¿Quién mató a Caja Rioja?

Leo que Caja Rioja ha muerto, pero todavía no comprendo por qué. Según todos los obituarios publicados, era una entidad saneada, ejemplar, magníficamente gestionada, con unos balances perfectos y unas cuentas que hubieran merecido las reverencias del señor J.P. Morgan. Y, sin embargo, ya ven ustedes qué desgracia, se nos ha muerto.

Su tragedia me ha recordado a una esquelita que, hace ya mucho tiempo, leí en este periódico: «Fulanita de Tal –rezaba– murió ayer a los 102 años. Gozaba de una excelente salud». Yo no soy médico, pero este tipo de fallecimientos inexplicables me dejan siempre un poco boquiabierto. Supongo que doña Fulanita de Tal algún achaque tendría. Y supongo que Caja Rioja tampoco sería el brillante espejo de bancos que hoy nos venden, aunque sea cierto que sus cuentecitas, camufladas en el océano de pérdidas de Caja Madrid, ya no pesaban nada.

Sin embargo, hubiera agradecido de sus responsables alguna cifra. ¿A cuánto asciende el pufo del ladrillo en Caja Rioja? Creo que, al menos, nos merecemos cierta transparencia: tanto si solo es un miserable pisito que se les ha quedado colgando como si son millones de euros comprometidos en promociones fallidas, deberíamos conocer los números exactos. Llámenme suspicaz, pero un silencio tan estruendoso me hace sospechar.

Y aún más: si tan sanota estaba Caja Rioja, ¿por qué demonios se unió a dos espantajos como Caja Madrid y Bancaja? ¿Acaso por afinidad política? ¿No había otros galanes por ahí? ¿Quién pensó que siete tullidos podrían convertirse en una persona robusta?

Ente tanto, quedo a la espera de que algún médico (o economista) me desvele si, como parece, las personas (o las cajas) pueden morirse de puro sanas.

(En la fotografía, de mi compañero Miguel Herreros, el anterior director general de la Caja, Jorge Albájar, y el entonces presidente del Consejo de Administración, Fernando Beltrán, explican los pormenores de la fusion fría con Caja Madrid. Ay, aquellos polvos…)

 

Donde dije no, digo IVA

Todavía recuerdo el careto de palo de George Bush (padre) mirando fijamente a la cámara y diciendo, serio y cabal: «Lean mis labios; no habrá nuevos impuestos». Meses después, en efecto, subía los impuestos.

Todavía recuerdo el careto gordezuelo de Felipe González, cuando era joven, apuesto y socialista, diciendo a los periodistas: «OTAN, de entrada, no». Meses después, en efecto, España entraba en la OTAN.

Todavía recuerdo el careto de José Luis Rodríguez Zapatero, con sus cejas circunflejas y su aire vagamente revolucionario, diciendo urbi et orbe que su Gobierno jamás recortaría los derechos sociales de los ciudadanos. Meses después, en efecto, congelaba las pensiones y dejaba temblando a los funcionarios.

Asumamos entonces que los políticos mienten. En este campo, reconozco mi devoción por José María Aznar, único prohombre capaz de sostener a posteriori algo que ya había incumplido: primero habló con ETA y luego, meses después y pese a que aquello salió en todos los periódicos, insistía impertérrito en que su Gobierno nunca había hablado con ETA.

Ahora oigo a Luis de Guindos anunciar que van a subir el IVA y no me sorprende. Sí, han mentido. Han prometido mil veces lo que ya sabían que no iban a cumplir. Otra vez. Lo más fatigoso es tener que tragarse hoy a sus publicistas vendiéndonos la moto y echando la culpa a los demás. Por eso yo, que ya me estoy cansando de tonterías, pido a mis políticos que, de una vez por todas, se abstengan de prometerme nada. La política es el arte de la oportunidad y en ese territorio, por definición mudable y quebradizo, no existen verdades sólidas ni promesas firmes.

Nadie somos YPF

Me asusta la polémica creada en torno a la expropiación de la petrolera YPF. Tiemblo al oír los alardes patrioteros de los dos bandos. Y me dan escalofríos cuando contemplo cómo mucha gente todavía confunde populismo con progresismo. Por eso me apetece dejar tres o cuatro claras.

  1. A todos nos gusta un poco cuando le tocan las narices a un multimillonario. Pero debemos caer en la cuenta de que las empresas, incluso las muy grandes, ya no son de un solo dueño. Hay miles de pequeños accionistas, que quizá tienen el dinero de sus pensiones puestos en Repsol YPF, para los que el golpe de Cristina ha sido muy duro.
  1. Curiosamente, a mí, como español, la expropiación me deja bastante frío. Ni tengo dinero puesto ahí ni me importa mucho que el balance de Repsol cojee algo. Sin embargo, si fuera argentino, estaría mesándome los cabellos: ¡qué cara más dura! Fue Néstor Kirchner, ese visionario de mirada disjunta, quien auspició y aplaudió la privatización de YPF y consideró que eso, lejos de atentar contra “la soberanía argentina”, la hacía más fuerte. Su gobierno había conseguido que la petrolera diera pérdidas y eso tiene un mérito nada despreciable. Ahora que YPF parece saneada, a despecho de toda la legalidad internacional, la expropian. No parece el mejor mensaje para atraer inversiones extranjeras al país. Las cosas se hacen de otra manera. Decía no sé quién que la libertad solo es posible si se respetan las leyes ¡Y que todavía haya gente (aquí en España) que confunda esta maniobra obscena con el progresismo! El progresismo, eso sí, es algo mucho más racional y menos emocionante, sin imágenes de Evita Perón ni tubitos de petróleo ni llantos-en-memoria-de-mi-pobre-marido. Veremos si, de aquí a unos años, no acaba YPF en manos de una empresa estadounidense.
  1. Supongo que el Gobierno argentino tiene razón al reclamar más inversiones a Repsol. Estas grandes empresas tienden a ser muy remolonas a la hora de devolver beneficios a sus territorios. Pero eso lo hubieran podido obtener fácilmente tensando un poco la cuerda, negociando y haciéndose valer. Ahora, sin embargo, van a tener que acometer ellos esas inversiones… ¡y no tienen un peso! A ver cómo lo consiguen. Es cierto que resulta inconcebible que un país con los recursos naturales de Argentina arrastre un déficit energético tan brutal; pero la raíz del problema no es  (o no es solo) la dejadez de Repsol, sino el chorro de subvenciones con el que Cristina compra a sus devotos. Algunos también confunden eso con el progresismo, aunque es lo contrario: supone sangrar las arcas a base de subsidios mientras crece la pobreza.
  1. Los transportes nacionalistas son gritones, estúpidos y peligrosos. Esto no es un partido de Argentina contra España. Hay españoles bobos que se han lanzado a defender a Repsol como si nos hubieran invadido y argentinos bobos que han recuperado esas viejas retóricas sobre Colón, los indios e Isabel la Católica. Hasta un etarra bobo (y otras cosas peores) ha decidido comparecer en la Audiencia con la camiseta de Argentina. Haríamos bien todos en rebajar la tensión y aparcar los eslóganes.

Queda inaugurado este repollo

Los recortes están haciendo estragos. Quizá crean ustedes, gente ingenua y egoísta, que son los parados, los sintecho o los jóvenes sin empleo quienes más están notando la crisis. Paparruchas. Quienes verdaderamente están siendo víctimas de este desbarajuste financiero son nuestros amados, abnegados, probos y admirables políticos.

Hasta hace tres años, ellos inauguraban obras de verdad: aeropuertos relucientes, circunvalaciones tumultuosas, hospitales fastuosos, soterramientos imponentes… Ahora, sin embargo, apenas tienen nada que echarse a la boca: cuatro baldosas que se reponen, alguna calle que se asfalta y poco más. Pobre gente. Qué bajón.

Ante una perspectiva tan lúgubre, tal vez piensen ustedes que nuestros representantes han optado por encerrarse en sus despachos y trabajar a destajo, sin asomar mucho la cara por la vía pública. Pues no. Sepan ustedes que son gente de recursos. Inasequibles al desaliento, han preferido bajar el listón (mejor aún: quitar cualquier listón) antes que perderse una foto.

La pasada semana, como demuestra el testimonio gráfico de mi compañero Alfredo Iglesias, hubo un alto acontecimiento en nuestra región. Se abría una tienda de ultramarinos. Para dar el oportuno lustre a una infraestructura tan insólita y necesaria, se citaron en el colmado las siguientes personalidades: el presidente de La Rioja, Pedro Sanz; la alcaldesa de Logroño, Cuca Gamarra; el consejero de Industria, Innovación y Empleo, Javier Erro; el teniente de alcalde y concejal de Promoción Económica de Logroño, Pedro Saez Rojo; y el director general de la Cámara de Comercio de La Rioja, Florencio Nicolás. Dios les guarde muchos años. Todos ellos curiosearon un rato por la tienda y luego se fotografiaron sonrientes, haciéndose lenguas de lo hermosos que estaban los repollos y de lo apetecibles que parecían los manojos de puerros.

A mí este furor inaugurativo me parece bien, porque al tendero le dan un alegrón y hay que mimar al emprendedor local. Me preocupa, sin embargo, que nuestros políticos entren en una carrera agotadora y que, por un cierto prurito de igualdad, se lancen ahora a inaugurar todas las tiendas, supermercados, papelerías y peluquerías-locutorios que vean por la calle. Y, sobre todo, me preocupa cómo dar realce a las futuras inauguraciones, si alguna vez pasa la crisis y vuelven las obras de verdad. Por ejemplo, ¿qué haremos cuando se reabra el Museo de La Rioja? Ya no bastará con que aparezcan el presidente, la alcaldesa y cinco o seis consejeros, porque eso lo situaría a la altura de cualquier tienda de ultramarinos. Habrá que llamar entonces a Rajoy, a dos o tres ministros, al Rey, al cardenal Somalo, al Papa e incluso al elefante que murió en Botsuana.

Las barricadas tristes

Durante semanas, me debatí sobre la oportunidad o no de secundar la huelga. Soy empleado con nómina y además tengo una pequeña empresa familiar, así que me puedo poner fácilmente en los dos lados de la barricada. En cualquier caso, tomara la decisión que tomara, me molestaban mis inopinados compañeros de viaje: resulta muy incómodo juntarse con los sindicatos y su retórica rancia y predemocrática, tan devota de los piquetes totalitarios y tan aficionada a la silicona y a mearse en los periódicos; pero también me trasportaban los demonios cuando escuchaba las sinsorgeces absurdas del presidente de los empresarios riojanos, ese tal Doménech (¿no hay otro por ahí más presentable?) y, sobre todo, cuando salían los políticos del PP a venderme que la reforma laboral “ampliaba los derechos de los trabajadores” (sic). Si hubiera habido algún modo de hacer huelga y no hacerla, me habría apuntado con alborozo.

Pero eso es imposible. Hice huelga, lo confieso*, aunque sin convencimiento alguno y con muchas dudas sobre su conveniencia. Así que me apetece al menos dejar constancia de algunas opiniones:

  1. Hay motivo. La reforma laboral perpetrada por el Gobierno supone la mayor erosión de los derechos de los trabajadores desde el advenimiento de la democracia. Dudo que sea útil para crear empleo, pero eso lo veremos más adelante. Lo que no admite duda es que implanta un modelo de relaciones laborales inicuo y altamente perjudicial para los trabajadores. ¿Por qué se eliminan los salarios de tramitación? ¿Por qué se permite a un empresario despedir casi gratis solo con un leve descenso de sus beneficios? ¿En qué ayuda todo esto a la creación de trabajo? En nada. Así que no me trago esa cancioncilla de que ‘la huelga es política’, como si todo fuera un contubernio judeomasónico contra el PP, ese insomne y abnegado benefactor de la humanidad. La reforma laboral tiene tal calado que por sí sola justifica una huelga.
  1. Una huelga inoportuna. La huelga general es el último cartucho, la última traca, el golpe final. ¿De qué nos serviría acabar como Grecia, donde se monta una huelga general cada semana? ¿Para qué? Ahora la gente está asustada y expectante. Habría que haber esperado más e intentado, en el trámite parlamentario, limar la reforma en sus aspectos más obscenos. Por querer mantener su programa de máximos, los sindicatos han perdido la ocasión de cargarse de razón. Como dicen los abogados, un mal acuerdo es mejor que un buen pleito.
  1. Los repugnantes piquetes. No debería haberlos. Ni informativos ni decorativos ni paseantes ni circunspectos ni ruidosos. Nada. Ya somos mayorcitos. Todos sabemos si queremos hacer huelga o no y no necesitamos que elijan por nosotros. Quizá los sindicatos ni siquiera lo intuyan, porque prefieren seguir la inercia y no les gusta demasiado pensar (¿para qué vamos a desgastarnos las neuronas teniendo eslóganes?), pero esos arrebatos estalinistas no les benefician. ¿De qué me sirve que nadie trabaje en el Polígono de Cantabria si los piquetes han prohibido el acceso? Sin esa sinceridad, no me creo las cifras de la huelga.
  1. Y ahora qué. Estamos al borde del precipicio y, encima, nuestra capacidad soberana está muy debilitada. No nos rasguemos las vestiduras: eso quisimos todos cuando, alborozados y entusiastas, nos metimos en el euro. Una política de ajustes extremos, sin estímulos eficaces, nos conduce a la miseria. Eso lo sabe incluso Rajoy, pero… Esta pelea se juega en Europa y hay que convencer a la señora Merkel, que nos sigue mirando como a pobres despilfarradores y subdesarrollados a los que hay que meter en vereda. Y no me extraña. Cuando uno ve el aeropuerto de Agoncillo, la nueva estación de tren de Logroño o el polideportivo de Sojuela, cae en la cuenta de por qué los alemanes piensan que hemos sido unos manirrotos.

 

(*. En la prensa, la huelga general se hace de vísperas)

No sé qué hacer

De aquí a una semana, algunos iremos a la huelga y otros acudiremos a nuestros puestos de trabajo. Me incluyo en los dos grupos y no porque me adornen poderes mágicos y facultades paranormales, sino porque estoy hecho un lío.

No sé qué hacer.

Verán: la reforma laboral que acaba de aprobar el Gobierno me parece una barbaridad. Comprendo, por ejemplo, la necesidad filosófica de reforzar los convenios de empresa frente a la negociación urbi et orbe de los sindicatos con la CEOE, pero entreveo los enormes peligros prácticos que esta medida puede suponer si no se ajusta bien. Y, de momento, no se ajusta bien. Tampoco entiendo por qué dejar el despido a precio de saldo. Si algo había demostrado nuestra legislación laboral era su capacidad para echar a la gente. Lo de ahora solo me parece una forma inicua de facilitar una cómoda salida de emergencia a las empresas, a la que éstas acudirán (no lo olvidemos) en las épocas malas… y en las buenas.

Pero verán: creo que los sindicatos, que arrastran un gravísimo problema de credibilidad, hacen la huelga demasiado pronto, con la gente todavía más noqueada y asustada que cabreada. Si fracasa (e incluso si triunfa), habrán pegado un tirito al aire, una mera descarga de banderolas y eslóganes, un nada. Días después llegará el Gobierno, recién elegido por mayoría absolutísima, y verá el camino expedito para meter el azadón en lo más profundo. Además, el Ejecutivo, en estos cien días, ha tomado y anunciado tantas medidas que ha logrado dejarme atónito: algunas me parecen audaces y sugestivas; otras me resultan rancias y tristes.

Por eso estoy hecho un lío.

Osea, la educación

El cierre de la guardería de La Cometa, la supresión de las dos zonas educativas en Logroño… Todas las decisiones del Gobierno van en la misma dirección. No se trata de recortar o de ahorrar dinero: es una pura cuestión ideológica. El PP defiende el derecho de los padres (de SUS padres) a llevar a los hijos a SU colegio favorito, aquel paraíso artificial supuestamente multilingüe sin niños negros ni marroquíes ni rumanos. Y el que venga detrás, que arree. Ah, la libertad. Qué hermosa palabra.

A mí me gusta la libertad. Pero considero que la primera condición de una verdadera libertad es una cierta igualdad. Económica y, sobre todo, educativa. No sé si ustedes han estado en Brasil, uno de los países más desiguales del mundo. Allá los padres tienen la libertad de llevar a los hijos a la escuela privada (pagando), lejos de los pobres y mestizos. Pero luego se ven obligados a vivir en guetos fortificados, custodiados por cincuenta mil policías privados, que les protejan de esa chusma peligrosa y muerta-de-hambre que habita en el país. Yo no quiero vivir así.

Táchenme de tremendista, pero veo en estas decisiones educativas un primer paso en esta dirección. Con un agravante: como en Logroño los pijos aparentan mucho, pero en el fondo suelen ser fantasmas tristes y ahorrativos, debemos ser todos nosotros quienes les paguemos ese paraíso artificial supuestamente multilingüe, etcétera, etcétera. Y eso no, oiganme, especialmente en épocas de crisis. Por eso mismo no me sirve la explicación de que hay muchos centros de educación infantil en la zona de La Cometa: las guarderías privadas no cuentan. Y me duele la opinión de la FER: los empresarios defienden su dinero (algo legítimo), pero no deben engañarnos. La educación, también la infantil no obligatoria, es ante todo un bien público.

Estoy fervorosamente en contra de los guetos educativos. Y veo con tristeza y enorme preocupación que el Gobierno riojano los fomenta o, al menos, no hace nada para evitarlos. ¿Y si obligáramos a los centros privados que quieran recibir dinero público a eliminar la segregación sexual y a escolarizar al menos a un 15% de población inmigrante cada año? A ver qué pasa. Con ellos, claro, no podrían conseguir dinero a través de la APA o por los mil conceptos pintorescos que se les ocurren a sus gestores, habitualmente tan imaginativos para estas cosas. Pero así haríamos de las aulas un reflejo fiel de cómo es la sociedad riojana del siglo XXI. Porque muchos padres olvidan que el colegio no solo debe ser un ámbito de aprendizaje, sino también un escenario de convivencia, de socialización. Ya me lo decía un antiguo profesor de Escolapios: ‘Antes que Matemáticas hay que aprender urbanidad’. Cuántos lo han olvidado.

¿Ilus@s o tont@s?

No sé si ustedes están al tanto de la última polémica lingüística que vivimos en nuestro país. Como apenas tenemos problemas encima, hemos decidido meternos en un nuevo fregado: el uso políticamente correcto del lenguaje. La polvareda la ha levantado un informe del académico Ignacio Bosque, en el que criticaba la violencia lingüística que muchas instituciones patrocinan para evitar la supuesta discriminación de la mujer. Entienden estos adalides del igualitarismo que si yo escribo, por ejemplo, ‘ciudadanos’ estoy marginando a las ciudadanas mujeres. Ignoran quienes esto sostienen que, en castellano, ese plural engloba a hombres y mujeres, del mismo modo que el sustantivo femenino ‘persona’ engloba a mujeres y hombres.

Los políticos, que además de ser generalmente incultos tienen mucho miedito, se han lanzado con gusto por esta estúpida pendiente y por eso oímos ahora en sus discursos frasecillas del tipo ‘los ciudadanos y las ciudadanas’ o ‘los trabajadores y las trabajadoras’. Expresiones así van en contra del uso económico del lenguaje y convierten cualquier redacción en un lodazal. Como el asunto es viejo, pero no escarmentamos, recomiendo a todo el mundo la lectura de este fantástico artículo del escritor Quim Monzó, publicado hace unos años en La Vanguardia: ‘La gallina turuleca’.

Volvamos al meollo. Si todo esto sirviera para que las mujeres ocuparan en la sociedad el puesto que merecen, lo daría por bien empleado. Pero retorcer el lenguaje no ayuda a que las mujeres trabajadoras cobren igual que los hombres trabajadores y tampoco me parece que las ‘personas sordas’ vayan a ser tratadas mejor que si les llamamos simplemente ‘sordos’. Es más, al apostillar que los sordos son efectivamente personas damos a entender que quizá no lo hayan sido siempre o que tal vez no todos lo sean. A nadie se le ocurre decir ‘personas peritos agrónomos’ porque todos sabemos, aunque no lo puntualicemos obsesivamente, que los peritos agrónomos son tan personas como usted o como yo. Antes al contrario, retorcer el lenguaje se está convirtiendo en una coartada cómoda para evitar ser tildados de machistas sin tener que tomar ninguna medida real en favor de las mujeres, de los pobres o de los minusválidos.

El idioma cambia. Es un organismo vivo que se construye con las aportaciones de 400 millones de personas y que va traduciendo (es cierto) las inquietudes de las sociedades. Pero pretender que cambiando manu militari el lenguaje vamos a mejorar nuestro mundo es una fantasía ingenua. Si algo no funciona, podemos cambiar las leyes e incluso las costumbres y el idioma, poco a poco, a medida que la lluvia cale en todos los hablantes, lo irá registrando.  En el diario El País recogen hoy varias reacciones a favor y en contra. Recomiendo encarecidamente la lectura de la opinión de la persona escritora Elvira Lindo: “Todo el mundo en España entiende que nuestra lengua diferencia entre sexo y género, por tanto, hay sustantivos de apariencia masculina en los que sabemos que están incluidas también las mujeres. Forzar otra manera en el habla es ni más ni menos una imposición política, que nada tiene que ver con las reglas filológicas ni con el uso natural del habla”. Amén.

(La imagen que ilustra esta entrada es un dibujo de Mingote, académico de la RAE, publicado en el diario ABC)

 

 

Me lo explique, señora Arruga

El ministro Montoro, con gesto contrito y hablar pausado, ha dado a conocer hoy las malhadadas cifras del déficit. Los riojanos aguardábamos este momento impasibles, con orgullo patrio y hasta un puntito de suficiencia. ¡Déficit a nosotros! ¡Si somos los campeones de las cuentas claras! Todos nosotros sabíamos (sí: sabíamos) que íbamos a cumplir de sobra con los objetivos de déficit, marcados en el 1,3% del PIB. Lo había dicho nuestra consejera de Hacienda, doña Concepción Arruga, en una rueda de prensa con las oportunas fanfarrias y trompetillas: “La Rioja ha cumplido rigurosamente con el objetivo del déficit. El 1% del PIB”.

Eso dijo doña Concepción. Nuestra sorpresa, morrocotuda, ha llegado cuando el ministro Montoro ha presentado las cifras. Y por ahí, entre todas las demás regiones, andaba también el dato de la Comunidad Autónoma de La Rioja. Sí, en efecto, la cifra era el… ¡1,97% del PIB! El doble de lo que nuestra consejera había anunciado hace quince días escasos.

¿Cómo es posible? ¡El doble! ¿Acaso pretendía el Gobierno de La Rioja ponerse por anticipado una medalla que no le correspondía? ¡El doble! Hablamos de la diferencia que existe entre 80 millones de euros y 160 millones de euros. Calderilla, perras gordas, reales, un siesnoes, qué demonios más dará una monedita arriba o abajo, ustedes disimulen, estas calculadoras del demonio fallan más que una escopeta de feria.

Es cierto que, ya en aquella infausta rueda de prensa, la señora Arruga indicó que el dato podría sufrir alguna modificación porque los números estaban sujetos a “los ajustes de los criterios de contabilidad que homogenizan las cuentas públicas de todos los organismos del Estado” (sic). Pero, quizá por ser un iletrado económico, no me parece posible que esos meros ajustes contables supongan casi exactamente el doble. O sea, que donde dije 80 millones debo decir 160 millones. En qué estaría yo pensando.

Así que, doña Concepción, nos debe usted (a mí y a todos los riojanos) una explicación. Porque cuando usted dijo que La Rioja había cumplido ‘rigurosamente’ el objetivo, aquello salió publicado en gruesos titulares y sin ningún género de duda. ¡Cómo íbamos a dudar de nuestro Gobierno! Espero que ahora comparezca públicamente para rectificar, explicar qué demonios ha fallado en las cuentas y confesar que finalmente ese cumplimiento no ha sido tan ‘riguroso’. Es más, que ni siquiera ha sido un ‘cumplimiento’.

Los trabajos de César

Como todo el mundo preveía, y pese al suspense final, César Luena ha sido elegido secretario general de los socialistas riojanos. No sabe la que le espera.

El PSOE en La Rioja lleva años (¿cuatro? ¿ocho?) embarcado en una entusiasta y vertiginosa carrera hacia la irrelevancia. Ellos culpan de sus pertinaces malos resultados al PP, a la sociedad riojana, a los medios informativos, al reflejo conservador, a la ola nacional, a la iglesia católica y al sursum corda… Ellos, en resumen, no cojean: todo es culpa del empedrado. Su capacidad de autocrítica ha sido nula y ese camino solo conduce a la frustración.

Los socialistas riojanos (los que mandaban hasta ayer) se han sentido tan cómodos en su papel de víctimas (imaginarias o reales) que han olvidado convertirse en protagonistas. Mi compañero Alberto Gil lo decía claramente en un post de su sabrosa Ensalada Riojana: todos los consejeros del Gobierno del PP que han caído en estas dos últimas legislaturas (Vallejo, Muñoz, Soto) se han despeñado por investigaciones periodísticas o por la acción guerrillera del PR. El PSOE se ha limitado a dar muchas ruedas de prensa cargadas de eslóganes y de palabras grandilocuentes. Nada. Puro suflé. Y cuando pillaron cacho en Logroño, se vieron fagocitados por los dos concejales regionalistas, que, ante sus atemorizados ojos, se metieron en líos inadmisibles: a veces, merece la pena romper un pacto e irse con dignidad a la oposición.

César Luena trae un equipo nuevo, pero tiene una tarea ingente por delante. El PSOE debe dejar de observarse a sí mismo como víctima para pasar a ser protagonista. Debe pisar más la calle y menos las alfombras. Más datos y menos eslóganes. Debe olvidarse de llorar por las esquinas para convertirse en una alternativa socialdemócrata real. Nuestra salud democrática lo necesita. ¿Es César el hombre indicado?

No lo sé, lo confieso. Para mí es un melón todavía por abrir. Es joven y tiene una experiencia política ya muy considerable, pero de momento solo le he oído recitar, de carrerilla y con muy buena entonación, el manual del perfecto candidato. Si quiere convertir su partido en una oposición real a Pedro Sanz, deberá hacer más. Mucho más.

La Rioja

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