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Rosa Roldán

Perrygatos. Perros y gatos

Historia de un abandono en cuatro actos.

Javier Babuglia, gran fotógrafo y mejor persona, ha querido compartir esta historia que muestra las miles de historias que se esconden tras los muros de las perreras de nuestro país. Muchos abandonos se podrían evitar meditando cuidadosamente la responsabilidad que implica un ser vivo en nuestras vidas. Os invito a leerlo y a reflexionar.

Acto primero, el abandono.

Llegas a la Perrera, excitado, hueles que algo va mal. Algo va mal. Hay mucha tensión y crispación en el ambiente. No te gusta ese sitio que huele a perro húmedo de tristeza. Quieres clavar tus pezuñas en el suelo pero te arrastran fuerte hacia adentro, y antes de traspasar la puerta de hierro te cagas de miedo. Alguien agarra tu correa y te sujeta, mientras tu dueño se pierde en un despacho oscuro como la noche, para siempre. Papeleo. No has podido ni darle el último lametón. Eres un amasijo de nervios en tierra extraña, no paras, eres un fantasma. Oyes cientos, miles de voces susurrándote, pero tú sólo afinas el oído para escuchar la voz de tu amo entre los extraños. No la oyes. Ya nunca más la oirás. Y por algún extraño instinto, lo sabes, aunque no quieras creértelo. “Él volverá”… pero nunca más sabrás de él. Te arrimas a la puerta y escuchas cómo su coche, aquel coche que aprendiste a identificar entre todos los de la ciudad, ese mismo coche se va. Para siempre.

Acto segundo, traslado a la celda.

Estás sólo entre un montón de extraños. Aterrorizado. Una puerta se abre al fondo, y tras ella resuenan aullidos de tristeza. No quieres entrar allí. Te resistes, pero eres pequeño y estás sólo. Miras de reojo buscando a tu dueño, esa mano amiga que siempre te sacaba de todo apuro. Pero estás solo y un hombre grande te arrastra hacia el fondo frío. Eres un cachorro asustado, y te meas de miedo mientras te arrastran a tu celda. Ves otros perros encerrados que te miran con camaradería, como un soldado arrasado por la metralla mira a otro. Por fin te meten dentro, parece que alguien ha preparado un poco de agua y un cuenco de comida, y hay una cama caliente hecha de periódicos. Y piensas en cuando vuelvas a casa, en tu sofá, en las caricias de tu dueño… Y todo te parece una equivocación o una broma de mal gusto: “¡cuánto tarda mi dueño! Él me sacará de aquí, ¡yo no voy a acabar aullando de dolor como vosotros, tristes perros abandonados!”

Acto tercero, viaje a la locura.

La adrenalina sigue disparada mientras saltas en tu celda, y no paras de echar babas como si hubieras corrido durante horas. Aquí los ladridos no cesan. “¿Cómo va a encontrarte tu dueño entre tanto ruido?” Es inútil ladrar, inútil empujar la puerta o morder los barrotes. No hay escapatoria posible, todo intento es vano. Y de repente una flecha de locura se clava en tu cerebro, “¿y si me han dejado aquí encerrado para siempre?” y te duele todo el cuerpo. Todo ha sido un error, piensas; esto no puede estar pasándome a mí. Tienes frío y miedo, e intentas recordar qué hiciste mal, qué error cometiste para merecer esto, pero no entiendes nada, todo ha sido tan perfecto hasta entonces… los juegos en el parque, los viajes aburridos en el asiento de atrás con ese incómodo cinturón, las chuches, mojarse en los charcos… Estás agotado de tener los músculos en tensión, y un sueño febril te vence, y duermes. “Cuando despierte, todo se arreglará, yo no voy a ser un triste perro abandonado…”

Acto cuarto, el sacrificio.

Ya han pasado catorce días, que pesan como catorce lustros. Hoy parece que va a ser diferente, pues todo el mundo me hace más caso que de costumbre. Han venido varios señores y han intercambiado alguna broma con la persona que me trae la comida, aunque éste les ha contestado un poco tajante y aire lúgubre. Parece que señalan la bonita marca morada que me hicieron ayer en el lomo. Quizá mi dueño por fin me haya encontrado y espere fuera, y estos señores me vayan a llevar con él. Me quitan mi collar y lo colocan en una percha de la pared. Me siento raro sin él, lo he llevado siempre; mi cuidador dice que ya no voy a necesitarlo más. El cuarto al que me llevan en brazos es silencioso, y la camilla muy fría. Los guantes, la jeringuilla, los espasmos musculares, y la rigidez final, son sólo el final más común y repetido de esta historia. Dar un lametón de mi parte a mi dueño si algún día lo veis, decirle que en esta celda siempre me acordé de él y del tiempo que vivimos juntos, y que me hubiera gustado quedarme rígido sintiéndome entre sus brazos.

De: Javier Babuglia

http://www.javierbabuglia.com

http://www.babuglia.net

El protagonista de la foto que acompaña este post es Sali que ya vivió la experiencia de pasar por la perrera municipal de Logroño pero, tuvo la fortuna de ser rescatado por Animales Rioja antes de su sacrificio. Ahora vive en acogida a la espera de su hogar definitivo. No puede ser más bueno y cariñoso. Si te animas a darle un hogar para siempre, contacta con: info@animalesrioja.org

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