La Rioja

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El corsé de la reina Isabel II
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Marcelino Izquierdo | 17-01-2017 | 19:58| 1

 

En el Museo del Romanticismo de Madrid puede contemplarse una singular exposición que, bajo el título de ‘La moda romántica’, propone un viaje al siglo XIX a través de trajes de ambos sexos, que van desde vestidos de gala, levitas, ropas de paseo, fracs, modelos de novia, hasta, incluso, ropa interior. Entre singulares prendas y otros objetos originales, destaca sobremanera la ‘obra invitada’: el corsé que salvó la vida de Isabel II y que se puede contemplar por primera vez. En efecto, el próximo 2 de febrero se cumplen 165 años del atentado que el sacerdote arnedano Martín Merino perpetró contra la hija de Fernando VII.

Aquella tarde de 1852, y con la niña en brazos, acudía la reina a la basílica de Atocha para dar gracias por el nacimiento de su hija Isabel, cuando el cura riojano se acercó a ella, simulando la entrega de un pergamino, y le clavó un afilado estilete. Aunque en el corsé aún se aprecian manchas de sangre real bordeando la puñalada, el ataque de Merino no causó heridas de gravedad, pues la violencia del golpe fue amortiguada por el manto bordado en oro que lucía la reina y, sobre todo, por las ballenas del corsé, que impidieron que la hoja se hundiera todavía más.

Cual reliquia, el corsé permaneció durante casi tres décadas en el Palacio Real, hasta que en 1871 fue donado por el rey Amadeo de Saboya al Museo Arqueológico Nacional, institución que ahora lo ha cedido para la muestra.
Martín Merino y Gómez fue juzgado sumariamente en Madrid, ejecutado a garrote vil cinco días después, quemado su cadáver y esparcidas las cenizas sobre una fosa común. No estaría de más que la VII edición de La Rioja Tierra Abierta, que del 31 de marzo al 29 de octubre se celebrará en Arnedo, recordara a este misterioso personaje que Menéndez Pelayo incluyó en su ‘Historia de los heterodoxos españoles’. La presencia del corsé en la Ciudad del Calzado sería una buena noticia.

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Lucrecia Arana bien merece un recuerdo
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Marcelino Izquierdo | 11-01-2017 | 22:38| 0

 

Entre las numerosas efemérides que La Rioja debería conmemorar a lo largo del recién nacido 2017 una es, sin duda, el 90 aniversario de la muerte de Lucrecia Arana, símbolo de la zarzuela –género lírico español por antonomasia– y una de las mujeres que más influencia tuvo en el mundo de la cultura durante las primeras décadas del siglo XX.

Nació Lucrecia López de Arana y Elorza en Haro, el 23 de noviembre de 1871. Con tan sólo un año, perdió a su padre en la III Guerra Carlista, lo que condicionó una infancia jalonada de privación y miseria. Pero quiso la suerte que la familia López Heredia la oyera cantar y se convirtiera en su mecenas. Siendo todavía una niña, se trasladó Lucrecia a la capital del Reino, donde compaginó su trabajo en la sucursal madrileña de las bodegas López Heredia con clases de canto impartidas por acreditados profesores.

Debutó a los 15 años en el teatro Price, con un papel secundario de la obra ‘La mascota’, lo que le abrió las puertas de la Compañía de Julián Romea, con la que recorrería la Península varias temporadas. Bajo la recomendación del compositor Juan Latorre, ingresó Lucrecia Arana en la compañía del Teatro de la Zarzuela de Madrid y, dado su talento y dedicación, pronto alcanzó la cima del éxito.

Para la tiple-contralto jarrera compuso ‘Gigantes y cabezudos’ el maestro Fernández Caballero, zarzuela cómica con texto de Miguel Echegaray, que incluye la famosa jota ‘Si las mujeres mandasen’. Acrecentó aún más su fama su relación sentimental con el gran escultor Mariano Benlliure. Tan insigne pareja se rodeó de artistas e intelectuales como Blasco Ibáñez, Pastora Imperio, Joaquín Sorolla o Carmen de Burgos ‘Colombine’.

El 9 de mayo de 1927 Lucrecia Arana falleció en Madrid de forma repentina. Tenía 55 años.

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El vínculo riojano de Unamuno
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Marcelino Izquierdo | 31-12-2016 | 11:11| 1

El escritor bilbaíno visitaba Logroño en verano para estar con su hermana Susana, monja en La Enseñanza. También publicó varios artículos en Diario La Rioja

 

En la tarde del 31 de diciembre de 1936, mientras charlaba en su domicilio de Salamanca con un antiguo alumno, a Miguel de Unamuno le sorprendió la parca. «Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo», escribió Antonio Machado.

Escritor, filósofo y una de las figuras más destacadas de la Generación del 98, de la pluma de Unamuno nacieron obras maestras de la literatura española como ‘Niebla’, ‘Abel Sánchez’, ‘La tía Tula’ o ‘Del sentimiento trágico de la vida’. Ilustre rector de la Universidad de Salamanca, suya es la famosa frase «Venceréis, pero no convenceréis» con la que denunció la intolerancia en la misma cara de Millán Astray,

Ahora que se cumplen 80 años de su fallecimiento, bueno sería recordar que Unamuno mantuvo un vínculo muy especial con La Rioja, a la que viajaba casi todos los veranos. Y es que en Logroño residió durante 35 años su hermana Susana (Susana Presentación Felisa de Unamuno y Jugo es su nombre completo), monja en el convento de la Compañía de María (La Enseñanza) desde que ingresó como novicia en 1899.

 

El sacerdote Manuel Trevijano, conocedor de la figura de la madre Susana, asegura que ésta mantuvo una relación con Miguel de Unamuno «profunda, íntima y sincera», que se prolongó hasta la muerte de la religiosa, el 3 de marzo de 1934, a causa de una pulmonía. Había cumplido los 67 años. Al día siguiente, fue inhumada junto a los restos de sus compañeras de la orden en el cementerio de la capital riojana. Añade Trevijano que la víspera de su fallecimiento Susana Unamuno entregó a la madre superiora la última misiva dirigida a su hermano y «le pidió que después de expirar ella, y no antes, se la mandara a Don Miguel».

La madre Unamuno ejerció como profesora de Lengua Española, Religión, Francés y Contabilidad, en La Enseñanza, y como prefecta en el internado del colegio entre 1913 y 1917. En 1921, la monja viajó a Roma, donde durante tres años se encargó de la organización de la Secretaría y el Archivo de la Casa Generalicia fundada en la capital italiana, para regresar después al convento de Logroño. Trevijano define a la madre Susana como una persona «noble, trabajadora y culta».

El escritor y filósofo vasco solía visitar la capital de La Rioja al menos dos días en el mes de agosto, donde también coincidía con otros familiares que aprovechaban el verano para estar con la madre Susana. En el convento-colegio, Unamuno charlaba con las monjas de la Compañía de María y con el sacerdote Pablo Llorente, confesor de la comunidad religiosa de La Enseñanza, al tiempo que paseaba por una ciudad que le era muy próxima, muchas veces sin rumbo fijo.

 

 

Artículos en Diario La Rioja

Esta relación con la entonces provincia de Logroño permitió también que don Miguel escribiera algún que otro artículo en el periódico LA RIOJA. El 3 de agosto de 1907 publicó ‘Sobre la emigración’, una lúcida reflexión sobre el ‘sueño americano’ de miles y miles de españoles que, por aquella época, perseguían un futuro mejor al otro lado del Atlántico. «No es lo malo que los hijos de España emigren a bandadas a las Américas que España descubrió, conquistó y pobló, lo malo es que emigren del todo, llevándose con sus familias sus afectos y que no sigan en relación con su tierra natal».

Pero si tienen actualidad las palabras de Unamuno, 110 años después, respecto al incesante éxodo de españoles que buscan un sueldo digno por medio mundo, no es menos vigente el artículo que este mismo diario publicó el 14 de mayo de 1933, titulado ‘Consumo y limosna’. Comparemos si no las reflexiones de Miguel de Unamuno en este artículo de página 4 con la precariedad laboral y salarial que sufre ahora mismo nuestro país, ocho décadas más tarde aquel lejano 1933: «En el fondo, es la vieja cuestión de la limosna. ‘¡Yo no pido limosna, pido trabajo!’, dice un parado, sabiendo que el trabajo que se le habría de dar no sería sino un pretexto para una limosna. Y ello procede del sentido que ha tomado la limosna, como algo de gracia y no de justicia».

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Lo que escondían los ojos de Ramón Serrano Suñer
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Marcelino Izquierdo | 31-12-2016 | 17:18| 2

“Hoy saludamos, alborozados, el propósito victorioso del pueblo alemán de organizar una Europa más justa y más conforme con el pasado y el presente de honor y de gloria de dos pueblos que, como Alemania y España, tienen derecho a la plenitud geográfica y moral de su grandeza y de su libertad. ¡Arriba Alemania! ¡Viva Hitler!”. Ramón Serrano Suñer, 1941

 

Los ojos de Ramón Serrano Suñer vieron muchas cosas, pero la memoria del dos veces ministro, interlocutor plenipotenciario del régimen con Hitler y Mussolini y cuñadísimo de Franco las escondió hasta llevárselas a la tumba. Denuncia el historiador Ángel Viñas “el clamoroso escándalo que implica que en el Ministerio de Asuntos Exteriores no se halle prácticamente ningún documento que aclare la gestión de la política seguida de 1940 a 1942”, lo que permitió a Serrano fabricar su propia “leyenda” y reescribir su historia tras la Segunda Guerra Mundial. Algo parecido a lo que hizo el caudillo y su relación con el Tercer Reich alemán y el fascismo italiano.

Regresa a la actualidad este oscuro personaje del primer franquismo a raíz de la emisión en Telecinco de la serie ‘Lo que escondían sus ojos’, adaptación de la novela homónima de Nieves Herrero sobre los amores de Serrano Suñer y la marquesa de Llanzol. Además de un guión con más agujeros que un colador, errores de bulto en el casting (a diferencia de Rubén Cortada, el protagonista peinaba canas desde joven y no era muy espigado) y una ambientación artificiosa y descontextualizada, la producción de Mediaset adolece de cualquier rigor histórico.

 

 

Puede tener la serie la eximente de estar basada en la ficción, lo que desvirtuaría la realidad del personaje. Sin embargo, no parece de recibo que la figura de Serrano Suñer salga airosa del trance –si no edulcorada-, cuando en su debe hay que anotar, entre otras tropelías, el envío de miles de españoles a campos de concentración nazis.

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El milenario del rey Don García, otra oportunidad perdida para La Rioja
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Marcelino Izquierdo | 28-12-2016 | 10:39| 1

 

«La historia… testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, testigo de la antigüedad». Cicerón.

Es La Rioja, en materia de cultura y de patrimonio, la tierra de las oportunidades perdidas. Citemos, por ejemplo, la malograda rehabilitación del templo del monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla, donde tras hallar los vestigios de la primitiva iglesia románica –de una calidad superlativa–, este tesoro artístico lleva años oculto bajo una gruesa capa de grava, losetas y mucha ignorancia. ¿Y qué decir del Museo de La Rioja y su desafortunada reforma, después de una década cerrado a cal y canto? Por no hablar de la infausta reapertura del Centro de la Cultura del Rioja, del desaprovechamiento del legado histórico vinculado al mundo del vino que jalona el Casco Antiguo logroñés, de la paralización sine die del yacimiento de Valbuena o del derribo de decenas de edificios emblemáticos tanto en la capital como en el resto de la región.

Pero no contentas con este marasmo patrimonial, tampoco muestran las autoridades sensibilidad, ambición o voluntad política en cuanto a los antepasados que dieron lustre a esta tierra. Si exceptuamos el guiño de la Crónica Najerense o el sello impulsado por los amantes de la filatelia, el milenario del nacimiento del rey Don García (Nájera, 1016-Atapuerca, 1054) ha transcurrido sin pena ni gloria a lo largo de este año 2016 que ya se nos escapa de entre los dedos. ¡Qué oportunidad perdida para haber organizado una exposición conmemorativa o haber difundido su figura como se merece! Mimbres los había, y muchos.

Esta desidia institucional en torno a la historia, a la cultura, al patrimonio y a los más insignes predecesores hace que La Rioja sea una gran desconocida tanto para extraños como para propios.

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¿Forzó Salustiano Olózaga a la reina Isabel II?
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Marcelino Izquierdo | 23-12-2016 | 23:12| 3

El político riojano fue acusado de obligar a la soberana a firmar la disolución de las Cortes en 1843, mientras los rumores políticos lo señalaban como su amante

Algo muy extraño ocurrió en la alcoba de Isabel II del Palacio Real de Madrid en la noche del 28 de noviembre de 1843. Tan extraño, que los historiadores todavía hacen cábalas 163 años después. Todo parece indicar que lo que estalló como un escándalo político y sexual de la época entre la reina y el político riojano Salustiano Olózaga no fue sino un golpe de Estado encubierto por el que los moderados se hicieron con el poder. Y sin disparar ni un tiro.

A raíz de la caída de Baldomero Espartero como regente -tras la revuelta militar liderada por los generales Serrano y Narváez en el verano de 1843-, y recién nombrada Isabel II mayor de edad y reina de España con tan sólo 13 años, fue designado Salustiano Olózaga presidente del Consejo de Ministros como político de prestigio del ala más «templada» del progresismo.

Sin embargo, al designar el político nacido en Oyón un gobierno progresista monocolor, el Congreso de mayoría moderada respondió eligiendo como presidente de la Cámara Baja al conservador puritano Pedro José Pidal. Ante esta coyuntura, pretendió Olózaga dar un golpe de efecto y convocar nuevas elecciones para recuperar el poder parlamentario; fue entonces cuando saltó a la opinión pública el ‘escándalo Olózaga’.

En la sesión del 1 de diciembre, el moderado González Bravo, como notario mayor del Reino, leyó ante las Cortes la declaración escrita de puño y letra de Isabel II: «En la noche del 28 del mes pasado, se me presentó Olózaga y me propuso firmar el decreto de disolución de las Cortes. Yo respondí que no quería firmarlo, teniendo, para ello, entre otras razones, la de que esas Cortes me habían declarado mayor de edad. Insistió Olózaga. Yo me resistí de nuevo a firmar el citado decreto. Me levanté, dirigiéndome a la puerta que está a la izquierda de mi mesa de despacho. Olózaga se interpuso y echó el cerrojo de esta puerta. Me agarró del vestido y me obligó a sentarme. Me agarró la mano hasta obligarme a rubricar. Enseguida Olózaga se fue, y yo me retiré a mi aposento. Antes de marcharse Olózaga me preguntó si le daba mi palabra de no decir a nadie lo ocurrido, y yo le respondí que no se lo prometía».

 

 

Honra e inocencia

El alboroto entre los escaños fue de los que hacen época. Por mucho que Olózaga y sus correligionarios intentaron defender el honor del político riojano, la acusación era tan grave y escabrosa que no fue posible disiparla con simples palabras. «Mi honra no puedo sacrificarla ni a la reina ni a dios ni al mundo entero; hombre de bien, inocente, he de aparecer ante el mundo, aunque fuera en la escalera de la horca», exclamó. Pero ante el cariz que tomaban los acontecimientos, y ante el temor de perder la vida ante un pelotón de ejecución, optó Olózaga por escapar rumbo a Portugal y posteriormente a Francia.

Añadidos a la calumnia, los moderados, con el reaccionario Luis González Bravo a la cabeza, lanzaron los rumores de que don Salustiano había sido el amante de la reina-niña, el encargado de iniciarla en el arte del amor e, incluso, de desflorarla. Esta última teoría fue sustentada por el historiador Ricardo de la Cierva en su novela ‘El Triángulo: alumna de la libertad’, finalista del Premio Planeta 1988.

Es verdad que el joven Olózaga tenía fama de amante fogoso e infatigable conquistador. Ahí está su insistente cortejo a María Dolores de Quiroga, quien rechazó la oferta matrimonial del abogado riojano e ingresó en la orden de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora con el nombre de sor Patrocinio. Años más tarde, sor Patrocinio -conocida en toda España como la «monja de las llagas»- entraría en la corte borbónica y ejercería enorme influencia sobre la propia Isabel II.

Pero… ¿qué pasó, en realidad, entre la reina y Olózaga? Según Álvaro Figueroa, conde de Romanones, ninguno de los dos dijo la verdad. En su reeditado libro ‘Un drama político, Isabel II y Olózaga’, el político y escritor aristócrata asegura que Isabel II se mostró reacia a disolver las Cortes, a lo que el presidente del Consejo de Ministros trató de imponer su voluntad: «Creemos que (Olózaga) le cogió, no la mano, sino las manos para acariciárselas suavemente. Lo sucedido se redujo, al parecer a un arrebato surgido en un momento en que los sentidos son los amos. ¿Fue una finalidad política la que movió a Olózaga? ¿Una pasión intensa? No; sólo vanidad, la vanidad plebeya de un hombre grande: la de haber triunfado sobre una mujer que era reina, hipótesis no absurda, dado el temperamento de doña Isabel, dominador constante de toda su vida».

 

Golpe de Estado

Que la reina mintió -o le obligaron a mentir-, es evidente: los cerrojos de las puertas de su alcoba que, según su testimonio, don Salustiano atrancó, nunca existieron. Olózaga, por su parte, se aprovechó de que Isabel era sólo una niña a la que engatusó con su labia y arrebatadora personalidad. «Cuando me despedí, la reina me regaló una caja de bombones para mi hija», esgrimió el político como epílogo a su almibarada versión.

El académico Alejandro García Nieto, en su ensayo ‘Los «sucesos de Palacio», del 28 de noviembre de 1843′, publicado en el año 2007, pone el foco en «la intervención de la marquesa de Santa Cruz, aya de la reina y espía en Palacio del partido moderado, a quien Narváez y González Bravo habían alertado para que vigilara bien los despachos reales ya que sospechaban que Olózoga podría presentar en cualquier momento un decreto de disolución de los Cortes a fin de preparar desde el ministerio un nuevo Congreso con cómoda mayoría del partido progresista».

Una indisposición impidió a la marquesa acudir aquel día a Palacio, pero una vez recuperada, «interrogó hábilmente a la reina sobre el despacho de la noche anterior hasta que se enteró de lo sucedido». Cuando Narváez acudió a entrevistarse con Isabel II, el aya le informó de la firma real. «Buscando una salida, llamaron a Pidal, cuya llorera subió más aún las alarmas de Isabel 11, convencida ya de que había realizado algo muy mal. En su consecuencia ella misma, o entre todos, urdieron la excusa de la violencia», añade García Nieto.

La caída de Salustiano Olózaga y de todo el progresismo hizo posible que el partido moderado impusiera su control durante los siguientes diez años. En la ‘Década Moderada’, con Narváez como líder, se aprobó la Constitución de 1845, que dilapidaba numerosas conquistas sociales y políticas; la reforma de la Hacienda, que con su apuesta por los impuestos indirectos encareció el coste de la vida; o el Concordato, por el que el Vaticano bendecía a Isabel II a cambio de prebendas y donaciones.

Un político nacido en Oyón, criado en Arnedo y de vocación universal

Nacido en Oyón el 8 de junio de 1805 de una familia acomodada y de ideología liberal, su infancia discurrió en Arnedo, donde su padre, Celestino, ejercía como médico. Allí aprendió sus primeras letras, que su progenitor le enseñaba con los artículos de la Constitución de 1812. Tuvo como profesor de latín al catedrático Marcelino Magro, refugiado en Arnedo, y en el convento de Vico ganó, con apenas 10 años, su primer concurso literario.

Estudiante de Filosofía en Zaragoza y en Madrid -y posteriormente Derecho-, con 15 años acaudilló una revuelta estudiantil y era habitual en encendidos debates y tertulias de la capital, donde pronto ocupó el rango de oficial de la Milicia Nacional. Huyó de España en 1823, tras la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, y en su combate sin tregua contra el absolutismo de Fernando VII y de la dinastía borbónica sufrió exilio varias veces, cárcel y hasta eludió la pena de muerte en más de una ocasión.

Excelente orador y alma mater de la Constitución de 1837, Olózaga ocupó altos cargos: gobernador civil de Madrid, diputado durante décadas (sobre todo por los distritos de Arnedo y de Logroño), preceptor de la reina Isabel II, presidente del Congreso de los Diputados, presidente del Consejo de Ministros, ministro de Estado o embajador.

Ingresó en la Real Academia de la Historia (1853) y 18 años después en la Real Academia Española. Entre sus libros destacan ‘Historia política de Aragón’, ‘De la beneficencia en Inglaterra y en España’, ‘Estudios sobre elocuencia, política, jurisprudencia, historia y moral’ y ‘La mujer de Logroño, La riojana’.

Le sorprendió la muerte a Salustiano Olózaga el 26 de septiembre de 1873 en París, donde era embajador de España. Está enterrado en el Mausoleo Conjunto del madrileño Panteón de Hombres Ilustres, junto a Mendizábal, Argüelles y Calatrava, entre otros.

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El puente de Alejandro Ganzábal
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Marcelino Izquierdo | 19-12-2016 | 19:33| 0

 

Fue Alejandro Ganzábal algo más que un notable cantero, que alcanzó los honores de ingeniero por méritos y sabiduría. Íntimo amigo de Práxedes Mateo Sagasta y de Amós Salvador Rodrigáñez, este riojano de adopción –nacido en Yurreta (Vizcaya)– llegó a Logroño con motivo de la construcción de la línea férrea Tudela-Bilbao. Con posterioridad dirigiría Ganzábal obras tan importantes como el Hospital Provincial, el ‘nuevo’ puente de Piedra, bodegas Marqués de Riscal en Elciego, la carretera de Peñacerrada o, incluso, su propio panteón y el del doctor Zubía (ambos, por cierto, al borde de la ruina).

Con motivo de su fallecimiento, publicó Diario LA RIOJA el 30 de octubre de 1906 un obituario plagado de anécdotas protagonizadas por Ganzábal: «Cuando Logroño se hallaba en peligro de poder ser objeto de un audaz golpe de mano de los carlistas en la última guerra civil (1872-1876), encomendó la Junta de defensa al señor Ganzábal la construcción de murallas provisionales, y éste lo hizo con tal acierto en el brevísimo plazo de tres meses, que mereció justas alabanzas de las autoridades militares».

Precisamente, en la xilografía publicada por el rotativo británico ‘The Graphic’ (Londres, 1875) –el mundo entero estaba muy interesado en el desarrollo de la III Guerra Carlista–, puede observarse la imagen del puente de Piedra, reforzado defensivamente por Ganzábal con una garita de vigilancia, portón de acceso y piezas de artillería sobre una improvisada muralla.

Varios años después de aposentarse en la capital de La Rioja, había levantado Alejandro Ganzábal un imponente caserón de sillares –que para algo era cantero–, a escasos metros al norte del citado puente, en el que residir junto a su familia. Durante décadas y décadas, el edificio fue conocido como el Parador del Norte.

 

 

El Parador del Norte

Aquel Parador del Norte –que ya es polvorienta historia– puede contemplarse en todo su esplendor, al fondo, en la fotografía de finales del siglo XIX que esta Retina de la Memoria rescata del Archivo Jerónimo Jiménez. Se trata del puente de Piedra, atestado de logroñeses que acompañaban los restos mortales de Baldomero Espartero y su esposa María Jacinta (duquesa de la Victoria). Tras permanecer varios años inhumados en el cementerio municipal, ambos cuerpos fueron trasladados en coches de caballos hasta Santa María de la Redonda para ocupar el panteón que todavía hoy se visita en el ala izquierda en la concatedral. Era el 30 de agosto de 1889.

Pero centrémonos en el paisaje de la instantánea. La explanada que se encuentra en primer término corresponde a la rotonda hoy existente frente al Hospital Provincial y sobre la que, hasta bien entrado el siglo XIX, aún se erguía el castillo medieval que custodiaba el puente y el acceso norte de la ciudad. Una pequeña barrera, posiblemente una empalizada compuesta por maderos, protegía las laderas hacia el cauce del Ebro.

Al fondo, cruzando el río, los dos fielatos –que, por suerte, todavía no han sido víctimas de la piqueta–, donde pagaban sus tributos las personas que querían acceder a la capital. Mucho se ha especulado sobre la fecha de construcción de las casetas –que el Consistorio databa hace años en los albores del siglo XX–, aunque estas dos imágenes remontan su origen a antes de 1875.

Y justo detrás de los fielatos, como un gigante solitario, se yergue la majestuosa casa de Ganzábal, el Parador del Norte, con tejado a cuatro aguas, que sin duelo fue derruido el pasado verano.

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Los Últimos (riojanos) de Filipinas
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Marcelino Izquierdo | 14-12-2016 | 21:49| 0

Aunque no participó en la defensa de la iglesia de Baler, cuya gesta narra la recién estrenada película ‘Los Últimos de Filipinas’, el riojano Blas García Hernández está considerado como uno de los héroes de aquella absurda guerra que sumió España en la denominada crisis del 98 y que puso fin a la potencia colonial nacida bajo los Reyes Católicos tras el descubrimiento de América.

Nacido en la villa de Anguiano el 2 de octubre de 1851, Blas García Hernández combatió en la Guerra de Filipinas con el rango de capitán y en aquel país permaneció prisionero hasta que las intrincadas y tardías negociaciones políticas dieron sus frutos en 1900, dos años después de finalizado en conflicto entre Madrid y Manila. Por todas estas razones, además de a las víctimas del surrealista ‘sitio de Baler’, a estos militares retenidos por el presidente tagalo Emilio Aguinaldo también se les llama los “Últimos de Filipinas”. Durante años había permanecido García Hernández destinado en las lejanas islas del Pacífico, residiendo allí junto a su esposa, Concepción Nielfa, y donde nacieron sus hijos Eugenio, Dolores y María del Carmen.

No es casual que el primogénito del oficial anguianero, Eugenio García Nielfa (Filipinas, 1883-Cordoba, 1953), haya sido el escritor que con más continuidad y empeño hizo uso del término “hispanidad”, rescatándolo de un artículo publicado por Miguel de Unamuno en Buenos Aires (1910), y contribuyendo sobremanera a que a partir de 1926 ese concepto se expandiera a ambos lados del Atlántico.

Otros muchos riojanos combatieron en la última gran guerra colonial española, como fue el caso del alberitense Francisco Reinares, abuelo de Isabel Preysler, mientras otros se vieron atrapados por la contienda, como el fraile agustino recoleto Pedro Bengoa Cárcamo, nacido en San Vicente de la Sonsierra en 1872.

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¿Es moral la corrupción?
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Marcelino Izquierdo | 12-12-2016 | 16:32| 2

«La responsabilidad política por la corrupción se salda en las urnas». Rafael Catalá. Ministro de Justicia

 

En nada contribuyen a apaciguar las palabras de Rafael Catalá el enrarecido clima que divide España tras la muerte de Rita Barberá y el vínculo de su infarto con los casos de corrupción que le salpicaban. Es más, en cualquier país serio, Catalá ya tendría que haber dimitido por la gravedad de sus declaraciones, más siendo ministro de Justicia.

Afirmaba Ted Kennedy que «en política sucede como en las matemáticas: todo lo que no es totalmente correcto, está mal», aforismo que no acaban de asimilar los mandatarios de este país. De forma interesada y torticera, ha conseguido la clase política española amalgamar de manera indisoluble responsabilidad moral y responsabilidad penal, y lo peor de todo es que buena parte de la sociedad ha caído en la añagaza, sin plantearse lo espurio de esta oferta 2×1.

En un obsceno ejercicio de cinismo, han lanzado sin reparo altos cargos populares envenenados dardos contra la prensa sobre el ‘caso Barberá’: «Las hienas siguieron mordiendo», «la habéis condenado a muerte», «fue sometida a una cacería injustificada», sin hacer autocrítica sobre el doble discurso mantenido en los últimos meses.

Las tan cacareadas ‘penas de telediario’ se acortarían ostensiblemente si los gobernantes abandonaran sus cargos en cuanto la sombra de la sospecha judicial recayera sobre ellos. Si, por contra, se aferran al sillón aduciendo mil excusas o tratan de sortear la acción de los tribunales valiéndose de su condición o de aforamientos, corren el peligro de que sus correligionarios, la prensa o la sociedad los arrincone, y con razón.

P.D. Señores de Unidos Podemos: un minuto de silencio no es el reconocimiento político de nadie, sino un gesto de empatía hacia quien acaba de fallecer y su familia.

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Pero… ¿quién diantre es Pedro Albéniz?
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Marcelino Izquierdo | 30-11-2016 | 17:12| 2

 

Pero… ¿quién diantre es Pedro Albéniz?, se preguntan algunos de los visitantes de la XLVIII Exposición que la Federación Riojana de Sociedades Filatélicas. Resulta que el tal Albéniz es este año protagonista de la muestra que se celebra esta semana en los bajos del Ayuntamiento de Logroño, y que mañana se clausura.

Hijo del también músico riojano Mateo Albéniz, el ‘desconocido’ Pedro Albéniz fue profesor de piano de la reina Isabel II, primer maestro de piano del Conservatorio de Madrid y pionero en la introducción de novedosas técnicas musicales y pedagógicas. Este ilustre logroñés impulsó el denominado «pianismo romántico», que se extendería por toda España a partir de 1830, y fue autor de un innovador método para la enseñanza de su instrumento, referente de los estudiosos del piano. Ocupó, además, la Vicepresidencia del Liceo Artístico y Literario, la Academia Filarmónica de Madrid lo nombró distinguido profesor y entre sus condecoraciones figuran las de caballero de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III y de la Orden Española de Isabel la Católica.

Y, por si esto fuera poco, los historiadores consideran a Pedro Albéniz como el músico más influyente en la Familia Real de mediados del siglo XIX, pues era habitual verle en la corte, escuchar las piezas que componía para los ‘Conciertos de familia’ y tocar el piano a cuatro manos junto a la propia Isabel II

Gran dinamizador de la vida cultural madrileña, Albéniz era asiduo de las veladas músico-literarias que se celebraban en la capital y en las que participaban célebres escritores como el también riojano Bretón de los Herreros.
Mientras Madrid, con Ruiz Gallardón al frente, homenajeó a Albéniz en el 2008, su ciudad natal ni tan siquiera se ha dignado en dedicarle una calle.

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