La Rioja

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Camino Soria
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piogarcia | 21-09-2016 | 19:52| 0

El hombre que se parecía a Aznar tenía mala memoria. A veces no recordaba dónde había puesto las llaves ni en qué paraísos fiscales había domiciliado sus empresas. Esos olvidos pequeños cada vez eran más frecuentes y le jugaban malas pasadas. «¿No me estará entrando un alzhéimer?», se preguntaba. Para luchar contra la demencia precoz, el hombre que se parecía a Aznar se compraba revistas de sudokus y todas las noches, antes de irse a la cama, rellenaba siete u ocho autodefinidos.

Llevaba unos meses sin trabajo. Se pasaba los días en chándal, iba a comprar yogures al Simply y luego, para hacer tiempo, se tomaba un cafecito en el bar. Aquel día, el hombre que se parecía a Aznar se pidió un cortado y observó que alguien había dejado sobre la barra el Diario de Avisos, que ya tenía las hojas casi transparentes por los manchurrones de aceite. Miró al camarero y le pidió permiso para hacer el crucigrama. El tipo no dijo nada, pero resopló con desgana: ¡estaba harto de esos prejubiletas que ganan un pastón pero no son capaces de gastarse un miserable euro en comprarse el periódico!

El hombre que se parecía a Aznar sacó un bolígrafo y fue rellenando cuadritos. Cuando llegó al número siete vertical, dio un respingo. Ponía: «Organismo que brinda asistencia financiera y técnica a los países en desarrollo». Eran dos palabras. Doce letras en total. Se lo pensó un rato. Empezaba por be, de eso estaba seguro, pero no le salía. De pronto dio un respingo. «¡Coño, el Banco Mundial!», exclamó. Le hizo tanta ilusión resolver el crucigrama –era de los difíciles– que inmediatamente sacó el móvil y llamó a su amigo Mariano para contárselo y de paso pedirle un trabajillo.

Luego se montó un lío de mil demonios. El hombre que se parecía a Aznar había olvidado por qué lo habían echado de su anterior curro. ¡Esa maldita memoria!

 

(+) En la foto, de la Agencia Efe, el hombre que se parecía a Aznar trata de anudarse el nudo de la corbata segundos antes de darse cuenta de que se la había dejado sobre la cómoda de la habitación.

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Aburrimiento
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piogarcia | 11-09-2016 | 11:38| 0

En el verano, los niños de antes nos aburríamos. No había ludotecas ni campus de fútbol ni actividades extraescolares ni animadores infantiles. Por las tardes, tumbados en el sofá, veíamos esas primeras etapas del Tour de Francia, largas como una penitencia, en las que nunca pasaba nada, salvo alguna caída multitudinaria en una rotonda, mientras afuera el sol atizaba despiadadamente y se abatía sobre nosotros un sopor colosal, un sopor implacable y espeso, que nos hundía en unas siestas oscuras de las que uno emergía dos horas después aturdido y desmelenado, sudoroso, como quien acaba de superar un virus terrible.

En aquellas tardes de verano, el tiempo se dilataba como en las teorías de Einstein o en los cuadros de Dalí y los minutos se estiraban y las horas languidecían y no había, en fin, nada que hacer.

Aquel era un aburrimiento profundo, un aburrimiento de cuarenta grados a la sombra, un aburrimiento silencioso que, a veces, inesperadamente, engendraba torbellinos. Acuciado por el tedio, de pronto a uno se le ocurrían ideas abominables, como agarrar una carabina y pegar cuatro tiros a los pajarillos o hacer locuras con la bicicross para acabar descalabrado en alguna acequia. En otras ocasiones, sin embargo, el hastío invitaba a coger un libro y a leerse de una sentada Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo, o a inventarse apasionantes aventuras que convertían el pueblo en el río Amazonas o en la Siberia rusa, según uno quisiera ser De la Quadra Salcedo o Miguel Strogoff.

Pienso ahora en aquellos veranos y me da un poco de lástima que los chavales de hoy, sometidos a tantos y tan frenéticos estímulos, estén perdiendo –¡también en verano!– esa sensación de aburrirse, de no saber qué hacer, de no tener nada previsto ni organizado. El aburrimiento, bien mirado, suele ser fecundo.

 

(*) En la fotografía, de Efe, el pelotón ciclista pasa por un campo de girasoles en una etapa larga y llana del Tour de Francia. Me está entrando sueño solo de escribirlo.

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El filósofo salvaje
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piogarcia | 08-08-2016 | 19:52| 0

Entrevistar a Gustavo Bueno era un deporte de riesgo. Acostumbrado a preguntar cosas obvias a políticos o futbolistas envasados al vacío, de repente le tocaba a uno cruzar tres palabras con un filósofo materialista que había compuesto toda una teoría del mundo (el Cierre Categorial) y que abrumaba a su interlocutor con una cascada vehemente de ideas, de reflexiones y de citas. Era imposible prepararse nada. Sólo cabía rezar para que don Gustavo fuera piadoso cuando se diera cuenta de que el periodista que le habían mandado era, ay, un inepto casi ágrafo que ni siquiera había leído a Wittgenstein.

Siempre sentí el mismo temblor cuando me tocó hablar con él. La primera vez que lo entrevisté me recibió con una sonrisa y esa imagen descuidada de cura viejo –él, tan ferozmente ateo–, con su chaqueta marrón y su niqui blanco abotonado hasta el cuello. Me senté a su lado. Él bebía nerviosamente sorbos de un botellín de agua. Su mujer, Carmen, estaba a su lado. Le acercaba las gafas, a veces le peinaba.

Saqué mi grabadora, la puse sobre la mesa. Luego abrí mi cuaderno, cogí el bolígrafo y le hice la primera pregunta. No recuerdo cuál. Una pregunta sencillita, breve, algo sin demasiado picante. Una pregunta para empezar.

La respuesta le llevó media hora. Fue una conferencia vibrante, dictada con un entusiasmo fiero. Hablaba don Gustavo como si le fuera la vida en ello, con meandros que empezaban muy lejos, en alguna montaña remota, y acababan desembocando milagrosamente en la materia sobre la que se le preguntaba. Por allí aparecían de repente Tomás de Aquino, Marx, Heidegger, Feuerbach, Kant, Spinoza…, qué sé yo. En ese momento comprendí por qué sus estudiantes de la Universidad de Oviedo habían montado un follón de mil demonios cuando le quitaron la cátedra: escucharle tenía algo de lisérgico. Era un hombre que hablaba con una pasión desaforada, electrizante, y en su boca Demócrito o Agustín de Hipona no eran sabios pretéritos, sino tipos de voz urgente con los que había que discutir a puñetazos.

Cuando acabó de responder aquella primera pregunta, yo resoplé aturdido y me di por vencido: era imposible escribir todo aquello en el periódico. Suspiré y seguí adelante. Con cada pregunta, don Gustavo se iba calentando más y más, hasta llegar en varias ocasiones al punto de ebullición. Se agitaba en la butaca, bebía sorbos pequeñitos de agua y engarzaba citas infatigablemente, con ese acentazo riojano que le daba un aire de pueblo, como si fuese un agricultor al que inopinadamente le hubiese caído encima un monumental chorro de erudición.

Cuando, al final de la entrevista, don Gustavo, exaltado por la mención del nacionalismo vasco, pidió mandar los tanques al País Vasco y cargó despiadadamente contra la desfachatez de algunos periódicos y la incultura de varios políticos («¡hablan de las humanidades y ni siquiera han leído a San Jerónimo!»), Carmen, su mujer, le reconvino algo asustada. «Ten cuidado, Gustavo, por favor. No digas barbaridades. Que luego pasa lo que pasa». «Déjame en paz –se revolvió él–, digo lo que quiero».

Acabé aquella entrevista exhausto y derrotado. Era imposible meter todo aquello en una página. Pero, quién lo iba a decir, me había divertido de lo lindo. Había conocido a un filósofo puro. Un filósofo salvaje.

 

(*) Mi compañero Fernando Díaz capta en la fotografía esa mirada coriácea, y un poco atemorizante, de don Gustavo cuando alguien decía una tontería.

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Miedo
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piogarcia | 25-07-2016 | 18:19| 0

Aquel hombre me miraba.

Yo estaba metido en la cama, embozado, escondido en mi trinchera, sin atreverme casi a respirar, pero sabía que aquel hombre me estaba mirando y esa acuciante certeza me afilaba los nervios. A veces asomaba la cabeza por la sábana con la esperanza de que el intruso se hubiese ido. No. Ahí estaba. Sentado en una silla, inmóvil, amenazante, silencioso, impávido, cruel. Llevaba sombrero y me miraba fijamente. A lo lejos se oía la televisión. Echaban Curro Jiménez. Quería gritar, pero las palabras hervían en la garganta y se esfumaban antes de ser pronunciadas.

Estaba petrificado: intuía que cualquier movimiento, por pequeño que fuera, podía desencadenar una hecatombe. Llegué a desear que aquel hombre se abalanzara sobre mí y me golpeara con saña, que acabara así de una maldita vez con ese tiempo congelado, con esa insoportable expectativa de catástrofe.

Veinte años después, estaba sentado junto a mi novia en un banquito metálico del aeropuerto Charles de Gaulle, en París. Teníamos que coger un vuelo hacia Ajaccio (Córcega). Eran las diez y media de la mañana. A nuestro lado alguien había dejado una humilde y ajada mochila de color pardo. Quince minutos más tarde, aquella mochila solitaria, pacíficamente tumbada sobre el banco, se fue convirtiendo en una amenaza cada vez más terrible. Barruntábamos que su vientre abultado escondía algo atroz y espeluznante, algo fúnebre.

A las once menos diez avisamos a los gendarmes y nos fuimos lejos de allí.

El miedo puede convertirse en un enemigo poderoso y asfixiante, opresor como una dictadura. Entonces conviene recordar que esos hombres malvados que nos miran fijamente suelen ser los pantalones y las camisetas mal colocados en la silla.

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Espejos
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piogarcia | 23-06-2016 | 08:42| 0

Si se cumplen las encuestas, Podemos se convertirá en la segunda fuerza política en España. No comparto el histerismo de quienes los dibujan con rabito y cuernos, pero confieso que hay algo en Iglesias que me inquieta. Quizá sea su campaña electoral: yo soy un tipo frío y defiendo una política cartesiana y sin aspavientos, así que tanto corazoncito y tanto golpecito en el pecho y tanta lagrimita me ponen un poco nervioso.

Conozco, por otra parte, gente de buen criterio que ha decidido votarles, pero cada uno lo hace por un motivo distinto y a veces incluso contrapuesto, como si en lugar de un Podemos único encontrásemos seis millones distintos de Podemos, tantos como votantes aspira a tener: el socialista, el comunista, el de la gente de abajo, el de la autodeterminación, el antieuropeísta, el europeísta, el anticapitalista, el socialdemócrata, el revolucionario radical, el reformista tibio, el que quiere dar órdenes a los jueces, el que defiende la separación de poderes…

Tal vez ese sea el gran mérito de sus dirigentes: han sabido construir un partido camaleónico, una enorme galería de espejos que a cada elector le ofrece una imagen distinta y apetecible; la imagen que está deseando contemplar. No es que Podemos no tenga ideología; es que las tiene casi todas. Nos encontramos, como sugiere su programa/catálogo, ante un partido Ikea: Iglesias suministra a cada votante tornillos y tablas variados para que cada uno se monte el mueble que quiera. Y funciona.

Pero habrá que gobernar. Y olvidada ya la ficción de los círculos, será Iglesias (él y solo él) quien determine qué Podemos triunfará. Los espejos irán haciéndose añicos y quedará uno solo; el verdadero. Me molesta no saber cuál es. Quizá ni el propio Iglesias lo sabe aún. Y yo, que profeso un ferviente agnosticismo, me resisto a confiar ciegamente en ningún mesías.

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Calimocho
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piogarcia | 07-06-2016 | 10:16| 0

Señores dueños del vino de Rioja, severos guardianes de las esencias, inquisidores varios, prepárenme ya el sambenito y vayan prendiendo la mecha de la hoguera. Lo confieso:
He bebido calimocho.

Y encima concurren terribles circunstancias agravantes: vengo de familia bodeguera, hago vino y soy de Fuenmayor. Me gusta, para colmo, el tinto clásico de Rioja, tan alejado de la dictadura parkeriana, redondo y con su toque de madera, sin aristas ni angulosidades, que se desliza por el gaznate como una caricia. He crecido entre agricultores y cosecheros. Recuerdo ahora a mi tío Seve, un verdadero alquimista, matrón de unos vinos magníficos, que, a veces, cuando llegaba el verano y el calor apretaba, le echaba un chorretón de gaseosa helada al tinto: era el único refresco que le gustaba.

Cada cosa tiene su momento. A mí, la ginebra me sabe a colonia, el whisky me remuerde y el ron me pone dolor de cabeza. Así que, las raras noches en las que salgo de copas, basculo humildemente entre cervezas y calimochos, mientras los demás se piden unos gintonics barrocos que parecen macedonias azules con cagaditas de cabra en suspensión. Y, sin embargo, el que se está cargando el vino de Rioja soy yo, que lo bebo.

Quizá debamos preguntarnos, señores inquisidores, por qué los jóvenes españoles han dejado de tomar vino. Entre todos lo hemos convertido en un arcano impenetrable, una bebida solo para iniciados, como si para disfrutarlo fuera necesario haber hecho un máster en enología, poner cara de estreñido y paseárselo sacerdotalmente por todas las papilas posibles hasta encontrarle inexplicables retrogustos a frutos del bosque o remotos aromas a regaliz. Y mientras tanto los chavales se piden una caña o consumen garrafones enteros de lambrusco, que es un vino malo pero divertido y que no exige ningún título universitario.

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Desconexión
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piogarcia | 19-05-2016 | 08:39| 0

Querido Josep Maria Bartomeu, presidente del FC Barcelona.

Déjame darte las gracias por ese tuit tan caluroso con el que el club saludó hace unos meses mi llegada a la Generalitat. Me alegra saber que compartimos la idea de que ahora se abre una etapa apasionante  para nuestro pequeño país, a un paso ya de la independencia. Te confieso, amigo Barto, que tenía dudas de que el Barcelona se implicase en el procès: ¡A ver si por cuatro aficionados renegridos que tenemos en Extremadura vamos a pensar que somos un club cosmopolita!

Aprovecho para pedirte una cosa, amigo Barto, compañero en esta apasionante aventura. Como sabrás, estamos ultimando la desconexión con España, pero nos resulta todo muy farragoso y árido, como sin épica. Queremos crear una Hacienda propia, sí, pero eso de cobrar impuestos está mal visto, es un coñazo y además es ilegal, así que podemos acabar todos en la cárcel o, aún peor, inhabilitados y sin que nadie nos haga ni puñetero caso. ¡A la prensa internacional eso le resbala! Así que en el Govern hemos pensado que hay un método más efectivo de desconectarnos. Y además legal.

Abandonemos la Copa del Rey, amigo Barto, ahora que vamos a jugar la final. Eso sí que sería un puntazo. Demostraríamos que vamos en serio, la prensa internacional nos sacaría en sus portadas y vendrían televisiones de todo el mundo: la BBC, la CNN, la RAI… Todas abrirían sus informativos con nuestro orgulloso desplante. ¡Eso tendría mucho más impacto que unos pitiditos y unas esteladas, aunque sean de contrabando! A cambio, el Barça podría centrarse en la Copa de la Generalitat, que últimamente la tiene algo descuidada y que, sin embargo, es algo mucho más racial y más nuestro que ese torneo extranjero en el que no se nos ha perdido nada. ¡Libéranos ya de esta infame opresión borbónica, amigo Barto, tú que puedes! Tienes en tu mano la revancha de 1714.

Visca Catalunya Lliure.

Firmado: Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat.

(*) Postdata: ¿No te hierve la sangre, amigo Barto, al contemplar esta hermosa fotografía de Reuters?

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500
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piogarcia | 11-05-2016 | 18:35| 0

Una vez me dieron un billete de 500 euros. Al principio me hizo ilusión. Lo vi morado y orondo, fecundo y promisorio.

Luego empecé a sentirme sucio. Lo saqué de la billetera para que la gente no murmurara y lo guardé cuidadosamente entre las páginas de un libro. Lo coloqué en el capítulo LXVIII de la segunda parte del Quijote («De la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote»). Ese día apenas pude conciliar el sueño. Di mil vueltas en la cama, inquieto, sudoroso, desesperado. Algo me corroía por dentro: una íntima  y vaga desazón. A las cinco de la mañana me levanté, tomé un café y supe lo que me pasaba: había cometido una profanación.

Fui a la estantería, cogí el Quijote, saqué el billete de 500 euros e intenté meterlo en otro libro, pero no encontré ninguno adecuado. Desesperado, atrapado en una decisión irresoluble, esperé a que dieran las nueve, me vestí, bajé a la librería, fui a la sección ‘Periodismo’ y, tapándome la cara con un pasamontañas, compré Ambiciones y reflexiones, de Belén Esteban. Me regalaron una botellita de vino. Guardé el billete entre sus páginas y oculté el libro entre las obras completas de Paulo Coelho. Luego me bebí el vino.
Pero seguí sintiéndome sucio, víctima de una vergüenza cada vez más profunda y dolorosa. No podía pagar nada con él y tampoco quería llevarlo al banco y soportar la mirada torva e inquisidora del cajero. Angustiado, consumido, definitivamente aterrado, alguien me pasó un número de teléfono.

Llamé.

Me contestó una señora de voz ronca. Entre sollozos, le conté mi problema. La señora de voz ronca –creo que se llamaba Rita– soltó una carcajada gutural y dijo que le diera el billete, hombre, que ella no hacía preguntas y se encargaba de todo.

Le estoy muy agradecido.

(*) Esta foto de la Agencia Reuters retrata el momento en que Rita me enseña cómo manejar billetazos.

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Offshore
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piogarcia | 14-04-2016 | 09:34| 0

Yo, señores, no soy mala. Organizo rastrillos benéficos con mis amigas marquesas (Fifí, Pitita, Cuqui) y ahí vamos todas con nuestros abrigotes de pieles, dispuestas a bajarnos de los muchos apellidos que tenemos para ponernos un delantal y servir un chocolate a los visitantes.

Los pobres nos duelen, señores, y es un dolor que sentimos muy adentro, como si un aguijón se nos clavase por entre las perlas del collar, y por eso damos un óbolo generoso (¡demasiado generoso diría yo!) a las cocinas económicas para que coman los pobres, que son seres humanos, de eso estoy convencida, aunque a veces huelan mal y muchos no tengan educación ni principios morales. Luego, con la conciencia bien tranquila, tomamos el avión y nos vamos a Panamá.

En aquel edén, señores, descansamos de tanta generosidad y nos paseamos en pareo mientras el señor Mossack y el señor Fonseca nos sirven daiquiris junto a la piscina. Es agradable encontrarse allí con tantos viejos amigos. Vemos a Pedro, por ejemplo, que nos resulta tan pintoresco con esos pelos de loca y ese hablar oxidado de cuando la Movida. Le gritamos ¡¡¡Pedrooooo!!! y él nos hace reír con sus diatribas furibundas contra la derecha rapiñadora mientras se hace graciosamente el tonto (como mi sobri, como Anita Mato) cuando ve a su hermano Agustín de aquí para allá llevando sobres.

También jugamos a descubrir dónde cae en el mapa la isla favorita de Imanol, ésa en la que tuvo la ocurrencia de poner su sociedad, y nos damos cuenta de cuánta geografía estamos aprendiendo desde que estamos en Panamá. Luego, para matar la tarde, solemos echar una partida de bridge con los Pujolitos, con Bertín y con ese chico que se parece tanto a Aznar y, entre carcajadas, llegamos a la conclusión de que España nos roba a todos. ¡Bastante ayudamos ya a los pobres como para encima tener que andar pagando impuestos!

(*) En esta bonita foto, de Lara Barreriro para la Agencia Efe, aparezco rastrillando, que es lo mío.

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Rigodón
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piogarcia | 10-04-2016 | 15:29| 0

Siempre tuvo Mariano Rajoy aire de senador decimonónico, de busto ornamental colocado en los pasillos del Congreso, de personaje de novela de Galdós, con esos discursos castelarinos, repletos de palabras hermosas y olvidadas (ah, quién pillara hoy un buen rigodón).

Lleva don Mariano colgada del rostro una perpetua mueca de estupefacción, asombrado quizá, y también un poco asustado, por todos esos inventos modernos, como la luz eléctrica, el coche sin caballos o el teléfono sin cables, que no anuncian nada bueno y que vaya usted a saber a dónde nos llevarán.

Va don Mariano puliendo hasta la perfección su imagen de prohombre antiguo y conservador, de candidato a una de esas admirables esquelas del Abc, de anciano prematuro que se sienta con su café con leche, su puro habano y su copita de orujo en la mesa del casino, de jubilado socarrón que coloca ruidosamente las fichas de dominó mientras despotrica, a veces incluso con gracia, contra esa ingrata juventud que ya no respeta nada, ni la religión ni la monarquía ni el registro de la propiedad, augustos pilares de nuestra civilización occidental.

Todo le da cada vez más pereza a don Mariano porque todo le parece un lío tremendo y, cuando tiene un micrófono delante, se enreda con las tautologías y le salen cosas surrealistas y sorprendentes, cosas que, declamadas con la entonación justa, parecen versos de Góngora. Uno le oye decir, por ejemplo, «tenemos que fabricar máquinas que nos permitan seguir fabricando máquinas, porque lo que no van a hacer nunca las máquinas es fabricar máquinas a su vez» y se queda pensando en círculos, con las palabras girándole en el cerebro como derviches sufíes, hipnotizado y empequeñecido ante un oráculo imposible de desentrañar que a lo mejor esconde los secretos del universo.

(*) En la fotografía, de Alejandro García para la Agencia Efe, Rajoy, ilusionado, mira a una moza antes de proponerle bailar un rigodón

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