Risueño prócer. Habrás notado como yo la rareza que supone ver despobladas desde temprana hora amplias zonas de nuestra ciudad dinamizadas hasta hace nada por el ajetreo de la grey infantil, el alboroto juvenil, las correrías adolescentes, el barullo de padres que van y que vienen. Que iban y que venían, porque esa actividad tan rica corre el riesgo de perecer y llevarse consigo grandes dosis de vida ciudadana congregada en torno a escuelas e institutos, el trajín que tanto contribuía a una feliz convivencia vecinal y de paso galvanizaba sectores varios del comercio (empezando por el gremio de las chuches). Alrededor de los colegios reina hoy el silencio, un silencio escalofriante si te tomas la molestia de compararlo con el ruido ambiente anterior a la implantación de esa tendencia educativa que llaman jornada continua.
Con ella ha pasado como con tantas otras cosas de nuestro tiempo borreguil: que algo se pone de moda y a ver quién es el guapo o la guapa que dice que no. Quién se atreve a advertir que semejante norma oculta efectos perversos y que uno de ellos es el arriba citado: acabar con la condición del colegio como faro, oráculo y centro neurálgico de cada barrio. Wert me libre de meterme en la cabeza de las familias que optaron por regalarse este nuevo modelo de enseñanza, votación mediante: esa papeleta es sagrada y lo que decida la mayoría bien decidido está… aunque también sea discutible. Yo desde luego no lo veo claro: entiendo hasta el infinito a tanto padre y tanta madre que se han beneficiado de este horario escolar reducido a la jornada matinal, porque tal vez la vida familiar se podrá gestionar con mayor sentido común. Y seguro que quienes optaron por la jornada continua lo hicieron de buena fe, pensando que era lo mejor para sus hijos… No descartes sin embargo que hubiese quien votara a favor arrastrado por la marea: ya te digo que cuando algo se pone de moda es inútil esgrimir argumentos de mayor fuste, porque te lleva por delante la corriente y se te pone cara de Pepito Grillo, el cenizo de guardia.
Pero qué quieres: yo recorro cada tarde las calles aledañas a tanto colegio, veo bajadas las persianas de las tiendas circundantes y el silencio mentado acompaña mis pasos y guía estas reflexiones que comparto contigo. Un colegio no es sólo un colegio; un colegio es para mí una catedral. Una catedral laica en cuyo altar queda imantado un manual de ciudadanía, donde se forjan amistades que a menudo resultan eternas, donde se promueven valores cuya enseñanza no deberían concluir cuando acaba la clase. El patio de cada escuela debería ser el corazón de cada barrio, no ese solar hoy abandonado, apenas ocupado por los inscritos en actividades deportivas. Y me malicio que uno de los argumentos esgrimidos por los partidarios de la jornada continua sigue sin tener éxito: persistimos en cenar a la misma hora, acostando a los críos como antes de implantarse el nuevo horario, haciendo la vida propia de un país mediterráneo. No nos hemos vuelto suecos de repente, ya ves.
Así que enhorabuena a quienes hayan alcanzado ese paraíso prometido cuando votaron a favor; pero yo no me resisto a derramar una imaginaria lágrima por aquel modelo de escuela que ya no volverá. Y coincido contigo: lo que tendría que ser continuo es la educación.