#!/bin/php Loco por incordiar

Ale, a espabilar

Confieso que me perdí el falso documental de Jordi Évole sobre el 23F y solo lo recuperé días después, cuando se ya se había montado toda la polvareda.

Como pieza televisiva me pareció brillante y hasta divertida. Otra cosa es el efecto perverso que pueda tener sobre la credibilidad del Évole/periodista, pero eso, al fin y al cabo, es cosa suya: si la gente deja de tomárselo en serio, él será el primer y casi único afectado. Me hizo gracia, sin embargo, el coro de tuiteros que, sin siquiera contar hasta diez, empezaron a clamar indignados contra el supuesto chanchullo del 23F.

Creo que la palma se la llevó Beatriz Talegón, la perla blanca del socialismo español, que en lugar de pensárselo un poco o de esperar al final, se lanzó a escribir: «Ojalá lo que dicen en el documental no lo hubiésemos leído antes en investigaciones SERIAS! Pero sí… Ale, a espabilar que nos toman el pelo». Luego, cuando le advirtieron de que aqullo era una farsa, siguió durante muchos minutos empecinada en que había mucho de cierto en todo aquel barullo fantasioso. A mí me recordó una frase de Montaigne que recogía, a propósito de otra cosa, John Carlin en ‘El País’: «Nadie está libre de decir estupideces. Lo grave es decirlas con énfasis».

Ése fue el problema de la Talegón: el énfasis. Y esa irritante y general tendencia a lanzarse a teclear sin esperar un minuto, sin reflexionar, sin estudiar, sin preguntar…, siempre (eso sí) que las cosas que oigamos coincidan con nuestros prejuicios. De repente todos nos hemos convertido en conspiranoicos y estamos dispuestos a comprar cualquier teoría que nos retrate como pobres corderillos inocentes y buenos manejados por una infame turba político-burocrático-capitalista.

Ale, a espabilar.

Marcha atrás

En la historia de los métodos anticonceptivos, pocos han gozado de la popularidad de la marcha atrás: el venerable coitus interruptus, ese quitarse a tiempo que algunos de sus usuarios más conspicuos han llegado a convertir en arte o al menos en disciplina deportiva de admirable pericia. Con todo, debemos reconocer que su eficacia siempre ha sido más que dudosa y que, si uno quiere evitarse sustos, conviene dejarse de intrépidas gimnasias y acudir a la tecnogía o a la química, según los gustos y las necesidades de cada cual.

Sin embargo, el ministro Gallardón ha decidido ahora embarcarnos a todos en una formidable marcha atrás, en un desandar lo andado tan difícil e ineficaz como un coitus interruptus, que además amenaza con montar en esta España, tan fatigada de problemas, otro follón de mil demonios. ¡Ni siquiera ha encontrado un eco unánime en su propio partido! La reforma de la ley del aborto acabará naciendo, pero con fórceps y sin epidural.

Marcha atrás.

De la ley de plazos a la vieja ley de supuestos del año 85.

A mí me costaría mucho abortar, porque creo que el embrión encierra al menos la promesa de una vida humana, pero me veo incapaz de imponer mi criterio ético sobre unas mujeres a las que además, una vez paridas, el Estado abandonará a su suerte. Allá cada cual con su conciencia. Los datos, además, resultan incontestables: aborta la misma gente con una ley que con otra. Solo que donde antes había hipocresía, malos tragos y mentiras (y sobornos y excursiones a Londres de las niñas bien) ahora existe igualdad, atención médica e higiene. Con eso quiere acabar el ministro Gallardón y quizá solo por el placer neroniano de dar la nota provocando un nuevo y absurdo incendio.

(*) En la fotografía, de mi compañera Sonia Tercero, una chica lleva una pancarta que, a la luz de las estadísticas, parece razonable: “Estar en contra del aborto no es estar a favor de la vida, sino a favor del aborto clandestino”.

 

Los caballeros del rey Artur

Esta heroica aventura de la independencia catalana nos está deparando, contra todo pronóstico, momentos de gran hilaridad. Si primero fue la pregunta encadenada del referéndum, digna de revolucionar los manuales de Ciencia Política (¿quiere usted ser estadito o estadazo?), ahora llegan los informes definitivos del Consell Assessor per a la Transició Nacional.

Recordemos que un buen día Artur Mas decidió reclutar un consejo de sabios para que le ayudara en su épica travesía hacia la tierra prometida. Buscaba gente que fuera tan comehimnos como cualquier nacionalista furibundo, pero con un cierto currículum. Los encontró, los reunió y les pidió que hicieran informes.

Supongo que después de besar la senyera con lágrimas en los ojos, cantar a voz en grito ‘Els Segadors’ y pontificar sobre la indudable superioridad moral de la butifarra ilerdense sobre el jamón ibérico, los integrantes del Consell se pusieron a mirar las cosas con un poquito de detenimiento. Y entonces cayeron en la cuenta de que la independencia (pero la independencia de verdad) es un negocio ruinoso. Sin embargo, no podían echarse atrás. Se les ocurrió entonces que Cataluña debía primero separarse para luego unirse otra vez con España y, ya puestos, con Andorra.

¡Magnífica y revolucionaria idea! ¿Pero por qué solo Cataluña? Propongo que todos sigamos la vía que marcan estos insignes filósofos patriotas: primero nos independizamos, montamos un fiestón, lo llenamos todo de banderolas, entonamos canciones insultantes en lenguas vernáculas, nos emborrachamos con los vinos de la tierra, y luego, cuando nos cansemos y venga la resaca, volvemos a unirnos para no morirnos de hambre y, sobre todo, para seguir echando al vecino la culpa de nuestras miserias.

 

(*) Imagen tomada del satélite Meteosat y en la que, extrañamente, no se ven fronteras.

 

El maestro

Nos hemos tirado años pensando que la solución para todos nuestros problemas educativos estaba en internet. Salía el gobierno (cualquier gobierno) y sacaba pecho porque había logrado introducir 2,7 ordenadores por aula. Aparecíamos entonces los periódicos y titulábamos aquello con letras de medio metro, como si de verdad fuera importante. Empezábamos a hablar de pizarras digitales, de un ipad por cada alumno, del futuro promisorio que a todos nos aguardaría en cuanto cada chaval pudiese conectarse desde su pupitre.

Por fortuna (¡por fortuna!) la crisis frenó esa supuesta revolución. En las aulas de La Rioja apenas hay un ordenador macilento que los críos usan por turnos. Me alegro: aquella efusión informática sonaba más a tontería de nuevo rico que a política educativa sensata.

Hace un par de años, el ‘New York Times’ publicaba un reportaje sorprendente: los grandes gurús de las nuevas tecnologías eligen para sus hijos escuelas sin pantallas. Sin ordenadores. Solo pupitres, libros (de papel), cuadernos y lapices… Y un maestro. «La idea de que con una app y un ipad mi hijo aprenderá mejor a leer y a calcular es simplemente ridícula», decía Alan Eagle, a la sazón ingeniero informático y alto ejecutivo de Google.

Traigo esto a colación porque siento que, metidos de lleno en nuestro cotidiano follón educativo, se nos escapa lo principal: necesitamos buenos maestros, que no se limiten a señalar con un puntero los ríos de Europa, sino que acompañen a los alumnos en su aprendizaje.

Cuando miramos con asombro el sistema finlandés, se nos suele olvidar que, en aquellas llanuras heladas, solo los estudiantes más motivados y con mejores expedientes pueden plantearse cursar Magisterio, una de las carreras más prestigiosas y socialmente reconocidas.

 

(*) En la fotografía, de mi compañera Sonia Tercero (soniaterceroproducer), una maestra da clase en un colegio riojano.

Parot en Estrasburgo

A mí también me horroriza el careto de esos asesinos (Troitiño, Inés del Río) que ahora salen de la cárcel, pero sobre cuya conciencia caen manchas imposibles de lavar, aunque se tiren nueve mil años entre rejas.

A mí también me espanta el nacionalismo, incluso en sus formas más tibias, por ser una doctrina infecta, egocéntrica y autista; un pensamiento político adolescente (yo-yo-yo), que no se conforma con fomentar los idiomas propios y los bailes regionales, sino que se dedica a sembrar concienzudamente vientos que luego provocan tempestades pavorosas.

Escribo todo esto porque, sin embargo, considero excesivo el revuelo que se ha montado con la anulación de la aplicación retroactiva de la doctrina ‘Parot’. Decía Churchill que la democracia es el peor sistema de gobierno con excepción de todos los demás, quizá porque, entre sus muchas imperfecciones, a veces da la impresión de favorecer a los tipos más despreciables. Es la fachada menos bonita –pero inevitable– del imperio de la ley, que a todos los ciudadanos (desde el aristócrata más empinado al más bajo criminal) reconoce derechos y a todos exige deberes.

Los juristas saben que la aplicación retroactiva de una medida lesiva para el reo tiene muy difícil encaje en cualquier sistema constitucional, por salvaje que haya sido el reo. Y eso, solo eso, es lo que ha dictaminado el Tribunal de Estrasburgo: «La demandante (Inés del Río) ha cumplido una pena de prisión de una duración superior a la que tendría que haber cumplido según el sistema jurídico español en vigor en el momento de su condena».

Recordemos que este tribunal, al que ahora despreciamos porque nos parece casi filoetarra, es el mismo que aceptó aquella Ley de Partidos que permitió ilegalizar a Batasuna y que, a la postre, tanto ha contribuido a la derrota de ETA.

Pretty Wert

A mí me caía bien José Ignacio Wert. Antes de que Rajoy le sedujese como a una pretty woman de la sociología política, me parecía un tipo sensato y cabal: un profesor prestigioso, muy bien preparado, cuyos comentarios solían ser templados y fecundos.

Ahora me gustaría que, siquiera por un momento, el Wert columnista se emancipara del Wert ministro y enjuiciara su labor con la agudeza que solía demostrar antes del 22 diciembre de 2011. Creo que no escribiría una sola línea. Se echaría las manos a la cabeza y gritaría: dios mío, en qué me he convertido.

A José Ignacio Wert le ha podido la vanidad: un buen día se lo llevó Mariano Gere de compras ideológicas por Rodeo Drive y lo engatusó con un crédito de poder ilimitado. Allá donde Julia Roberts veía modelitos de chanel, gafas de gucci y ferraris rojos, Wert se encontró de repente con un despacho imponente, una soberbia tarjeta de visita y un coro de secretarios y asesores genuflexos que a cada paso se quitaban el sombrero y le decían: sí señor ministro, sí señor ministro, sí señor ministro.

En ese momento, José Ignacio Wert resolvió que, al lado del oropel, la sensatez ya no valía pena.

Wert sabe bien que su ley no servirá de nada. Lo sabe, pero hace ya tiempo decidió que siendo la Julia Roberts de Mariano Gere se lo pasa mejor. Es cierto que la Logse y todas sus reformas posteriores han sido una basura y seguro que escarbando en el articulado de la nueva Lomce encontramos, junto a muchas baladronadas, puntos interesantes y medidas juiciosas; pero no funcionará. Ninguna ley de educación servirá de nada si no nace fruto de un acuerdo sincero que se deje de tonterías ideológicas e implique, al menos, a los dos grandes partidos y a una buena parte de la comunidad educativa.

(*) En la gran fotografía de AFP, Wert se postula para encarnar al próximo malo de Torrente.

Al sol

 

Me gusta el verano, incluso cuando el termómetro enloquece y el mercurio ronda los cuarenta grados. Quizá por eso abomino de los aires acondicionados y de ese frío extemporáneo y artificial, casi metálico, que se clava en la garganta y somete a los riñones a un agudo proceso de criogenización, como si fueran a ser inmediatamente trasplantados.

Me gusta el verano, digo, y aún conservo esa ilusión infantil y un poco tontorrona por meterme en el agua. Disfruto nadando en las piscinas, peleándome con las olas en el mar, chapoteando en las opacas pozas de los ríos. Cuando me pongo el bañador y me calzo las chancletas, siento todavía ese temblor de los seis años; un momento fugaz de expectativas electrizantes que pronto se sacian, pero que nadie todavía (ni los años ni la crisis ni la estupidez ni la muerte ni los problemas) me ha logrado robar. Un irracional brote de alegría, en fin, que conservo afanosamente, como un tesoro que recibí en herencia del niño que fui y que he conseguido preservar pese a la implacable maldición del calendario.

Me gusta el verano, repito, y siento nostalgia de los veranos antiguos, de las comilonas familiares en el pueblo, de los paseos en bicicleta por los caminos pedregosos, de las lánguidas sobremesas a la sombra del castaño, de los eternos partidos de fútbol con mi primo, de los viajes intempestivos por España, cuando apenas había autovías y cruzar Despeñaperros adquiría el prestigio de una peligrosísima expedición a tierras ardientes, remotas y embrujadas.

Me gusta el verano, insisto, y únicamente aspiro a tumbarme al sol, beber una cerveza, leer algunos libros olvidados y sentir en mi piel un placer de lagartija. Y, por supuesto, no dedicaré ni un segundo más a pensar en la Merkel, en Bárcenas, en Rajoy, en Rubalcaba y en toda esa triste tropa.

(*) Foto de Miguel Herreros

Ocho años

De pronto, enchufo la radio y oigo a Pedro Sanz proponer que el presidente de La Rioja solo pueda estar ocho años en el cargo.

¿Mande?

Cuando Sanz subió al poder, en el año 1995, prometió que solo iba a estar ocho años en el cargo. No lo sugirió sutilmente ni lo murmuró por lo bajini: lo prometió de manera solemne y con gruesos ademanes, como si hubiera tomado una decisión inquebrantable y largamente meditada. Decía, entre otras cosas, que con su enloquecido ritmo de trabajo era imposible aguantar más y que no quería eternizarse en el poder y que le disgustaba hacer de la política una profesión como habían hecho los socialistas y bla bla bla.

Dos años antes de que expirara su segundo mandato, comenzó a decir por ahí que «oía voces» que le pedían que siguiera. Se conoce que aquellas inquietantes voces arreciaron y empezaron a hablarle a gritos porque un día montó un show para escenificar que todo su partido (o sea, él mismo) le «liberaba» de su promesa para que se volviera a presentar a unas elecciones. Olvidaba Sanz que el PP no le podía «liberar» de un compromiso que había adquirido con toda la ciudadanía, pero esas minucias protocolarias quedaron enterradas por el vendaval de una nueva mayoría absoluta.

Y ahora, doce años después de aquel episodio poco edificante, Sanz nos sale otra vez con lo mismo. ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué él sí y los demás no? ¿Acaso no vio entonces a nadie en su partido con la capacidad suficiente para mantener la nave a flote? ¿Quizá todavía no lo ve y por eso se pone a bailar este confuso minué del mequedo-mevoy? ¿ O tal vez disfruta jugando con sus delfines como un adiestrador sádico, que primero los encela y luego les esconde la sardinilla?

Me temo que necesitaré al menos ocho años para entenderlo.

(*) En la paleofotografía, de mi compañero Enrique del Río, Sanz cuando llegó a la presidencia. Hace 18 años.

Ciudad europea de casi todo

Leo en este periódico que todo el mundo se ha sumado con entusiasmo, abrazos y profusión de fotografías a la candidatura de Logroño para Capital Europea del Deporte 2013. Reconozco que es un título que suena muy tremendo y que tiene muchas mayúsculas. Además incorpora la palabra «europea», un adjetivo que a nosotros, gente de pueblo y escasamente viajada, nos parece el colmo de la importancia y el no va más del cosmopolitismo. Tal vez por eso mi alcaldesa y mi anterior alcalde se fundieron en un democrático abrazo para presentar, ante un señor italiano de nombre y cargo desconocidos, lo que pomposamente bautizaron como «un proyecto de ciudad».

Disculpen si les chafo el subidón, pero en toda esta verbena hay algo que me mosquea. ¿De qué sirve ostentar un título que nadie conoce? ¿Acaso saben ustedes cuáles fueron las Capitales Europeas del Deporte del pasado año? ¿Y las del año anterior? ¿Estaban siquiera al tanto de la existencia de este altísimo galardón? Si nos lo conceden (y me temo que nos lo concederán), la cosa se resumirá en mil declaraciones altisonantes, cientos de titulares hiperbólicos y nada más. Acabaremos finalmente sepultados por un alud de cartelería enfática que nos caerá encima de repente, como una maldición de la que no podremos librarnos hasta el año que viene.

Y entonces, cuando se disipe el humo de esta nueva cortina, algún estratega municipal descubrirá en google otro remoto título al que presentarnos: quizá la Ciudad Europea de los Carriles Bicis por las Aceras 2014 o la Ciudad Europea de los Embarcaderos sin Barquitos 2014 o tal vez la Ciudad Europea con la Mejor Estación de Trenes sin Trenes 2014. Y no se preocupen: siempre habrá por ahí un señor italiano (o griego o alemán) al que invitar a comer para entregarle un dossier.

(*) En la fotografía, de mi compañera Sonia Tercero, la alcaldesa de Logroño entrega una caja-dossier al señor italiano al que invitaron a comer.

La engañifa de la escolarización

Cuando ustedes lean los datos de la Consejería de Educación, tal vez crean que el mundo escolar logroñés es un universo de dibujos animados y que la población de la ciudad se distribuye casi mágicamente entre los colegios existentes. Pues lamento pincharles la nube rosa: en los numeritos que ustedes ven hay, aunque no lo parezca, mucha trampa y demasiado cartón.

Quien esto escribe escolarizó a su hijo hace ya dos años; pero la situación no ha cambiado ni tiene visos de cambiar. Inicié un peregrinaje por los centros que aún recuerdo con pavor. Acudí primero al que por vecindario me correspondía, el Vicente Ochoa. Fui a una reunión, me explicaron que había ya inscritos treinta chavales más de las plazas de que disponían y, aunque me invitaron (un poco malévolamente) a echar la instancia, me fui. Marché entonces al flamante colegio Juan Yagüe, recién abierto, con dos líneas de infantil, pero me advirtieron de que no podían garantizarme nada. Vi que lo tenía crudo: quedaba un día, ya se pasaban tres o cuatro del listón y la letra de mi apellido era mala.

El último día se convirtió en un maratón: ante la posibilidad, cada vez más evidente, de que mi chaval se criara asilvestrado o encerrado en alguno de esos guetos que tan alegremente asume la Consejería, hice más kilómetros que un repartidor de telepizza. Pregunté en Doctores Castroviejo y me respondieron con un gesto poco alentador; llegué hasta los Escolapios, mi antiguo colegio, del que guardo un excelente recuerdo y que me brindaba el punto de exalumno, pero me pillaba en la otra punta de la ciudad, fuera de mi zona de escolarización (entonces aún había dos) y, encima, no tenía implantado el horario intensivo; menos mal que, ya sobre la bocina, entré en Las Gaunas y me dijeron que allí no habría problema. Me sentí aliviado, como si hubiera encontrado una sombra benéfica en pleno desierto.

Debo decir que hoy estoy feliz con ese colegio y que no me arrepiento de aquella decisión. Pero no fue una decisión que yo tomé: alguien la fue tomando por mí. Por eso, cuando oigo hablar de la tan cacareada «libertad de elección de centros» y luego escucho a mis gobernantes ufanarse de que el 95% los niños encuentran sitio en la primera opción, no puedo reprimir una triste carcajada.

 

(*) En la imagen, de mi compañero Miguel Herreros, una madre comprueba si ha tenido suerte en la lotería escolar.

 

La Rioja

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