{"id":779,"date":"2021-09-13T10:13:29","date_gmt":"2021-09-13T08:13:29","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=779"},"modified":"2021-09-13T10:13:29","modified_gmt":"2021-09-13T08:13:29","slug":"la-espanolita","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2021\/09\/13\/la-espanolita\/","title":{"rendered":"La espa\u00f1olita"},"content":{"rendered":"<p>Conchita Miguel Jubera, nacida en Ribafrecha, hija de la Conce y de Manolo, panaderos de la Calle Mayor de Logro\u00f1o, fue una de aquellas \u201cespa\u00f1olas en Par\u00eds\u201d; las mujeres que, en los a\u00f1os sesenta del siglo XX, se fueron a servir de <em>bonne<\/em>. Primero estuvo, bastante tiempo, con una familia en una casa de la Avenue de l\u2019Observatoire, en el centro, alojada en su <em>chambre de bonne<\/em>. Y tiempo despu\u00e9s pas\u00f3 a trabajar en casa de Jean-Paul Belmondo. En la Rue Moulin les Corbeaux, debajo del Ch\u00e2teau de Vincennes. Cerca de la calle hay ahora un <em>square <\/em>que lleva el nombre del actor, que siempre se volc\u00f3 con el barrio, Saint-Maurice, llegando a apadrinar su cine, el Capitole, amenazado tras treinta a\u00f1os de inactividad. Conchita, sobre todo le planchaba, porque planchaba de maravilla. Ella contaba que Belmondo fue en todo momento muy amable con ella, y que siempre estaba pendiente de si le hac\u00eda falta algo o ten\u00eda que hacer alg\u00fan viaje a Espa\u00f1a, lo que fuera. Contaba, en fin, que en el trato cercano no era un bruto, como parec\u00eda en pantalla, y que incluso hac\u00eda obras de caridad. Conchita era una mujer bajita, y morena. Belmondo la llamaba cari\u00f1osamente <em>la petite espagnole<\/em>, \u2018la espa\u00f1olita\u2019. Hablamos de mediados de los a\u00f1os setenta. Conchita se ir\u00eda de casa de Belmondo s\u00f3lo porque se le manifest\u00f3 un trastorno ocular que aconsejaba realizara otro tipo de trabajo, que ser\u00eda, ya hasta el final de su vida, el de <em>concierge<\/em>, en el 79 del Boulevard Saint-Michel. La porter\u00eda ser\u00eda su casa definitiva. Es curioso, habiendo trabajado para un astro del cine mundial, que a \u2018la espa\u00f1olita\u2019 se le declarara el trastorno conocido como de \u201clos ojos saltones\u201d, abultamiento causado por el hipertiroidismo. Hubo otras oportunidades para que los ojos se le abriera como platos, como aquella en que reconoci\u00f3 por la calle a Greta Garbo y la llam\u00f3. Conchita conservaba un gran recuerdo y un corto pecio de aquella temporada: el sobre vac\u00edo de una carta dirigida a <em>Monsieur<\/em> Belmondo, fechada en octubre de 1975 \u2013ese mismo mes Belmondo hab\u00eda estrenado <em>El incorregible<\/em>, y poco antes <em>P\u00e1nico en la ciudad<\/em>\u2013, unas tarjetas de visita y un camis\u00f3n negro que le regal\u00f3 y que supo luego hab\u00eda pertenecido a Laura Antonelli, quien fuera su pareja en aquella d\u00e9cada. Una vez, estuvimos muy cerca de Belmondo. En Par\u00eds, hace unos a\u00f1os. Verano. Casi nos rozamos los nudillos en el pasamanos de una escalera autom\u00e1tica. Y todo por, precisamente, ir a buscar una pel\u00edcula de \u00e9l, y de Gabin, <em>Un mono invierno<\/em>, que me hac\u00eda falta para un libro. Fue en la FNAC de la Rue de Rennes. Ya ten\u00eda el DVD en la mano cuando, de pronto, se hizo un silencio absoluto en la planta a la vez que se produc\u00eda una par\u00e1lisis de toda actividad. Sin saber qu\u00e9 pasaba nos dirigimos a las escaleras para descender hacia la salida. Nos vimos bajando solos. Y entonces, por la otra mano, la de ascenso, toda enterita para \u00e9l, sub\u00eda Jean-Paul Belmondo, vestido con un traje de pana color calabaza, acompa\u00f1ado de un <em>setter<\/em> del mismo tono (s\u00f3lo a \u00e9l le hubieran permitido meter un perro en una FNAC; eso ni al presidente de la Rep\u00fablica) y de una preciosa y joven muchacha. El actor se manten\u00eda muy recto y su piel estaba muy bronceada, ese cuero tan suyo al que mut\u00f3 tras debutar en el blanco y negro de la <em>nouvelle-vague<\/em>. Era alto, elegante. Estatuaria pura del imaginario franc\u00e9s. Fuera, comprobar\u00edamos luego, le esperaba un Porsche, con ch\u00f3fer. Hab\u00eda gente en las aceras de la calle, claro, esperando a que saliera. La entrada de Belmondo en la FNAC hab\u00eda sido como cuando echas una gota de detergente en un plato de aceite, y el aceite se desplaza a los m\u00e1rgenes. La gota era \u00e9l. Estuve a punto de, en el momento de cruzarnos, ense\u00f1arle el DVD con su pel\u00edcula. Pero sobre todo, me qued\u00e9 con muchas ganas de decirle, no nos atrevimos ninguno de los dos, que la mujer que iba conmigo era la sobrina de \u2018la espa\u00f1olita\u2019. Teresa, este verano, qu\u00e9 casualidad, fotografi\u00f3 el tramo exacto del suelo de la Rue Premiere Campagne, en la que Belmondo, al final de <em>Al final de la escapa<\/em>, mor\u00eda de mentiras, <em>d\u00e9gueulasse<\/em>.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Conchita Miguel Jubera, nacida en Ribafrecha, hija de la Conce y de Manolo, panaderos de la Calle Mayor de Logro\u00f1o, fue una de aquellas \u201cespa\u00f1olas en Par\u00eds\u201d; las mujeres que, en los a\u00f1os sesenta del siglo XX, se fueron a servir de bonne. 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