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	<title>Barras y estrellas | Material escolar - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular.  Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.</description>
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		<title>Barras y estrellas | Material escolar - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jul 2020 11:01:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>¿Alguien de ustedes ha oído hablar alguna vez de un tal Marion Mitchell Morrison? Era, por lo que cuenta la wiki, un tipo de Winterset, Iowa, Nacido en 1907 e hijo de una familia presbiteriana sin posibles, con ascendencia irlandesa, escocesa e inglesa. Su abuelo había participado en la Guerra de Secesión. Tenía de chaval un <em>terrier</em> al que adoraba. La familia, para prosperar, se mudó en 1919 a California, donde su padre se emplearía en una farmacia. Y él en la heladería de un comerciante que, además, herraba caballos para los del cine. El tal Marion era altote, fuerte, iba para deportista. Quiso enrolarse en la Marina pero lo rechazaron y le dieron una beca para estudiar derecho en la Universidad porque era bueno jugando al fútbol (americano, claro, como todo en esta historia). Debió ser también un estudiante aplicado pero se lesionó la clavícula nadando y a consecuencia de ello perdió la beca y la vocación. Acabaría de actor. Fue un ciudadano muy de derechas. Y hasta miembro de una orden templaria. Se caso tres veces, tuvo siete hijos y murió de un cáncer de estómago, con setenta y dos años, en 1979. Y fin. Hasta aquí el hombre.</p>
<p>Pero en medio había sucedido que su entrenador en aquel equipo de fútbol donde jugaba de joven les solía regalar entradas para los partidos a dos sujetos que hacían películas de caballistas: John Ford y Tom Mix. Y estos, agradecidos, contrataron al chico para que sirviera de utilero en sus películas; lo que le permitiría conversar, por ejemplo, con Wyatt Earp, que aún sobreviviría al cine sonoro. De resultas, Marion Mitchell Morrison se convertiría en… John Wayne. Y a partir de aquí, «se imprime la leyenda». Un nombre artístico es el primero de los papeles que un actor se verá obligado a asumir y a interpretar, sin interrupción. Un nombre artístico es un troquel, que ahorma a la persona del actor en un personaje que a su vez habrá de incorporar a otros muchos personajes. De forma que se llega a crear una cadena de trasvases e influencias. Hasta que se compacta un mito. Un símbolo. Así, John Wayne resultó –como les sucedería a otros, en Hollywood– una amalgama. En este caso un ‘duquesazgo’. Y como decía Edgar Morin en <em>Las Stars</em>, su libro clásico sobre las muchas máscaras superpuestas en esta extraña industria<em>,</em> el matrimonio (<em>sic</em>) entre un actor/actriz y sus personajes genera un «ser mixto» que envuelve a ambos, ser al que llamamos ‘estrella’. A Marion Mitchell Morrison no lo conocí, pero a John Wayne, como ‘ser mixto’ para la pantalla cinematográfica, sí. Mucho. E incluso vi con mis propios ojos su estrella en el suelo de Sunset Boulevard. Ahora, en 2020, unas declaraciones de aquel ciudadano Marion Mitchell Morrison realizadas a la revista <em>Playboy </em>en 1971 –no hará falta subrayar que muy reprobables– a favor del supremacismo blanco, serán la causa de que, con carácter retroactivo, le quiten el sobrenombre de su mito, John Wayne, al aeropuerto del Condado de Orange. Unas declaraciones que nadie del Condado debió haber leído cuando en 1979 bautizaron el aeropuerto. Pero el cine, y cuantas veces la Historia –de eso trata precisamente <em>El hombre que mató a Liberty Valance</em>–, imprime el mito. Y entonces, ­e iré escalando por el orden de impacto: el Sean Mercer de <em>Hatari!</em>; el John T. Chance que con un borracho, un anciano y un muchacho se aparapetaban contra un<em> mob</em> local en <em>Río Bravo</em>; el Cole Thornton que en <em>El Dorado</em> ayudaba a unos granjeros contra unos caciques y a su amigo contra el alcohol; el Donovan edonista, broncas y ‘pacifista’ (por el Océano) de <em>La Taberna del irlandés</em>; el Tom Doniphon de <em>Liberty Valance</em>, sin cuya intervención discreta no se restaurarían la civilización ni la libertad de prensa en Shinbone; Sean Thornton, el hombre que buscaba la tranquilidad del alma (y a su Maureen O’Hara) en <em>El hombre tranquilo</em>; los York, Brittles y Yorke de la trilogía de la caballería; el Ringo Kid que en <em>La Diligencia</em> defendía el convoy y el honor de una prostituta y, en la cima, el Ethan Edwards de <em>Centauros del desierto,</em> uno de los personajes más complejos, traumáticos, trágicos e incómodos que ha dado el cine –y una película que revisada en los setenta sirvió a una generación de jóvenes norteamericanos para entender y denunciar la guerra de Vietnam–, pues esos personajes míticos, fronterizos, oscuros cuando no marginales, del eje Hawks-Ford, serán para mí John Wayne. Muchos de ellos merecían un aeropuerto.</p>
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