Ahora lo entiendo. Si es que a veces soy un poco lento, ya me perdonarán. Pero ahora, por fin, después de ver las noticias de la tele, me he dado cuenta. Tate: por fin entiendo a mis vecinos.
Al decir «mis vecinos» no me refiero a los que viven en mi edificio. Ésos, como yo, van cada uno a lo suyo, que bastante es: los de abajo acaban de tener gemelas y, por lo que oigo, bastante tienen con lo suyo como para meterse en más. 
No, yo me refiero a mis «otros» vecinos: ésos que brotan en el parque de enfrente cada jueves, viernes y sábado por la noche. Antes, digo, no les entendía. En mi error pensaba que si se metían en mi garaje para vaciar los extintores sobre mi coche, si rompían a pedrás los cristales del portal o si, en fin, tronchaban arbolitos en el parque era sin razón. O más bien con una razón: que son bastante tontos.
Pero no. Que no. Veo cómo, en Madrid y Barcelona, los zagales de su edad andan también a pedrás con la poli, rompiendo cristales, pintando lindezas y quemando cosillas, y que lo hacen por una buena causa, su solidaridad con el quinceañero asesinado en Grecia. A fin de cuentas la Hélade está ahí mismo, y un poli es un poli: qué más da si es de Atenas o de Albacete. La solidaridad interjuvenil es importante, y bien vale un par de lunas. Además, así se crea trabajo en el ramo de la cristalería.
Así que ahora veo que lo de mis vecinos ha de ser pura solidaridad. Sólo me falta conocer la causa con la que se solidarizan. ¿Será lo de Grecia? ¿Las ballenas? ¿El cambio climático? ¿El descenso de calidad del esperma europeo? Que me lo digan, que me apunto. Tengo a mi niño juntando piedras.