Pero hemos llegado a un punto en el que todo lo que fue grande ahora es ridículo. Estamos hablando de un club que ha descendido tres veces en ocho años por no poder pagar los sueldos de sus jugadores. Un club que tiene que celebrar sus reuniones en un hotel porque en su sede no tiene teléfono: se lo han c
ortado por impago. Un club que ha estado media temporada sin entrenador, por no poder pagar al anterior; un club a cuyos jugadores sólo les faltaba acabar de dependientes en Zara para poder comer.
Un club de chiste, de risa. Un club que cuenta, sin embargo, con la única afición fiel que hay en La Rioja. Pero es una afición pequeña, y ya casi exhausta. Que en la última temporada, ésa que se suponía iba a ser la de la resurrección, hubiera menos de mil socios es una señal difícil de malinterpretar. Y en esa afición, además, hay un grupito de indeseables que se las ha arreglado para tener broncas con la mitad de los clubes de Tercera, y con algunos del extrarradio.
Y así estamos: este club ya ridículo sobrevive contra toda lógica. Sus dueños no tienen un duro, pero exigen que el Ayuntamiento (es decir, su cartera de usted) les solucione la papeleta. Y aunque su futuro es negro como el carbón, cualquier intento de hacer fútbol en Logroño sin él es tachado inmediatamente de usurpación.
Pues ya vale. Deja paso, Club Deportivo. Que se acabe esta agonía, que corra el aire. Si es posible, que haya futuro.