{"id":1097,"date":"2024-03-21T17:25:07","date_gmt":"2024-03-21T16:25:07","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=1097"},"modified":"2024-03-21T17:25:07","modified_gmt":"2024-03-21T16:25:07","slug":"ano-k","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2024\/03\/21\/ano-k\/","title":{"rendered":"A\u00f1o \u201cK\u201d"},"content":{"rendered":"<p style=\"font-weight: 400;\">Se celebra este a\u00f1o el centenario de la muerte de Franz Kafka (1883-1924). T\u00fa dices <em>goyesco<\/em> o <em>cervantino<\/em> y s\u00ed, vale, se asoma el concepto, pero como que no te sucede nada <em>goyesco<\/em> o <em>cervantino<\/em>cuando pronuncias el t\u00e9rmino. En cambio, <em>kafkiano<\/em> suena \u2013y mucho\u2013 a <em>kafkiano<\/em>. Parece una onomatopeya en vez de un adjetivo. Se te acumulan las dos \u2018k\u2019 en el velo del paladar, all\u00ed donde la garganta se empieza a poner un punto <em>kafkiana<\/em>, en el puerto que ha de internarse en lz tr\u00e1quea. De hecho, resulta tan <em>kafkiana<\/em> la palabra que no tiene una entrada en el diccionario de la RAE \u2013s\u00ed, por ejemplo, <em>kantiano<\/em> o <em>krausista<\/em>\u2013; y eso que los diccionarios son <em>kafkianos<\/em> que te pasas, con ese registro l\u00e9xico tan insondable, como estabulado en un laberinto de papel e imposible de recorrer ni de encontrar al final del t\u00fanel al jefe o a la jefa del negociado. Existe \u2013c\u00f3mo no\u2013 un sill\u00f3n \u201cK\u201d en la Academia, y lo han ocupado desde un personaje como Vicencio Squarzafigo Centuri\u00f3n y Arriola, en el siglo XVIII (que convendr\u00e1n es un nombre m\u00e1s propio de Italo Calvino que de Kafka) a Jos\u00e9 Mar\u00eda Berm\u00fadez de Castro, en la actualidad, pasando por Gregorio Mara\u00f1\u00f3n, Carmen Conde o Ana Mar\u00eda Matute. Sin embargo, es curioso, la RAE s\u00ed le otorga una triple calificaci\u00f3n a la letra \u2018k\u2019 que hace justicia a lo puramente <em>kafkiano<\/em>: \u00abvelar, oclusiva y sorda\u00bb. Pero es que igualmente, \u2018k\u2019 no suena a letra sino que suena a personaje: a K, el agrimensor protagonista de <em>El castillo<\/em>. El castillo de Kakfa, claro. Y a \u00e9l mismo, marcado doblemente por la \u2018k\u2019 en su apellido. En su vida (y muerte) hubo bastantes \u2018k\u2019.\u00a0 Incluso muri\u00f3 en una zona y en una regi\u00f3n que comenzaban por \u2018k\u2019:\u00a0 Kierling, una de las siete \u00e1reas de la ciudad de Klosterneuburg, en la Baja Austria. \u2018K\u2019 es una letra que no se parece a ninguna otra, vocal o consonante. Tiene en su sonido y cuerpo un aire como de persona. Podr\u00eda dar una zancada. El caso es que hab\u00eda cosas que antes de Kafka ya se sab\u00eda que eran <em>kafkianas<\/em>; lo que pasaba es que no hab\u00eda palabra para nombrarlas. Pero una vez establecida la patente, todo qued\u00f3 m\u00e1s claro. Es m\u00e1s, a veces nos esforzamos en hacer que las cosas y las situaciones sean <em>kafkianas<\/em>, ahora que sabemos cu\u00e1l es su mecanismo. El de un ordenador, sin ir m\u00e1s lejos, con pasillos de algoritmos inextricables. O creemos saberlo, porque el uso del t\u00e9rmino no debiera eximir de la lectura de las obras de Franz Kafka, no todas <em>kafkianas<\/em> en igual medida. Pero vaya, que ya nos entendemos cuando decimos que algo ha sido <em>kafkiano<\/em> en nuestras vidas: o no nos hemos levantado ese d\u00eda muy cat\u00f3licos y nos hemos ca\u00eddo de la cama hechos un insecto o hemos intentando darnos de baja en un operador telef\u00f3nico o ser atendidos en un servicio de atenci\u00f3n al cliente. Leer a Kafka es descubrir que el extrav\u00edo, la soledad, el encarcelamiento y lo f\u00fatil de nuestros empe\u00f1os es puro costumbrismo existencial. A Rafael Azcona, por citar a alguien a quien conocer a Gregorio Samsa y a \u201cK\u201d le prest\u00f3 el esquema definitivo, la lectura de Kafka nada m\u00e1s pisar la metr\u00f3poli le cambi\u00f3 el drama de sus personajes. Los domingos por la tarde, hablo de principios de los cincuenta, Antonio Mingote le invitaba a su casa a merendar \u2013Mingote ten\u00eda casa, no como Rafael que viv\u00eda de pensi\u00f3n, <em>kafkiana<\/em>, en Fuencarral\u2013 y le prestaba libros del bohemio, que el logro\u00f1\u00e9s iba leyendo y hallando en sus personajes la f\u00e1bula perfecta del individuo perdido en las estructuras, cuando no anulado por ellas: velares, oclusivas y sordas. As\u00ed, Rafael se pas\u00f3 toda su vida de guionista intentando hacer una versi\u00f3n cinematogr\u00e1fica de <em>El Castillo<\/em> (conseguir lo derechos era <em>kafkiano<\/em> y desistieron); pero public\u00f3 en la Enciclopedia Pulga las <em>Memorias de un se\u00f1or bajito<\/em> que quer\u00eda ser abeja (todo insectos) y escribi\u00f3 para el cine dos historias de dos tipos que sufr\u00edan odiseas <em>kafkianas<\/em> para no perder la herramienta de trabajo o el techo, a costa de su vidas, <em>Pl\u00e1cido<\/em> y <em>El verdugo<\/em>. Y lo hizo con Berlanga. Y ah\u00ed lo <em>berlanguiano<\/em> conectaba con lo <em>kafkiano<\/em>, pisando la l\u00ednea del imperio austro-h\u00fangaro que vio nacer a Kafka.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Se celebra este a\u00f1o el centenario de la muerte de Franz Kafka (1883-1924). 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