{"id":1145,"date":"2024-07-31T12:39:59","date_gmt":"2024-07-31T10:39:59","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=1145"},"modified":"2024-07-31T12:39:59","modified_gmt":"2024-07-31T10:39:59","slug":"la-ultima-bala","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2024\/07\/31\/la-ultima-bala\/","title":{"rendered":"La \u00faltima bala"},"content":{"rendered":"<p style=\"font-weight: 400;\">A principios del siglo XX, un Nobel de Fisiolog\u00eda alem\u00e1n, Paul Ehlrich, acu\u00f1\u00f3 el concepto de \u201cbala m\u00e1gica\u201d aplicada a la capacidad de algunos agentes antibi\u00f3ticos para hacer diana en los pat\u00f3genos malignos sin da\u00f1ar colateralmente las c\u00e9lulas del entorno ni, por tanto, el cuerpo infectado. La magia de esta \u201cbala\u201d consist\u00eda en sus propiedades selectivas: atacaba \u00fanicamente el foco infeccioso. Como cuando Carmen Sotillo, en sus cinco horas frente al t\u00famulo de su marido, deseaba que ojal\u00e1 hubiera bomba at\u00f3mica pero que matara solo a los que no tienen principios. Edward G. Robinson encarn\u00f3 a Ehlrich en una pel\u00edcula Warner de 1940, con la bala en el t\u00edtulo: <em>La bala m\u00e1gica del doctor Ehlrich<\/em>. Para entonces, el mundo ya estaba metido en la segunda balacera mundial. Esta met\u00e1fora bal\u00edstica del alem\u00e1n, en principio \u201cbenigna\u201d, digamos, sufri\u00f3 en 1963 una deriva de trayectoria y significado cuando, en Dallas, el m\u00edtico proyectil atraves\u00f3 a John F. Kennedy y luego la mano, mu\u00f1eca y muslo del Gobernador Connally. La conocida \u201cTeor\u00eda de la bala \u00fanica\u201d, apodada \u201cm\u00e1gica\u201d por su caprichoso y fatal recorrido. Pero, a la inversa de los antibi\u00f3ticos de Ehlrich, esta bala pervirti\u00f3 su magia atacando y destrozando de entrada (y salida) el cuerpo. Kennedy, por cierto, ven\u00eda de gestionar lo que pod\u00eda haber sido la bomba at\u00f3mica, que no hubiera contemplado el efecto profil\u00e1ctico que deseaba la Sotillo. Y volviendo al cine, esta semana en la que Alec Baldwin acaba de ser absuelto de la acusaci\u00f3n de homicidio involuntario provocado por la bala que, durante el rodaje del western <em>Rust<\/em>, sali\u00f3 de un Colt 45 de armer\u00eda de <em>atrezzo<\/em>, presuntamente manejado por \u00e9l, y que acab\u00f3 accidentalmente con la vida de la directora de fotograf\u00eda Halyna Hutchins. A su vez, un pu\u00f1ado de balas no declarados por la Fiscal\u00eda en su momento, y que hubieran afectado al caso, concluye en la desestimaci\u00f3n del homicidio. Tal es este n\u00famero de prestidigitaci\u00f3n de munici\u00f3n. En un mundo, el del cine, en el que, pese a su verismo en pantalla, cada vez m\u00e1s hiperrealista, sabemos que la violencia f\u00edsica \u2013uno de sus temas mayores\u2013 es un simulacro. Es m\u00e1s: la bala, las balas, coreografiados en las pel\u00edculas, son un objeto, un artefacto, con un alt\u00edsimo valor material y a la vez simb\u00f3lico. Forman parte, precisamente la artiller\u00eda del <em>western<\/em>, de un folklore visual e hist\u00f3rico que ha traspasado \u2013nunca mejor dicho\u2013 fronteras. Las balas y sus Colts o sus Winchesters son complementos de la ficci\u00f3n aventuresca. Las balas son como un personaje, como un lenguaje. Como una m\u00fasica, casi, pues el cine nos ha ense\u00f1ado c\u00f3mo silban, y a distinguirlas por sus silbidos. Y mostrarnos c\u00f3mo vuelan. Forman ya una especie de ballet tr\u00e1gico, parte de nuestra memoria del ocaso de destinos, tiroteos como el de la muerte de Bonnie &amp; Clyde, de Sonny en <em>El padrino<\/em> o la secuencia final de <em>Grupo salvaje<\/em>. La \u00faltima versi\u00f3n del curso y <em>tempo <\/em>de una bala es la que se invent\u00f3 para <em>Matrix<\/em>. Denominaron a su tecnolog\u00eda y a su po\u00e9tica <em>Bullet Time<\/em>: tiempo de bala. Y es ya un tiempo digital e irreal, en el que la inteligencia aut\u00f3noma del proyectil hace orbitar \u2013baile y bala\u2013 el cargador al <em>ralent\u00ed<\/em>, en torno a un personaje que evoluciona como en un paso de danza contempor\u00e1nea. Pero, \u00a1ojo!, a su vez \u2013y esto es otra virtualidad de lo cinematogr\u00e1fico\u2013 la simulaci\u00f3n del cine nos devuelve al peso de lo real: las balas matan. Lo saben muy bien en un pa\u00eds en que en las unifamiliares conviven armas de repetici\u00f3n y electrodom\u00e9sticos. Y al cintur\u00f3n del pantal\u00f3n van enfundados el m\u00f3vil y una pistola. Y una ma\u00f1ana, a un colegio, entra un tipo a acribillar de verdad a unos adolescentes. En el cine y en la vida real, las armas las carga el diablo. El rodaje de <em>Rust<\/em> fue una prueba m\u00e1s. Y esta tarde, en fin, y en otro campo bien distinto, no esperamos m\u00e1s que goles m\u00e1gicos. De la escuadra espa\u00f1ola. Aunque sea un \u00fanico gol, pero que repte, circule, baile, se interne, ataque la porter\u00eda contraria y acierte en la diana del tanto.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A principios del siglo XX, un Nobel de Fisiolog\u00eda alem\u00e1n, Paul Ehlrich, acu\u00f1\u00f3 el concepto de \u201cbala m\u00e1gica\u201d aplicada a la capacidad de algunos agentes antibi\u00f3ticos para hacer diana en los pat\u00f3genos malignos sin da\u00f1ar colateralmente las c\u00e9lulas del entorno ni, por tanto, el cuerpo infectado. 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