{"id":1059,"date":"2023-10-26T17:31:35","date_gmt":"2023-10-26T15:31:35","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=1059"},"modified":"2023-10-26T17:31:35","modified_gmt":"2023-10-26T15:31:35","slug":"somos-ana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2023\/10\/26\/somos-ana\/","title":{"rendered":"Somos Ana"},"content":{"rendered":"<p>Hace cincuenta a\u00f1os, yo me colocaba delante de la cartelera del Cinema Diana para mirar, para atravesar los fotocromos de una pel\u00edcula que no estaba, como tantas entonces, autorizada para mi edad. Esta actividad, mirar fotocromos de pel\u00edculas que no pod\u00eda ver o que, como mucho \u2013paguita y autorizaci\u00f3n \u201cpara todos los p\u00fablicos\u201d mediante\u2013 ver\u00eda PR\u00d3XIMAMENTE (adverbio que resum\u00eda la promesa del cine que vendr\u00eda), fue mi juego favorito en la infancia, y lo practicaba con fruici\u00f3n en Portales, de cuyos arcos colgaban las marquesinas con las im\u00e1genes, casi al modo de las vi\u00f1etas de un romance de ciego. Y algo de eso ten\u00eda, de \u201cceguera\u201d, pues contaban en cuadros la pel\u00edcula que ibas o no ibas a ver, \u00a0seg\u00fan, en una sala. De esto, en muchos sentidos, trataba aquella pel\u00edcula misteriosa que yo observaba intrigado, en la puerta del mismo Cine, de paso a casa de mi abuela, en la San Juan, donde, por cierto, una vecina, la Tere (Alamagnac) me contaba despu\u00e9s de cenar las pel\u00edculas que ella hab\u00eda visto y yo no. Alguna de miedo, con fantasmas o monstruos como el que aparec\u00eda en alg\u00fan fotocromo de la pel\u00edcula que me ten\u00eda sorbido el seso: Frankenstein, que m\u00e1s tarde \u2013como todo en esta historia\u2013 sabr\u00eda que era el monstruo \u201cde\u201d Frankenstein, porque la creatura no ten\u00eda nombre. En uno de los fotocromos aparec\u00eda una ni\u00f1a, de seis o siete a\u00f1os, mirando algo y en otro mirando a Frankenstein, que estaba a su lado. Yo miraba a esa ni\u00f1a mirando y me ve\u00eda reflejado a m\u00ed mismo mirando. Las carteleras y las pel\u00edculas. A\u00f1os m\u00e1s tarde supe que aquella pel\u00edcula que me deten\u00eda y me abr\u00eda los ojos como platos era <em>El esp\u00edritu de la colmena<\/em> (1973), de V\u00edctor Erice, una de las m\u00e1s fascinantes f\u00e1bulas sobre la mirada y el conocimiento, sobre el contacto original con las im\u00e1genes y su rec\u00e1mara. Y que la ni\u00f1a (de mis ojos, y de millones de espectadores en todo el mundo) era Ana Torrent. Es decir: Ana. Para siempre. Ella misma para siempre. Hasta <em>Cerrar los ojos<\/em>: el arco que Erice cierra al cabo de cincuenta a\u00f1os regresando con Ana al instante del reconocimiento, como hija de su padre en la pel\u00edcula, y como hija del cine. Algo que ya tambi\u00e9n somos nosotros, que somos tambi\u00e9n Ana, y lo hemos venido siendo desde la primera vez en el cine. Y en ella nos reconocemos cuando la vemos mirar en <em>Cerrar los ojos<\/em>, a la vez que exclama, por dos veces, como aquella ni\u00f1a que fue en \u00a0<em>El esp\u00edritu<\/em>: \u00ab Soy Ana, Soy Ana\u00bb. Y en ese momento, las l\u00e1grimas saltaron literalmente de mis ojos. \u00a0En un golpe de solidaridad y fraternidad. De identificaci\u00f3n absoluta, gracias a un viaje y a una m\u00e1quina (<em>frankensteiniana<\/em>) llamada cine. Los t\u00e9rminos y circuitos internos de ese arco al que me refer\u00eda verificado por Erice (comunicado, desde luego, en mi caso, con aquellos arcos de los Portales de las pel\u00edculas colgadas) son subcut\u00e1neos e inoculados. Y hay que ver la pel\u00edcula para internarse en ellos. Siempre he pensado que Ana Torrent abre y cierra, a lo largo de su trayectoria, una idea de que lo es ser espectador(a) de las im\u00e1genes en movimiento, de eso que llamamos el cine. En <em>El esp\u00edritu de la colmena<\/em>, siendo ni\u00f1a, abr\u00eda los ojos, y en <em>Tesis <\/em>(1996), siendo ya una joven <em>scholar<\/em> de los noventa, bordeando el post-cine, los cerraba. En cualquier caso, el asunto fue siempre qu\u00e9 estaba dispuesta a ver o a no ver Ana. En <em>Cerrar los ojos<\/em> vuelve a abrirlos: para adentro. El <em>raccord <\/em>de miradas es el que sostiene las pel\u00edculas y la vida. De eso, creo que trata la \u00faltima entrega de Erice. A\u00fan pueden contemplar <em>Cerrar los ojos<\/em> en Logro\u00f1o. Sigue en\u2026 cartelera. Es una de las m\u00e1s extraordinarias experiencias de la Historia del Cine espa\u00f1ol. Del cine, en general. En su afiche (pena: ya no existen los fotocromos, pieza fundamental de aquella antigua fascinaci\u00f3n por el retablo f\u00edlmico) una silueta intenta alcanzar y palpar la dimensi\u00f3n y la luz del rostro en blanco y negro de una ni\u00f1a. Que vuelve a ser otra Ana fabulesca, como de Shanghai. Una fantasmagor\u00eda gigante, del tama\u00f1o del cine, de su esp\u00edritu, de su colmena.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hace cincuenta a\u00f1os, yo me colocaba delante de la cartelera del Cinema Diana para mirar, para atravesar los fotocromos de una pel\u00edcula que no estaba, como tantas entonces, autorizada para mi edad. 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