{"id":1086,"date":"2024-02-01T17:34:31","date_gmt":"2024-02-01T16:34:31","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=1086"},"modified":"2024-02-01T17:34:31","modified_gmt":"2024-02-01T16:34:31","slug":"tela-de-fondo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2024\/02\/01\/tela-de-fondo\/","title":{"rendered":"Tela de fondo"},"content":{"rendered":"<p style=\"font-weight: 400;\">La vida de los cuadros. Tiene tela. De fondo. Una hilatura que conforma un pa\u00f1o sensible. Lleno de huellas. Dactilares. Algunas invisibles, pero impresas, como datos, que explican cosas en el reverso o entre costuras. O entre ingletes. Al igual que las im\u00e1genes de las pel\u00edculas, que una cosa es lo que se ve y otra lo que cuentan, los lienzos solapan capas y hablan m\u00e1s all\u00e1 del motivo enmarcado. Cuentan m\u00e1s all\u00e1 de lo mostrado. T\u00fa contemplas, no s\u00e9, y sin salir de casa, un Goya o un Vel\u00e1zquez o un Sorolla y lo que registran y legan es un tiempo y una luz. Son, adem\u00e1s de un tejido, una piel. Porque es el tiempo el que hace y pinta. Y multiplica o sondea las historias que se encontraban al fondo de lo que vemos. Porque una pintura se esponja o se cuartea o palidece o se resalta, vive, por efecto no s\u00f3lo de los elementos o de la edad sino porque se mueve por dentro; porque reacciona frente a cada presente; por la forma en que es mirada y calibrada desde cada \u00e1ngulo del presente. Los cuadros, en definitiva, hablan. No todos. O de igual manera. Hablo de los que atesoran, en su trazo, en su pincelada, en su escena, un mundo, una cata en nuestro acontecer. Y en su imaginaci\u00f3n. Cuando se habla de la restauraci\u00f3n de una obra pict\u00f3rica, debe tambi\u00e9n considerarse c\u00f3mo la informaci\u00f3n que el cuadro contiene de origen se ha ido empapando del aliento y accidentes de su devenir; es decir, de sus propietarios, de las salas, de los espectadores, de los traslados, de la literatura vertida sobre \u00e9l, de sus pasados consecutivos. Todo eso va directo al c\u00famulo de sentidos de la obra. Reclaman tu atenci\u00f3n, disponen tu percepci\u00f3n, moldean tu juicio. Y as\u00ed, en estas \u00faltimas semanas, el cuadro de Camille Pissarro, <em>Rue Saint-Honor\u00e9 por la tarde. Efecto de lluvia <\/em>ha pasado de contar una intersecci\u00f3n urbana en Par\u00eds a contar m\u00e1s de un siglo, rebasando el 1897 de su manufactura y su Paris; s\u00f3lo dos a\u00f1os despu\u00e9s, por cierto, del nacimiento del cine. Nunca hasta hoy este cuadro ha sido tan visto, tan observado, tan inspeccionado. Nunca antes se atravesado su tela, hasta penetrar en \u2013como dir\u00edamos al hilo de la estremecedora pel\u00edcula estrenada esta semana\u2013 una \u201czona de inter\u00e9s\u201d: aquella que proyecta la pieza sobre un posible siniestro. El relato de un episodio de transacci\u00f3n dram\u00e1tica infligida sobre un instante, uno de los quince trazados por Pissarro desde el balc\u00f3n de la modernidad; desde la visagra entre siglos, siniestrados, como otros tantos destellos y alumbramientos en el corto plazo de dos guerras mundiales y la apertura de las puertas del infierno. Ahora es imposible ver esa desembocadura entre Saint-Honor\u00e9, el boulevard de la \u00d3pera, la Plaza de la Comedie sin pensar en todo aquello que le pudo suceder a la tela. Pissarro s\u00f3lo intentaba estudiar desde el balc\u00f3n el aspecto y luz cambiantes de ese punto. En el caso de esta versi\u00f3n, la que se puede admirar en el Thyssen, matizada por la cortina de lluvia. Hoy parecer\u00eda que esa misma lluvia fuera a borrar la trama del propio cuadro, rom\u00e1ntica y c\u00edvica, para transparentar una rec\u00e1mara oscura, ensombrecida por el relato de un posible saqueo en la \u00e9poca nazi, el de la inseguridad de su ubicaci\u00f3n y el del dilema moral de una devoluci\u00f3n. Dir\u00edase que la lluvia pintada tambi\u00e9n quisiera borrar aquel drama. Estos d\u00edas, en fin, reaparece el fantasma en la tela, a cuestionarse el destino final de <em>Rue Saint-Honor\u00e9 por la tarde. Efecto de lluvia<\/em>. Los cuadros son para verlos. Es lo que m\u00e1s odiar\u00edan, por cierto; lo que derretir\u00eda como brujas mal\u00e9ficas de cuento, a aquellos verdugos que vieron en el alumbramiento, en el impresionismo, en la abstracci\u00f3n una expresi\u00f3n degenerada. La \u00fanica forma de proteger <em>Rue Saint-Honor\u00e9 por la tarde. Efecto de lluvia<\/em>, es formar parte de \u00e9l, verlo, asomarse al balc\u00f3n del H\u00f4tel du Louvre, a cualquiera de las horas y luces del d\u00eda que Pisarrro quiso reflejar (en esta versi\u00f3n o en las otras catorce, diversas en el momento representado) y escuchar el rumor de la lluvia y el ruido de los carruajes: su cine mudo. Y convertirte en unos de los paseantes de ese trozo de vida, de ventana de color. \u00c9se ser\u00e1, en cualquier caso, el emplazamiento del cuadro: nuestra retina.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La vida de los cuadros. Tiene tela. De fondo. Una hilatura que conforma un pa\u00f1o sensible. Lleno de huellas. Dactilares. Algunas invisibles, pero impresas, como datos, que explican cosas en el reverso o entre costuras. O entre ingletes. 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