La Rioja

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Guarros
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piogarcia | 27-02-2015 | 17:04| 0

El Ministerio del Interior quiere abochornar a los clientes de las prostitutas. Si desea encontrarlos, al menos en La Rioja lo tiene fácil: le bastaría con mandar al delegado del gobierno, señor Bretón, a recorrer la N-232 de arriba abajo (con cuidado de no matarse en alguna curva) y entrar en los puticlubs que alegremente se anuncian en sus orillas. Allí podría entregar a los usuarios unos cuantos folletos sobre la vida sana y las virtudes de la familia cristiana (o mahometana), esperando que muchos de ellos abandonen el pecado y se conviertan, al caer de pronto en la cuenta de que son meros esclavos de sus braguetas, como tristes Strauss-Khan de pueblo.

Mis queridos niños, las putas (y los putos) han existido siempre. Y me temo que seguirán existiendo. Ocurre que hay como un velo de beatería que nos nubla la mirada e impide que atajemos de raíz el verdadero y tenebroso problema: la trata de blancas, el proxenetismo y la esclavitud sexual. En lugar de hacerle ver al cliente que es un guarro de la peor especie (aunque lo sea), sería mucho más efectivo caernos del guindo, regular la prostitución y aflorar un negocio –por otro lado bien visible– que mueve millones de euros. Que cada prostituta o prostituto fuera considerado un trabajador más, autónomo o por cuenta ajena, con su seguridad social, su atención médica y su pensión de jubilación y su IVA, y que cayera todo el peso policial sobre los proxenetas y las mafias que ahora se aprovechan de un jugosísimo mercado negro.

Será difícil. Ni siquiera la izquierda se atreve a dar un paso así. Recuerdo que cuando este periódico publicó un reportaje sobre una casa de lenocinio (dentro de un suplemento especial sobre la vida cotidiana de la región), algunos dirigentes locales del PSOE se escandalizaron como monjitas. Resulta más cómodo taparse los ojos y que todo siga igual.

(*)Ejercicio de agudeza visual para el ministro del Interior: ¿cree usted que en este bonito chalé, fotografiado por Ricardo Zapatero, se ejerce la prostitución o acaso vive ahí una familia feliz que ha decorado su casa con luces navideñas?

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M.C.
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piogarcia | 15-02-2015 | 12:13| 1

Veo a la gente bucear en una cripta madrileña en busca de los huesos de Miguel de Cervantes. Los obreros exhuman un ataúd de madera muy desvencijado, con unas tachuelas mohosas que dibujan dos iniciales: M.C.

De repente todo el mundo se excita. Flota en el aire una especie de electricidad, como si estuviéramos a punto de vivir un momento histórico, como si alguien fuera a pisar Marte por primera vez. Los periódicos le dedican espacios generosos, las televisiones mandan enviados especiales, un arqueólogo circunspecto explica que no hay que lanzar las campanas al vuelo: ¡todavía queda un largo trabajo por hacer!

Sobre una mesa yacen los huesos carcomidos de un esqueleto mondo. Dicen que están buscando a un tipo al que le quedaban seis dientes, sufría de artrosis severa, le faltaba un brazo y tenía un arcabuzazo en el esternón. Se conoce que don Miguel estaba, con perdón, hecho una mierda.

Veo todo este trajín, que alguien pagará generosamente, y no alcanzo a comprender por qué. ¿Tenemos alguna necesidad de saber si esta tibia o aquella rótula pertenecieron a Cervantes? ¿Acaso habrá alguna diferencia con la tibia de un mesonero o con la rótula de un mercader?

Aquel hombre que murió hace 400 años nos dejó como legado una obra fascinante, monumental, divertida, insondable, de infinitos matices y elegante prosa. La tienen ustedes a su disposición en cualquier librería a precios irrisorios. Esos son los vestigios de Cervantes que me interesan (y me interesan mucho); lo demás me parece pura pulsión fetichista, una extraña parafilia que tal vez se explique por criterios turísticos pero que recuerda demasiado al viejo tráfico de reliquias, cuando cada parroquia luchaba por tener su pedacito de cruz o su cachito de fémur de san Esteban o su frasquito de sangre coagulada.

En la fotografía, de EFE, las letras M.C. sobre un ataúd de madera.

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Ennio
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piogarcia | 26-01-2015 | 17:01| 0

En estos días turbulentos, me acuerdo de Ennio Flaiano.

Don Ennio, italiano de Pescara, era un tipo singular: escribía como los ángeles, con un sentido del humor ácido y penetrante, aunque ese trámite de escribir libros para luego publicarlos le daba una horrible pereza. Con su primera novela (‘Tiempo de matar’) ganó el premio Strega, el más relevante de la literatura italiana, pero se cansó. «Fue acogido tibiamente –recordaba–. Un crítico dijo que me esperaba en el segundo libro. Todavía está esperando». Murió en 1972 sin publicar jamás ese «segundo libro».

Fue, sin embargo, un guionista excepcional y un fascinante creador de frases. Tenía el colmillo bien afilado y una vaporosa elegancia británica que hoy le hubiera impedido triunfar en Twitter, convertido cada vez más en un burdo vaciadero de insultos.

En un momento de particular convulsión en la política italiana, cuando todo parecía irse al garete definitivamente (en Italia todo parece siempre a punto de irse al garete definitivamente), Flaiano sentenció: «La situación es grave, pero no seria». El otro día, viendo en la televisión al pequeño Nicolás con su flequillito, al Monago de mojo picón, a la Mato en plan qué-tonta-soy-si-no-me-di-cuenta-de-lo-del-Jaguar, al oprimido y expoliado poble catalá pseudovotando en pseudournas; el otro día, digo, me di cuenta de que la situación, en España, también es grave, pero en modo alguno seria.

Ocurre que a los españoles nos falta ese puntillo cómico de los italianos y todo nos lo tomamos a la tremenda, salvajemente, trágicamente, sin admitir los infinitos matices de una realidad extravagante, como si en todo halláramos motivos para reanudar una eterna y jamás resuelta guerra civil.

En fin. No desfallezcan. Sigan remando. Como también dijo Ennio Flaiano: «¡Ánimo, lo mejor ya ha pasado!».

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Carbón
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piogarcia | 18-01-2015 | 10:15| 0

Comprendo que los griegos estén hartos. Y comprendo que sientan la tentación (y hasta la necesidad) de votar a Syriza, aunque en sus propuestas haya ese ingenuo toque de rebeldía adolescente que tiende a convertir el mundo en un simplón cuento de caballeros contra dragones.

Los economistas más serios (incluso los más conspicuos enemigos del liberalismo) avisan de que, si se aplican unilateralmente, las medidas de Tsipras supondrían –casi inmediatamente– la quiebra de Grecia y su salida del euro, con su inevitable corolario: paro aún mayor, terrible miseria, fuga de capitales, ruina absoluta y un inmediato contagio a las economías débiles de la UE: Portugal, Italia, España.

Pero si yo fuera griego y me lo hubieran quitado todo, quizá también votaría a Syriza. Lo haría sin ilusión, sin énfasis, sin apenas esperanza, con la desesperación del moribundo que, desahuciado por la medicina convencional, recurre a un curandero

Por eso me cuesta mucho entender la cerrazón de la troika y de los jefazos europeos, que ni siquiera en estas circunstancias han sido capaces de abrir un poco la mano con Grecia. Olvidan que incluso en la economía rigen algunos principios de la física: cuando uno va llenando de agua un embalse y no abre una salida, al llegar a un punto la presa acabará explotando y la formidable riada se llevará todo por delante.

Hay algo tópicamente alemán en esta rigidez absurda, en esta tozudez inflexible que puede hundirnos a todos (¡incluso a ellos!) por ese prurito calvinista de machacar a los pecadores, indignos de recibir la misecordia de los justos. Si Syriza gana, el mérito no será de Tsipras, sino de los iluminados germánicos que llevan años enrocados en su ortodoxia. Para ellos pido carbón. Kilos y kilos de ese carbón húmedo, oscuro y triste de la cuenca del Ruhr.

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Belle époque
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piogarcia | 04-01-2015 | 11:49| 0

En este año turbulento recién acabado, hemos celebrado el centésimo aniversario de la Primera Guerra Mundial, una monstruosa contienda que siempre me ha dejado perplejo.

La Segunda Guerra Mundial resulta mucho más fácil de explicar: había unos malos malísimos y eso hace que retóricamente pueda contarse casi como una fábula infantil, con caballeros intachables (aunque luego no lo fueran tanto) que luchaban juntos contra demonios terribles. Quizá por eso haya tenido tanta fortuna cinematográfica.

La Primera Guerra Mundial, en cambio, fue un sindiós, un monumental desbarajuste, una sangrienta confusión de nacionalismos a la que uno asiste anonadado y sin apenas tomar partido, con la inquietante sensación de no saber por qué murieron millones y millones de personas.

Confieso que me aburren los documentales y los ensayos bélicos. El otro día, en La 2, empecé a ver una serie de bonita factura sobre la Primera Guerra Mundial, titulada ‘Apocalipsis’. La dejé a la mitad porque, una vez metidos en harina, me fatiga esa sucesión de batallas y de estrategias, de gente metida en trincheras y de tipos que vuelan por los aires.

Sin embargo, no me cansaría de ver el primer capítulo: salían algunas imágenes de vídeo captadas por protocineastas aficionados en los meses anteriores al estallido. Había gente bailando, navegando en barcos, jugando con sus familias. Hacía 100 años que Europa no sufría una gran guerra y la amenaza de una contienda parecía lejana y extemporánea, una costumbre de otros tiempos y de otras latitudes.

Pero sucedió. Y duró cuatro años y murieron muchos millones de personas. Y hay algo en esas imágenes de frivolidad, de alegría, de despreocupación, de esto-ya-no-nos-puede-pasar que me resulta profundamente turbador.

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Oh, cielos
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piogarcia | 19-12-2014 | 15:02| 0

Los agnósticos vivimos tiempos difíciles. Uno se esfuerza afanosamente en mantener su escepticismo, en hacerse continuas preguntas, en bucear más y más en sus propias dudas y de repente descubre que el mundo está (¡otra vez!) lleno de creyentes. Los asesinos del Estado Islámico, por ejemplo, rebanan cuellos y violan mujeres creyendo que así se ganarán el cielo, un estúpido cielo repleto de huríes que andan por ahí medio en bolas.

Los nacionalistas no matan (al menos desde que ETA se esfumó), pero también piensan que pueden construir en la tierra (y en apenas unas horas) otro cielo, todavía más infantil y rosa, un cielo como de tebeo de Winnie the Pooh, que se alcanzará por el mágico expediente de levantar una frontera. Veo a los catalanes votando entre selfies y lágrimas y les oigo decir que, sin la indolente presencia de extremeños, andaluces o riojanos, ellos podrán construir un estado más justo, con pensiones más altas, sin apenas paro, a la vanguardia de la investigación científica, con la mejor educación del mundo y la sanidad más avanzada, sin recortes ni deuda, olvidando quizá (¡minucias!) que su país está en quiebra, que su negocio está en el comercio con España y que Andorra es la primera patria de su indomable Bravehart.

Veo luego a Pablo Iglesias, tan facundo, pronunciando aquella épica frase de Karl Marx («¡el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto!»), sin caer en la cuenta de que el cielo no se toma ni por consenso ni por asalto. Ni tan siquiera por referéndum. El cielo no existe. Solo un purgatorio árido y difícil en el que las cosas, incluso las mejor intencionadas, cuestan mucho, salen siempre regular y suelen tener consecuencias imprevistas, a veces espantosas.

¡Pero resulta tan confortable entregarse a un mesías, escoger unos enemigos y soñar con cualquier cielo!

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Un respeto, por favor
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piogarcia | 07-12-2014 | 20:41| 0

Soy muy viejo. Exageradamente viejo.  Soy tan viejo que siento un respeto casi reverencial por la Constitución Española.

Me sigue pareciendo un prodigio fascinante que todos aquellos hombres (comunistas, socialistas, centristas y fachas) que venían de una feroz guerra civil y de una sórdida dictadura pactaran una ley para todos. Y encima lo lograron durante una crisis económica pavorosa y con el terrorismo dando caña de lo lindo.

Esa Constitución hoy tan despreciada ha permitido que España disfrute de 40 años en paz y de una prosperidad inconcebible. Ni siquiera hace falta estudiar historia para darse cuenta de esto: pregúntense cómo vivían sus abuelos, en qué trabajaban, cuánto ganaban, qué comodidades tenían, cómo era la sanidad, qué educación recibían, qué comían, a dónde y en qué viajaban, de qué se morían. De ahí venimos todos.

Ojo: yo sí creo que la Constitución España merece una reforma urgente, especialmente en su título VIII, el que marca el nacimiento y desarrollo de las comunidades autónomas. Pero me gustaría que, en lugar de despreciarla como a un cachivache inútil  o incluso maligno, se le reconociesen al menos los servicios prestados.

Y, sobre todo, me gustaría de que nuestros políticos de hoy (los viejos y los nuevos) aprendiesen a dialogar, a ceder y finalmente a pactar. Las ideas de uno siempre nos parecen mucho mejores que las de los demás, ¡dónde va a parar!, pero si tenemos que seguir conviviendo todos juntos y en paz, conviene escuchar atentamente al otro, dejarse de maximalismos y transigir hasta hallar un punto de encuentro.

No podemos regresar al infausto modelo del siglo XIX, cuando cada partido que alcanzaba el poder dictaba una nueva constitución para imponer sus ideas y de paso tocarle los huevos al vecino. Esa afición, ay, tan española.

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Gente
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piogarcia | 21-11-2014 | 19:36| 0

Pablo Iglesias confía mucho en la gente.

El otro día, en la plaza de toros de Vistalegre, cogió el micrófono y empezó a echar piropos a la gente. «Podemos es un instrumento de la gente para la ruptura con el régimen», dijo. «La educación y la sanidad pública en España son posibles gracias a la gente que trabaja en ellas», dijo. Y la gente que estaba allí, claro, le aplaudió a rabiar. No me recordaba exactamente a Gramsci, sino a Enrique del Pozo cuando hablaba en Crónicas Marcianas y echaba flores sin medida al público para que lo ovacionaran.

Yo no confío tanto en la gente. Quizá porque conozco gente mala, pero mala mala, que no son políticos ni empresarios. En realidad, casi todos somos regulares: unas veces nos permitimos cierto heroismo y otras nos comportamos de modo miserable y egoísta. Por eso sospecho de quien utiliza la palabra «gente» (o la palabra «pueblo») como si fuéramos todos lo mismo y tuvisiésemos idéntica opinión y nos comportásemos igual. Como si todos fuéramos, en fin, corderillos buenos e inocentes, incapaces de todo mal, exprimidos por horribles lobos.

Tampoco creo que la educación y la sanidad públicas (que defiendo tan fervorosamente como Pablo) sean posibles solo gracias a «la gente» que trabaja en ellas. Hay profesionales excelentes (y otros más bien tirando a malos), pero todos cobran su dinerillo mensual y por eso curran. Como es lógico. Así que debemos concluir que la educación y la sanidad públicas no son posibles gracias al altruismo de «la gente», sino gracias a este malvado «régimen» democrático cuyas imperfecciones resultan dolorosas, pero que deriva a la educación y a la sanidad ingentes cantidades de euros que salen de nuestros impuestos y (¡horror!) de esos malditos fulanos que nos compran deuda pública. ¡Si fuese todo tan fácil, amigo Pablo!

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Ébola
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piogarcia | 07-10-2014 | 09:25| 0

El ébola, mirado al microscopio, parece un bastón con un mango de fantasía, un bastón barroco y juguetón, un simpático bastón de puño nacarado, como los que utilizaba Antonio Gala. Uno escruta atentamente el bichito, tan destructivo e invasor, y no alcanza a verle ojillos ni cerebro: solo un filamento impasible y curvado, apenas una línea, un esbozo apresurado, la rúbrica de un niño que está aprendiendo a firmar.

Quizá por eso resulta más aterrador.

Cada cierto tiempo, la naturaleza nos demuestra quién manda aquí. A veces se contenta con descorchar un volcán o con sacudir un poco las placas tectónicas, pero en otras ocasiones prefiere utilizar estos animalillos (¿son animalillos?) sutiles y escurridizos, casi inexistentes, que colonizan nuestra sangre o se camuflan en nuestros mocos o viajan por la atmósfera como pasajeros alocados de algún vuelo infinitesimal.

Yo confieso sentir una profunda fascinación por estos engendros que mutan como superhéroes de ficción y consiguen pasar de no se sabe dónde al murciélago, del murciélago al mono, del mono al hombre, del hombre a otros hombres. Me quedo durante minutos mirando su cuerpecillo tembloroso e inocente y siento el vértigo de quien se asoma a un abismo insondable, al pozo oscuro del que venimos y al que regresaremos.

Estos bichitos invisibles y silenciosos, que solo se limitan a cumplir su imperativo biológico, me acercan al apocalipsis mucho más que el cerebro cardado de Kim Jong Un o la sanguinolenta furia medieval de los yidahistas.

Miro a los enfermeros y a los médicos, disfrazados de astronautas, con el miedo asomando por el rabillo de sus gafas de submarinista y solo acierto a pensar en nuestra inaudita fragilidad y en la obscena vanidad de creernos los dueños del cotarro.


(*) En la fotografía, de la Agencia Efe, el maldito bicho


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Joao
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piogarcia | 30-07-2014 | 16:22| 0

Un día, cuando estudiábamos en la Universidad, fuimos a echar un partidillo de fútbol a la Ciudadela de Pamplona. Echamos unos jerseys al suelo y empezamos a pegarle patadas al balón. Un chico esmirriado y con melenilla nos pidió entrar. Se llamaba Joao. Era brasileño.

Joao jugaba mal al fútbol. Nosotros, que éramos unos tuercebotas, corríamos, presionábamos, chutábamos y a veces hasta metíamos gol. Joao, en cambio, nos miraba como si fuésemos atletas y nos hubiésemos equivocado de deporte. Él no corría. Se quedaba quieto en una banda, casi estatuario, y cuando le caía el balón nos retaba, gambeteaba, hacía malabarismos, intentaba mil veces un regate imposible que nunca le salía.

Jamás lo volvimos a ver.

Yo me hice de Brasil en el año 82, asombrado por aquella fabulosa y elegante cuadrilla de geómetras en pantalón corto: Sócrates, Zico, Falcao, Toninho Cerezo, Eder… Tenían, todo hay que decirlo, un portero absurdo (a veces parecía que hubieran echado a suertes quién se ponía) y un delantero centro torpón, como si las áreas solo fueran accidentes geográficos de un juego hermoso que se desplegaba en todo el campo. Pero llegó Italia perreando (¡siempre Italia!) y les ganó.

Entonces Brasil decidió convertirse en un país centroeuropeo. Culminó el viraje este año, en su propio Mundial. Presentaron un equipo de estibadores pétreos, sudorosos y avinagrados, dirigidos por un sargento chusquero. Saltaban al campo diez auxiliares administrativos y un solo poeta. No eran capaces de dar tres pases seguidos. Tampoco regateaban. Sólo corrían. Por eso me alegré de que Alemania les metiera siete: llevaban demasiado tiempo traicionando la memoria de Sócrates y de Zico; traicionando la alegría efervescente de su fútbol; traicionando, en fin, a Joao.

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