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	<title>Venecia sin | Material escolar - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular.  Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.</description>
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		<title>Venecia sin | Material escolar - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Oct 2018 11:11:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
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<p>La canción más triste jamás escrita es <em>Que c’est triste Venise</em>. O <em>Venecia sin ti</em>, como siempre se la ha conocido en España. Mis padres la llamaban así: <em>Venecia sin ti</em>. Sobre todo mi madre, que cuando citaba el título, <em>Venecia sin ti</em>, fugaba la mirada con una especie de felicidad triste, o de melancolía luminosa. Es lo que tiene Venecia: un laberinto de melancolía, insondable, infinito. Venecia, en sí misma, escenifica la pérdida continua, presente y futura: ineludible. De novios, habían estado una vez en Venecia, en viaje por Italia con el grupo. No volvieron más veces, físicamente. Sólo la canción de Aznavour atesoraba el recuerdo de aquella visita en la estación joven de sus vidas. Y mi madre citaba su título, <em>Venecia sin ti</em>, como si se tratara de un verso. Evocador, sin duda, pero al pronunciarlo se filtraba también ese presentimiento de despedida que define a Venecia. Y a los sitios, en general, donde se ha sido joven y feliz: imposible regresar a ellos como la primera vez. Venecia es un estado sentimental, estético. El famoso síndrome que nos ataca al encontrarnos allí. Y que nos enferma al alejarnos. Venecia es quien contigo va, o fue. Es imposible reconstruirla, la ciudad y la experiencia. Le faltará algo o alguien a la ciudad, o a ti. De ahí, lo de Venecia sin ti. A partir de un momento, sin tantas cosas. ‘Ti’ es todo. El propio Aznavour la grabaría en español con ese título, <em>Venecia sin ti</em>. Su arranque, inseparable de la prosodia que le imprimía el armenio: «…qué profunda emoción recordar el ayer…». Lo tengo dentro, directamente inoculado desde un <em>single</em> de la época. La cantó varias veces en aquellas Galas de los sábados de la televisión española de finales de los sesenta, siempre sobre algún decoradito en blanco y negro, con su farola y su escaleras a lo Montmartre. Aznavour no lucía entonces –la canción es del 64- el aspecto de un <em>crooner </em>americano, ni de un Montand, ni de un Brel. Cuando cantaba en las Galas de los sábados o en los Festivales parecía, no sé, un secundario del cine español. Delgado, cara de oficinista, pelo pegado, un traje gris que le caía regular. Sólo la edad lo convirtió en un caballero de plata de la canción, en un caballero <em>chansonnier</em>. Cuando ya plateado por los años y por el <em>jazz</em> seguía proclamando <em>Que c’est triste Venise</em> te dabas cuenta que la elegía cobraba más y más sentido. Que la tristeza, con el paso del tiempo, es una <em>acqua alta</em>. Nuestras madres, nuestras tías, decían Aznavour de una manera especial. Como se nombra un perfume, o a un poeta. Entonces en España se estudiaba francés, en clase o por libre, con el método Assimil, para un secretariado o –en secreto- para saber pronunciar Aznavour. Aznavour era, de suyo, un apellido con una sonoridad afortunada: iba de la ‘a’ a la ‘u’; se cerraba con elegancia, como en beso. Aznavour era el poeta de nuestras de madres, de nuestras tías. Nunca pudieron ir a verlo al Olympia de París, pero salía en la tele presentado por Laurita Valenzuela. Por casa andaban los libros y los discos del Assimil. Y el <em>single </em>con <em>Que c’est triste Venise</em>, y tres más: <em>A ma fille</em>, <em>Quand j’en aurai assez</em> y <em>Hier encore</em>. Uno de aquellos <em>singles</em>, de microsurco triangular, a 45 revoluciones y con cuatro temas. Editado por Barclay. En la carátula aparecía Aznavour como empujado por un cañón de luz sobre un fondo rojo boîte. Se daba un aire a un François Truffaut joven. No en vano, Aznavour había sido el pianista de <em>Disparad sobre el pianista </em>de Truffaut. Mi madre ponía el disco de vez en cuando en un <em>pick-up</em>. Lo conservo, en un viejo álbum de <em>singles</em> con otros temas que completaban el cancionero del amor a la francesa. Ese ideal extranjero. Los días en que nuestras madres y tías pasaban de tararear <em>Venecia sin ti</em> a <em>Los paraguas de Cherburgo</em> –del mismo año que <em>Venecia</em>– o algo más tarde <em>Un hombre y una mujer,</em> de Francis Lai: el “Dabadadaá, dabadabadá….”; o también de Lai, <em>Vivir para vivir</em>. Cómo me chocaba a mí ese título: vivir para vivir. Aún hoy lo repienso. Aquellos amores de cine, de amantes elíseos y profesiones liberales, peligrosas, románticas y cosmopolitas –<em>script</em> de cine, reportero en Vietnam, corredor de fórmula 1…-, amores triangulares incluso, como los microsurcos, con estrellas como la Deneuve, Trintignant, Anouk Aimée, Girardot, Montand…; amores que llegaban aquí cortados, a veces después de que llegaran los <em>singles</em> y nuestras madres y tías ya se supieran de memoria las melodías. Que fueran, de hecho, a verlas para, en la oscuridad, tararear el tema. Una vez en Venecia, por la mañana, abrí las ventanas de la habitación del Hotel y con mi primer móvil llamé a mi madre para que escuchara las campanas. Guardo el <em>single</em>, ya digo, pero ya soy incapaz de escucharlo. Sin.</p>
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