¿Qué fue de Mariano?

El pasado viernes, mientras veía la televisión, me acordé de un tipo al que un día conocí.

Se llamaba Mariano.

Mariano era un hombretón alto y grave, que fumaba grandes puros, leía el Marca y veía los partidos del Madrid. Había estudiado para ser registrador de la propiedad, un trabajo digno y seguramente útil, aunque no demasiado apasionante. No era muy aventurero, Mariano. Y en el fondo le aburrían muchísimo las leyes, la economía y los líos administrativos.

Daba la impresión, en fin, de que Mariano vivía una vida ajena, como si su padre le hubiera encaminado hacia un universo de poder, dinero y tejemanejes cuando a él, en realidad, lo que le hubiera gustado es ejercer de cronista deportivo y asombrarse repetidamente con los galopes empinados de Contador o con los goles furibundos de Cristiano Ronaldo.

Pero Mariano, que siempre se preció de ser un buen chico, en absoluto revolucionario, parecía asumir su destino de hombre poderoso sin protestas, aunque con un deje de ironía socarrona que unas veces me recordaba a Álvaro Cunqueiro y otras, a Wenceslao Fernández Flórez. Era como si Mariano, alzado a unas alturas imprevistas e indeseadas incluso por él mismo, ya no se dedicara a otra cosa que a perfeccionar infatigablemente su papel de Gallego Impasible.

La última vez que vi a Mariano se presentaba a unas elecciones y alardeaba de ser un tipo previsible, un hombre aburrido, un señor con sentido común y del cual no cabía esperar sorpresas ni sustos ni vaivenes: solo un camino recto, predecible, fiable y exacto como un reloj suizo.

En él pensé el pasado viernes, mientras escuchaba cómo el Gobierno había cambiado de repente y por enésima vez sus pronósticos, sus convicciones, su programa, sus promesas.

 

(*) En la fotografía, de la Agencia Efe, Mariano dándolo todo.

Plasmados

Dicen los físicos teóricos, gente admirable, habitantes de un fascinante mundo de números, letras griegas y ecuaciones, que la materia se nos presenta en cuatro estados: sólido, líquido, gaseoso y plasma. Confieso que este cuarteto me provocaba hasta hace poco frecuentes dolores de cabeza. Yo sabía bien cuándo algo era sólido (la mesa), líquido (el agua) o gaseoso (el vapor), pero no podía siquiera intuir qué cosa era un plasma.

Acudía entonces a los libros, leía alguna hermosa definición y me quedaba atónito: «El plasma –ponía– es un estado fluido similar al gaseoso, pero en el que determinada proporción de sus partículas están cargadas eléctricamente y no poseen equilibrio electromagnético». Aquellas palabras rebotaban por las paredes de mi cerebro, bailaban juguetonas con mis neuronas y me dejaban de nuevo a oscuras, lleno de angustiosas dudas: ¿Qué demonios es realmente un plasma? ¿Qué forma tiene, cómo huele, a qué sabe? ¿Dónde puedo ver uno?

Ahora por fin lo sé: Rajoy es un plasma.

Lo veo hablar siempre por una pantallita extraplana, confortablemente encerrado, sin posibilidad alguna de interconexión con la humanidad preguntona, lejano y difuso como un demiurgo tecnológico y hasta me parece que, como aseguran los físicos, arrastra algún tipo de desequilibrio electromagnético: balbucea, se desdice, en ocasiones se trompica y nunca jamás bajo ningún concepto pronuncia la palabra Bárcenas.

Y veo luego a los dirigentes del Ayuntamiento de Logroño, que quieren restringir la entrada a los plenos municipales, y pienso que en el fondo también ellos (Merino, Gamarra, Sáenz Rojo) quisieran, como su Barbado Líder, disolver su incómoda solidez y convertirse en inaccesibles imágenes de plasma.

(*) En la foto, de Jon Nazca para Reuters, Rajoy nos contempla encerrado en mil pantallas. Me recuerda a cuando, en la película ‘Supermán’, los jueces del planeta Kripton metían a los malos en cristales y los mandaban a hacer puñetas por el Universo. Cosas mías.

El indulto posible

Leo en este periódico que a la Cofradía de las Siete Palabras le han vuelto a denegar el indulto que había solicitado. La negativa les ha dejado perplejos: el preso que pedían liberar el Jueves Santo era un hombre condenado por narcotráfico, arrepentido, que ya tenía cumplida la mitad de la pena y cuyo comportamiento en prisión estaba siendo intachable.

Pero no hubo manera. Los de la cofradía llevan tres años de peticiones infructuosas, así que les propongo que cambien de objetivo. ¡Olvídense de pedir el indulto para esa pobre gente que alguna vez cayó y ahora trata de levantarse! ¡Olvídense de raterillos y trapicheadores! Hay que buscar un banquero, un estafador o, en su defecto, un conductor kamikaze.

Esta receta, además, vale para cualquier Gobierno: ZP, que iba por la vida de rojo revolucionario, amnistió al banquero Alfredo Sáenz, que había sido condenado en firme por cometer un delito de falsa denuncia. Debemos recordar que Freddy Sáenz (llamémosle así, que suena más a película de Scorsese) es consejero delegado del Banco Santander y cobra unos 20 millones de euros al año. ZP se hizo caquitas o le debía favores. ¿O acaso creyó que eso era lo que debía hacer un rojo revolucionario?

Como Freddy ya está indultado y Gallardón va camino de limpiar todas las cárceles de conductores kamikazes, propongo a la cofradía que pida desde ya el indulto a Bárcenas o a Urdangarin. Quedaría poético y aleccionador verlos desfilar, contritos, mohínos y desinflados, con un capirote verde por las calles de Logroño. Aunque, siendo sincero, preferiría verlos de picaos en San Vicente de la Sonsierra, descalzos y atizándose de lo lindo con el flagelo. Y a la infanta Cristina disfrazada de práctico, abriéndole las carnes congestionadas a su Duque Empalmado con unos cristalitos bien puntiagudos.

Algún año de cárcel ya les perdonaría yo por eso.

 

(*) En la foto premonitoria de mi compañero Juan Marín, Urdangarin desfila con su capirote verde tras el indulto. Bárcenas, que es más chuleta y amante de los retos deportivos, ha preferido atizarse latigazos en San Vicente.

Moderado y razonable

Recuerdo que, recién ingresado en la Universidad, un sábado por la noche me dio por fumarme un paquete entero de cigarrillos Pall Mall. Hasta entonces jamás le había dado una miserable calada a un pitillo y desde ese día ya no he sido capaz de hacerlo.

Sostengo que aquella celebrada madrugada, cuya resaca pueden ustedes imaginarse sin que yo les pormenorice los dolores, náuseas, vómitos y demás truculencias, acabó por vacunarme contra el vicio de fumar. Ahora, cuando en los exámenes médicos me preguntan si soy fumador, yo sonrío y digo en voz muy alta, enfáticamente, casi subrayándome:

–¡No!

Y veo cómo los médicos de la mutua anotan esa respuesta con admiración, como si por fin hubieran encontrado un periodista de virtudes asombrosas (luego me hacen otras preguntas más puñeteras y ya no quedo tan bien, pero eso ahora no viene al caso).

Cuento esta historia porque hoy me encuentro anonadado, despistado, en estado de shock. Hasta ahora me paseaba por la calle con mi orgullo de no-fumador y veía con piedad a muchos parientes y amigos que, esclavos del cigarrillo, salían a la intemperie a echarse unas caladas o se ponían de un humor de perros cuando no podían fumar o trataban mil veces (sin éxito) de dejarlo o se pillaban un cáncer pavoroso. Sin embargo, esta semana he leído con estupor que mi presidente, Pedro Sanz, aconseja un «uso moderado y razonable» del tabaco.

¿Qué hago? ¿Qué se entiende por uso «moderado y razonable»? ¿Debo empezar a fumarme un cigarrillo, tres, diez, un paquete? Reclamo desde aquí al consejero de Salud que me aclare con urgencia estas dudas. Me acabo de comprar un mechero y, un poco tembloroso, estoy a punto de encenderme un Pall Mall. Todavía me da asco, pero… ¡Todo sea por mi bien!

 

(*) ¿En qué quedamos: fumar mata o sienta de puta madre? ¿O acaso solo mata en aquellos sitios en los que Altadis no tiene fábrica? La foto, por cierto, es de Reuters.

Las palabras de Jeremy

No me tomo muy en serio las cosas que dicen los actores. Tienen todo el derecho a criticar lo que quieran cuando les plazca (¡faltaría más!), pero me fastidia un poco la pomposidad con la que algunos cómicos se erigen en paladines de la cultura. Encarnar admirablemente al villano de James Bond, por ejemplo, no te convierte en un intelectual o en un humanista, palabras para las que reclamo un mejor uso. Recitar con soltura a Shakespeare no te brinda un mejor conocimiento de la realidad social, del aparato económico o del sistema democrático.

En mi vida he entrevistado a actores de muchas ínfulas, escasísimas lecturas y ningún sentido común, pero también a cómicos cultos y sabios como filósofos griegos. Es fácil distinguirlos: los primeros no pasan del eslogan vocinglero y los segundos dejan heridas profundas en el pensamiento.

En este segundo grupo acabo de incluir a Jeremy Irons, actor británico, entrevistado ayer en el suplemento ‘XL Semanal’. Irons está indignado con el sistema económico actual, pero no se queda en el simple eslogan pegadizo. Dice que la sociedad del eterno consumo ha explotado y confiesa que se deprime cuando escucha cómo los líderes políticos (hasta los de izquierdas) piden recuperar la voracidad consumista para salir del atolladero: «Se ha de vivir de una forma más sostenible –pide–. Tenemos que dejar de ser una sociedad de usar y tirar. Deberíamos producir y consumir cosas que duren y comprar los productos que necesitamos, no aquellos que queremos. Y desarrollar economías que sean estables, no que crezcan cada año».

Son palabras verdaderamente revolucionarias, que merecen una reflexión y que incluso nos emplazan a tomar decisiones personales urgentes: ¡ahí es nada comprar lo que nos hace falta y no lo que nos apetece!

Yo quiero ser Ana Mato

Yo quiero ser Ana Mato.

Quiero levantarme todos los días y sonreír al ver cómo las criadas visten a mis niños, tan monos y simpáticos. Quiero peinarme la melena en el tocador mientras mi maridito monta un fiestón de cumpleaños con setenta kilos de confeti, doscientos mil globos y veinte payasos con sus zapatones, sus corbatas coloridas y sus bombines. Quiero asomarme a la puerta del garaje y descubrir con grititos de alegría que mi hombre ha jubilado el Seat Toledo y se ha comprado un Jaguar. Quiero irme de viaje a Dublín y a Ginebra y a Tenerife y jamás preguntar nada. ¡Qué aburrimiento hablar de dinero! ¡Eso es cosa de hombres!

La vida para mí solo es una hermosa sucesión de viajes, cumpleaños, jaguares y primeras comuniones. No quiero saber nada, apenas alcanzo a sumar dos y dos, Jesusito sabrá lo que hace, yo bastante tengo con elegir las tartas, colgar las guirnaldas y cuidar amorosamente de mis geranios.

Si el puesto de Ana Mato está ocupado, entonces me pido ser la infanta Cristina. Me pido casarme con un mocetón vasco, jugador de balonmano, mundialmente famoso por sus vigorosos empalmamientos, que me hace unos hijos rubios y mofletudos y que de repente, vaya usted a saber cómo, comienza a facturar millones y millones de euros y me compra una mansión en lo mejorcito de Pedralbes. No sé bien a qué se dedica ni de qué va ese misterioso instituto que él preside ni, por supuesto, jamás se me ocurrirá preguntárselo. ¡Son cosas de maridos!

Quizá yo no pueda ser Ana o Cristina, pero me rindo ante estas dos señoritas que, si hemos de creer lo que nos cuentan sus abogados, tan felizmente ejercen de mujeres florero: decorativas damas que sonríen, sirven el güisqui a sus esposos y nunca jamás en la vida preguntan nada.


(*) En la foto, de la Agencia EFE, Ana lleva gafas de no ver (las mismas que utilizaba cuando a su marido, según la policía, le pagaban los jaguares, las fiestas, los viajes…)

De caseta a casota

A veces, cuando nos preguntan cosas incómodas, se nos cruzan los cables y escogemos la peor respuesta posible. Parece como si nuestras neuronas entraran en un repentino estado de ansiedad y comenzaran a chocar unas con otras, montándose un lío de mil demonios.

Todavía recuerdo a un antiguo consejero del Gobierno riojano (hace ya muchos años) que, acorralado por las denuncias de haber favorecido a no sé qué consorcio de su propiedad, convocó una rueda de prensa para sentenciar con solemnidad: «Yo no soy accionista de mi empresa». Aquel adjetivo posesivo (‘mi’) fue corregido de inmediato y quizá solo fuera un lapsus, pero arruinó todo su discurso exculpatorio y acabó con cualquier coartada posible, por más papeles, juramentos y certificados que entonces enseñase.

En esta vieja historia pensé cuando escuche el miércoles al presidente de La Rioja, Pedro Sanz, en el Parlamento. Acusado por la oposición de haberse construido un casoplón ilegal en Villamediana, no se le ocurrió otra cosa que decir, según leo en este periódico: «De las 700 irregularidades que hay en Villamediana, ustedes solo se fijan en Pedro Sanz».

¿Qué ha querido decirnos? ¿Que en efecto su casa es ilegal? ¡Por supuesto que sobre todo nos fijamos en usted! Cuando una persona asume una alta responsabilidad pública, debemos exigirle un plus de respetabilidad, de pulcritud, de honestidad. Resulta inadmisible que nadie (y menos un político con mando en plaza) se escude en que mucha otra gente ha hecho picias para poder hacerlas él mismo.

¿O acaso puedo yo dejar de pagar impuestos porque el amigo Bárcenas se los pasaba por el forro?

 

(*) En la fotografía, de mi compañero Justo Rodríguez, Sanz posa en su seiscientos a la entrada de su casa en Villamediana

Contra los políticos honrados

No se trata de Bárcenas, ese pijo acumulador de billetes. No se trata de Camps ni de Correa ni del Bigotes. No se trata de Amy, esa fantasmal columnista que se disfrazaba de Lady Gaga y cobraba sus articulillos a doblón. No se trata del caradura andaluz aquel que se gastaba el dinero de los parados en cocaína. No se trata de Fabra el del Aeropuerto, el hombre al que más veces le ha tocado la lotería del mundo. No se trata de Unió ni de los Pujolitos ni de Blesa (el enterrador de Caja Madrid). Yerran ustedes el tiro si solo se fijan en ellos. Debemos pedir cuentas a los políticos honrados.

Sé que los hay, aunque ahora mismo el PP, el PSOE y CiU nos parezcan reedificaciones de Sodoma y Gomorra. Sé que los hay, claro, pero también creo que ellos son en buena medida responsables de lo que está suciendo. Ellos. Porque chorizos hay en todas partes (una cierta cuota de malnacidos resulta inevitable en cualquier organización), pero en este caso los corruptos conseguían medrar gracias a la estulticia, la inoperancia o el miedo de los políticos honrados.

¿Acaso nadie se había enterado de los manejos oscuros de Bárcenas? ¿Es posible que nadie en la Junta de Andalucía se coscara del escándalo de los ERE? ¿En qué pensaba Jesús Caldera para pagar 3.000 euros por artículo a una tipa de la que nadie sabía nada?

Una de dos: o los políticos honrados estaban siempre en la inopia (y eso es muy malo) o tenían miedito, canguelo, cobardía: preferían transigir y mirar para otro lado en lugar de denunciarlo en voz alta, ganarse la animadversión de un enemigo poderoso y arriesgar su carrera.

Necesitamos políticos honrados, vale.  Pero, sobre todo, necesitamos políticos más valientes y menos apesebrados.

(*) En la foto de EFE, Bárcenas, en una Ejecutiva del PP del año 2009 cuando ya se olía la tostada. Sus compañeros de pupitre, todos honradísimos (¡faltaría más!), o estaban en la inopia o estaban acojonados. No sé qué es peor.

Aló monarca

Lo malo de hacer una entrevista blandita y algodonosa, una entrevista de mentirijillas, es que, al final, no sirve para nada…, salvo para desacreditar al entrevistador, al entrevistado, a la cadena que la emite y hasta al encargado de la escenografía.

Vimos el otro día a Jesús Hermida, con sus poses barrocas y sus palabras dulces como pastelitos, mantener una conversación (?) con el rey; un hombre al que se le pueden hacer, con todo el respeto, muchas preguntas: sobre los negocios de su yerno, sobre la fatiga monárquica que viene detectando el CIS, sobre la crisis que nos ahoga, sobre Cataluña… ¡Hasta sobre la fauna salvaje de Botsuana se le debería haber preguntado!

Pero los guionistas, Jesús Hermida, los directivos de TVE o quienes fueran, quizá por temor o tal vez por algún pacto previo, se olvidaron de hacer una entrevista. En su lugar, prefirieron bailar un minué largo y aburrido, un  ejercicio cortesano de reverencias, genuflexiones y besamanos: veinte minutos de espuma, veinte minutos huecos y leves como buñuelos de viento, veinte minutos de nada.

Si yo fuera el rey (o su jefe de prensa), ahora estaría muy enfadado. Han perdido una ocasión quizá irrepetible: afrontar las cuestiones que están en la calle por derecho y sin esconderse; dar respuestas razonadas y humildes a preguntas respetuosas, pero evidentes y francas. ¡Ni siquiera se necesitaba ser incisivo! Bastaba con haber parecido sincero, creíble y cercano. Nada resulta más majestuoso que un hombre de edad venerable que asume sus problemas, confiesa sus inquietudes e incluso pide perdón.

No sé de quién fue la idea de hacer así la entrevista, falsa como un trampantojo, pero creo que ha prestado un flaco favor a la monarquía.

 

(*) En la foto de EFE, el rey y Hermida durante la no-entrevista

 

Fin del mundo, año II

Acaba el año 2012 y lo mejor es que se largue de una puñetera vez.

Todos pensábamos que el fin del mundo iba a ser una cosa tremebunda y hermosa, con estrellas que implosionan, planetas que se retuercen y supernovas que se rompen pintando un firmamento de colores y, sin embargo, debemos admitir que está siendo un fin del mundo triste y gris, mezquino, sin fuegos artificiales ni espectáculos mayestáticos ni volcanes en erupción ni terremotos pavorosos; un fin del mundo cutre y ruin, de tercera división.

Como predijeron los mayas, la humanidad (al menos la humanidad española) se encamina hacia su extinción definitiva, pero no lo hace de modo festivo, jovial y bullanguero, como esperábamos los devotos de ‘Siniestro Total’, sino de manera lúgubre y perezosa: vamos hacia la consumación de los tiempos con los rostros mohínos, cansados ya de tanto luchar, hartos de bancos rapiñadores, patrias oprimidas y politiquillos insustanciales que solo saben atizarse mientras rezan  a sus ineficaces dioses (los mercados, la Merkel, la Unión Europea, Obama, la senyera) a ver si por casualidad escampa.

Lo malo de este larguísimo fin del mundo, que parece estirarse como una pesadilla de Dalí, es que continuará en el año 2013, ese nuevo calendario al que da miedo arrancar la primera hoja. ¡A saber lo que traerá! Uno ya no se atreve a desear que sea próspero, tan hiperbólico suena ese adjetivo; bastaría con que fuera un año normalito, corrientillo, ni fu ni fa. Un año para ir buenamente tirando mientras nos lamemos las heridas y pedimos que, si finalmente se acaba el mundo, al menos tengamos un apocalipsis serio, con sus ángeles trompeteros y sus terribles cataclismos y sus hidras de mil cabezas y sus siete sellos.

 

La Rioja

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