{"id":24,"date":"2018-04-15T19:00:43","date_gmt":"2018-04-15T17:00:43","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=24"},"modified":"2018-05-07T19:12:06","modified_gmt":"2018-05-07T17:12:06","slug":"la-potagia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2018\/04\/15\/la-potagia\/","title":{"rendered":"La potagia"},"content":{"rendered":"<p>(Para el querido profesor y amigo Antonio Recarte. <em>In memoriam<\/em>)<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Lo que est\u00e1 a punto de suceder con David Copperfield, el mago, puede trascender el episodio judicial para convertirse en un auto\u2026 sacramental. Y no en cualquier auto, sino en la versi\u00f3n definitiva de <em>El gran teatro del mundo<\/em>. Con Copperfield en el papel de un AUTOR trilero. Ser\u00e1 para no perderse ni una l\u00ednea del argumentario de las partes porque aqu\u00ed se va a destapar todo el meollo. Se va a liar un congreso que quedar\u00e1 visto (y no visto) para un <em>tractatus <\/em>y no para sentencia. Se va a hacer p\u00fablico, tras siglos, civilizaciones, especulaciones y doctrinas, c\u00f3mo funciona la tramoya de trampillas y -sobre todo- de trampas en que consiste el n\u00famero estrella de la existencia humana. Y se van a pedir da\u00f1os y perjuicios (adem\u00e1s de las costas) por las disfunciones y fallos que, a lo largo de su desarrollo, vienen causando tantos disgustos, accidentes, promesas rotas y aver\u00edas irreparables. Se le va a interrogar al sumo hacedor por los fallos del truco, o sea del sistema; lo que provocar\u00e1 que, por mandato judicial, se descubra la maquinaria. Estamos, pues, en v\u00edsperas de la causa m\u00e1xima. Les pongo en antecedentes. Sucedi\u00f3 en el Hotel de la MGM en Las Vegas, durante la ejecuci\u00f3n de \u201cTrece\u201d, un n\u00famero en el que Copperfield elije presuntamente al azar (\u00a1el AZAR!, ese personaje clave en los autos sacramentales, como la FORTUNA o la GRACIA) a trece personas a las que hace desaparecer sentadas bajo una lona para luego hacerlos reaparecer de pie al otro lado de la platea. Suele bromear (?) Copperfield en su presentaci\u00f3n advirtiendo que prefiere que entre los trece no haya ning\u00fan abogado. Y tambi\u00e9n bromea (?) diciendo que los trece (una cifra ya de por s\u00ed, estigmatizada) van directos al infierno. El caso es que esta vez uno de los trece, un famoso <em>chef<\/em> ingl\u00e9s, Gavin Cox, se parti\u00f3 la crisma en los intestinos del truco y ahora, los abogados de Cox, exigen que el mago revele c\u00f3mo es ese pasadizo que los elegidos tienen que atravesar de punta a punta en tiempo r\u00e9cord si quieren reaparecer y por qu\u00e9 no estaba suficiente despejado y se\u00f1alizado para no tropezar: como la vida misma, \u00bfno? El aparecer, desaparecer y reaparecer (o no) es el argumento de nuestro drama; y en medio, todo son impedimentos; un t\u00fanel de feria con sustos y risas. Y al final, el ilusionista, por aparatoso que sea (en el sentido de aparato teatral), acaba pareciendo como uno de esos magos de las pel\u00edculas de Woody Allen: o torpes, o anticuados. Como el que \u00e9l mismo interpretaba en <em>Scoop<\/em>. O como aquel chinesco que en <em>Historias de Nueva York<\/em> hac\u00eda desaparecer a su madre, a la de Allen, para luego hacerla reaparecer, agigantada, sobre el cielo de Manhattan, lo que le acarreaba al personaje un incordio er\u00f3tico notable. De hecho, esto de hacer desaparecer a un gran <em>chef<\/em> suena a una trama muy de Allen. Se sabe, en fin, que algo no funciona durante el truco en que vivimos. A lo largo de sus pasadizos interiores hay poca visibilidad y las salidas no est\u00e1n claras. El propio mago, o quien diablos maneje los mandos, procura que el espectador mire hacia otro lado de donde se est\u00e1 produciendo el truco, la cosa, la potagia. La potagia es \u00e9sa: un despiste, un grado de ceguera. Ya lo sab\u00edan los tr\u00e1gicos griegos. Ahora, Copperfield va a pagar da\u00f1os a terceros por todos los demiurgos que han sido. Desde que vi <em>Houdini,<\/em> de ni\u00f1o, me encantan (literalmente) las pel\u00edculas de magos, porque hablan de lo fr\u00e1gil y a la vez de lo fascinante de nuestro teatrino. Hacer desaparecer la estatua de la Libertad es insignificante comparado con la desaparici\u00f3n inexplicable \u2013un extrav\u00edo en alg\u00fan punto, seguramente mal acabado, del subterr\u00e1neo entre la platea y el escenario- de una palabra, de una verdad, de una idea, de un sentimiento o de un ser querido. A esto no le encontr\u00e1bamos el truco. Quiz\u00e1s aflore ahora, en el juicio contra Copperfield. Michael Caine, en <em>El truco final<\/em>, contaba, como el mago experto \u2013y por tanto tocado y fatalista- que era, que un truco se desarrollaba siempre en tres tiempos \u2013como los tres actos del teatro y de la vida-: la \u2018Promesa\u2019, en el que el mago presenta ante los ojos de los espectadores un objeto ordinario, com\u00fan; el \u2018Giro\u2019, en el que el objeto se transforma en extraordinario, y el \u2018Prestigio\u2019, instante en el que aquel objeto \u2013que tambi\u00e9n puede ser una persona- es regresado, devuelto. Pero el tercer acto es siempre el complicado, el imposible. S\u00f3lo un truco de guionista puede librarlo. Preguntado por lo sucedido, el abogado de Copperfield ya ha alegado que lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(Para el querido profesor y amigo Antonio Recarte. 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