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	<title>El sonido de la música | Material escolar - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular.  Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.</description>
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		<title>El sonido de la música | Material escolar - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Jun 2019 08:25:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[ARTES]]></category>
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<p>El próximo viernes 21 se celebra la Fiesta de la Música. Y me acuerdo de mi tío Félix Sáenz (1926-1971) porque él puso la música en mi vida. Era pianista, y me consta que en Logroño se le recuerda. A él y a su esposa, mi tía Josefina. Y su desaparición, súbita y conjunta. No lo hago nunca porque me distrae –la música no me deja estar mas que en un sitio: la música; no puedo compartirla- pero escribo esto oyendo un concierto de mi tío Félix. La única grabación que conservo, registrada originalmente en una cinta de magnetofón, aquellas cintas magnéticas de color marrón. Llegaría a casa, junto al magnetofón, tras el accidente. Un amigo de la radio me la pasó a un CD. No sé dónde se grabó aquel concierto, ni la fecha exacta, aunque tuvo que ser a finales de los años sesenta –yo no tenía ni diez- en el saloncito de la Caja de Ahorros Provincial de Logroño, en el Espolón; quizá patrocinado por la SAR –¡la Sociedad Artística Riojana!; a mí me fascinaba lo del ‘pulso y púa’ que organizaban, la hibridación entre el pulso y la púa, el concepto-; o en el salón de Magisterio, donde tantas veces tocó, con un piano que contribuyó a comprar para la Escuela. O en el Bretón, delante del forillo que se utilizaba para los conciertos, el que llamaban los tramoyistas “de casa rica’. Yo creo que en la grabación toca con Peiró, que le acompañó en algunas ocasiones. Creo recordar que Peiró había sido alumno de Gurbindo, y como él, casi invidente. A mí me llevaban a los conciertos de mi tío, y aprendí a emocionarme con el ritmo y con el sonido de la música. Nada, desde entonces, me emociona como la música. Para mí es como un nervio más, o como una glándula. En la grabación hay piezas románticas y <em>standards</em> de música ligera (un precioso <em>Night and Day</em> de Cole Porter, <em>As time goes by</em> y una maravillosa versión de <em>Strangers in the Night</em>, que ahora mismo me hace llorar, ya digo que la música me conmueve al contacto), acompañadas de baterista y bajo, tipo <em>jazzy</em> o latino (una <em>Garota de Ipanema</em>, perfectamente ritmada, con <em>swing</em>), al modo, en fin, de un Jacques Loussier o de un Mancini que seguro le gustaban a mi tío. De hecho, interpreta igual que Loussier varios temas de Bach. Era la época. También se grabaron los aplausos. Aplausos de logroñeses melómanos de finales de los sesenta. Incluso, como un <em>bonus track</em>, se me oye al final a mí y a mi hermana canturreando ante el micrófono un <em>medley</em> con «el Turururú», «Quien quiere tener un duro quiere tener dos» y «Los que se van, ya volverán». Lo grabaríamos en ese mismo magnetofón, en su casa, el dúplex de Sagasta con Hermanos Moroy, en el hueco del almacén de Coloniales de la Viuda de H. Arza. Encima de la tienda de lanas y lencería de Salas, en la que mi tío también atendía. El salón de aquella casa fue mi primer auditorium. Mi tío tocaba para nosotros en un piano de pared, o nos ponía discos en un <em>pick-up</em> de doble altura que también se conservaría luego en casa de mis padres, con un álbum de discos de pasta de algunos de los principales pianista del siglo XX, pero también de un Gene Krupa. Mi tío nos ponía <em>La Boheme</em>. Y como –que, no lo he dicho, fue fraile (padre blanco) ante que pianista, esposo, tío y comerciante- venía, tengo entendido, de una familia que había pasado por América, en Nieva de Cameros, en el entorno de su plaza, tenían una casa. De piedra. Con jardín, alhacena, alto y un juego de la rana. Nos llevaban a ella muchos domingos y días de verano, en su Simca 1000, porque nosotros no teníamos coche. En una alcoba de la casa que daba al salón había una pianola. Es uno de los objetos de mi vida. Cuando no había nadie, en la semioscuridad, pasando por delante de la mesa del salón, en la que aún quedaban restos de un almuerzo de caza, como en un bodegón, me sentaba en la banqueta de la pianola a pedalear y a enredar con los rollos de música, que yo repasaba con los dedos, como si estuvieran en Braille. Por mi tío Félix me apuntaría luego al Conservatorio, donde conocí a Alonso, a Pinedo, a Bravo, a Blasco, a los grandes profesores. Y en algún Reyes cayó una batería de juguete. Y mi tía Josefina, recuerdo, nos llevó al cine a ver <em>Sonrisas y lágrimas</em>, o sea <em>The Sound of Music</em>, el sonido de la música, que me sigue encantando porque trata de una familia que lucha contra el nazismo con el solfeo, y de un padre convertido a la música. Mi tío Félix me parecía alto. Era culto, burgués y moderno. Buen pianista. En Logroño. Hablaba francés. Llevaba patillas. Se daba un aire a Stefan Zweig. En San Mateo de 1971, viajando (viajaban mucho para lo que se viajaba entonces), un camión se llevó el Simca por delante. Tenía 45 años. Yo ya le saco trece. Soy mucho mayor que él cuando lo vi y escuché por última vez. Fue desaparecer él y pasarme el sonido de la música al torrente sanguíneo. Y sigue circulando.</p>
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