La Rioja

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Desconexión
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piogarcia | 19-05-2016 | 08:39| 0

Querido Josep Maria Bartomeu, presidente del FC Barcelona.

Déjame darte las gracias por ese tuit tan caluroso con el que el club saludó hace unos meses mi llegada a la Generalitat. Me alegra saber que compartimos la idea de que ahora se abre una etapa apasionante  para nuestro pequeño país, a un paso ya de la independencia. Te confieso, amigo Barto, que tenía dudas de que el Barcelona se implicase en el procès: ¡A ver si por cuatro aficionados renegridos que tenemos en Extremadura vamos a pensar que somos un club cosmopolita!

Aprovecho para pedirte una cosa, amigo Barto, compañero en esta apasionante aventura. Como sabrás, estamos ultimando la desconexión con España, pero nos resulta todo muy farragoso y árido, como sin épica. Queremos crear una Hacienda propia, sí, pero eso de cobrar impuestos está mal visto, es un coñazo y además es ilegal, así que podemos acabar todos en la cárcel o, aún peor, inhabilitados y sin que nadie nos haga ni puñetero caso. ¡A la prensa internacional eso le resbala! Así que en el Govern hemos pensado que hay un método más efectivo de desconectarnos. Y además legal.

Abandonemos la Copa del Rey, amigo Barto, ahora que vamos a jugar la final. Eso sí que sería un puntazo. Demostraríamos que vamos en serio, la prensa internacional nos sacaría en sus portadas y vendrían televisiones de todo el mundo: la BBC, la CNN, la RAI… Todas abrirían sus informativos con nuestro orgulloso desplante. ¡Eso tendría mucho más impacto que unos pitiditos y unas esteladas, aunque sean de contrabando! A cambio, el Barça podría centrarse en la Copa de la Generalitat, que últimamente la tiene algo descuidada y que, sin embargo, es algo mucho más racial y más nuestro que ese torneo extranjero en el que no se nos ha perdido nada. ¡Libéranos ya de esta infame opresión borbónica, amigo Barto, tú que puedes! Tienes en tu mano la revancha de 1714.

Visca Catalunya Lliure.

Firmado: Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat.

(*) Postdata: ¿No te hierve la sangre, amigo Barto, al contemplar esta hermosa fotografía de Reuters?

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500
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piogarcia | 11-05-2016 | 18:35| 0

Una vez me dieron un billete de 500 euros. Al principio me hizo ilusión. Lo vi morado y orondo, fecundo y promisorio.

Luego empecé a sentirme sucio. Lo saqué de la billetera para que la gente no murmurara y lo guardé cuidadosamente entre las páginas de un libro. Lo coloqué en el capítulo LXVIII de la segunda parte del Quijote («De la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote»). Ese día apenas pude conciliar el sueño. Di mil vueltas en la cama, inquieto, sudoroso, desesperado. Algo me corroía por dentro: una íntima  y vaga desazón. A las cinco de la mañana me levanté, tomé un café y supe lo que me pasaba: había cometido una profanación.

Fui a la estantería, cogí el Quijote, saqué el billete de 500 euros e intenté meterlo en otro libro, pero no encontré ninguno adecuado. Desesperado, atrapado en una decisión irresoluble, esperé a que dieran las nueve, me vestí, bajé a la librería, fui a la sección ‘Periodismo’ y, tapándome la cara con un pasamontañas, compré Ambiciones y reflexiones, de Belén Esteban. Me regalaron una botellita de vino. Guardé el billete entre sus páginas y oculté el libro entre las obras completas de Paulo Coelho. Luego me bebí el vino.
Pero seguí sintiéndome sucio, víctima de una vergüenza cada vez más profunda y dolorosa. No podía pagar nada con él y tampoco quería llevarlo al banco y soportar la mirada torva e inquisidora del cajero. Angustiado, consumido, definitivamente aterrado, alguien me pasó un número de teléfono.

Llamé.

Me contestó una señora de voz ronca. Entre sollozos, le conté mi problema. La señora de voz ronca –creo que se llamaba Rita– soltó una carcajada gutural y dijo que le diera el billete, hombre, que ella no hacía preguntas y se encargaba de todo.

Le estoy muy agradecido.

(*) Esta foto de la Agencia Reuters retrata el momento en que Rita me enseña cómo manejar billetazos.

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Offshore
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piogarcia | 14-04-2016 | 09:34| 0

Yo, señores, no soy mala. Organizo rastrillos benéficos con mis amigas marquesas (Fifí, Pitita, Cuqui) y ahí vamos todas con nuestros abrigotes de pieles, dispuestas a bajarnos de los muchos apellidos que tenemos para ponernos un delantal y servir un chocolate a los visitantes.

Los pobres nos duelen, señores, y es un dolor que sentimos muy adentro, como si un aguijón se nos clavase por entre las perlas del collar, y por eso damos un óbolo generoso (¡demasiado generoso diría yo!) a las cocinas económicas para que coman los pobres, que son seres humanos, de eso estoy convencida, aunque a veces huelan mal y muchos no tengan educación ni principios morales. Luego, con la conciencia bien tranquila, tomamos el avión y nos vamos a Panamá.

En aquel edén, señores, descansamos de tanta generosidad y nos paseamos en pareo mientras el señor Mossack y el señor Fonseca nos sirven daiquiris junto a la piscina. Es agradable encontrarse allí con tantos viejos amigos. Vemos a Pedro, por ejemplo, que nos resulta tan pintoresco con esos pelos de loca y ese hablar oxidado de cuando la Movida. Le gritamos ¡¡¡Pedrooooo!!! y él nos hace reír con sus diatribas furibundas contra la derecha rapiñadora mientras se hace graciosamente el tonto (como mi sobri, como Anita Mato) cuando ve a su hermano Agustín de aquí para allá llevando sobres.

También jugamos a descubrir dónde cae en el mapa la isla favorita de Imanol, ésa en la que tuvo la ocurrencia de poner su sociedad, y nos damos cuenta de cuánta geografía estamos aprendiendo desde que estamos en Panamá. Luego, para matar la tarde, solemos echar una partida de bridge con los Pujolitos, con Bertín y con ese chico que se parece tanto a Aznar y, entre carcajadas, llegamos a la conclusión de que España nos roba a todos. ¡Bastante ayudamos ya a los pobres como para encima tener que andar pagando impuestos!

(*) En esta bonita foto, de Lara Barreriro para la Agencia Efe, aparezco rastrillando, que es lo mío.

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Rigodón
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piogarcia | 10-04-2016 | 15:29| 0

Siempre tuvo Mariano Rajoy aire de senador decimonónico, de busto ornamental colocado en los pasillos del Congreso, de personaje de novela de Galdós, con esos discursos castelarinos, repletos de palabras hermosas y olvidadas (ah, quién pillara hoy un buen rigodón).

Lleva don Mariano colgada del rostro una perpetua mueca de estupefacción, asombrado quizá, y también un poco asustado, por todos esos inventos modernos, como la luz eléctrica, el coche sin caballos o el teléfono sin cables, que no anuncian nada bueno y que vaya usted a saber a dónde nos llevarán.

Va don Mariano puliendo hasta la perfección su imagen de prohombre antiguo y conservador, de candidato a una de esas admirables esquelas del Abc, de anciano prematuro que se sienta con su café con leche, su puro habano y su copita de orujo en la mesa del casino, de jubilado socarrón que coloca ruidosamente las fichas de dominó mientras despotrica, a veces incluso con gracia, contra esa ingrata juventud que ya no respeta nada, ni la religión ni la monarquía ni el registro de la propiedad, augustos pilares de nuestra civilización occidental.

Todo le da cada vez más pereza a don Mariano porque todo le parece un lío tremendo y, cuando tiene un micrófono delante, se enreda con las tautologías y le salen cosas surrealistas y sorprendentes, cosas que, declamadas con la entonación justa, parecen versos de Góngora. Uno le oye decir, por ejemplo, «tenemos que fabricar máquinas que nos permitan seguir fabricando máquinas, porque lo que no van a hacer nunca las máquinas es fabricar máquinas a su vez» y se queda pensando en círculos, con las palabras girándole en el cerebro como derviches sufíes, hipnotizado y empequeñecido ante un oráculo imposible de desentrañar que a lo mejor esconde los secretos del universo.

(*) En la fotografía, de Alejandro García para la Agencia Efe, Rajoy, ilusionado, mira a una moza antes de proponerle bailar un rigodón

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Niños burbuja
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piogarcia | 14-02-2016 | 12:18| 0

Cuando yo tenía diez años sabía quién era Suárez, para qué servía una Constitución, quién había sido Franco, dónde estaba Portugal y cuál era la capital de Francia. Sabía quién era el Papa y dónde vivía. Conocía a gente tan extraña como el general Jaruzelski y nombres remotos y exóticos como Brezhnev (¡vaya cejas!), Castro o Jimmy Carter me resultaban incluso familiares. Sabía que había guerras y atentados y que la gente moría y se mataba por causas que no comprendía.

Todo esto lo sabía contra mi voluntad. Si por mi hubiera sido, me habría pasado la infancia viendo dibujos animados, los payasos y Curro Jiménez. Pero solo había dos canales y en mi casa se veía el telediario («el parte», decía mi abuela) a la hora de comer. Hoy, sin embargo, me alegro. Por aquella ventana, y de un modo a veces brutal, uno iba descubriendo que en la vida había algo más que juguetes y bocadillos de chocolate. Algo turbio y triste; algo malo.

Ahora a veces me siento con mi hijo, que tiene ocho años, le corto la sucesión infinita de episodios de Bob Esponja que es capaz de tragarse y le obligo a que veamos juntos los titulares del telediario. Le intento explicar las cosas que no entiende y le confieso las cosas que yo tampoco entiendo, pero que suceden. Ni siquiera le ahorro las imágenes de niños (niños como él) muertos en Siria o en las aguas del Mediterráneo.

Algunos padres piensan que estoy cometiendo un infanticidio, pero a mí, en cambio, me parece un error convertir a nuestros hijos en niños burbuja que solo existen en un universo paralelo, lleno de princesas y gominolas, de esponjas amarillas y dinosaurios sonrientes. Tarde o temprano, todos ellos acabarán chocando contra este mundo real, tan hermoso y con frecuencia tan terrible. Quizá sea mejor que, en lugar de engañarles, les vayamos preparando.

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Gente de principios
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piogarcia | 17-01-2016 | 11:14| 0

La gente que alardea de tener muchos principios inquebrantables es muy peligrosa. Sobre todo si los enuncian enfáticamente y como desafiantes. Usan adjetivos rotundos e inapelables y en cada uno de ellos se esconde un pequeño dictador que cancela cualquier debate. Son tipos ferruginosos, que asumen la coherencia como un cinturón de castidad y que son incapaces de comprender el punto de vista ajeno: no ceden nunca, en ninguna circunstancia. Su mundo es una línea roja infranqueable.

Hay gente así en todos los oficios y en todos los partidos, desde Aznar a Monedero. Cautivan a sus fieles, que los jalean sin descanso, y suelen mandar mucho porque presumen de tener las cosas claras (¡y lo malo es que verdaderamente las tienen!) A veces incluso son capaces de exponer sus convicciones con una precisión matemática, como si fuesen ecuaciones resueltas hace mucho tiempo de las que nadie en su sano juicio puede dudar.

Si acaso, por pura estrategia, se permiten una gracia con los rivales y les dejan explicar sus argumentos mientras les miran con la sonrisilla condescendiente del maestro que escucha al niño decir estupideces. Luego los insultan.

En esta España a cuatro que se nos avecina solo funcionará si los líderes de los grandes partidos (Mariano, Pedro,Pablo y Albert, por nombrarlos conforme exige la nueva etiqueta) depuran sus principios al máximo y los dejan en los huesos, borrando muchas líneas rojas y permitiéndose el lujo de la flexibilidad y de la transacción. Reformar la Constitución, por ejemplo, solo será posible –y deseable– si los cuatro partidos (¡no dos ni tres!) pactan un nuevo marco en el que todos, pensemos como pensemos, quepamos más o menos a gusto.

De lo contrario, como predijo Alfonso Guerra en Logroño, quizá acabemos echando de menos el bipartidismo.

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Voltaire
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piogarcia | 03-01-2016 | 17:05| 0

A la escritoría somalí Ayaan Hirsi Ali su abuela le rebanó el clítoris cuando era pequeña.

Luego se hizo islamista radical, vistió el hiyab, fue seguidora de los Hermanos Musulmanes y apoyó la condena a muerte contra Salman Rushdie. Más tarde emigró a Holanda. En Amsterdam se quedó de piedra: descubrió que la gente decía y hacía lo que le venía en gana. Decidió entonces salir del gueto mental en el que vivían confinados sus parientes. Estudió Ciencias Políticas y acabó haciéndose atea y feminista. Pero no lo llevó por dentro, introspectivamente, sino que lo dijo en voz alta e incluso lo escribió.

Su familia la repudió, sus antiguos correligionarios la amenazaron y a su amigo y colaborador Theo Van Gogh, cineasta, se lo cargaron de ocho balazos. En muchas universidades americanas la tienen vetada porque algunos alumnos musulmanes le tachan de islamófoba. Ella, en cambio, defiende su derecho a la apostasía y clama por un islam renovado, que escape de la literalidad y someta toda su tradición, también su texto sagrado, a revisión crítica.

En su último e inquietante libro, Hirsi Ali relata una anécdota. Un día participó en una educada charla en Amsterdam bajo el título: «¿Quién necesita un nuevo Voltaire, Occidente o el mundo islámico?» Todos los ponentes de aquel debate, sociólogos y pensadores europeos, llegaron a la conclusión de que sin duda era Occidente quien necesitaba otro Voltaire: alguien que pusiera patas arriba todos los valores de una sociedad corroída, hipócrita y mentirosa. Hirsi no salía de su asombro. Era como si la gente allí reunida se flagelara al ver la paja en su ojo mientras ignoraba alegremente la viga en el ojo ajeno.

Estos días, tras conocer los atentados yihadistas del Boulevard Voltaire, he pensado mucho en esta historia. 

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Política de futbolín
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piogarcia | 20-12-2015 | 12:56| 0

Soraya baila obsesivamente una canción de Bruno Mars mientras se ajusta el salto de cama y mira de reojo a Cuca, nuestra Cuca, que posa para la revista Elle con la sonrisilla traviesa de una chica que quizá alguna vez soñó con ser modelo y ahí la tienes ahora, báilala. ¡Cómo hemos cambiado nosotras, las señoronas del PP, que tanto nos descojonábamos de las payasas aquellas de Zapatero que un día salieron en el Vogue!

Las nuevas damas del Partido Popular se van quitando la ropa en un lúbrico viaje del abrigo de pieles al nudismo, mientras Albert Rivera corre a toda prisa el camino opuesto: él, que ya salió en pelotas, primero se puso la camisa blanca, luego se colocó una chaqueta, ahora no se quita la corbata y a este paso acabará la campaña con frac, chistera y zapatitos de charol.

Cuando acaba de bailar, Soraya se tira en paracaídas con Calleja o come alacranes con Frank de la Selva o va a los debates, porque sabe que su trabajo es doblar a su jefe en las escenas peligrosas. Mariano, que padece una aguda forma de agorafobia o de plasmafilia, según se mire, prefiere comentar la Champions por la radio o, como mucho, jugar al futbolín en casa de Bertín Osborne; ese amoroso hogar, tan normal, tan de clase media, tan de protección oficial, en el que un tipo cualquiera, pongamos un tal Pedro Sánchez, se derrumba en el sofá, se mete un cojín entre los huevos y echa unas risas con Bertín hablando de mujeres y viejas parrandas.

Por ese sofá no pasará, ay, Pablo Iglesias, que no es del ambiente y solo usa camisas del Alcampo o del Carrefour, no vayan sus grupis a pensar que además de tibio se ha vuelto capitalista, aunque para no asustar a las señoras aparece en El Hormiguero tocando la guitarra como un catequista canso pero inofensivo.

Tal vez, mis queridos niños, la nueva política sea esto: gente haciendo el chorra en televisión.

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Quiero ser catalán
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piogarcia | 22-11-2015 | 11:57| 0

Me gustaría muchísimo ser catalán. Pero catalán de los buenos, independentista y del Barça, esforzadamente monolingüe, estelado y embarretinado, sardanero y butifarrés, aficionado a las performances patrióticas, conspicuo amante de las banderolas y de los himnos hirientes, cantor emocionado de Els Segadors, sufridor gimiente de un estado opresor y maltratante, un estado casi dictatorial y sin embargo débil y caduco, al que le queda lo colorao de la vela para implosionar de una buena vez y convertirse en un simpático y enrevesado puzle como esos que montábamos de críos para aprender geografía.

Me gustaría muchísimo ser catalán y olvidarme por un momento de que en el mundo existen pobres, refugiados, muertos de hambre, guerras inauditas, catástrofes inapelables, miserables seres humanos por los que acaso soltaré una lagrimita (¡no somos de piedra!), pero cuyas tragedias apenas resisten comparación con la insoportable dominación de una patria pura y milenaria a manos de un imperialismo triste, un imperialismo de tercera división que en los últimos años solo nos ha servido para ganar un mundial y dos eurocopas y eso gracias a Xavi.

Me gustaría muchísimo ser catalán para creerme a pies juntillas y contra toda evidencia que mi nueva república indepe –aunque sea presidida por un tipo corrupto y ultraliberal– será como Dinamarca pero con buen tiempo y no habrá pobres ni ancianos menesterosos y las pensiones subirán y los sueldos también y habrá helado de postre y curaremos el cáncer y el Barcá seguirá ganando la Liga y la Merkel nos recibirá con los brazos abiertos e incluso Europa se planteará quedarse con nosotros, que somos los trabajadores, y mandar a hacer puñetas a esos españoles agitanados y cutres que solo nos han traído disgustos y El Corte Inglés. Copón ya.

(*) En la foto, de Albert Gea para Reuters, se demuestra que en Cataluña empieza a amanecer tralarí tralarí.

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Espíritu Nacional
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piogarcia | 08-11-2015 | 16:38| 0

El otro día subí al trastero de la casa de mis padres. Encontré un manual viejísimo, medio arrugado y lleno de polvo. Tenía las tapas grises y un escudo con un aguilucho. Ponía: «Formación del espíritu nacional». Decía cosas rídiculas, cosas que ahora nos hacen mucha risa, cosas tan peregrinas e irracionales que da miedo que alguien alguna vez se las haya tomado en serio. «Dios –se lee– puso a España en el mejor lugar del mundo, donde no hace ni mucho frío ni mucho calor». «España es una bendición de Dios». «Es imposible leer la gloriosa historia de nuestra Patria y no sentirse conmovido y notablemente entusiasmado por España». «El Estado ejerce su acción paternal sobre todos los ciudadanos para que se sientan lo más felices posible».

Je, je.

Qué sarta de chorradas.

Menos mal que aquello ya pasó.

¿Ya pasó?

Cambien ahora la palabra España por Cataluña o por Euskadi, asómense un rato a su sistema educativo y observen luego ese flamear de banderolas, ese patriotismo de himnos salvajes y sangrientos, esa historia mítica y laboriosamente inventada de Amayas y Aitores, de Casanovas, de mil setencientos catorces, de ejercitos invasores, ese sentimiento inflamado de identidad, de ellos contra nosotros, de somos el mejor país del mundo y nos tienen subyugados unos harapientos indeseables que nos han impuesto un idioma extranjero.

No sé si lo de Cataluña tiene arreglo. Quizá ya sea tarde y todos, catalanes y españoles, nos dirijamos, alegres y cantarines, hacia un precipicio de miseria, pueblerinismo y querellas mutuas. Pero si econtramos una salida, incluso en un verdadero estado federal, habría que eliminar de los sistemas educativos cualquier rancia, estúpida y anacrónica formación del espíritu nacional.

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