La Rioja

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Cuando Fernando VII se hundió en el lodo del balneario de Arnedillo
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Marcelino Izquierdo | 24-04-2017 | 20:50| 3

Un grave accidente sufrido por el monarca, al caer en una de las pozas de barro de la terma riojana, propició la creación del Cuerpo de Médicos Directores de Baños en toda España.
Fue a través de un decreto real en 1816

 

El reinado de Fernando VII pudo tener su final en los baños riojanos de Arnedillo, donde el monarca más nefasto de la historia de España sufrió un grave accidente que a punto estuvo de costarle la vida. Pero quiso la suerte que el percance quedara en mera anécdota, aunque sí tuvo repercusiones en el funcionamiento de los balnearios, que en el siglo XIX causaban furor entre las clases más adineradas.

Allá por el mes de junio de 1816, se trasladó Fernando VII al balneario de Arnedillo a fin de aliviar unos pertinaces dolores que le aquejaban una pierna, pese a que aún no había cumplido los 31 años. La Casa Real conocía muy bien las propiedades curativas de las aguas medicinales que manan en Arnedillo, puesto que ya en 1748 los licenciados José Suñol y Miguel Borbón, a la sazón médicos de Fernando VI, las recetaron para la reina Bárbara de Braganza.

Cuenta el escritor Juan Perucho, en su libro ‘Historias secretas de balnearios’, que los galenos de la corte dispusieron «que el señor Garrido, boticario de la Real Botica, analizase dichas aguas y las remitiese con la precaución debida, sospechándose que el resultado fue excelente, pues el rey las puso bajo su protección, y el establecimiento de baños se tituló desde entonces Real, recibiendo un legado del Ilmo. Sr. D Juan de Luerno y Pinto, obispo muy enfermizo de Calahorra».

Animado por su tío, el infante Antonio Pascual de Borbón –hermano menor de Carlos IV–, acudió Fernando VII a los baños de Arnedillo para tratar su engorroso mal de gota. Con tendencia a la obesidad, el que pasaría a la historia como el ‘rey felón’ tenía una salud débil desde niño y, además, no se privaba de nada: fumaba compulsivamente, estaba obsesionado con el sexo y comía más de lo necesario, sobre todo carne roja; su plato favorito era el cocido.

 

Gota, asma, trastorno bipolar…

En realidad, tres enfermedades crónicas acompañaron al monarca a lo largo de toda su vida: el asma, los trastornos bipolares de conducta y la ya mencionada gota. También estaba aquejado de una deformidad en sus partes pudendas, llamada macrosomía genital, que en palabras del escritor francés Prosper Mérimée consistía en tener «el miembro viril de dimensiones mayores que de ordinario». Pero nada tenía que ver esta anomalía con su querencia por los balnearios.

Por lo que respecta a la gota, que le provocaba fuertes dolores en una pierna, y dado que no tenía la fuerza de voluntad suficiente para seguir una dieta sana y equilibrada ni para practicar ejercicio físico, los médicos de palacio le suministraban colchicina –denominado ‘azafrán de la pradera’–  y le recomendaban baños termales y curas de sudor.

Y todo transcurría plácidamente en Arnedillo cuando, de pronto, sucedió lo inesperado. Tal y como cuenta Juan Perucho, Fernando VII «resbaló con los ‘lodos famosísimos’ y a punto estuvo de ser tragado por la ‘macaluba’ o volcán de lodo que, a la sazón, rugía como un condenado ante la perspectiva de tan real víctima». A punto estuvieron las Españas de quedarse sin rey, viudo y sin descendencia por aquel entonces, por culpa de un mal paso cuando iba a tomar un baño.

Todavía con el susto en el cuerpo, tanto el monarca como su tío Antonio Pascual de Borbón abandonaron la cuenca del Cidacos como alma que lleva el diablo y regresaron a Madrid. Ya en la villa y corte, ordenó Fernando VII la creación del Cuerpo de Médicos Directores de Baños, a quienes hacía responsables de aguas y lodos, a través de un decreto de 29 de junio.

Médicos pagados por el pueblo

En el citado decreto, además de loar «la abundancia de aguas minerales que (la Providencia) distribuyó en varios puntos de su vasta extensión» española, criticaba «que la ignorancia y el descuido convierten fácilmente en mortal veneno los antídotos más eficaces. Y añadía: «Testigos son los infelices que acercándose a aquellas fuentes de salud con esperanzas de alivio, se arrojan con ansia, y encuentran sólo un terrible aumento de dolores, y tal vez una muerte horrorosa por los atroces síntomas que la acompañan. Estos tristes acontecimientos se evitarán seguramente cuando a la orilla de cada uno de aquellos preciosos manantiales se halle una persona que con conocimiento de sus efectos en las diversas dolencias, sepa retener a unos y dirigir a otros en el uso de los mismos. La falta de semejantes personas es harto común en las aguas minerales de la península, y esta consideración y la de sus fatales resultas afligen mi corazón».

Las plazas «gozarán de la asignación de cinco mil reales anuales, pagados de los fondos de propios y arbitrios del pueblo inmediato a los baños». De lo que se deduce que eran los vecinos quienes pagaban la sanidad de aristócratas y burgueses.

A raíz de este primer paso legislativo, así como del interés de la Corona por el control de la sanidad, los balnearios españoles, además de centros terapéuticos, adquirieron igualmente gran fama lúdica y cultural para los más privilegiados.

Un mes después de poner en marcha el Cuerpo de Médicos Directores de Baños, el monarca ya estaba disfrutando de otro balneario. Así, ‘La Gaceta de  Madrid’ de 30 de julio informaba «del buen estado de  salud del que gozan Fernando VII y su tío en los baños de Sacedón», sitos al sur de la provincia de Guadalajara.

No hay noticias de que el rey volviera a pisar los lodos de Arnedillo, aunque hasta su muerte a los 48 años (1833) siguió visitando con frecuencia buena parte de balnearios de la península, sobre todo para aliviar los males de la gota.

«Baños de azufre, de salitre o nitro, y de vitriolo»


«Constan estos baños de azufre, de salitre o nitro, y de vitriolo y así serán útiles para todas las enfermedades que aprovechan estos ingredientes». Así explicaba, el doctor Félix Eguía, en 1745, las propiedades de las aguas termales de Arnedillo, en la obra  ‘Escrito abstracto de los mejores autores, de las virtudes, y para qué enfermedades son útiles, y de sus ingredientes, las aguas minerales de Trillo, del Molar, de Arnedillo, de Sacedón, y de Buendía’. Las aguas termales de la localidad riojabajeña nacen gracias a la existencia de una falla geológica, que hace descender la caliza del jurásico a más de dos kilómetros de profundidad. Abajo, la temperatura alcanza los 100 grados centígrados, por lo que el agua de lluvia eleva su temperatura y sube a la superficie a través de la citada falla conservando los 40 grados.

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¿La cuna del castellano en Burgos? Ni saber ni ganar
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Marcelino Izquierdo | 13-04-2017 | 15:59| 2

Allá por enero, el reputado concurso cultural ‘Saber y ganar’ se metió en un charco en el que todavía sigue enfangado. El programa que presenta el incombustible Jordi Hurtado sentenció entonces que la ‘cuna del castellano’ era el monasterio burgalés de Valpuesta, lo que provocó la queja del Gobierno de La Rioja en defensa de San Millán de la Cogolla.

Como compensación, el pasado 4 de abril dedicó ‘Saber y ganar’ un espacio a los monasterios riojanos en el que Hurtado siguió en sus trece de no reconocer las glosas emilianenses como el «primer vagido de la lengua castellana», que escribió el académico Dámaso Alonso.

Los investigadores siguen hallando más elementos y de mayor calidad sobre el origen del español en los cenobios del valle del Cárdenas, pero nada es inmutable y nunca hay que descartar que, más adelante, aparezcan en Cantabria o en Castilla y León documentos más antiguos.

Valpuesta, sin embargo, reivindica la primogenitura a través de sus cartularios, que recopilan textos fechados entre los años 804 y 1200, y que no son sino meras copias a posteriori de los antiguos documentos del monasterio. En realidad, los cartularios se gestionaban en época de crisis –económicas y religiosas– para dar una pátina de antigüedad y de riqueza que, muchas veces, no era tal.

En San Millán existen cartularios del siglo VIII, pero fueron descartados desde el primer momento por los investigadores Claudio y Javier García Turza, porque «podían llevar a engaño».

Nadie niega el interés de los cartularios de Valpuesta, pero al estar redactados con la letra y la lengua propias de siglos posteriores, el contexto de los viejos documentos que describen queda desvirtuado. Estamos hablando, por decirlo así, de ‘fotocopias’ del siglo XI frente al Códice Emilianense 60, un original del año 977.

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El corsé que salvó la vida de la reina Isabel II ya está en Arnedo
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Marcelino Izquierdo | 04-04-2017 | 19:08| 0

 

Cuando el pasado sábado observaba en el Museo del Romanticismo de Madrid el corsé de Isabel II, y ante mi fascinación frente a la vitrina que lo protegía, una de las vigilantes ya me advirtió: «Hoy es el último día, se lo llevan a otra exposición».

En efecto, la prenda íntima que vestía «la reina de los tristes destinos», y que le salvó la vida, se puede contemplar desde el 31 de marzo en la séptima edición de La Rioja Tierra Abierta, que permanecerá en Arnedo hasta el próximo 29 de octubre.

Con motivo de cumplirse el pasado 2 de febrero el 165 aniversario del atentado que el sacerdote riojano Martín Merino protagonizó contra la hija de Fernando VII, y aprovechando que la pieza se mostraba por primera vez al público a través de la exposición ‘La moda romántica’, este ‘Crisol’ ya señaló la oportunidad de incorporarla a LRTA. En primer lugar, porque el protagonista de aquel regicidio era arnedano –ciudad en la que nació en 1789– y, en segundo, porque el atentado del cura Merino cambió el rumbo de la historia de España. Más adelante, ya habrá tiempo de analizar con mayor espacio las claves políticas del reinado de Isabel II tras el frustrado asesinato.

Aquel lunes 2 de febrero de 1852, aprovechando que la reina abandonaba la basílica de Atocha tras el nacimiento de su hija Isabel, Martín Merino y Gómez le clavó un afilado estilete al grito de «¡Ya tienes bastante!». Pese a que en la prenda todavía se aprecian rastros de sangre, lo cierto es que la puñalada no provocó heridas graves, ya que el golpe fue atenuado por las ballenas del corsé.


Juzgado de forma sumaria, Merino fue ejecutado a garrote vil en Madrid cinco días después, quemado su cadáver, esparcidas las cenizas en una fosa común y rociada su casa natal de Arnedo con agua bendita, para librarla de todo mal.

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El Príncipe Negro combatió en Nájera
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Marcelino Izquierdo | 27-03-2017 | 11:10| 2

 

Es el Príncipe Negro un héroe de leyenda. Eduardo de Woodstock (Woodstock, 1330 – Londres, 1376) fue una figura clave en la Guerra de los Cien años, caudillo militar que combatió en media Europa y el primer Príncipe de Gales que no ciñó la corona de Inglaterra. Enterrado en la catedral de Canterbury, sus hazañas bélicas han sido glosadas por literatos tan ilustres como William Shakespeare, Charles Dickens, Arthur Conan Doyle, H.P. Lovecraft, Graham Greene o Ken Follett.

El cine también homenajeó a este caballero de la orden de la Jarretera con películas como ‘The Dark Avenger’, interpretado su personaje por Errol Flynn, o ‘Destino de caballero,’ y hasta varios vídeojuegos incluyen a sir Edward en sus famosas aventuras (‘Bladestorm: The Hundred Years’ War’, ‘Empire Earth’, ‘Medieval: Total War’, ‘Age of Empires II’ o ‘Madness: Project Nexus’).

Pues bien. Resulta que hace 650 años fue este mismo Príncipe Negro protagonista de la Batalla de Nájera, librada el 3 de abril de 1367, y en la que tomaron parte 60.000 soldados, según las crónicas, sin duda una de las contiendas más importantes disputadas en la Península durante la Baja Edad Media. Varias entidades culturales de la ciudad riojalteña lideradas por ACONA llevan tiempo trabajando en la organización de diferentes actos, que se abren el 7 de abril con la edición de un sello conmemorativo y una conferencia.

Las autoridades competentes -municipales y, sobre todo, autonómicas-, sin embargo, todavía no han dado el respaldo (económico) necesario que una efeméride de tal magnitud se merece, lo que contrasta con la Dirección General de Cultura de Navarra, que ya ha programado para junio una conferencia sobre la batalla de Nájera y el papel jugado por el reino pamplonés.

Aún hay tiempo y margen de maniobra. No desperdiciemos otra oportunidad más.

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La Rioja tembló hace 200 años
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Marcelino Izquierdo | 20-03-2017 | 19:33| 1

 

Si la pasada semana, Pamplona entera se sobresaltó por culpa de un seísmo de 4,4 grados en la escala abierta de Richter, tal día como hoy de hace 200 años, La Rioja también tembló sacudida por el mayor terremoto registrado en la comunidad durante los últimos siglos. El 18 de marzo de 1817 padeció la entonces provincia de Logroño una fuerte sacudida, con epicentro en un área comprendida entre Arnedo, Arnedillo y Préjano, que también se sintió en Calahorra, Ausejo e, incluso, en Logroño. Su magnitud superó los 6 grados Richter.

El potente sismo provocó graves daños en la ciudad del calzado: el convento de Nuestra Señora de Vico quedó tan afectado que los monjes tuvieron que buscar cobijo en otras dependencias arnedanas, los muros de la parroquia de Santo Tomás acabaron cuarteados y desnivelada su torre, mientras que la iglesia de Santa Eulalia tuvo que ser reparada a conciencia. Tanto en Arnedillo como en Préjano vieron desplomarse decenas de casas. En Calahorra, varias piedras se desprendieron de la catedral, un arco del puente sobre el río Cidacos quedó resquebrajado y las paredes cedieron en el convento de los Carmelitas. Y en Logroño, Santiago El Real y La Redonda sufrieron perjuicios en su patrimonio. «Muchos vecinos huyeron a las afueras de la ciudad», cuentan las crónicas. Lo peor ocurrió en Ausejo, donde unos sillares desprendidos de la parroquia de Santa María sepultaron a una mujer.

No es La Rioja zona en exceso proclive a los movimientos sísmicos, pero desde 1817 –y, sobre todo, en La Rioja Baja–, la tierra ha temblado con más fuerza de lo ordinario en el Villar de Arnedo (en 1923), Turruncún (en 1929 y con una intensidad de 5,1 grados), Aguilar del río Alhama (en 1961 y 4,6 grados) o Logroño (en 1967 y 5,5). De este último susto, aún nos acordamos muchos logroñeses.

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¿En qué ha fallado el Centro de la Cultura del Rioja?
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Marcelino Izquierdo | 13-03-2017 | 17:27| 1

 

Cuando han transcurrido ya más de ocho meses desde el cierre del Centro de la Cultura del Rioja (CCR), sin apenas avances en la solución de los problemas que sirvieron de excusa para tan inopinada medida, el Ayuntamiento logroñés solicita ahora la colaboración tanto de la DOC Rioja como del Ejecutivo regional. No parece mala iniciativa, sobre todo si tenemos en cuenta que, durante seis años y medio –que se dice pronto–, el Consistorio ha sido incapaz de impulsar un edificio destinado a dinamizar el Casco Antiguo de la ciudad.

Critica el equipo de gobierno municipal que la Comisión de investigación y control del Centro de la Cultura del Rioja no haya sido capaz de dilucidar «en qué ha fallado y qué no ha funcionado en el CCR», al tiempo que echa balones fuera: «El proyecto se aprobó y se ejecutó casi en su mayor parte en la época del Gobierno PSOE-PR». El del edificio, claro.

¿En qué ha fallado? Nada más tomar posesión en junio del 2011, el equipo de gobierno ‘popular’ dilató la apertura del Centro de forma deliberada, lo mantuvo en la clandestinidad durante casi una legislatura y sólo con las urnas en el horizonte, y como baza electoral, encargó su puesta en marcha a una UTE sin experiencia en gestión cultural y con un plazo de ejecución de apenas ¡40 días! Era imposible que nada saliera bien, como así fue.

Independientemente de las responsabilidades políticas que deban depurarse por tamaña chapuza, bueno sería para Logroño, y La Rioja en general, hacer borrón y cuenta nueva y reinventar un nuevo proyecto para el CCR. La Casa de la Virgen, con su singular arquitectura, con sus calados, lagares y prensas de gran valor histórico y etnográfico, posee un potencial capaz de multiplicar el impacto que la ciudad ya atesora en el mundo del vino y del ocio.

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Esquizofrenia y posverdad
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Marcelino Izquierdo | 06-03-2017 | 23:07| 2

«La ciencia española está moribunda». Mariano Barbacid

Días antes de que el Rey Felipe VI inaugurara ayer en La Grajera la sede del Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino, la Universidad de La Rioja denunciaba que 43 jóvenes investigadores predoctorales habían visto mermadas sus condiciones laborales por mandato de los Ministerios de Empleo y de Educación.

Sin previo aviso, el Gobierno central modificó la vinculación laboral de 10.000 doctorandos en toda España, cuyos contratos pasaban de ser de obra y servicio a contratos en prácticas. Si ya eran precarias las condiciones de estos investigadores, la nueva orden del Ejecutivo iba a suponer que concluyeran su relación con la UR, no pudieran acogerse a otro contrato en prácticas con la empresa privada, principal vía de acceso al mercado de trabajo.

Tras la polvareda mediática suscitada, el Consejo de Ministros rectificó ayer mismo la medida, muy a regañadientes, si bien los expertos en materia laboral todavía no las tienen todas consigo. Esta semana, sin ir más lejos, con motivo del Día Mundial de las Enfermedades Raras, el Parlamento de La Rioja apostaba, a bombo y platillo, por «impulsar la investigación». ¿En qué quedamos?

Hablando en plata, nuestros mandatarios proclaman lo que no hacen y hacen lo que no proclaman. ¿Esquizofrenia o posverdad? Personalmente, me inclino más por la posverdad como mal endémico de la clase política, que maneja sin ambages esta mentira emotiva para modelar a su antojo a la opinión pública. Por desgracia, vivimos un tiempo en el que los hechos objetivos no son ni la mitad de importantes ni de veraces para la sociedad que las emociones («instintos básicos») y las creencias personales.

Y es que posverdad no es sino un eufemismo neológico de falsedad, estafa, mentira, falacia, engaño

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And the Oscar goes to… o el método Stanislavski
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Marcelino Izquierdo | 28-02-2017 | 10:33| 1

“Un buen actor es alguien que ofrece tan real la mentira que todos participan de ella”

Vittorio Gassman

 

Tienen suerte Casey Affleck y Emma Stone de que la telerrealidad o la posverdad no compitan por los Oscar de Hollywood, y menos en su versión española; de lo contrario, las estatuillas que (casi, casi) llevan grabados sus nombres tendrían otros dueños. Siempre ha sido España un país de pícaros –no es casual que ‘La vida de Lazarillo de Tormes’ se escribiera aquí y no en Alemania o en Noruega–, pero en los últimos lustros se ha convertido también en tierra de trapaceros y falsarios que abusan del noble arte de Talía para alcanzar sus metas.

Pongamos algún ejemplo. Afirmó ante el juez la exministra Ana Mato que nada sabía de lo que el señor Sepúlveda gastaba o llevaba a casa, aunque fuera un Jaguar. Y lo dijo con una cara de palo que bien hubiera envidiado el propio Buster Keaton. Claro que el “señor Sepúlveda” fue su marido durante lustros y padre de sus tres hijos, y que el Jaguar modelo S.Type 4.0 V8 aparcado en su plaza de garaje mide nada menos que ¡cinco metros!

¿Y qué me dicen de Cristina de Borbón? Además de licenciada en Ciencias Políticas, máster en Relaciones Internacionales por la Universidad de Nueva York y becaria en la Unesco, ha representado con simpar desparpajo y muchas tablas ‘La dama boba’ de Lope. “La infanta Cristina creyó, cree y seguirá creyendo en la inocencia de su esposo”, afirma su abogado, Miguel Roca. Y el resto de los españoles seguimos creyendo en los Reyes Magos y en el Ratoncito Pérez.

Creer o no creer, ésa es la cuestión. Creer en el personaje que se representa, construyendo su pasado y su futuro, es el primer mandamiento del método Stanislavski, quizás la corriente que más ha influido primero en el teatro y después en el cine de todos los tiempos. Tanto Ana Mato como Cristina de Borbón han demostrado ser aventajadas alumnas del método Stanislavski, aunque no las únicas.

And the Oscar goes to…

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De Manchester a las estrellas
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Marcelino Izquierdo | 21-02-2017 | 09:46| 1

 

Cuando dentro de ocho días el Dolby Theatre hollywoodiense se haga eco del palmarés de los Oscar, sin duda me acordaré de la tarde lluviosa de película que el pasado fin de semana disfruté en un cine logroñés. Acabábamos de contemplar con emoción contenida ‘Manchester frente al mar’ –‘Manchester by the sea’ es el nombre del localidad de Massachusetts donde transcurre y un personaje más de la trama- cuando el obstinado The end cubrió la pantalla prologando los títulos de crédito. Por supuesto, a casi nadie pareció importarle el nombre de los actores, de los guionistas, de los técnicos, de los autores de la música o de las localizaciones de exteriores. La luz de la sala rompió la magia del séptimo arte y el público recogió las cajas vacía de palomitas y las abolladas latas de refrescos y enfiló hacia la salida.

Aún recuerdo cuando vi por primera vez ‘Apocalypse Now’ en el Sahor logroñés, hace ya casi cuatro décadas. Nada más aparecer los créditos finales –“Directed and produced by Francis Ford Coppola”-, al proyeccionista no se le ocurrió mejor idea que apagar la cámara y encender el lucerío. Quedaba así mutilada la obra maestra de Coppola, cuyo verdadero apocalipsis de napalm, muerte y destrucción comenzaba precisamente en ese momento y se prolongaba más de seis minutos.

Pero volvamos a ‘Manchester frente al mar’. Tratando de ubicar a conocidos actores como personajes muy secundarios (Gretchen Mol o Matthew Broderick) o de saber qué maga de las partituras había compuesto la banda sonora -Lesley Barber -, una voz desabrida sonó a mi espalda: “Esta película se va a llevar el Oscar, es rara y lenta”. Es más que probable que Casey Affleck conquiste la estatuilla de mejor actor o que el guión original pelee hasta el final por conquistar la gloria, pero que no se altere mi vecino de butaca, al que seguro le gustan más otros géneros más alegres y musicales. Como sentencia un proverbio alemán, “mira las estrellas, pero no te olvides de encender la lumbre en el hogar”.

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Los mártires riojanos de Japón
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Marcelino Izquierdo | 15-02-2017 | 12:15| 1

Los dominicos logroñeses Alonso de Navarrete y Alonso de Mena fueron dos de los misioneros ejecutados en el país nipón por predicar la fe cristiana

Como en ‘Silencio’, película de Martin Scorsese, los beatos Mena y Navarrete sufrieron martirio en el Lejano Oriente

 

A lo largo del siglo XVII, la religión católica sufrió en Japón un cruel hostigamiento, que dejó miles de mártires. Muchos de ellos habían nacido en el Lejano Oriente, pero también un buen número de misioneros españoles y portugueses fueron víctimas de la intolerancia religiosa. Dos de estos mártires eran riojanos y ambos tienen en Logroño una calle que lleva sus nombres: Beatos Mena y Navarrete.

Sobre uno de estos episodios de crueldad extrema que el catolicismo padeció en el País del Sol Naciente transcurre el eje central de la última película de Martin Scorsese, ‘Silencio’, que narra la desventura de dos jesuitas lusos que viajan a Japón en busca de un misionero que, tras ser perseguido y torturado, ha renunciado a su fe. El director neoyorkino, autor de obras maestras como ‘Taxi driver’, ‘Toro salvaje’, ‘La última tentación de Cristo’ o ‘Uno de los nuestros’, adapta la novela homónima de Shusaku Endo (1966) –uno de los grandes escritores japoneses del siglo XX– sobre este negro capítulo de la historia.

El cristianismo desembarcó en Japón a través del jesuita navarro San Francisco Javier en 1549, que en apenas unas décadas impulsó una pujante comunidad religiosa, hasta que cuatro décadas más tarde el gobernador Hideyoshi emprendió una cruzada contra la Compañía de Jesús. Desde los albores del siglo XVII hasta el último tercio del XIX la religión católica fue perseguida, pasó a la clandestinidad y sembró Asia de mártires.

 

Fray Domingo de Salazar

Contribuyó La Rioja a aquella ardua acción evangelizadora con decenas de misioneros y, también, con una figura clave: fray Domingo de Salazar (Baños de Río Tobía, 1525 – Madrid, 1594), primer arzobispo de Manila. Tras adquirir gran experiencia evangelizadora en las colonias americanas, Salazar organizó la infraestructura de la Iglesia católica en amplias regiones de Filipinas, China, Formosa y Japón.

Pese a los horribles tormentos que aguardaban a los misioneros (decapitación, crucifixión, la hoguera, cañas clavadas entre las uñas de los dedos…), muchos fueron los españoles y los portugueses que siguieron alimentando la fe de aquellos nativos, entre ellos los logroñeses Alonso de Mena y Alonso de Navarrete.

Primos carnales y con los mismos apellidos –aunque en sentido inverso–, Alonso de Navarrete y Mena nació en Logroño en 1571, mientras que Alonso de Mena y Navarrete lo hizo en 1578. Ambos recibieron el bautismo en la iglesia Imperial de Santa María de Palacio, cursaron sus estudios eclesiásticos en Salamanca, tomaron los votos de la Orden Dominica y dedicaron sus vidas a predicar la palabra de Dios en el continente asiático.

Con 24 años, fray Alonso de Mena desembarcó en Filipinas en 1602 y pronto se desplazó a Japón. Durante casi tres lustros, y con riesgo de su vida, predicó en las provincias de Omura, Firando y Fixen hasta que fue encarcelado por el emperador Dayfusama en 1619. Tras permanecer cautivo más de dos años en diferentes prisiones niponas, sufrió martirio en la hoguera junto a otros 25 compañeros. Ocurrió en la ciudad de Nagasaki, el 9 de septiembre de 1622.

En cuanto a Alonso de Navarrete y Mena, viajó a Filipinas a finales del siglo XVI, aunque muy pronto se vio obligado a volver a España debido a su estado de salud. Regresó al archpiélago en 1611, tierra en la que fundó una nutrida misión y, al año siguiente, tomó rumbo a Japón.

Tres golpes de catana

Ya en 1617, y de forma voluntaria, se trasladó Navarrete a la región de Omura, la zona de mayor riesgo para el cristianismo, donde al poco tiempo fue apresado por las autoridades niponas. Tres golpes de catana segaron su vida el 1 de junio de 1617, en la isla de Tacaxima. A lo largo del presente 2017 se cumplen 400 años de su martirio.

Sobrino del historiador riojano Fernando Albia de Castro, autor del libro ‘Memorial y discurso político por la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Logroño’ (1633), Alonso de Navarrete es uno de los protagonistas del drama misional ‘Los primeros mártires del Japón’, escrito por el gran Lope de Vega. Sin embargo, a la hora de narrar la muerte de Navarrete, el llamado Fénix de los ingenios se tomó la licencia literaria de permutar los golpes de catana por un gran horno –«como un volcán, que diluvios de fuego exhala»–, en el que el beato logroñés es martirizado.

Éste es el sermón que, imaginado por Lope, pronuncia fray Alonso de Navarrete en ‘Los primeros mártires del Japón’ antes de arrojarse voluntariamente a las llamas: «¡Bárbaros, sin Dios, sin ley! ¿Qué furia infernal os mueve? ¿Qué república se atreve a los retratos de un rey? Como son justos espantos respeto y temor perdido, ansí os habéis atrevido al de Dios y al de sus santos. A quien hundió, ¡oh pueblo ciego! Con prólogos de agua el mundo, y en el diluvio segundo lloverá abismos de fuego, ¿os atrevéis de esa suerte, sin que las nubes, con truenos rasgando sus pardos senos, fulminen rayos de muerte? ¿Del Dios de los elementos echáis al fuego la imagen? ¡Iras de los cielos bajen rompiendo esferas de viento! Mas no se eclipsan las luces en prodigioso castigo, pues que puede Dios conmigo, sacar del fuego sus cruces. Daré espanto a esta Bolonia del infierno con mi fe. Sí, sí, guardado se ve  el horno de Babilonia».

 

 

Retablo en Santa María de Palacio

Tuvieron que transcurrir dos siglos y medio para que Alonso de Mena y Navarrete y Alonso de Navarrete y Mena fueran reconocidos oficialmente por la Iglesia. El Papa Pío IX los beatificó a ambos a la vez el 7 de julio de 1867. Igualmente tendrían que esperar hasta el año 1950 a que el Ayuntamiento de Logroño les dedicara una calle en su ciudad natal y oficiara una procesión en su honor.
Ese mismo año, Santa María de Palacio inauguró un retablo en el baptisterio de la parroquia, recordando las fechas de bautismo, martirio y beatificación. El retablo consta de tres tablas pintadas, con San Juan Bautista y Jesús, en el centro, flanqueados por las imágenes de ambos beatos. Debajo, junto al escudo de la ciudad, figura la siguiente frase de San Pablo: «Estis cives santorum», que quiere decir «sois paisanos de santos».

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