{"id":853,"date":"2022-04-12T10:50:06","date_gmt":"2022-04-12T08:50:06","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=853"},"modified":"2022-04-12T10:50:06","modified_gmt":"2022-04-12T08:50:06","slug":"nuestro-pie-izquierdo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2022\/04\/12\/nuestro-pie-izquierdo\/","title":{"rendered":"Nuestro pie izquierdo"},"content":{"rendered":"<p>Resuelto, por fin, el cuento de Augusto Monterroso. Ya sabemos, gracias a recientes estudios paleontol\u00f3gicos, tan recientes como de esta misma semana, por qu\u00e9 \u00abcuando se despert\u00f3, el dinosaurio a\u00fan estaba all\u00ed\u00bb: porque era cojo. No hay que darle m\u00e1s vueltas metaliterarias. Esa, y no otra, fue la raz\u00f3n de su permanencia, al pie del so\u00f1ador. S\u00f3lo hay que \u2013\u00e9sta vez se puede\u2013 buscarle tres pies al gato. Aquel dinosaurio no se deb\u00eda a modelos de comportamiento propios de la teor\u00eda literaria ni de la t\u00e9cnica del microrrelato, ni de nada: le faltaba un dedo de su pie izquierdo. Y punto (no final, por cierto; s\u00f3lo era el principio). Se trataba de un ter\u00f3podo de la serran\u00eda de Cuenca, y a fecha de hoy acumula 129 millones de a\u00f1os. Con esa edad se puede velar el sue\u00f1o de toda una especie, claro. La humana, por ejemplo, especialmente so\u00f1adora. Y hasta un g\u00e9nero literario completo, la narrativa, pongamos. As\u00ed pues, al despertarnos al final del cuento (de \u00e9ste y de cualquier otro), el dinosaurio segu\u00eda all\u00ed. Lo estuvo siempre, descubrimos ahora. Una vez m\u00e1s, la ciencia \u2013un equipo de paleont\u00f3logos de la Aut\u00f3noma de Madrid acaba de publicar el hallazgo\u2013 ha resuelto (a la vez que perfeccionado) los problemas de la ficci\u00f3n, incluida la autoficci\u00f3n. Por lo visto, cierto tripi\u00e9 conquense, hace todo ese tiempo, bordeando un estanque para llevarse unos peces al colmillo acus\u00f3 en un dedo una dislocaci\u00f3n que result\u00f3 ser degenerativa, lo que le llev\u00f3 a ralentizar su paso. E imag\u00ednense ustedes c\u00f3mo es la lentitud de un dinosaurio. Una megalentitud, una lentitud que se nos escapa, valga la contradicci\u00f3n. Todo esto se puede leer en sus huellas, recientemente escaneadas. Quedan muy bonitas escaneadas, parecen un Warhol (claro: de muy, muy, muy primera etapa, anterior incluso al propio Warhol). Huellas de dinosaurio: la primera imprenta conocida de un relato; podr\u00eda decirse incluso que la invenci\u00f3n de la imprenta. Los f\u00f3siles de esta huella son, digamos, el primer texto conocido: la historia de un cazador al que se le manifest\u00f3 un problema f\u00edsico circundando un humedal. Una aventura impresa sobre el terreno, en una plancha de barro sobre la que la pata de la bestia ejerci\u00f3 de t\u00f3rculo. Entonces, interpretados desde arriba los datos que nos aporta este sensible descubrimiento paleontol\u00f3gico, podr\u00edamos preguntarnos si la extinci\u00f3n de los dinosaurios no supondr\u00eda el inicio de la literatura. Si el ejercicio de la literatura, en todo lo que tiene de singular y misterioso, no tendr\u00e1 que ver, en lo at\u00e1vico, con una \u00abextra\u00f1a enfermedad prehist\u00f3rica\u00bb, que es lo que cient\u00edficos han diagnosticado en aquel ser enorme, de los que dominaban la tierra, cuando la infancia de la humanidad. La literatura, por seguir con la hip\u00f3tesis, consistir\u00eda en seguir cont\u00e1ndo(nos) una vez que el dinosaurio dej\u00f3 de estar all\u00ed. Pues en el hueco que dej\u00f3 el dinosaurio cojo, muy grande el dinosaurio y el hueco, un dinohueco, en ese vac\u00edo que sobrevendr\u00eda tras la extinci\u00f3n, ah\u00ed, en esa ausencia, es donde hemos tenido que seguir inventando presencias, figuras, sombras, sonidos, monstruos, para suplir la vacante. Y regresar al sue\u00f1o. La literatura es eso: seguir inventando al dinosaurio, que nos vigila mientras dormimos. Esto explicar\u00eda lo descomunal de algunas empresas literarias: el n\u00famero de p\u00e1ginas escritas, el tama\u00f1o de las bibliotecas, la cantidad de ejemplares vendidos de un <em>best-seller<\/em>, el ego de algunos autores, el ingenio gigantesco de muchas de sus creaciones, el di\u00e1metro de la memoria que contiene. Con todo, el enigma del cuento de Monterroso todav\u00eda no ha sido resulto en todos sus t\u00e9rminos. Ahora ya lo sabemos todo sobre el dinosaurio, vale, el porqu\u00e9 de su residencia; pero seguimos sin saber qui\u00e9n fue el sujeto que despertaba, ni qu\u00e9 fue exactamente lo que lo despert\u00f3. Y c\u00f3mo le miro el dinosaurio. Ah\u00ed se estaba escribiendo la primera l\u00ednea.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Resuelto, por fin, el cuento de Augusto Monterroso. Ya sabemos, gracias a recientes estudios paleontol\u00f3gicos, tan recientes como de esta misma semana, por qu\u00e9 \u00abcuando se despert\u00f3, el dinosaurio a\u00fan estaba all\u00ed\u00bb: porque era cojo. No hay que darle m\u00e1s vueltas metaliterarias. 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