{"id":274,"date":"2019-03-03T09:43:24","date_gmt":"2019-03-03T08:43:24","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=274"},"modified":"2019-03-03T09:43:24","modified_gmt":"2019-03-03T08:43:24","slug":"el-ventanal-del-cine","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2019\/03\/03\/el-ventanal-del-cine\/","title":{"rendered":"El ventanal del cine"},"content":{"rendered":"<p>Jean-Luc Godard, surfista de cada nueva ola audiovisual, sostiene una perspicaz teor\u00eda sobre los or\u00edgenes del invento: que el famoso 28 de diciembre de 1895 \u2013d\u00eda del debut del cinemat\u00f3grafo- no se invent\u00f3 el cine, sino que se invent\u00f3\u2026 la taquilla. Es decir: pagar por ver (actualmente, modalidad <em>pay per view<\/em>). Lo que s\u00f3lo por aproximaci\u00f3n seguimos llamando a fecha de hoy \u2018cine\u2019, se ha venido comprendiendo entre dos \u2018ventanas\u2019: la de la taquilla \u2013cuando hab\u00eda taquillas, con formato de ventanuco, tras las que ve\u00edamos el primer plano del rostro de la taquillera, el plano con el que comenzaban todas las sesiones- y la pantalla, que convendremos en que tiene mucho de ventana al mundo exterior y a\u00fan m\u00e1s a los mundos interiores. No en vano, Hitchcock acudi\u00f3 a la ventana (indiscreta) como inmejorable met\u00e1fora de la pantalla y de cuanto en ella sucede, o creemos los espectadores que sucede. La ventana de la vieja taquilla ten\u00eda siempre un mismo tama\u00f1o, peque\u00f1o, tipo portillo, la anchura justa para pagar y recoger el resguardo de haber satisfecho el pago, la entrada, vaya; pero la de la pantalla, amplia por definici\u00f3n, ha ido transformando su cuadro y magnitud, desde el primitivo formato cuadrado hasta la dimensi\u00f3n panor\u00e1mica, cuyas variantes rivalizaron en gigantismo desde el principio. Sobre todo cuando los padres americanos y sus hijos adolescentes prefirieron \u2013los primeros quedarse a contemplar su primera televisi\u00f3n y los segundos coger su primer coche e ir a magrearse en el asiento de atr\u00e1s mientras escuchaban a Chuck Berry- antes que volver a una sala de cine. El propio Hitchcock, un autor de la profunda raz\u00f3n del cine, llegar\u00eda tambi\u00e9n a trabajar para la televisi\u00f3n; a la vez que el almac\u00e9n de medio de siglo pel\u00edculas ir\u00eda abasteciendo la \u2018parrilla\u2019 \u2013nunca mejor dicho- de las cadenas; donde las im\u00e1genes cinematogr\u00e1ficas perdieron color y tama\u00f1o, y pasaron a ser los fragmentos que se ve\u00edan entre anuncios, como todo en la televisi\u00f3n comercial. Era como jibarizar las piezas del Museo del Prado e insertarlas en los huecos de una gran valla publicitaria. Y sin embargo, se produce una especie de paradoja del espectador, o de la visi\u00f3n, o de la ilusi\u00f3n. Porque ver cine es un fen\u00f3meno de readaptaci\u00f3n cerebral y \u00f3ptica. De entrada, se fundamenta en que no podemos ver por separados dos est\u00edmulos visuales que nos impacten en menos de una veinteava parte de segundo; por eso los fotogramas, que discurren ante nuestros ojos a una veinticuatroava parte de segundo, se nos van amontonando, y de resultas creemos apreciar un movimiento consecutivo de las figuras y de las cosas (las moscas no pueden, por eso mismo, ver cine, porque son capaces de retener im\u00e1genes separadas por una doscientosava parte de segundo). Y luego: no nos cuesta nada adaptarnos al tama\u00f1o de la pantalla que tengamos delante: pasados unos minutos no concebimos ninguna mayor, ni distinta. Algunas de mis primeras impresiones cinematogr\u00e1ficas, indelebles, son las de haber descubierto <em>King-Kong<\/em>, <em>La mujer pantera<\/em> o <em>Murieron con las botas puestas <\/em>en una Telefunken. Centenares de pel\u00edculas claves las conoc\u00ed en su emisi\u00f3n televisiva antes que en un cine (donde acabar\u00eda \u2018vi\u00e9ndolas\u2019). <em>La ventana indiscreta<\/em>, desde luego, y casi todo Hitchcock. Y es que sucede que la verdadera pantalla la tenemos en la corteza occipital. Pero esto tampoco debe conducirnos al autoenga\u00f1o. Ni como espectadores, ni como consumidores. Primero: las nuevas ventanas para el cine, sus nuevas plataformas de distribuci\u00f3n y visionado \u2013caso Netflix, caso <em>Roma<\/em>, etc\u2026-, lejos de pensar que han reinventado el cine, s\u00f3lo han reinventado&#8230; la taquilla. En cuanto a la otra ventana, la pantalla \u2013con haberse habilitado en los \u00faltimos tiempos megamultipantallas-, hay que reconocer, es verdad, que su mayor revoluci\u00f3n se ha desplazado al cuarto de estar (y ver), al <em>home cinema<\/em>, dotado de pantallas de mayor tama\u00f1o y calidad que algunos mini-cines. Pero segundo, y por no minimizar (tambi\u00e9n) la cuesti\u00f3n de fondo, de moral visual, soslayada, cuando no despreciada, por los nuevos ventanistas y taquilleros \u2013en festivales y otros c\u00f3nclaves- como un recelo culturalista, como un atavismo: frente a sus pretensiones de que demos por \u2018vista\u2019, no s\u00e9, un <em>Lawrence de Arabia<\/em>, en la pantalla de un m\u00f3vil, o de una tablet, o de un ordenador, o incluso de una televisi\u00f3n, por muchas pulgadas que tenga, hay que replicar que siempre ser\u00e1 <em>contra natura<\/em>: como ver <em>Las meninas<\/em> en un cromo, o en un p\u00f3ster, o escuchar la sinfon\u00eda de Los mil de Mahler en un transistor. Lo que no hay duda es que seguiremos pagando por ver pero no podemos estar seguro de haber visto, al menos tal y como lo despleg\u00f3 materialmente su imaginaci\u00f3n original.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jean-Luc Godard, surfista de cada nueva ola audiovisual, sostiene una perspicaz teor\u00eda sobre los or\u00edgenes del invento: que el famoso 28 de diciembre de 1895 \u2013d\u00eda del debut del cinemat\u00f3grafo- no se invent\u00f3 el cine, sino que se invent\u00f3\u2026 la taquilla. Es decir: pagar por ver (actualmente, modalidad pay per view). 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