\u00bb. Y recuerda: \u00abSon las mismas cuadrillas que ahora vienen todos los d\u00edas\u00bb. \u00bfEl secreto? Que el bar ejerce como una suerte de neotaberna, mezclando contemporaneidad en su fisonom\u00eda y tradici\u00f3n en su contenido: v\u00e9ase su tremenda carta donde rinde tributo a la querida casquer\u00eda, productos que se baten sin embargo en retirada. \u00abLos m\u00e9dicos, ya se sabe\u00bb: nuevo dardo ir\u00f3nico.<\/p>\n<p>Agazapado tras sus gafas de duende, Enrique va clausurando la charla reclamando una ovaci\u00f3n del respetable para la generaci\u00f3n que le precedi\u00f3 en su oficio y echando la vista atr\u00e1s: no, no hay a\u00f1oranza. Le gustar\u00eda, eso s\u00ed, que se instaurase en el sector un horario m\u00e1s razonable en favor de lo que llama con guasa logro\u00f1esa \u00abreconciliaci\u00f3n familiar\u00bb, de modo que los bares de Laurel dejaran de cerrar al filo de la medianoche. \u00abHasta hace nada, a las diez nos \u00edbamos todos para casa, porque tambi\u00e9n se abr\u00eda antes\u00bb, rememora.<\/p>\n<p>Es su \u00fanica queja. Porque luego confiesa su idilio eterno con la tipolog\u00eda actual de clientela, incluyendo a esas parejas j\u00f3venes de verm\u00fa dominical \u00abque se toman su vino y su pincho mientras le dan el biber\u00f3n al chiquillo\u00bb. Y reconoce tambi\u00e9n su felicidad por la buena reputaci\u00f3n que para bares como los suyos generan las redes sociales, versi\u00f3n moderna del boca a boca, hasta concluir: \u00abEl cliente actual no se queja como el de antes. Si algo no le gusta, se marcha sin decir nada, pero al minuto lo tienes criticando por Internet\u00bb. \u00abPero eso est\u00e1 muy bien, \u00bfeh?\u00bb, lanza una nueva sonrisa. Y un par de conclusiones. Una, corta: \u00abEn un bar no puedes estar solo por dinero: tambi\u00e9n tienes que estar por diversi\u00f3n\u00bb. Y la larga, la reflexi\u00f3n de fondo: \u00abLo importante cuando abres un bar es tener un plan. Lo pones por escrito y luego tal vez ese papel no valga de nada, pero al final te das cuenta de que en ese papelito estaba todo. La identidad propia del bar.\u00a0 Lo que permite que tu bar sea distinto\u00bb.<\/p>\n<p>P. D. Como otros cl\u00e1sicos del Logro\u00f1o castizo que han ido apareciendo en esta secci\u00f3n, tambi\u00e9n Enrique Lorenzo se decanta por preferencias tradicionales cuando se le pregunta a qu\u00e9 bares acude cuando abandona el suyo y se convierte en cliente. Ah\u00ed va su lista, sin grandes sorpresas: &#8220;Me gustan el Soriano, el Blanco y Negro, el Donosti, La Pulper\u00eda&#8230;&#8221; Con una novedad: cuando acompa\u00f1a al patriarca de la saga de ronda, les gusta acodarse en el Gran V\u00eda de la calle hom\u00f3nima. Un bar regentado por cierto por una familia de origen chino:<strong> los nuevos logro\u00f1eses.<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Desde los once a\u00f1os, Enrique Lorenzo ve la vida desfilar desde el otro lado de la barra. Hoy, ya cincuent\u00f3n, observa los avatares del negocio con el punto de lucidez que otorga eso que llaman experiencia y va engarzando en su ch\u00e1chara una verdad tras otra con el aplomo de un joven veterano. 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