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	<title>El rancho | Material escolar - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular.  Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.</description>
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		<title>El rancho | Material escolar - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2025 09:54:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>El <em>western</em> lo ha contado todo. Estados Unidos se explica y romancea en los <em>westerns</em>. Y el <em>western</em>, de hecho, no cesa. Se refunda en series y en películas. Muchas de estas nuevas entregas aparecen incluso bajo la apariencia de otro género, pero son <em>westerns </em>en el fondo, profundamente <em>westerns</em> en su poética y geografía. La serie <em>Yellowstone</em>, por ejemplo, se reconoce en el <em>western</em>, no cabe duda. El <em>western</em> ha relatado, entre otros temas, el drama de la tierra, de su pertenencia y heredad. Y de su violencia, física, que las películas del periodo áureo mostraban de una forma pantomímica, coreográfica, sin derramamiento de sangre a la vista, pero que ahora, el nuevo <em>western</em> revela en la verdad de su impacto corporal. A quemarropa. Sí, es una historia de violencia el <em>western</em>. Como también lo era el antiguo testamento de los pioneros. No otra cosa es el arcano del <em>western</em> y de la nación: un relato entre pastoral y cainita, tribal. El <em>western </em>inventa la Edad Media americana, y su biblia, que es inversa a la que conocemos, pues no trata el mito de la expulsión del Edén, si no de su búsqueda, a uña de caballo, a sangre y fuego, naufragando (véase <em>1883</em>, la hermosa precuela de <em>Yellowstone</em>). El mito del origen de la civilización. El <em>western</em> es lírica y guerra. Epopeya y fratricidio. Individualismo y clan. Indigenismo y colonización. Espacios abiertos y crimen. Hechos y legenda. La victoria de la leyenda. Las “del Oeste” cuentan un sueño inacabable, de infinitos episodios, muchos de ellos relativos a la búsqueda del hogar y de un lugar en el paraíso; a la ilusión del asentamiento y del logro de la propiedad, privada, inexpugnable. La religión de una comunidad en formación, ahormada en el miedo y en el recelo frente al “otro” y la amenaza exterior. Una comunidad ahormada y armada. Cuenta, en fin, una tragedia, la tragedia americana. Aún activa, como la caldera de un volcán. Fuera del vallado del rancho, todo resulta una agresión, una invasión y una partida de enemigos. El<em> western </em>hizo del rancho una de sus fincas dramatúrgicas más características, una domesticidad trágica. Y creo un motivo argumental fundamental, con muchos títulos en el inventario del género: la lucha a brazo partido, infectada por el odio, entre rancheros –agrícolas asentados–, y los vaqueros ambulantes, que pastoreaban ganado de punta, campo a través. El rancho es, en las tablas de la ley de <em>western</em>, hogar familiar, sí, pero vivido como fuerte, bastión, refugio, cuartel y armero. Un estado dentro del Estado. Bendecido por Dios en cada caso y en cada casa. Regido por la desconfianza y el miedo. Lo que Donald Trump –hacendado multimillonario y ahora presidente supremo del solar– considera hacer más grande América es, muy al contrario, un regreso al rancho, a la ideología del rancho, a la política del rancho, en su versión más radical y temible. A un rancho que es, en realidad, un terreno desconocido, al que nos va a arrastrar. Y he usado el término “política” que ya resulta en sí mismo extranjerizante y <em>woke</em> en el panorama de cercado en el que entra América. Este lunes, la 2 ponía <em>Centauros del desierto</em> de John Ford a la misma hora que, en directo, Trump recibía un baño de masas, en vísperas de su renombramiento. Prefiguraba lo que al día siguiente ya sería la puesta en escena obscenamente cesárea e imperial de firmas de decretos, rubricados con la desaprensión de las sentencias. <em>Centauros</em> trata precisamente de las heridas internas del país, de la familia rota y de la neurosis del miedo al otro. Ford, un republicano –como John Wayne, como la mayoría de su clan–, le hizo públicamente frente a otro republicano (e inventor, por cierto, de las tablas de la ley en el cine), Cecil B. de Mille, sacándole la cara a los incausados por el infame Macartismo, que ahora mismo parece resonar en discursos y proclamas. No creo que a Trump le importe nada América ni los norteamericanos. Sólo le importa el rancho. El suyo.</p>
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