{"id":688,"date":"2020-12-31T19:44:12","date_gmt":"2020-12-31T18:44:12","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=688"},"modified":"2020-12-31T19:44:12","modified_gmt":"2020-12-31T18:44:12","slug":"125-d-cine","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2020\/12\/31\/125-d-cine\/","title":{"rendered":"125 d. C(ine)"},"content":{"rendered":"<p>Monsieur Danglard regentaba una corredur\u00eda de Seguros en Par\u00eds. Estaba casado con una de las hijas de Beaufort, el due\u00f1o de Coloniales Beaufort y ten\u00eda, en 1895, cincuenta a\u00f1os. Su despacho era prestigioso y entre su cartera de clientes se encontraban los Lumi\u00e8re de Lyon, famosos por su acreditada f\u00e1brica de placas fotogr\u00e1ficas. Danglard era buen amigo de todos ellos. Primero del padre, Antoine, y luego de los hijos, Louis y Auguste. Un d\u00eda de la \u00faltima semana del mes de diciembre, en plena Navidad, Louis se present\u00f3 en su despacho, en el Boulevard Haussmann, para invitarle el s\u00e1bado, d\u00eda 28, a una sesi\u00f3n de im\u00e1genes \u00a1en movimiento! producidas con una m\u00e1quina invenci\u00f3n de la casa. Una suerte de linterna de fotograf\u00edas, por lo visto animadas. \u201cCinemat\u00f3grafo\u201d, o algo parecido era el nombre de la flamante m\u00e1quina. Danglard, conocedor del rigor cient\u00edfico y de la competencia industrial que caracterizaba a los de Lyon pero tambi\u00e9n de su inventiva, rival de la de un Jules Verne, e incluso de su humor, pens\u00f3 que se trataba de una inocentada propia del d\u00eda. Sospecha que se vio incrementada cuando le dijo Louis que la sesi\u00f3n iba a tener lugar en el Sal\u00f3n Indien del Grand Caf\u00e9 del Boulevard des Capucines, no muy lejos, por cierto, de su despacho. El Indien era un local de billares situado en el s\u00f3tano del Grand Caf\u00e9, pero que hab\u00eda estado cerrado durante un tiempo y como suced\u00eda con otros locales del distrito noveno bajo vigilancia por presunto juego ilegal. No le parec\u00eda, en fin, el sitio \u2013ni el d\u00eda, significado por las bromas\u2013 para la presentaci\u00f3n en sociedad de una patente cient\u00edfica. Con todo y con ello acept\u00f3 la invitaci\u00f3n, que no era tal, pues hab\u00eda que pagar una entrada de 1 franco. Si era una broma, era cara. 1 franco era lo que costaba una butaca para la \u00d3pera. Pero comprometi\u00f3 su asistencia. Llegado el s\u00e1bado, a las seis de la tarde, hora anunciada de la sesi\u00f3n, Danglard se present\u00f3 \u2013sin la compa\u00f1\u00eda de su mujer, que no se fiaba\u2013 en la puerta del Indien. Pregunt\u00f3 por los hermanos, pero le dijeron que estos no hab\u00edan venido, que s\u00f3lo estaba, para recibir, Antoine, el padre. La sospecha de humorada t\u00edpica de los Lumi\u00e8re parec\u00eda confirmarse. S\u00f3lo le consol\u00f3 el comprobar que, de serlo, tambi\u00e9n hab\u00edan picado una treintena de representantes de la flor y nata parisina, incluidos los directores del Moulin Rouge, del Folies Berg\u00e8re y hasta el mago Georges M\u00e9li\u00e8s. Danglard descendi\u00f3 al bajo del Indien. Antoine le salud\u00f3 y le acomod\u00f3 en una silla de Caf\u00e9. De una pared, en frente, colgaba un lienzo y a sus espaldas estaba plantado el artefacto. Hab\u00eda tambi\u00e9n un operario que ajustaba una banda, agujereada por los lados, y probaba una manivela que sobresal\u00eda de la caja. Y sin m\u00e1s presentaciones se apagaron las luces y se estamp\u00f3 un recuadro deslumbrante sobre la tela. Y Danglard pudo ver con sus propios ojos una Plaza de Lyon con gente y carruajes pasando, a lo vivo, a su tama\u00f1o natural, como si se hubiera abierto una ventana, aunque todo privado del sonido y del color. Y luego apareci\u00f3 la puerta del hangar de la propia f\u00e1brica de los Lumi\u00e8re y saliendo por ella sus trabajadores, muy endomingados de atuendo, y unos perros y una carreta, que daba la impresi\u00f3n de que irrump\u00edan en el Indien. Y a continuaci\u00f3n, y as\u00ed hasta diez, cuadros vivientes con gente haciendo acrobacias, o ba\u00f1\u00e1ndose en un mar que desbordaba el lienzo, y unos herreros entre vapores de fragua y un jardinero al que su ayudante le hac\u00eda una jugarreta de risa taponando la manguera y\u2026, en fin, un desfile de fantasmas tan ver\u00eddicos como nunca antes hab\u00eda contemplado Danglard. Sali\u00f3 del Indien entre asombrado y caviloso. Lleg\u00f3 a su casa, se lo cont\u00f3 a su esposa y a los cinco minutos se le declar\u00f3 un c\u00f3lico nefr\u00edtico agudo y esa misma noche falleci\u00f3.<\/p>\n<p>Desde entonces y a\u00fan hoy, 125 a\u00f1os despu\u00e9s, Danglard, en su definitiva residencia, aguarda con ansiedad cada ingreso, para preguntarle al reci\u00e9n llegado qu\u00e9 ha sido de aquel invento del \u201cCinemat\u00f3grafo\u201d, del que fue espectador en sus primeros minutos. Y entonces, cada cual, le cuenta una pel\u00edcula distinta.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Monsieur Danglard regentaba una corredur\u00eda de Seguros en Par\u00eds. Estaba casado con una de las hijas de Beaufort, el due\u00f1o de Coloniales Beaufort y ten\u00eda, en 1895, cincuenta a\u00f1os. Su despacho era prestigioso y entre su cartera de clientes se encontraban los Lumi\u00e8re de Lyon, famosos por su acreditada f\u00e1brica de placas fotogr\u00e1ficas. 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