Una vez grabé un disco. De mucho éxito, por cierto, que cienes y cienes de miles de copias vendí en medio mundo. Vendimos: Sabina y yo. Podrán decirme que yo sólo era uno de los diez mil que gritaban en la Plaza de Toros de Logroño en pleno concierto. Pero ahí está mi vocecita: en ese disco canto yo. Toma.
La verdad es que, dejando aparte ese alarde musical, mi lista de grandes éxitos está más bien escasa. Cuando era joven (he cumplido los 36, así que ya no salgo en las estadísticas) pensaba que estaba destinado a algo grande. Es algo que creen casi todos los adolescentes: se miran al espejo y, además de no ver los granos, tampoco ven las limitaciones.
Pero a estas alturas, como no conseguí ser concertista de piano, como no escribí la gran novela española del siglo XX (y el XXI no promete) y como, en fin, veía pasar los días sin un mal paparazzi encaramado a los árboles que hay frente a mi casa, empezaba a pensar que las cosas no iban bien. A ver si voy a acabar no siendo famoso…

Pero héte aquí que en este año que acaba de acabar he batido un récord. Lo dice el INE, que en eso de contar es mejor que el Guiness. El año pasado había en La Rioja 321.025 personas, más que nunca. Una muesca más a mi pistola de orgulloso papá: hemos batido un récord, nene.
Al nene los récords le resbalan. Un bebé no necesita creer que es el centro del mundo, porque efectivamente lo es. Pero estos días, como si se oliera algo, anda por las esquinas diciendo «papá». Y yo ya empezaba a sentirme importante -además de recordman- cuando me di cuenta. Para mi niño, «papá» significa «zapato».
Desagradecido…