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	<title>Material escolarBernardo Sánchez Salas &#8211; Material escolar</title>
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	<description>Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular.  Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.</description>
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		<title>Luz, más luz</title>
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		<pubDate>Fri, 09 May 2025 18:03:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ensayo sobre la ceguera Con el apagón sale a la luz, ¡cegadora!, toda nuestra vida pendiente de un hilo (eléctrico) y de su precio en todos los sentidos (sobre todo el de la vista). Salen las viejas palabras para referirse a sus elementos: “corriente”, “plomos”, “fusibles”, “transformadores”, el quedarse a “dos velas” (también asociado a [&#8230;]]]></description>
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<li><strong>Ensayo sobre la ceguera</strong></li>
</ol>
<p>Con el apagón sale a la luz, ¡cegadora!, toda nuestra vida pendiente de un hilo (eléctrico) y de su precio en todos los sentidos (sobre todo el de la vista). Salen las viejas palabras para referirse a sus elementos: “corriente”, “plomos”, “fusibles”, “transformadores”, el quedarse a “dos velas” (también asociado a quedarse sin un duro), el “irse” la luz (o sea, que nos abandona, que nos desasiste) y las “pilas de petaca”. Sale el echarle la culpa del corte de suministro a la obra que no terminan al lado; al que tenía que haber pagado el recibo y no lo ha pagado; al “amolacasa” y al ayuntamiento. Sale la luz como asunto casero. Vecinal. El primer personaje que aparece en <em>Historia de una escalera</em> de Buero Vallejo –autor de otros ensayos sobre la ceguera general en que vivimos, como <em>La ardiente oscuridad</em> o <em>El concierto de San Ovidio</em>– es, cómo no, el cobrador de la luz. A algunos vecinos no les alcanza para pagarla y hay vecinos de mano que se prestan para cubrir lo que deben aquellos. Con algún recargo o intereses, claro, al cabo del tiempo. Se ha reestrenado esta temporada en El Español con su antigua emoción intacta y una nueva deslumbrante, iluminada por la tiniebla actual. La luz de esa escalera –que es la de nuestra Historia, plagada de apagones y cortocircuitos– es la versión a escala humana, familiar, doméstica del fuego robado por Prometeo a los dioses para ingeniar la primera y mítica Red Eléctrica universal. Aquellas luces que hicieron siglos y alumbraron ideas, algunas ignífugas y otras combustibles. La luz que el lunes se nos fue es la versión bombilla, la versión filamento, la versión red(ecilla) eléctrica. El juego del “Electro-L” con el que montábamos nuestros primeros circuitos eléctricos en la infancia. Y el martes, regresamos con energías renovables y las pilas cargadas.</p>
<ol start="2">
<li><strong>El kit Von Der Leyen</strong></li>
</ol>
<p>Un hato a la espalda provisto de: juego de palos de madera (de base y taladro) y una bolsa de hierba seca o yesca (preferentemente de junco de laguna) para hacer fuego. En su defecto, unas piedras de magnesio con barra fina de ferrocerio integrada. Un péndulo o varilla Busca Aguas de zahorí. Un ábaco. Un tirachinas. Aceite de Árnica. Tabaco de mascar. Juanolas. Capullos de gusanos de seda. Un tarro de engrudo. Una bolsa con chuscos de pan duro. Manteca. Lápices de carpintero. Tizas de sastre. Regaliz de palo, “paloduz”, en abundancia. Pimentón. Espejuelos. Mucho suelto y algunos billetes de las antiguas pesetas. Un taco de hojas de pergamino para anotar. Todas las pastillas o escamas de Jabón Lagarto que se puedan. Una lata de grasa de búfalo. Unas katiuskas. Una pelliza. Un vaso de chupito plegable. Una baraja española con su complemento de pitas y amarracos, para ocupar el ocio. O en su defecto una de Fournier con el juego de las Familias de los Siete Países. Una radio de galena. Varias pilas voltaicas. Un reloj de sol. Un timbre de bicicleta. Un detente bala. Una bandeja de plastilinas Jovi. Pastillas de clorofila, perejil y menta. Ingredientes para realizar salmuera. El álbum de “Vida y Color”. Una bota de vino de piel de vacuno tintada en negro interior látex sin goteo para rellenarla de agua potabilizada con pastillas. En su defecto, vale un pellejo de vino tamaño pequeño. Repelentes antimosquitos. Reclamos para perdices. Silbatos de llamadas de patos y cuervos. Fósiles antiestrés. Estuche con seis puntas de flecha de sílex para cocinar. Certificado con tu grupo sanguíneo. Una lupa. Objetos diversos para practicar trueque. Palillos mondadientes. Una bolsa de las de agua caliente. Un caneco. Una navajita multiuso que incluya cortaúñas. Y un Libro de horas.</p>
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		<title>La agonía y el éxtasis</title>
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		<pubDate>Fri, 09 May 2025 18:01:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Aula Sixtina Desconozco si en el Estado Vaticano permiten la entrada de los móviles en sus colegios, sobre todo en el cardenalicio. Pensaba yo estos días, de cara al cónclave –necesitado de una concentración espiritual superlativa–, que no se puede concebir mayor factor de distracción en tan altas horas decisorias que el verse inmerso en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<ol>
<li><strong>Aula Sixtina</strong></li>
</ol>
<p>Desconozco si en el Estado Vaticano permiten la entrada de los móviles en sus colegios, sobre todo en el cardenalicio. Pensaba yo estos días, de cara al cónclave –necesitado de una concentración espiritual superlativa–, que no se puede concebir mayor factor de distracción en tan altas horas decisorias que el verse inmerso en la caja de imágenes de la Capilla Sixtina. La pantalla de un móvil, a su lado, es una estampita irrelevante. Pero el trampantojo de la Sixtina ¿cómo puedes mirar y pensar en otra cosa? El nuevo Pedro saldría, sin duda, elegido rápidamente si la votación se celebrara en un salón de usos múltiples, frío y neutro, pero el planetarium de la Sixtina no invita sino a la dubitación eterna. Y al éxtasis estético. Me distraigo con una mosca, como para poder discurrir con el Juicio Final de Miguel Ángel enfrente: el <em>instagram </em>de todos los tiempos, la <em>net </em>más fabulosa imaginable. Y si buscas inspiración en su elenco y drama la decisión podría prolongarse sin fecha. Me puedo imaginar al espectro de Julio II urgiendo a los purpurados «¿Cuándo vais a acabar de votar?»; y respondiendo estos, como Buonarroti (buen apellido para un Príncipe de la Ecclesia de las Artes, Buonarroti I),: «Cuando acabemos».  <strong>              </strong></p>
<ol start="2">
<li><strong>Sus paternidades</strong></li>
</ol>
<p>Cuando Rafael Azcona fue padre por primera vez, en octubre de 1965, le escribió una carta a Berlanga desde Norteamérica contándole sus impresiones. Mientras, en esas horas de paternidad primeriza, pendiente de su amada Roma, se distraía viendo en televisión los reportajes sobre la visita de Pablo VI al país. Rafael se admiraba de que las cadenas recogieran todos los momentos de su viaje. Pero él prefería uno de pura comedia cinematográfica: cuando Pablo VI se encontraba ya de salida en el aeropuerto, leyendo un discurso de despedida en inglés, comenzó a soplar un fuerte viento. Y cito: «El pobre hombre perdía parte de su majestad luchando para que no se le perdiera el gorrito ése que lleva, pero ha habido un momento en que la esclavina le ha tapado toda la cabeza. Pablo VI ha pretendido seguir leyendo en la confianza de que la esclavina se caería por sí sola, pero al final ha tenido que ponerse a luchar con ella para asomar la nariz y las gafas a sus papeles, y era aclamado como un futbolista». Francisco –que vivió también algún momento de capela al viento– canonizaría luego a Pablo VI. Y cerraba su carta Rafael con una profecía: «La salvación está en los chinos, no hay duda».</p>
<ol start="3">
<li><strong>La audiencia</strong></li>
</ol>
<p>Frente a la ligereza de la esclavina voladiza, el peso y laberinto del castillo <em>kakfiano</em>. Rafael y Marco Ferreri nunca pudieron llevar al cine una adaptación directa de la novela de Kafka, por problemas de derechos, pero hicieron en 1971 <em>La audiencia</em>, una versión indirecta pero reconocible de <em>El Castillo</em>. Esta vez, K era Amadeo, un joven romano, un hombre de la calle, con gran parecido físico al joven Azcona, por cierto. Amadeo cada día se acercaba hasta una entrada accesoria de San Pedro para intentar que le dejaran acceder, porque tenía que revelarle al Papa un secreto de máxima importancia para la humanidad (seguramente que la salvación estaba en los chinos). La Guardia Suiza le impedía el paso sistemáticamente. Ayer, en un rincón de la fortaleza vaticana me pareció reconocer en los fastos del funeral de Franciscus a Amadeo (no en vano, el amado por Dios). Extramuros de la valla, claro, y de la tribuna geopolítica. No me extrañaría que Amadeo fuera un viejo conocido de Bergoglio. Somos Amadeos del común, siempre nos quedamos <em>ad portas.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Divino Mancini</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2025 10:21:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[El gran Quincy Jones confesaba en una entrevista que por las noches procuraba mantenerse en vigilia, sin abandonarse al sueño, no fuera que Dios llegara hasta su cama con una idea musical brillante, divina, lo encontrara dormido y entonces fuera a regalársela a Henry Mancini, que debía vivir cerca. Así se explica el genio delicioso [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El gran Quincy Jones confesaba en una entrevista que por las noches procuraba mantenerse en vigilia, sin abandonarse al sueño, no fuera que Dios llegara hasta su cama con una idea musical brillante, divina, lo encontrara dormido y entonces fuera a regalársela a Henry Mancini, que debía vivir cerca. Así se explica el genio delicioso de Mancini (Cleveland, Ohio, 26 de abril de 1924-14 de junio de 1994), cuyo centenario celebramos este año, aunque no pase un día de nuestra vida que no caminemos al paso de una pantera (rosa) o salgamos en estampida como salen unas crías de elefante; o que no contemplemos escaparates de joyería como si cualquier joyería fuera la de Tyffany’s; o que no nos desayunemos con diamantes, haciendo verdad eso de que el desayuno es la comida más importante del día (e incluso la película te invita a desayunar de noche, a cualquier hora, si es con Holly Golightly); o que no pensemos en Audrey Hepburn atravesada por la luz del río de la luna o al ritmo del rocambole de <em>Charada</em>; o que no pongamos el despertador sin escuchar al tic-tac de la bomba de relojería del arranque de <em>Sed de mal</em>; o que no veamos a los animales de los documentales de la 2 si no al compás del tema de <em>Hatari!</em> (donde la música de Mancini convertía África en la Costa Azul, sobre todo en las veladas nocturnas tras la aventura diurna); o que no veamos una pistola de cine negro a punto de detonar y nos apretemos el gatillo del temazo de <em>Peter Gunn</em>; o que no podamos imaginar a una pareja formada por Sofía Loren y Gregory Peck si no es vinculada por un <em>Arabesco</em> musical de los suyos; o que no vayamos a una fiesta en la que, a poco lío que se monte, suena su tema de <em>El guateque</em>; o que no veamos la huella liquida de unas copas en el posavasos y no nos vengan sus <em>Días de vino y de rosas</em>; o que cada vez que suene algo de big-band, o de brass o de jazz, no nos parezca que está Mancini detrás, después de una noche muy productiva en la que a Quincy Jones al final le había podido el sueño, y Dios, que se sabe el camino, había bajado con una carpeta de ideas divinas para que el vecino Mancini las aprovechara. En fin, sin unos compases, sin un leit-motiv de Mancini. En dosis divinamente administradas divertido, romántico, enérgico, juguetón, percutivo, ligero. Te lo pasas de vicio con los acordes y juego de Mancini, que los primeros compases que compuso para el cine fue una frase musical que ilustraba un momento de una comedia de Abbot &amp; Costello (perdidos en Alaska), en el que un cangrejo gigante le mordía en el trasero a Costello. Pues desde esta broma, desde este <em>gag</em>, Mancini ascendió hasta melodías sublimes que pasaban también por la influencia del jazz de Duke Ellington o de Count Bassie, sin perder el humor, la fantasía y la sensualidad. Hay músicas que te placen y acompañan. Músicas que las escuchas pero que te quedas fuera de sus pentagramas por mucho que te admiren o incluso fascinen. Y luego está Henry Mancini, que yo siempre digo que me gustaría vivir dentro de cualquiera de sus temas.</p>
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		<title>Tú, robot</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2025 10:20:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Está semana he leído en la prensa que una universidad española ha desarrollado un –así apodado– “robot conversacional” para detectar, mediante IA, la desinformación, los mensajes tóxicos y las creencias pufosas. Yo, urgido, me he apresurado on line a comprarme un ejemplar. Me llegó hace un par de días. Y cuando lo extraje del estuchado [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Está semana he leído en la prensa que una universidad española ha desarrollado un –así apodado– “robot conversacional” para detectar, mediante IA, la desinformación, los mensajes tóxicos y las creencias pufosas. Yo, urgido, me he apresurado <em>on line</em> a comprarme un ejemplar. Me llegó hace un par de días. Y cuando lo extraje del estuchado poliespán de la caja tampoco me lo podía creer. Venía desactivado, así que lo dejé cargando por la noche enchufado a la red, como el aspirador, o la roomba, a la que el robot miraría –más tarde, al despertar– con cierto recelo a la vez que fraternidad.  Y cuando me levanté por la mañana ya se había puesto las pilas –no como yo, que salgo en mínimos, indefenso ante el orden real o irreal de las cosas– y ya estaba operativo al cien por cien. Y me esperaba ansioso. Entonces: percibo que arde en deseos de detectar el campo de minas de falsedades que habríamos de atravesar. Compruebo que las olfatea, como un cíber trufero. Y entonces, nos aplicamos a hacer una revista de prensa y redes, en la tablet. Voy sometiendo a su filtro lo publicado –contenidos, noticias, <em>twits</em>, declaraciones, imágenes, memes y basura espacial– y él me va a dando a entender cuándo estoy delante de un dato basado en hechos reales o se trata de un <em>fake</em> o de una teoría conspirativa. Estos los huele desde el titular, y para hacérmelo notar, le sube a la pantalla que tiene por rostro un color rojizo que más que un piloto de aviso es como un rubor, como un avergonzamiento ante los bulos o bolas que desde el punto de la mañana comienza a rodar hasta que al final del día ya son como las bolas de roca que perseguían a Indiana Jones en los túneles espeluncos. Y ésa es la primera conversación que mi robot conversacional y yo mantenemos a maitines. Él es o está programado (no sé, a veces, cuál es la diferencia en general, digo, entre ser y estar programado, pero ese es otro curso de filosofía) para conversar más que yo, que con el tiempo me voy metiendo más para adentro. Me rebasa en locuacidad (no he dicho, por cierto, que su voz suena entre autotuneado y Constantino Romero; está como “doblado”). Pero entre el café y su empatía, artificial pero empatía, me voy despertando a la vez que aclarando el horizonte del día que me espera, mitad <em>fake</em>, mitad cierto. El caso es que, ayer pensé en conseguir algo más de aprovechamiento de ésta mi nueva mascota, más allá de pasarle el cedazo de la verdad a la hemeroteca digital. Y lo saqué conmigo a la calle, a ver si fuera de casa, su hábitat de teletrabajo, tenía cobertura en el exterior, y era capaz de ejercer sus habilidades frente a una ventanilla, en un despacho o sencillamente como testigo de un diálogo entre –pongamos– yo y un conocido que me encontrara; pues las medias verdades o la mentira pura y dura o las estrategias conspirativas no sólo circulan en la sociedad reticular, electrónica, sino a pie de calle, en las palabras, en las miradas y en la letra pequeña. Yo, aquí note que el robot conversacional se inhibía, le costaba, vaya. Me hacía algún guiño (ligeros cambios de tono en sus mejillas líquidas), queriéndome darme como alguna pista, tipo “ojo con esto”, “lagarto, lagarto”, pero sin ir más allá, como si el contacto analógico y el factor humano fuesen todavía un planeta por explorar con su configuración y aplicaciones. Como si los elementos conspirativos fueran en este campo de Agramante donde interactuamos más sutiles e invisibles. Como si, incluso, temiese estar infringiendo alguna ley de la robótica, tal y como las dictara el profeta Asimov. No obstante, a buen entendedor, pocos algoritmos bastan. Pero vamos, que si un día yo noto que mi flamante robot conversacional me engaña o que me miente, porque ha cogido mañas de la inteligencia natural, pues agarro y lo llevo a un punto limpio y se acabó. Antes de que él me lleve a mí.</p>
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		<title>¿Original?</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2025 10:20:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Así que era esto: la “criptomnesia” o “criptoamnesia”. Dícese –según la wiki– de «un fenómeno ilusorio de la memoria», «cuando se recuerda algo que está almacenado en la memoria, pero no se experimenta como un recuerdo». Vulgo: el plagio o autoplagio inconsciente. Su sintomatología ha saltado a los titulares de prensa porque un reciente documental [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Así que era esto: la “criptomnesia” o “criptoamnesia”. Dícese –según la <em>wiki</em>– de «un fenómeno ilusorio de la memoria», «cuando se recuerda algo que está almacenado en la memoria, pero no se experimenta como un recuerdo». Vulgo: el plagio o autoplagio inconsciente. Su sintomatología ha saltado a los titulares de prensa porque un reciente documental de la CNN le ha aplicado la lupa a una canción de Taylor Swift y han aparecido lo que podían ser trazas de un fraseo ajeno, cuya ubicación en un tema de la diosa del <em>pop </em>es, cuando menos, misteriosa. El asunto desborda la psiquiatría para internarse en la neurología del <em>business</em> cantante y sonante y de sus águilas legales. <em>My Taylor is rich.</em> ¿Cómo circunvala el orbe sonoro una frase o un compás y llega hasta al atril de Taylor Swift? Al igual que las criptomonedas, la criptomnesia consiste en una economía sumergida; en este caso de ideas o pensamientos de circulación opaca e intestina. Y que pone en solfa –nunca mejor dicho– el concepto de originalidad. ¿Es lo que llamamos originalidad un cedazo de influencias destiladas en un alambique cuyo colector y cuyo cuello son un laboratorio efectivamente alambicado; un efecto de cuando la memoria hace extraños, como una pelota tirada con efecto? ¿Es el arte del borrado de las influencias? ¿De encriptarlas? ¿Consideramos original lo que es sólo una última versión? ¿Es lo original simplemente un recuerdo? ¿Un recuerdo tuyo o importado? Cuando le preguntaron a Louis Lumière si se sentía orgulloso de haber inventado el cine, él respondió que sólo había sido el último en llegar (a la idea, la de la imagen en movimiento). Entonces, claro, no es necesario ser Taylor Swift –ni otros cantantes o escritores estelares, a los que también se les ha diagnosticado (y a algunos de ellos multado) la criptomnesia en ciertas obras, para sufrir una afección similar. Nos puede pasar a cualquiera. De hecho, seguro que nos pasa. Continuamente. Es posible que seamos todos –ya de fábrica– criptoamnésicos en algún grado. Ni en esto, pues, seremos originales. Pienso, sin ir más lejos, que yo no recuerdo haber oído cantar a Taylor Swift más que haciendo de la gata Bombalurina en <em>Cats</em> (versión cinematográfica que merece ser encriptada en el olvido), pero que igual es una disfunción amnésica y resulta que sí, que un día me supe todas sus canciones y hasta fui a verla al Bernabeu y ahora, si me pusiera, en un karaoke podría cantarlas con mis sobrinas. O que las tarareo en la ducha inconscientemente. Ya no estoy seguro, sobre todo después de leer esto de la famosa criptomnesia, de dónde y de cuándo viene lo que pienso, digo o escribo. Y por boca de quién hablo. Me temo que si he creído alguna vez tener alguna buena idea en mi vida, lo que sucedió es que la contraje o se me inoculó en el algún momento y quedó en letargo el suficiente tiempo como para reaparecer como nueva y mía. Igual es que realmente me limité a blanquearla. A hacer pasar por nuevo lo que ya estaba antes. Incluso dentro de mí. Será que una idea (entiéndase un verso, una línea, una secuencia, un acorde) es como uno de esos ultracuerpos de la película. Una vaina. ¿Lo que venimos es con vainas? La etimología del verbo “inventar” ya lo advierte: <em>invenire</em>. O sea: lo que viene. Lo que se inventa viene de algún sitio, conciencia o tiempo. Y nosotros somos los últimos en llegar, como Lumière. Envío, en fin, este Ojo al periódico e igual ya envié uno igual, palabra a palabra, hace cinco, o diez años. Porque llevo veintiún años y unos mil ojos. E igual he perdido la noción de la fuente de lo que digo. A lo mejor estoy internado en un circuito de influencias que voy administrando y reciclando, sin darme cuenta. Igual me he convertido en mi propio y principal <em>influencer</em>. Tengo que hablar con un amigo abogado para ver –de comprobarse que es así, que me he autoplagiado– si puedo emprender medidas legales contra mí mismo. Pero ya, si eso, espero hasta después de fiestas.</p>
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		<title>Broncanitis</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2025 10:17:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Padezco de broncanitis (neologismo). O sea: de Broncano, variante de bronquio; no del bronquio ordinario sino de un órgano –como una pieza de aquel cuerpo humano desmontable y de plástico– que es el que te rompes, por ejemplo, cuando te “partes”; cuando dices: «es que me parto». O «es que me parto, niño» (“niño”: latiguillo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Padezco de <em>broncanitis</em> (neologismo). O sea: de Broncano, variante de bronquio; no del bronquio ordinario sino de un órgano –como una pieza de aquel cuerpo humano desmontable y de plástico– que es el que te rompes, por ejemplo, cuando te “partes”; cuando dices: «es que me parto». O «es que me parto, niño» (“niño”: latiguillo jienense de Broncano). Que me parto de risa. De monda. De bronca. De Broncano, David, que viene de “bronca”, pero de bronca buena, regocijante, gamberroide, de traca; de venirte para arriba: resistente y revoltosa (de revuelta); no de mal rollo sino de lío, jaleo, descojonación, dosis de caos, de follón. Pero sin más violencia aquí que la que surge de la improvisación a chorro, de lo que salta de pronto; un tema o una provincia, que la que trae a la palestra un espectador al que le pasan un micrófono que vuela por la sala. Eso es también una democracia: un micrófono volante que va de aquí para allá en la sala, en el patio, y que pasa de una mano a otra, lo coges y cuentas lo tuyo. Un parlamentarismo. David Broncano –primer espectador de su propio programa, más espectador que conductor– es la versión de Jimmy Fallon pasada por Mortadelo y Filemón o la Rue del Percebe; es decir: un Jimmy Follón; como si su <em>Revuelta</em> la viñeteara Ibáñez, metiendo en el cuadro personajes; o tipos aparentemente normales o incluso famosos, que cuando entran en el escenario se les desprende de sus atributos de forma que nadie al final consigue “hablar de su libro”, y hay una cuarta pared que ha caido como un velo por la rompida de ‘manolobombismo’, de público de todas las Españas; y los invitados se ven en el abismo de un programa no programa, de televisión o similar, en el que la mayor parte de las cosas no se “ven venir”, como dice su presentador no presentador; un anfitrión, Broncano, de un programa que se va haciendo con mimbres distintos cada día, como se va a al mercado, a ver qué hay en los puestos, un programa por hacer, que acaba sin acabar y sin despedidas, en el que de verdad el público es soberano y levanta la mano y habla y canta y trae productos y cantecitos de su tierra. Y hay una perdsona que desde el trono de un bidé parece arbitrar el partido. Broncano, como digo, es el primer espectador del programa, pero también el último. Cualquiera le quita la mesa o la batería del escenario. La Revuelta es un <em>Grand Prix</em> pero con el algoritmo gripao.  Un día de la hispanidad simpática  podría ser una versión extendida de <em>La Revuelta</em>. Una jornada así como asamblearia, como de patio (de butacas). De hecho, esta semana se han leído en <em>La Revuelta</em> varios artículos de la Constitución, y de una manera solemne: desde Hovik Keuchkerian ¡a el mismísimo Cristobal Colón!, que también ha pasado por el sillón de los perros de cojín, desde los que también se comentan algunas voces del diccionario de la RAE. En <em>La Revuelta</em>, por cierto, surgen voces desde cualquier ángulo de la geografía de la sala, y en horario de máxima audiencia. Lo de Broncano y compañía (y es la compañía el éxito de este <em>show</em>) es una versión del “prime time”, pero más bien “primo time”; porque, en el fondo, todo suena a un microcosmos muy familiar. Es una versión a sacopaco y revuelta de <em>La casa de los Martínez</em>; en la que no se sabe quién coño va a entrar por la puerta, ni para qué, sobre todo una vez que ya está dentro. Parafraseando los versos del Dante en las puertas del infierno, podría ponerse esta lápida en la embocadura del Teatro Príncipe Gran Vía, donde se verifica la revuelta (¡y pensar que mi tía Marisa me llevó de niño a ese teatro a ver <em>Annie</em>!) el siguiente aviso para los invitados: «abandonad toda gravedad, vanidad, guion, promoción, entrevista y nombre artístico». Y todo esto, en riguroso falso directo. Y en la Televisión española. Muy española. Nunca se ha proclamado más veces ni más alto, a coro, que la televisión en la que sucede la cosa es la española. O sea: la nuestra.</p>
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		<title>Contenedores</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2025 10:17:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Camino de casa, al llegar a la batería de contenedores de basura me llamó la atención que junto al verde había una pila de libros. Alta y de tomos gruesos, con tapas de color bufete, así como azulado. Me acerqué y vi que era un <em>Enciclopedia Universal</em>. Conté los tomos y eran doce. Y quien los hubiera bajado los había apilado por orden. El de arriba, el volumen I, era “Historia de las civilizaciones”, y a medida que se descendían los pisos –lo iba leyendo en sus lomos– le seguían “Arte y Cultura“, “Música y Bellas Artes”, “Ocio y Sport”, “Fauna y naturaleza”, “Literatura y Filosofía”, “Continentes”, etc… El doceavo y último, ya pegado al suelo, era el de “Ciencia y Tecnología”. Cada uno tenía su emblema, su antiguo emoticono, su divisa característica: una pirámide cruzada con unas lanzas, una paleta de pintor con un libro abierto, un balón con un coche deportivo, un ave con un árbol, una cápsula espacial con una cadena de células o un globo terráqueo. Me eran familiares esos distintivos, esa clasificación. Así como el objeto en sí: la torre enciclopédica que tumbada en el lineal de la biblioteca de muchas casas, la mía, o sea la de mis padres, constituyó una auténtica viga maestra. Del hogar y de nuestro imaginario. Sobre todo las enciclopedias ilustradas. Formidables álbumes de vida y color. Abrí el tomo I y comprobé que era de las ilustradas. La primera estampa era la Piedra Rosetta. Me dio por imaginarme a la persona que bajó la enciclopedia a la basura, con los tomos montados en el ascensor, los doce, un metro y medio de enciclopedia; prácticamente la altura de un vecino, con el que bajas y hablas del tiempo. ¿De qué hablas en el ascensor con una enciclopedia que vas abandonar en la calle? Como decía aquel eslogan contra el abandono de las mascotas: ella nunca lo haría. O si –se me ocurría– bajando, le había parado un vecino, se abría la puerta del ascensor, le veía con la escultura enciclopédica: «Baja, baja, que ya espero». «No hombre, entra, que cabemos los tres». Pensé que quizás era una pieza del vaciado de una vivienda heredada, quizá la de la infancia, y que era la enciclopedia que te enseñó los jeroglíficos, el Atomium de Bruselas o el Everest. Material Escolar. Quizá su dueño tuvo que hacer un par de viajes: ahora bajo los tomos correspondientes a las humanidades, ahora a las religiones, ahora a la tecnología e industria. Me imaginaba quedarte colgado en el ascensor con la enciclopedia. El tiempo que ibas a tener para repasar, para volver a hojear. Y el rescate uno a uno de los tomos, con el técnico del ascensor. «Caballero, no se deje el tomo de “Mundo moderno”». Y me imaginaba, por fin, el dilema, frente al distribuidor de contenedores, que en cierto modo componen la enciclopedia de nuestros residuos: ¿dónde destinar tanto conocimiento, me temo ya considerado residual, analógico y desfasado por la IA y el algoritmo loco, tanta sabiduría de papel combustible?  Y la mayor: ¿cómo se recicla el saber, los saberes? Qué hermoso plural “saberes”, que me suena a sabores. A nutrición. ¿En qué contenedor –nunca mejor dicho–, en qué cubo de contenidos sería propio verter el saber enciclopédico? ¿Y no fue el libro el primer contenedor de la especie? Podría ser el orgánico, pues forma parte de nosotros; es parte de nuestro tejido. Podría ser el de papel, pues está formado por páginas, de papel. Podría ser el de plástico, por las tapas. Podría ser el de vidrio, pues aspiramos a la licenciatura vidriera. Y podría ser el de general, pues se trata de cultura general. Quise pensar que igual la enciclopedia no iba al contenedor, sino que sólo estaba liberada, como cuando se liberan libros en los bancos. Pero por si acaso, me convertí en el bombero Montag de <em>Fahrenheit 451</em> y comencé a memorizarla, antes de que fuera pasto del fuego. Cogí el tomo de “Cine, Radio y Televisión”. He parado un momento, para escribir esto.</p>
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		<title>Curro Galdós</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2025 10:16:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Estoy reenganchado a Curro Jiménez. La viene programando la 2 en paralelo al Telediario del mediodía. Han pasado casi cincuenta palos desde que la vimos, en su horario nocturno y mágico. Y en tiempos de Transición, 1976-1978, a los que Curro y los suyos, una partida liberal, contribuyeron como azote de caciques, tiranos e invasores. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estoy reenganchado a <em>Curro Jiménez.</em> La viene programando la 2 en paralelo al Telediario del mediodía. Han pasado casi cincuenta palos desde que la vimos, en su horario nocturno y mágico. Y en tiempos de Transición, 1976-1978, a los que Curro y los suyos, una partida liberal, contribuyeron como azote de caciques, tiranos e invasores. Me siento con el café; suena la fanfarria de Waldo de los Ríos y me recorre al trote una moción de euforia melancólica. Y compruebo que mi aprecio por ella se incrementa por ángulos que el espectador adolescente no se coscaba entonces. Ahora, <em>Curro Jiménez</em> me parece un Galdós. Y sus cuarenta episodios, cuarenta episodios nacionales. Y como tal veo/ leo ahora la serie. Si el <em>western</em> puede considerarse la literatura romance norteamericana, el bandolerismo nuestro equivale al <em>western</em>. A su drama. Firmaron los capítulos directores que también lo serían de, por ejemplo, <em>Los santos inocentes</em>, <em>La forja de un rebelde</em>, <em>El crimen de Cuenca</em>, <em>La verdad sobre el Caso Savolta</em> o <em>Los Tarantos</em>. O <em>spaghetti-westerns</em>. En esas películas tratarían del pistolerismo, la represión, la miseria, la violencia y el señoritismo. Hablo de Mario Camus, Pilar Miro, Antonio Drove, Rovira Beleta o Romero Marchent. Revisitados hoy los asuntos de <em>Curro Jiménez</em> está claro que trasparentaban –en la bisagra de la salida de la dictadura– la lucha contra la reacción, y a favor de la libertad y de la justicia social. La serie superaba el pintoresquismo, operando desde el romanticismo y el liberalismo, ensillados –era cine de aventuras– a lomos del género caballista. <em>Curro Jiménez</em>, fiel al tiempo en que discurría, daba entrada a un siglo (el XIX), elenco, escenografías y temas poco comunes en la parrilla televisiva: zahoríes, espías, indianos, zíngaros, funcionarios, mercenarios, bodegueros, jornaleros, condesas fatales y hasta un pintor abstracto (que lo fue en la vida real: republicano, vanguardista y poeta), Manuel Viola, alfarero rebelde ante la invasión napoleónica (capítulo “La Gran Batalla de Andalucía”). Salían compañías mineras, casas de juego y destacamentos franceses. Y los viajeros al mito de España: un boxeador irlandés, un corresponsal del <em>Times</em>, un noble escocés, un embajador marroquí o un <em>lord</em> inglés. El cuatro de septiembre de 1978, y como extensión de la serie –recién concluida en los televisores– se estrenó en la gran pantalla un largo que no logró llevar a las salas de cine a los fieles de la sala de estar: <em>Avisa a Curro Jiménez</em>. Su argumento reincidía en el motivo romántico-extranjerizante, de nuevo <em>anglo</em>, con un delegado del Museo Británico que compraba en España un tratado incunable de botánica árabe y era asesinado tras robarle el libro y Curro –convertido en bandolero bibliófilo– a la búsqueda del tomo perdido. Se estrenó en dos cines de Madrid, pero sólo en el de Gran Vía, el Palacio de la Prensa, se montó un <em>show</em>, como si fuera el Curro Jiménez el Circo de Buffalo Bill, que organizaba un desfile cada vez que llegaba a una ciudad. Y así, a las diez de la noche, un grupo de extras de cine ataviados como la cuadrilla de Curro cortó el tráfico para representar un asalto a caballo. En lo alto del Palacio de la Prensa, había estado en tiempos la redacción de <em>La Codorniz</em>, y en ella Rafael Azcona, quien –como recordaba el propio Rafael– no tuvo que avisar a Curro Jiménez para que Sancho Gracia, buen amigo suyo, le echara un cable en una época de trabajo menguante, consiguiendo que le encargaran el guion de un par de capítulos de la serie <em>Los desastres de la Guerra </em>(de Camus); periodo histórico, por lo demás, bien conocido y asendereado por el hijo del canchero. El otro cine de Madrid donde se estrenó simultáneamente la película fue el Velázquez. La serie había finalizado, precisamente, con un capítulo en el que Curro Jiménez rescataba un hermoso caballo blanco, como el que pintara el sevillano. Pero Curro Jiménez era más de Goya, claro. Y de la abstracción de Viola.</p>
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		<title>Lo imposible</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2025 10:15:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>En la película de Bayona, de 2004, una unidad familiar, pudiente y acomodada, formada por un matrimonio y tres hijos, se iba a Tailandia a pasar las navidades –además de para filtrar su propio mar de fondo, algo revuelto– y una mañana, desde el borde de la piscina, vieron anonadados e impotentes cómo el muro gigante de un Tsunami se alzaba sobre el <em>resort</em>, sobre sus cabezas y sobre sus vidas, que mutaban en un visto no visto de la vacación a la pesadilla. Antes de Navidad. En unos pocos segundos, unos segundos como suspendidos, unos segundos desconocidos e ingrávidos, una marea que se iba engrosando y enroscando en medio de un silencio sordo y voraz, borraba la frontera entre el cielo y la tierra. Lo borraba todo y a todos, sumergiendo cuerpos y almas y sembrando el lecho marino de <em>memorias ahogadas</em>, como el título del libro de Jairo Marcos y Mª Ángeles Fernández acerca de las existencias anegadas por el alud de los pantanos. El mismo silencio sordo de la lengua de barro y astillas que vimos avanzar el martes por la tarde-noche, en la realidad y en la televisión (de un silencio incluso más opaco en su versión televisiva, más lento y denso), como si se tratara de un ejército de sombras que, con la forma del agua, invadiera una localidad con nocturnidad, aprovechando el descuido, el ocio o la cena de los pobladores. Habitantes que, en tiempo real y simultáneamente, podían ver lo mismo que estaba sucediendo en su televisor y en su calle. Hasta que se fue la luz. No lo estaban soñando. Estaba sucediendo. Les estaba sucediendo. A ellos. Sobre ellos. Porque lo imposible, sucede. En un instante. Y todo vuelca o es arrastrado, ensordece y funde a negro. Lo imposible está basado en hechos reales.</p>
<p>Pues entre todas las imágenes imposibles que se me han quedado adheridas como algas esta semana hay una que sobresale por su ironía trágica, porque suena como un editorial de lo ocurrido en todos los sentidos, en superficie y en profundidad; o como uno de esos resúmenes que clavan las viñetas de El Roto. Aparecía la imagen, fugazmente, al fondo del plano de una conexión de un informativo, “destacado en la zona”, como se suele denominar en el periodismo. Zona en unos minutos convertida en una ‘no zona’. Zona catastrófica: nunca he sabido, por cierto, qué sucede tras calificar oficialmente a una zona de ‘catastrófica’. El propio concepto me ha dado siempre que pensar: ¿queda la catástrofe en barbecho?, ¿cicatriza sólo con dinero? Si sumo todas las zonas catastróficas que vengo oyendo declaradas como tal a lo largo de estos con sus respectivas catástrofes, me sale un mapa gigantesco, en el que casi no queda sin afectar ni un centímetro. Y el mapa se extiende en sus contornos, valiendo igual para una región o para un corazón (o para una región del corazón); como el paisaje después de una batalla, emocional o intelectual. Podía considerarse, desde luego, el contenido de la imagen a la que me referiré, una capa del fondo del drama. O un chiste malo, macabro. De los que te provocan una mueca que te desencaja la mandíbula. Una capa, en cualquier caso, ya geológica. Era la imagen de un cartel que sobresalía a duras penas en lo que hace unos días debió ser un solar y ahora es un cementerio de automóviles, de varias alturas. Supongo que el cartel era el resto –visto ahora una especie de pecio, pues estamos en un naufragio– de una promoción inmobiliaria. En el cartel se podía leer lo siguiente: “IMAGINA TU CASA EN ESTE LUGAR”.</p>
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		<title>Trump: 2ª temporada</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2025 10:14:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bernardo Sánchez Salas</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[En capítulos anteriores, Trump, en el año MMXX del calendario gregoriano, 2020 del anno Dómini y vigésimo del tercer milenio, acababa contemplando desde el ático de su Torre (Trump), erecta en el 725 de la 5ª Avenida de Gotham City, entre la 56 y la 57 del Midtown, cómo le arrebataban de sus manos la [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En capítulos anteriores, Trump, en el año MMXX del calendario gregoriano, 2020 del <em>anno Dómini</em> y vigésimo del tercer milenio, acababa contemplando desde el ático de su Torre (Trump), erecta en el 725 de la 5ª Avenida de Gotham City, entre la 56 y la 57 del Midtown, cómo le arrebataban de sus manos la presidencia de la república federal de los Estados Unidos; mítico territorio extendido entre los Océanos Pacífico y Atlántico del orbe terrestre y considerada la principal potencia capitalista del mundo mundial, con un Producto Interior Bruto criptogaláctico. Y mientras asistía a su caída, la capa de Max Factor recién aplicada sobre su rostro se iba agrietando. Y virando al gris ceniciento su tupé rubicundo.  La causa de la perdida –inconcebible para él y para su red empresarial, en imparable expansión– era una diferencia de siete millones de votos respecto a su rival político, Joseph Robinett Biden, conocido por “Joe”, antiguo jugador de fútbol en la juventud y luego concejal de condado y senador de uno de los cincuenta estados. Sin embargo, Trump, en el último capítulo, intentaba atribuir el fracaso a un fraude electoral perpetrado por el partido enemigo y lanzaba a sus legiones de águilas legales y a sus logias de seguidores enfebrecidos, ataviados como nuevos bárbaros, a deslegitimar a “Joe Biden”; a tomar de forma temeraria y hasta grotesca los centros de poder, a extorsionar la transición en el Despacho Oval –así denominada la cámara de las decisiones– y a extender por el orbe una nube de bulos, de evolución diurna y nocturna; creando una atmósfera transatlántica de mentiras y corrientes cósmicas conspiranoicas cuando no guerracivilistas cuyo elevado grado de toxicidad se iba instalando como una cúpula, dando lugar a la clasificación científica de <em>trumpismo</em> como calificativo para describir el nuevo fenómeno, que en la 2ª temporada veremos manifestarse de una manera más aguda, y con nuevas tramas, en medio de una república fracturada en dos como no se veía desde la legendaria era de las Guerras de Secesión (pero ésta es otra serie). Y así, la 1ª temporada finalizaba con un Trump destronado e incluso imputado en una lista de cargos contra él que le amenazaban con una inhabilitación a perpetuidad. Pero que también le permitían acariciar una venganza contra “Joe” y sus huestes de traidores a la patria y devoradores de mascotas. Así las cosas, en la 2ª temporada asistiremos a una catástrofe de giros. Veremos cómo “Joe” –tras haber sufrido los cinco continentes una pandemia pestífera y encontrándose él mermado en sus facultades– se retira <em>in extremis</em> de una nueva manga electoral en la república y es suplido por Kamala, la que fuera su segunda en su mandato y primera vicepresidenta mujer en los anales de la nación, que sin embargo, y a pesar de los apoyos que recibirá de las estrellas Hollywood y del <em>pop</em> –satélites, ambos, del entretenimiento universal– no logrará vencer a su némesis: un Trump crecido, al que ni siquiera le interesará ya el país ni sus habitantes sino sólo consumar la venganza aplazada. En los capítulos siguientes asistiremos a la intriga de la financiación y fluctuación –por la mínima– de sondeos del <em>match</em> Kamala/ Trump; a ver cómo el mundo pasa sus noches en vela por ver los debates <em>urbi et orbe</em>; a cómo Trump confía su maquillaje a la IA; a cómo sale ileso e invencible de dos misteriosos atentados y todos sus asuntos con la ley son congelados, y a cómo –para certificar su trascendencia geopolítica– se hará acompañar de un avatar: Mr. Musk, que será pieza clave en las negociaciones con la Federación Rusa –una novena parte de la Tierra– y con la República popular China –primera potencia económica mundial–. Mientras Mr. Musk proyecta la colonización de Marte y bautiza a su imperio tecnológico –para mayor ironía– con el nombre de un perdedor: el genio del inalambrismo, el croata Nikola Tesla.</p>
<p>El Consejo de administración del Doctor Strangelove nos va a parecer la asamblea de una asociación benéfica.</p>
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