{"id":816,"date":"2022-01-12T10:21:18","date_gmt":"2022-01-12T09:21:18","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=816"},"modified":"2022-01-12T10:21:18","modified_gmt":"2022-01-12T09:21:18","slug":"cine-sin-barreras","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2022\/01\/12\/cine-sin-barreras\/","title":{"rendered":"Cine sin barreras"},"content":{"rendered":"<p>Fue el subt\u00edtulo que recibi\u00f3 <em>West-Side-Story<\/em> cuando se estren\u00f3 en algunos pa\u00edses en 1962, incluida Espa\u00f1a: <em>Amor sin barreras<\/em>. No hizo fortuna. Inmediata y universalmente qued\u00f3 fijado el de <em>West-Side-Story<\/em>, con sus graf\u00edas construidas sobre las escaleras de servicio de los edificios de Manhattan: un t\u00edtulo pegado a las paredes de la ciudad, convertidas en escenograf\u00eda y textura. No sabemos d\u00f3nde transcurre su drama. Mejor dicho s\u00ed, y de una manera cong\u00e9nita para quienes vimos aquella primera versi\u00f3n. Steven Spielberg lo declara en esta segunda: en un espacio dotado por el propio cine, cimentado por la memoria del espectador. <em>West-Side-Story<\/em> tiene lugar y se celebra dentro de nosotros. En un solar que si en 1961 eran manzanas reales cercanas a lo que ser\u00eda luego, tras la piqueta y la bola demoledora, el Lincoln Center y aleda\u00f1os, ahora, en 2019-2021 (los dos a\u00f1os que la pel\u00edcula, adem\u00e1s, ha permanecido en una c\u00e1psula de tiempo por la pandemia), es una extensi\u00f3n on\u00edrica, recalificada por el cambio de mundo y de cine. El <em>West-Side-Story<\/em> de Spielberg sucede en una <em>terrain vague<\/em>: en la ruinas \u00ad\u2013digitales\u2013 de un mundo y de un cine en el que entramos a vivir y a emocionarnos hace d\u00e9cadas pero que ahora est\u00e1 deshabitado. Literalmente, los Jets y los Sharks \u2013extraordinariamente reinventados, uno a uno, con una verdad asombrosa\u2013 emergen de esas ruinas. Como de una muerte anterior, y afloran a localizaciones de una potencia po\u00e9tica (\u00a1las salinas del duelo!, el <em>flash-mob<\/em> en que se convierte el tema <em>America<\/em>) que sencillamente te trasladan a un lugar, <em>somewhere<\/em>, donde ya estuviste (y de los que quedan vestigios: el laberinto de escaleras, la cordada de ropa tendida, los cristales de colores) y a los que regresas ya con una vida hecha en el coraz\u00f3n, para comprobar que formabas parte del relato: que \u00e9ramos parte, <em>side<\/em>, de esta historia, que nos concierne. Este <em>West-Side-Story<\/em>, este absoluto triunfo art\u00edstico y moral, arrojado a salas vac\u00edas y todav\u00eda a un buen pu\u00f1ado de prejuicios cr\u00edticos (escuch\u00e9 decir a una cr\u00edtica de Radio 3 que Spielberg hab\u00eda perdido la oportunidad \u00a1de actualizarla! Si hay una actualizaci\u00f3n integral, medular, de una obra previa es esto); este repensar aquello se reabsorbe en sombras, que cierran el tel\u00f3n de la pel\u00edcula desliz\u00e1ndose, a una velocidad de nubes cel\u00e9ricas, sobre fragmentos de paredes, de suelos, de objetos, de ciudad. En una de las m\u00e1s hermosas secuencias de cr\u00e9ditos que yo he visto sobre una pantalla, al hilo de una suite musical de salida, con cuya estela parece que una buena parte de tu vida como espectador pasa por delante de tus ojos. Dise\u00f1ada por el propio Spielberg como reinterpretaci\u00f3n de la m\u00edtica secuencia creada por Saul Bass para el primer original (pues \u00e9ste es un segundo original, con todas las de la ley) marca la diferencia t\u00edmbrica y crom\u00e1tica con aqu\u00e9l. Ya no hay, digamos, como en la del 61, trazas <em>pop<\/em>. Aqu\u00ed Spielberg se vuelca en un romanticismo desaforado, doloroso, un <em>amor fou<\/em>, casi <em>post-mortem<\/em>, podr\u00eda decirse. Y pol\u00edtico. Es dura y explota una violencia de reba\u00f1o e individual in\u00e9dita en la historia (el rostro transformado de Tony, la evoluci\u00f3n de Chino, \u00a1Qu\u00e9 Riff!, de una delgadez yonqui, fr\u00e1gil, ni\u00f1o, diablo). Pero claro, es Tony Kuhsner (<em>Munich<\/em>, <em>Lincoln<\/em>) quien ha reescrito y reordenado. La revisitaci\u00f3n se escucha en medio de un laberinto ling\u00fc\u00edstico hispano-ingl\u00e9s sin precedentes, muy arriesgado (hay que verla en v.o.). Se habla hasta de la menstruaci\u00f3n de Maria. Este <em>West-Side-Story<\/em>, que queda m\u00e1s cerca de <em>Bailando en la Oscuridad<\/em> de Von Triars o de la <em>Carmen Jones<\/em> de Preminger, que de un musical Donen, trata de varias bandas de hu\u00e9rfanos, a las que ya tambi\u00e9n pertenecemos. No hay ni un padre (junto al regreso al hogar de los de tu sangre, tema mayor en Spielberg), y el director le dedica la pel\u00edcula al suyo. La rememoraci\u00f3n de Spielberg, formidable en todos los sentidos y en algunos portentosa, es producto de un tenor de cine lib\u00e9rrimo, sin barreras. Y luego est\u00e1 Rita Moreno, que no s\u00f3lo suple a un papel masculino (no hab\u00eda actualizaci\u00f3n, \u00bfno?), sino que asume el himno, <em>Somewhere<\/em>: la dice, la piensa, la reza. Pura magia y eleg\u00eda.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Fue el subt\u00edtulo que recibi\u00f3 West-Side-Story cuando se estren\u00f3 en algunos pa\u00edses en 1962, incluida Espa\u00f1a: Amor sin barreras. No hizo fortuna. 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