{"id":977,"date":"2023-02-14T17:35:16","date_gmt":"2023-02-14T16:35:16","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/?p=977"},"modified":"2023-02-14T17:35:16","modified_gmt":"2023-02-14T16:35:16","slug":"esa-luz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/material-escolar\/2023\/02\/14\/esa-luz\/","title":{"rendered":"Esa luz"},"content":{"rendered":"<p>Era el t\u00edtulo de una pel\u00edcula que quiso pero nunca pudo hacer. Sabi\u00e9ndolo, la dej\u00f3 publicada como novela, justo en el cambio del siglo XX al XXI: <em>\u00a1Esa luz!<\/em> (Galaxia Gutemberg, 2000). Hubiera sido una pel\u00edcula nuclear. Del resplandor de la vida, tamizado por el velo de la cinematograf\u00eda: esa luz con la que interpret\u00f3 lo vivido, lo recordado y lo imaginado. La luz fue siempre la sustancia y la raz\u00f3n de sus relatos, fotogr\u00e1ficos o f\u00edlmicos. La clave. La materia de la memoria, pero tambi\u00e9n de la pantalla del presente, permanentemente entreverada con el pasado o con el sue\u00f1o. O con el miedo, que nos sit\u00faa siempre entre dos luces. Por eso, la expresi\u00f3n \u201c\u00a1Esa luz!\u201d hibridaba el miedo y el fulgor: el miedo a las luces que se ve\u00edan imprudentemente encendidas en las casas durante los bombardeos en la Guerra Civil y el fulgor del tiempo que queda clareado a lo lejos, al principio del pasillo de la existencia. Fulgor doloroso por inalcanzable, por fugado definitivamente, pero a la vez prodigioso por primordial e inocente. Y ah\u00ed, esa luz asemeja su naturaleza a la del haz luminoso del proyector de cine. Esa fantasmagor\u00eda. La luz que en la obra de Carlos Saura ba\u00f1a el teatro familiar y el hist\u00f3rico. El teatro de las ideas y el de los sentimientos. Y el teatro cr\u00edtico universal; \u00e9l que ha sido, seguramente, nuestro \u00faltimo gran barroco. La luz, tambi\u00e9n, de la m\u00fasica, del piano de su madre: la de las dulces horas. Ese piano que el Saura senior transferir\u00e1 en la banda sonora a los acordes Satie o de Mompou. Y de la m\u00fasica popular, de la que luego lograr\u00e1 tocar todos los palos, desde la radio o desde la c\u00e1tedra. La de la danza, trasl\u00facida en sus muchas formas. <em>\u00a1Esa luz!<\/em>, en la que hubiera sido m\u00e1s \u00e9l que nunca, Saura aprovechaba los reflejos del ni\u00f1o de la guerra que fue \u2013como Azcona, su par a lo largo de seis entregas\u2013 para revisitar su escenario original, un paisaje, el de la guerra y el de la posguerra, densamente bru\u00f1ido en una imaginer\u00eda tan dram\u00e1tica como impregnante, que el paso del tiempo hizo pervivir en su fuero interno como un rescoldo, como un fuego fatuo, como una pel\u00edcula: pues de esa luz, de esa \u00faltima luz al fondo de la tela, trataba todo lo que cont\u00f3 Saura; la luz que ilumina y habita tambi\u00e9n otras estancias de nuestro cerebro, tan extra\u00f1amente comunicado en su circuito interno. No en vano, su \u00faltima pel\u00edcula ha sido <em>Las paredes hablan<\/em>, un documental en el que Saura repasa la transformaci\u00f3n de la representaci\u00f3n gr\u00e1fica en la pared, desde la cueva. Concluy\u00f3, por tanto, tocando materialmente el origen. Y entre las paredes que hablan, lo hacen con especial locuacidad las nuestras internas, que tabican desde madrigueras a caserones. Carlos Saura se hizo acompa\u00f1ar, para atrapar esa luz, de los mejores pintores, al grabado, al blanco y negro y al color: \u00a0Juan Julio Baena, Luis Cuadrado, Teo Escamilla, Jos\u00e9 Luis Alcaine o Vittorio Storaro. Y Goya, siempre Goya. Saura no llevaba como su paisano velas en la cornisa de su sombrero para alumbrar la escena (por fuera y por dentro) y transportarla al lienzo. Llevaba otras c\u00e1maras oscuras que hubieran fascinado a quien pintara en su d\u00eda los <em>tutilimundis<\/em>: la fotogr\u00e1fica y el cinemat\u00f3grafo. Saura era un hombre colgado de un Leica, un ojo ambulante, inflamado. Inoculado: un ojo inoculado por otros ojos. Y su obra, una perpetua conversaci\u00f3n ocular (en los \u00faltimos a\u00f1os invertida en la peque\u00f1a pero lib\u00e9rrima superficie del dibujo y del retoque fotogr\u00e1fico). Era alguien prendido desde la ni\u00f1ez de unos ojos misteriosos y gigantes vistos sobre una tela. En <em>La prima Ang\u00e9lica<\/em> (1974), pel\u00edcula traspasada por esa luz, la pel\u00edcula m\u00e1s cercana a lo que hubiera sido <em>\u00a1Esa luz!<\/em>, reconstru\u00eda la escena indeleble: el ni\u00f1o que al poco de acabar la guerra ve, entre el miedo y el fulgor, c\u00f3mo le miran desde la pantalla <em>Los ojos misteriosos de Londres<\/em>, con Bela Lugosi. Y el resto es\u2026 su cine. As\u00ed, Rafael Azcona, siempre que habl\u00e1bamos de Saura, conclu\u00eda con rotundidad: \u00abEs el mejor ojo del cine espa\u00f1ol\u00bb.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Era el t\u00edtulo de una pel\u00edcula que quiso pero nunca pudo hacer. 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