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	<title>Los amados 8 | Material escolar - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular.  Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.</description>
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		<pubDate>Sun, 15 May 2022 10:28:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Una empresa dedicada a la conversión de películas en formato 8 mm y Súper 8 a digital ha instalado una sede en Logroño. De película-película; es decir: cintas de triacetato. Un género matérico, táctil, que ha sido preservado como parte del álbum familiar en ‘voltios’ improvisados en viejos latones de cola-cao, de los que luego servían para costureros, o en cajas de zapatos, habitual caja fuerte de las fotografías. ‘Voltio’: preciosa adaptación eléctrica del término inglés <em>vault:</em> bodega, cámara acorazada, sótano. Incluso panteón familiar. En el mundo archivístico del cine se llama <em>vault</em> al búnquer, al cementerio –que dirían los bodegueros– donde se conservan las latas de películas, aguardando un más allá tecnológico. El voltio es un panteón y las películas antiguas, los 8 entre ellas –legado de abuelos y padres, dicen los creadores de la empresa– una secuencia de postrimerías que, con el paso de los años (que no ya el de su manivela, interrumpido en unas vacaciones o en la comunión de la mayor), destiñe su color al violeta y acelera su velocidad al modo del cine cómico o la ralentiza como en los sueños. Los 8 atesoran un material que ha evolucionado orgánica y estéticamente de una manera autónoma y encriptada. La empresa es joven, de una edad 4k, o por ahí. Pero van a ver cómo llega hasta sus ordenadores de última generación toda una segunda historia del cine, que no sólo busca restaurar su piel sino traer a un presente virtual y al almacén de un disco externo, un volumen de información, un <em>big data</em> doméstico, mucho más grande y revelador que el filmado en formatos superiores, los industriales: el 35 milímetros, que es el estándar de la ficción. Un inventario de seres, objetos e instantes que sólo un gesto amateur (lo que ya supone un acto de amor) –hablo de un ojo de paso estrecho, reducido, a medida de lo casero de los acontecimientos humanos­– puede interesarse en captar. Porque la vida es en 8 mm. O como mucho en Súper 8. No hay mucha diferencia entre ambos, por cierto. Cuando en casa ponías el proyector y le dabas al conmutador del 8 o al del Súper 8, dependiendo como viniera marcado en la cajita de la película, se veía más o menos igual, un poco más grande el cuadro, tampoco mucho. Digamos que nuestras vidas, nuestras historias, has oscilado, oscilan, entre el 8 y el Súper 8. La mayor parte de nuestro tiempo estamos en el 8, con aspiraciones a remontar hasta el Súper 8. Kodak inventó el 8 en los años treinta del siglo XX. Pensando en convertir al espectador común en <em>cameraman</em>. Y a sus familiares o amigos en estrellas. Y a sus viajes o celebraciones en la mayor aventura. Y su salón de estar en un cinematógrafo. Los papeles del espectáculo del cine cambiaban. Y quedaban en tu mano. Los formatos son, además de una opción técnica, una opción poética. Y milimétrica: que es en lo que podemos medir nuestros avances, y el tamaño del plano que ocupamos. El formato es el mensaje, se podría afirmar, parafraseando a McLuhan. En la escala de formatos en milímetros que el cine ha ofertado, desde el 8 hasta el 70 (el máximo, sólo al alcance de una épica por encima de nuestras posibilidades), pasando por el 9’5, el 16 o el 35, subyacen formas distintas de ver y recordar. A la acción de pasar de un formato pequeño a uno más grande se le conocía por ‘hinchar’ o ‘inflar’. Resultaba muy artificial y siempre sufría la totalidad del cuadro. Algo se quedaba fuera o desfiguraba su textura original. Nada más parecido a cuando pretendemos agrandar de formato alguna de nuestras palabras, actos o ideas, que realmente tienen el tamaño de un 8. O alterar su cadencia original, que era de 18 fotogramas por segundo, no de 24, al que rula la ficción mayor. En el 8, o su repunte el Súper 8, nos ha cabido de todo: excursiones, piscinas, bodegas, fiestas, visitas, tiempos muertos y hasta pinitos argumentales. Y sobre todo rostros que, al cambio del tiempo y de lo sucedido, duele mucho ver tan redivivos y actuales, en su reencarnación digital.  Es la caja amarilla de nuestra memoria, la del Kodachrome. Tengo delante, en una estantería de mi casa, dos cajas, de mi padre. Una permanece sin abrir y la otra contiene un rollo filmado pero nunca positivado. En esa brecha, en ese vacío, también hay una parte de la película.</p>
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