La Rioja

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Gente de principios
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piogarcia | 17-01-2016 | 11:14| 0

La gente que alardea de tener muchos principios inquebrantables es muy peligrosa. Sobre todo si los enuncian enfáticamente y como desafiantes. Usan adjetivos rotundos e inapelables y en cada uno de ellos se esconde un pequeño dictador que cancela cualquier debate. Son tipos ferruginosos, que asumen la coherencia como un cinturón de castidad y que son incapaces de comprender el punto de vista ajeno: no ceden nunca, en ninguna circunstancia. Su mundo es una línea roja infranqueable.

Hay gente así en todos los oficios y en todos los partidos, desde Aznar a Monedero. Cautivan a sus fieles, que los jalean sin descanso, y suelen mandar mucho porque presumen de tener las cosas claras (¡y lo malo es que verdaderamente las tienen!) A veces incluso son capaces de exponer sus convicciones con una precisión matemática, como si fuesen ecuaciones resueltas hace mucho tiempo de las que nadie en su sano juicio puede dudar.

Si acaso, por pura estrategia, se permiten una gracia con los rivales y les dejan explicar sus argumentos mientras les miran con la sonrisilla condescendiente del maestro que escucha al niño decir estupideces. Luego los insultan.

En esta España a cuatro que se nos avecina solo funcionará si los líderes de los grandes partidos (Mariano, Pedro,Pablo y Albert, por nombrarlos conforme exige la nueva etiqueta) depuran sus principios al máximo y los dejan en los huesos, borrando muchas líneas rojas y permitiéndose el lujo de la flexibilidad y de la transacción. Reformar la Constitución, por ejemplo, solo será posible –y deseable– si los cuatro partidos (¡no dos ni tres!) pactan un nuevo marco en el que todos, pensemos como pensemos, quepamos más o menos a gusto.

De lo contrario, como predijo Alfonso Guerra en Logroño, quizá acabemos echando de menos el bipartidismo.

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Voltaire
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piogarcia | 03-01-2016 | 17:05| 0

A la escritoría somalí Ayaan Hirsi Ali su abuela le rebanó el clítoris cuando era pequeña.

Luego se hizo islamista radical, vistió el hiyab, fue seguidora de los Hermanos Musulmanes y apoyó la condena a muerte contra Salman Rushdie. Más tarde emigró a Holanda. En Amsterdam se quedó de piedra: descubrió que la gente decía y hacía lo que le venía en gana. Decidió entonces salir del gueto mental en el que vivían confinados sus parientes. Estudió Ciencias Políticas y acabó haciéndose atea y feminista. Pero no lo llevó por dentro, introspectivamente, sino que lo dijo en voz alta e incluso lo escribió.

Su familia la repudió, sus antiguos correligionarios la amenazaron y a su amigo y colaborador Theo Van Gogh, cineasta, se lo cargaron de ocho balazos. En muchas universidades americanas la tienen vetada porque algunos alumnos musulmanes le tachan de islamófoba. Ella, en cambio, defiende su derecho a la apostasía y clama por un islam renovado, que escape de la literalidad y someta toda su tradición, también su texto sagrado, a revisión crítica.

En su último e inquietante libro, Hirsi Ali relata una anécdota. Un día participó en una educada charla en Amsterdam bajo el título: «¿Quién necesita un nuevo Voltaire, Occidente o el mundo islámico?» Todos los ponentes de aquel debate, sociólogos y pensadores europeos, llegaron a la conclusión de que sin duda era Occidente quien necesitaba otro Voltaire: alguien que pusiera patas arriba todos los valores de una sociedad corroída, hipócrita y mentirosa. Hirsi no salía de su asombro. Era como si la gente allí reunida se flagelara al ver la paja en su ojo mientras ignoraba alegremente la viga en el ojo ajeno.

Estos días, tras conocer los atentados yihadistas del Boulevard Voltaire, he pensado mucho en esta historia. 

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Política de futbolín
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piogarcia | 20-12-2015 | 12:56| 0

Soraya baila obsesivamente una canción de Bruno Mars mientras se ajusta el salto de cama y mira de reojo a Cuca, nuestra Cuca, que posa para la revista Elle con la sonrisilla traviesa de una chica que quizá alguna vez soñó con ser modelo y ahí la tienes ahora, báilala. ¡Cómo hemos cambiado nosotras, las señoronas del PP, que tanto nos descojonábamos de las payasas aquellas de Zapatero que un día salieron en el Vogue!

Las nuevas damas del Partido Popular se van quitando la ropa en un lúbrico viaje del abrigo de pieles al nudismo, mientras Albert Rivera corre a toda prisa el camino opuesto: él, que ya salió en pelotas, primero se puso la camisa blanca, luego se colocó una chaqueta, ahora no se quita la corbata y a este paso acabará la campaña con frac, chistera y zapatitos de charol.

Cuando acaba de bailar, Soraya se tira en paracaídas con Calleja o come alacranes con Frank de la Selva o va a los debates, porque sabe que su trabajo es doblar a su jefe en las escenas peligrosas. Mariano, que padece una aguda forma de agorafobia o de plasmafilia, según se mire, prefiere comentar la Champions por la radio o, como mucho, jugar al futbolín en casa de Bertín Osborne; ese amoroso hogar, tan normal, tan de clase media, tan de protección oficial, en el que un tipo cualquiera, pongamos un tal Pedro Sánchez, se derrumba en el sofá, se mete un cojín entre los huevos y echa unas risas con Bertín hablando de mujeres y viejas parrandas.

Por ese sofá no pasará, ay, Pablo Iglesias, que no es del ambiente y solo usa camisas del Alcampo o del Carrefour, no vayan sus grupis a pensar que además de tibio se ha vuelto capitalista, aunque para no asustar a las señoras aparece en El Hormiguero tocando la guitarra como un catequista canso pero inofensivo.

Tal vez, mis queridos niños, la nueva política sea esto: gente haciendo el chorra en televisión.

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Quiero ser catalán
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piogarcia | 22-11-2015 | 11:57| 0

Me gustaría muchísimo ser catalán. Pero catalán de los buenos, independentista y del Barça, esforzadamente monolingüe, estelado y embarretinado, sardanero y butifarrés, aficionado a las performances patrióticas, conspicuo amante de las banderolas y de los himnos hirientes, cantor emocionado de Els Segadors, sufridor gimiente de un estado opresor y maltratante, un estado casi dictatorial y sin embargo débil y caduco, al que le queda lo colorao de la vela para implosionar de una buena vez y convertirse en un simpático y enrevesado puzle como esos que montábamos de críos para aprender geografía.

Me gustaría muchísimo ser catalán y olvidarme por un momento de que en el mundo existen pobres, refugiados, muertos de hambre, guerras inauditas, catástrofes inapelables, miserables seres humanos por los que acaso soltaré una lagrimita (¡no somos de piedra!), pero cuyas tragedias apenas resisten comparación con la insoportable dominación de una patria pura y milenaria a manos de un imperialismo triste, un imperialismo de tercera división que en los últimos años solo nos ha servido para ganar un mundial y dos eurocopas y eso gracias a Xavi.

Me gustaría muchísimo ser catalán para creerme a pies juntillas y contra toda evidencia que mi nueva república indepe –aunque sea presidida por un tipo corrupto y ultraliberal– será como Dinamarca pero con buen tiempo y no habrá pobres ni ancianos menesterosos y las pensiones subirán y los sueldos también y habrá helado de postre y curaremos el cáncer y el Barcá seguirá ganando la Liga y la Merkel nos recibirá con los brazos abiertos e incluso Europa se planteará quedarse con nosotros, que somos los trabajadores, y mandar a hacer puñetas a esos españoles agitanados y cutres que solo nos han traído disgustos y El Corte Inglés. Copón ya.

(*) En la foto, de Albert Gea para Reuters, se demuestra que en Cataluña empieza a amanecer tralarí tralarí.

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Espíritu Nacional
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piogarcia | 08-11-2015 | 16:38| 0

El otro día subí al trastero de la casa de mis padres. Encontré un manual viejísimo, medio arrugado y lleno de polvo. Tenía las tapas grises y un escudo con un aguilucho. Ponía: «Formación del espíritu nacional». Decía cosas rídiculas, cosas que ahora nos hacen mucha risa, cosas tan peregrinas e irracionales que da miedo que alguien alguna vez se las haya tomado en serio. «Dios –se lee– puso a España en el mejor lugar del mundo, donde no hace ni mucho frío ni mucho calor». «España es una bendición de Dios». «Es imposible leer la gloriosa historia de nuestra Patria y no sentirse conmovido y notablemente entusiasmado por España». «El Estado ejerce su acción paternal sobre todos los ciudadanos para que se sientan lo más felices posible».

Je, je.

Qué sarta de chorradas.

Menos mal que aquello ya pasó.

¿Ya pasó?

Cambien ahora la palabra España por Cataluña o por Euskadi, asómense un rato a su sistema educativo y observen luego ese flamear de banderolas, ese patriotismo de himnos salvajes y sangrientos, esa historia mítica y laboriosamente inventada de Amayas y Aitores, de Casanovas, de mil setencientos catorces, de ejercitos invasores, ese sentimiento inflamado de identidad, de ellos contra nosotros, de somos el mejor país del mundo y nos tienen subyugados unos harapientos indeseables que nos han impuesto un idioma extranjero.

No sé si lo de Cataluña tiene arreglo. Quizá ya sea tarde y todos, catalanes y españoles, nos dirijamos, alegres y cantarines, hacia un precipicio de miseria, pueblerinismo y querellas mutuas. Pero si econtramos una salida, incluso en un verdadero estado federal, habría que eliminar de los sistemas educativos cualquier rancia, estúpida y anacrónica formación del espíritu nacional.

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A ti, que pitaste
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piogarcia | 22-10-2015 | 07:31| 0

El otro día, como advertí más ruidosamente de lo que yo mismo hubiera deseado, fui al campo municipal de Las Gaunas, me senté en mi butaca y aplaudí a la selección española de fútbol. También a Piqué.

Hubo gente que le silbó. Otros le aplaudieron e incluso le vitorearon.

No me apetece entrar en el juego un poco infantil de si hubo más pitidos que aplausos. Por fortuna, me tocó habitar una zona educada del campo y los silbidos se oían lejanos, avinagrados y tristes, molestos. A mi lado estaba sentado un hombre ya mayor, grave como un senador romano, que escrutaba el fútbol con la autoridad de un pontífice. Sólo aplaudía levemente, apenas decía dos palabras y no movía un músculo de la cara, pero se le veía disfrutar. Hasta que oía los silbidos a Piqué. Entonces torcía el gesto y mascullaba una maldición. Mediada la segunda parte, explotó en voz bajísima: «¡Qué vergüenza! ¡Pitar a la selección española! ¡Qué vergüenza!». Agredecí que el azar me permitiera sentarme al lado de aquel venerable aficionado y aproveché su magisterio para enseñarle a mi hijo, que estaba como loco, que la tontería suele ser mucho más ruidosa que la sensatez.

Durante estos días, he intentado comprender las razones de los que pitaron. En la mayoría de los casos, balbucían extraños motivos y acababan aludiendo a supuestas declaraciones incendiarias de Piqué, frases que jamás había dicho –he revisado concienzudamente las hemerotecas–, pero que le cuelgan como sambenitos. A mí me da igual lo que piense. Ni siquiera me cae bien. Pero es él quien decide, sin ninguna obligación, representar a España. Exigirle pureza de sangre y absurdas homologaciones ideológicas nos emparenta con lo peor del nacionalismo.

Y yo odio el nacionalismo.

(*) En la fotografía, de Raquel Manzanares para EFE, Piqué, a su llegada al hotel de la concentración del equipo nacional en Logroño.

 

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Pobre viura
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piogarcia | 11-10-2015 | 15:53| 0

El otro día aparecía publicado en este periódico un reportaje sobre la caída de los precios de la uva blanca. El mercado del vino –decía mi abuelo– es trato de borrachos y siempre se alternaron crisis tremebundas y súbitos momentos de esplendor. Sin embargo, muchos de los entrevistados en aquel reportaje (ejecutivos-bodegueros) habían identificado ya a la culpable del desastre: la viura. ¡La viura! Criticaban que, al permitirse nuevas plantaciones de uva blanca, los agricultores hubieran escogido la viura en lugar de poner variedades exóticas mucho más fashion, como el verdejo, el sauvignon blanc o el chardonnay.

Mientras leía el reportaje, estaba bebiendo un vino blanco elaborado por un primo mío de Fuenmayor. No les aburriré con la barroca retórica de los catadores: solo les diré que estaba estupendo y que en su juventud de fruta fresca se atisbaba ya una espléndida madurez. En su 95% estaba elaborado con uva viura. Era mejor (pero infinitamente mejor) que cualquier verdejo anguloso de esos que ahora están tan de moda.

Sin embargo, el sanedrín ya ha dictado sentencia: la culpa es de la viura. Uno piensa que, si a estos ejecutivos-bodegueros se les diera manga ancha, arrasarían con toda tradición para seguir ciegamente los caprichosos vaivenes del mercado. ¡Ya nos ocurrió cuando Parker empezó a ponderar esos vinos gordos y ásperos tan alejados del clasicismo de Rioja! Cuando pasé la moda del verdejo (que pasará) y la tontería del chardonnay (que también pasará), tal vez importen otra variedad o quizá entonces se marchen a Rueda o al Priorato.

En un mundo globalizado, a la larga solo triunfará quien sepa cultivar amorosa y orgullosamente su diferencia. Aunque para eso se necesita paciencia, perseverancia y visión a largo plazo. Y saber venderlo bien, claro. Justo lo que nos falta.

 

 

 

(*) ¿Hace un blanquito? La foto es de mi compañero Justo Rodríguez

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Una calle para Perico
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piogarcia | 01-09-2015 | 16:28| 0

 

Ha llegado el momento. El Ayuntamiento de Logroño ha acordado cambiar el nombre de 17 calles de la ciudad. Quiero aprovechar la circunstancia para pedir que se remedie un olvido, una palmaria ingratitud.

Quizá no conozcan ustedes aún la formidable biografía de Pedro Patricio Escobal López, nacido en Logroño en 1903 y muerto en Nueva York en 2002. En su extraordinaria vida, a Perico Escobal le dio tiempo para ser ingeniero industrial, defensa central titular del Real Madrid durante casi diez años, finalista de la Copa del Rey y primer deportista olímpico riojano (en París 1924). Además, estrenó el antiguo campo municipal de Las Gaunas junto a su cuñado, el oftalmólogo Ramón Castroviejo.

Escobal estaba afiliado a Izquierda Republicana, el partido de Azaña. Había intentado montar el primer sindicato de futbolistas, hasta entonces un gremio mal pagado. Lo metieron en la cárcel en los primeros días del Alzamiento. Jamás pegó un tiro (si acaso un puñetazo), pero conoció todas las prisiones de Logroño y estuvo tres veces a punto de morir fusilado. En la celda cogió una terrible infección vertebral, padeció dolores inauditos y lo recluyeron en un pueblecito vizcaíno. Gracias a la intervención de su cuñado, le dejaron marchar medio muerto al exilio. Se instaló en Nueva York.

Ni la penuria económica ni los problemas con el inglés le arredraron. Empezó arreglándoles las lavadoras a sus vecinos y acabó trabajando como ingeniero para el Ayuntamiento neoyorquino. Proyectó incluso la iluminación de una parte del barrio de Queens. De paso, como para quitarse un peso de encima, escribió uno de los mejores libros sobre la Guerra Civil: Las sacas. Por si fuera poco, su hijo, también ingeniero, participó en la misión del Apolo XI, la que puso al hombre en la luna.

Por Perico, que probablemente solo aspiraba a vivir una vida tranquila, pasó como una apisonadora todo el siglo XX. ¿Acaso no merece este hombre una calle en su ciudad?

 

(*). En las fotografías, los dos extremos de la vida de Escobal. Un cromo de cuando jugaba en el Real Madrid (año 23) y, ya nonagenario, en su casa de Nueva York.

 

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Juro
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piogarcia | 29-06-2015 | 17:56| 0

Mis queridos alcaldes, concejales, diputados, consejeros, ministros. En fin: mis queridos asalariados.

Me da igual que prometan o juren el cargo, me da igual que se limiten a recitar la fórmula o que se adornen con juramentos barrocos y confusos, me da igual que lo hagan por imperativo legal, porque lo sienten en el alma o porque se les ha puesto en el cigoto, me da igual que cojan o no la vara, que vayan en chancletas o con zapatitos de charol, que lleven el pelo largo o que se lo peinen con gomina y la raya a un lado.

Me da igual que vistan todos el nuevo uniforme (camisa blanca remangada y pantalones vaqueros) y me da igual que, después de tanto tiempo encerrados en sus despachos, ahora bajen a la cervecería y se tomen unos cortos mientras ponen esforzadamente cara de ser personas-como-los-demás, gente corriente, tipos como yo o como el inútil de mi vecino.

Me da igual que cobren su sueldo íntegro o sólo la mitad y me da igual si lo que no cobran se lo acaban entregando al partido (como han hecho todos siempre), a una oenegé, a Cáritas, al Fútbol Club Barcelona o al Movimiento Internacional en Favor del Esperanto. Me da igual que vayan al trabajo en bicicleta o que se agarren a las barritas del metro mientras los fotógrafos –que, vaya por dios, siempre están ahí– les tiran simpáticas instantáneas o que lleven mochilas de universitario al hombro o que frecuenten Twitter, Facebook, Instagram o cualquier otro sumidero del alma.

Me da igual que sonrían o se enfurruñen, que sean simpáticos u hoscos, que cuenten chistes o que no tengan ni puñetera gracia.

Yo lo único que les exijo, criaturitas mías, es sean honrados, trabajadores y competentes. Todas las demás cosas, que tan entretenidas nos resultan ahora, son solo solemnes chorradas.

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Optimistas
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piogarcia | 29-06-2015 | 17:49| 0

El optimismo siempre ha tenido mala fama. Vivimos una especie de glorificación del malditismo, de la hosquedad e incluso del carácter agrio, quizá por influencia de la literatura.

A mí también me resultan mucho más interesantes los escritores autodestructivos y atormentados; hay algo oscuramente hermoso, incluso trágico, en la obra del austriaco Joseph Roth que no encontramos, por ejemplo, en la juguetona prosa del británico Gilbert Keith Chesterton.

Curiosamente, ambos fueron grandes bebedores, pero trasegaban de una manera diferente: con cada copa que vaciaba, Roth se hundía más y más en sus insondables abismos personales, mientras que Chesterton encontraba en el aroma del vino clarete un resumen de la belleza sustancial del mundo. En sus ratos de lucidez, Roth escribió una obra monumental y apasionante, pero acabó matándose con el cerebro encharcado, acosado por los fantasmas del delirium tremens. Chesterton murió en la cama, gordo, beatífico y hasta sonriente.

No necesito irme tan lejos. Mi padre superó tres cánceres, acabó con el corazón destrozado y murió demasiado joven. En algunos negocios fracasó, otros solo le salieron medio bien y además se quedó con ganas de viajar y de hacer muchas otras cosas. Pero siempre fue un optimista; incluso un optimista irracional. Creo que ese inexplicable gen ha caído ahora en mi hijo, al que apenas conoció. El otro día le pusieron un examencillo en el colegio. Le pregunté qué tal le había ido. Me contestó:

-Genial. Por lo menos un diez.

Luego me dijo que seguramente había fallado en dos o tres preguntas, pero que no creía que tuvieran ninguna importancia.

No sé si en las pasadas elecciones ganaron o no los suyos. En cualquier caso, les aconsejo fervientemente que lean a Joseph Roth y vivan como Chesterton.

 

(*) En la fotografía, el amigo Chesterton. No me digan que no tenía buena pinta.

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