{"id":736,"date":"2016-11-04T08:17:34","date_gmt":"2016-11-04T08:17:34","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/?p=736"},"modified":"2016-11-04T08:17:34","modified_gmt":"2016-11-04T08:17:34","slug":"barras-americanas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/logronobares\/2016\/11\/04\/barras-americanas\/","title":{"rendered":"Barras americanas"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/bar-americano.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-737\" title=\"Bar de Nueva York\" src=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/bar-americano.jpg\" alt=\"Bar de Nueva York\" width=\"600\" height=\"450\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/bar-americano.jpg 600w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/bar-americano-300x225.jpg 300w\" sizes=\"(max-width: 600px) 100vw, 600px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Suena <strong>Meat Loaf<\/strong> por los altavoces del bar, donde abreva un grupo de cuarentones como suelen por aqu\u00ed: en silencio. Mirando su reflejo en la cristalera que festonea la barra. Llega una pareja de mujeres, rozando la treintena y la obesidad m\u00f3rbida. No sin dificultades, consiguen auparse hasta el taburete: como es norma, una larga serie de ellos siluetea la estilizada barra, sin apenas espacio entre unos y otros. Por la tele sin voz hay un partido de la liga nacional de b\u00e9isbol juvenil. O algo as\u00ed. Rhode Island contra Iowa. Aparece chispeante la camarera, que regala sonrisas que parecen sinceras en direcci\u00f3n a la propina que aguarda al final de la comanda, cuando concluye la ingesta del bocadillo que llaman <strong>cheespeak<\/strong> (algo as\u00ed como filete con queso, especialidad de <strong>Filadelfia<\/strong>: recomendable), se apagan los sones de<em><strong> Paradise by the dashboard light<\/strong><\/em>, el cuarteto de caballeros se disuelve en silencio (corbata desabrochada, camisa empapada de sudor, coderas de las americanas desgastadas por el uso) y el d\u00fao de gorditas sigue sin parar de cotorrear.<\/p>\n<p>El coraz\u00f3n de <strong>Estados Unidos<\/strong> aguarda ah\u00ed afuera, frente a las puertas del bar bautizado como El b\u00faho rojo, nombre de pub ingl\u00e9s que sin embargo encaja bastante bien en la cuna del gigante norteamericano: estamos en Filadelfia, cuyo centro hist\u00f3rico sirve como condensado breve de la historia de todo el pa\u00eds, aunque mientras saboreo este bocadillo de queso con ternera que jam\u00e1s pens\u00e9 devorar pienso que en realidad el alma estadounidense muy bien podr\u00eda ocultarse entre las paredes de El b\u00faho rojo. El<strong> t\u00edpico-bar-yanqui<\/strong>, en cuya fisonom\u00eda no falta nada. Desde luego, no falta ese grupo de hombres que beben en solitario aunque acompa\u00f1ados: siempre me ha parecido que representa la esencia de lo que uno espera en un bar de esta naci\u00f3n. El bar como escenario de la derrota y del abandono. El bar como ant\u00f3nimo del espacio recreativo, propio para relajarse, que por el contrario resulta habitual entre nosotros.<\/p>\n<p>Me parece que en este tipo de barras americanas siempre hay un personaje de <strong>Arthur Miller<\/strong> o de <strong>Eugene O\u00b4Neill<\/strong> al borde de la desesperaci\u00f3n m\u00e1s absoluta. O como en<em><strong> Fat City<\/strong><\/em> de <strong>John Houston.<\/strong> Claro que en los bares americanos habitan el jolgorio y el hedonismo y cualquier epic\u00fareo ser\u00e1 bienvenido. Pero la impronta de muchos de ellos, la que nos han legado la literatura y el cine, tambi\u00e9n el teatro y la m\u00fasica o la televisi\u00f3n, se perfila contra un tel\u00f3n de fondo donde los mejores d\u00edas ya han pasado. Habitados por una clientela devota de ese tipo de soledad tan adictiva: la soledad acompa\u00f1ada. Y, sin embargo, son bares memorables. Y lo son porque quienes los defienden saben que contribuyen a levantar el imaginario com\u00fan. De modo que si algo fallara. Si carecieran de camarero cascarrabias o resabiado, de decoraci\u00f3n ad hoc y de parroquianos al borde de la desolaci\u00f3n, no servir\u00edan como bares al servicio del sue\u00f1o americano o de su hermana: la pesadilla. No servir\u00edan como los bares que espera encontrar su clientela conspicua. Bares donde la profesionalidad no se negocia. Donde hay un sentido del oficio que antes era tambi\u00e9n norma en Espa\u00f1a, como si sus responsables custodiaran en realidad algo m\u00e1s que un bar. Una manera de sentirse vivo aunque sea mediante respiraci\u00f3n asistida.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><a href=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/bares-yanquis.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-738\" title=\"Un collage de bares yanquis\" src=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/bares-yanquis.jpg\" alt=\"Un collage de bares yanquis\" width=\"600\" height=\"771\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/bares-yanquis.jpg 600w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/bares-yanquis-233x300.jpg 233w\" sizes=\"(max-width: 600px) 100vw, 600px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>A lo largo del viaje surgir\u00e1n muchos bares como este, diseminados por la <strong>Costa Este<\/strong> imagino que en igual proporci\u00f3n que en cualquier otro rinc\u00f3n del pa\u00eds. Bares repletos de magia, de esa tan especial que muchos bares poseen a pesar de s\u00ed mismos. Como si renunciaran a ser agradables y prefiriesen ser interesantes. En esa renuncia se deposita su escondido atractivo. Veremos el Amanda de Filadelfia, con su carta falsamente espa\u00f1ola, o el Cafe Reggio de <strong>Manhattan<\/strong>, donde garantizan que se sirvi\u00f3 el primer capuccino conocido por <strong>Nueva York<\/strong>, donde aseguran que tambi\u00e9n preparan la mejor tarta de queso de la isla. Veremos m\u00e1s bares hispanizados y veremos otros depositarios del genuino esp\u00edritu norteamericano, como el Mellon, cuya hamburguesa deliciosa no alimenta tanto como su decoraci\u00f3n atrabiliaria, su tropa de camareras tan \u00e1giles como sonrientes, el ventanal mirando hacia la calle como en un cuadro de Hoopper, con vistas a la Tercera Avenida y al desamparo. Sentado en Il Cortile de la calle Mulberry, espina dorsal de <strong>Little<\/strong> <strong>Italy<\/strong> (o lo que queda de la Peque\u00f1a Italia), imagino a <strong>Tony Soprano<\/strong> (perd\u00f3n, James Gandolfini) sentado en su mesa favorita que ahora ocupo yo espiando como quien escribe estas l\u00edneas la puerta de entrada por si ocurre lo que tanto tem\u00eda: un disparo al coraz\u00f3n. O que los <em>canolis<\/em> no se sirvan en su punto.<\/p>\n<p>Todas estas barras americanas te reconcilian con la mejor versi\u00f3n de los bares que uno aspira a visitar. Desde luego que hay otros donde el list\u00f3n de las expectativas no se sit\u00faa demasiado alto, bares m\u00e1s bien olvidables. Pero aquellos locales que forman una suerte de patriciado merecen al menos ser recordados ahora que el viaje concluy\u00f3 y s\u00f3lo queda la nostalgia por aquellos d\u00edas de verano, la ruta magn\u00edfica por Nueva York en sus bares. El majestuoso garito del Hotel Plaza. El encantador Blind Tiger en la calle Bleecker, el delicado Caf\u00e9 Sabarsky alojado en la Neue Gallery, el imperial The Smith cuyo hermoso nombre emociona tanto como su elegant\u00edsima barra o su hermoso suelo de damero. Y bares, sobre todo, como no hay entre nosotros. Como el m\u00e1s acabado ejemplo de la tipolog\u00eda propia del pa\u00eds: el <em><strong>dinner<\/strong><\/em>. Uno de ellos ilustra estas l\u00edneas; alguno m\u00e1s aparece en el collage de fotos situado a continuaci\u00f3n. Bares de otro tiempo que se preparan para la piqueta si la movilizaci\u00f3n popular no lo evita: as\u00ed salv\u00f3 la amenazante demolici\u00f3n que se avecinaba el m\u00e1s c\u00e9lebre de ellos, ubicado en el coraz\u00f3n de <strong>Chelsea<\/strong>, donde ahora duerme esperando que estos a\u00f1os tan inmisericordes expidan su certificado de defunci\u00f3n. Ese bar donde siempre hay una camarera con demasiada mili en su cofia esperando a servir otra taza de caf\u00e9 americano o un bist\u00e9 con patatas a los trasnochadores de guardia; ese bar de asientos corridos entronizado desde luego por el cine pero tambi\u00e9n por la televisi\u00f3n. Ese bar cuya estructura parece empotrada contra el edificio que le sirve como \u00fatero materno, ideal para repostar a deshoras y para erigirse como ese monumento al bar tantas veces so\u00f1ado. El bar donde despe\u00f1arse.<\/p>\n<p>O el bar donde celebrar la vida. Por ejemplo, el venerable y encantador P.J. Clarks, uno de los mil garitos que aspiran al t\u00edtulo de<strong> bar-m\u00e1s-antiguo-de-Manhattan<\/strong>. Da lo mismo su fecha de nacimiento. Lo que importa es su atm\u00f3sfera inigualable, el tipo de bar donde uno se quedar\u00eda toda una eternidad, donde no te importa siquiera que la cerveza se sirva caliente. Porque prevalece su esp\u00edritu proteico, su ambiente de camarader\u00eda tan propicia a esta clase de aut\u00e9ntica confraternizaci\u00f3n, propia de los bares que nos gustan. Donde suena Meat Loaf por los altavoces, la tele vomita un partido de b\u00e9isbol juvenil que a nadie interesa, la camarera se toma las confianzas justas, la charla fluye ingeniosa y sin desmayo y la contemplaci\u00f3n de la vida estimula el ritmo neuronal hasta desembocar en esa conclusi\u00f3n tan manoseada como certera: que hay bares donde se est\u00e1 mejor que en casa.<\/p>\n<p>Incluidas ciertas <strong>barras americanas<\/strong>.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><a href=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/arbus.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignnone size-full wp-image-739\" title=\"Foto de Diane Arbus\" src=\"\/logronobares\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/arbus.jpg\" alt=\"Foto de Diane Arbus\" width=\"600\" height=\"398\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/arbus.jpg 600w, https:\/\/static-blogs.larioja.com\/wp-content\/uploads\/sites\/33\/2016\/11\/arbus-300x199.jpg 300w\" sizes=\"(max-width: 600px) 100vw, 600px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>P.D. La visita a los Estados Unidos de Am\u00e9rica cuyos vecinos se disponen este martes, como sucede en alg\u00fan otro lugar del planeta, a elegir entre dos males y determinar cu\u00e1l es el mejor, permite corroborar lo ya sabido: el papel protagonista que el bar ejerce en la construcci\u00f3n de la identidad de este gran pa\u00eds. Grande en todos los sentidos. Una certeza que cualquiera pod\u00eda hacer suya este verano mientras recorr\u00eda las salas del <strong>Met Breuer<\/strong>, uno de los hermanos peque\u00f1os el gigantesco\u00a0<strong>Metropolitan<\/strong>. All\u00ed colgaba sus tot\u00e9micas im\u00e1genes la legendaria fot\u00f3grafa <strong>Diane Arbus<\/strong>, cuyos retratos reflejan a la perfecci\u00f3n esa sensaci\u00f3n de desamparo consustancial a la gran ciudad. A toda gran ciudad y a la gran ciudad por excelencia: Nueva York. Es esa foto aqu\u00ed reproducida, donde reinan la desolaci\u00f3n y la poes\u00eda. Lo que uno espera encontrar tantas veces en su bar favorito, aunque tema confesarlo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Suena Meat Loaf por los altavoces del bar, donde abreva un grupo de cuarentones como suelen por aqu\u00ed: en silencio. Mirando su reflejo en la cristalera que festonea la barra. Llega una pareja de mujeres, rozando la treintena y la obesidad m\u00f3rbida. 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