La Rioja

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Offshore
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piogarcia | 14-04-2016 | 09:34| 0

Yo, señores, no soy mala. Organizo rastrillos benéficos con mis amigas marquesas (Fifí, Pitita, Cuqui) y ahí vamos todas con nuestros abrigotes de pieles, dispuestas a bajarnos de los muchos apellidos que tenemos para ponernos un delantal y servir un chocolate a los visitantes.

Los pobres nos duelen, señores, y es un dolor que sentimos muy adentro, como si un aguijón se nos clavase por entre las perlas del collar, y por eso damos un óbolo generoso (¡demasiado generoso diría yo!) a las cocinas económicas para que coman los pobres, que son seres humanos, de eso estoy convencida, aunque a veces huelan mal y muchos no tengan educación ni principios morales. Luego, con la conciencia bien tranquila, tomamos el avión y nos vamos a Panamá.

En aquel edén, señores, descansamos de tanta generosidad y nos paseamos en pareo mientras el señor Mossack y el señor Fonseca nos sirven daiquiris junto a la piscina. Es agradable encontrarse allí con tantos viejos amigos. Vemos a Pedro, por ejemplo, que nos resulta tan pintoresco con esos pelos de loca y ese hablar oxidado de cuando la Movida. Le gritamos ¡¡¡Pedrooooo!!! y él nos hace reír con sus diatribas furibundas contra la derecha rapiñadora mientras se hace graciosamente el tonto (como mi sobri, como Anita Mato) cuando ve a su hermano Agustín de aquí para allá llevando sobres.

También jugamos a descubrir dónde cae en el mapa la isla favorita de Imanol, ésa en la que tuvo la ocurrencia de poner su sociedad, y nos damos cuenta de cuánta geografía estamos aprendiendo desde que estamos en Panamá. Luego, para matar la tarde, solemos echar una partida de bridge con los Pujolitos, con Bertín y con ese chico que se parece tanto a Aznar y, entre carcajadas, llegamos a la conclusión de que España nos roba a todos. ¡Bastante ayudamos ya a los pobres como para encima tener que andar pagando impuestos!

(*) En esta bonita foto, de Lara Barreriro para la Agencia Efe, aparezco rastrillando, que es lo mío.

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Rigodón
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piogarcia | 10-04-2016 | 15:29| 0

Siempre tuvo Mariano Rajoy aire de senador decimonónico, de busto ornamental colocado en los pasillos del Congreso, de personaje de novela de Galdós, con esos discursos castelarinos, repletos de palabras hermosas y olvidadas (ah, quién pillara hoy un buen rigodón).

Lleva don Mariano colgada del rostro una perpetua mueca de estupefacción, asombrado quizá, y también un poco asustado, por todos esos inventos modernos, como la luz eléctrica, el coche sin caballos o el teléfono sin cables, que no anuncian nada bueno y que vaya usted a saber a dónde nos llevarán.

Va don Mariano puliendo hasta la perfección su imagen de prohombre antiguo y conservador, de candidato a una de esas admirables esquelas del Abc, de anciano prematuro que se sienta con su café con leche, su puro habano y su copita de orujo en la mesa del casino, de jubilado socarrón que coloca ruidosamente las fichas de dominó mientras despotrica, a veces incluso con gracia, contra esa ingrata juventud que ya no respeta nada, ni la religión ni la monarquía ni el registro de la propiedad, augustos pilares de nuestra civilización occidental.

Todo le da cada vez más pereza a don Mariano porque todo le parece un lío tremendo y, cuando tiene un micrófono delante, se enreda con las tautologías y le salen cosas surrealistas y sorprendentes, cosas que, declamadas con la entonación justa, parecen versos de Góngora. Uno le oye decir, por ejemplo, «tenemos que fabricar máquinas que nos permitan seguir fabricando máquinas, porque lo que no van a hacer nunca las máquinas es fabricar máquinas a su vez» y se queda pensando en círculos, con las palabras girándole en el cerebro como derviches sufíes, hipnotizado y empequeñecido ante un oráculo imposible de desentrañar que a lo mejor esconde los secretos del universo.

(*) En la fotografía, de Alejandro García para la Agencia Efe, Rajoy, ilusionado, mira a una moza antes de proponerle bailar un rigodón

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Niños burbuja
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piogarcia | 14-02-2016 | 12:18| 0

Cuando yo tenía diez años sabía quién era Suárez, para qué servía una Constitución, quién había sido Franco, dónde estaba Portugal y cuál era la capital de Francia. Sabía quién era el Papa y dónde vivía. Conocía a gente tan extraña como el general Jaruzelski y nombres remotos y exóticos como Brezhnev (¡vaya cejas!), Castro o Jimmy Carter me resultaban incluso familiares. Sabía que había guerras y atentados y que la gente moría y se mataba por causas que no comprendía.

Todo esto lo sabía contra mi voluntad. Si por mi hubiera sido, me habría pasado la infancia viendo dibujos animados, los payasos y Curro Jiménez. Pero solo había dos canales y en mi casa se veía el telediario («el parte», decía mi abuela) a la hora de comer. Hoy, sin embargo, me alegro. Por aquella ventana, y de un modo a veces brutal, uno iba descubriendo que en la vida había algo más que juguetes y bocadillos de chocolate. Algo turbio y triste; algo malo.

Ahora a veces me siento con mi hijo, que tiene ocho años, le corto la sucesión infinita de episodios de Bob Esponja que es capaz de tragarse y le obligo a que veamos juntos los titulares del telediario. Le intento explicar las cosas que no entiende y le confieso las cosas que yo tampoco entiendo, pero que suceden. Ni siquiera le ahorro las imágenes de niños (niños como él) muertos en Siria o en las aguas del Mediterráneo.

Algunos padres piensan que estoy cometiendo un infanticidio, pero a mí, en cambio, me parece un error convertir a nuestros hijos en niños burbuja que solo existen en un universo paralelo, lleno de princesas y gominolas, de esponjas amarillas y dinosaurios sonrientes. Tarde o temprano, todos ellos acabarán chocando contra este mundo real, tan hermoso y con frecuencia tan terrible. Quizá sea mejor que, en lugar de engañarles, les vayamos preparando.

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Gente de principios
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piogarcia | 17-01-2016 | 11:14| 0

La gente que alardea de tener muchos principios inquebrantables es muy peligrosa. Sobre todo si los enuncian enfáticamente y como desafiantes. Usan adjetivos rotundos e inapelables y en cada uno de ellos se esconde un pequeño dictador que cancela cualquier debate. Son tipos ferruginosos, que asumen la coherencia como un cinturón de castidad y que son incapaces de comprender el punto de vista ajeno: no ceden nunca, en ninguna circunstancia. Su mundo es una línea roja infranqueable.

Hay gente así en todos los oficios y en todos los partidos, desde Aznar a Monedero. Cautivan a sus fieles, que los jalean sin descanso, y suelen mandar mucho porque presumen de tener las cosas claras (¡y lo malo es que verdaderamente las tienen!) A veces incluso son capaces de exponer sus convicciones con una precisión matemática, como si fuesen ecuaciones resueltas hace mucho tiempo de las que nadie en su sano juicio puede dudar.

Si acaso, por pura estrategia, se permiten una gracia con los rivales y les dejan explicar sus argumentos mientras les miran con la sonrisilla condescendiente del maestro que escucha al niño decir estupideces. Luego los insultan.

En esta España a cuatro que se nos avecina solo funcionará si los líderes de los grandes partidos (Mariano, Pedro,Pablo y Albert, por nombrarlos conforme exige la nueva etiqueta) depuran sus principios al máximo y los dejan en los huesos, borrando muchas líneas rojas y permitiéndose el lujo de la flexibilidad y de la transacción. Reformar la Constitución, por ejemplo, solo será posible –y deseable– si los cuatro partidos (¡no dos ni tres!) pactan un nuevo marco en el que todos, pensemos como pensemos, quepamos más o menos a gusto.

De lo contrario, como predijo Alfonso Guerra en Logroño, quizá acabemos echando de menos el bipartidismo.

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Voltaire
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piogarcia | 03-01-2016 | 17:05| 0

A la escritoría somalí Ayaan Hirsi Ali su abuela le rebanó el clítoris cuando era pequeña.

Luego se hizo islamista radical, vistió el hiyab, fue seguidora de los Hermanos Musulmanes y apoyó la condena a muerte contra Salman Rushdie. Más tarde emigró a Holanda. En Amsterdam se quedó de piedra: descubrió que la gente decía y hacía lo que le venía en gana. Decidió entonces salir del gueto mental en el que vivían confinados sus parientes. Estudió Ciencias Políticas y acabó haciéndose atea y feminista. Pero no lo llevó por dentro, introspectivamente, sino que lo dijo en voz alta e incluso lo escribió.

Su familia la repudió, sus antiguos correligionarios la amenazaron y a su amigo y colaborador Theo Van Gogh, cineasta, se lo cargaron de ocho balazos. En muchas universidades americanas la tienen vetada porque algunos alumnos musulmanes le tachan de islamófoba. Ella, en cambio, defiende su derecho a la apostasía y clama por un islam renovado, que escape de la literalidad y someta toda su tradición, también su texto sagrado, a revisión crítica.

En su último e inquietante libro, Hirsi Ali relata una anécdota. Un día participó en una educada charla en Amsterdam bajo el título: «¿Quién necesita un nuevo Voltaire, Occidente o el mundo islámico?» Todos los ponentes de aquel debate, sociólogos y pensadores europeos, llegaron a la conclusión de que sin duda era Occidente quien necesitaba otro Voltaire: alguien que pusiera patas arriba todos los valores de una sociedad corroída, hipócrita y mentirosa. Hirsi no salía de su asombro. Era como si la gente allí reunida se flagelara al ver la paja en su ojo mientras ignoraba alegremente la viga en el ojo ajeno.

Estos días, tras conocer los atentados yihadistas del Boulevard Voltaire, he pensado mucho en esta historia. 

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Política de futbolín
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piogarcia | 20-12-2015 | 12:56| 0

Soraya baila obsesivamente una canción de Bruno Mars mientras se ajusta el salto de cama y mira de reojo a Cuca, nuestra Cuca, que posa para la revista Elle con la sonrisilla traviesa de una chica que quizá alguna vez soñó con ser modelo y ahí la tienes ahora, báilala. ¡Cómo hemos cambiado nosotras, las señoronas del PP, que tanto nos descojonábamos de las payasas aquellas de Zapatero que un día salieron en el Vogue!

Las nuevas damas del Partido Popular se van quitando la ropa en un lúbrico viaje del abrigo de pieles al nudismo, mientras Albert Rivera corre a toda prisa el camino opuesto: él, que ya salió en pelotas, primero se puso la camisa blanca, luego se colocó una chaqueta, ahora no se quita la corbata y a este paso acabará la campaña con frac, chistera y zapatitos de charol.

Cuando acaba de bailar, Soraya se tira en paracaídas con Calleja o come alacranes con Frank de la Selva o va a los debates, porque sabe que su trabajo es doblar a su jefe en las escenas peligrosas. Mariano, que padece una aguda forma de agorafobia o de plasmafilia, según se mire, prefiere comentar la Champions por la radio o, como mucho, jugar al futbolín en casa de Bertín Osborne; ese amoroso hogar, tan normal, tan de clase media, tan de protección oficial, en el que un tipo cualquiera, pongamos un tal Pedro Sánchez, se derrumba en el sofá, se mete un cojín entre los huevos y echa unas risas con Bertín hablando de mujeres y viejas parrandas.

Por ese sofá no pasará, ay, Pablo Iglesias, que no es del ambiente y solo usa camisas del Alcampo o del Carrefour, no vayan sus grupis a pensar que además de tibio se ha vuelto capitalista, aunque para no asustar a las señoras aparece en El Hormiguero tocando la guitarra como un catequista canso pero inofensivo.

Tal vez, mis queridos niños, la nueva política sea esto: gente haciendo el chorra en televisión.

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Quiero ser catalán
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piogarcia | 22-11-2015 | 11:57| 0

Me gustaría muchísimo ser catalán. Pero catalán de los buenos, independentista y del Barça, esforzadamente monolingüe, estelado y embarretinado, sardanero y butifarrés, aficionado a las performances patrióticas, conspicuo amante de las banderolas y de los himnos hirientes, cantor emocionado de Els Segadors, sufridor gimiente de un estado opresor y maltratante, un estado casi dictatorial y sin embargo débil y caduco, al que le queda lo colorao de la vela para implosionar de una buena vez y convertirse en un simpático y enrevesado puzle como esos que montábamos de críos para aprender geografía.

Me gustaría muchísimo ser catalán y olvidarme por un momento de que en el mundo existen pobres, refugiados, muertos de hambre, guerras inauditas, catástrofes inapelables, miserables seres humanos por los que acaso soltaré una lagrimita (¡no somos de piedra!), pero cuyas tragedias apenas resisten comparación con la insoportable dominación de una patria pura y milenaria a manos de un imperialismo triste, un imperialismo de tercera división que en los últimos años solo nos ha servido para ganar un mundial y dos eurocopas y eso gracias a Xavi.

Me gustaría muchísimo ser catalán para creerme a pies juntillas y contra toda evidencia que mi nueva república indepe –aunque sea presidida por un tipo corrupto y ultraliberal– será como Dinamarca pero con buen tiempo y no habrá pobres ni ancianos menesterosos y las pensiones subirán y los sueldos también y habrá helado de postre y curaremos el cáncer y el Barcá seguirá ganando la Liga y la Merkel nos recibirá con los brazos abiertos e incluso Europa se planteará quedarse con nosotros, que somos los trabajadores, y mandar a hacer puñetas a esos españoles agitanados y cutres que solo nos han traído disgustos y El Corte Inglés. Copón ya.

(*) En la foto, de Albert Gea para Reuters, se demuestra que en Cataluña empieza a amanecer tralarí tralarí.

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Espíritu Nacional
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piogarcia | 08-11-2015 | 16:38| 0

El otro día subí al trastero de la casa de mis padres. Encontré un manual viejísimo, medio arrugado y lleno de polvo. Tenía las tapas grises y un escudo con un aguilucho. Ponía: «Formación del espíritu nacional». Decía cosas rídiculas, cosas que ahora nos hacen mucha risa, cosas tan peregrinas e irracionales que da miedo que alguien alguna vez se las haya tomado en serio. «Dios –se lee– puso a España en el mejor lugar del mundo, donde no hace ni mucho frío ni mucho calor». «España es una bendición de Dios». «Es imposible leer la gloriosa historia de nuestra Patria y no sentirse conmovido y notablemente entusiasmado por España». «El Estado ejerce su acción paternal sobre todos los ciudadanos para que se sientan lo más felices posible».

Je, je.

Qué sarta de chorradas.

Menos mal que aquello ya pasó.

¿Ya pasó?

Cambien ahora la palabra España por Cataluña o por Euskadi, asómense un rato a su sistema educativo y observen luego ese flamear de banderolas, ese patriotismo de himnos salvajes y sangrientos, esa historia mítica y laboriosamente inventada de Amayas y Aitores, de Casanovas, de mil setencientos catorces, de ejercitos invasores, ese sentimiento inflamado de identidad, de ellos contra nosotros, de somos el mejor país del mundo y nos tienen subyugados unos harapientos indeseables que nos han impuesto un idioma extranjero.

No sé si lo de Cataluña tiene arreglo. Quizá ya sea tarde y todos, catalanes y españoles, nos dirijamos, alegres y cantarines, hacia un precipicio de miseria, pueblerinismo y querellas mutuas. Pero si econtramos una salida, incluso en un verdadero estado federal, habría que eliminar de los sistemas educativos cualquier rancia, estúpida y anacrónica formación del espíritu nacional.

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A ti, que pitaste
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piogarcia | 22-10-2015 | 07:31| 0

El otro día, como advertí más ruidosamente de lo que yo mismo hubiera deseado, fui al campo municipal de Las Gaunas, me senté en mi butaca y aplaudí a la selección española de fútbol. También a Piqué.

Hubo gente que le silbó. Otros le aplaudieron e incluso le vitorearon.

No me apetece entrar en el juego un poco infantil de si hubo más pitidos que aplausos. Por fortuna, me tocó habitar una zona educada del campo y los silbidos se oían lejanos, avinagrados y tristes, molestos. A mi lado estaba sentado un hombre ya mayor, grave como un senador romano, que escrutaba el fútbol con la autoridad de un pontífice. Sólo aplaudía levemente, apenas decía dos palabras y no movía un músculo de la cara, pero se le veía disfrutar. Hasta que oía los silbidos a Piqué. Entonces torcía el gesto y mascullaba una maldición. Mediada la segunda parte, explotó en voz bajísima: «¡Qué vergüenza! ¡Pitar a la selección española! ¡Qué vergüenza!». Agredecí que el azar me permitiera sentarme al lado de aquel venerable aficionado y aproveché su magisterio para enseñarle a mi hijo, que estaba como loco, que la tontería suele ser mucho más ruidosa que la sensatez.

Durante estos días, he intentado comprender las razones de los que pitaron. En la mayoría de los casos, balbucían extraños motivos y acababan aludiendo a supuestas declaraciones incendiarias de Piqué, frases que jamás había dicho –he revisado concienzudamente las hemerotecas–, pero que le cuelgan como sambenitos. A mí me da igual lo que piense. Ni siquiera me cae bien. Pero es él quien decide, sin ninguna obligación, representar a España. Exigirle pureza de sangre y absurdas homologaciones ideológicas nos emparenta con lo peor del nacionalismo.

Y yo odio el nacionalismo.

(*) En la fotografía, de Raquel Manzanares para EFE, Piqué, a su llegada al hotel de la concentración del equipo nacional en Logroño.

 

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Pobre viura
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piogarcia | 11-10-2015 | 15:53| 0

El otro día aparecía publicado en este periódico un reportaje sobre la caída de los precios de la uva blanca. El mercado del vino –decía mi abuelo– es trato de borrachos y siempre se alternaron crisis tremebundas y súbitos momentos de esplendor. Sin embargo, muchos de los entrevistados en aquel reportaje (ejecutivos-bodegueros) habían identificado ya a la culpable del desastre: la viura. ¡La viura! Criticaban que, al permitirse nuevas plantaciones de uva blanca, los agricultores hubieran escogido la viura en lugar de poner variedades exóticas mucho más fashion, como el verdejo, el sauvignon blanc o el chardonnay.

Mientras leía el reportaje, estaba bebiendo un vino blanco elaborado por un primo mío de Fuenmayor. No les aburriré con la barroca retórica de los catadores: solo les diré que estaba estupendo y que en su juventud de fruta fresca se atisbaba ya una espléndida madurez. En su 95% estaba elaborado con uva viura. Era mejor (pero infinitamente mejor) que cualquier verdejo anguloso de esos que ahora están tan de moda.

Sin embargo, el sanedrín ya ha dictado sentencia: la culpa es de la viura. Uno piensa que, si a estos ejecutivos-bodegueros se les diera manga ancha, arrasarían con toda tradición para seguir ciegamente los caprichosos vaivenes del mercado. ¡Ya nos ocurrió cuando Parker empezó a ponderar esos vinos gordos y ásperos tan alejados del clasicismo de Rioja! Cuando pasé la moda del verdejo (que pasará) y la tontería del chardonnay (que también pasará), tal vez importen otra variedad o quizá entonces se marchen a Rueda o al Priorato.

En un mundo globalizado, a la larga solo triunfará quien sepa cultivar amorosa y orgullosamente su diferencia. Aunque para eso se necesita paciencia, perseverancia y visión a largo plazo. Y saber venderlo bien, claro. Justo lo que nos falta.

 

 

 

(*) ¿Hace un blanquito? La foto es de mi compañero Justo Rodríguez

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