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J.A. Salazar

Basket viejuno

Las últimas finales de los New York Knicks

Los Knicks disputaron su última final hace veinte años. El recuerdo de aquel equipo debe marcar el camino de una franquicia que esta temporada se despeña hasta la última posición de la Conferencia Este.

Hay algo asombrosamente excitante en apoyar a los equipos malditos. La mayor parte de los deportistas y equipos de cualquier deporte han perdido más que han ganado. Osea que las cuentas no salen. Alguien tiene que perder para que haya un ganador. Y éstos últimos acaban por conformar el imaginario de las franquicias ganadoras en la NBA, muy escasas, y más en un país como los Estados Unidos.

Sin embargo, los Knicks están más allá de los meros números. Es cierto que han jugado ocho finales de la NBA y muy pocos pueden decir esto. El problema es que han perdido seis de esas ocho finales y sus dos anillos datan de 1970 y 1973. Otros tiempos. Todavía alejados de los focos planetarios que iluminan a la NBA desde los años ochenta.

 

 

Pero los Knicks están por encima de todo esto.

Quizá la temporada 1998/1999 supuso la mejor metáfora del equipo de baloncesto que juega los partidos como local en la capital del mundo. Aquellos Knicks fueron una avalancha de emociones en la temporada del lockout, de la huelga de jugadores. Un torbellino de milagros en una temporada denostada, por incompleta, tan solo se disputaron cincuenta partidos de temporada regular.

No obstante, aquellos Knicks tenían algo. Algo que enamoraba. Quizá porque el ser humano tiende a tomar partido por David antes que por Goliat, o por la República antes que por el Imperio. O por un equipo destrozado por las lesiones que se plantó en la final de la NBA desde el octavo puesto de la Conferencia Este, en vez de por la máquina de precisión que simbolizaban aquellos Spurs, que quizá contaban con el mejor juego interior de la historia.

Pero así fue. Los Knicks habían atravesado una década de los noventa mayoritariamente ganadora, fundamentada en Pat Ewing, John Starks y el entrenador del showtime y de la gomina, Pat Riley, el gurú del baloncesto, el entrenador estrella. Sin embargo, aquellos oropeles habían pasado. El símbolo Ewing encaraba sus últimos años en la Liga, Starks había sido traspasado a los Warriors y Pat Riley empezaba sus primeros años en una franquicia joven pero muy de moda, los Miami Heat.

 

 

Casi nada hacía presagiar lo que iba a suceder en aquellos playoffs del año 1999. Jeff Van Gundy, un entrenador con pinta de profesor de Física y Química, había salvado su puesto milagrosamente clasificando in extremis al equipo para los playoffs en octava posición. Todo parecía indicar que los Knicks venderían cara su piel pero acabarían cayendo ante los Heat de su exentrenador Pat Riley, Tim Hardaway y Alonzo Mourning. Hubiera sido lo normal. Pero en una serie a cinco partidos, los Knicks pensaron que no. Que mejor otro día. Allan Houston anotó a ocho décimas del final la canasta ganadora de aquella serie en casa del rival en el quinto partido. A cara o cruz. A vida o muerte.

Y se plantaron en la final de la NBA tras dos series durísimas, a cara de perro, típicas de aquella conferencia Este de los noventa, donde los partidos simplemente no llegaban casi nunca a cien puntos. Baloncesto duro. Defensivo. Donde los palos estaban esperando a la vuelta de la esquina. Pero los Knicks prevalecieron, a pesar de perder a Ewing (que por aquel entonces ya ejercía de baluarte defensivo más que de pívot anotador), en las finales de Conferencia ante los durísimos Pacers de Reggie Miller y Rik Smits.

 

 

Era aquel de los Knicks un equipo extraño. El puesto de base lo compartían dos jugadores antagónicos. Charlie Ward solía ser titular, un base afroamericano que había sido jugador de fútbol americano en la universidad, pero que jugaba como un base blanco. Frío, cerebral y poco amigo de acaparar tiros en ataque. Chris Childs ponía el picante, la mayoría de las veces desde el banquillo. De explosión tardía, había sido fichado desde los vecinos Nets para mirar algo más al aro desde la posición de base. Sin embargo, el entrenador Van Gundy prefería, en la mayoría de las ocasiones, el orden que proponía Ward.

Las alas eran pura poesía en aquel equipo. Allan Houston, la suspensión interminable, la elegancia hecha jugador de baloncesto. Saliendo de los bloqueos o llevando al defensor al poste. ‘Hilo de seda’ Houston le llamaba Andrés Montes. Otro acierto del maestro.

Latrell Sprewell había llegado aquel verano de 1998 desde Golden State a cambio del símbolo Starks, aquel que defendía a Michael Jordan en los playoffs de los primeros noventa. ‘Clemenza’ Starks, otra genialidad del maestro Montes. Sprewell era todo lo contrario a Allan Houston. No había nada de elegancia en su juego, pero el balón terminaba en la canasta. También resultaban antagónicos. Como cuando en una boda suena el ‘Follow the leader’ y luego le sigue el ‘Highway to Hell’. Distintos pero complementarios. Un lujo para el espectador.

 

 

En el juego interior era donde se torcía la cosa. Larry Johnson y Pat Ewing, ambos ya machacados por las lesiones, tenían que defender en aquellas finales a la segunda versión de las torres gemelas de Texas, Tim Duncan y David Robinson. Porque sí. Los rivales eran los San Antonio Spurs. De Duncan, de Robinson, de Sean Elliott… y de Gregg Popovich.

Popovich encaraba su segunda temporada como entrenador jefe en la liga. De joven, se había graduado en Estudios Soviéticos, una curiosa licenciatura universitaria en los tiempos de la Guerra Fría. De cómo llegó Popovich a general manager de los Spurs de San Antonio ya casi nadie se acuerda. Pero llegó. E hizo la jugada maestra mejor orquestada desde la canasta de Belov en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972. Tras una década de los noventa exitosa pero estéril bajo el paraguas del anotador David Robinson, el pívot formado en la Marina de los Estados Unidos se lesionó para toda la temporada. Sin su estrella, aquellos Spurs se desplomaron… y Popovich destituyó a su entrenador Bob Hill para elegirse a sí mismo como su sucesor. Ya era entrenador jefe.

El resto es historia. Los Spurs fueron agraciados con el número uno del draft de 1997. Tim Duncan. Popovich se la jugó y le tocó el gordo de Navidad. Con Duncan y Robinson, las victorias caerían por su propio peso, se dijo. Y así fue. Competir contra aquellos Knicks desvencijados fue, en realidad, su recompensa.

 

 

Y así llegaron las finales. Pat Ewing había caído en la Final de Conferencia. Los pívots suplentes de los Knicks eran el jovencísimo Marcus Camby, Kurt Thomas y Chris Dudley. ‘Samurai’ Camby había llegado a Nueva York tras dos decepcionantes temporadas en Toronto y Dudley era el típico pívot blanco, grande y falto de cualquier cosa que se aproximara al talento, al menos sabía bloquear y cerrar el rebote. Pero defender a Duncan y a Robinson era otra cosa. Larry Johnson era una ala pívot bajito, también limitado por las lesiones, falto de la explosividad que le había encumbrado como uno de los mejores Power Forward de la liga en los Charlotte Hornets. Así que, aunque pudieran ser una de las finales más desniveladas de la historia de la liga, los Knicks dieron el callo. Forzaron cinco partidos, ganando el tercero. 4-1. Poco más había en el zurrón. Pero la leyenda de los Knicks se agrandó.

La leyenda de la maldición, de otra final perdida. Pero de una final donde el público animó a los Knicks, como los presentes en una final de Grand Slam cuando uno de los tenistas se pone dos sets abajo. Queríamos más espectáculo. Más épica. Más resistencia. Y los Knicks cayeron con el honor reservado para los mejores. Ewing forzó para volver a romperse. Se hizo añicos el talón de aquiles para poner fin a su físico privilegiado. Pero hicieron soñar al Madison, en el cruce de la séptima con la octava, a Spike Lee, que ya por entonces se sentaba en la primera fila del pabellón. Y para recordar al mundo que siempre es más divertido apoyar a los malditos.

P.D.: Phil Jackson ganó sus dos primeros anillos como jugador de los Knicks en aquellas finales de 1970 y 1973. El Señor de los Anillos se convertiría más tarde en el único terráqueo que cuenta con más anillos que dedos en las manos… pero ninguno más engrosaría las vitrinas de los Knicks.

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Pildoritas de baloncesto viejuno, joyas olvidadas y algo de actualidad cuando tercie

Sobre el autor

Aficionado al baloncesto desde chiquitico