La Rioja

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Hooligans
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Marcelino Izquierdo | 27-06-2016 | 15:53| 0

«El patriotismo es la virtud de los depravados» (Oscar Wilde)

 

Define el diccionario de la RAE el término hooligan como «hincha británico de comportamiento violento y agresivo». Era Edward Hooligan, allá por 1877, un tipo canalla, borrachín y pendenciero, que todos los fines de semana armaba la marimorena – en versión inglesa, claro– en su barrio del sur de Londres, cuando su hígado y su escaso cerebro estaban bañados en cerveza. Fueron tan sonadas sus ‘hazañas bélicas’ que el apellido quedó muy pronto vinculado a cualquier hecho violento que salpicara calles, pubs o parques de la capital británica.

Cuentan también que, al arrancar el siglo XX, una familia irlandesa de apellido Hooligan sembraba el terror en los campos de fútbol londinenses. El padre, la madre y su caterva de retoños se dedicaban a insultar ruidosamente a cuantas aficiones se enfrentaban a los equipos en los que jugaba alguno de los miembros del clan. La franquicia Hooligan, por desgracia, acabó extendiéndose por el planeta y adaptándose a cada lugar con apelativos como ultras, barras bravas, tiffosi o torcidas.

Tras el frenazo que supuso la tragedia de Heysel, que en 1985 dejó 39 muertos y 500 heridos, ha ido reflotando con fuerza de manera intermitente hasta llegar a la actual Eurocopa de Francia. Ingleses y rusos, sobre todo, están dejando un rastro de asquerosa y execrable sinrazón, amparados en un patrioterismo futbolero que, en resumen, no esconde sino una realidad mucho más peligrosa: la intolerancia.

Thomas Mair, asesino de la diputada laborista Jo Cox, no deja de ser un hooligan llevado a la máxima expresión de la crueldad, un intolerante fanático del Brexit que, envuelto en la ‘Union flag’, odia hasta la muerte a quienes no piensan como él.

Pese a todo, el Brexit triunfó respaldado por millones de hooligans, que prefirieron apostar por la cerrazón y el ombliguismo cateto.

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‘Discorso di Logrogno’
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Marcelino Izquierdo | 19-06-2016 | 10:27| 0

 

 

Cuando apenas queda un lustro para conmemorar el V centenario del Sitio de Logroño y el Voto de San Bernabé –del que hoy celebramos su festividad por todo lo alto–, bueno sería recordar cómo el viento fresco del Renacimiento comenzó a soplar en esta zona del valle del Ebro, en los albores del siglo XVI, cambiando el destino de un villorrio medieval alrededor de un puente por el de una próspera ciudad. Diez años antes de la gesta de 1521, el pensador e historiador Francesco Guicciardini  fue nombrado embajador de la República de Florencia en la Corona de Aragón, que entonces gobernaba Fernando el Católico.

La importancia estratégica de la ahora capital riojana, en relación al conflicto que Navarra mantenía con castellanos y aragoneses y que desembocó en la conquista del reino pamplonés, obligó al diplomático italiano a residir en Logroño durante largas temporadas. Seguro que Guicciardini rindió visita a Viana, donde pocos años antes había perdido la vida y estaba enterrado César Borgia, protagonista de ‘El príncipe’ (1513), obra cumbre de su paisano y amigo Nicolás Maquiavelo.

Pero entre los servicios políticos a su república y la curiosidad por el arte y la cultura de la zona, Francesco Guicciardini todavía tuvo tiempo de redactar uno de los muchos ensayos políticos y filosóficos que publicó a lo largo de su vida y que, en honor a la ciudad que le dio cobijo, tituló ‘Discorso di Logrogno’ (1512). Alejado de la vorágine del Cinquecento fiorentino, el entonces joven filósofo pudo juzgar desde la lejanía, y con mayor independencia, los conflictos que afloraban en la ciudad toscana. En su ‘Discorso di Logrogno’, Guicciardini ofrece una visión escéptica y desencantada de la política y de la capacidad humana para intervenir en la realidad. ¿Les suena?

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Cuando Logroño era renacentista
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Marcelino Izquierdo | 14-06-2016 | 21:27| 0

El siglo XVI marcó un antes y un después en la ciudad. La riqueza de los campos riojanos, del vino y de la lana, hizo de Logroño un centro de servicios, de comercio y de exportación con Flandes y propició el desarrollo económico de nobles, hidalgos y burgueses

 

El siglo XVI marcó para Logroño un antes y un después, y no sólo por el sitio de 1521, la victoria sobre las tropas de André de Foix y el voto de San Bernabé. El Fuero de Alfonso VI (1095) y la inercia del Camino de Santiago hicieron posible que la transición entre la Edad Media y el Renacimiento fuera apuntalando la progresiva importancia de un villorrio, que tuvo su origen en el primitivo puente sobre el Ebro, hasta convertirlo en una ciudad próspera y en plena ebullición de ideas, negocios y dinero.

Fue el rey Juan II, padre de Isabel la Católica, quien en 1431 concedió a Logroño el título de ciudad, a los que añadió 13 años más tarde los de ‘Muy Noble y Muy Leal’. No es extraño, pues, que los Reyes Católicos visitaran Logroño en 1492.

«A comienzos del siglo XVI la ciudad estaba sumida en un intenso proceso constructivo que afectó a los grandes edificios religiosos y a la arquitectura civil. La ampliación de las murallas iniciadas en 1498 permitió a los vecinos ocupar rápidamente los nuevos espacios abiertos con bodegas o casas, más o menos humildes, pero que consiguieron dotar a Logroño de un desarrollo y unas dimensiones tales, que no fueron superadas hasta que en el siglo XIX se procedió al derribo de las defensas», explica María Teresa Álvarez Clavijo, doctora en Historia y gran experta en La Rioja del siglo XVI.

Partiendo de la base de que todavía falta mucho por investigar y aún más por excavar y analizar, no es fácil saber cómo era, exactamente, la vida cotidiana del Logroño renacentista, aunque sí podemos hacernos una idea bastante aproximada.

 

 

La muralla defensiva

Antes de 1521, el casco urbano estaba protegido por una muralla, que por el norte miraba al Ebro en paralelo al río, unos metros más allá de la Rúa Vieja. El castillo, con su torreón, resguardaba el puente de piedra. Las defensas continuaban por la avenida de Viana hasta doblar hacia el sur. Si hasta hace pocas décadas se pensaba que la muralla transcurría por la actual avenida de Navarra, investigaciones posteriores sitúan su paseo de ronda a la altura de la calle Ochavo. En un giro de casi 90 grados, las defensas proseguían su perímetro (de ahí su nombre) por los muros de Cervantes, del Carmen y muro de la Mata, se prolongaban por Bretón de los Herreros y regresaban de nuevo hacia el norte, a la altura del final de la calle Laurel, por una rúa denominada Terrazas y que hoy correspondería a la travesía de Laurel. No sería hasta después del año 1522 cuando el contorno de las murallas comenzaría a ampliarse hasta el Revellín, donde se levantarían la puerta de Carlos V y el Cubo, zona en la que hoy se representa el sitio contra los franceses.

Dado que la villa medieval tuvo su razón de ser en el Ebro, no es extraño que su estructura urbana haya quedado para siempre vinculada a su cauce. Si el primer caserío brotó en la misma orilla, con el paso del tiempo sus calles más importantes fueron alejándose del río en paralelo, siempre mirando al sur, incluso en el siglo XXI: San Gregorio, Rúa Vieja, Mayor, Herrerías, Portales, Espolón, Gran Vía, Duques de Nájera o, ahora, los barrios de más allá de la circunvalación. En pleno Renacimiento, la calle Mayor estaba dividida en tres tramos, de este a oeste, denominados La Costanilla, La Losada y Rúa de las Tiendas, mientras que la calle Herrerías comenzaba a reivindicarse con notables edificios levantados por familias y apellidos ilustres, como los Tejada (Monesterio) o los Anguiano (Taberna de Herrerías).

«La calle Portales era conocida como la Herbentia y convergía en su extremo este en la puerta Nueva de la muralla, junto a la casa que levantaron los Jiménez de Enciso, conocido como el palacio de los Chapiteles. Además, allí se enclavaban algunas de las construcciones de mayor relevancia, como la iglesia de Santa María de la Redonda. Junto a su cabecera se instalaría el ayuntamiento (Juan Lobo), al menos desde la segunda mitad de la centuria y, al oeste del edificio eclesiástico una gran plaza desde 1572, en la que se pretendieron celebrar festejos y desfiles militares, además del mercado, función ésta que terminó por prevalecer sobre las demás», argumenta la doctora Álvarez Clavijo.

 

 

Vivienda y sepulcro

La abundancia de los campos riojanos, sobre todo el vino y la lana, permitió a Logroño convertirse en el centro neurálgico de servicios, comercio y exportación a Flandes de esta zona del valle del Ebro. Las gentes más adineradas levantaban primero sus casonas, no exentas del lujo y la cultura inherentes al Renacimiento, y buscaban después un lugar sagrado en el que descansar para siempre. Eso propició la construcción de nuevos templos y monasterios, así como la ampliación de iglesias medievales para poder habilitar en ellas capillas y panteones.

La ebullición económica atrajo a cientos de familias en busca de sustento, lo que pobló la ciudad de colonos, comerciantes, impresores, canteros, herreros, sastres, artesanos y un buen número de aprendices. Si bien no se ha hallado una documentación que corrobore los datos exactos, se calcula que Logroño pudo rondar los 8.000 habitantes a finales del siglo XVI, casi el doble que en la centuria anterior, a pesar de que las epidemias de peste diezmaron el vecindario en 1519, en 1564 y en 1599. Al arrancar el siglo XVII, la ciudad estaba más que consolidada, con el inequívoco respaldo de Casa Austria y la puesta en marcha del Tribunal de la Inquisición en 1570, que tendría su momento cumbre en noviembre de 1610 con el Auto de fe contra las brujas de Zugarramurdi.

 

 

Visitas reales, imperiales y papales

Si la visita de Isabel y Fernando el mismo año del descubrimiento de América fue importante para Logroño, el respaldo del joven emperador Carlos V y la Casa de Austria fue vital para las décadas venideras del siglo XVI. El monarca flamenco entró en la ciudad el 13 de febrero de 1520 y juró sus fueros ante el altar mayor de la parroquia de Santa María de Palacio. Tras la gesta del sitio y victoria sobre los franceses, regresaría el rey Carlos en 1523 para agradecer la fidelidad y valentía de los logroñeses. Incluso el papa Adriano VI disfrutó de la ciudad en aquellos años (1522), visitando Palacio, La Redonda, San Gil y la iglesia de Varea

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Fuenmayor y la rojigualda
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Marcelino Izquierdo | 07-06-2016 | 20:31| 1

 

Fue Antonio Valdés y Fernández-Bazán un riojano atípico, sobre todo porque nació en Burgos capital, aunque Fuenmayor lo tenga en su acervo histórico como hijo adoptivo y él mismo «siempre se consideró hijo de Fuenmayor».

Ministro de Marina y capitán general de la Armada durante el reinado de Carlos III, bajo su mandato nacieron expediciones científicas tan destacadas como la de Antonio de Córdoba al estrecho de Magallanes, la de Alejandro Malaspina con las corbetas Descubierta y Atrevida, así como la de Cosme Damián Churruca al frente de los bergantines Descubridor y Vigilante.

Pese a una vida dinámica e itinerante, siempre guardó Valdés un fuerte vínculo con La Rioja, no en vano su madre pertenecía a la familia Fernández-Bazán, una de las más hacendadas de la villa fuenmayorense. Una estatua, obra de Dalmati y Narvaiza, recuerda su figura en el centro del pueblo. Sin embargo, pese a los notables méritos que atesora, su nombre no aparece en los callejeros de la comunidad autónoma, todavía trufados de reminiscencias franquistas o de ilustres desconocidos.

Y no será por falta de patriotismo. Porque Valdés y Fernández-Bazán es, por decirlo así, el «inventor» de la rojigualda. Sucedió que Carlos III ordenó al riojano de adopción cambiar el distintivo blanco de los Borbones en los barcos de la Marina para diferenciarlo del usado por la armada francesa, bajo la misma dinastía. A imagen del antiguo reino de Aragón, surgió un estandarte –con dos listas rojas y una tercera amarilla de doble ancho entre ambas–, que lució desde entonces en los buques de guerra. La rojigualda terminaría convirtiéndose en la enseña nacional, aunque no fue oficializada hasta 1843.

Por cierto, este año se cumplen dos siglos de la muerte de Antonio Valdés y Fernández-Bazán en 1816. A ver si alguien se acuerda.

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La farola paranormal
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Marcelino Izquierdo | 30-05-2016 | 16:44| 1

 

Hace varios meses que comenzó a inquietarme una de las farolas que ilumina –por decir algo– mi itinerario de regreso a casa. Cuando salía de mi trabajo, ya de madrugada, caminaba entre penumbras por la única acera de la calle de la Vía, tratando de sortear los pivotes metálicos allí colocados por el Ayuntamiento para que ningún vehículo pueda aparcar a dos ruedas.

Una noche, al pasar junto a una de las farolas de brazo adosadas al grupo de viviendas Virgen de la Esperanza, su luz dejó de iluminar. No le di importancia al principio, acostumbrado al tenebrismo cotidiano, pero el prodigio se manifestaba madrugada tras madrugada. Llegar a la altura de la maldita luminaria y perder ésta su fulgor era todo uno. Mientras ascendía la rampa que desemboca en República Argentina, observaba de reojo por si la bombilla seguía apagada y, ante mi asombro, la claridad regresaba en todo su esplendor. Llegó a tal punto mi mosqueo que pensé en poner en conocimiento de Iker Jiménez y su ‘Cuarto Milenio’ un fenómeno tan paranormal… hasta que en uno de estos paseos me detuve durante unos minutos.

Comprobé entonces que la lámpara no lanzaba ningún mensaje encriptado, sino que la bombilla se encendía y se apagaba a ritmo de avería. Simplemente.

El pasado lunes, viendo que la farola había dejado de parpadear, supuse que los técnicos municipales habían reparado la instalación. «Por fin», pensé. Sin embargo, al llegar a República Argentina lo comprendí. Todas las luces del barrio refulgían como el sol, hasta aquella lámpara de la calle Najerilla, que parecía condenada a las tinieblas del averno.

Y es que volvemos a estar en campaña electoral, y eso se nota en la iluminación, en la limpieza y hasta en la amabilidad de los políticos, aunque sean locales.

PD. Dos semanas después, la farola ha vuelto a fallar. Por el momento, el resto de la luminaria del barrio sigue fiel a los principios fundamentales de la propaganda electoral, pero la lámpara de marras ha salido rebelde.

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Un submarino para Logroño
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Marcelino Izquierdo | 19-05-2016 | 18:13| 0

 

Fue Cosme García uno de esos héroes del Romanticismo que pasó por el mundo sembrando ingenio y cosechando desengaños. Ni tuvo suerte mientras deambuló por el convulso siglo XIX español ni gloria cuando dejó de sufrir, con 55 años, en 1874. Así definía un periódico local a este insigne riojano: «Don Cosme García era un logroñés neto, hombre franco, alegre, de gran talento natural, músico, aventurero, ingenioso: sabía de todo, valía para todo y atravesaba la vida derramando ideas, ratos de placer, y sin conseguir una posición ni dinero».

Pese a haber sido el inventor del primer submarino español que navegó bajo las aguas –y ahí están las patentes y las actas oficiales para corroborarlo–, durante décadas fueron Nacis Monturiol e Isaac Peral quieres disfrutaron de los laureles del éxito. Incluso en su tierra sigue siendo Cosme García ese perfecto desconocido que da nombre a un instituto. Ni calle tiene en su ciudad natal, como otros tantos prohombres de esta tierra tan ingrata.

Hace tiempo que inquietos paisanos de don Cosme persiguen un sueño hasta ahora imposible: que Logroño luzca en su patrimonio escultórico la reproducción del ‘Garcibuzo’, que así fue bautizado el ingenio. Proyecto los ha habido, y presupuestos incluso, pero todo quedó siempre en agua de borrajas. No es de justicia que mientras Cartagena encumbra a Peral y Figueras a Monturiol, la capital de La Rioja siga mirando para otro lado.

La idea surgió esta semana, en el ‘III Ciclo de riojanos y hechos ilustres a través de la historia y el arte’ celebrado en el Ateneo, y partió de Joaquín Gómara, expresidente de Amigos de La Rioja: abrir una suscripción popular –a la que están invitadas instituciones públicas y entidades privadas– que sufrague la réplica del primer submarino español.

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Ni Cultura ni Rioja
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Marcelino Izquierdo | 16-05-2016 | 16:31| 0

 

El pleno del Ayuntamiento de Logroño ha aprobado crear una comisión de control y evaluación de la gestión del Centro de la Cultura del Rioja, cuando aún no se ha cumplido ni un año de su apertura por parte de la firmas Sapje y Osga. Todos los grupos municipales criticaron la «ineficiente» administración del CCR a la hora de alcanzar los objetivos marcados, a excepción del partido que sustenta el gobierno municipal.

Hace poco más de un año, este ‘Crisol’ lanzaba una pregunta al aire: «¿Cómo es posible que el Ayuntamiento haya demorado cuatro años la apertura del CCR cuando una UTE no especializada en museografía puede ponerlo en marcha en tan sólo 40 días y 40 noches? (…) Porque lo importante del Centro de la Cultura del Rioja debe ser el museo del vino, pues enotecas, vino-bares, agencias de viaje y oficinas de turismo son servicios que la ciudad ya oferta desde hace muchos años».

Y nada más abrir sus puertas el CCR como tal, en la rehabilitada Casa de la Virgen, añadía esta columna: «Lo que Logroño sigue esperando es un museo de calidad, de titularidad pública, que contribuya a dinamizar el tan olvidado Casco Antiguo y los vínculos de la ciudad con la enología y su cultura».

La responsabilidad, sin embargo, no es tanto de las empresas que gerencian el CCR como de quienes desde el Consistorio decidieron tenerlo cuatro años cerrado y abrirlo después, deprisa y corriendo, sin planificación alguna y tan sólo con afán electoralista.

Y es que el tiempo es un juez implacable: «El Centro de la Cultura del Rioja nunca debió concebirse como un negocio, sino como coadyuvante imprescindible de dos sectores en alza, el turístico y el enológico, con el objetivo de generar negocio a hosteleros, restauradores, comerciantes, servicios…» (Crisol dixit el 22 de junio del 2015).

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San Prudencio, del Monte Laturce a Santa María de Nájera
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Marcelino Izquierdo | 02-05-2016 | 18:56| 0

 

Un 28 de abril, allá por el siglo VII, falleció el obispo Prudencio en el Burgo de Osma. Había viajado este hombre venerado por sus hazañas y milagros a tierras de Soria con la misión de pacificar la villa, pese a que tenía en Tarazona su silla episcopal. Causó gran conflicto entre ambas diócesis la repentina muerte del prelado, pues las dos pretendían darle sepultura, hasta que su sobrino Pelayo desveló la última voluntad del difunto: el cuerpo sería dispuesto sobre la mula que Prudencio siempre usaba para sus viajes, y allí donde el animal se tumbara debería ser enterrado.

Así se hizo. La mula, con un enorme séquito al rabo, tomó rumbo norte atravesando montañas y valles. «El santo quiere volver a su tierra», comentaban algunos clérigos, pues Prudencio era natural del pueblo alavés de Armentia. Se adentró la comitiva por campos de La Rioja hasta toparse en Clavijo con el monte Laturce, que la montura ascendió sin titubeo hasta alcanzar la cima. En lo más alto, sin embargo, detuvo la mula su vagar, giró sobre sus pasos y se tumbó ladera abajo.

En la escarpada montaña recibió el obispo cristiana sepultura, en torno a la que un grupo de fieles fundó el monasterio de San Prudencio de Monte Laturce que, con el paso del tiempo, aglutinó gran poder religioso y político en la sierra de Cameros. Y durante siglos permanecieron las reliquias en el valle del Leza, hasta que el rey najerino García Sánchez III ordenó su traslado al monasterio de Santa María la Real de su Nájera en 1040, dejando tan sólo en Laturce la cabeza y algún que otro hueso menor.

Cuando acaba de celebrarse en media Rioja y media España la festividad de San Prudencio, el otrora floreciente monasterio esconde sus vergüenzas entre los riscos, con su ya exiguo patrimonio cada vez más ruinoso y olvidado.

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El riojano que iluminó la vida de Miguel de Cervantes Saavedra
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Marcelino Izquierdo | 02-05-2016 | 18:59| 0

El ilustrado Martín Fernández de Navarrete (Ábalos, 1765 – Madrid, 1844) publicó en 1819 la biografía más completa hasta la fecha del genio de Alcalá

Cuando hace dos siglos (1816) conmemoraba España el doscientos aniversario de la muerte del autor de El Quijote, el riojano Martín Fernández de Navarrete llevaba tiempo trabajando en una obra que marcaría un antes y un después en la imagen y proyección del genial escritor de Alcalá de Henares. Sin duda, ‘Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, escrita e ilustrada con varias noticias y documentos inéditos pertenecientes a la historia y literatura de su tiempo’ fue un libro cumbre para entender a Cervantes, a la vez que supuso la recuperación de la novela ‘Don Quijote de la Mancha’ en el siglo XIX.

Marino, historiador, político y personaje clave en la consolidación de la identidad riojana, Martín Fernández de Navarrete y Jiménez de Tejada vio la luz en Ábalos el 8 de noviembre de 1765. En su pueblo natal curso los primeros estudios, para ingresar más tarde en el ilustrado Seminario de Nobles de Vergara. Pero su amor por la navegación le impulsaron a enrolarse en la Marina siendo aún muy joven, y allí comenzó una prometedora carrera militar.

Las puertas de la historia

Hombre culto y meticuloso, su mala salud le obligó a abandonar temporalmente la mar, aunque le abrió las puertas de la historia y, así, Martín Fernández de Navarrete fue comisionado por el Gobierno para escribir la historia marítima de España. El proceso de investigación le llevó a descubrir los diarios del primer y del tercer viaje a América de Cristóbal Colón, lo que quedaría plasmado en los reputados ensayos ‘Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde el fin del siglo XV’, ‘Disertación sobre la historia de la náutica’ y ‘Biblioteca marítima española’.

Alto funcionario en el Ministerio de Marina bajo el reinado de Carlos IV, ejercería también con posterioridad los cargos de secretario de la Academia de San Fernando y director de la Academia de Historia, entre otros muchos. Tras la Guerra de la Independencia, y bajo la acusación de ser afrancesado, el ilustrado Fernández de Navarrete tuvo que alejarse de la Armada. Fue precisamente a partir de entonces cuando centró sus esfuerzos en recopilar toda la documentación relativa a Miguel de Cervantes, cuya vida y obra llevaba estudiando desde los albores del siglo XIX.

La biografía elaborada por el intelectual de Ábalos salió a la luz en 1819 formando parte, como tomo V, junto a los cuatro que integran ‘El Ingenioso Hidalgo D. Quijote de Mancha, «Cuarta edición corregida por la Real Academia Española»’. El historiador Luis Astrana Marín, referencia cervantina del siglo XX español, ponía en valor el ensayo: «Ya don Martín Fernández de Navarrete recogía noticias, desde 1804, para componer su de todo punto extraordinaria y admirable biografía del gran genio. Siguiendo en el estilo el método de Ríos y en la investigación el de Pellicer, se propuso, y lo consiguió, forjar una obra documental con el auxilio principalmente de los archivos, fuente verdadera científica y entonces casi inexplorada. Y así, pudo lisonjearse ‘de haber dado tanta luz y novedad a los sucesos de Cervantes, que parece la vida de otro sujeto diferente si se compara con las anteriormente publicadas’».

 

 

Una vida novelesca

Si al erudito valenciano Gregorio Mayans y Siscar (1699- 1781) se le debe la primera biografía de Miguel de Cervantes, impresa en el año 1738, el ensayo escrito por Fernández de Navarrete casi un siglo más tarde insufló a la vida del Manco de Lepanto el calificativo de «novelesca». Episodios hasta entonces casi desconocidos o muy poco claros, como sus aventuras de juventud en tierras italianas, el alistamiento en militar en la Santa Liga, la herida de la batalla de Lepanto que le hizo perder el uso de una mano, la captura por parte de piratas berberiscos; años de cautiverio en las mazmorras de Argel, el regreso a las Españas, sus andanzas en la recaudación de impuestos y posterior encarcelamiento en Sevilla; ciento y una disputas literarias; su intento de embarcarse a América…

Hace décadas que el prestigioso catedrático Jesús Cañedo afirmó que «‘La vida de Miguel de Cervantes Saavedra, escrita e ilustrada con varios documentos pertenecientes a la historia de la literatura de su tiempo’ –de Fernández de Navarrete– ha conocido varias reediciones y continúa siendo referencia segura para los biógrafos de Cervantes». Y, corroborando las palabras del profesor Cañedo, la editorial Biblok Book Export acaba de publicar hace pocas semanas el libro del ilustrado riojano en edición rústica, aprovechando el centenario cervantino 1616-2016.

Muro de Cervantes o la polémica que sacudió Logroño en 1905

Desde el año 1905, el camino y después calle que por espacio de varios siglos había sido denominado como el Muro del Siete pasó a llamarse Muro de Cervantes. Había tomado tal determinación el Ayuntamiento de Logroño en homenaje al ilustre escritor alcalaíno, con motivo del tercer centenario de la publicación de ‘Don Quijote de la Mancha’.

Sin embargo, algo tan justo, cabal y sencillo, estuvo envuelto en una desabrida polémica que sacudió la capital de La Rioja, según cuenta el cronista Jerónimo Jiménez en su libro ‘Las calles de Logroño y su historia’. En la sesión plenaria que la Corporación Municipal celebró el 30 de octubre de 1905, los concejales aprobaron por unanimidad «honrar la memoria de Miguel de Cervantes Saavedra poniendo su nombre a un Muro que no tenía vinculación con persona alguna». ¿A qué venía tal especificación? Meses antes, en el pleno del 17 de junio, se acordó bautizar el conocido como Muro de la Mata como Muro de Cervantes por nueve votos frente a siete en contra. La polémica fue de aúpa, pues Francisco de la Mata y Barrenechea, alcalde logroñés entre del 3 de junio de 1899, y el 1 de enero 1902, era un político todavía en ejercicio y muy querido en su ciudad natal, cuyo nombre se había dado a esta privilegiada zona del Espolón en 1901, hasta entonces Muro de los Reyes.

En el debate político y ciudadano irrumpió el gobernador civil Gerardo Gavilanes, quien ante la Corporación afirmó, entre otras cosas, que «el acuerdo a que habían llegado los concejales de suprimir el nombre de una persona que existía, por el de otra que había fallecido hacía casi tres siglos, era completamente ilegal». Al final, la sangre no llegó al río –pero casi– y Francisco de la Mata se quedó con su muro y a Cervantes se le dio el Muro del Siete.

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Marcelino Izquierdo, Premio Ateneo Riojano al Mejor Libro de Ensayo 2015
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Marcelino Izquierdo | 26-04-2016 | 16:36| 0

 

AGENCIA EFE

El periodista riojano Marcelino Izquierdo ha ganado el II Premio del Libro Ateneo Riojano en la modalidad de Ensayo y Divulgación por su obra “Bajo el imperio de Gestapo”, de la que destaca “su gran esfuerzo de investigación en archivos, fotografías, testimonios biográficos y reportajes periodísticos”.

También se le otorga este galardón por “documentar, con un lenguaje claro, los personajes, sus peripecias vitales, sus relaciones y su influencia en la marcha de la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial y el mundo del espionaje”, según el acta del jurado.

A ello ha sumado que el libro contribuye a “acabar con ciertos mitos, como el de la neutralidad española, analizando el colaboracionismo de España con la Gestapo” y “arroja luz sobre un momento triste y oscuro de la historia de la ciudad de Logroño, ayudándonos a entender mejor nuestro pasado reciente”.

Además, Octavio Colis, con “La luna sobre el río”, ha ganado el Premio en la modalidad de Narrativa por “diálogos y monólogos dotados de curiosas e ingeniosas frases”, con “un cuidado, rico y erudito lenguaje”.

También ha resaltado el jurado su “acerada interpretación de los sentimientos, ejercitando la introspección con los personajes de la novela con excelentes resultados”; sus “descripciones ricas, tanto de los ambientes como de la vida interior del protagonista”; y “su maestría en entremezclar lo real con lo soñado o pensado”.

En la modalidad de Infantil y Juvenil, el Premio ha recaído en “Viajero en Tindouf”, de Javier de Blas, al entender que es “una  un extraordinario trabajo de ilustración y edición” y “acercar la vida, la amabilidad, la solidaridad, el amor a la familia y amigos, el valor de la conversación sosegada, de un pueblo que vive en condiciones extremas desde hace cuatro décadas”.

Se trata, según el jurado, de “un libro informativo, que resulta interesante para todas las edades, en el que sus dibujos inducen al lector a desear disfrutar de los sugerentes paisajes llenos de encanto”, con “textos sencillos, que nos llevan al encanto de lo cotidiano”; y el valor añadido de los textos en árabe, inglés y español.

El premio en la modalidad de Poesía ha sido para Sara Oteo por “La gramática de las cigarras”, del que destaca su “cuidado estilo literario y sus diferentes temáticas, que llevan a lo cotidiano y de lo cotidiano a la poesía”.

“Su poesía cercana y agradable de leer, con una imaginería poética sencilla, pero llena de vida, que la lleva a homenajear a mujeres de otras generaciones y anónimas que admira y en las que ve un legado” son otros aspectos que ha destacado el jurado.

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